Si desea contactar con la Revista de Foklore puede hacerlo desde la sección de contacto de la Fundación Joaquín Díaz >

Búsqueda por: autor, título, año o número de revista *
* Es válido cualquier término del nombre/apellido del autor, del título del artículo y del número de revista o año.

CANTOS Y COSTUMBRES NUPCIALES DE RADES DE PEDRAZA (SEGOVIA)

PEDROSA, José Manuel

Publicado en el año 1994 en la Revista de Folklore número 166.

Esta visualización es solo del texto del artículo.
Puede descargarse el artículo completo en formato PDF desde la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Revista de Folklore número 166 en formato PDF >

Los últimos números de la revista están disponibles en el servidor de la Fundación Joaquín Díaz >


ºRades de Pedraza es un pequeño pueblo de la provincia de Segovia, situado a unos cinco kilómetros del importante enclave comarcal de Pedraza. Los más de cien vecinos (cada vecino era cabeza de una unidad familiar) que llegaron a habitarlo hace décadas han quedado hoy reducidos a bastantes menos, la mayoría de edad madura y anciana, aunque muchos siguen dedicados a la ocupación que durante siglos ha marcado los modos de vida y la cultura de la población: el pastoreo. El patrimonio tradicional de este pueblo ganadero es de extraordinaria riqueza, y como botón de muestra representativo -y elegido por mí entre otros posibles temas exponentes de su cultura- puede bastar el enorme caudal de cantos y de costumbres que acompañaron, hasta no hace mucho, los ritos de galanteo y las fiestas de matrimonio que se celebraban en el pueblo (1). Caudal que, además de extraordinario por su abundancia, lo es también por su gran belleza poética y por su precioso interés etnográfico.

Comenzando por los preliminares del proceso nupcial, hay que decir que a los compromisos de boda les solía preceder un tiempo más o menos largo de noviazgo. Un noviazgo regido por reglas y vigilancia paterna y adulta estricta, ya que, normalmente, las mozas se veían obligadas a hacer una vida social nítidamente separada de la de los mozos. Por ejemplo, según me cuenta mi informante Guillerma, «nos dedicábamos por las noches, luego en Navidad, a hacer flores a la Virgen, a regalarla una corona. Y había dos grupos de mozas. Y las que teníamos dieciocho años pues era un grupo, y las que eran mayores pues era otro grupo, y ésas ya estaban más asentaditas. La tía Andrea estuvo dirigiendo a una cuadrilla, y nosotros nos dirigía otra». Había momentos, sin embargo, para los encuentros galantes entre ambos sexos, que se desarrollaban en dos escenarios principales: «todos los domingos nos reuníamos en una casa de concejo del pueblo, del Ayuntamiento, sólo los domingos; y allí teníamos unos bancos alrededor y cada uno se arrimaba a la que ya quería pretenderla. Y al ir a por agua a la fuente, también. Ibamos a por agua con el cántaro, y luego los chicos que querían hablar contigo, pues cuando volvíamos de la fuente, nos echaban un puñadito de tierra, de arena, la cogían del suelo y le echaban en el cántaro para volver. Y ya tenía que volver ella a por el agua a la fuente y ya él la acompañaba. A veces nosotras [nos poníamos] a tirarlos el agua, y era una fiesta, y los regábamos. Ni fumaban ni nada, ni es como ahora, ni bebían ni nada. La gente normal y bien».

Cuando Guillerma era joven, las relaciones normales entre mozos y mozas sufrieron el trastorno de la guerra:

«Y nosotros tuvimos la desgracia que fue en guerra. Dieciocho años tenía cuando en guerra. Y me acuerdo que ahí de Navafría bajaron los militares y éramos la tía Dominica, tu madre, la tía Julia... una flor de mozas, sin alabarnos, pues era de una estatura regular, casi yo la más pequeña. Bueno, pues resulta que venían los militares. Ay, a nosotras nos veíamos en un compromiso. Y todos querían bailar con nosotras. Ay, qué bien nos lo hemos pasao, ay, qué bien nos lo hemos pasao. Pero estábamos bien vigilaos, y bien, y era a estas horas. A las cinco de la tarde bajar la escolta de Navafría, el regimiento... ahí no se cabía de gente, doscientos militares. y pobrecitos. Pues los dieron libertad a bailar, y con todas las chicas. ¡Y aquí había una flor de chicas! Una quincena o veinte. Y todas querían bailar. Otros eran más cobardes, como todo pasa. Pero, al remate, pues, las chicas que teníamos dieciocho años lo pasábamos bien. Nos cogía uno y nos soltaba otro, y to's querían... Y en el pueblo no había jóvenes, no había mozos, na'más las chicas. Había alguno que le dieron de baja, a Miguelán. Y estábamos con las ovejas y salían a los cerros: "¡Ya viene Miguelán". Y casi le temblábamos. Porque era el único» .

