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Revista de Folklore

En torno a ciertos campos semánticos existentes en el habla de Villalpando en relación con la labranza y el pastoreo

LOPEZ GUTIERREZ, Luciano

Revista número: 240     Año: 2000     Páginas en la revista: 183-188    


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Para Luciano López García, que me ha contado tantas cosas de mundos que agonizan.

Como señaló ya hace muchos años el gran lingüista Amado Alonso, recordando geniales intuiciones de Humboldt, cada idioma tiene su propia forma interior del lenguaje, y con ella su propia partición y agrupación de las cosas y su estilo propio de expresión. En la masa continua y amorfa que ofrece la realidad los hombres de cada idioma han ido rayando límites, destacando perfiles e imprimiendo formas, no según las cosas son, sino procediendo con su interés vital, con las experiencias acumuladas generación tras generación y con las fantasías y apetitos que en esa organización interna del idioma hallan su expresión colectiva. Así, el citado filólogo, en páginas inolvidables, da cuenta de cómo los pastores de la Pampa reducen toda la flora de sus vastas llanuras a solo cuatro conceptos: pasto, paja, yuyos y cardos, sin que los mueva a ello el afán taxonómico de los botánicos, sino el criterio de dividir las plantas de acuerdo con su utilidad o provecho para el ganado; y a la inversa, asombra a propios y extraños la gran cantidad de vocablos que usan para referirse al caballo, colaborador insustituible en sus trabajos, vocablos que no solamente informan de la variedad de su pelaje, sino sobre la valoración y afectos que despierta para ellos tan preciado animal (1).

Así pues, en este breve artículo me propongo estudiar una serie de términos usados en la comarca de Villalpando y referidos a dos esferas de la vida que han sido fundamentales en la existencia de los habitantes de esta zona: el campo y el pastoreo, aunque también doy cuenta de las noticias que tengo del uso de ellos en zonas más o menos próximas, e intento, cuando me es posible, partiendo de los mismos, sacar algunas inferencias de interés antropológico, así como sobre la forma interior del lenguaje de esta variedad solariega del castellano de carácter rural.

CLASES DE TERRENOS

Antiguo asentamiento de vacceos, la producción de cereales siempre ha constituido la principal fuente de riqueza de esta comarca, de ahí que nos encontremos con una lexía compleja terreno blanco, que sirve para referirse a las tierras especializadas en la producción cerealística, principalmente en el cultivo de trigo y cebada (2).

Evidentemente, creo que en esta locución blanco no tiene la acepción de "color" sino la de "vacío", según se comprueba en otras expresiones recogidas por Autoridades como dejar en blanco o firmar en blanco, donde se constata a tenor de las citas suministradas por el mencionado diccionario que este adjetivo en semejantes modismos se emplea como antónimo de lleno (3), por lo que en la locución citada esta palabra probablemente alude a que el terreno está despejado, es decir, libre de matorrales, maleza o desniveles que puedan entorpecer su labranza. En este mismo sentido, hay que señalar que el DRAE registra bago como vocablo característico de León para referirse a este mismo concepto, y que Corominas y Pascual consideran que dicho término proviene de vacuus "vacío", lo cual parece corroborarse por la presencia en el Diccionario etimológico (1601) de Francisco del Rosal de embago "en el vacío" (4).

Frente a estas tierras adecuadas para el cultivo del cereal, voy a comentar algunos vocablos que aluden a terrenos no apropiados para este fin, y que no son de uso general en nuestro idioma, al menos con la acepción con que son empleados en estos lugares. Me estoy refiriendo a las palabras campiña, chapazal, balsas y samoriales.

