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PALABRAS DEL PRESIDENTE DE LA DIPUTACIÓN,
RAMIRO RUIZ MEDRANO
La Diputación de Valladolid ha hecho -y esta es la cuarta cita internacional
que lo atestigua- una apuesta decidida por el lenguaje como transmisor
de ideas y como vínculo entre personas de distintas culturas. En
el caso del Congreso que ahora se inicia con la presentación de
este disco y que tendrá lugar en noviembre, el título "Poesía necesaria"
viene dado por una frase afortunadísima de Gabriel Celaya que recuerda
la necesidad del poeta del siglo XX por integrarse en el entorno
y preocuparse por la vida de sus semejantes. Esa preocupación, que
es característica general en la mayor parte de los poetas novecentistas
-cualquiera que sea la generación a que pertenezcan- se extiende
a otros sectores sociales y artísticos hasta crear una tupida red
que envuelve todo el siglo que acabamos de dejar, pero especialmente
su segunda mitad. Nacen así, heredando antiguas formas de expresión
pero actualizando sus ideas y personalidad, los cantautores, término
ya aceptado hoy por la Real Academia de la Lengua, que une a poetas
y cantantes en una sola intención: la de ayudar al individuo a realizarse
como ser social participando de sus anhelos y sufrimientos. Esa
tensión entre individuo y sociedad se manifiesta especialmente en
el género que ha dado origen a este disco; entre la lírica personal
y el testimonio, discurren las aguas que regaron y riegan aún muchas
tierras sedientas. Poetas y músicos están, como los sacerdotes de
antiguas civilizaciones, dispuestos a predecir el daño de la injusticia
o el peligro de que la sociedad se insensibilice ante el dolor y
la muerte del espíritu.
El disco que hoy ofrecemos es un excelente ejemplo de la intención
que siempre ha mostrado la Diputación de Valladolid -impulsora de
estos Congresos- de utilizar las cualidades del lenguaje para crear
un foro abierto y diverso, susceptible de enriquecimiento y mejora
con la participación de artistas e intelectuales, poetas y músicos,
de todo el ámbito hispánico.
El repertorio poético y los músicos que han convertido en canciones
los textos, hubieran constituido un plantel de lujo en los años
setenta del siglo XX, pero, curiosamente, lo siguen siendo hoy.
Sus nombres, sus carreras, su personalidad, continúa suscitando
la atención no sólo de sus seguidores incondicionales de siempre,
sino de públicos mucho más jóvenes que sienten la atracción de un
género imperecedero que llama a las puertas de la intimidad y la
conciencia. Algunos pertenecen a esta tierra, a esta provincia o
a esta comunidad, pero su dilatada actividad a lo largo de los años
y su vocación humanista han hecho universal su obra: Jorge Guillén
o Claudio Rodríguez se pueden estudiar en Asia o en América de la
misma forma que uno puede asistir a un concierto de Amancio Prada
en Moscú o en Atenas. Alcance universal para una obra personal que
tiene raíces en un lugar concreto. Otros, nos resultan cercanos
por sus voces y sus palabras aunque estén lejanos en el espacio:
siempre, sin embargo, trabajando "a España en sus aceros", como
diría con metalúrgico expresión Celaya, ingeniero y obrero del verso.
Quisiera agradecer, finalmente, a todas las personas que han hecho
posible este disco, su esfuerzo y su acierto. No han podido estar
todos los que hubiésemos querido incluir, pero la selección es representativa
de muchas tendencias y de las distintas generaciones que han ido
tomando el relevo para llevar la antorcha del arte desde el Olimpo
al hogar más humilde donde alguien esté necesitado del calor y la
luz del sentimiento.
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PALABRAS DE JOAQUÍN DÍAZ
La historia de la España del siglo XX, cuando apenas hemos entrado
en el siglo XXI, parece inabarcable. Nadie podría condensar en palabras
los sentimientos, pasiones, sufrimientos e ilusiones de quienes
vivieron y murieron en aquellos años. Algunos poetas y músicos,
testigos vitales de esa centuria agitada, fueron ofreciendo su particular
mirada, su interpretación casi siempre angustiada del entorno. Aunque
esa interpretación y las soluciones aportadas fuesen diversas, a
todos les unía la misma ansiedad por transformar la realidad, la
misma voluntad de lucha contra la injusticia arbitraria o contra
la opresión insensata. Superada con dificultad y mucho dolor una
guerra civil, algunas voces comenzaron a sugerir y aportar nuevos
lenguajes. Los primeros nombres se fueron haciendo familiares en
las reuniones con gusto a lo prohibido: Chicho Sánchez Ferlosio,
Raimon, Jose Antonio Labordeta...Después vinieron otros que abrieron
los salones recónditos a un público cada vez más numeroso: Paco
Ibáñez, Luis Eduardo Aute, Joan Manuel Serrat...En todos había una
similar rebelión contra el ambiente, social y culturalmente insostenible;
en todos, la búsqueda de una identidad que diese sentido a tantas
existencias agobiadas por la escasez de horizontes, la monotonía
y el silencio. En todos, también, el mismo deseo de utilizar la
poesía y la música como antídoto contra el veneno de los odios sin
remedio. En esos nombres y en otros que después vinieron se vio
reflejada una sociedad mayoritaria que hablaba por sus bocas, que
se emocionaba o se enardecía al escuchar palabras cuyo sentido hubiese
variado si se hubiesen pronunciado en otro país y en otras circunstancias,
pero cuyo fondo quería ser universal y duradero. Probablemente esos
artistas no ofrecían nada nuevo, pero su reflexión, su postura al
abrir la ventana para mirar afuera, su actitud honesta y convencida
fue semilla que cayó en buen terreno. Las cosechas no duran para
siempre; sirven para alimentar o para producir nueva simiente y
eso mismo fue lo que sucedió. Otras generaciones aprendieron en
aquellos cancioneros a amar y a criticar; a dar y a exigir.
