HISTORIA ESPAÑOLA EN LOS ESTADOS UNIDOS
Si no hubiera existido España hace cuatrocientos años,
no existirían hoy los Estados Unidos...Porque creo que todo
joven sajón-americano ama la justicia y admira el heroísmo
tanto como yo, me he decidido a escribir este libro. La razón
de que no hayamos hecho justicia a los exploradores españoles
es sencillamente porque hemos sido mal informados. Su historia no
tiene paralelo...Amamos la valentía, y la exploración
de las Américas por los españoles fue la más
grande, la más larga y la más maravillosa serie de
proezas que registra la Historia.
Las anteriores palabras son del norteamericano Charles F. Lummis
(1859-1915), explorador, arqueólogo, historiador, novelista,
periodista, editor y filantrópico fundador de sociedades
y museos, en su libro Los exploradores del siglo XVI.
Aparte de Lummis, en la Historia de los Estados Unidos hay un período
de penumbra que se corresponde precisamente con la presencia española
en los años precursores del dominio anglosajón. Es
un momento previo al que los norteamericanos suelen elegir como
verdadero comienzo de la historia de su patria. Así, la mayoría
de ellos suelen saltar de los indios a los peregrinos del "Mayflower"
de 1620, olvidándose de los conquistadores o adelantados
españoles. Señala Fernández-Shaw con sutil
intención, que ese olvido no es privativo de los historiadores
protestantes, que podrían pretender el oscurecimiento de
las hazañas de la católica España, sino también
de los católicos, aunque por distinto motivo. Los intelectuales
y dirigentes afectos a la Iglesia romana actúan todavía
hoy bajo el complejo de minoría perseguida. Tratan por ello,
de evitar cualquier posible tacha de frialdad anglosajona. Temen
que el reconocimiento de la aportación española a
la historia de su país -concebido hoy con enfoque exclusivamente
sajón y protestante- equivaldría a introducir en ella
elementos sospechosos de antipatriotismo.
La reiterada exclusión de lo español en la Historia
de Norteamérica tiene menos fundamento si se considera la
abundancia de fuentes históricas confirmadoras de aquella
presencia. Es conocida la preocupación de los monarcas españoles
por revestir las conquistas con el ropaje jurídico adecuado.
En cualquier expedición colonizadora consta la fecha con
que el escribano registraba las tomas de posesión o de la
designación de determinado territorio. La burocracia, que
por otra parte tanto contribuyó a la decadencia de España
por la lentitud que introdujo en la resolución de problemas
urgentes, es, sin embargo, causa de la abundancia de fuentes informativas.
Están escritos en castellano los primeros informes que se
conocen sobre la geografía, los indios y las lenguas aborígenes
de los Estados Unidos. La primera partida de nacimiento registrada
en el país fue la de un español. Manos españolas
fundaron la primera ciudad -San Agustín en Florida, en 1565-.
EI primer occidental que pisó el territorio de los Estados
Unidos y permaneció en él fue Ponce de León,
a partir del 2 de abril de 1513. El primer libro redactado dentro
de los confines del país se debió al hermano Báez,
jesuíta de las misiones de Georgia en 1569, y España
también llevó a Norteamérica la primera representación
teatral.
En la épica expansiva de España predominó una
curiosidad exploradora no sólo en extensión, sino
en profundidad. En su gigantesca vitalidad, se recorren lo que hoy
día son los Estados Unidos en los primeros cincuenta años
tras el descubrimiento de América. En el mapa de Diego Rivero
de 1529, aparece ya dibujado el perfil de Norteamérica hasta
llegar a la Tierra del Labrador; la costa del Pacífico había
sido reconocida hasta el actual estado de Oregón y, años
más tarde, españoles también ascenderían
hasta Alaska, quedando en la toponimia norteamericana más
de 2.000 nombres españoles que prueban al menos fonéticamente
el paso de España por sus tierras. Pero tal expansión
costera de perfiles se profundizó también durante
ese primer medio siglo. En tan corto espacio de tiempo los exploradores
españoles habían recorrido la mayor parte de los actuales
estados de Florida, Georgia, Carolina del Norte, Carolina del Sur,
Tennessee, Alabama, Misissippi, Luisiana, Arkansas, Texas, Oklahoma,
Kansas, Nebraska, Colorado, Nuevo México y Arizona.