El primero, según el DRAE, tiene la acepción de "espacio grande de tierra labrantía", sin embargo, en la comarca de Villalpando se emplea para referirse a un terreno, lleno de matorrales y otras plantas de parecida especie, que no está labrado, significación muy cercana a la que le atribuye el viejo y útilísimo Diccionario de Autoridades "entre los cazadores es aquella tierra llana, que sólo cría hierbas; a diferencia de la alta que llaman páramo", que autoriza su uso con el siguiente texto perteneciente al Arte de ballestería de Alfonso Martínez de Espinar: "Campiñas se llaman las tierras rasas que sólo crían hierba".

En cuanto a su etimología, casi con toda seguridad, este vocablo procede del latín compañía, a través del mozárabe kanbaniya con imela, fenómeno propio del árabe hablado en España que consiste en que la a larga se pronuncia como i o e.

La palabra chapazal, en cambio, alude a un terreno cenagoso y embarrado. También da cuenta del uso de este término mi antiguo profesor Francisco Ynduráin en la comarca de Benavente, y González Perrero en Toro, que lo considera un derivado expresivo a partir de chap, lo relaciona con el vocablo enchapazarse y su variante enchapuzarse, y cita una serie de voces que pertenecen a su misma familia léxica: chapuzare "regar" (Sanabria), enchapucado "mojado" (Portugal), ensapuzzar "mojar de arriba a abajo" (los sefarditas de Marruecos) y enchapullau "enlodado" (Rebollar) (5).

Lo cierto es que Autoridades recoge la variante chapatal, y sugiere su carácter onomatopéyico: "Pantano, hoyo o sitio bajo lleno de cieno o lodo. Es voz baja formada por la figura onomatopeya, de que en pisando la caballería con las patas hace un sonido, que imita el chaz, y así formaron el chapata, chapatal". Sin embargo, pienso que no es necesario suponer un origen expresivo para el vocablo, sino que solamente hay seguridad de que está vinculado a una raíz romance chap, que se reconoce en términos relacionados con el agua y la lluvia como chaparrón o chapear que, según Del Rosal, equivale a hacer ruido con el agua.

Por su parte, balsas alude a los bajos de las tierras de labor donde se acumula el agua, y samorial hace referencia a un terreno salobre y malo para el cultivo, que ni siquiera da pastos apetecibles para los animales, término que, sin duda alguna, está relacionado con salmorial, palabra que, según Menéndez Pidal, es característica de Toledo y sirve para aludir a un terreno salobreño y estéril, de color blanquecino.

Antes de pasar al estudio de algunos términos relacionados con los terrenos apropiados para el cultivo de los cereales, señalaré que en la forma interior del lenguaje de esta zona castellano-leonesa se da la peculiaridad de la existencia de un término especial para nombrar la tierra que ha pasado de estar en adil (6) o baldío a cultivarse por primera vez. Me estoy refiriendo al vocablo roto, que emplea en el siguiente texto el escritor costumbrista Agapito Modroño Alonso: "Tenía un roto con cuatro hortalizas y alfalfa pa la vaca" (7).

En este mismo sentido, el DRAE registra rompido, Vergara Martín en Segovia rompizo "terreno recién roturado para dedicarlo al cultivo" y García Lomas en Santander rompizón (8). Todas estas palabras están relacionadas con el latín rumpero y su derivado ruptiare, del que procede nuestro rozar, que primitivamente tenía el significado de "arar una tierra por primera vez" y después evolucionó hasta el significado actual de "quitar de un terreno las malas hierbas".

Ya dentro de los terrenos especialmente aptos para el cultivo de cereales, hay que consignar que se distingue básicamente entre terrenos ligeros y terrenos fuertes. Esta diferenciación se realiza en virtud del grado de dificultad que presentan los susodichos terrenos para ararse (9). Los primeros se aran con menor esfuerzo, son frescos, amorosos y se desboronan con facilidad, pero tienen el problema de que, si llueve con cierta abundancia, rápidamente echan malas hierbas e incluso pueden enguaricharse, es decir, que corren el peligro de que se pudran las raíces de sus cultivos por la humedad excesiva:

Si había caído alguna tormenta durante el verano, lo ligero echaba broza. Había que echar otro par de días cortando y amontonando garamatas, agaloyas, cardos merineros o burrales, y unos días más esparramando los montoncillos de estiércol (10).