Creo, sin embargo, que merece la pena mencionar un fenómeno más
que sirvió -de aglutinante a veces, a veces de soporte- a tantas
voluntades: el deseo de compartir, de comunicar todo lo que estaba
pasando. Ya fuese de viva voz, ya a través de un invento relativamente
nuevo y en evolución, el disco, cuyas cualidades mejoraban y se
ampliaban a la luz de nuevas técnicas, esa generación que se alzó
con la herencia difícil de transformar lo prosaico, se caracterizó
por la solidaridad y el espíritu comunicativo.
En un intento seguramente insuficiente de resumir, dejaré reducidas
a tres las cualidades que, al cabo de los años y las circunstancias,
me parecen más singularizantes y ejemplares de aquellas personas
y de aquella época en la que todos nos sentimos un poco protagonistas,
dueños de nuestras actitudes y conscientes del papel que debíamos
jugar en la sociedad:
1. Nuestra generación fue beligerante pero comprensiva; es decir,
luchó por determinadas causas, aun sabiendo que eran causas perdidas,
y creyó en ellas. A veces incurriendo voluntaria y pertinazmente
en la ingenuidad.
2. Esa generación dio muchos tipos solitarios pero solidarios; a
pesar de que las tendencias sociales comenzaban ya a inclinar a
muchas personas hacia el individualismo, la palabra solidaridad
fue una bandera bajo la cual nos refugiamos confortablemente.
3. Muchas ideologías del pasado confluyeron en ese siglo y en esos
años creando un tipo de individuo tan entusiasta como desesperado.
Frente a los avances tecnológicos que proporcionaban bienestar,
los más inquietos de esa generación soportaron crisis de angustia
existencial.
El disco que ahora presentamos ha tratado de aunar voluntades y
tendencias dispersas en el tiempo y en el espacio. Creo que el resultado
final es brillante y que cabría hacer otro disco con material y
personas distintas que volvería a ser brillante porque detrás de
la época elegida y sus protagonistas hay mucha fuerza escondida
que, como un molino, trituró dificultades y generó luz para varias
generaciones más.
Todo esto y lo que cada uno quiera o pueda aportar de su propia
emoción o de su recuerdo, va implícito en esta antología para uso
y alivio de caminantes.
Sólo me queda agradecer a la Diputación de Valladolid la posibilidad
de haber hecho este disco y a todos los que han participado en él
su aportación artística y su generosidad. Muchos de esos artistas,
técnicos y colaboradores nos acompañan hoy -gracias por el esfuerzo
de venir, algunos desde tan lejos- y a otros les gustaría haber
estado y se disculpan pero se encuentran trabajando fuera de España
(Paco Ibáñez, Alberto Cortez, Ismael Serrano). Creo que las circunstancias
por las que atraviesa el mundo no permiten el lujo de tomarse vacaciones.
La palabra y la música deberían ser los únicos peces que surcasen
las espaldas del mar de puerto a puerto; los ángeles atroces no
deberían volver a salir de las páginas de los libros sagrados que
cuentan los horribles errores del pasado. Esta palabra y esta música
tal vez no estén de moda, porque no cuentan lo que se quiere oir.
Cuando el escritor Herman Hesse escribió su "carta a la juventud
alemana" después de una guerra terrible, justificó así la aparente
insuficiencia de su mensaje: "El que está ante vosotros no es un
orador popular, ni un soldado, ni un rey... es un viejo ermitaño,
un bromista, el inventor de la última risa, el inventor de tantas
tristezas últimas. De mí no aprenderéis cómo se gobiernan los pueblos,
ni cómo se reparan las derrotas. No puedo enseñaros cómo se dirigen
las masas ni cómo se aplacan los hambrientos. Esas no son mis artes."
Nuestras artes, digo yo también, son otras y suelen alimentarse
allí donde habitan el olvido, la instisfacción o el desasosiego.
Por eso nuestra voz, por más que sólo alcance el ámbito de un disco
o sus oyentes, vuelve a ser necesaria.
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