Como señala Nicolás Toscano, el flujo de esas primeras
exploraciones y asentamientos del siglo XVI al XVIII, de Juan Ponce
de León, Menéndez de Avilés, Hernando de Soto,
Juan Vázquez Coronado, Cabrillo, Fray Marcos de Niza, Juan
de Oñate, Pardo y Boyano, Espejo, Domínguez y Escalante,
el padre Kino, Fray Junípero Serra y tantísimos otros,
fue seguido por un reflujo contrario que llevó a la pérdida
sistemática de las tierras hispanas de los Estados Unidos
durante el siglo XIX, y con ellas una transformación forzosa
de su identidad, sus leyes, sus instituciones cívicas y culturales,
que reemplazó el rostro hispano del norte y del seno mexicano
con el mito del suroeste norteamericano del "Wild West"
de Hollywood.
La duración de la soberanía española en Norteamérica
ha sido, en algunas regiones del país, perdurable y secular.
Las enseñas españolas ondearon a los vientos de la
Unión desde que Ponce de León llegó a las costas
de Florida hasta que en 1822 se arrió la bandera española
en California. Durante 309 años señorearon los colores
españoles las tierras al norte del río Grande. Dominamos
en Florida hasta 1821 y de Alabama partieron los españoles
en 1813. Poseímos extensos territorios en la Luisiana -900.000
millas cuadradas- hasta 1803; en Missouri, Iowa, Minnesota, Kansas,
Montana (sector oriental), North y South Dakota, Oklahoma y Arkansas
permanecimos desde 1763 a 1804, y en Arizona, Colorado, Utah, Nuevo
México y Texas, hasta 1821. En resumen, en la segunda mitad
del siglo XVIII, España poseía aproximadamente 2/3
de los actuales territorios de los Estados Unidos sin incluir Alaska.
De esos años, de 1775 a 1783, conviene no olvidar la efectiva
y vital ayuda de España a Norteamérica en su Guerra
de Independencia, reflejada principalmente en la actividad diplomática
y bélica del gobernador español de Luisiana, Bernardo
de Gálvez.
A lo largo de su soberanía hubo fuertes militares españoles
en los estados de Carolina del Norte y del Sur, Georgia, Florida,
Alabama, Misissippi, Luisiana, Arkansas, Missouri, Colorado, Texas,
Arizona y California en número de 71. En cuanto a las misiones,
en el momento álgido del esfuerzo misionero a lo largo de
las costas de Florida y Georgia y en las tierras occidentales de
éstas, en 1675, las misiones franciscanas alcanzaron la cifra
de 66; del siglo XVII al XIX el número de misiones en Texas
se cifró en 44; en Nuevo México se fundaron 51, y
19 en Arizona. La cadena impulsada por fray Junípero Serra
en California desde 1769, culminó en 23. Conviene señalar
que en las tierras hispanas se mantuvieron los derechos, las lenguas
y la identidad del indígena.
Como dato anecdótico, cabe señalar que España
ha contribuído además a la grandeza de los Estados
Unidos con su moneda, el poderoso dólar. En el siglo XVIII
existía el dólar español o "pieza de ocho"
o "real de a 8" y Jefferson propuso el "Spanish dollar"
como unidad monetaria, siendo aprobado por el Congreso en 1785,
y el signo $ del dólar no es otro que el de las columnas
de Hércules en ellas grabado como parte del escudo español,
con el lema "Plus ultra" en la cinta que ondea a su alrededor.
Los españoles que se establecieron en lo que es ahora el
sudoeste de los Estados Unidos o en las Floridas, eran colonos emigrando
a los territorios recién descubiertos y conquistados, con
la esperanza de mejorar sus vidas, misioneros movidos por su celo
religioso y soldados de fortuna, hombres incansables y atrevidos.
Había grandes diferencias entre ellos, pero todos conocían
las canciones de su patria, los versos e historias en los fuegos
de campamento nocturnos y también el rico repertorio de dichos
y proverbios. Esos españoles dejaban tras de ellos, dondequiera
que fueran, una verdadera riqueza de folklore. Por otra parte, los
españoles nunca han sido proclives a hacer distinciones raciales,
y de esta forma también, dondequiera que fuesen establecían
contactos con los nativos. Este proceso gradualmente llevó
al folklore hispano a convertirse en indígena, y por esta
razón nadie se sorprenderá por el hecho de que los
indios Pueblo de Nuevo México, por ejemplo, canten o reciten
romances tradicionales del siglo XVI como si fueran propios.