Dentro de esta variedad de terreno, están las tierras ardinosas (vulgarmente denominadas cagada de gato), que se caracterizan por tener muchas piedrecillas o arenillas. Etimológicamente parece que estamos ante una formación a partir de la palabra bardo, variante de barro perfectamente entendible por la alternancia rd y rr propia de las palabras que se consideran prerromanas, y por la pérdida de la consonante inicial.

Ya metidos en los terrenos fuertes, tenemos los arderos, tierras muy apretadas debido a que se detienen en ellas mucho las aguas y se compactan. También parece que el origen de esta palabra se encuentra en bardo, variante de barro que se explica por su supuesto origen prerromano.

Idéntica etimología tiene otro tipo de terreno fuerte, el barrial, pago de tierra rojiza, o negruzca, y pegajosa, perfectamente definido por Agapito Modroño en otro interesante libro suyo: "Entre arenales y pedregales algunas manchas de tierras rojizas, arcillas ferruginosas, más aptas para el laboreo, a las que llamamos barriales" (11).

Son estas tierras altas muy fértiles para el cultivo de los cereales y la siembra de legumbres, debido a su gran riqueza en minerales:

Cogíamos trigo pa sembrar y pa la ración por lo menos. Algunos sacos todavía podíamos vender en la Comarcal. Cebada pa las mulas, pa el marrano. Lo de coger garbanzos lo teníamos más difícil. Menos mal a un barrial en El Tesoro al que echábamos el estiércol del año, pa que nos diera garbanzos. No eran muy cocheros, pero con un cacho cebolla se pasaban bien (12).

El DRAE registra el término como antiguo y propio de Méjico y Colombia. Sin embargo, también lo recoge Juliana Panizo en Tierra de Campos con la acepción de "terreno muy duro y difícil de labrar" y Millán Urdiales en Villacidayo con el significado de "tierras de las cuestas del monte que suelen sembrarse de avena o trigo y, sobre todo de centeno" (13), y no hay que olvidar que Corominas y Pascual dejan constancia de que en el latín de la Península Ibérica existía el sintagma térra barrialis "tierra arcillosa", y de que barrial es variante de barrizal o lodazal en el antiguo leonés (14).

Como se observa, estos últimos términos comentados tienen como base la voz barro, que ya Covarrubias señala que tiene la acepción de "campo": "Díjose de barr «campo», porque la tierra que traen para hacer barro es del campo inculto y desierto". Si bien el lexicógrafo toledano considera que estamos ante un arabismo, lo cual está lejos de haber sido probado, como indican Corominas y Pascual, que estiman que es un vocablo probablemente de origen prerromano, aunque yo creo que el término en cuestión tiene relación con el latín varus "grano rojizo que sale en la piel", que asimismo, da al castellano, según Nebrija y el propio Covarrubias, barro "señal que sale en el rostro, y particularmente a los que empiezan a barbar", más si se tiene en cuenta que las palabras que se usan para referirse a la simiente acaban aludiendo, seguramente por traslación metafórica, a estas alteraciones de la piel (15). Asimismo, me parece que Francisco del Rosal se muestra atinado al relacionar el término con el griego baros a la vez que informa sobre su carácter arcaico: "Es tierra, de baros, que en griego es cosa pesada y grave, por ser elemento grave la tierra, y este fue vocablo antiguo".

En cualquier caso, me parece que estamos ante una variante del vocablo latino arvum "terreno labrado", que debía de proceder de la forma varvum, lo que explica nuestro barbecho a partir de vervactum o varvactum.

