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Revista de Folklore

LA FABRICACIÓN DE LADRILLOS EN CANTILLANA A PRINCIPIOS DEL SIGLO XX

PEREZ ZAMORA, José / PEREZ CASTELLANO, Antonio

Revista número: 277     Año: 2004     Páginas en la revista: 28-30    


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Oficio noble y bizarro,
El de todos el primero…

Se alzaban las antiguas alfarerías cantillaneras –barrerías, en el habla local– en los arrabales linderos a la Boca del Viar, lugar próximo a Cantillana (Sevilla) donde este afluente viene a desembocar en el Guadalquivir; en una zona del ejido municipal que las crecidas de los dos ríos –Viar y Guadalquivir– inundaban casi todos los años cuando las lluvias se hacían persistentes cuenca arriba y las aguas bajaban teñidas de un color semejante a la arcilla. Los hornos de los alfareros se alzaban cercanos al Sena (1), en cuyos lomos sembrados podía verse por las tardes cómo avanzaba la sombra. La presencia de alfarerías en las riberas donde el Guadalquivir era navegable remonta sus orígenes documentados a la época romana, Bonsor diseñó el mapa de estos antiguos alfares que se asentaban en las dos orillas del Betis y de su afluente el Singilis –Genil– desde Córdoba y Écija hasta Sevilla; en el recorrido que surcaban los barqueros, seguramente hasta el sitio donde llegaban las mareas desde Sanlúcar de Barrameda, por encima de Cantillana, la antigua Naeva, donde todavía, como en Alcalá del Río –más al sur–, pueden verse los impresionantes restos de los antiguos puertos (2).

Los barreros, a principios del siglo XX, obtuvieron permiso del consistorio local que les autorizó a instalar en el terreno comunal de la villa, por donde discurría el camino de Extremadura, sus industrias alfareras donde saldrían fundamentalmente ladrillos y tejas, pero también, cántaros, macetas y lebrillos.

HORNOS DE CAPILLA Y ABIERTOS

La construcción del horno se iniciaba abriendo un gran agujero en la tierra en el que se dejaba una caldera para albergar el fuego, y a una altura aproximada de un metro se le abría una puerta para introducir la leña, de olivo, de monte y también de paja de haba, que alimentaría el horno. El horno era el tradicional de origen hispanomusulmán, con caldera, cámara y bóveda con chimenea central; las chimeneas secundarias de este tipo de horno permitían, al abrirlas y cerrarlas durante la cochura orientar las llamas. El horno se calentaba durante cuatro o cinco horas, mientras la puerta del horno se tabicaba con ladrillos y barro y se abría veinticuatro horas después de finalizada la cocción.

Desde la cimentación del horno se construían varios arcos de ladrillos que llegaban al mismo nivel del suelo exterior, uniendo los arcos con trabas, también de ladrillos para estrechar huecos entre arco y arco, rellenando los estribos con materiales diversos. Se cerraba el horno con una bóveda curva y una apertura al exterior sobre la bóveda de chimeneas por donde salía el humo y cuando la cocción avanzaba salía al exterior las llamas y el característico humo por entre el que jugaban los niños. Estas chimeneas recibían distintos nombres: Central, mico, boca puerta y laterales.

El horno abierto era igual que el anterior, pero sin bóveda que lo cerrara, dejándolo expedito en toda su circunferencia directamente a cielo abier- to y más elevado que el horno de capilla. En este tipo de horno sólo se cocían ladrillos y tejas.

LADRILLOS, TEJAS MORUNAS Y CÁNTAROS

La materia prima para las tejas y ladrillos era la arcilla; para los cacharros, greda… Con los cantillos duros de la greda blanca suelen los aposentadores señalar las posadas de la corte. La arcilla para las tejas y ladrillos se extraía de los alveolos de las riberas del Viar que llega hasta Cantillana para desembocar en el Guadalquivir tras cruzar gran parte de la Sierra Norte sevillana; era tierra veguiza, limpia de otros materiales que los arrieros llevaban a las barrerías en burros con serones de esparto formando un gran montón, siempre cerca del pozo, imprescindible en las barrerías de donde se sacaba el agua para amasar la arcilla.