La música popular hispana del sudoeste norteamericano tiene
sus principales raíces en la española y la mexicana,
no en vano México sucedió a España en 1821
hasta 1848 en la posesión .de los territorios de Nuevo México
y California, y es en el estado de Nuevo México, según
Vicente Mendoza, donde "la cultura tradicional hispana mantiene
su lineamento más puro y mejor conservado". España
siempre ha sido conocida por la riqueza de sus romances, una de
las más bellas expresiones de su poesía popular. y
dondequiera que los colonos españoles estaban, se podían
escuchar sus romances, más puros y tradicionales en ocasiones
que en la misma España. Esos romances siempre se transmitieron
oralmente de generación en generación, con las ocasionales
variaciones que se pueden esperar de la flexibilidad de las verdaderas
canciones tradicionales. Y hoy, esos romances y canciones populares
forman un espléndido folklore en los territorios colonizados
por España en Norteamérica, aunque el paso del tiempo
juega en su contra.
Jesús Matesanz Bellas
Se han utilizado los siguientes trabajos en este escrito:
FERNANDEZ-SHAW, Carlos M.: Presencia española en los Estados
Unidos, Instituto de Cooperación Iberoamericana, Ediciones
Cultura Hispánica, Madrid, 1987.
FERNANDEZ FLOREZ, Darío: The Spanish Heritage in the United
States, Publicaciones Españolas, Madrid, 1971.
ROBB, John Donald: Hispanic folk music of New Mexico and the Southwest.
A self-portrait of a people, University of Oklahoma Press, Norman,
1980.
TOSCANO LlR1A, Nicolás, "Consideraciones a los hispanounidenses
con motivo del centenario de la Guerra de Cuba", en: 1898:Entre
el desencanto y la esperanza, pp.87-108.
ALDEEU, Spanish Professionals in America, Inc. 1998.
JUNQUERA DE FLYS, Mercedes: Pioneros españoles en el lejano
oeste, Editorial Doncel, Madrid, 1976.
ROCAMORA, Pedro, Critica a "Presencia española en los
Estados Unidos", ABC, 25-Enero-1973, pp.49-50.
THOMSON, Buchanan Parker: La ayuda española en la Guerra
de la Independencia norteamericana, Ediciones Cultura Hispánica,
Madrid, 1967. |
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EL REPERTORIO Y SU ORIGEN
El actual suroeste de los Estados Unidos fue parte de la Corona
Española hasta el primer cuarto del siglo XIX. Abarca este
terreno una inmensa y vasta extensión de llanuras interminables,
tierras áridas y hostiles, frondosos bosques de encinas y
pinos, altiplanos, grandes montañas frías y escarpadas,
cañones, zonas paradisíacas de eterna primavera, la
costa Californiana del Pacífico, y la del Atlántico
en Texas. Formaron parte de la Nueva España los actuales
estados de Arizona, California, Nevada, Texas, New Mexico, y partes
de Utah y Colorado, región comparable por lo menos a la mitad
de Europa. La tierra de las aventuras de El Zorro, Billy el Niño,
de Gerónimo y sus bravos guerreros, de El Río Grande
Bravo del Norte y del Cañón del Colorado. Esta vasta
región estuvo bajo dominio español desde 1540 hasta
finales de1821, momento en que México se independiza de España.
Pero no durará mucho el gobierno mexicano en estas tierras,
pues en 1835, Texas se independiza de México y en 1845 se
une a los Estados Unidos. En 1846 éstos declaran la guerra
a México y en 1848 tras el Tratado de Guadalupe Hidalgo,
México cede Texas y vende Arizona, California, Nuevo México,
Nevada, Utah y parte de Colorado a los Estados Unidos pasando a
ser Territorios de la Unión.