Otro terreno fuerte, en este caso propio de zonas bajas, es el rubledal o rublezal, por estar formado a base de ruble, que es la tierra rojiza que se encuentra en el fondo de las lagunas o en los caminos enlodados. Este término está, sin duda, relacionado con varios otros característicos del antiguo leonés como por ejemplo reple "abono que se forma en los caminos contiguos a la casa", repía "abono, lodo", reblo "arenillas que arrastra el agua en turbiones o crecidas" y reble "abono para el relleno de los caminos". En vista de lo cual, creo que todos ellos provienen, en última instancia, del latín replum, procedente de replere "rellenar", vocablo que también ha dado ripio "relleno" a través de la forma mozárabe ripel "cascajo", y la palabra utilizada en el lenguaje de germanías de los Siglos de Oro reble "nalga", probablemente por la afición que tenían en esta época hombres y mujeres a abultar su figura mediante la utilización de relleno.

Y por último, dentro de los terrenos fuertes, nos encontramos con el más dificultoso de labrar, es decir, con el lastro, nombre que apunta a un tipo de terreno impermeable que tira a salobre: "Cuando las lluvias se retrasaban, la sementera se hacía por seco y se hacía muy difícil romper los covones de los lastros" (16).

El vocablo, así como otros emparentados con él, está abundantemente documentado en diferentes zonas de Castilla y León. Por ejemplo, Martín Calero emplea el sintagma terreno lastro: "El terreno lastro lo dejaron para pastos, y así, con el paso del tiempo, habían logrado buenos rodiles y herbazales de secano" (17). Asimismo, Martín Criado da cuenta de la existencia en la comarca burgalesa de La Ribera de los términos alastrada "tierra seca y agrietada" y de astral con las acepciones de "terreno abundante en piedras" y de "terreno impermeable, que se encharca cuando llueve y, al secarse, se abre formando lastras de barro endurecido"; y por su parte, Ignacio Sánchez López registra en la comarca de Medina del Campo lastrizo "terreno fértil de carácter arcilloso" (18), y en este mismo sentido, Vergara Martín también recoge en Segovia nuestro lastro con el significado de "terreno abundante en piedras, de mala calidad y poco apropiado para el cultivo" y la locución manzanilla lastreña, variedad de manzanilla, dulce y aromática, que prolifera en esta clase de pagos.

En cuanto a su etimología, evidentemente, la voz está relacionada con el italiano lastra "baldosa", con el leonés llastra "piedra larga y aplastada de forma irregular", y con el castellano lastre, que tiene la siguiente glosa en Covarrubias:

Las piedras que son anchas y de poco canto; éstas suelen salir en la superficie de la cantera, que son como cortezones, y así los llaman lastrones, y son inútiles para labrarlos, pero embébenlos en las murallas y en la marina cargan con ellos los navios en lo hondo de la sentina, cuando han sacado las mercadurías que llaman lastre; y si echan otra cosa en su lugar dicen que va por lastre.

EL CAMPO SEMANTICO DE ARAR

Tradicionalmente en esta zona se ha empleado como técnica de cultivo el barbecho, es decir, la siembra a dos hojas consistente en sembrar la tierra un año y dejar que descanse al siguiente. Ahora bien, el barbecho conlleva una serie de actividades y labores, ya que cuando la tierra no se trabaja, se dice que está en adil, en erial, en baldío o en piso duro, pero nunca en barbechera.

José Luis Mingote Calderón en un documentado artículo (19) ha estudiado la antigüedad de esta técnica de dar varias rejas a la tierra, con el fin de que se oxigene y obtenga los efectos positivos que conlleva que le dé el sol, y que se enriquezca debido a que el suelo se aconcera al pudrirse los rastrojos y hierbas que quedan debajo en las sucesivas vueltas, puesto que lo normal por estos pagos era que se dieran cuatro rejas; la primera de ellas en primavera, a fin de que las ovejas pudieran aprovechar los rastrojos como pasto, a diferencia de otras zonas de la provincia, como la Tierra del Vino, donde se daban más rejas, siempre y cuando las condiciones meteorológicas o las otras labores del campo lo permitieran.

