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LA SERRANA DE LA VERA EN EL FOLKLORE

GUTIERREZ MACIAS, Valeriano

Publicado en el año 1988 en la Revista de Folklore número 92.

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PIORNAL

Se encarama Piornal a 1.175 metros, en la altiplanicie de la sierra de Tormantos. El nombre de Piornal viene de piorno, retama que prolifera en el término municipal. Debe su fundación -allá por la décima centuria- a sus finos pastos y abundantes manantiales.

Presenta en el casco urbano arquitectura popular típicamente serrana, de mampostería granítica, con sus cargaderos de madera. Su iglesia parroquial, bajo la advocación de San Juan Bautista, es de estilo gótico, del siglo XV, y ha sido reformada con posterioridad. En su interior ofrece retablos de azulejos de Talavera de la Reina, de 1874. En las proximidades del templo está la Fuente de los Cuatro Caños y un olmo centenario. También hay que mencionar el Pozo de las Nieves, en la parte alta del pueblo, donde, como su nombre indica, existe un reservorio de nieve invernal, que se utilizaba en verano.

El Palacio fue levantado por una figura del episcopado placentino, el prelado González de Acevedo, para residencia veraniega.

Hay que citar los escudos, sillares muy bien labrados. Se trata de un amplio palacete, que es exponente de la arquitectura culta.

Lo más típico del pueblo, en el orden lúdico, es la fiesta del Jarramplas, que se celebra el día 20 de enero, festividad de San Sebastián, su Patrón. En la víspera, los chicos pronuncian el pregón de la fiesta y cantan la copla:

Por el veinte de enero,
cuando más nieva,
sale un capitán valiente
a poner bandera.

Según la tradición, un vecino del pueblo, para cumplir una promesa y hacer penitencia, se viste de máscara con un vistoso traje. Es perseguido por la chiquillería del vecindario, que le tira bolas de nieve y los más diversos objetos. Se trata de un ancestral mito; el Jarramplas es producto de un profundo sentimiento religioso campesino. La máscara es terrorífica o, cuando menos, pretende serlo, con cuernos, crines y dentachos, La vestidura es un sayal multicolor. La muchedumbre le arroja, a lo dicho, pelos, patatas y nabos.

La localidad de Piornal tiene un encanto serrano y paisajístico indescriptibles.

El folklore piornalego es riquísimo.

Ha sido estudiado por el que fue profesor y compositor, musicólogo de fama y prestigio, Manuel García Matos; la pianista Angela Capdevielle Borrella, folklorista, y por el que esto escribe, en sus obras «Por la geografía cacereña. Fiestas populares» y «Mujeres extremeñas».

Villancicos, canciones de rosca, rosca antigua, que se cantaba en la misa del Gallo, rosca cantada a San Sebastián el día de su fiesta, el 20 de enero; cantares populares que, con frecuencia, se oyen cuando se baila la jota y la rondeña. Mas en este trabajo nos vamos a ocupar de la Serrana de la Vera y alguno de sus antiquísimos romances.

LA SERRANA DE LA VERA

Refiere una antigua leyenda popular que la sierra de Tormantos fue el escenario elegido por la Serrana de la Vera, la garrida moza garganteña, para sus sangrientas hazañas, que aparecen en la historia de Extremadura allá por el siglo XVI.

Es opinión muy admitida que se trataba de una atractiva, hermosa y noble placentina, perteneciente al linaje de Carvajal, que, traicionada en sus primeros amores por un pariente suyo y de la misma estirpe, se echó al monte, se trocó en una auténtica salteadora de caminos, con el decidido propósito de vengar en cuantos hombres pudiera la afrenta que aquél le hiciera.

Se valía para ello de toda clase de seducciones y todo género de engaños y, en algunas ocasiones, por sus fuerzas más que varoniles, de llegar a la lucha personal, cuerpo a cuerpo. Luego los encaminaba a la fatídica cueva donde transcurría su existencia de deleites y los asesinaba.

Hay que ampliar el relato haciendo constar que les daba sepultura en el propio campo y que colocaba cruces sobre sus tumbas, hasta el punto de llenarlo. Todo esto, que ha sido transmitido oralmente, tuvo su final cuando, informada la justicia por un viajero que logró escapar, puso fin a tanto horror, prendiendo a la feroz serrana y haciéndola morir en la horca.

La legendaria fémina es la historia hecha leyenda.

