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Revista de Folklore

LA INDUMENTARIA DE LOS ARAGONESES SEGÚN LOS VIAJEROS DE LOS SIGLOS XVIII Y XIX (II)

MANEROS LOPEZ, Fernando

Revista número: 199     Año: 1997     Páginas en la revista: 3-12    


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Adentrándonos en la provincia de Zaragoza, es necesario señalar que la mayor parte de los viajeros refieren únicamente datos del tema que nos ocupa centrándose en la capital, lo cual no es de extrañar ya que como ciudad más importante de la región, así como escala obligada en el trayecto entre Madrid y Barcelona, es por lo común la única parada en que realizan una estancia más prolongada que las más de las veces no supera dos o tres días.

Son escasos, por tanto, los textos que podemos ofrecer referidos a otras localidades que no sean Zaragoza y que, como es lógico suponer, se localizan en esa ruta que une Madrid con Barcelona.

En 1770 J. Baretti anota la indumentaria femenina de una aldea azotada por el viento helado del Moncayo, en la que un grupo de mujeres rodean el carruaje de los viajeros para ofrecerles los más variados productos de la zona como huevos, ajos, repollos, cebollas, palomos, tordos, miel, uvas, etc.:

Sostenían los cestos con el brazo izquierdo para tener las manos libres y continuar hilando, lo que hacían mientras hablaban, como temerosas de perder el tiempo. No he visto jamás aldeanas que me gustasen tanto (...) muchas adornaban sus zapatos con hebillas de plata, además de llevar pendientes también de plata y una cruz en el cuello del mismo metal. (...) Las viejas se tocaban con una montera o gorra de lana, pero las jóvenes llevaban la cabeza descubierta. Se sujetan el pelo en lo más alto de ésta, y de allí cae por la espalda, dividido en dos trenzas. Felicité a dos o tres de las más agraciadas por su belleza y pulcritud, y mis palabras fueron recibidas con una reverencia y una sonrisa (1).

Esta aldea habría que localizarla en las proximidades de Daroca o Cariñena, si seguimos el itinerario seguido por el autor, que entró en Aragón desde el pueblo de Embid (Guadalajara) para dirigirse a Daroca, Calamocha y luego a Zaragoza. Esa misma tarde J. Baretti compró vino en Cariñena.

Muy peculiar es el tocado que nos menciona, una montera o gorra de lana, más habitual para las mujeres de algunas provincias castellanas que de Aragón, además del hecho de que lo usen las viejas, mientras que las jóvenes lucen trenzas sueltas en lugar del recogido en moño.

Muy extraña es la atribución a Mequinenza de la figura central que aparece en un grabado realizado por los hermanos Rouargue -figura 13- para ilustrar un libro de viaje por España y Portugal (2). Se trata de una mujer que luce un vestido ceñido en el talle y formado por un corpiño abierto en el frente, con las mangas abullonadas y acuchilladas y una falda con dos franjas oscuras en la parte inferior. Por el corpiño asoma una camisa de alto cuello con puntillas similar a las que se usan en los valles de Ansó y Hecho. Muy semejantes son, asimismo, los adornos que porta sobre el pecho, consistentes en dos vueltas de lo que parecen ser perlas, de las que penden sendos relicarios.

La extrañeza de su atribución nos viene dada porque creemos que copia exactamente otras obras realizadas con anterioridad y que se localizan en la zona pirenaica, concretamente en el valle de Jasa, sin que lleguemos a entender las razones que llevaron a emplazar a la mujer que aquí vemos en Mequinenza. En la figura n° 9 hemos visto un caso muy semejante, que se inspira en los mismos precedentes que esta mequinenzana; la indumentaria que lucen ambas es prácticamente igual.

Las mismas circustancias se dan con el hombre al que se atribuye la ciudad de Zaragoza y que puede identificarse con un pastor de la zona pirenaica, si volvemos a fijarnos en los grabados que antes mencionamos. Tanto Juan de la Cruz como Devere lo emplazan en el área de Jaca. La ropa que luce, salvo la montera de piel con la que se toca, está inspirada en esas imágenes, y que podemos ver en la figura 10.

En el texto no se hace mención alguna al grabado ni a la indumentaria que se usaba en esas fechas en las zonas que recorre el autor. Con toda seguridad, los hermanos Rouargue no realizaron dicho viaje y por lo tanto no pudieron ver los tipos que dibujaron, limitándose a copiar otras imágenes ya existentes sobre España, práctica muy usual en este género literario de los libros de viajes.

Aproximándonos ya a Zaragoza capital, Ch. Didier nos refiere en 1836, en una parada momentánea llevada acabo en la posta de Peñalba:

Llegamos al final del día; mientras que cambiábamos los caballos, los habitantes del pueblo rodearon el coche, embozados en su manta y su ancho sombrero calado sobre los ojos. Había fisonomías de mal agüero; ...(3).

De los alrededores de Zaragoza y del Bajo Aragón son los tres individuos que aparecen en el grabado Paysans ds environs de Saragose et du Bas Aragon, (fig. 14) sin que se especifique con qué zona se identifica cada uno de ellos. El siguiente texto complementa la imagen:

Van generalmente vestidos con un traje de terciopelo de algodón de color oscuro: negro, verde o azul. Al terciopelo se le llama pana. Sus fajas ordinariamente moradas, emplean algunas veces 18 varas de tejido; ahí radica su lujo, y ellos ponen su vanidad en llevarlas muy grandes. El pañuelo que lucen sobre la cabeza, doblado en forma de cono, es de algodón. Estos pañuelos proceden de las manufacturas de Cataluña.