Así pues, el campo semántico de arar en esta comarca consta de un archilexema arar, cuyo archisemema tiene dos semas "abrir la tierra" y "con el arado", y engloba los sememas expresados por los lexemas roturar "en un baldío", alzar o reblar "en un rastrojo", binar "en un terreno ya roturado, alzado o reblado", terciar "en un terreno ya binado" y cuartear "en un terreno ya terciado", según se constata en este texto del tantas veces citado Agapito Modroño: "Se sembraba sobre barbecho. De San Blas a la Feria (mes de junio) ya se había reblado, binado, terciado y, algunos, hasta cuarteado" (20).

Todos estos términos son generales a las distintas zonas de la Península Ibérica (21), salvo reblar, que me da la impresión de que es un vocablo propio de las hablas occidentales, pues sólo recogen, que yo sepa, variantes de esta voz Abundio García Caballero en una zona muy próxima a la nuestra (rebrar) (22), y Soledad Diez en el ámbito del antiguo leonés (ralbar y relbar). En cuanto a su etimología, es indudable que deriva del latín relevare "levantar" y se explica por una metátesis de las consonantes y la pérdida de la vocal protónica, tal como se deduce claramente si consultamos El fuero de Cañizo (1234), localidad perteneciente a la comarca de Villalpando: "Omnes haventes boves vadant annuatim ad nostram sernam ralvare per dúos dies cum suis boves". O El fuero de Bamba (1224): "Dent in serna episcopi, domini sui, dúos dies a relvar" (23).

LAS OVEJAS

Han constituido siempre la otra gran fuente de riqueza de la zona en unión del cultivo de cereales. Ya se ha indicado que la primera arada en estos lugares se retrasaba para que se aprovecharan los rastrojos como pasto, y a la inversa, en contrapartida, las otrora existentes majadas de ganado lanar contribuían al abono de las tierras de labor, según se observa en el siguiente texto:

La majada de Campos es un espacio reducido donde se cierra el ganado con unas teleras de madera apoyadas en las correspondientes cancillas. El cambio de las teleras se hace todos los días para que el sirle no se amontone abrasándose el terreno con perjuicio de la vegetación. Esta manera de fertilizar el campo tiene la ventaja de que se aprovechan las orines y se economiza el transporte de los abonos equivalentes. Leí en una ocasión que una sola oveja en una noche puede fertilizar un metro cuadrado y que sólo los excrementos sólidos, en una hectárea, producen los mismos efectos que 28.000 kilogramos de estiércol común (24).

Pues bien, los pastores, lógicamente, emplean una serie de términos que los profanos desconocen por completo. Estos solamente distinguen en los rebaños corderos, ovejas y carneros, pero aquéllos son capaces de distinguir diferentes tipos de ovejas en virtud de sus edades, o de los distintos fines a los que se destina a las reses.

En efecto, tomando como criterio la edad, reflejada en el número de palas o dientes superiores, los pastores de esta comarca usan los siguientes términos para aludir a los miembros de su rebaño: lechazos, macacos, cancinas, borras, sobreborras y ovejas.

