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EL AUTOR DE LA ARQUITECTURA POPULAR

FERNANDEZ ALVAREZ, Oscar

Publicado en el año 1991 en la Revista de Folklore número 128.

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La Historia de la Arquitectura, tal como generalmente se conoce ha puesto siempre el énfasis en el trabajo del arquitecto considerado individualmente. Equivale a un poco más que a un "quién es quién" de los arquitectos que celebraron el poder y la riqueza, a una antología de edificios por y para privilegiados, "Las casas de los verdaderos y falsos dioses, de los príncipes del comercio y príncipes de la sangre", sin alusión alguna a las casas del pueblo. Aquí en cambio, trataremos de poner el acento en la arquitectura como empresa popular, como empresa comunal.

Pietro Belluschi definió la arquitectura comunal como "un arte comunal producido, no por unos pocos intelectuales o especialistas, sino por la actividad espontánea y continua de todo un pueblo con una herencia común, actuando en una comunidad de experiencia.

Los historiadores han oscurecido los talentos y realizaciones de constructores anónimos, hombres cuyos conceptos pueden rayar, alguna vez, la utopía, pero cuyas estéticas se acercan a lo sublime, constructores sin escuela que, siempre, en distintos lugares y tiempos, han mostrado un admirable talento para ubicar sus edificios en el medio natural. Y en lugar de tratar de conquistar la naturaleza, se adaptan al clima y aceptan el desafío de la topografía. Como resultado, hay que reconocer un sentido especial en el manejo de problemas prácticos. Así, las formas de sus casas, trasmitidas por generaciones, aparecen como eternamente válidas, al igual que las formas de sus herramientas. Es lo "humano" de esta arquitectura, lo que en adelante debería inspirar su consideración.

La arquitectura popular surge como respuesta a las necesidades y posibilidades de los usuarios en la zona, no sólo en cuanto a las técnicas constructivas, sino también en lo que respecta al sentido plástico y a la manera de organización espacial. Los condicionamientos geográficos del suelo y clima, no pueden desligarse del contexto material y de infraestructura, que responden en una sociedad determinada, en forma de adaptación perfecta a sus necesidades. Esta íntima relación con el suelo, el clima, los conocimientos, la tradición, confiere a esta arquitectura un carácter local.

El arquitecto popular, al construir su casa, da por supuesto, implícitamente, que será semejante a todas las que le rodean. Tanto su preocupación eminentemente titilara, como su acatamiento a los esquemas tradicionales, harán su obra difícilmente accesible a la frivolidad y al pintoresquismo. Aun aquellos valores que un observador ajeno pudiera encontrar como pintorescos serán resultado, por lo general, de planteamientos sustancialmente diferentes a tal preocupación. El arquitecto popular, generalmente, está desprovisto de todo prejuicio acerca de los efectos plásticos, lo que no supone una despreocupación absoluta a tal respeto. Tal actitud dará como resultado, soluciones inesperadas que, paradójicamente, pueden resultar sorprendentes y nuevas desde el punto de vista estético.

La arquitectura popular es habitualmente una arquitectura de módulo unifamiliar, por tanto el arquitecto perseguirá la realización de una obra definitiva que será utilizada por él mismo y por sus descendientes y, que, por otra parte, es con frecuencia la única propiedad con que el hombre popular ha contado en los medios rurales.

Carlos Flores (1973, I; 44) considera la arquitectura popular como una arquitectura existencial, un fenómeno vivo y nunca un ejercicio de diseño por el que perciben unos honorarios. Al ser planteada dentro de este supuesto hace que el arquitecto popular extienda su actuación más allá de los límites estrictos de la casa, preocupándose por cuestiones muchas veces marginadas por el arquitecto profesional. El constructor popular, a pesar de resolver sus edificios de dentro afuera, sabe que la actividad vital no se agota de puertas adentro; así, al pensar la vivienda tiene en cuenta su proyección exterior; así la vivienda popular es un reflejo auténtico de la vida campesina, ajena a nuestra idea de la comodidad y el confort urbano.

El arquitecto popular rara vez pretende una modificación radical del medio en el que actúa, sino más bien una adaptación del mismo a sus necesidades vitales. La permanencia en las formas de la vivienda popular es uno de los fenómenos más interesantes de este arte. Es decir, la innovación, tal como indica Rapaport (1972:24) es "atípica" en los edificios más característicos.

El arquitecto popular, en su deseo, tal vez inconsciente, de mantenerse dentro de una tradición y por su forma de producción, ajena al exhibicionismo, da lugar, sin proponérselo las más de las veces, a conjuntos armoniosos en los que cada obra se ve integrada en la totalidad como parte de una unidad superior; así, la arquitectura popular sería una arquitectura de conjuntos más que de obras singulares.

El autor de la arquitectura popular busca, por lo general, una solución eficaz y económica a problemas concretos y eminentemente utilitarios, pero, al tiempo, procura conferir a su obra, una apariencia agradable, que no desmerezca de las otras entre las que se inserta. Procura la obra bien hecha más para su propia satisfacción y uso que como desafío frente a la obra de los demás.