De este personaje se han ocupado Lope de Vega, el «Fénix de los Ingenios» en «El peregrino en su patria»; Luis Vélez de Guevara, en «La serrana de la Vera»; José de Valdivieso, en un drama de igual nombre. En la literatura moderna, el venezolano Rómulo Gallegos, en su novela «Doña Bárbara»; el poeta catalán Eduardo Marquina también hizo suya la leyenda que desarrolló en poemas escénicos. Asimismo se sintió tentado por este tema el escritor cauriense Tomás Martín Gil, y nada digamos de Julio Caro Baroja, el famoso etnógrafo y académico de las Reales Academias de la Historia y de la Lengua. El escritor y poeta verato Felipe Jiménez Vasco, más conocido por el seudónimo de «El Ruiseñor de la Vera», que vive en Cuacos de Yuste, consagrado a cantar su bellísimo rincón, ha tratado reiteradamente el asunto de la Serrana de la Vera en poemas y artículos literarios, desarrollando la leyenda que entremezcla con la historia de Yuste y su fundación, sin alterar para nada la misma.

Los diversos romances que existen en torno a este personaje legendario se siguen cantando en toda la serranía piornalega, principalmente en las chozas de los pastores y en alguna que otra velada.

Consideramos obligado hacer referencia al trabajo que en torno al tema han llevado a cabo Máximo Cruz Rebosa, maestro nacional recompensado con la Cruz de Alfonso X el Sabio, y el también maestro nacional José Calles Escudero, ambos hijos de Piornal.

Allá en Garganta la Olla,
por las tierras de la Vera,
se pasea la Serrana
bien calada su montera;
con la honda en la cintura
y terciada su escopeta.

Se ha encontrado a un pastorcillo
que jugaba a la rayuela
y la dice: -Pastorcillo,
bien remachan tus ovejas.

-Remachen o no remachen,
qué cuidado le da a ella.

-Pastorcito, pastorcito,
¿sabes tocar la vihuela?

-Sí, señora; sí, señora,
el rabel si usted me diera.

Le ha cogido por la mano,
le lleva para su cueva.

No le lleva por caminos,
ni tampoco por veredas.

Le lleva por unos montes
más espesos que la yerba.

-Pastorcito, pastorcito,
esta noche, rica cena,
de perdices y conejos
la pretina traigo llena.

En lo más alto del monte
le encontraron ya en la cueva.

Cuando entraron, la Serrana
le mandó cerrar la puerta;
y el pastor, como era diestro,
la dejó un poco entreabierta.

Agarrado por la mano
le ha subido la escalera;
le mandó luego hacer lumbre
y al resplandor de la hoguera
ha visto un montón de huesos
y un montón de calaveras.

-¿Cuyos son aquí estos huesos
y estas tantas calaveras?

-De hombres que yo he matado
por esos montes y sierras,
como contigo he de hacer
cuando mi voluntad sea.

Pastorcito, pastorcito,
toma y toca esa vihuela.

El pastor no se atrevía
Y a tocar le obligó ella.

La serrana se durmió
al compás de la vihuela.

El pastor la vio dormida
y se echó de puerta afuera.

La serrana despertó
aullando como una fiera
y saltando como corza
le siguió un cuarto de legua.

-Pastorcito, pastorcito,
que la cayada te dejas,

-Mucho palo hay en el monte
para hacer otra más nueva.

-Pastorcito, pastorcito,
que te dejas la montera.

-Mucho paño hay en mi pueblo
para hacer otra más buena.

-Pastorcito, pastorcito,
que te dejas una oveja.

-Aunque cien mil me dejara,
a por ellas no volviera.

Con la honda, la serrana
tiró al pastor una piedra,
que si no es por una encina
le derriba la cabeza.

Anda, le dice, villano,
que me dejas descubierta;
que mi padre era pastor
y mi madre fue una yegua;
que mi padre comía pan
y mi madre pacía yerba.

Hay otra versión que, distinta en la forma, explica en el fondo una historia básicamente idéntica:

En el camino de Garganta,
cinco leguas de Plasencia,
habitaba una serrana
alta, rubia y sandunguera.

Vara y media de cintura,
cuarta y media de muñeca,
los cabellos que tenía
hasta los zancos la llegan.

Cuando tenía ganas de agua
se subía a las altas peñas,
cuando tenía ganas de hombres
se bajaba de la sierra.

Vio venir a un serranillo
con una carga de leña,
al que cogió de la mano
y a la cueva se lo lleva.

No le lleva por camino,
ni tampoco por vereda,
le lleva por altos montes,
por donde nadie les vea.

Ya tratan de hacer lumbre
con huesos y calaveras
de los hombres que ha matado
aquella terrible fiera.

