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Año: 1991 - Tomo: 11a - Revista número: 124 Páginas en la revista: 133-138
Autor: GUTIERREZ MACIAS, Valeriano Tema: Romances Título del artículo: ROMANCE DEL CRIMEN DE LA PACHECA -.- |
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Debo a unos parientes de la que fue mi muy amada esposa y musa, Dorita, el conocimiento del llamado «Romance del crimen de la Pacheca», cometido en Santa Cruz de la Sierra el día 26 de marzo de 1856, en la joven María Pacheca Broncano; el romance fue escrito, según se dice, por un «testigo imparcial», durante la célebre causa que se instruyó en Trujillo. Mas parécenos obligado facilitar a los lectores una síntesis de la localidad de Santa Cruz de la Sierra. En la plaza del pueblo se conserva todavía la llamada «Casa de la Pacheca». En la falda septentrional de la sierra de su nombre se hallaron restos prehistóricos e históricos, que fueron estudiados por Mario Roso de Luna (1872-1931), escritor y teósofo, que nació en Logrosán, y Sanz Blanco. Los vestigios que hallaron -puntas de flecha, trozos de hierro, fragmentos de cerámica, huesos, etc., figuran en el Museo Arqueológico Provincial de Cáceres-. La localidad tiene restos de una calzada romana, y en la sierra, un aljibe. La villa de Santa Cruz de la Sierra, que antes fue de la Santa Vera Cruz, estuvo rodeada de una serie de cruces de piedra granítica, de una altura de unos 2 m., hasta no hace mucho tiempo en número de doce. En la actualidad sólo se conservan cuatro: la Cruz del Prado, la de los Callejones, la de la calle del Puerto y la del Calvario. La iglesia parroquial, que está declarada monumento nacional, es del siglo XVI y ha sido dignamente restaurada. Tiene la advocación de la Santa y Vera Cruz. Este pueblo fue conquistado por el maestre de Alcántara Pedro Yáñez, en 1234, a los moros. Santa Cruz, tú te verás sola y con cuatro vecinos; el cura y el sacristán, el conde y los agustinos. Lo transcrito se refiere al conde de la Calzada, que originó muchas depredaciones y tiranías, como relata el citado investigador de Logrosán, Roso de Luna. En el frontal de una casa del vecindario, casa solariega de los señores de Belvís de Monroy, se lee: Su hacienda nadie dexe en mujer, que por dexarla la perdieron estos que señores fueron de Belvís y de Monroy. En la seca y ardiente Extremadura, en Santa Cruz de la Sierra, nació, en 1518, Nuflo o Nufrio .de Chaves, esforzado capitán, explorador y conquistador, hombre de hierro fortalecido por la fe, un conquistador de magnífica actuación en Argentina, Paraguay, Brasil y Bolivia. Falleció en 1568. Recientemente se le ha dedicado un busto a Nuflo de Chaves en el jardín de la localidad. Y ahora incluimos el romance, tan popularizado en la localidad y comarca trujillana, hasta el punto de que está constantemente en boca de los santacruceños, por haber sido transmitido por las generaciones que se han sucedido a través de ciento treinta y cinco años. El pueblo habla .de la leyenda de la Pacheca, cantada por los ciegos y por todas las gentes, que se incluye en el rico folklore altoextremeño, objeto de atención por los estudiosos que lo agavillan. La versificación a que hacemos referencia pertenece a la musa popular, que tanto ha enriquecido nuestra literatura. ROMANCE DEL CRIMEN DE «LA PACHECA» (Crimen cometido en Santa Cruz de la Sierra el día 26 de marzo de 1856, en la joven Dª. María Pacheco Broncano. El romance fue escrito por un testigo imparcial durante la célebre causa que se instruyó.) PRIMERA PARTE María, Virgen Soberana, abogada y protectora de todo el género humano; alma la más pura y sana, vos, que sois Madre de Cristo, tesoro de toda gracia, inspírale a este, tu siervo, para que deje trazada la más desastrosa muerte que con puñal o daga pueda darse a una hija tuya que como Tú se llamaba. Mi torpe pluma vacila al referir tal desgracia; mi lengua tartamudea, y sin vos, que yo no soy nada, en vos vivo confiado, pues vuestra ayuda es sobrada para que mi débil pluma no resbale ni se caiga para poder referir hechos de suma importancia. En este consentimiento de la Virgen más amada, reclamo vuestra atención y principiaré a narrarla. En Santa Cruz de la Sierra y Extremadura la baja vivía D. José Pacheco en compañía de una hermana y de una preciosa hija que María se llamaba. Sola y única, esta joven, por su naturalidad y gracia, todo el pueblo la quería y de todos era amada. Era aficionada al baile y en ello mucho gozaba, sin duda porque eran raros aquellos que frecuentaba. Mas no por esta afición nunca su honor peligrara; siempre humilde, siempre dulce, siempre pura, siempre casta. Crióse aquesta infeliz con una salud tan sana que a pesar del