Los lechazos, evidentemente, son los corderos que todavía no comen hierba, solamente se alimentan de la leche materna. El macaco es un cordero que ha cumplido los dos meses, y por lo tanto, ya pasta con el resto del rebaño. El DRAE registra el término como propio de la provincia de Valladolid y Juliana Panizo lo recoge en Tierra de Campos con la acepción de "cordero de menos de un año". El origen de esta acepción del vocablo puede estar en otra que reproduce el DRAE como característica de Chile y Cuba "persona fea, poco agraciada", pero que también se utiliza por estos contornos; acepción que, en última instancia, provendría de macaco "mono". Sin embargo, no me parece descartable que estemos ante un diminutivo de meca "oveja", palabra documentada, entre otros, por mi antiguo, muy querido y admirado profesor Agustín García Calvo en la ciudad de Zamora (25). La cancina, en cambio, es la cordera que tiene un año y se le ha practicado ya por primera vez la esquila. Soledad Diez recoge esta misma acepción para la variante cacina que encuentra en Sahagún, y el DRAE da una acepción distinta para nuestro término "cordera que sin cumplir el año ha tenido ya una cría". Ningún diccionario o vocabulario de los muchos que he manejado señala nada sobre su etimología. Sin mucha seguridad, no obstante, me atrevo a sugerir que podríamos estar ante una palabra emparentada con can, que ha concretado su significado para denominar a las reses de ganado lanar de esta edad. En beneficio de esta hipótesis, hay que indicar que Sánchez León da testimonio del empleo de esta misma palabra en la provincia de Salamanca con la acepción de "adjetivo que aplica a cualquier animal raquítico" (26), significación que guarda una enorme semejanza con canijo, voz, sin lugar a dudas, de la misma familia que can. Por su parte, borra es una res que tiene los dos años y dos palas. El DRAE recoge una acepción distinta "cordera de un año", pero Martín Criado constata antigüedad, pues ya aparece en el medieval Libro de Aleixandre:

Cuando vieron que iba su facienda a mal
acogiéronse todos, metiéronse al real
balaban como ovejas, que yacen en corral
dijo el rey: "Estos borros codicia han de sal".

Asimismo, Francisco del Rosal da testimonio de esta voz en su valiosísimo diccionario y señala un sugerente origen:

Borro y burro tienen el mismo origen; porque de pur que en griego es el fuego, decían purro al de pelo rojo y rubio, y como es propio pelo de la mocedad o niñez, el mozo fue dicho purro o pyrro que es lo mismo (...). Dejóse este vocablo, y quedó en el uso pastoril, y significa borro y borrego el carnero nuevo, y burro el asno nuevo; y es imitación antigua, pues Eurípides dice purrichos al caballo rojo o castaño, y Aristóteles llama así a una especie de ovejas o bueyes.

A la misma familia léxica pertenece el vocablo sobreborra "res de tres años", que ya está a punto de convertirse en oveja al tener la dentadura prácticamente cerrada o completa. También recoge este término Gordaliza en Palencia con esta misma acepción (27), y Alvarez Tejedor en la zona este de Zamora con una acepción distinta "sarmiento que se deja sin podar".

Otra clasificación de las ovejas se hace atendiendo a la finalidad a la que las destina el pastor. En virtud de ésta, se distinguen tres tipos: emparejadas, ortuñas y vacías (vaciada). Las primeras son las reservadas para la cría, y su denominación proviene de la pareja que forma la madre con el cordero:

Todo el día andaban los rebaños sin los corderos que quedaban en las tenadas, con piensos en los comederos. A media tarde se los emparejaba hasta el anochecido, en que cada cual iba a su apartado a la tenada (28).

En oposición a estas ovejas, están las ortuñas u orduñas, que son las que se separan de sus crías para ser dedicadas al ordeño. Ignacio Sánchez López constata la existencia del término en la comarca de Medina del Campo con la acepción de "oveja que se ha quedado sin su cría", y considera que deriva de abortare, suposición que parece bastante plausible por el empleo en Santander, según García Lomas, de esta misma palabra para denominar a la vaca que se ha quedado sin su ternero y sigue dando leche un año después; así como por la acepción, muy parecida a la de Villalpando, recogida por Juliana Panizo en Tierra de Campos "oveja que se ha incorporado al rebaño después de dejar de criar".

Y por último, forman parte de la vaciada los machos, corderos y hembras estériles. En otras zonas estas reses se denominan con el sustantivo colectivo vacío, tal como constatan Soledad Diez en León "conjunto de carneros y ovejas machorras", o Justo Peña y Antonio Zavala en el páramo húrgales: "En Ahedo de Butrón llevaba mi padre el vacío" (29).

