Navidad en Castilla y León
Feliz año 2010


Temas del disco en MP3:
| Discografía de Joaquín Díaz | Textos de las canciones |
Portada: La huida a Egipto, de Hans Schäufelein (s. XV-XVI)
Bandeja: La adoración de los reyes magos, de Rogier de le Pasture (s. XV)
Grabados del interior: Alberto Durero (s. XV-XVI)
Guitarra y voz: Joaquín Díaz
Bajo: Michel Lacomba
Voces: Elena Casuso, Sonia de la Fuente y Ricardo Izquierdo de la Fuente
Percusión: Carlos Antonio Porro
Cello: Laila Kannina
Edita: Barlovento Músicas / Cubo Nuevo 8, 47862 Urueña, Valladolid / Tel. 983 717 245 - barlovento@portalatino.net / Grabado, mezclado y masterizado en Barlovento por Michel Lacomba. Urueña 2002 / Diseño gráfico: Luis Vincent. Urueña 2002 / Producción: Fundación Joaquín Díaz
Navidad en Castilla y León
Joaquín Díaz
Villancico es término que, a nivel popular, actualmente, se interpreta en el sentido de canción navideña. No siempre fue así, sin embargo; el villancico fue, desde el siglo xv, un tipo de composición con temática amorosa o devota que era generalmente inventado por poetas y músicos cortesanos, aunque buscando un matiz rústico. Hoy día, como hemos dicho, está exclusivamente centrado en el ciclo navideño y en sus tres momentos fundamentales, es decir, el período anterior al nacimiento (la Virgen y san José buscan posada y se les niega), el nacimiento en sí, y, por último, la adoración de los pastores y los magos, amén de las maldades de Herodes y de la huída a Egipto. Muchos temas aparecidos en estas canciones sólo tienen su apoyo en creencias cristianas y leyendas muy antiguas, como por ejemplo que los ángeles preparen el pesebre en el que va a nacer Jesús, los colores de los animales que les acompañan en el pesebre, la mula que se asusta en el camino por el vuelo de una perdiz, el hecho de que la Virgen lave los pañales del recién nacido, etc, etc.

Los villancicos y canciones de Navidad hablan siempre de los pobres pañales en que el niño Jesús estaba envuelto. Pero, ¿eran en realidad tan pobres? La tradición les concede poderes milagrosos. Ya hemos visto que una de las partera que llegan avisadas por San José, quiere reconocer a la Virgen quedándosele la mano seca al instante; sólo después de acercarse a los pañales y tocar sus flecos recupera la normalidad. Una leyenda piadosa refiere que María regaló estos pañales a los magos cuando decidieron regresar a su país. Al llegar a su casa, les salieron al encuentro los reyes y principales preguntando qué habían traído con ellos; tras celebrar una fiesta, como eran adoradores del fuego, encendieron una hoguera y se postraron ante ella. Luego arrojaron el pañal a las llamas, pero cuál no sería su sorpresa cuando, al extinguirse el fuego, comprobaron que la prenda no había sufrido ningún daño. A partir de ese instante depositaron tan preciosos pañales entre sus mejores tesoros. De allí pasaron a Constantinopla donde se edificó una magnífica iglesia para guardarlos con más decoro hasta que el emperador Balduino II los regaló a San Luis rey de Francia, quien los colocó en la Santa Capilla de París donde se veneraron junto al documento de la donación, escrito en junio de 1247. Al parecer, la preciada reliquia despareció durante la confusión generada por la Revolución Francesa, desconociéndose a partir de ese momento su paradero.
Una de las tradiciones cristianas más antiguas supone que los pastores fueron los primeros seres humanos que visitaron al niño Jesús en Belén. Ya san Lucas nos recuerda que esos pastores dormían al raso para vigilar el ganado por turno durante la noche. Tan pronto como nació el niño, un ángel se les presentó anunciándoles la buena nueva; la leyenda nos les presenta llevando al portal diferentes regalos como leche, mantequilla, queso o algún corderillo. Sólo en un evangelio apócrifo san José se queja (alabando los presentes que han traído los reyes magos) de que los pastores llegaron con las manos vacías. Lo normal, sin embargo, es lo contrario y en algún lugar, incluso, se les santifica por su generosidad, como en aquella tradición salmantina según la cual se encuentran en la villa de Ledesma los restos de los gloriosos Josefo, Isacio y Jacobo, pastores de Belén que merecieron ver y adorar los primeros a Cristo, Dios y hombre, recién nacido en el portal. Al parecer sus reliquias llegaron a tierras salmantinas el año 937, traídas por un devoto ante el peligro que corrían sus sepulturas en Jerusalén, amenazada como estaba por los sarracenos. En Ledesma se creó una hermandad o cofradía que, como tantas otras, entró en decadencia a fines del siglo pasado. No se volvería a hablar del arca que contenía los restos hasta el año 1965 en que se reencontró en la iglesia de san Pedro, con motivo de una restauración.