Según Carlos Flores (íbid:88), podemos afirmar, que, en rigor, la arquitectura popular tiene dos autores: "Uno, inmediato y concreto: el individuo o individuos que la realizan materialmente. Otro, amplio y difuso: el pueblo en estricto sentido social y cultural al que el arquitecto popular pertenece". Este, constituye uno de los instrumentos con que el pueblo cuenta para expresar su idiosincrasia y significación. Los valores más esenciales de la arquitectura popular nacen precisamente, del arraigo y conexión de su autor respecto al medio en el que se desarrolla. Así podemos considerar la arquitectura popular, a través del grupo comunitario en donde aparece, y del individuo o individuos que la hacen realidad, un inmenso receptáculo en donde confluyen los más diversos aspectos, haciendo de ella, tal vez, la más perfecta plasmación de los elementos esenciales y los elementos contingentes de una determinada comunidad. Y si la arquitectura popular lleva impresa en sí, la idea del pueblo tal representación es una consecuencia espontánea y no premeditada dentro de la actividad del arquitecto popular.

El artista popular raramente llega a considerarse a sí mismo como artista. Tampoco los demás han venido concediéndole excesiva importancia. La palabra "artesano" parece una denominación encaminada a despojar al artista popular de cierta categoría que, por otra parte, él no ha pretendido jamás arrogarse. Este artista, tanto en lo que respecta a las ideas como al material de su labor, se mueve dentro de unos límites concretísimos e inmediatos. Su misión es levantar edificios utilitarios antes que plasmar abstracciones, ni se propone habitualmente la expresión de conceptos generales y universales, sino buscar una respuesta inmediata a problemas particulares y concretos.

Por otra parte, cada obra de la arquitectura popular se desarrolla en un lenguaje de fácil lectura. Se trata, por lo general, de proposiciones claras y conscientemente expresadas. Con frecuencia se encuentra, en esta arquitectura, un predominio de los valores volumétricos sobre los especiales. En todo caso, el modo de articularse los diversos componentes de una construcción, puede llegar a conformar espacios de auténtica entidad arquitectónica. Sobriedad y elegancia es la consecuencia de todo ello y además, de la escasez de medios con que se plantea, muy frecuentemente, la construcción de la obra popular.

La arquitectura popular responde, como bien ha visto Giorgio Grasi (1980:193), a "la lógica de lo obvio", a la tradición racional de las construcciones rurales, donde no puede faltar o sobrar nada. De ahí que sea una arquitectura objetiva, de tipología normativa y de escasas modificaciones, sin estilo, que puede prescindir de ser firmada, una "arquitectura sin arquitectos", obra de los que han tenido como maestros a la tradición "constructiva" de los determinados lugares donde se produce y de tipologías que apenas han variado a lo largo de los siglos.

La arquitectura popular en los países desarrollados constituye una actividad residual y en trance de casi total desaparición como actividad vigente. En cambio, en las sociedades primitivas, la arquitectura popular alcanza aún una singular importancia. Al hablar de arquitectura popular en sociedades primitivas, presupongo la existencia de un medio social que si en sí mismo no podrá considerarse plenamente culturizado y socializado desde un punto de vista académico, posee su propia cultura y además recibe el reflejo cultural de un ambiente al que se halla estrechamente vinculado.

Desde hace años, los pueblos de nuestro entorno han empezado a experimentar profundas y rápidas transformaciones. El turismo y el movimiento migratorio del campo a la ciudad pueden apuntarse como causas posibles de su ruina y modificación, hasta el punto de que muchos sólo la admiran desde el punto de vista turístico o pintoresco, y no como el legado vivo del pasado que es.

No deja de haber buena dosis de ironía; tal como apunta Rudofsky en la páginas introductorias de su obra (1973), en el hecho de que para evitar el deterioro físico y mental, el hombre de la ciudad escapa, periódicamente, de su guarida espléndidamente equipada, para buscar bienestar en lo que él piensa que son ambientes primitivos: una cabaña, una tienda de campaña, o, si es menos fanático, un pueblo pesquero o una alejada aldea de montaña. A pesar de su manía por el confort mecánico, sus posibilidades para encontrar reposo se basan, precisamente, en su ausencia.

BIBLIOGRAFIA

CLARET RUBIRA, J. 1976, Detalles de la arquitectura popular española. Barcelona, Gustavo Gili.

FEDUCHI, L. 1986, Itinerarios de la arquitectura popular española, Barcelona, Blume, 5 Vol.

FLORES, C. 1973, Arquitectura popular española. Madrid, Aguilar. 5 Vol.

GARCIA MERCADAL, F. 1981. La casa popular en España. Barcelona, Gustavo Gili.

GRASSI, G. 1980. La arquitectura como oficio y otros ensayos. Barcelona, Gustavo Gili.

RAPAPORT, A. 1972. Vivienda y cultura.

RUDOFSKY, B. 1973, Arquitectura sin arquitectos. Buenos Aires, Editorial Universitaria.

SANCHEZ PEREZ, F. 1990. La liturgia del espacio. Madrid, Nerea.

TORRES BALBAS, L. 1934, La vivienda popular en España, en Folklore y costumbres de España. Barcelona, Alberto Martín.