Ya trataron de cenar
aquella excelente cena,
de conejos y perdices
y tórtolas y aligüeñas.

Bebe, serranillo, bebe,
agua de esa calavera,
que podrá ser que algún día
otros de la tuya beban.

Ya trataron de acostarse,
le mandó cerrar la puerta
y el serrano, que es muy cuerdo,
la ha dejado medio abierta.

Cuando la sintió dormida,
se ha salido para afuera.

Media legua lleva andando
y sin volver la cabeza.

Cuando le ha echado de menos,
ha salido para afuera.

Puso una piedra en la honda,
que pesaba arroba y media.

Con el aire que llevaba
le ha tumbado la montera,
y si no es por una encina,
le derriba la cabeza.

-Vuelve, serranillo, vuelve;
vuelve atrás por tu montera,
que es de paño fino y bueno
y es lástima que se pierda.

-Si se pierde, que se pierda;
no me importa la montera,
mi madre me compra otra,
y si no me estoy sin ella.

-Por Dios te pido, serrano,
que no descubras mi cueva,
que si acaso la descubres,
te he de cortar la cabeza.

-Tu padre será el caballo,
tu madre será la yegua,
y tú serás el potrito
que relinche por la sierra.

Felipe Jiménez Vasco es autor de un romance que, sin apartarse para nada de los relatos que se conservan por los olvidados pueblos de la serranía, ha querido hacer algo distinto, un poco más atendido en la sintaxis, pero dejando el sabor bucólico que, indudablemente, mantienen todos estos romanceros hijos del pueblo más que de la pluma de un poeta culto. El final del romance -como puede advertirse- es una originalidad suya, ya que ve a la Serrana de la Vera arrepentida, según entrevé en los últimos versos, así como la ingenuidad del pastor al decirle que baje ella a Yuste y se confiese.

Entre Piornal y Garganta,
no muy lejos de Plasencia,
relatan viejos romances
una historia verdadera.

Han pasado varios siglos
de los hechos que recuerda
y aún la cantan los copleros
y la gente lo comenta.

Entre peñas y jarales
y profundas torrenteras,
una joven habitaba,
mitad mujer, mitad fiera.

Asustados trae a los hombres
que se acercan a la sierra,
pues tiene presta una honda,
y con un tino que aterra,
caza liebres y conejos,
y a los hombres que se acercan,
los atrapa entre sus brazos
acostándolos con ella.

Sembrados tiene de cruces
los caminos y veredas,
pues tras de dormir con ellos
los mata en su misma cueva.

Luego los saca arrastrando,
y en el suelo los entierra,
poniendo una cruz de palo
o grabada en una piedra.

Según dicen los pastores
usa abarcas y montera,
y una zamarra de cabra,
y en el invierno, de oveja.

Es hombrina y zanquilarga,
membruda y ojimorena,
y que se baña desnuda
en los charcos de la sierra.

Un arco lleva a la espalda
para disparar sus flechas;
ojos como el azabache,
entre las peñas acecha.

Una noche que velaba
a la luz de las estrellas,
vio pasar a un pastorcillo
con tres cabras blanquinegras.

Habíanse quedado cojas
en lo alto de la sierra,
y al faltar en el aprisco,
volvió el pastor a por ellas.

La Serrana, muy melosa,
le dijo al pastor: -Espera,
que he de decirte algo bueno
en el fondo de mi cueva.

Así se llevó al muchacho
que, corrido de vergüenza,
caminaba con sus cabras
sin saber lo que le espera.

Con yesca y un pedernal
encendieron una hoguera
para guisar unas liebres,
que les sirvieron de cena.
Tras la cena se acostaron.
El, primero; después, ella,
que le brillaban los ojos
como si fueran centellas.

Con el fuego en las entrañas
y la lascivia en las venas,
se ha dormido la Serrana,
tras gozar de la inocencia
de aquel pastor asustado
que muy despierto se queda
esperando la ocasión
de poder abrir la puerta.

La abrió y se marchó corriendo
camino de la su aldea,
donde esperaban sus padres
su regreso de la sierra.

Cuando llevaba corriendo
un poco más de hora y media,
oyó voces en lo alto:

-¡Espera, zagal, espera!
Quiero que lleves un bolso
que tengo aquí con monedas
y lo eches en el cepillo
de la entrada de la iglesia.

Que quiero ganar sufragio
para esta alma mía, tan negra,
que está llena de pecados
y necesita indulgencias.

-No vuelvo -dijo el pastor-,
que me dan miedo tus piedras;
baja tú a Yuste una noche
y de paso te confiesas.