En épocas normales, libres de las sombras bélicas, la relación entre ambos sexos era más natural y agradable, rodeada de códigos y ritos llenos de interés. Uno de los puntos culminantes de los ritos de galanteo era el de las enramadas que los mozos hacían a las mozas de sus preferencias: «Cogían las flores en el campo, y a cual más bonita las podía poner. Las enramadas se ponían de cantueso, de rosas de Alejandría, iban los mozos a los praos a por lilas, las flores de mayo, la retama, amarilla. Y uno se lo puso con naranjas alredor. Una docena de naranjas que casi no había, adornada con rosas también. Se subían al tejao y enfrente la puerta ponían una enramada así de flores, el día del Señor, el día del Corpus. Poníamos altares en toa la plaza. Se subían en lo alto de los tejaos, y entre dos amigos, los que eran más amigos, cogían y se ayudaban el uno al otro. Y cada uno andaba por su tejao. Luego se hacían rosquillas, las chicas hacíamos rosquillas, las madres nos daban para hacer rosquillas, y luego en esa casa de Ayuntamiento pues llevábamos las rosquillas cada una en nuestro cestito y comíamos allí las rosquillas todos los jóvenes. Y nos lo pasábamos de maravilla».

Sobre todo durante los meses de calor, las rondas nocturnas de cuadrillas de mozos a las puertas de las mozas se veían acompañadas de canciones como éstas:

Si quieres saber, morena,
la ronda quién la ha traído,
es la buena voluntad
que todos hemos tenido.

Para empezar la ronda
como se debe,
santas y buenas noches,
tengan ustedes.

Para empezar la ronda
como es debido,
santas y buenas noches,
clavel florido.

Eres chiquita y bonita
como el grano de cebada;
lo que tienes de chiquita
lo tienes de resalada.

De los pies a la cabeza
eres un ramo de flores;
bendita sea la madre
que por ti pasó dolores.

Tienes un corral muy largo
sembrado de yerbabuena;
todos miran al corral
y yo a tu cara morena.

Por lo más alto del cielo
va una criba dando vueltas;
esta noche se despide
la guitarra de tu puerta.

A veces los mozos entonaban también, aunque siempre en tono de broma y por lo general fuera del alcance de los oídos de las mozas, canciones satíricas o burlescas:

A la puerta de mi novia
hay un farol encendido,
con un letrero que dice:
-Jódete no haber venido.

Asómate a esa ventana
si te quieres asomar,
y si quieres no te asomes,
que a mí lo mismo me da.

Yo se lo pedí a mi novia,
que venía de segar;
y me dijo tan valiente:
-Muy fresco le quies pillar.

Asómate a esa vergüenza,
cara de poca ventana,
y alcánzame un jarro'sed
que me estoy muriendo de agua.

Eché leña en tu corral
pensando que me querías;
pero al ver que no me quieres,
dame la leña que es mía.

El cura vendió la mula,
el sacristán el caballo,
el médico la mujer,
y la botica el boticario.

En Zaragoza no hay torre,
ni campana ni reló,
ni moza que tenga novio
ni Dios que lo batanó.

A la lima y al limón,
te vas a quedar soltera;
y a la lima y el limón,
ya no tienes quién te quiera.

El día que me dijeron
que tú ya no me querías,
todas las penas que tengo
se volvieron alegrías.

Para buen pueblo, la Rades,
para lujo, La Velilla,
pa'espantar burros de siesta,
L'Arenal y Orejanilla.

Allá va la despedida,
la que echan los de la Rades:
tienen las albarcas rotas,
se le salen los peales.

El compromiso de los novios seguían un trámite muy curioso: «la tenían que ir a pedir en cá los padres. Nos tenían que comprar por dinero. Había un ajuste. El día de Santiago mataron mi madre dos ovejas, y allí hicieron caldereta, y allí nos reunimos toda la familia, no todos los de la boda, sino una parte. Y allí pues iban los padres de él y los padres nuestros y allí decían: "¿Cuánto vale la novia? ¿Cuánto vale?". A público, riéndose la gente, haciendo un poco broma. Bueno, pues luego allí llamaban a la novia y al novio y a los padres, y decían: "Bueno, ¿cuánto quiere usté pagar por mi hija?". "Ah, pues mi hija tiene que valer tanto, mi hija tiene que valer cuanto". "Pues tanto, pues ochocientas pesetas". Ochocientas pesetas, que era mucho valer en aquellos años. Luego mi marido, a presencia, dio cien pesetas; a mayores por su voluntad, de propina. Y con eso, pues así se celebró la cena. Y al otro día íbamos los padres de él y los míos a comprar las joyas, que se llamaban. Y fuimos a un comercio a comprar las joyas y me costó la cama las cuatrocientas pesetas. Y me quedó libre las cien pesetas del marido. Y me acuerdo tu madre y yo fuimos a Cantalejo a comprar dos sábanas, para poder cubrir la cama. Mi madre me dio una sábana, la suegra me dio otra sábana, y así cubrimos la cama. El día de Santiago fue el ajuste de la boda, y luego, el día veintiocho de septiembre, nos casamos. El día del ajuste de la boda no eran todos el día de Santiago, cada uno a convenir».

