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Revista de Folklore

DEL FOLKLORE CAMPESINO: LAS BROMAS

LERA DE ISLA, Angel

Revista número: 063     Año: 1986     Páginas en la revista: 92-95    

El sentido del humor suele estar muy acusado en las gentes que pueblan el medio rural, y se manifiesta de un modo natural ,sin pretender, ni mucho menos, herir sentimientos de otras personas.

El hombre del campo vive generalmente agobiado por las mil contrariedades que le impone el aleatorio desarrollo de las cosechas. Son muchas horas, muchos días, muchos años de soledad, de aislamiento personal, entregado a sus cotidianas tareas en la inmensidad de los campos, a solas con sus pensamientos y preocupaciones. Necesita el campesino, de vez en cuando, salirse un poco de sus casillas, dar rienda suelta a su buen humor, salpicar su monótona vida con la salsa de una broma, de una chocarrería, de una humorada.

La broma, pues, forma parte del folklore campesino, porque es una manera de romper la monotonía de la vida rural con rasgos de buen humor.

Me propongo en este trabajo recordar algunas de las bromas que en este momento vienen a mi memoria, bromas que en los más de los casos he presenciado, he vivido, y en otros he oído referir en el propio ambiente social en que se desarrollaron.

* * *

Caminaba el tío Juan Antonio a lomos de su borrico y alcanzó en la carretera de Rioseco a otro viajero que iba sobre parecida cabalgadura y llevaba la misma dirección.

-De modo y manera que, por lo que usted me dice, parece ser que usted es un dulzainero

-dijo el tío Juan Antonio.

-Cabalito, si, señor. Y aunque me esté mal el decirlo, soy el director de un conjunto musical: dulzaina, tamboril, bombo y platillos, que goza fama por muchos pueblos de Campos. Acisclo el dulzainero, para servirle.

-¡Pues para que vea usted lo que son las cosas! -explicó el tío Juan Antonio-. Yo soy el alcalde de Valbuena, ya sabe usted, a cuatro leguas de aquí, Valbuena del Río Sequillo.

-¡Hombre! Pasará por allí el río.

-Si, señor, todos los días -comentó con zumba el tío Juan Antonio-. Pues como iba diciéndole, soy el alcalde de ese pueblo y precisamente el objeto de mi viaje es entre otras, ¡claro!, buscar músicos para la fiesta grande de mi pueblo, que será dentro de quince días. De modo y manera que si para entonces tiene usted tres días libres y nos entendemos en el precio y demás, es cosa hecha.

Se ajustaron, y al atardecer del día fijado, la banda de música del señor Acisclo entraba en Valbuena tocando un alegre pasodoble. Todo pueblo se lanzó a la calle, sorprendido y admirado, pues la verdad era que allí nadie sabia de tan inesperada fiesta.

Ya a la puerta del señor alcalde, el señor Acisclo se encontró con la desagradable sorpresa de que aquel hombre no era el que le había contratado en la carretera. ¡Todo había sido obra de un bromista! El verdadero alcalde, haciéndose cargo del caso, dio albergue en su casa a los músicos y les entregó unas pesetas para que aquella noche tocaran en la plaza del pueblo, en la que en seguida se improvisó un animadísimo baile.

* * *
A principios de primavera, se celebraba en el pueblo, desde tiempo inmemorial, la corderada. El Ayuntamiento mandaba decir una misa rezada y al mediodía organizaba una gran comilona a base de cordero. A la comida según vieja costumbre, asistían con el alcalde, los concejales, el juez municipal, el secretario y el alguacil, y como especialmente invitados, el cura, el médico, el maestro, el veterinario y algunos labradores y ganaderos locales de la clase pudiente.

Había en aquel pueblo un pobre hombre a quien le decían el tío Robustiano el Araña, porque parece ser que "arañaba" más que labraba cuatro cachejos de tierra de mala muerte. El tío Robus llevaba siempre a la arada una escopeta vieja con el ilusorio propósito de completar la precaria dieta familiar con alguna liebre, conejo, paloma..., propósito que, por cierto, muy pocas veces se cumplía.

En cierta ocasión, el tío Robus salió elegido concejal, y todo lo que se le ocurrió decir para celebrar su triunfo electoral: "¡Ya era hora de que, al menos un día al año, un pobre como yo pudiera comer cordero!".

