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Revista de Folklore

LA FIESTA DE LOS JEFES En Santo Domingo de Silos (Burgos)

GONZALEZ MARRON, José María

Revista número: 078     Año: 1987     Páginas en la revista: 212-215    

La localidad de Silos se encuentra enclavada en la provincia de Burgos, en lo que ya en el siglo X nuestro Conde Fernán González llamaba Valle de Tabladillo, atravesado por el río Ura que afluye al Arlanza en Puentedura y que hoy se le llama río Mataviejas. Esta localidad está rodeada por un paisaje grisáceo de rocas desnudas salpicadas por pequeños enebros y vegetación enana, culminando su belleza paisajística en la incomparable Yecla.

Pues aquí, en este paraje en el que parece que desde siempre se asentó algún Monasterio, en la época de los moros se vio varias veces amenazada por los Abderramanes y Almanzores. Lo cuenta Gonzalo de Berceo en «La vida de Santo Domingo de Silos», estrofa 187:

«En tierras de Carazo, si oyestes contar
una cabeza alta, famado castellar
abie un monesterio, que fué rico logar
mas era tan caido, que se querie ermar.»

La Crónica de Santo Domingo de Silos en 1899, nos dice:

«En esta humilde villa son muy contados los días que ofrezcan algo que sea digno de mención. Uno, sin embargo, de esos raros días nos lo trae el mes de Enero: es el segundo domingo después de la Epifanía, día del Dulce Nombre de Jesús, en que celebran aquí la función, a la vez patriótica y religiosa, llamada vulgarmente de los Jefes. La denominan así porque en todos los varios actos de la función la presidencia pertenece a tres vecinos del pueblo, condecorados por este día con los títulos de capitán, alférez y sargento.

Es fiesta patriótica: se dice que conmemoran algún hecho de guerra, en que la villa, entonces ciudad amurallada, amenazada por un enemigo que pensaba sorprenderla de noche, fue salvada por el valor de sus moradores, o más bien por una singular protección del Dulce Nombre de Jesús. Parece, sin embargo, que hubo un combate; puesto que se reza todavía en esta función por las almas de los que murieron en aquella jornada.

Es fiesta religiosa, pues en ella a las diversiones populares que se verifican en la plaza y en las calles se unen actos de religión celebrados en la iglesia, y gran parte de la función se refiere a las almas del Purgatorio.»

Esta fiesta se venía celebrando sin interrupción, pero por culpa de un incendio que se produjo en el Ayuntamiento de la localidad el 17 de septiembre de 1959, y que destruyó todo el vestuario, terminó con esta tradición y casi con el grupo de danzantes que, afortunadamente, después de una recomposición un tanto zarzuelera, desde hace dos años ha vuelto a recuperar el vestuario original, tanto en los ocho adolescentes, con sus cintas y enagüitas con pañolón delantero y castañuelas, como el del Zarragón, con su gorro redondo rojo y amarillo haciendo juego con la chaqueta y pantalón de la misma composición colorista, su corbata y su crótalo de sonido sordo y señorial.

Estos danzantes forman un grupo de adolescentes masculinos como lo son en la provincia los de Burgos capital, Fuentelcésped y Las Machorras.

Sobre la tradición del incidente con los moros, Valentín Fernández Gil, el cartero, me contó la historia que a su manera la transcribo fielmente:

La fiesta se llamaba de los Jefes, que era una devoción al Dulce Nombre de Jesús y María.

«Cuentan que en tiempos remotos, dicen, que si venían los moros a ocupar Silos, o mejor dicho a ocupar la ciudad de Silas, que era Silas en vez de Silos, y parece ser que debían venir los moros por la parte de la ermita, y a los jefes de Silos se les ocurrió, para evitar la invasión, lo siguiente:

«Hicieron hogueras por todas las calles, en cada bocacalle, y esquina; eran unas hogueras impresionantes. A los niños les pusieron todos los cencerros del ganado de todas las reses del pueblo y les sacaron dando vueltas y corriendo por las calles incluso caballos con botas de vino prendidas como incendiando todas las casas dando al parecer la sensación como que estaban ardiendo todos los edificios. Todo esto para que los moros se dijeran entre sí: «Bueno, ya no entramos en Silos, porque lo han prendido fuego y han salido todas las ovejas y todo el ganado corriendo, corriendo.» y de esa forma no i entraron en Silos.»

Hasta aquí la narración de Valentín.

Es curioso al hablar con los viejos del lugar; como lo hizo muy minuciosamente el Sr. Domingo García, «el Chus» y releer las crónicas del monasterio hasta 1925 en que se dejó de publicar, cómo, sin variar en el fondo la fiesta, si se han cambiado poco a poco algunos matices de la misma.