Una vez establecido el compromiso, se solían fijar las fechas de la boda en agosto o septiembre -como sucedió en el caso de Guillerma y Félix-, al término de las faenas del campo. Las celebraciones nupciales solían durar unos tres días. El primer día, o día de la víspera, se mataban en casa de los pádres de los novios las tripas de las cuatro o cinco reses que se iban a comer al día siguiente. En seguida se bajaba al río para lavar aquellas tripas. Los pellejos servirían para la preparación de embutidos, y los entresijos eran lavados, cocinados y comidos allí mismo, a orillas del río. Después de esta comida, en la que participaban novios, familiares y amigos, se bailaba, y, más tarde, los jóvenes bajaban por la carretera hasta Pedraza para que el sacerdote conversase con ellos y les diese consejos morales y doctrina cristiana. Al anochecer volvían andando a Rades, cenaban, y los mozos se aprestaban para cantar la ronda a la novia, que sólo dejaba de celebrarse cuando un período de luto familiar lo impidiese.

Durante la ronda, los mozos debían alternarse en el canto de numerosísimas coplas galantes. Uno de estos cantos, de los que apenas queda ya memoria en el pueblo, aunque algún anciano lo conserva por escrito y recuerda haberlo oído a personas muy mayores, era una ronda pintando la hermosura de una dama. Se trata, en realidad, de una curiosa versión romanceada de la canción seriada de El retrato de la dama. El anciano que me la comunicó recordaba que también existía una ronda pintando la fealdad de una dama que él ya no recordaba:

Para pintar tu hermosura
tengo yo mi torpe lengua:
las facciones de tu cuerpo
las diré si me se acuerda.
Tienes los pies puliditos,
que no les siente la tierra:
con tus delicadas plantas
pisas a las frías arenas.
Tus piernas son dos columnas
que sostienen tu belleza;
tus rodillas son dos goznes
que en el aire se dan vueltas.
Entre el muslo y la cintura,
eso por decir se queda;
tu cintura, delgadita,
en que un anillo cupiera;
Tus brazos son dos remos
que reman a mar y tierra;
tus manos dos alabastros
que todo pasa por ellas;
tus pechos son dos limones
que brotan en primavera;
tu garganta cristalina
que el agua pasa por ella;
tu barbita llano fino,
tu boca una dulce almendra,
tus dientes pinos piñones,
tus labios doradas perlas;
tu nariz un popurillo
que va disparando flechas.
¡Ay, quien fuera un pajarillo
para bajar a cogerlas!
Tus ojos son dos luceros
que alumbran a mar y tierra;
Tus pestañas tan hermosas
que completan tu belleza.
Esa madeja de pelo
que por la espalda te cuelga,
de día pone hermosura
y por la noche cabecera.

Había muchos otros cantos de ronda, que la novia y su familia escuchaban desde dentro de su casa, mientras afuera el novio y los demás mozos se acompañaban de cencerros y cantaban hasta bien entrada la noche:

Licencia pido a la novia
y también a la madrina,
y a los padres de la novia
para rondar a esa niña.

Licencia pido a la novia
para cantarla la gala.
Si no hay otro que comience,
ésta es la primera entrada.

La primera es la de un majo,
la segunda de un valiente,
la tercera va la mía
como mocito prudente.

En el portal de tus padres
te debes de arrodillar
que te echen la bendición,
que tu pecho podrá llorar.

Y luego que te la echen
se irán para la Iglesia,
de nobles acompañados:
el padrino a la derecha,
la madrina al otro lado.

Luego sale a recibirlos
aquel ministro sagrado
con la mano en la cruz
y el guisopo en la otra mano.

Lo primero que os pregunta
aquel ministro de Dios
si tenéis impedimento:
lo sabréis entre los dos.

Con la voz baja y humilde
responderéis: -¡No, señor!
Lo mismo dirá la gente
que se halla alrededor.