¡Pero mira por dónde, aquel año precisamente no hubo "corderada" !El nuevo alcalde tomó tan en serio su propósito de sanear la hacienda municipal, que entre otros gastos, suprimió aquella "francachela".

Unos días después del día en que debía de haberse celebrado dicha fiesta, se presentó en casa del alcalde un pellejero ambulante:

-Usted perdone, pero me han dicho que usted quiere vender las pieles de los corderos que mataron el día de la tradicional "corderada".

-Pues llega usted tarde -contestó el alcalde, percatándose de que se trataba de una broma-. Precisamente, ayer mismo vino un pellejero que se llevó todas las pieles de la fiesta de este año.

Y suponiéndose que el bromista había sido el tío Robus, añadió:

-Pero vaya usted de mi parte a casa de uno que le dicen el tío Robustiano el Araña, que vive justamente al ladito de la iglesia, y dígale que le he mandado yo. El tío Robus es un gran cazador y siempre cuenta con buena cantidad de pellejos de conejo, de liebre, ¡y hasta de mulas!, que vender.

* * *

Don Darío el boticario tenia su casa y botica en la Plaza Grande. En la puerta se hizo instalar un flamante llamador dorado, de esos que simulan una mano cogida a una bola que parece de oro. Cierta noche una pandilla de mozos, cuando ya el pueblo estaba en silencio, dio en la tentación de gastar una broma al boticario. Cogieron un gato, lo ataron una cuerda al cuello, y el otro extremo de la cuerda, al llamador. El gato, al pretender escapar, levantaba el llamador, pero al tener que ceder, hacia sonar el metal puesto para ese fin.

Sonó el llamador dos o tres veces, pero nadie asomó al balcón del boticario. Fue una broma un poco tonta.

* * *

Como afamado jugador de tute, el tío Policarpo jamás se mostró disgustado por perder un juego ni porque perdiera alguna partida. En cambio, se ponía muy nervioso pensando que podían quitarle de cantar las cuarenta. Obsesionado con esta idea, el tío Policarpo alardeaba constantemente en la taberna del tío Santos, única que había en el pueblo, de que jamás le habían quitado de cantar las cuarenta, ni podían quitarle, porque él sabía de tute más que nadie.

El tío Fabián el Fabianillo, el de los refranes, solía decirle:

-Policarpo, "nunca digas de este agua no beberé, por muy turbia que la veas", o bien: Ya te he dicho, Policarpo, que "el mejor escribiente alguna vez echa un borrón"...

Y, efectivamente, un domingo por la tarde, al tío Policarpo le "chafaron" las cuarenta. Fue un acontecimiento histórico en la vida del pueblo.

Pasada la media noche, cuando el pueblo entero estaba sumido en un silencio absoluto, el tío Fabián el Fabianillo, ya sabéis, el de los refranes, se levantó de la cama y se fue hasta la casa del famoso jugador de tute, dio unos golpes en la ventana de la habitación en que dormía el tío Policarpo, y éste despertó malhumorado: "¿Quién puñetas llama a estas horas"?

-Soy yo, hombre, no te sulfures -contestó el tío Fabián-. Nada más quería recordarte aquello de que "tantas veces fue el cántaro a la fuente, que...".

El tío Fabián no tuvo tiempo de acabar la frase, porque se abrió rápidamente la ventana y sobre él cayó un chaparrón de...bueno, de agua tibia!

* * *

Don Cirilo, el veterinario, estaba decidido a que en el pueblo se cumplieran con todo rigor las normas dadas por las autoridades sanitarias en relación con la matanza casera de los cerdos.

El tío Lázaro, por el contrario, era poco amigo de cumplir leyes, o modas, como él decía, que a su entender no eran más que "sacadineros".

La obligación que se imponía a todos los vecinos del pueblo era que debían poner en conocimiento del veterinario el día y la hora en que se proponían matar el cochino. El veterinario iba al domicilio del solicitante cuando el cerdo, ya muerto, permanecía colgado del techo en el portal de la casa.

Durante dos o tres años seguidos, el tío Lázaro realizó la acostumbrada matanza casera sin comunicárselo al veterinario. El tío Lázaro fue multado y pagó, aunque de muy mala gana, la multa, pero se propuso el desquite haciendo al veterinario objeto de una broma.