LAS CENCERRAS

El tintineo de las cencerras al alba o acompasando el paso lento de los rebaños hacia los cabañales o apriscos a la puesta del sol es uno de los sonidos más característicos de estos pueblos de Tierra de Campos. Alonso Emperador lo evoca punteando el sosiego de una tranquila tarde de verano: "Una rítmica y monótona polifonía de acompasadas cencerras se dejaba sentir cabalgando en la suave brisa de aquella tranquila tarde del mes de junio" (30).

En efecto, son las cencerras unas campanillas casi cilindricas de hierro o cobre, con badajo de hueso o madera y enganche de badana, y se usan en estos pagos para el ganado lanar, a diferencia del cencerro más apropiado para el ganado caballar o vacuno, el zumbo, característico de los bueyes o vezados, o los cascabeles, que se distinguen de los anteriores por tener badajo metálico y por colgarlos a los animales domésticos o ensartarlos en collares para las mulas: "Allí se veían grandes cencerros de alguna vaca, collares de cascabeles de bronce, pequeñas cencerras de los carneros" (31).

Pues bien, dentro del campo semántico de las campanillas de las ovejas, donde cencerra actúa como término no marcado, se pueden citar otros dos vocablos que se oponen al anterior en virtud del tono, más o menos grave, de su tañido. Me estoy refiriendo al piquete, cencerra de sonido agudo, y a la mediana, cencerra de sonido grave. Ambas palabras gozan de bastante extensión dentro de las variedades septentrionales del castellano, pues Ignacio Sánchez López define la primera como un cencerro de tamaño intermedio entre el zumbo y la mediana y a su vez define esta última como un cencerro de tamaño intermedio entre el piquete y la cencerra; y asimismo, García Lomas registra piquete con la acepción de "campano menudo para el ganado bovino".

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NOTAS

(1) Véase Estudios lingüísticos, temas hispanoamericanos, Madrid, 1967, pp. 61-84.

(2) También recoge esta locución Alvarez Tejedor en su magnífico libro Estudio lingüístico del léxico rural de la zona este de la provincia de Zamora (Salamanca, 1989).

(3) Recuérdese que en el popular juego de los chinos se denomina blancas a la suerte consistente en que el jugador haya decidido no guardar ninguna moneda en su mano, con lo que ésta la mostrará vacía.

(4) Véase su Diccionario etimológico, Madrid, 1992. Asimismo, téngase en cuenta que Soledad Díez en su Léxico leonés, León, 1994, señala que en León también se usan baco y baca para denominar este tipo de terrenos, y que, tal vez, la palabra vaguada "hondonada", muy utilizada por esta zona, también está relacionada con vacuo "vacío, hueco", según indican Corominas y Pascual en su prestigioso diccionario.

(5) Consúltense, respectivamente, sus trabajos "Notas sobre el habla de Benavente", RDTP, XXXII (1976), pp. 567-577, y Palabras y expresiones en el habla de Toro (Zamora), Toro, 1990.

(6) Este vocablo, que no es de uso general en castellano, probablemente procede de la voz árabe batil "vano, inútil", término del que también proviene baldío, palabra de mayor difusión en nuestro idioma.

(7) Véase su Crónicas de ayer y de hoy desde un pueblo zamorano, Zamora, 1994, p. 38.

(8) Confróntese, respectivamente, sus trabajos Cuatro mil palabras y algunas más no incluidas en el Diccionario de la Real Academia Española, Madrid, 1925, y El lenguaje popular de las montañas de Santander, Santander, 1949.

(9) La distinción de ambos tipos de terrenos goza de bastante antigüedad, pues ya se encuentra en la Agricultura de Alonso de Herrera: "Y cuando las tierras recias se binan, las que son ligeras, si no han sido aradas, se pueden barbechar".