Os pregunta el sacerdote
si sois mancebos honrados
para seguir la bandera,
la que siguen los casados.

Responderéis: -Sí, señor,
sí lo somos y otorgamos.
Y aquel tiempo el padrino
las arras irá sacando.

También sacará el anillo
para que os hagáis el cargo
que tenéis anillo y arras,
gracias para los casados.

Los anillos son los grillos,
las arras son las cadenas,
el platillo la humildad,
y el casorio la obediencia.

Entra de puertas adentro
con agrado y con amor,
hasta llegar a la grada
de la capilla mayor.

Antes que toquen al santo
que...descansar,
que tienes para los casados
gracias en particular.

De los siete sacramentos
que hay en la iglesia sagrada,
vais a recibir los tres
mañana por la mañana.

El tercero penitencia,
el cuarto la comunión,
el séptimo matrimonio,
sea para servir a Dios.

En las palabras divinas
que el sacerdote os ha dicho,
que os améis el uno al otro
como la Iglesia ama a Cristo.

Al padrino y la madrina
las gracias debéis de dar,
porque os han puesto en camino
de las bienaventuranzas.

Y también a vuestros padres
las gracias debéis de dar
porque os han hecho mancebos
para poderos casar.

Florezcan todas las flores
y también las del olivo,
vivan los señores novios
y los señores padrinos.

Florezcan todas las flores
y también las del romero,
vivan los señores novios
y todo acompañamiento.

Para remate de todo,
la enhorabuena os daré,
que os una el matrimonio,
yo de eso me alegraré.

Comienzo en nombre de Dios,
comienzo para explicar,
lo que tenéis que hacer mañana
si es que os vais a casar;
escucha con atención,
si lo quieres escuchar.

Informada vengo, dama,
informado muy de veras
que te has de casar mañana;
quiera Dios que pa'bien sea,
que goces de matrimonio
según tu amor lo desea.

Y yo de mi parte vengo
Y a darte la enhorabuena;
mis pulidos compañeros
ellos te darán la mesma:
que Dios quiera, dama hermosa,
que logres lo que deseas.

Mañana por la mañana,
ya sabemos que es muy cierto,
la bendición de tus padres
antes de ir a la Iglesia;
considera, dama hermosa,
que es la que Dios representa.

Caminito de la iglesia
te irás a la mañana,
llorando lágrimas vivas
por el rostro de tu cara;
tus ojos serán dos fuentes
que rieguen tu hermosa cara.

A la que llegues al templo
de la iglesia consagrada
te harás una crucecita
en esa tu hermosa cara,
tan sólo con los dos dedos
de tu mano, linda dama.

Te sentarás de rodillas
para que hagas oración
al pie del confesionario
aguardando al confesor,
y que vengan y te confiesen
y te echen la absolución.

Te sentarás de rodillas
y delante de tus padres,
que te echen la absolución;
la de Dios nos alcance,
y la del Espíritu Santo
en aquel mismo instante.

La bendición de Dios Padre,
la de Dios Hijo también,
y yo de mi parte vengo,
quiera Dios sea para bien,
le ruego a Dios del cielo
que sea la última vez.

Luego te levantarás
agarrada a la madrina,
con esos ojos hermosos
llorando lágrimas vivas
en ver que tus santos padres
te han dado la despedida.

Luego sales de tu casa
sin detenerte un momento,
derechita hacia la iglesia
con todo acompañamiento.
Todos te acompañarán
hasta que llegues al templo.

A la puerta de la iglesia
llegarás avergonzada,
a responder las preguntas
que el sacerdote te haga
y a todo dirás que sí
y has de cumplir tu palabra.

A la puerta de la iglesia
llegarás moza y soltera,
cuando vuelvas a salir,
casadita y bien sujeta,
al lado de tu marido,
que así lo manda la iglesia.

En señal de matrimonio
te darán arras y anillos;
tú dirás: sí lo recibo;
eso te dará a entender
que estás sujeta a tu marido.

Luego vas la iglesia arriba,
los padrinos y tu amante;
Dios os haga bien casados,
y también la Virgen del Carmen;
ya te vas con tu marido
y te despides de tus padres.

Cerca del altar mayor
te postrarás de rodillas
pidiendo a Jesucristo
dos mil veces maravillas
para que Dios os dé suerte
en vuestra corta y larga vida.

En la gravilla del altar
te pondrás al lado izquierdo,
orillita de tu amante
para que te echen el velo,
por tu cabeza y los hombros
de tu dulcísimo dueño.

Luego te dan en la mano
una vela y un candelabro;
ya eso te da a entender
que hacéis un alma y un cuerpo:
todo eso te da a entender,
hermoso y claro lucero.

