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LAS PASTIZAS

MACHO GOMEZ, Tomás

Publicado en el año 1991 en la Revista de Folklore número 129.

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Alrededor de la vaca, en muchos pueblos de la Cantabria rural, existía todo un ritual de costumbres, usos y tradiciones; desde la elección de los pastos según la época del año, hasta sacarla la sangre haciendo una incisión en el cuello, precisamente en la época de primavera. (Cuando se daban las Pastizas). De esta manera se renovaba la sangre y engordaba más.

Rituales parecidos se hacen todavía en algunos pueblos de cultura arcaica. Todo ello comprensible y lógico, pues la vaca era (y es) un instrumento vital de subsistencia.

Los más niños jugábamos a las vacas, unas veces haciendo nosotros de vacas y, otras (las más) usando hojas de acebo o construyéndolas nosotros mismos con cartón o tablillas de madera.

Veánse los dibujos adjuntos y, también, el libro de Celia Valbuena "Juegos infantiles montañeses. Las Vacas" (publicado por el Instituto de Etnografía y Folklore "Hoyos Sáinz" en 1.971)

No obstante -hecha esta aclaración- debo decir que, en este corto relato, he pretendido, especialmente, rescatar del olvido algunos juegos que practiqué en mi más tierna infancia.

Tristemente, hoy los niños juegan menos y, -a lo que sabemos- han desaparecido totalmente los juegos de ambiente rural.

Domingo, 20 de Junio de 1753

Querido Sobrino:

"...Llegué a casa corriendo y sofocado: ¡Mamá! –grité- ¡por la callejuca del Barrio de Triana subía la Etridiana para avisar que mañana bajan las vacas abajo!

-Mi madre que estaba ordeñando me respondió:


-¡Claro que bajarán! Mañana estamos a 20 de junio. El domingo pasado debían haberse dado las Pastizas. Este año las han dado más tarde que otros años.

-Es que ha llovido mucho -dije yo- ¿Dónde está papá?

-Ha ido a por la yegua que está amarrada en la Era. ¿Dónde vas?

-A esperarle. Hay que poner los campanos grandes a la Reina y a la Preciosa, y las campanillas, y vamos a pedirle las colleras a la abuela...

-¡Espera un poco! Lleva esta leche a la cocina y ten cuidado con el gato.

-Con las prisas, casi resbalo en el portal empedrado antes de posar en la cocina el caldero metálico con tan preciado contenido.

Enseguida llegó mi padre. Amarró la yegua en la reja de la ventana y me dio las instrucciones necesarias para hacer lo que quería. Era una hermosa rutina, bien aprendida (a pesar de mis pocos años): Cogí y sujeté con fuerza por los cuernos a la Reina y me tuvo que ayudar con la Romera. Las colleras de la abuela las tenía mi tío, pero no importaba. Teníamos cuatro campanillas y dos campanos grandes. Las dos novillas de cuatro años, que por primera vez podían ir a Las Pastizas, llevarían los mismos campanos.

Cuando terminamos de encampanarlas era ya "de noche ciego".

¡Cuántas ilusiones pasaban por mi mente! ¡Que la Preciosa se atreviera con la Traidora de Silo! ¡Que la más guapa y lucida fuera la Reina! ¿Cuál sería la ama? Tal vez la Montañesa de Neco...Pero, sobre todo, jugaríamos a Fuenteveluca, a la Chona, al Almendruño...

Estábamos cenando cuando llamó mi tía. Traía en la mano un magnífico cachiporro. Por la tarde, mi tío, que le tocaba la vecería de las ovejas, había aprovechado para hacernos -a mis dos primos y a mí- unos cachiporros estupendos: Este era de la altura justa, poco más de la cintura, con muchos nudos cuidadosamente tostados, con varias curvas. Así en caso de arrojárselo a alguna vaca no iría de punta, y el peligro de darla en un ojo sería menor. Con todo, lo más llamativo de aquel cajigo de roble era la porra negra y, especialmente, la empuñadura. Siempre había admirado la habilidad de mi tío para realizar con la navaja aquellas complicadas triangulaciones, aquellos relieves que a la vez que adornaban servían para que la mano no se resbalara al apoyarse. Me puse contentísimo. La porra era perfecta, ¡Ideal para golpear a la Chona! ¡Ideal para lanzar a Fuenteveluca! La cena me supo aún mejor.

La mañana del Domingo se anunció tormentosa. Ralampagueó durante toda la noche y, al alba, dos truenos potentes me despertaron. Desde la ventana contemplé las vacas en el corral. Sólo las más jóvenes estaban de pie, rumiando.