La historia de cada Estado se desarrolla distintamente y sus geografías
y diferentes influencias harán que cada lugar obtenga su
sabor propio y peculiar. Por ejemplo, la influencia religiosa en
Texas y Arizona fue Jesuita, hasta su expulsión, y en California
y Nuevo México, franciscana. Los puertos marítimos
de California y Texas gozaban del contacto e influencias llegadas
de otras tierras. Arizona y Texas (Nuevo Santander) por sus fronteras
sureñas tuvieron siempre una comunicación más
directa con México. En cambio la región del norte
de Nuevo México y sur de Colorado, situado en los altiplanos
del sur de las Rocosas, se desarrolló bajo un aislamiento
casi hermético, razón por la cual se mantuvieron hasta
nuestros días no sólo una fuerte identidad española
sino rastros vivientes del folclore ancestral español, empero
en vías de extinción. Entre los hispanos nuevo mexicanos
perduró hasta hoy día la memoria de que fueron españoles,
tanto que el español cervantino, como leguaje, aún
se habla en los pueblitos de las montañas del norte del Estado.
No fue antes de 1912, cuando Nuevo México dejó de
ser Territorio de los Estados Unidos para convertirse en el Estado
de ‘New Mexico’. Sus habitantes, indios e hispanos no
hablaban la lengua del imperio de Washington sino la de sus ancestros
indios y españoles. Fue después de la Segunda Guerra
mundial cuando el proceso de “anglosanización”
se aceleró. Hasta entonces las lenguas y tradiciones nuevo
mexicanas se habían mantenido en auge.
En esta grabación Joaquín Díaz ofrece una selecta
variedad de canciones españolas del suroeste de los Estados
Unidos compuesta de romances, cantos religiosos, canciones infantiles
y coplas. Son éstas testimonio de la presencia cultural española
en esta amplia región durante más de tres siglos y
que cayó en el olvido hasta los días de Aurelio M.
Espinosa y Ramón Menéndez Pidal.
Durante el tiempo de la conquista y colonización, España
exportó todo su aparatus musical al Nuevo Mundo, donde arraigó
fuertemente y perduró a través de las generaciones.
Don Juan de Oñate fundó la primera colonia española
en lo que hoy día es el suroeste de los Estados Unidos. El
11 de julio de 1598 Oñate asentó su caravana cerca
del actual Pueblo (Indio) de San Juan (Nuevo México.) Este
extenso territorio fue la nombrada Provincia de la Nueva Mexico,
situada en el extremo norte de la Nueva España. En 1610 se
fundó la Villa Real de la Santa Fe como capital de la Provincia
siendo a través del Camino Real de Tierra Adentro la ruta
de conexión con la capital de la Nueva España, la
Ciudad de México, separadas una de la otra por 2.400 kilómetros
aproximadamente.
El pequeño grupo de hermanos franciscanos que llegó
con Oñate rápidamente comenzó su labor religiosa
construyendo misiones con el propósito de crear el Cielo
en la Tierra. Para 1629 existían veintiséis misiones
a lo largo del Río Grande. En ellas los religiosos crearon
“escuelas de leer y escribir, cantar, y tañer todos
instrumentos...[y] escuelas de todas artes” En ese entonces
los coros de las misiones, integrados por indígenas, cantaban
los oficios religiosos a cuatro voces doblándolas con chirimías,
bajones, cornetas, trompetas y órganos. Uno de los estilos
de canto religioso traído por los franciscanos fue el Alabado.
Hoy día existen grandes colecciones de estos que en su mayoría
son tonadas primitivas y monótonas. El Alabado de esta grabación
tradicionalmente se cantaba al rayar las primeras luces del alba
como alabanza en gratitud al sol que trae un nuevo día. Por
esta razón, se conoce también como Canto del Alba
o Canto al Alba.
Además de cantos religiosos, la orden franciscana trajo asimismo
el teatro litúrgico. Los Pastores o La Pastorela destacó
como el drama más popular hasta nuestros días desde
Texas hasta California. El Canto de Cuna al niño Jesús,
canto de arrullo que llegó a sonar en toda casa como nana
popular, originalmente formaba parte de la pastorela, desprendiéndose
de ella posteriormente.
Por otro lado, y como era de esperar, llegaron también los
demás estilos musicales seculares de la cultura española
de la época. Entre los conquistadores hubo músicos,
cantores y tañedores de instrumentos y uno que otro instruyó
a los indios en sus artes. Junto con ellos llegó el Romancero,
tan popular en esos tiempos que penetró hasta los más
recónditos lugares a lo largo y ancho del continente americano,
desde la Tierra del Fuego hasta el suroeste de los Estados Unidos.
Presta como ejemplo de ello las recopilaciones de romances que existen
por toda América. En el suroeste en concreto se conservan
las de Américo Paredes en Texas; Luisa Espinel en Arizona;
Aurelio M. Espinosa y Charles F. Lummis en California; A. M. Espinosa,
Arturo L. Campa y Rubén Cobos entre otros en Nuevo México.