Más arriba se indica en la Crónica de 1899, el nombre de los tres jefes: Capitán, Alférez (el que lleva la bandera), y Sargento con su alabarda, que recuerdan las denominaciones de los cristianos en las fiestas del levante español. Aquí sin moros presentes, está patente su presencia derrotada, gracias a las armas y a la intervención del «Dulce Nombre de Jesús», que también ahora se alarga con el añadido «y de María». Todos los años se relacionan los Jefes, normalmente, por ejemplo en 1904 dice la crónica: El capitán recayó en Félix Martín Gete del barrio de arriba. El de alférez en Vicente Martín Zorrilla del barrio de abajo, y el Sargento en Félix Setién Martínez del barrio del medio.

Estas denominaciones van a sufrir un cambio, ya que ahora los jefes son: el Capitán, el Abanderado y el Cuchillón.

La transición la podemos apreciar palpablemente en las denominaciones que de los jefes se hace en 1916 que al relacionar los nombres de los jefes dice:

el Capitán fue Hipólito Martínez Alonso
y el Alférez (el abanderado, Juan Santos Palomero
cuchillón según el vulgo de Silos) Leonardo Alameda Cruce

es decir, aquí ya existen dos variantes, la primera, que la denominación de Sargento va a ser sustituida ya hasta nuestros días por la de «cuchillón» y el de alférez desaparecerá para ser sustituido por el de "Abanderado»- La designación de los jefes se hacía según la crónica del año 1899 del Monasterio, de la siguiente forma (hoy seguiría igual):

La designación de los jefes -Todos los vecinos casados de esta villa pueden pretender al honor de figurar entre los jefes, pero sólo una vez en la vida; pues los nombres de los que han sido ya jefes no entran más en el sorteo.

En el día de Reyes, después de la misa mayor y en la casa del concejo, se reúne con el Ayuntamiento gran parte del vecindario, sorteándose los nombres de los tres vecinos que han de ser los jefes en la próxima función; y se asegura que siempre ha presidido en la elección la más perfecta lealtad.

Para el caso, el pueblo se halla dividido en tres barrios: el de arriba, el del medio, y el de abajo. Cada barrio da todos los años uno de los jefes; pero los tres títulos de capitán, alférez y sargento pasan sucesivamente a los tres barrios según un orden establecido.

Este año los tres jefes eran:

Capitán, D. Juan del Alamo, del barrio de abajo; alférez, D. Jacinto Herrero, del barrio de arriba.

Después del sorteo, el mayordomo del Ayuntamiento entrega a los jefes los trajes que deberán lucir en la función, y ciertas insignias de su grado, es, a saber: para el sargento el enorme cuchillón o alabarda de los antiguos tiempos; para el alférez la bandera, y para el capitán la espada.»

Como dato curioso podemos citar los nombres de varios vecinos en distintos años.

1915 Capitán, Joaquín Casado García.
Alférez, Nicolás Ruiz.
Sargento, Cipriano Setién.

1917 Capitán, Marcelino Gil Palomero.
Abanderado, Cipriano Alonso.
Cuchillón, Policarpo Palomero Martínez.

Una vez, sorteados los jefes se nombra al tamborilero que, siempre a pie, acompaña a éstos en todo momento.

Los jefes van vestidos de militar de final de siglo, con uniformes azules y rojos, con botones dorados y una banda de color atravesando el pecho de derecha a izquierda. El capitán lleva un bicornio y espada y bastón de mando; el cuchillón y abanderado se cubren con una chistera adornada con cintas y flores, y el tambor, el gorro cuartelero redondo de fin de siglo, haciendo juego con su uniforme de soldado.

Una nota curiosa es que los cuatro, bajo su sombrero o gorro, llevan gran pañuelo anudado al estilo bandolero.

Cómo se desarrolla la fiesta nos lo cuenta perfectamente la citada crónica de 1899 ya que hasta el último año que se celebró, se hacía de la misma manera:

«El anuncio de la fiesta. El sábado, víspera del Dulce Nombre de Jesús, a eso de las once de la mañana, resuena el tambor de la villa; y al oírlo, acuden presurosos los niños del pueblo, armados todos de uno o dos cencerros, a cuál más ruidosos. Es la hora de ir a buscar a los jefes.

Van primero a casa del sargento, el cual, llevando el cuchillón y siguiendo al tambor, se dirige al barrio y casa del alférez. Tomando éste su bandera, sigue al sargento al barrio y casa del capitán, que, espada en mano, marcha en pos del alférez. Así ordenados, van a dar la vuelta al pueblo recorriendo ciertas calles determinadas, para presentarse al público y anunciar la función.

En su marcha no omiten hacer su visita al monasterio, entrado en el primer patio, donde siempre sale parte de la Comunidad a saludarlos. Después de dar la vuelta al patio, el alférez tremola y hace ondear la bandera, mientras gritan todos los de la comitiva: Viva el dulce Nombre de Jesús. Concluida la carrera, llevan a su casa al capitán, luego al alférez y, en fin, al sargento.»