Las alpargatas se fabrican en todas las ciudades de Aragón; las más estimadas son las de Zaragoza (4).

En estas líneas tampoco se aclara cuál o cuáles de los personajes que se ven en el grabado son del Bajo Aragón y quién de la periferia de Zaragoza, hablando del vestir aragonés de un modo generalizado. Nuevamente se menciona la variedad de colores que emplean los varones en su trajes, no limitándose al negro; el color morado sigue siendo el más característico, de hecho es el único que se ha mencionado, para las fajas. No podemos dejar de subrayar el dato sobre la procedencia catalana de los pañuelos de cabeza, al menos de los de algodón, según lo que nos dice Taylor.

El grabado, realizado por P. Blanchard, muestra a tres hombres vestidos cada uno de ellos de forma un tanto diferente. Dos lucen el traje usual de calzón hasta la rodilla sujeto mediante una faja, por la que se introduce la camisa y el chaleco. Lo que distingue a uno de otro son los complementos, ya que mientras el que se encuentra más a la izquierda se toca con pañuelo de cabeza y se ciñe con una faja clara a rayas, el que está en el centro de la composición cubre su cabeza con un sombrero de copa alta, similar a una chistera, y lleva en la cintura una faja oscura, probablemente morada. Este además muestra la chaqueta corta sobre su hombro izquierdo. El tercer personaje se toca con un sombrero de copa hemisférica baja y grandes alas, y cubre totalmente su cuerpo con una amplia capa. Los tres calzan alpargatas cuyas cintas se enrollan alrededor del tobillo.

Igualmente sin indicar la localidad concreta en que se desarrolla, y tras haber abandonado Zaragoza, P. L. Imbert da cuenta de la celebración de una fiesta de pueblo, incluyendo en su relato la forma cómo visten los lugareños:

...Todos los modelos de tipos aragoneses se hallan allí reunidos. Grandes risas cortan los rostros quemados por el sol; los ojos son generalmente pequeños; las orejas, anchas, sobresalen a los lados; un pañuelo enrollado como una corbata sujeta los cabellos cortados a lo Tito detrás de la cabeza, mal peinados sobre la frente, pareciendo orejas de perro; la faja, dispuesta plana, cubre el vientre, la mitad del muslo y del pecho; la pantorrilla, calzada con medias azules normalmente sin pie, no se cubre por el estrecho calzón; una manta gris rayada de negro, se dispone sobre la espalda; casi todos los pechos se ven al descubierto: para respirar más libremente, los Aragoneses no abotonan su cuello de la camisa. Las mujeres lucen una falda negra bordada con flores claras, amplia y corta, plisada en la zona de los riñones; un jubón de mangas lisas ciñe el talle; dos o tres pañuelos de algodón azul oscuro, con grandes flores rojas o amarillas, se atan uno sobre el otro (5).

De nuevo constatamos una serie de características que se van repitiendo respecto a los testimonios ya vistos, pero a la vez, podemos destacar otras que chocan con la idea más extendida de la indumentaria aragonesa.

En los hombres queremos reincidir en la forma de colocarse el pañuelo de cabeza, otra vez dispuesto como una banda o "corbata", anudándose en la nuca; las medias vuelven a ser azules y "normalmente" sin pie.

Por lo que se refiere a las mujeres, precisar que las faldas cortas llegan hasta por encima de los tobillos, pudiéndose ver éstos, cosa que no ocurría con las faldas de los vestidos que seguían la moda del momento, que debían arrastrar una pequeña cola o al menos llegar hasta el suelo. En la superposición de pañuelos debemos ver el uso de un mantón o pañuelo que llegaba hasta la cintura y encima otro más pequeño ceñido al cuello, e incluso uno blanco bajo el mantón, pero que asomaba en ocasiones, destinado a impedir que aquel se estropeara por el roce con el cuello.

A partir de ahora, los testimonios que siguen se centran en la ciudad de Zaragoza, aunque en casi todos ellos el uso de prendas que se describen se hace extensivo al resto del territorio de nuestra región, es decir, que los zaragozanos son considerados como prototipo del resto de los aragoneses.

En 1766, bajo el reinado de Carlos III, se dictaron unas normas que obligaban a sustituir el sombrero de ala ancha por el de tres picos, o bien a reducir el tamaño del primero, así como a acortar las capas o usar la capa corta o redingote. La oposición del pueblo a estas leyes, junto a otras motivaciones políticas, originó el famoso motín de Esquilache. A pesar de los disturbios, los cambios lograron ir imponiéndose, aunque en Zaragoza tardaron un tiempo.

Entre los años 1767 y 1768 J. Casanova viajó por España y ésta es su opinión acerca de cómo se vestía en nuestra ciudad:

Las reformas del conde de Aranda no habían penetrado aún en esta vieja capital de Aragón. Noche y día se tropezaban en las calles gentes ataviadas con los enormes sombreros de alas gachas y las capas negras, que les hacían parecerse a otras tantas máscaras, o, mejor, a otros tantos sacos de carbón. Llevaban bajo las capas una espada, mitad más larga que la que las gentes distinguidas tienen costumbre de llevar en Francia y en Italia (6).