(10) MODROÑO ALONSO, Agapito: Op. cit., p. 80.

(11) Véase Charlas de fragua y solana, Zamora, 1998, p. 119.

(12) Consúltese la página 123 de obra citada en nota anterior.

(13) Véanse, por este orden, sus utilísimos trabajos "Contribución al estudio del léxico de Tierra de Campos", Revista de Folklore, 52, 1985, y El habla de Villacidayo, Anejo XIII del BRAE, 1966.

(14) Es curioso que una misma palabra aluda al terreno fértil y al lodo, al cieno, en definitiva, a lo desechable, a lo residual, circunstancia que recuerda, aunque sea lejanamente, las reflexiones de Bajtin a propósito del valor positivo que tiene lo excrementicio en muchas manifestaciones culturales de carácter popular: "En las figuras escatológicas más antiguas los excrementos están asociados a la virilidad y a la fecundidad. Además, los excrementos tienen el valor de algo intermedio entre la tierra y el cuerpo, algo que vincula a ambos elementos. Son también algo intermedio entre el cuerpo vivo y el cadáver descompuesto que se transforma en tierra fértil, en abono; durante la vida, el cuerpo devuelve a la tierra los excrementos; y los excrementos fecundan la tierra como los cadáveres" (La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento, Madrid, 1990, p. 158).

(15) Lo mismo ocurre con la palabra de uso más general en nuestro idioma grano "simiente" y "alteración de la piel", por no referirme a otras menos conocidas como pepita "semilla" y "tumorcillo de las gallinas". Asimismo, es normal que un mismo sustantivo aluda a una semilla, a la planta en su totalidad y al terreno en que se cultiva, como por ejemplo trigo.

(16) MODROÑO, Agapito: Crónicas..., p. 82.

(17) Usos y decires de la Castilla tradicional, Valladolid, 1992, p.43.

(18) Véase, respectivamente, MARTIN CRIADO: Vocabulario de La Ribera del Duero, Aranda de Duero, 1999 y SANCHEZ LOPEZ, Ignacio; "Vocabulario de la comarca de Medina del Campo", RDTP, XII, 1966.

(19) "Técnicas de arada en la provincia de Zamora en la Edad Media", RDTP, XLVI, 1991.

(20) V. Crónicas..., p. 80. A estos términos, no obstante, creo que habría que añadir el vocablo aricar, sinónimo del clásico arrejacar, perfectamente definido por Autoridades: "Dar a los sembrados una vuelta o reja, cuando están ya encepados y con bastantes raíces, la cual se da al través de como se araron para sembrar el grano, a fin de cortar las raíces de las malas hierbas, y limpiarlas parte del vicio y demasía de estas simientes".

(21) Véase SALVADOR CAJA, Gregorio: "Estudio del campo semántico de «arar "en Andalucía", incluido en Semántica y lexicología del español, Madrid, 1985, pp. 13-42.

(22) Localismos, Valladolid, 1992. Se recogen en este libro una serie de términos característicos de ciertos pueblos de León, Valladolid y Zamora, que se encuentran situados entre el curso medio del Valderaduey y el curso bajo del Cea.

(23) Tomo las citas del interesante artículo de Mingote Calderón.

(24) ALONSO EMPERADOR, Modesto: Estampas pueblerinas de la Tierra de Campos, Palencia, 1978, p. 91.

(25) Manifiesto de la comuna antinacionalista zamorana, Zamora, 1987, p. 32.

(26) Palabras y expresiones usadas en la provincia de Salamanca, Salamanca, 1995.

(27) Vocabulario palentino. Palencia, 1988.

(28) MARTIN CALERO: Op. cit., pp. 53-54.

(29) El pastor del páramo, Oyarzum, 1995, t. I, p. 119.

(30) Op. cit., p. 142.

(31) ALONSO EMPERADOR, Modesto: Op. cit., p. 145.