Los barreros hacían una contrata con los dueños de los labrantíos, de donde obtenían la arcilla para fabricar tejas y ladrillos, manteniendo la concesión por varios años. Se tomaba la tierra suficiente para cortar dos mil ladrillos que componían la tarea de una jornada, remojándola con agua y batiéndola con los pies y con la azada hasta hacerla una pasta moldeable. Mientras la tierra se remojaba se preparaba el mantillo, espacio abierto en la barrería, amplio y que se arenaba con arena gruesa del río Viar, para que no se pegaran al suelo los ladrillos. Posteriormente se traía al mantillo el barro ya amasado, en unas esterillas de esparto llamadas teneas, colocándolo en una o dos tiras desde la cabecera del mantillo para que estuvieran al alcance del cortador. Se tomaba el molde, la gabera, casi siempre de madera y con cabida para sacar dos ladrillos de una sola vez. Según la gabera en altura se hacían ladrillos de los llamados de contrata, de tacos, más gruesos y corianos menos gruesos, estilo a la rasilla actual, que es el ladrillo delgado que se usa para solar o techar.

Se acompañaba el cortador de ladrillos con una vasija de barro con agua con la que se enjuagaban las manos para alisar la superficie del ladrillo en el molde –la gabera–. Todos se hacía artesanalmente alisando con las manos el barro sobre la gabera. En una tarea de un día había que cortar dos mil unidades. Una vez que se oreaban al aire libre, los ladrillos se levantaban del suelo del mantillo y se iban ordenando para su cocción.

La colocación del ladrillo en el horno respondía a trazas bien determinadas: Se colocaban dagas o andanadas (cada una de las filas horizontales de ladrillos en el horno) por su mayor longitud, llevando una separación entre ellos por la menor longitud del ladrillo, con objeto de que quedasen huecos entre ellos para que pasaran las llamas desde el interior de la caldera. La segunda andanada o daga se comenzaba en sentido contrario de la anterior y así sucesivamente procurando siempre que hubiera hueco para que llegase el calor desde la caldera. Cuando había que cocer tejas, se colocaban sólo unas dagas en la base de ladrillos, y sobre estos en sentido vertical las tejas hasta cerca de la bóveda del horno.

La fabricación de ladrillos se hacía preferentemente en verano porque como se trabajaba a cielo abierto las lluvias podían estropear más de una tarea de ladrillos en otras estaciones del año. Cerca del obrador o taller donde se fabricaban tejas y cacharros, cántaros, etc., se tenía la materia prima –arcilla o greda– que se desterronaba con la azada y se empezaba a remojar con agua del pozo cercano.

Se batía con los pies y con la azada. Y cuando se obtenía una pasta más dura que para el ladrillo, se introducía en el obrador y se sometía a un pisado muy fuerte, se volvía varias veces a repetir el pisado, hasta obtener una pasta moldeable, pisando el barro de forma contínua. El pisador tomaba el barro y lo llevaba al poyero, un pilar cuadrado, que terminaba en una superficie plana de piedra o mármol. Este trabajo lo hacía solamente el pisador ya que el maestro de rueda tenía otro cometido como así el boquinero, que era el que sacaba las boquinas –tablas donde se colocaban las piezas desde el torno– llenas de productos ya terminados para que se secaran.