¿Quienes eran los Reyes Magos? En el Evangelio de San Mateo sólo se dice que unos “magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle”. La Tradición cristiana, sin embargo, ha ido incorporando nuevos elementos a esta historia. Por ejemplo, uno de los Evangelios Apócrifos, el Evangelio Armenio de la Infancia, cuenta que Dios concedió a Adán, después del nacimiento de su último hijo Seth, una carta firmada de su puño y letra; esta carta fue guardada cuidadosamente de generación en generación hasta que los magos, últimos poseedores de ella, la llevaron a Belén. En esa carta se anunciaba que el año 6000 de la creación del mundo, del día sexto a la hora sexta, había de enviar Dios a su único hijo para devolver al hombre su dignidad original. Estos magos, que ya desde los primeros siglos reciben los nombres de Melkón, Baltasar y Gaspar, sólo a partir de Cesáreo de Arlés comenzaron a ser considerados como reyes. Aunque los primeros padres de la Iglesia, siguiendo a San Mateo hablan de los tres presentes que llevan esos magos a Belén, oro, incienso y mirra, por lo cual se pensaba que eran tres los personajes -hay otras tradiciones que hablan de cuatro, seis y hasta doce magos ofreciendo sus regalos al recién nacido-. Incluso algunas hablan de tres monedas de oro, y, en concreto una leyenda medieval, de treinta monedas, que después fueron extraviadas por María y José y encontradas posteriormente por un pastor, quien las entregó en el templo, de donde volvieron a salir para pagar a Judas su traición. Tal vez la explicación más conocida del significado de los tres dones es la que indica que el oro se le presentó como rey, el incienso como Dios y la mirra como mortal, pero la más curiosa es la que ofrece San Bernardo cuando dice que los Magos ofrendaron a Cristo oro para socorrer la pobreza de la Virgen Santísima, incienso para contrarrestar el mal olor que había en el establo y mirra para ungir con ella al niño, fortalecer sus miembros e impedir que se acercaran a él parásitos e insectos.
Según la tradición los reyes llegan juntos a Belén y provenientes del Oriente. Alguna leyenda, sin embargo, les hace proceder de diferentes lugares y encontrarse en el portal; esta creencia es moderna y nace en el siglo xiv, difundida por Juan de Hildesheim quien escribió una biografía de los magos para que fuera repartida entre los devotos peregrinos que llegaban a orar ante sus reliquias en Colonia. Según este escrito los reyes -como hemos dicho- proceden de diferentes puntos y coinciden en Belén, aunque no pueden juntarse inmediatamente a causa de la niebla. Hasta tiempos recientes se atribuía a Beda el Venerable una descripción detallada de los reyes y sus atuendos; la tradición cifra sus edades en 20, 40 y 60 años cuando llegaron a adorar al niño, y según una creencia cristiana recibieron el martirio a la edad de 86, 110 y 120. Sus cuerpos fueron conservados en los lugares en que murieron hasta que santa Elena, madre del emperador Constantino, cambió sus restos por las reliquias del apóstol Tomás, llevándolos a Constantinopla. De allí fueron trasladados finalmente a la catedral de Colonia.

Los reyes llegan, según la tradición, a los trece días de nacido el niño y le aportan sus ofrendas, por lo que la creencia cristiana atribuye a los magos el reparto anual de juguetes entre los niños. No en todos los lugares es lo mismo, sin embargo. En centro Europa es san Nicolás quien se encarga de esta labor y en algún otro país se cuenta la historia de que al ir solos a Belén, sin pajes ni acompañamiento, los reyes invitan a una mujer llamada Befana -quien les ha dado albergue por una noche- a que vaya con ellos a adorar al recién nacido. Ella rehúsa alegando que tiene mucho trabajo en su posada, pero al día siguiente se arrepiente y quiere alcanzarles, cosa que no logra privándose así de ver al niño; por esa razón vuelve cada año, siempre cargada de juguetes, y deja sus regalos a todos los pequeños que ve, siempre que se hayan comportado bien durante los 365 días; a los traviesos -y en esto coincide con la tradición de los reyes existente en España- les deja carbón en los calcetines o en los zapatos.
La crueldad que los cronistas de la época atribuyen al rey Herodes, contribuyó enormemente a crear una serie de leyendas sobre los crímenes cometidos por él. Así, se le hace culpable de la profanación de las tumbas de David y Absalón; del asesinato de su cuñado Aristóbulo (en quien el pueblo de Jerusalén tenía puestas sus esperanzas como gobernante, por su juventud y porte); de la ejecución de Hircano (abuelo de su esposa y legítimo heredero del trono); de la condena a muerte de Mariamne, su propia mujer, a quien, ciego de celos acusa infundadamente de adulterio; del martirio de los maestros; del atentado contra los nobles; de la muerte de sus hijos Alejandro y Aristóbulo (habidos en el matrimonio con Mariamne y por tanto herederos del trono con más derecho que Antípatro a quien había tenido con la idumea Doris); y por último, y lo más célebre, de la degollación de los inocentes. Parece que ya en la época surgió un chiste, que algunos ponían en boca de Augusto, refiriéndose al hecho de que Herodes no comía cerdo y sin embargo mataba a sus propios descendientes; ante tal atrocidad comentó el César: “Desde luego es preferible ser su cochino que su hijo”. Dice el Evangelio Armenio que Herodes mandó a 18 ciliarcas de sus tropas que recorriesen todo el territorio sometido a su dominio y les dio la consigna siguiente: No tengáis piedad alguna de los niños pequeños; doquiera halléis niños menores de dos años, pasadles a cuchillo. Algunos exégetas sostienen que el pasaje de la degollación no es original. Probablemente proceda de tres episodios bíblicos precedentes: El faraón que manda matar a todos los varones hebreos recién nacidos de los cuales se salva Moisés; la matanza de Joab entre los edomitas de la que escapa Adad; y por último la venganza de Atalía que milagrosamente evita Joás. Lo cierto es que la tradición, siguiendo el evangelio Armenio, habla de trece mil criaturas ejecutadas; otras leyendas reseñan la cifra de 14.060 y la obra Castigos e documentos del rey don Sancho eleva el número nada menos que a 144.000.