Un tiempo después, en 1797, el padre Branet ya observa los cambios que se han producido respecto a la última vez que estuvo en Zaragoza, cinco años antes:

En cuanto a las costumbres, el cambio me parece mayor aún. Los estudiantes en su mayoría han abandonado su manteo y lo han sustituido por un vestido elegante y a la moda francesa. Se permiten ya un poco de polvos y el pelo rizado, de modo que creía estar en una nueva ciudad (7).

El manteo es una especie de gran capa con la que se cubre desde la cabeza a los pies, según anota el mismo autor.

Son los estudiantes quienes han abandonado las viejas y tradicionales prendas; igual actitud seguirán las clases medias, pero no ocurrirá así entre el pueblo, que se mostrará más reacio a las nuevas modas. Esta disparidad quedará patente en las citas que siguen, especificándose las diferencias entre los estamentos sociales.

Por ejemplo, A. Laborde, quien refiriéndose a 1809 afirma:

En Zaragoza hay poco lujo, y en las calles y paseos se ven con frecuencia sombreros redondos, y capas negras y pardas, que es el traje ordinario del pueblo, aunque poco adoptado por la nobleza, magistrados, y empleados en la real hacienda y comercio. Los labradores y algunos menestrales visten chupas sin pañuelo al cuello, ni otro adorno, llevando la capa terciada, de suerte que se descubren un brazo y media espalda, y formando un rollo del embozo. Este traje choca por primera vez a los extranjeros, aunque por lo regular se observa también en algunas provincias de España, pero no tanto como en Aragón (8).

Esta descripción debió de gustarle a R. Quetin, ya que prácticamente la plagió en 1841:

El chaleco, la capa, el sombrero redondo, forman el vestido de las clases medias, entre la nobleza y el pueblo. La nobleza, los magistrados, los empleados, visten a la moda francesa; el pueblo lleva un chaleco, una camisola por encima atada con una correa, un gran sombrero redondo y a veces dos, cuando se expone al sol. La simplicidad en el vestir se mantiene en Aragón más que en las provincias vecinas (9).

El lujo impera poco en Zaragoza, no se ven en las calles y en los paseos más que sombreros redondos y capas negras o pardas, siendo el traje más ordinario del pueblo, de los artesanos, mercaderes y de los buenos burgueses; los militares, los nobles y los magistrados apenas han adoptado este vestido; dejan ver sus chalecos, llevando la capa de modo que un hombro queda descubierto y pasando esa parte sobre el brazo; (...) Las mujeres, con la excepción de las de clases altas, visten de forma sencilla: aquí apenas se ven los ornamentos elegantes que se observan en las ciudades de primera y segunda clase. Todo es serio, incluso se podía decir triste y monótono (10).

Esa impresión del aspecto que ofrecían las mujeres zaragozanas es compartido por A. Gueroult, quien visitó la ciudad en 1836, aunque este autor trasciende un poco más allá de la apariencia exterior:

La belleza de las Aragonesas no es proverbial como la de las Andaluzas o las Valencianas, y por tanto es imposible no admirar el género de belleza que les es particular. así como la de sus ojos, a las que en nuestros climas más septentrionales, no estamos acostumbrados.

Lo que destaca en las Aragonesas, es la riqueza y el ardor de la constitución, la pureza de su tez, el fuego de sus ojos que brillan bajo sus mantillas negras; pues, por una singularidad digna de señalar, el negro es, en este clima abrasador, el único color llevado por las mujeres, a las que la influencia de las modas francesas no ha desfigurado el vestido. Ese velo negro, posado sobre la cabeza desnuda, y cayendo por la espalda y los brazos, tiene algo de monástico que da a las jóvenes un aire de ancianas agitadas por pasiones profanas y a las viejas un aire de profetas y sibilas que habla a la imaginación (11).

Sensaciones personales aparte, parece ser que Gueroult vió a las mujeres que describe en unas circunstancias un tanto especiales, seguramente relacionadas con alguna ceremonia religiosa, ya que el uso de la mantilla así como el hecho de vestir de negro, por lo general se reservaban para actos vinculados a la iglesia. Al igual que hemos visto para los hombres, en las mujeres la variedad de colores de las distintas prendas de vestir era bastante amplia.

Con fecha de 1867, E. Poitou describe el deambular de las personas que transitan por la "gran plaza, cerca del paseo" en la que radica la fonda en que se aloja; una imagen realizada por V. Foulquier ilustra el comentario -figura 15-:

En medio de la plaza hay una fuente pública. Aquí vienen las jóvenes a coger agua en grandes cántaros de forma antigua, que llevan a la cabeza o en la cadera. Los aguadores traen aquí sus asnos para llenar los odres o las vasijas de ancha panza con que van cargados. Aldeanos envueltos en sus mantas están sentados o tumbados al sol sobre los bancos, ocupados en no hacer nada. Mujeres que van a la iglesia, vestidas de negro, medio veladas bajo la mantilla, pasan arrastrando sus largos vestidos por el polvo con una dignidad singular (...) Aunque estemos todavía muy al Norte, la influencia árabe ya es aquí perceptible en mil detalles del vestido, las costumbres, la arquitectura. Los hombres del pueblo, los aldeanos, grandes, secos y nervudos, con sus rasgos angulosos y rudos, el rostro quemado por el sol, los pies desnudos en sus alpargatas, su manta rayada echada sobre el hombro derecho y cayendo en grandes pliegues por detrás, el pañuelo anudado alrededor de la cabeza a modo de turbante, de lejos semejan asombrosamente Beduinos envueltos en sus albornoces (12).