pueblo enfermo, su robustez descollaba. Perdió también a su madre (1) en edad muy temprana, víctima, según se dice, de una mano despiadada. Recibió una educación no de las más esmeradas, efecto sin duda de la orfandad en que estaba. Sin embargo, quien la vio y oyó cómo se expresaba, dice que su producción nada tenía de ordinaria. Simpática y familiar, todos, pues, consideraban a Dª. María Pacheco, joven la más desgraciada, por el fin brutal y brusco que tuvo la desdichada. En una noche de enero que el 26 se contaba del año 56, sentada en su propia casa, en aquella noche oscura que el agua y viento soplaban, un verdugo, un asesino, un tirano con su daga, arrojóse a la infeliz y la dejó degollada. Pero ¡qué herida, Dios mío!, más de dos líneas entraba la cuchilla del verdugo, tirada con mucha rabia, e n la vertebral columna de la joven que contaba unos veinticuatro años, que ni aún completos estaban. Lectores, triste es decirlo, pero esta infeliz causaba a todo el que la veía, tanta congoja y tal ansia, que no es posible pintar el cuadro que presenciaban los que por verla acudían cuando de ella se alejaban. Cubierto el rostro salían del paraje donde estaban, llorando a lágrima viva por joven tan desdichada. Pero todavía es poco esto si bien se compara con la escena que pasó cuando fueron a enterrarla. Corazones los más duros vierten abundantes lágrimas, hombres, mujeres y niños, por la Pacheco lloraban. Todos a una vez decían: ¡Desgraciada! ¡Desgraciada! ¡Asesino, ven a verla; acércate sin tardanza! Ven a ver las consecuencias de tu valerosa hazaña. Repara bien ese aspecto, sus manos ensangrentadas, su cuello despedazado, toda su ropa manchada. Llega; no tardes, tirano, que abrigo la confianza de que si en tu seno tienes dos gotas de sangre humana, has de llorar tú también de buena o de mala gana. Sigamos la narración y apartémonos con ansia de este cuadro de tristeza que tanta y tan grande causa. Es de llamar la atención, Y a todo el mundo chocaba, que al verificarse el hecho se encontraba acompañada de su tía carnal Teresa, y así consta y se declara. Que su hermano había salido y el alguacil en su compaña a casa del secretario que Arjona se apellidaba. Que de que se quedaron solas, con unos naipes jugaban por puro pasatiempo y reducir la velada. Que estando las dos jugando, dos luces las alumbraban, si bien una de ellas poco, porque aceite le faltaba. Que observándolo Teresa, la luz tomó apresurada, marchando hacia la bodega que distaba quince varas, tardando en la operación tres minutos, que no es nada. Vuelve ya con su candil, que aceite y luz rebosaba, a la silla que en el juego con su sobrina ocupaba, cuando esta infeliz yacía en su sangre revolcada, corriendo un mar por el suelo, la que Teresa pisaba. ¡Jesús, mil veces Jesús!, doña Teresa exclamaba; ¡Mi sobrina! ¡Mi Paoheco! ¡Muerta, Dios mío, y en qué prontitud herucana! ¡Tan cerca yo de este sitio y no haber sentido nada! ¡Si he estado enfrente, Dios mío, y ni una mosca sonara! Ella tuvo luz y yo también allí la guisaba. ¡Ah, ya recuerdo!; yo vi cuando de vuelta ya estaba, que para el corral dos hombres apresurados marchaban, y aquestos, sin duda, han sido los que el hecho ejecutaran. Tal es la declaración que doña Teresa daba al alcalde que formó los principios de la causa. Declaración que no puede, por más que esté bien tramada tenerse por verdadera, al contrario, fue muy falsa. Así lo comprendió el juez, el que a otro día se hallaba en la casa del suceso trabajando sin tardanza, con ganas de descubrir dónde el asesino estaba. Pregunta, indaga, discurre y trabaja, y más trabaja, hasta que vino a prender al padre de la muchacha. También prendió a la Teresa, su linda y graciosa hermana, al alguacil y otro joven que la casa frecuentaban. Llevándolos al jurado que de Trujillo se llama, en él vamos a dejarlos mientras nosotros con calma vamos recogiendo datos para concluir la plana en otra segunda parte, pues ésta aquí se acaba, disimulando, lectores, si encuentran alguna falta. SEGUNDA PARTE Dijimos en la primera parte cómo habiendo quedado presos el alguacil, la Teresa y a más don José Pacheco. A estos tres no los dejaba el juez ni ahora ni luego, pues creía moralmente que estos tres eran los reos. ¿Será verdad, Santo Dios, será verdad, Padre Eterno, que un padre contra su hija atente sañudo y fiero ? ¿Será verdad que una tía, de igual edad poco menos, tomase parte también en el hecho que refiero? No es posible; no. Jamás los anales verdaderos cuentan en sus largas citas maldades de aqueste género, ni las fieras las abrigan ni las practican los perros. El tribunal entre tanto desata tramas y enredos, examina e inspecciona, a testigos más de ciento. Evacua