Antes de la comunión
te darán agua bendita,
que es agua muy verdadera
que todas las manchas quita,
y te lo dará tu esposo
que hagas una crucecita.

Luego te dan comunión,
que es el manjar muy verdadero,
que el que lo reciba en gracia
derechito se va al cielo,
y el que no lo reciba
para siempre va al infierno.

Te levantas de las gravillas,
te arrodillas con tu esposo,
diciendo a la Virgen María
y a Dios misericordioso
que te den salud y paz
para salir con tu esposo.

Y después que hayáis rezado
lo que tengáis devoción,
en compañía de tu amante
tu mayor satisfacción
bajarás la iglesia abajo
pidiéndole a Dios perdón.

Para salir de la iglesia
casadita y bien sujeta
tomarás agua bendita
orillita de la puerta,
que te lo dará la madrina
con su manita derecha.

Luego sales de la iglesia
con alegría y contento.
Quiera Dios enhorabuena
y sea para mucho tiempo,
y cada día
os veáis más contentos.

Me perdonarás, señora,
si en algo me he equivocado,
que soy mocito y soltero
y por mí nada ha pasado.
Y también te digo por Dios
me perdonas si en algo te he agraviado.

¿Sois gustosos, compañeros,
que paremos de rondar?
Porque los señores novios
mañana tienen que madrugar;
vamos dando despedidas
que vayan a descansar.

¿Sois gustosos, compañeros,
estar a que venga el día?
y si no, de lo contrario
vamos dando despedidas.

Además de este tipo de canciones que se podían mezclar y alargar interminablemente, según el criterio de los cantores, se entonaban también en la ronda de los mozos diversas canciones seriadas, como la de El vestido:

¿Me das licencia, señora,
para contarte el vestido,
que ni sea corto ni largo
que te esté muy bien cumplido?

Comienzo por el pañuelo,
hermoso y claro lucero,
que te cubre la cabeza
y esos tus rubios cabellos.

Los pendientes que te pones
campanillas de oro son
que descansan en tus hombros
y tocan el corazón.

Los collares que te pones
alrededor de tu garganta
merecías tú que fueran
de oro y de fina plata.

Esa blusa que te pones
para adornar a tu cuerpo,
para eso te ha dado Dios
memoria y entendimiento.

Detente, lengua, detente,
no camines tan deprisa
que te dejas el justillo
y esa tu blanca camisa.

El justillo que te pones
y abróchale con primor,
acuérdate de aquel majo
que te regaló el cordón.

La camisa que te pones
es de lienzo muy delgado
el cabezón y los puños
de tus manos son labrados.

Esas sayas que te pones
con esa cinta alrededor
falta que pintar en ella,
señora, tu corazón.

El delantal que te pones
alrededor de la cintura
falta que pintar en ella,
señora, el sol y la luna.

Las ligas de la señora
yo se las quisiera ver,
pero las tié tan guardadas
que eso no va a poder ser.

Las medias de la señora
son de hilo y de algodón,
merecía ella que fuera
de seda sobredorada.

El zapato de la niña
qué pulido está en el pie.
¡Ay, quién fuera zapatero
para írsele a poner!

Las hebillas del zapato
son de oro y cristal fino;
me perdonarás, señora,
la falta que tié el vestido.

Otra de las canciones seriadas que se entonaban durante la ronda de los mozos era la de Las horas del reloj:

A tu puerta me he parado
con muchísimo valor
por ver si puedo explicarte
las doce horas del reloj

Hay una voz profunda,
tú eres el sol, media luna,
tú eres la dulce prenda
al punto que dé la una.

Eso bien lo sabes vos
que eres dama tan salada,
que sales por la ventana
al punto que den las dos.

Postrado estoy a tus pies,
pues eres ramo de palma,
creo estarás en la cama
y al punto que den las tres.

¿Cuándo tendré tu retrato
bien adornado en tu cuarto,
para ver tu cara al frente
al punto que den las cuatro?

Si yo pudiera dar un brinco
en tu habitación entrar,
llevar la Virgen y a Cristo
sólo para ir a gozar
y poder contigo hablar
al punto que den las cinco.

Te repito, bien lo ves,
como ahora te estoy llamando,
levántate, prenda mía,
y estaré contigo hablando
al punto que den las seis.

No me digas vuélvete,
porque te quiero, lucero,
y soy firme yo en quererte
y gozar tu cuerpo bueno
y al punto que den las siete.

Y seré hombre dichoso
si tú me sabes querer
que con el cuerpo y hermoso
de noche te vengo a ver
al punto que den las ocho.