La ilustración muestra alrededor de un pozo a dos mozos envueltos en sus respectivas mantas, uno de ellos con sombrero de alas anchas, y a otras dos jóvenes en las que es preciso mencionar el moño de picaporte vertical con el que se han peinado.

Para terminar la recopilación de textos referidos a Zaragoza capital, sigue uno de los más interesantes no sólo por propiciar la descripción de las prendas usadas por el hombre, sino esencialmente por destacar la gran variedad de formas de vestir, no existiendo un uniforme generalizado, sino que dentro de unas líneas más o menos comunes, la diversidad es la pauta dominante sobre todo en los colores.

Se trata de un fragmento del relato de E. D'Amicis sobre su estancia en la ciudad de 1871, y en el que prevalece su actitud de extrañeza ante los zaragozanos y su aspecto:

Al apuntar el día salí presuroso de la fonda. Ni una tienda, ni una puerta, ni una ventana abierta; apenas puse los pies en la calle lancé un grito de admiración. Pasaba una brigada de hombres vestidos de tan extraño modo que a primera vista parecían disfrazados. Pero pensé luego: no, son comparsas de teatro, retirándome enseguida, seguro de que eran locos. Figuraos: llevaban a guisa de sombrero un pañuelo de color, atado alrededor de la cabeza, como un turbante, y del cual salían por arriba y por abajo los despeinados cabellos; una manta de lana, a listas blancas y azules, echada sobre los hombros, ancha y flotante, arrastrando casi, como una toga romana; una larga faja azul también, que les rodeaba la cintura; unos pantalones cortos de terciopelo negro, ajustados a las rodillas; medias blancas, y una especie de sandalias sujetas con cintas negras.

Uníase a esta artística variedad de prendas, el evidente aspecto de la miseria; y a pesar de ello, un no sé qué de teatral, de altivez, de majestad en la apostura y en el gesto; un aire de Grandes de España arruinados, que hace que al mirarlos se quede el ánimo suspenso, no sabiendo si reir o compadecerles, si meter la mano en el bolsillo para hacer una limosna, o quitarse el sombrero en señal de reverencia. Y no son más que campesinos de los alrededores de Zaragoza. Pero el que acabo de describir no es más que uno de los mil modos de vestir de aquella gente. A cada paso encontraréis un traje distinto; hay quien viste a la antigua, quien a la moderna, elegante éste, aquél festivo, sencillo el de más allá, con severidad el otro; pero todos con pantalones, pañuelos, zapatos, corbatas y chalecos de color distinto. Las mujeres con la falda corta, enseñando un poco la pierna, y las caderas levantadas expresamente; y hasta los muchachos, con su manta rayada y su pañuelo atado a la cabeza, ofrecían el mismo aspecto dramático de los hombres (13).

PROVINCIA DE TERUEL

De anecdótica, por no decir inexistente, puede calificarse la información que sobre la provincia de Teruel conocemos respecto al tema que aquí analizamos.

La presencia de viajeros en los siglos XVIII y XIX en estas tierras es mucho más reducida que en Huesca y Zaragoza, dada su situación apartada de los itinerarios usuales, siendo esporádicas las apariciones de uno de estos personajes por las localidades turolenses. Y los que hasta ellas llegan, no se interesan apenas por la indumentaria que usan sus habitantes.

E. Sánchez Sanz, en un estudio recopilatorio sobre los viajeros que visitaron la provincia, señala una única referencia que alude a las grandes arracadas que llevaban las mujeres de Albarracín en el "Viaje de Fígaro" (14), planteando la posibilidad de que el autor en realidad se refiera a las usadas por las mujeres de Fraga. Por nuestra parte añadimos que posiblemente esas grandes arracadas fueran los pendientes denominados "de bellota", muy usuales en toda la Serranía de Albarracín y que, en ocasiones, pueden alcanzar un tamaño considerable.

A esa única referencia escrita podemos sumar dos imágenes realizadas por J. Worms y que ilustran su viaje por España realizado en 1863 (15).

La primera de ellas, titulada "Los esquiladores" y que vemos en la figura 16, se sitúa en una plaza de Teruel en la que se puede ver a diversos personajes esquilando una mula y varios asnos. La indumentaria que lucen responde a la que es habitual para un aragonés -pañuelo a la cabeza, camisa, chaleco, calzón hasta la rodilla y ceñido, amplia faja, alpargatas-; llama especialmente la atención el tocado de uno de ellos, consistente en un sombrero de copa baja y ala estrecha, adornado con dos madroños o borlas, que responde al modelo denominado "de rodina".

A pesar de la localización de la escena hay que plantearse alguna duda sobre la segura adscripción de estos personajes, dada la condición nómada de su oficio que les obligaba a ir de unas localidades a otras para poder ejercerlo, abarcando su ámbito de acción con frecuencia varias provincias; frecuentemente este trabajo era realizado por gitanos.

Igualmente localizada en Teruel está el segundo grabado, "La guardia de la calle" -figura 17-, en el que se ve a tres mozos, dos de los cuales se hallan realizando una ronda ante una reja por la que se vislumbra un rostro femenino, mientras el tercero guarda el callejón que da acceso al grupo.