La tradición de trovar, de echar versos, como comúnmente
se ha llamado este arte, se trasladó a América durante
la Conquista y la época Colonial siguiendo el ímpetu
ya emprendido en el medioevo por trovadores y ministriles españoles.
En Nuevo México estos cantos populares mantuvieron su integridad
y pureza original. De acuerdo con Vicente T. Mendoza, magno musicólogo
mexicano, y según se mencionó en el artículo
previo general : es, por lo tanto, Nuevo México como un remanso
en donde la cultura hispánica mantiene sus lineamientos más
puros y mejor conservados.
Hasta el siglo XIX, por doquiera amos, criados, labriegos, pastores
y mendigos cantaban romances tradicionales por todo el suroeste.
En Nuevo México la tradición se extiende hasta la
primera mitad del siglo XX, con hispanos e indios cantando y recitando
romances españoles. La zagala del pastorcito, cuyo origen
se remonta al siglo XV, es el antiguo y famoso romance de la Dama
y el Pastor extendido por toda la península y por varios
países del continente americano. En Nuevo México se
conoce también como El pastor tonto. Lo más interesante
de este romance es el final, pues difiere de las versiones peninsulares.
En él el pastor se arrepiente de no haber aceptado los requiebros
de amor de la zagala y acepta su proposición, pero para ese
entonces ya es demasiado tarde y ella se desquita rechazándolo.
El Gerineldo de esta selección contiene regionalismos y arcaísmos
que entreabren una puerta a la vida rural del suroeste. Las versiones
recogidas, fieles a las españolas y nada fragmentadas demuestran
cuán popular fue este romance del ciclo carolingio, de donde
proviene el típico dicho de: Está hecho un Gerineldo,
para designar a alguien que va bien vestido o que es galán.
Según R. Menendez Pidal, los romances nuevo mexicanos de
Gerineldo asemejan las versiones andaluzas. Este ejemplar curiosamente
ha trocado al rey Carlomagno por el emperador Carlos V de España.
La primera referencia de Las señas del esposo es de Juan
de Ribera en 1605. Trata el tema antiquísimo de la fidelidad
conyugal en la literatura occidental. El presente ejemplo está
fragmentado. En ciertas partes lo conocen también como La
Recién Casada.
La versión tejana de Bernal Francés, recogida por
A. Paredes, es sin duda de procedencia mexicana y más reciente,
no sólo porque se desarrolla en la ciudad de Durango, México,
sino también por su final trágico a balazos, y despedida
al estilo del corrido mexicano. Divulgado bajo el nombre de Elena
o La Desdichada en algunas ocasiones se ha entremezclado con el
tema de La Esposa Infiel. Debió de gozar de gran fama durante
la intervención francesa en México, pues la mayoría
de las versiones recogidas mientan lugares de la geografía
de este país.
Es difícil no encontrar la Delgadina en sus muchas versiones
a todo lo largo y ancho del continente americano. Se trata de uno
de los poquísimos romances que aún se cantan en el
suroeste. La diferencia más notable es que perdió
el principio Real peninsular: Tres hijas tenía un rey,...
El rey moro tenía tres hijas,.. y empieza siempre con Delgadina...
No podía faltar en esta recopilación Los Diez Mandamientos
como romance burlesco que integra elementos religiosos con elementos
de ingenio poético y satírico, donde el cantor confiesa
haber roto todos los mandamientos sólo por amor. Se halla
por casi toda Latino América.
A finales del siglo XVIII corrieron un sin fin de romances culteranos
impresos en hojas sueltas por España, sobre todo por el Levante
y Andalucía de donde pasaron a América. La Ciudad
de Jauja es uno de ellos. En este lugar fantástico nadie
trabaja ni puede trabajar. Allí la geografía es comestible
y la diversión asegurada. Este lugar ya sea isla, ciudad
o país encierra los sueños de prosperidad y abundancia
que para muchos estaban puestos en América donde todo era
posible, hasta una ciudad de Jauja. En las versiones americanas
la comida peninsular se ha sustituido por la comida local como los
tamales, atole y tortillas.