Aunque son muchos los romances que se cantan en esta época de navidad y que hacen referencia a sucesos cercanos al nacimiento de Cristo y sus primeros días, los más conocidos y populares son dos que relatan dos milagros de Jesús. Uno de ellos, que comienza “camina la Virgen pura, camina para Belén y en la mitad del camino el niño tenía sed”, cuenta cómo un ciego permite que la sagrada familia tome unas naranjas de su huerto para calmar la sed del viaje, siendo por ello recompensado con la recuperación de la vista. El otro, que comienza “camino de Egipto van, huyendo del rey Herodes”, narra las vicisitudes de José, María y el niño para huir del malvado rey. Por el camino se encuentran a dos labradores; uno, descarado, da una mala contestación y lo que está sembrando se le transforma en piedras; el otro, amable, recibe en premio que pueda recoger al día siguiente lo que está sembrado. Cuando está segando el trigo aparecen los soldados de Herodes preguntando cuándo pasó por allí la sagrada familia y el labrador, sin mentir, contesta que cuando él estaba sembrando. Los soldados, pensando que ha tenido que transcurrir mucho tiempo desde entonces puesto que le hallan ya recogiendo la mies, dan vuelta a sus caballos y regresan a Jerusalén.
Es costumbre desde hace muchos siglos, coincidiendo con la misa del gallo, representar en pueblos y ciudades un auto que conmemore el momento en que los pastores se acercaron a adorar al niño; en Castilla y León, esta tradición se llama Corderada o Pastorada y normalmente la llevan a cabo los mismos pastores de cada localidad; consiste en una serie de diálogos entre el zagal y un mayoral quienes discuten acerca de si ha aparecido o no una estrella o un ángel en el cielo. Finalmente, el incrédulo zagal queda convencido y van todos a adorar al niño con una serie de ofrendas. Todo este argumento va adobado con villancicos y romances (que interpretan con instrumentos rústicos) y a veces con bailes y danzas que ejecutan en el mismo presbiterio. Esta costumbre se ha mantenido viva hasta nuestros días y aunque en la actualidad no se representa todos los años en todos los pueblos, sí que se puede encontrar sin excesiva dificultad un lugar al que poder acudir el 24 de diciembre por la noche para poder contemplar en directo esta antigua tradición.

Los autos de reyes eran, junto con las corderadas o pastoradas, otra de las funciones dramáticas esperadas en estas fechas. El día 5 de enero por la tarde o el día 6 por la mañana todo el pueblo se reunía para escuchar los reyes, representados por los propios convecinos: Allí aparecía Herodes a quien encarnaba el más fiero del lugar, junto a los reyes ataviados con capas (generalmente colchas de vivos colores), coronas de papel de plata y sus correspondientes cofres con las ofrendas. Además, los sabios de Jerusalén con gafas (para demostrar que habían estudiado mucho) y traje negro, signo de seriedad. Los pajes de Herodes vestidos a lo militar y, cómo no, los inocentes, representados a veces -con permiso de los padres, naturalmente- por los niños de uno a dos años a los que en el momento oportuno se dirigían los esbirros del malvado rey para hacer que los decapitaban, con la consiguiente pataleta de las criaturas y la desaprobación general de todo el público asistente. La representación solía tener un director que recordaba de memoria la obra y se encargaba cada año de ensayar a los actores y repartir los papeles.
El aguinaldo que en estas fechas -hasta hace pocos años por lo menos- se daba en los pueblos y pequeñas ciudades de Castilla y León consistía, por lo general, en comida y más raramente en dinero. Los mozos, acompañados por los niños o solos, recorrían las calles de la localidad yendo de casa en casa e interpretando algún villancico; en ocasiones, si durante el año se había producido en alguna casa algún fallecimiento, el jefe de la cuadrilla al llegar allí preguntaba antes de entrar: ¿Cantamos o rezamos?. El dueño de la casa salía y según el grado de luto daba la contestación; si era canción, los mozos interpretaban el “estas puertas son de pino y aquí vive un buen vecino”... Si el vecino en cuestión estaba de humor, dejaba entrar a los jóvenes y les invitaba o bien les sacaba a la puerta algo de matanza o cascajo o huevos duros; si por el contrario estaba de mal talante y les cerraba la puerta le cantaban una copla alusiva a su tacañería que era, por lo general, poco agradable de oír.

Joaquín Díaz