Beltrán describe como sigue su forma de vestir:

"... un mozo haciendo guardia con su escopeta, tocado con un sombrero de inmensas alas, chaqueta con botones, faja, calzones muy ajustados que dejaban ver las marinetas por las aberturas laterales, medias sin pie, que quedaba desnudo, y alpargatas miñoneras; la faja muy ajustada llevaba encima lo que parece una canana con munición. Al fondo dos hombres más, uno sentado tocando la guitarra, y otro en pie, llevan la misma vestimenta con añadidura de una gran manta de color claro en uno de ellos y ausencia de sombreros que permite advertir el pañuelo anudado a la cabeza" (16).

Solamente añadimos a este comentario que junto al hombre que está sentado hay un segundo sombrero similar al que usa el que está en primer término, de copa hemisférica y grandes alas. Son éstos iguales a los vistos anteriormente en otras zonas de Aragón y que llegaron a convertirse para muchos viajeros en elemento distintivo del hombre aragonés.

Desde Teruel nos desplazamos hasta Alcañiz para anotar la tercera y última referencia que hemos sido capaces de recoger acerca de esta provincia. Se trata del viajero más reciente de todos los citados hasta ahora, pues llega a Alcañiz el lO de septiembre de 1916.

Esta es la descripción que nos ofrece del vestir en dicha ciudad en esa fecha:

Admiré todos sus rincones más típicos y sus moradores. En las mujeres observé que solamente la clase labradora vestía el tradicional traje con falda de pliegues, delantal, pañuelo sobre los hombros y moño trenzado. En los hombres, los mozos llevan pantalón largo de pana lisa, camisa blanca o rayada y cabeza descubierta o boina, pocos son los de chaleco, calzón y pañuelo a la cabeza. Esto lo aprecié en los de más edad. Sí que me llamó la atención en otros la blusa larga en negro o azul y muy oscuro al estilo valenciano. Los artesanos y propietarios portaban impecables ternos confeccionados a medida por sastres locales como Ballonga, Llisterri, Moliner o Mompel (17).

Este texto se nos escapa por dieciséis años del siglo XIX, pero lo incluimos por considerarlo muy significativo al mostrar el progresivo abandono de la indumentaria tradicional, que en esas fechas ya sólo es usada por las personas de mayor edad y entre los labradores. Vemos que se ha impuesto ya el pantalón largo y no se tocan la cabeza con un pañuelo como notas más notorias entre los varones; además, es muy corriente el vestir la blusa, prenda no mencionada hasta ahora ya que se introduce en el traje popular a partir de la segunda mitad del siglo XIX, pero que alcanzará gran arraigo en amplias zonas aragonesas, entre ellas especialmente en el Bajo Aragón.

CONSIDERACIONES FINALES

En primer lugar nos gustaría hacer una breve referencia a la relación entre la indumentaria y la cronología de los testimonios que hemos ofrecido, que comprende desde la segunda mitad del siglo XVIII hasta comienzos del XX. El ejemplo más temprano es el de J. Casanova, que viajó por España en los años 1767 y 1768; el más reciente se refiere a Alcañiz en 1916.

A lo largo de este amplio período de tiempo es fácilmente imaginable que las formas de vestir hayan evolucionado, aunque por desgracia ese cambio no ha quedado reflejado en los textos de los viajeros. No podemos olvidar que nos estamos refiriendo a las clases populares, esencialmente a los campesinos, cuya capacidad económica no facilita la adopción de las nuevas modas.

En algunos textos alusivos a Zaragoza capital, queda patente cómo parte de la población -las clases medias y altas- visten de forma semejante a otras ciudades y países, de acuerdo con los cánones de la moda burguesa imperante en Europa. Pero esa moda difícilmente pasa a ser adoptada por el pueblo del ámbito urbano y mucho menos de zonas rurales.

Por otro lado hay que tener en cuenta que al ser extranjeros la mayor parte de los viajeros, se fijan más en todo aquello que les es exótico o distinto. No es atractivo para los lectores que les describan formas de vestir similares a las que ellos usan y por ello la atención de estos autores se centra en los tipos populares, en los que radican las diferencias más marcadas con los trajes de sus países.

Casi en su totalidad, las prendas que se han enumerado a lo largo de los distintos textos, responden a la forma de vestir popular que conocemos por otras fuentes para el siglo XIX. Ni las descripciones escritas ni las imágenes son tan detalladas que permitan apreciar distinciones entre los siglos XVIII y XIX, y únicamente el texto más tardío referente a Alcañiz evidencia cambios notables, ya a comienzos del siglo XX, con la sustitución del calzón por el pantalón largo, el uso de la boina o la introducción de la blusa, todo ello entre los hombres.

A ese aspecto generalizado evidentemente escapa la indumentaria femenina de Ansó y Hecho, a la que, como ya se ha indicado, se atribuye orígenes más arcaicos.

También suponen una excepción los grabados de Saint Sauveur (Figuras 9 y 10), tanto en el caso de la mujer como del hombre. La vestimenta de la "Mujer de Aragón" por un lado, se asemeja a la de los valles de Ansó y Hecho, y no sólo por la camisa con alto cuello de gorguera adornado con puntillas, sino también por la estructura talar del vestido y los complementos que le adornan. No obstante, el hecho de que ciña tan marcadamente el talle, así como las hechuras de la mitad superior del traje, pueden suponer una evolución de las basquiñas ansotanas y chesas pero respondiendo a las tendencias de la moda del siglo XVIII. En el caso del "Hombre de Aragón", su aspecto recuerda a los pastores de tiempos anteriores, pudiendo identificarse el jubón con capucha que luce con el capote en forma de casulla que, con distintas modalidades, se usó en amplias áreas del Pirineo, especialmente en las zonas navarra y aragonesa (18).