Cuando digas toma y bebe
ese licor tan hermoso
entonces sabrás que en el medio
puedo ser tu esposo
al punto que den las nueve.

Prenda mía, bien lo ves
el amor que yo te tengo
postrado estoy a tus pies,
tengo de ser tu dulce dueño
y al punto que den las diez.

Dicen que es duro el bronce
mi querer todo es firmeza,
pegando en mi pecho yo
digo la suma belleza
al punto que den las once.

Cuando el sereno cantara
Y eso de la media noche
quisiera yo divertirme
y en los brazos de mi dama
y al punto que den las doce.

Las doce horas de la noche
se han terminado, señora,
y a tu ventana cantando
y a tu puerta, bella aurora.

Los Sacramentos de Amor era otra de las canciones seriadas que cantaban el novio y los mozos a la novia:

Si quieres oír, bonita,
los Sacramentos cantar
arrodíllate en la cama,
que te les voy a empezar.

El primero es el bautismo
donde fuiste bautizada,
en la capilla de Cristo
para ser buena cristiana.

El segundo confirmación,
bien sé que estás confirmada,
por el vicario de Cristo
para ser como Dios manda.

El tercero Penitencia,
y jamás la cumplió,
que no se aparte de ti
pues la ha dicho el confesor.

Al cuarto la comunión,
un manjar tan verdadero
que el que lo recibe en gracia
derechito sube al cielo.

El quinto la Extremaunción
y el último sacramento
es el que recibe el alma
al separarse del cuerpo.

El sexto sacerdotal
donde bajó el Padre Eterno
con el cáliz en la mano
la consagración haciendo.

El séptimo matrimonio,
el que rige a los mancebos,
que os améis el uno al otro
hasta cumplir sus deseos.

Otra de las canciones seriadas que se entonaban la noche anterior a la boda era la de Las obras de misericordia:

Si me prestas atención
te explicaré brevemente
las Obras de Misericordia
de las catorce a las siete.

La primera obra es
visitar a los enfermos
y sí vine a visitarte,
hermoso, claro lucero.

La segunda alimentar,
si gusto es alimentarte,
porque todos sus deseos
son de quererte llamarte.

La tercera es traer la sed
y se arrimó a tu ventana,
levántate, prenda mía,
y le das un vaso de agua.

La cuarta viene cautivo
porque tú le has cautivado.
Si quisieras bien podías
redimir tu enamorado.

La quinta viene desnudo,
y se quisiera vestir
con la ropa de tu cuerpo
y entrar contigo a dormir.

La sexta viene de paso
y anda buscando posada.
A tu puerta se arrodilla
hermosa prenda del alma.

La séptima viene muerto,
con el rigor del amor,
dale sepultura, niña,
dentro de tu corazón.

Mientras las canciones seriadas anteriores se entonaban todas con la misma música, la que reproduzco a continuación, que vuelve a tocar el tema de Las horas del reloj, tenía una melodía distinta, como corresponde a un canto en seguidillas:

Que en cantares te traigo
las doce horas,
para que las deprendas,
querida aurora.

A la una te digo
tus pensamientos
porque eres tú la causa
de mis tormentos.

A las dos tus dos soles
se hallan dormidos;
los de él están despiertos,
clavel florido.

A las tres son los sustos
y sobresaltos;
desde que no te he visto
darán las cuatro.

A las cuatro quisiera
tener sosiegue,
y no puede ser porque es mucho
lo que te quiere.

A las cinco sus penas
se afligen tanto
porque sus cinco sentidos
le van faltando.

A las seis las horas
las dé sin gusto,
desde que no te he visto
no tengo gusto.

A las siete maldice
la su fortuna
porque de siete horas
no te ve una.

A las ocho te hallas
con diferencia
en ver que llevas ocho pasos
de penitencia.

A las nueve se muere
de sentimiento
en ver que no te ha visto
en tanto tiempo.

A las diez una barra
en tu pecho hiere;
eso es el amor fino
que por ti muere.

A las once, a las once,
prenda querida,
tú que le das la muerte
dale la vida.

A las doce ya llegan
las despedidas,
adiós, que no te olvides,
prenda querida.

El día de la boda se levantaban temprano los novios, familiares e invitados. Al salir de la casa de los padres, por última vez como solteros, cada novio recibía la bendición de sus mayores. El novio se dirigía entonces, acompañado de sus familiares y amigos, a la casa de la novia, para conducirla a la iglesia. La ceremonia religiosa solía empezar a las diez de la mañana, y a su término las mozas salían de la iglesia y se colocaban en lugares estratégicos para cantar a la salida de los novios, formando dos coros que se contestaban cada dos versos:

Ya sale el rey de la iglesia,
ya sale de cantar misa,
ya salen los casaditos
de tomar agua bendita.