El sol, sin atreverse a salir, enviaba a sus emisarios los rayos, agazapado en el horizonte próximo de la Cuesta. Sus reflejos tímidos cruzaban coquetos entre los enormes nubarrones engreídos y enfadados. Volví a la cama intuyendo lo temprano del día. Mis padres aún no se habían levantado.

Bien entrada la mañana, sonó la campana con su tintineo clásico. Las vacas esperaban impacientes. No sabían a qué podía deberse aquel retraso injustificado. Sólo el tío Rusilo se había adelantado, soltándolas antes. El alcalde, sin duda, le llamaría la atención. ¡Siempre era el mismo!

Pedí a mi padre que por el camino me dejase ir en medio de las vacas para que no se pegaran y me dejó, no sin antes advertirme de los peligros que corría.

En el Campo el Callejucu fue la primera parada. Las vacas que habían llegado antes siguieron su camino, después de este primer bocado de yerba verde, fresca, sin granar; hasta subir al Otero, punto de llegada en el primer día de Las Pastizas. Otros vecinos iban con sus animales a la Redonda, repartiendo así los animales, el pasto y, -lo peor de todo- a los niños que debíamos cuidarlas.

No obstante, coincidimos en el Otero hasta siete amigos: Medugeno, Albino, Erudino, Talanio, Acario, Ambato y yo, además de mi prima Anna y la pequeña Cantia.

No quisieron pelearse las vacas. Sólo dos novillas que aguantaron muy poco en el empeño. La Josca de Ambato pudo a la Linda de mi tía y no pudimos ver pelearse a la que creíamos la ama, la Parrada, pues, su posible rival, la Montañesa de Neco estaba en la Redonda.

Enseguida, Acario propuso jugar a la Chon. Elano -su padre- se enfadó diciéndonos: ¿A qué habéis venido, a jugar o a cuidar las vacas?

No ves que no se mueven -indiqué yo-. Te aseguramos que por la parte de allá no se escapan. Ya vamos allí nosotros.

¡Urón, urón, urón, La Redonda campeón! ¡Urra, urra, urra!, el Otero a la basura! -Llegó nítida la voz de los de la Redonda.

¡Mejor sería que guardasen las vacas! ¡Mira dónde está aquella! -Exclamó Medugeno. ¡Eh, vosotros! ¡Esas vacas! ¡Acaso no tenéis ojos! -gritamos a coro.

-¡Ya va!, respondió una voz de niña, que arrancó veloz para aquedar a la novilla.

Alvano no pudo por menos de responder a la provocación gritando: ¡Urón, urón, urón, el Otero campeón! ¡Urra, urra, urra, la Redonda a la basura!

-¡Serán pintamonas! –agregó- como lo dicen ellos ni siquiera pega bien.

¡No hagas caso! -respondió Erudino- y vamos a jugar.

Hubo que volver a explicar las reglas básicas del juego: Había que hacer un "boche" (agujero) para cada uno, con la Iglesia, más grande, en el centro. Un niño tenía que "correr" la chona. Lo haría el que menos se aproximara con la punta del cachiporro a la Iglesia. Había que lanzarlo suavemente desde una distancia de cuatro o cinco metros. Luego, desde ese mismo lugar, el más alejado de la Iglesia, (medido por pies), para el que no se había preparado "boche", debía "correr" la chona gritando: ¡A la rulá, a la rulá, el que toque mi chonita de pará siete veces la andará y la rulá ocho! Lo cual quería decir que había que darla en el aire para alejarla de la Iglesia, pues en caso de que entrase directamente allí, había que cambiar de "boche" y , como había un boche menos que niños, quien se quedara sin él debía correrla.

Cruzamos la punta de los cachiporros y con un giro circular hicimos cinco "boches" y la "Iglesia " en el centro. No jugó Ambato, (pues siempre era algo miedoso y decía que no sabía). A la hora de lanzar, la punta de mi cachiporro quedó justo encima de la Iglesia, la de Erudino y Acario apenas a dos pies y la Albino y Medugeno a tres pies y medio, por lo que tuvieron que desempatar. Albino fue el primero en correr la chona, (un canto rodado que él mismo se había encargado de buscar en el río).

-¡Ponte por las tuyas que te doy en las pezuñas! Gritó Acario.

-¡Como la toques te la cargas!, que aún no la he tocado yo.

Una vez que él la tocase ya podíamos golpearla con objeto de que no entrara en la Iglesia, pero ¡ojo! si nos cogía el boche, otro deberíamos correrla...

Poco duró la alegría. Los de la Redonda -picados sin duda por lo anterior- gritaron: ¡Esa vaca! ¡Esa vaca!... La regañina de los mayores fue notable. Ahí acabó el juego.