Ya se ha señalado con anterioridad la semejanza que con estos grabados presentan la mujer de Mequinenza y el hombre de Zaragoza que aparecen en la figura 13. Volvemos a indicar nuestra opinión de que unos y otros copian grabados realizados por otros artistas anteriores -Juan de la Cruz o Devere- y lo hacen permitiéndose la libertad de otorgarles una nueva adscripción geográfica. Los originales en que se inspiran se localizan en el área de Jaca, por lo que concierne al hombre, y en el valle de Jasa a la mujer. No queremos profundizar aquí más en las circunstancias que rodean a dichos grabados, dado que el estudio de los mismos excede el ámbito de este trabajo, pues sería necesario analizar sus prototipos, que no se enmarcan entre los libros de viajes.

Si el aspecto de "La Mujer de Aragón" de Saint Sauveur puede emplazarse en el siglo XVIII, hay otros elementos, en esta ocasión referentes a la indumentaria masculina, que también son más propios de esa centuria que de la siguiente, aunque perduren con posterioridad. Tal es el caso de la mención al uso de la redecilla por los varones que hace A. Laborde en 1809, y que responde a la costumbre de llevar el pelo largo recogido en dicha prenda, moda imperante durante todo el siglo XVIII.

Las "bragas" citadas por Townsend es una prenda a la que se atribuye origen musulmán y que perdura en uso hasta comienzos del siglo XX. Al referirnos a Aragón, es obligatoria su mención en la zona del Bajo Cinca, constituyendo parte esencial del atuendo de los huertanos o labradores de localidades como Fraga o Torrente de Cinca. A través de este testimonio, así como por algunas de las figuras que aparecen en litografías de Doré, Parcerisa o Villa Amil, podemos comprobar que su uso estaba más extendido por nuestra región.

Centrándonos ya en el siglo XIX, comenzaremos a analizar aspectos de la indumentaria masculina según la información que nos facilitan los viajeros.

Es imprescindible mentar el amplio número de ocasiones en que se habla de forma generalizada sobre el vestir de los aragoneses, citando un reducido listado de prendas: todo aquel que luzca un sombrero de grandes alas, una manta o capa cubriéndole, una faja morada y calce alpargatas, de inmediato será identificado como habitante de nuestra tierra. Ello se debe sin duda al contraste con el vestir de las zonas vecinas que recorren los autores, ya que en otras regiones españolas, esencialmente en el área castellana, el "aspecto que podían presentar sus varones en ocasiones es muy similar.

Otras prendas que siempre se especifican al describir cómo viste un aragonés son el traje de calzón corto, el pañuelo de cabeza, la camisa blanca, el chaleco y las medias.

En pocas ocasiones se nombra la chaqueta, aunque sí se representa en las imágenes. Siempre es corta y está realizada en la misma tela que el calzón.

Los calzones son siempre ceñidos, tanto en el Pirineo como en Zaragoza o Teruel; presentan aberturas laterales exteriores en su parte inferior que se cierran por norma general mediante botones. Predominan los tonos sufridos, aunque se daba gran variedad de colores, mencionándose el negro, el azul, el verde o el marrón. Esa diversidad igualmente se refleja en la calidad del tejido en que se confeccionaban, citándose el paño, la pana o el terciopelo.

No hay ninguna constancia en los textos del uso de los zaragüelles o calzoncillos, que podrían ir debajo de los calzones; en las imágenes tampoco se aprecian sobresaliendo por la parte inferior del calzón, quizás debido a que el calzón siempre va ceñido y normalmente cerrado. De todas formas, no podemos olvidar que la utilización de calzoncillos es relativamente reciente, puesto que la única prenda interior que vestían los hombres era la larga camisa que cubría hasta medio muslo. Por ello hay que considerar la posibilidad de que en esta época no se usasen; en caso contrario, desde luego no asomaban por debajo del calzón, ni por el lateral.

El chaleco constituía otro importante elemento a la hora de conferir colorido al indumento masculino. Los hemos visto de color azul, amarillo o rojo.

Sin lugar a dudas, una de las cosas que primero llama la atención a los "turistas" es el pañuelo que lucen los aragoneses en la cabeza, visible mientras que no se cubran con otro tipo de tocado. Siempre se ciñen con él y lo hacen de las formas más diversas: a lo largo de varios testimonios, especialmente gráficos, pueden verse pañuelos anudados en la nuca dejando las puntas sueltas, o anudados a un lateral, o dispuestos rodeando la cabeza como una banda "en forma de corona", sin anudar. El barón Ch. Davillier llega a detallar que se anuda en la sien derecha después de haberlo dispuesto sencillamente alrededor de la cabeza, pero sin terminar en punta, modalidad propia de los valencianos. Varios autores coinciden al señalar el origen musulmán de este tocado, como evolución o degeneración de un turbante.

De nuevo queda patente la variedad en el color; el pañuelo puede ser encarnado u oscuro, rojo, de varios tonos, etc. Una única precisión se nos da acerca de la calidad del tejido, ofrecida por Taylor al detallar que los pañuelos de los aragoneses son de algodón y proceden de Cataluña; esto ocurre en 1832.