La Copla popular, tan en auge en los siglos XVIII, XIX como género
lírico tuvo una gran acogida en el suroeste, donde se recogieron
cientos de ellas. Existían incluso competiciones donde los
cantadores se retaban unos a otros. Gozaban de gran respeto en la
sociedad y no había evento social sin sus coplas. En el siglo
XIX los cantadores del suroeste viajaban hasta México a participar
en las competiciones que allí se celebraban. En esta grabación
dos coplas dan testimonio de este género. Una amorosa: Te
quiero porque te quiero; y la otra humorística y conocida
por todo el suroeste con variaciones según la época
y lugar: La Firolera, con su estribillo inconfundible Firolirolí,
firolirolí, firolirolera,… En algunas versiones el
estribillo acaba con la frase: tu amante esperándote está.
Las coplas difieren de un Estado a otro. En Nuevo México
dice, La pobre viuda lloraba/ la muerte de su marido./ Debajo de
la camalta/ ya tenía otro escondido. Y en California, -Muchacho,
corre al panteón,/ dile al maestro albañil/ que le
aprieten bien la tierra,/ no se les vaya a salir.
De los españoles que llegaron al Nuevo Mundo en diferentes
etapas, hubo castellanos, andaluces, gallegos, aragoneses, etc.
y aún hoy día muchos cantos del suroeste, México
y otros países, conservan el sabor de sus tierras de origen.
La versión de Arizona de El vestido azul es sin duda española
en todos los sentidos, con la famosa frase de, a la jota, jota,
tratando mantillas y mentando a Sevilla. Esta jota fue muy popular
en Madrid en el siglo XIX y se cantó hasta la primera mitad
del siglo XX en la zona del valle de Altar, situado en el sur de
Arizona.
En algunos casos la gente olvida el nombre original de una canción
y pasa a conocerse por la primera frase del estribillo. Esto sucede
en Cuando uno quiere a una, conocida también como: A la jota,
jota. En el drama de los Pastores de Agua Fría, Nuevo México,
uno de los cantos dice así: A la jota, jota, cantemos pastores/
viva la partida de los cantadores/ A la jota, jota, canten el retiro/
viva la partida del joven Trujillo. La ciudad de Santa Bárbara,
California, tenía renombre por sus cantos y bailes de jota
que perduraron hasta principios del siglo XX.
Durante la segunda mitad del siglo XIX y primera del XX, compañías
de teatro y en especial de zarzuela actuaron por todo México
llegando hasta el suroeste de los Estados Unidos. Algunos de estos
grupos venían directamente de España y anduvieron
en gira durante años. El Sueño de un marino y El Borrachito
pertenecen a estos géneros: la primera al Teatro musical
y la segunda a las Tonadillas usadas en los entreactos de las zarzuelas,
donde posteriormente en el sur de Arizona los jóvenes la
cantaban cuando salían de fiesta por la noche.
Dentro del ámbito infantil está Don Gato, que en Nuevo
México se considera romance de relación y según
Rubén Cobos es un tipo de canción popular que narra
las hazañas de animales o insectos de manera exagerada y
cuyo tema es un tanto absurdo. Algunas de las versiones de Don Gato
tienen un carácter muy local pues en ellas aparece el nombre
de un famoso doctor, en aquel entonces, el doctor Don Carlos o Don
Ventura Lovato. En las versiones del suroeste, la muerte de Don
Gato es definitiva, al contrario que en España donde siempre
resucita.
Hilito de Oro, conocida también como Ángel de oro
o Hebritas de Oro, la cantan niños y niñas acompañando
un juego infantil documentado en España desde el siglo XVI
y que se difundió por toda América. Tradicionalmente
en España empieza con los versos: De Francia vengo, señora;
y en América comienza comúnmente con: Hilitos, hilitos
de Oro, o en singular como en este caso.
Esta selección de temas que Joaquín Díaz presenta
abre una ventana a la huella cultural española impresa en
el suroeste de los Estados Unidos. Tal presencia ha sido desacreditada
y rechazada durante largo tiempo. Sin embargo, estamos presenciando
nuevas publicaciones y trabajos como éste que están
generando una nueva visión más realista de la historia
y cultura española en las provincias del extremo norte de
la Nueva España. Su importancia es renovadora, puesto que
reanudan lazos entre un mismo pueblo en ambos lados del Atlántico.
Lo cual nos llevará a recobrar la memoria histórica
de que gracias a la presencia española en el continente norteamericano
los Estados Unidos existen hoy día.
Tom Lozano |