Luego, comenzaron las carrerillas y las bromas. Nos aburríamos. Talanio estaba siempre pendiente (aunque disimuladamente) de lo que hiciera Anna; se acercó donde ella se entretenía arrancando yerbas y la dijo: ¿Has visto que fuerte está?

Sí, -respondió Anna- es distinta de las demás.

-No sólo es distinta, mira qué áspera es al tacto y muy correosa; nosotros la llamamos "gatos" y les echamos a engarrar...

Parecía que Talanio había encontrado, por fin, un motivo para conversar con Anna; sin embargo, Anna dirigió la mirada hacia otras yerbas altas y delgadas, delicadamente espigadas, que se balanceaban mansamente, obedeciendo confiadas las direcciones de un viento suave.

-¿y éstas? -preguntó Anna.

-Esas sirven para hacer espejos.

Talanio cortó con los dedos una de aquellas yerbas por la parte inferior del tallo. Estas yerbas son muy frágiles -apuntó-. Sólo se pueden doblar si están verdes; en caso contrario se parten cuando estás haciendo el marco del espejo.

La dobló por dos partes, obteniendo una forma triangular. La metió en la boca y, suavemente, consiguió que su superficie quedara cubierta por una finísima película de saliva.

Anna le dirigió una mirada y una sonrisa. Ella también hizo espejos de distintas formas, que se rompían de inmediato. ¡Qué poco duran! -protestó.

Pero era una protesta complacida, como de niña coqueta o consentida, que a Talanio le hizo sentirse muy feliz.

Ambato había seguido la conversación, ajeno (en sus pocos años) al sentimiento que en ella ponía Talanio y preguntó:

-¡Oye! ¿Cómo se engarran los gatos?

-Pues mira -respondió Talanio- se doblan y se traban los dos, colocando un palito en el centro, y el primero que se rompa, ese pierde. Yo he conseguido alguno que ha ganado hasta tres veces seguidas...

¡Claror -interrumpió Ambato- ¡Si es muy gordo...!

-No sólo depende de eso. Les hay que se abren en fibras delgaditas pero no se rompen, tienen mucha correa.

Era un momento de relajación. La señora Attevia, con sus ochenta años y excelente humor, enseñaba a jugar al "almendruño" a su nieta pequeña Cantia. De los raquíticos espinos de la orilla habían cogido dos puñados de andrinas verdes:

-Mira Cantia, tú dices "almendruño" y yo te respondo: "alza el puño", entonces levantas la mano que tapa las andrinas y rápidamente las vuelves a tapar, luego me preguntas: ¿Cuántas tengo? , y yo te respondo: "Las que veo y las que deseo" y digo un número; si acierto me las tienes que dar todas, pero si me equivoco te tengo que dar de las mías la diferencia -en más o en menos-. ¿Me has entendido?

Cantia, de ojos vivarachos y espíritu animado respondió: ¡Vamos a jugar!

-¡Almendruño!

-¡Alza el puño!

-¿Cuántas tengo?

-Las que veo y las que deseo.

-Veintitrés -continuó diciendo la abuela.

Muy despacio, Cantia contó sus andrinas: ...catorce, quince, dieciséis! ¡Me tienes que dar muchas! -gritó.

-No, muchas no. Sólo siete, puntualizó Attevia.

Transcurría la mañana entre las novedades tantas veces sentidas (en un ciclo nuevo y siempre repetido) de niños despertándose a los juegos, a las costumbres, a la vida campesina, en una interacción natural entre generaciones..."

NOTA: La comunicación se interrumpió bruscamente. El tío Serafín no pudo seguir. Apareció echado de bruces sobre la destartalada mesa de roble con la pluma entre los dedos.

El mensaje que mandaba a su querido sobrino –al parecer, copiado casi íntegro de uno de sus cuadernotes- no lo terminó.

Nadie hubiese pensado que aquel hombre bonachón, poco hablador, de costumbres sencillas, conformista, tuviese guardados tantos recuerdos, tantas ideas. Nadie supo explicar que de todo ello apareciesen restos entre las cenizas de la chimenea. ¿Por qué su silencio? ¿Por qué ese último y único intento de transcribir una página de lo que parecía ser un diario? ¿Por qué no se lo entregó todo a su sobrino en la última visita y decide escribirle? ¿Por qué cambió los nombres auténticos por nombres de origen cántabro?

La historia del tío Serafín nunca fue registrada. Una vida humilde, de callado amor a lo suyo y a los suyos, quedó dormida para siempre entre las telarañas del tiempo.