Por lo que se refiere a las fajas, destacan por su anchura y largura, cubriendo ampliamente la cintura y caderas de quien las luce. Llegan a ser abrumadoras las de color morado, pero se habla asimismo de otras azules, y en la figura 14 se puede ver una de tono claro con rayas oscuras.

Solamente se dan dos referencias sobre el uso de medias blancas, detallando en el resto de los casos la particularidad del color azul al cubrir las piernas, tanto en la zona pirenaica como en Zaragoza; no se menciona nada a este respecto en Teruel. Además, en la mayoría de las ocasiones son medias sin pie que terminan a la altura del tobillo, sin que siquiera presenten un estribo para su sujección por debajo del talón.

Ningún testimonio, ni gráfico ni escrito, da cuenta del uso de peales o calcetines que protegieran el pie en épocas frías. Sí que podemos ver como los guías del Pirineo se protegen la pantorrilla con polainas, muy rígidas, hechas seguramente con cuero.

Respecto al calzado, sin duda alguna la alpargata es la modalidad más característica de Aragón. Se trata de alpargatas miñoneras, de punta muy reducida y que se sujetan con vetas o cintas negras alrededor del tobillo.

Las abarcas, confeccionadas con piel, son también una forma usual de calzar los pies. Cubren toda la planta y apenas sobresalen unos centímetros por la parte superior, dejando al aire normalmente el nacimiento de los dedos; se ciñen mediante abarqueras o cordones que se entrecruzan por el empeine o constriñen los laterales, para ir a atarse alrededor del tobillo; en alguna oportunidad las abarqueras ascienden por la pantorrilla, cruzándose en aspa, permitiendo así sujetar las medias.

En tercer lugar, hacer notar que un guía del Pirineo luce recias botas que le cubren hasta el tobillo.

Especialmente significativa es la abundancia de menciones al uso de sombreros por los aragoneses. Ya hemos indicado que la cabeza siempre la ciñen en Aragón con un pañuelo, pero por los testimonios recogidos, además lo normal era que se dispusiera encima un sombrero.

Quizás el más representativo pueda ser el modelo de grandes alas, que es citado con frecuencia como característico de Aragón, sin que ello signifique que sea exclusivo de nuestra tierra, al igual que ocurre con otras prendas. Es de grandes dimensiones, es decir, sin que haya sido recortado su tamaño según las órdenes de 1766. Aparece en todas las zonas aragonesas, desde el Pirineo hasta Teruel.

Con él conviven otros modelos, muy diversos, como son el de rodina, o el que tiene forma de embudo, o los de copa alta. Incluso hemos visto otras formas de tocado, como es la "gorra roia" que aparece en la figura 8.

La manta es, indiscutiblemente, la prenda de abrigo más usada por el hombre aragonés; suele ser de color pardo y rayada, destacando por su calidad las fabricadas en Zaragoza.

Otras prendas cobertores recogidas por los viajeros son el gambeto, el manteo o la zamarra de piel de oveja del pastor pirenaico, sin olvidar las enormes capas de paño oscuro que parecen usarse más en el medio urbano que rural.

Concerniente a la indumentaria de las mujeres, es preciso indicar que se le presta mucha menos atención, quizás porque su forma de vestir está más generalizada por otras zonas españolas visitadas por los autores, sin que se den grandes diferencias y no despertando tanto interés como sucede con la del hombre. Naturalmente, los valles de Ansó y Hecho son una excepción a esa generalidad, pero al no ser muy visitados, las descripciones de su rica vestimenta son escasas.

Las referencias escritas sobre la mujer son realmente escasas y suelen centrarse más en comentar la belleza de los rasgos físicos que en las prendas que visten. Puede que se deba a que los viajeros son todos ellos hombres.

Ante estas circustancias y teniendo en cuenta que se refiere a una zona de la que se conoce muy poco sobre este tema, destaca el testimonio que Townsend ofrece de las mujeres del área Daroca-Cariñena.

Más abundante es la información que nos viene dada por las litografías, en las que se pueden apreciar numerosos detalles.

En líneas generales, puede decirse que la mujer aragonesa viste faldas largas hasta los tobillos y plisadas en la cintura, lo que les confiere vuelo y volumen; sobre ellas colocan amplios delantales.

En la mitad superior del cuerpo visten una camisa blanca sobre la que suponemos dispondrían justillos que dejan al aire las mangas de la primera. Y lo suponemos porque dichos justillos no se aprecian en los dibujos ya que otras prendas, teóricamente, los ocultan. Sí hay constancia del uso de un jubón oscuro por parte de una mujer de edad avanzada, en una de las escenas del valle de Broto, y por otra en los alrededores de Zaragoza. Esta circunstancia nos da pie para plantear la posibilidad de que los justillos fueran más frecuentes entre las jóvenes, mientras que las féminas maduras preferirían el jubón, que es más abrigado y recatado.

Sí es evidente la disposición sobre los hombros de pañuelos doblados en pico y que no llegan más allá de la cintura; en un momento dado se menciona la superposición de varios de ellos, aunque como ya señalamos, pueda tratarse del pañuelo de talle sobre el cual se coloca el de cuello.