«La Luminaria -Al anochecer se oye de nuevo el tambor, y de nuevo acuden los chiquillos, todavía más bulliciosos que anteriormente. Van en busca de los jefes, que salen a caballo, recorriendo tres veces las consabidas calles. Todo el camino que van a seguir está iluminado con hogueras encendidas de trecho en trecho y en todas las boca-calles del trayecto; a cuyo fin un bando del Sr. Alcalde manda a todos los vecinos aportar leña o aliagas para la luminaria. Pasean gravemente los tres jefes, a la luz de las hogueras y de las teas que llevan los que los acompañan, en medio de la algazara universal, del ruido de los cencerros y de los gritos mil veces repetidos de: Viva el Dulce Nombre de Jesús, siendo después acompañados a sus casas como por la mañana.»

En los últimos años, los vecinos de la localidad efectuaban un último recorrido al pueblo acompañados por los niños con sus cencerros, y ya casi consumidas las enormes hogueras se eleva nuevamente la luminaria con lo que llaman las «Botas» que no son más que trozos de pellejos y de botas estropeadas que sobre un gran palo y, encendidas, dan una nota de verdadero espectáculo luminoso al pueblo; son como pequeñas hogueras en movimiento, envueltas en el ensordecedor ruido de los cencerros que, incansables, no cesan de sonar sobre los cuerpos de la grey infantil. Así se terminaba la noche del sábado que en 1959 alargaron con un buen baile en la plaza del lugar

La crónica continúa:

La Misa Mayor, el domingo por la mañana, los tres jefes avisados con el mismo ceremonial que la víspera, llegan a la casa del concejo, donde los está esperando el Ayuntamiento. Todos bajan a la puerta de la iglesia abacial de S. Sebastián, en busca del celebrante, y le acompañan cuando sube a cantar la Misa en la iglesia de San Pedro, ocupando siempre el puesto de honor los tres jefes.»

Por la tarde se celebra la «corrida de las crestas», que consiste en situar una soga a considerable altura entre la casa del Gregorio «el farruco» y del Emeterio desde donde una persona primitivamente llamada el mayordomo se encargará de controlar la soga en la que se colocan los gallos, chorizos y otros elementos comestibles.

Los jefes, a caballo, acompañados del redoble del tambor deben coger lo que cuelga de la citada soga, o como me contaban los que lo vivieron, cortarles la cabeza, a las aves, siempre que el mayordomo ingeniosamente, se lo permitiera estirando o cediendo la soga que dominaba.

En la crónica de Silos de 1907 sobre esta fiesta dice:

«A las dos y media de la tarde tuvieron la corrida que llaman de los gallos o de las crestas; y nos han asegurado que fue indescriptible en entusiasmo. Deben saber los lectores que todo jinete que arranque una cresta al pasar corriendo por debajo del cordel o soga, en donde las tienen suspendidas, y que cruza de un lado al otro de la calle en que se verifica la corrida, tiene que dejar una limosna que se destina después en sufragios por las ánimas benditas.»

Por la noche se volvían a vestir de gala los jefes e iban al Ayuntamiento para reunirse en el enorme salón del Pueblo (hoy al reconstruirse después del incendio ha quedado más pequeño).

Allí, prácticamente todo el pueblo, acogía a los jefes que en el centro del corro daban varias vueltas al son del redoble del tambor y no se decía más que una frase que era coreada por todos los asistentes: es la fórmula ya modernizada de «viva nuestra devoción, al dulce nombre de Jesús y de María».

Por la noche se reunían en gran merienda con lo recaudado, por las crestas y por los donativos recibidos por los jefes en un paseo especial de recaudación realizado al efecto, y en el que daban, como me decía el «Chus», cada uno lo que podía o quería: unos una perra, otros una peseta, o un huevo, o nada, que también los había roñosos.

El lunes, día de ánimas, había rosario en la Iglesia de San Pedro; los jefes para esta ocasión se vestían de luto, y la bandera en esta oportunidad la lleva el capitán y cada uno de los otros dos toma una cinta negra que pende de cada lado de la bandera mientras el tambor suena llevando el compás de las letanías en latín.

En otra crónica, de Silos del año 1919, se nos dice al efecto:

«El lunes la postulación para las ánimas, hecha de puerta en puerta por los Jefes; en San Pedro, a la noche, el Rosario. Letanía procesión, Salve y cuatro responsos junto a la tumba cantados por todo el pueblo y por los Dominguitos (1), cuyas voces de soprano siempre llaman la atención».

Esperamos que de alguna forma se vuelva a recomponer esta fiesta, ya que el movimiento interior de la localidad está por ello y de esta forma, a la manera castellana, se vería reproducida una fiesta local de Moros y Cristianos.

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(1) Niños del coro del Monasterio.

BIBLIOGRAFIA y CONSULTAS

FERNANDEZ. GIL, Valentín: El Cartero,
GARCIA, Domingo: "El Chus".

ALAMO MARTINEZ., C. del: "Silos, 100 años de Historia". Revista de invierno 86-87: "Silos, un pueblo".

Crónica del Monasterio de Santo Domingo de Silos de 1899 a 1925.

Ilustraciones "Luiso".