citas, preguntas, a unos luego, a otros primero, a cuantas personas cerca estuvieron del suceso. De sus informes deduce, sin duda de ningún género, que todos menos su padre quieren a María Pacheco. La opinión pública reclama contra crimen tan horrendo y todos a voz en grito califican a Pacheco de autor del asesinato de su hija. En careo se presenta varias veces con fidedignos sujetos y, por desgracia, en sus citas no hubo nada verdadero; igual sucedió a su hermana bien poquito más o menos. El alguacil, asustado, fuese falso o verdadero, incurrió también, el pobre, en muy grandes desaciertos, por cuya razón siguió la misma suerte que ellos. En vista, pues, de los dichos de los tres presuntos reos, juzgó el juez prudente volver al sitio de nuevo. Hizo autopsia del cadáver registrándole sus centros y de aquesta operación salió convencido al menos, que si los presos no eran ejecutores del hecho, eran al menos autores, y autores muy placenteros. Bajo esta convicción y de sus nuevos careos, condenó a los tres alados a presidio con cadena perpetua de mucho hierro. Bien lo merecen, lectores, esta y más merecen ellos, en particular su padre, horror causa al leerlo. El fue, sin duda, el autor del más reprensible hecho que los vivos presenciaron y vieron nuestros abuelos. ¡Ojalá yo me equivoque! ¡Ojalá yo sea embustero! ¡Ojalá!, pero es en balde; él lo fue, pero muy cierto, ayudado de su hermana, dos corazones bien negros, ¡Padre infiel, padre tirano! ¡Padre cruel, padre soberbio! ¡Padre infame, padre vil! ¡Padre bruto, padre fiero! ¿Qué entrañas eran las tuyas para obrar tal desacierto? ¿Con qué tigre, con qué fiera, has de comparar tu hecho ? Verdugo, ¿no te movió a compasión en tu pecho que viles manos cortaran la vida a tu propio aspecto ? ¿No reparaste tú en ella quedar sus ojos abiertos después que la degollaron con el mortífero acero? Que te miraba y decía ése es mi asesino fiero; ése, mi bárbaro padre; ése lo intentó el primero, por librarse de mi vista y seguir con desacierto la negra sombra del crimen que le viene persiguiendo ¿Qué pensabas tú, gozar este crimen cometiendo? ¿Qué fines eran los tuyos? ¡Dios mío, no lo comprendo! Tus vicios, tus vicios solos, fueron los que te movieron a que tu inocente hija muriese como un cordero. Mas veo, queridos lectores, que ya os vais entristeciendo contemplando el más atroz y más original hecho que presenciaran los hombres desde Adán, padre primero. Aparte Dios de nosotros tan funestos pensamientos; amemos a nuestros hijos, pues obligación tenemos de amarlos y acariciarlos; por la senda los guiemos de la religión cristiana; y muy luego veremos cómo el hombre que se educa bajo estos sentimientos nunca puede cometer maldades de aqueste género. Nuestros hijos son pedazos de nuestro corazón tierno y debemos educarlos con muy singular esmero; ellos nos bendecirán en nuestro aliento postrero y honrarán nuestras cenizas en los siglos venideros. Padres de familia, así lo mandan los mandamientos; así quiero yo también que a los infelices reos, que de aquesta historia son los causantes con sus hechos, los perdonemos, benignos. En lo opuesto del estrecho se encuentran los desgraciados con sus cadenas de hierro purgando allí la gran falta que se dice cometieron. Dios les consuele y les dé sincero arrepentimiento para gozar algún día sus bendiciones al menos. Y ahora y también pido con mi corazón ingénuo disimuléis generosos, como buenos caballeros, las faltas de este romance, que las tendrá, ya lo creo, mas en cambio las compensa su origen, que es verdadero. Santa Cruz de la Sierra, 10 de abril de 1858. D. S. A. Fin que tuvieron los reos: Todos tres salieron condenados en primera instancia al palo, y después, por la Audiencia de Cáceres, a cadena perpétua. En 9 de junio de 1858 les alcanzó la conmutación de la perpétua por la de 20 años de prisión correccional. D. José Pacheco finó en Ceuta. Doña Teresa Pacheco fue destinada al correccional de Santiponce y desde allí al de Valladolid, donde cumplió y le dieron su licencia para el pueblo de Logrosán, su naturaleza, donde a pesar de su hazaña, no le faltó un pobre diablo con quien tomar estado. Enviuda, y los hijos del marido, que era viudo, la repudian. Viéndose sola y sin recursos, enferma, y la Justicia tuvo que conducil1la a una Casa de Misericordia de la ciudad de Plasencia, donde concluyó sus días. Cumplió los 20 años de reclusión. El alguacil Pedro Santos Pizarro también cumplió su condena, aunque fue recargado con dos años más. ____________ (1) El público señala a Pacheco autor de la muerte de su esposa, quedando impune el delito y echando la culpa a los facciosos de aquella época (1856). REVISTA DE FOLKLORE Caja España Fundación Joaquín Díaz |