Qué bien parece la iglesia
toda rodeada de olivos,
mejor parece esta dama
casada con su marido.

Toda rodeada de olivos,
toda rodeada de flores,
mejor parece esta dama
casada con sus amores.

Toda rodeada de flores,
toda rodeada de ramos,
mejor parece esta dama
casada con su velado.

Toda rodeada de flores,
toda rodeada de rosas,
mejor parece esta dama
acompañada de mozas.

Ya te ha llegado aquel día
que tenías deseado,
que por esposo te dieron
ése que llevas al lado.

Y si al lado no le llevas,
le llevas a tu mandato,
que a la puerta de la iglesia
por esposo te le han dado.

Con padrinos y madrinas,
parientes, primos y hermanos,
a ambos ha preguntado.
Y le ha preguntado a ella
si le otorga y ha otorgado.
Y le ha preguntado a él,
la misma respuesta ha dado.

Tomaron agua bendita,
le ha tomado de la mano.
Subieron la iglesia arriba,
de rodillas se apostraron,
a que les echen el velo
delante del soberano.

Cuando al altar te pusistes
¿a Jesús qué le pedistes?
Que te diera un buen marido.
¿Y a Jesús qué le has pedido?

Cuando el anillo se dieron
ellos dos bien se quisieron.
Cuando el anillo se daban
ellos dos bien se estimaban.

Oiga usted, señor padrino,
el de la capa de grana,
¿es usted rey o lo ha sido
o tiene gente en campaña?

Yo ni soy rey ni lo he sido
ni tengo gente en campaña,
que he venido a ser padrino
de estos novios que hoy se casan.

Hoy se casan, hoy se velan,
hoy se despiden doncellas.
Al de la capa de seda:
¿y es usted rey o lo ha sido
o tiene gente en la guerra?

Ni soy rey ni lo he sido,
ni tengo gente en la guerra,
que he venido a ser padrino
de estos novios que hoy se velan.

Empiezo porque ahora empiezo,
y empiezo por empezar,
empiezo por la mantilla,
los zapatos terminar.

Bendita sea la mantilla
y el sastre que la cortó,
y la niña que la lleva
y el galán que se la dio.

Qué bien parece la novia
con esa linda mantilla.
La madrina es una rosa
que la tiene dobladilla.

Con esa linda mantilla,
con ese lindo pañuelo,
la madrina es una rosa
que tiene mucho dinero.

Con ese lindo pañuelo,
con esos lindos pendientes,
la madrina es una rosa
que viene de ricas gentes.

Con esos lindos pendientes,
con ese lindo collar,
la madrina es una rosa
que tiene rico caudal.

Con ese lindo collar,
con esa linda chaqueta,
la madrina es una rosa
que tiene lindas pesetas.

Con esa linda chaqueta,
con ese lindo vestido,
la madrina es una rosa
que le tiene bien cogido.

Con ese lindo vestido,
con ese lindo mandil,
la madrina es una rosa
que tiene rico jardín.

Con ese lindo mandil,
con esas las lindas medias,
la madrina es una rosa
que tiene muy ricas perras.

Con esas sus lindas medias,
con esas sus lindas ligas,
con un letrero que dice:
el novio y la novia vivan.

Con esas sus lindas ligas,
con esos lindos zapatos,
la madrina es una rosa
que tiene muy ricos cuartos.

Abran los arcos de flores
y las puertas del palacio,
y entrarán los dos amores,
la dama con su velado.

Abran los arcos de flores
y las puertas del castillo
y entrarán los dos amores,
la dama con su marido.

Madre que a su hija aguarda
la puerta la tenga franca.
Madre a su hija espera
la puerta la tenga abierta.

A ti te lo digo, niña,
que te despides llorando,
ponte el pañuelo a los ojos,
que ya te vas de este bando.

A ti te lo digo, niño,
que la tengas bien tenida,
que la han tenido sus padres
en el corazón metida.

Que la tengas bien tenida,
no la tengas en enojo,
que la han tenido sus padres
en las niñas de sus ojos.

A ti te lo digo, niña,
que lo tengas bien tenido,
que lo han tenido sus padres
en el corazón metido.

Florezcan todas las flores
y el rosal de Alejandría,
vivan los señores novios
y toda la compañía.

Florezcan todas las flores
y también las del olivo,
vivan los señores novios
y los señores padrinos.

Florezcan todas las flores
y también las del romero,
vivan los señores novios
y tó'l acompañamiento.

Vivan el novio y la novia
y el cura que les casó,
el padrino y la madrina,
los convidados y yo.