Lo hasta ahora dicho responde al aspecto de la mujer en el medio rural, tanto a diario como en días festivos: los textos del valle de Broto y de los alrededores de Zaragoza, transmitidos por Three Waifarers e Imbert respectivamente, corresponden a dos situaciones de fiesta. En la ciudad se aprecian ya influencias de las tendencias europeizantes de la moda.

El calzado que acompaña a las prendas descritas es la alpargata y en menor medida la abarca.

De tres referencias disponemos sobre cómo se peinaban las aragonesas. Una se refiere a las jóvenes de la zona Daroca-Cariñena, quienes lucen dos trenzas. La segunda viene dada por el dibujo de Doré -figura 2-, en el que se ven dos mujeres peinadas con el moño de picaporte dispuesto en vertical en la zona de la nuca y acompañado de dos rodetes laterales, uno en cada sien. De nuevo en Zaragoza capital se localiza el tercer ejemplo, que vemos en la figura 15, y que muestra también el moño de picaporte.

Distintas modalidades de moños de picaporte fueron muy abundantes durante el siglo XIX por toda la geografía española. En Aragón Únicamente ha perdurado en uso hasta comienzos del siglo XX una variedad, a veces muy espectacular, en la localidad oscense de Fraga, aunque hay constancia de haber sido lucido también en las comarcas de Cinco Villas y el Somontano del Moncayo. Con los ejemplos aquí presentados, se confirma su uso en la ciudad de Zaragoza.

En las figuras localizadas en el valle de Broto, las mujeres se cubren la cabeza con un pañuelo que las más jóvenes anudan en la nuca, mientras las más mayores lo hacen bajo la barbilla.

Para terminar nos gustaría volver a recordar que estas consideraciones finales se han configurado teniendo presentes en todo momento las precauciones apuntadas al comienzo de este trabajo sobre la verosimilitud de la información que nos han proporcionado distintos viajeros con sus testimonios gráficos y escritos. Ello no supone que dicha información no sea válida, pero sí que no contempla la gran variedad y complejidad existente en el vestir de las gentes de Aragón. Son datos referidos a áreas muy determinadas y muchas veces marcados por los criterios personales de quien los recoge, pero que por otra parte plasman aspectos de la indumentaria que lamentablemente se han perdido o deformado con el paso del tiempo.

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NOTAS

(1) ROBERTSON, Ian: Los curiosos impertinentes. Viajeros ingleses por España. 1760-1855. Editorial Nacional, Madrid, 1976, p. 70.

(2) BEGUIN, Emile: Voyage pittoresque en Espagne et en Portugal. Belin-Leprieur et Merizot editeurs, París, 1852.

(3) DIDIER, Charles: Une année en Espagne. Librairie de Dumont, París, 1837, pp. 84-85.

(4) TAYLOR, J.: Voyage pittoresque en Espagne, en Portugal et sur la cote d’Afrique, de Tanger a Tetouan. Librairie de Gide fils, París, 1832, sin paginar.

(5) IMBERT, P. L.: L'Espagne. Splendeurs et miseres. Voyage artistique et pittoresque. E. Plon et C. editeurs, París, 1875, p. 367.

(6) GARCIA MERCADAL, J.: Viajes de extranjeros por España y Portugal. Vol. III; El siglo XVIII. Madrid, 1962, p. 623.

(7) BRANET, Joseph: journal d’un prete refractaire refugié en Espagne (1791-1800). Impremerie P. Cocharaux, Aux, 1927,p. 64.

(8) LABORDE, Alexandro: Itinerario descriptivo de las provincias de España, y de sus islas y posesiones en el Mediterráneo. Traducción libre del que publicó en francés Mr. Alexandro Laborde en 1809. Valencia, 1816, p. 252.

(9) QUENTIN, Richard: Guide en Espagne et en Portugal. Librairie de maison, París, 1841, p. 470.

(10) Ibidem, p. 477.

(11) GUEROULT, Adolphe: Lettres sur l’Espagne. Bruxelas, 1840, p. 13.

(12) CASTILLO MONSEGUR, Marcos: XXI viajes (de europeos y un americano, a pie, en mula, diligencia, tren y barco) por el Aragón del s. XIX. Diputaciones de Zaragoza, Huesca y Teruel, Zaragoza, 1990, pp. 141-142.

(13) Ibidem, pp. 171-172.

(14) SANCHEZ SANZ, M. E.: "Viajeros por Teruel. Una introducción a su estudio" en Temas de Antropología Aragonesa, n° 4, Instituto Aragonés de Antropología, Zaragoza, 1993, pp. 152.

(15) WORMS : Souvenirs d’Espagne. Impressions de voyages et croquis. París, 1906,

(16) BELTRAN, Antonio: Indumentaria Aragonesa (Traje, vestido, calzado y adorno), Enciclopedia Temática de Aragón tomo 11, Ediciones Moncayo, Zaragoza, 1993, p. 235.

(17) GALAN ROYO, Armando: "El Alcañiz que yo ví en 1916" en Programa de fiestas, Alcañiz, 1983, p. 5. Creemos que Galán Royo, a pesar de firmar la crónica, no es el viajero autor de estas líneas, sino que su papel ha consistido en recoger y dar a conocer a los alcañizanos este texto en el programa de fiestas de 1983.

(18) VIOLANT I SIMORRA, Ramón: El Pirineo español. Vida, usos, costumbres, creencias y tradiciones de una cultura milenaria que desaparece. Editorial Alta Pulla, Barcelona, 1985 (primera edición, 1949), p, 94.