Al día siguiente, el tío Lázaro mandó aviso al veterinario para que éste acudiera a dar el visto bueno a la matanza de un cerdo cuyo peso no bajaría de las catorce arrobas. Acudió don Cirilo a cumplir su obligada visita profesional y se encontró con la irritante sorpresa de que el animal que, ya muerto y abiertas sus entrañas colgaba del techo no era un cerdo, sino un gato.

Don Cirilo, que era un hombre de enérgicas resoluciones, dio media vuelta y salió de la casa del tío Lázaro "como alma que lleva el diablo".

* * *

Cuentan en el pueblo que el tío Cleto era un hombre muy bromista. Su mujer, la tía Casilda, por el contrario, era una mujer muy seria y redicha, y aunque no la agradaba que su marido anduviera siempre en boca de todo el pueblo con el achaque de sus frecuentes bromas, nunca le dijo una sola palabra para afearle esa costumbre. Tampoco al tío Cleto se le ocurrió jamás gastar una broma a su mujer. Hasta que un día...

Bueno, me explicaré. El "Tarugo", o sea el borrico que montaba el tío Cleto, cuando llegaba a casa, así que su amo se apeaba, entraba abriendo la puerta con el hocico, atravesaba la cocina, daba otro hocicazo a la puerta del corral y se iba derecho a la cuadra. El tío Cleto debió de pensar en gastar una broma a su mujer y un día obligó, con muchísimas dificultades, al burro a hacer ese recorrido que digo al revés, o sea reculando, en marcha atrás.

La tía Casilda, como si presenciara algo natural y corriente, se limitó a decir a su marido:

-Pues mira, Cleto. ¿Sabes lo que te digo?...

Has tenido una buena idea. Lo he pensado muchas veces. No sé cómo el mi Cleto deja siempre al borrico entrar en la casa a su capricho. Así conseguirás que en adelante entre como tú le enseñas. Al fin y al cabo, el "Tarugo" es él.¿No te parece?

* * *

La broma que ahora voy a recordar no pudo ocurrir más que en Urueña. En los pueblos pequeños, el cementerio suele estar situado en las afueras, cercado por una tapia no muy alta y con una amplia puerta de barrotes de hierro que no impide, antes facilita, ver claramente todo el recinto desde el camino. En Urueña, un pequeño pueblo encerrado dentro de una almenada muralla, el cementerio, que allí llamamos "camposanto", también se halla dentro del recinto amurallado, que dicen los libros que fue en tiempos castillo y prisión del Conde don Pedro Vélez; nido de amor de doña María de Padilla y el rey don Pedro I, el Cruel; calabozo en el que padecieron prisión don Jaime, conde de Urgel; doña Beatriz de Portugal y otros próceres personajes.

El camposanto de Urueña es, pues, un recinto cerrado por altas murallas y por una gran puerta de madera que impiden verlo desde la calle.

En nuestra pandilla éramos cinco o seis amigos de edad de once o doce años. En las noches de verano, como nuestros padres salían a tomar el fresco a la calle, hasta altas horas de la noche, podíamos permitirnos la libertad de salir también nosotros y deambular por las calles como unos mocitos. Una noche se nos ocurrió llegar hasta la plaza del camposanto, lugar muy poco frecuentado, y menos por la noche, quizás por respeto a aquel lugar sagrado. Al pasar cerca de la puerta del camposanto se le ocurrió a uno de la pandilla decir: “A ver quién se atreve a llegar hasta la puerta del camposanto, dar tres golpes muy fuertes con la mano en la puerta y decir "un, dos, tres, que salga quien es".

Uno de los amigos, Quico, dijo ¡vaya bobada!, que él se atrevía a hacerlo, porque estaba seguro de que un muerto no podía salir y vivos allí no había.

Nadie hizo caso. Pero al día siguiente, no estando presente Quico, decidimos prepararle una broma. El Justino dijo que él podía hacerse con la llave de la puerta del camposanto. Olivio se ofreció a encerrarse detrás de la puerta, sin que Quico se enterara, naturalmente. Los demás acompañaríamos a Quico, pero nos quedaríamos lejos, o sea al otro extremo de la plaza.