La madrina es una rosa
y el padrino es un clavel,
y la novia es un espejo
y el novio se mira en él.

Se queden con Dios los novios,
sus padres y sus hermanos.
Todo el acompañamiento,
nosotras nos retiramos.

Todas estas canciones eran cantadas por el cortejo de mozas que acompañaban a los novios a la casa de los padres de la novia, donde se iba a celebrar la comida de bodas. Pero se solia dar un rodeo para pasar por una pequeña plazuela en la que los mozos tenían preparado un curioso entretenimiento. El protagonista era un gallo vivo, ofrecido por la novia, vestido con pantalones, borlas, lazos y pañuelos de vivos colores, que pendía de una vara que sostenía uno de los mozos. Al pasar frente al gallo, le era ofrecida al novio una bandeja con tres bolas, que debía arrojar con la mejor puntería posible sobre el animal, después de santiguarse. A veces se gastaba al novio la broma adicional de calentar las bolas para impedirle apuntar adecuadamente. Además, el mozo que sostenía la vara de la que pendía el gallo, procuraba agitarla en el momento del disparo para dificultar más el acierto. Ello era comprensible, porque si el mozo no lograba acertar al gallo, tenía que pagar su "derecho", es decir, su precio, a los mozos. Pero si le acertaba, debería pagarlo a los casados. Esta costumbre ya se ha perdido en las bodas, por otro lado muy escasas en el pueblo. Pero hace pocos años un matrimonio que cumplió sus bodas de oro sí se sometió todavía a la prueba.

Tras este episodio, el cortejo podía seguir su recorrido hasta la casa de la novia, donde tendría lugar el banquete, en cuya preparación participaban las dos familias. Al llegar a la casa se recibía a los novios al son de:

Abran los arcos de flores
y las puertas del palacio
y entrarán los dos amores,
la dama con su velado.
Aguarda tú, hijo, aguarda,
la puerta la tengas franca.

En la misma puerta la familia de la novia repartía a todos los que habían tomado parte en el cortejo pero no participarían en el convite una enorme cantidad de "panbollos" (hogazas grandes) que se habían cocido los días anteriores y que se regaban con abundante vino. La comida de las familias y allegados podía alargarse varias horas, y a su término tenía lugar un "ofertorio" en el que cada invitado se acercaba a la novia para darle un regalo o una cantidad de dinero. Tal "ofertorio" continuaba después, en el baile que se preparaba: cada invitado tenía derecho a sacar a bailar a la novia al tiempo que la volvían a ofrecer una cantidad de dinero, que recibía el nombre de "la gala de la novia". Para solicitar el baile no había más que enfrentarse a ella, proclamar "¡A la salud de la novia!" y sacarla al baile.

La danza se podía prolongar hasta el anochecer, y enlazaba con la cena. Después de ésta, los novios intentaban retirarse a dormir, pero los mozos intentaban por todos los medios impedírselo. En alguna ocasión llegaron a apalancar la puerta de la casa de unos recién casados con una reja de las vacas, para que no pudiesen entrar. También intentaban llegar hasta su cama y poner campanillos en su armazón, para que sonasen; e incluso llenársela de cardos. Otra de las bromas que se les tenía preparada era la de montarles en un burro, atados y mirando en direcciones contrarias: él hacia delante y ella hacia atrás. Así debían recorrer varias calles, y a veces eran conducidos hasta la fuente, donde se les obligaba a beber a ambos en el zapato de la novia o a echar agua con el mismo zapato dentro de las orejas del burro, que inmediatamente se espantaba. Se cuenta que en alguna ocasión montaron a una joven pareja en un carro lleno de ortigas y tirado por un burro; y en otras se llevaba a los novios al campo, se les uncía a un yugo y se les ponía a arar.

El tercer día se celebraba la tornaboda, en que participaban sólo la familia y los amigos más allegados, que consumían los restos del banquete del día anterior, ayudaban a limpiar y poner en orden la casa donde se habían celebrado los festejos, y daban las últimas felicitaciones y consejos a los nuevos esposos.

____________
NOTA

(1) Realicé en Rades de Pedraza dos fructíferas encuestas folklóricas los días 12 de mayo de 1991 y 7 de agosto de 1994. Esta última, en compañía de mis amigos Cristina, Gema y Nacho. Deseo agradecer su ayuda y colaboración al cura párroco del pueblo, Juan Bayona, que me introdujo entre sus habitantes, así como a mis extraordinarios informantes Guillerma Tejedor, Félix Bernabé Moreno y Andrés Bartolomé, que en 1991 tenían 69, 76 y 73 años respectivamente; así como a Agustín Tejedor, de 71 años en 1994.