Con arreglo a la teja que se iba a fabricar el maestro de rueda tomaba la cantidad de barro y amasándolo con las manos, hacía la pella –de ahí el nombre de pellero, que era el oficial alfarero que trabaja en el horno–, y las iba colocando al alcance del maestro de rueda que se sentaba a la altura del suelo sobre una tabla por encima de la rueda de madera ancha que el maestro accionaba con los pies. La rueda superior donde se apoyaban las pellas era de una longitud de circunferencia menor. Delante se colocaba un barreño con agua para que el alfarero tuviera siempre las manos mojadas para moldear el barro suavemente. Puesta la pella sobre la cabeza de la rueda, se iba moldeando el tajo, media teja invertida, quedando una cabeza de barro para continuarla cuando se finalizaba lo fabricado y tuviera consistencia. El boquinero, casi siempre un zagal y a veces el mismo pisador, sacaba el tajo al aire, colocándolo sobre el mantillo con suelo arenado; si hacía mucho viento, se arropaban los tajos restantes con cintas de esparto para que la cabeza no se endureciera demasiado y fuera difícil de labrar. Cuando se terminaba la tarea: unas quinientas tejas dobles, o sea un millar de tejas simples, se iban metiendo en el obrador los tajos cerca de la rueda y al alcance del maestro. El boquinero volvía a su trabajo sacando ahora las tejas completas para que se fueran oreando. Cuando el maestro lo creía conveniente, siempre antes de que se secase en demasía, con una cuchilla le daba dos cortes a la teja uno frente al otro para obtener dos piezas iguales. Cuando la teja se había secado totalmente, se le daba un golpe con una canilla de hueso y se abría en dos, quedando preparada para su cocción en el horno.

Como se dijo más arriba la teja iba siempre en el horno sobre una o dos dagas de ladrillos que se habían colocado en filas horizontales y en sentido vertical. La teja más ancha se denominaba canal que es una teja más combada y la más estrecha roblón, la que cubre la unión de dos canales juntas y que forma el lomo de los tejados. Hay otra clase de teja llamada alajada que era algo más ancha que la normal, y que cuando estaba todavía fresca, se estrechaba lateralmente aplastándola, resultando una canal más ancha por donde discurren las aguas del tejado.

El cántaro y otros cacharros de barro como las macetas, lebrillos, morteros, se hacían generalmente de barro de greda y su proceso de fabricación se modificaba de unos a otros. El cántaro, por ejemplo, tenía un proceso de fabricación muy parecido a la teja, aunque con sus variaciones. El barro se preparaba de igual forma que para la teja, pisando una y otra vez el pisador lo ponía moldeable por completo. En el pellero se volvía a amasar y de allí lo iba retirando el maestro de rueda. Sobre la pella se elaboraba la parte baja del cántaro cerrando el asiento completamente. Una vez creado el tajo, volvía al obrador y el maestro lo invertía trabajando sobre la cabeza del barro el resto finalizando con la boca del cán taro, que podía ser ancha o estrecha. Hasta que el cántaro no se había terminado, sobre todo por la boca, no se le colocaban las asas, tomando un trozo de barro que se alisaba y alargaba con las manos y se pegaba primero en la boca, se estiraba el barro y se pegaba sobre la parte superior de la panza del cántaro.

La producción de macetas, lebrillos se hacía en el tajo. Se fabricaba con pellas de barro, arcilla y sobre todo, greda, de una sola vez y se separaba de la cabeza de la rueda cortándolos por la base con un hilo fuerte y de igual forma los lebrillos y morteros.

Las barrerías cantillaneras desaparecieron hacia los años setenta del pasado siglo, cuando la producción artesanal se hizo inviable por antieconómica ante la competencia de la producción industrial que empezaba a aflorar. Aún es posible ver los restos de antiguos hornos, mudos testigos de un pasado artesanal ya desaparecido, convertidos ahora en desordenados amasijos de ladrillos que, dentro de poco nadie sabrá a qué se dedicaban en otro tiempo.

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NOTAS:

(1) Cenadal.

(2) BONSOR, Jorge: Los pueblos antiguos del Guadalquivir y las Alfarerías romanas, Madrid, Tipografía de M. Tello, 1902, Separata de la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos