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Los cueros artísticos cordobanes y guadamacies

AYCART, Carmen

Publicado en el año 1981 en la Revista de Folklore número 11.

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Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que la piel es uno de los materiales cuyo empleo es conocido por la humanidad desde los tiempos más remotos. Quizá el de más antiguo uso. Es fácil suponer que cuando el hombre tuvo necesidad de cubrirse pensara en primer lugar en utilizar los materiales que le proporcionaban los mismos animales que le servían de sustento: la piel de los animales que cazaba.

Primeramente utilizaría las pieles en su estado natural, quizá para hacer sus viviendas y protegerse del frío. Luego para cubrirse ellos mismos y hacer sus primitivos vestidos.

Más adelante observaría que en su estado natural se pudrían y también se resecaban. Empezaría a pensar cómo hacerlas más flexibles, más duraderas, y seguramente a la vez cómo hacerlas más bellas. Al untarlas con grasa para hacerlas más flexibles, técnica aún usada por los esquimales, descubriría el curtido al aceite y nacería el curtido por el humo al ver que el desprendido por el fuego de sus chozas también ejercía un efecto protector sobre las pieles.

Aunque son muy escasos los testimonios escritos que nos han llegado, se puede considerar casi son certeza que fueron los hebreos los que comenzaron a curtir las pieles con corteza de roble, que es el procedimiento más extendido y que durante mucho tiempo fue considerado como el más adecuado.

Los primeros testimonios escritos de que tenemos noticia son unas Ordenanzas aprobadas por Carlos V, y posteriormente confirmadas el 25 de agosto de 1695. En ellas se detalla la serie de operaciones y diferentes baños que ha de darse a las pieles para hacerlas flexibles, fuertes y duraderas, operaciones que en lo esencial no han variado y que en pequeños talleres se vienen practicando de una forma casi idéntica a las de la Edad Media y Renacimiento. Sin embargo, a fines del siglo XIX se introducen cambios importantes en la industria del curtido y hoy día en grandes industrias se utilizan curtientes químicos para acelerar el proceso con notable detrimento de la calidad y que a veces crean problemas a la hora de teñir y decorar por las reacciones químicas de los curtientes utilizados. Los trabajos de acabado, tales como estirar, granear, zurrar, abrillantar, etc., en otros tiempos hechos a mano, son en la actualidad hechos mediante la utilización de maquinaria.

El uso del cuero para decoración y para variedad de objetos utilitarios, es muy antiguo. En civilizaciones como las del Ur, persa, índica, asirio-babilónica, etc., encontramos testimonios de haber utilizado el cuero y de cómo era apreciado, si bien no sabemos exactamente para qué usos lo destinaban.

Los egipcios usaban mucho el cuero para cubrir lechos, para tapices asientos e infinidad de objetos de uso personal. Según comentarios de Howard Carter en la tumba de Tutankhamen se encontraron babuchas finamente adornadas con pedrería y cuidadosamente labradas, arneses, y la famosísima silla con asiento de piel atractivamente decorada con flores que representa un leopardo. Es posible que hubiera otros muchos objetos que el implacable paso del tiempo por un lado y los desmanes cometidos por los saqueadores de tumbas por otro, hayan impedido que lleguen hasta nosotros.

Homero se refiere al cuero cuando habla de las vestimentas de caudillos y guerreros. Nos dice concretamente que Paris llevaba un barboquejo de cuero hábilmente labrado, que Héctor usaba un tahalí muy trabajado, que Tiquido hizo el escudo de Ayax con siete pieles de toro cosidas, y que Eimeo hacía sus sandalias con piel de toro.

Vemos que en Grecia y Roma la utilización del cuero estaba muy extendida, tanto en lo que se refiere a usos guerreros: arneses, escudos, corazas, etc., como en finos objetos de adorno y regalo: estuches, sandalias, cinturones, etc.

Por otra parte, son especialmente notables los cueros labrados y decorados de Babilonia y Fenicia, de los que hablan en sus edictos Septimio Severo y Diocleciano, denominándoles este último cueros de lujo. Podemos casi sin lugar a dudas afirmar que éste es el primer testimonio escrito que nos da a conocer que los cueros de más calidad proceden dé Oriente.

Marco. Polo, primer europeo que visitó china, habla también en sus relatos de los cueros que ha visto y de cómo se hacen bellos tapices bordándoles con hilos de oro y plata.

Tártaros y mongoles hacen sensacionales mosaicos.

Y, finalmente, con la dominación árabe en España, los trabajos en cuero adquieren su máximo esplendor y se llegan a difundir posteriormente por toda Europa.

De los textos de Al-Maqqari, se deduce que los musulmanes españoles trabajaban el cuero unas veces en su aspecto utilitario y otras como elemento decorativo. En tiempos de Abderramán III eran tan famosos que el citado historiador describe la entrada del Monarca en la capital andaluza diciendo: "Llamaba la atención el rico arnés de cuero blanco y dorado con que llevaba enjaezada la blanca yegua que montaba".

Córdoba y Granada, por haber tenido aquel impar esplendor durante la dominación árabe, asimilaron totalmente el arte del cuero, y de allí se extendió al resto de España. Sin lugar a dudas pues, fueron los árabes los que enseñaron a trabajar las pieles a los españoles y probablemente fueron moriscos los obreros más antiguos. Indudablemente y dado el gran esplendor de las cortes de Granada y Córdoba allí sería el origen, pero sabemos después que se extendió a todas las demás ciudades. En algunos casos, como en el de Valladolid, aún perdura el recuerdo en el nombre de una calle, Guadamacileros, donde sin duda estuvieron instalados los obradores. ("Las calles de Valladolid" de Agapito y Revilla). De otras ciudades como Valencia, Sevilla, Madrid, o Barcelona tenemos datos más significativos y en algunos casos han llegado hasta nosotros las Ordenanzas.

Las Ordenanzas de Córdoba son las más minuciosas y además tenían en dicha ciudad un especial cuidado de que sus obras no se confundieran con las hechas en otros lugares, sellando cada piel con el escudo de la ciudad: un león coronado y el nombre de la ciudad de Córdoba.

Para poder tener obrador era necesario pasar un examen y una vez probada su suficiencia el examinado recibía la correspondiente carta de examen.

Según las Ordenanzas de Córdoba los oficiales que cambiaban de residencia tenían que volver a examinarse, si bien en Madrid sólo exigían la carta de Examen.

Los examinadores cobraban dos reales por prueba.

La belleza de este arte traspasa las fronteras y en toda Europa alcanzan gran fama los cueros españoles. Se hacen obras que hoy son joyas de muchos museos. No hay más que ver las muestras existentes en el Museo de Artes Decorativas de Madrid, Armería Real, Museo Episcopal de Vich, Museo de Córdoba, Catedral de Valencia, Arqueológico Nacional, Salones de la Alhambra, etc. Y en el extranjero en Países Bajos y Francia también se encuentran algunas obras de gran valor y belleza.

Llegaron a alcanzar tal renombre por su exquisito gusto en la decoración, motivos de composición, dorados y plateados, que todos los historiadores de la época hacen comentarios acerca de los mismos y se llegaron a denominar CORDOBANES a todos los cueros trabajados en Córdoba. También se hicieron magníficas obras en otras ciudades como Sevilla, Toledo, Valencia, Barcelona, Ciudad Rodrigo, pero a las mismas se les siguió dando el nombre genérico de CORDOBANES.

Ambrosio de Morales, en su libro "Las antigüedades de las ciudades de España", nos dice: "El tratado de la corambre es mucho y hay hartos que se han enriquecido con él, y es tanta la ventaja de aderezar bien en Córdoba que ya por toda España se llaman cordobanes a cualquier cuero de cabra en cualquier parte aderezado. Las badanas sirven para los guadamecíes que se labran, tales en Córdoba que en ninguna parte tienen competencia y tantos que a toda Europa e Indias se provee de esta hazienda. Ello da a la ciudad mucha hazienda y también hermosa vista a las principales calles della, porque como se secan al sol los cueros dorados ya labrados y pintados, fixados en grandes tablas para que se enxuguen, hacen un bel mirar aquello entapizado con tanto resplandor e diversidad".

El valor decorativo de CORDOBANES y GUADAMECIES en un principio era algo diferente. El cordobán se destinaba a un sentido utilitario, y debe su fama a su duración, suavidad y flexibilidad. Por esto en el medioevo el calzado no alcanzaba su máximo precio si no era hecho con cordobán. En el mobiliario renacentista se utiliza muchísimo.

El GUADAMACIL por el contrario representa la fastuosidad, el arte, la belleza, el lujo. Su ornamentación sigue el ritmo de los diferentes estilos: morisco, gótico, renacentista... No se sabe exactamente el origen de su nombre, pero es muy probable que venga de la ciudad de Ghadames, en el Sahara. Es el lugar que más fama tenía entre el pueblo árabe por sus cueros labrados y dorados, de donde tomaron el nombre de "ghadamesi", que al extenderse y españolizarse daría el actual GUADAMACIL.

De la misma forma que el CORDOBAN y el GUADAMACIL tenían una diferente consideración, también tenían una muy diferente consideración social aquellos que los trabajaban. Al curtidor de cordobanes se le consideraba de baja condición. No se le daba la categoría de artesano de primera clase. Estaba aislado en barrios extremos de la ciudad, y su convivencia con los obreros de otro oficio era escasa. Incluso se dio el caso de que en el Art. 10 de los Estatutos de la Sociedad Patriótica de Sigüenza se publicó la orden de que se tuviera por enemigo del Estado y de la Patria a quien persistiese en esa actitud de menosprecio.

Por el contrario, el guadamacilero hacía la parte artística de la obra. Como compraba ya curtidas las pieles se le consideraba artista y recibía las atenciones de sus conciudadanos. Tomás Garzoni, en 1560 nos dice: "Los que descubrieron el arte de los cueros dorados, este arte tan noble y tan estimado en nuestros días, merecen verdaderamente mucha gloria y honor y algunos pretenden que el comienzo y origen de este nobilísimo trabajo fue debido a España, porque es de este país de donde proceden las mejores muestras que en los tiempos modernos han alcanzado máximo renombre en aquella profesión". Fioravanti, años después, lo considera como "Arte de gran provecho y conocimiento por medio del cual se traba amistad con grandes personajes, pues la mayor parte de los que de él se sirven son nombres ilustres y grandes, por cuanto que es este arte de gran belleza y muy agradable a la vista. Es también de gran provecho para los que lo practican, por lo cual es llamado el arte del oro, y no sin razón, puesto que produce el oro y la plata haciendo ricos a los que lo ejercen con tal que sean hombres que se conduzcan como corresponde".

Vemos, pues, que en su origen hay una clara diferenciación entre CORDOBANES y GUADAMECIES, si bien, posteriormente se han llegado a confundir los dos términos, en unos casos por desconocimiento, en otros porque los guadamaciles trabajados en Córdoba alcanzaron tal fama que genéricamente se llamó CORDOBAN a todo cuero trabajado en Córdoba.

Parece ser que los talleres dedicados a trabajar los cueros estaban en el barrio de la Ajerquia, sin duda por su proximidad al río, lo que les facilitaba la tarea de lavado.

Los CORDOBANES y GUADAMECIES se utilizaban para toda clase de objetos de uso personal, para cortinajes, e incluso para tapizar piezas enteras y para ornamentación y decoración de mobiliario. Una muestra extraordinaria de estos trabajos es el techo de la Sala de Justicia de la Alhambra. AI-Maqqari nos cuenta entre las innovaciones que el músico árabe Ziryab, de la corte de Abderramán II, introdujo que "enseñó a los pobladores del Andalus a usar los vasos de cristal en lugar de los de oro y plata, a dormir sobre un blando lecho de cuero preparado, con preferencia a las mantas de algodón, a comer sobre pequeñas bandejas de cuero mejor que sobre mesas de madera, debido a la mayor limpieza de aquéllas, siendo más fácil quitar la suciedad del cuero que de la madera". El monje Teófilo, en el libro I, Cap. XIX de su obra Diversarum Artium Schedula, nos explica el por qué de preferir los manteles de cuero, y comenta cómo se blanquea el cuero con yeso y se pulimenta hasta conseguir brillo de metal. Se enviaban a todo el resto de España y se exportaban a muchos países extranjeros, tal como lo demuestran las anotaciones existentes en el Archivo de Protocolos de la Ciudad de Córdoba.

Teodulfo de Orleans habla de unos cueros blanco y rojo que fueron regalados a Carlomagno.

El poema del Mío Cid al narrar la estratagema del cofre lleno de arena que Alvar Fáñez enseñaba a los judíos burgaleses Raquel y Vidas, dice que iba "...cubierto de guadalmesí e bien enclavetados los guadamesis bermeios e los clavos bien dorados".

Durante el reinado de Alfonso IX los judíos pagaban un tributo anual de 200 sueldos, una piel fina y dos guadamecies, en la fiesta de San Martín.

En el Arte Cisoria del Marqués de Villena, se menciona un tapete y una alfombra.

En el Cancionero de Baena se dice "La luna eso mesmo so sus pies eschada - Sy era tapete o guadamecil - si almadraqueja o algún escanil".

Se sabe también que el Rey Juan II envía a la Corte de Francia como regalo "muchos guadamecies i alfombras que en Francia no se han".

En fin, que hasta el s. XVIII es rara la lista de pertenencias de un Rey o personaje de cierta categoría que no cita entre ellas varias piezas u objetos de cuero.

Los Reyes Católicos, en 1502 redactan unas ordenanzas para proteger y salvaguardar los intereses de los guadamacileros, creando además este gremio con independencia del de curtidores.

Posteriormente, Carlos V manda publicar en 1529 otras Ordenanzas que complementan las anteriores.

Las Cortes de Castilla intervenían en la regulación de los precios y de los productos derivados, así como las de Sevilla y Valladolid.

En la Pragmática de las carestías de 1552 se prohíbe que se hagan guadamaciles dorados y plateados ni guantes de cordobán, pero en la petición LXXXVI de las Cortes de Valladolid de 1555, los guadamacileros hacen ver al Monarca que no se precisa de productos muy ricos para su elaboración, volviendo a darse libertad para la fabricación de guadamaciles.

En 1578 el Concejo de Córdoba publica un edicto que prohíbe que los guadamaciles o cordobanes sean hechos por personas ajenas al gremio y dispone que se ponga en medio del paño del guadamacil un sello con las armas de la ciudad y en el que esté grabada la palabra Córdoba. Este sello lo guardaban los alcaldes y veedores que pertenecían al gremio de guadamacileros.

A pesar de estas restricciones, era tal la demanda de guadamaciles que siguieron haciéndose en otras ciudades sin estos requisitos.

Posteriormente, en el siglo XVII se hacían también en Venecia, que pretendió arrebatar la hegemonía a los españoles, y en Flandes, bien por compatriotas que fueron a vivir allí, o bien porque alguien introdujo la técnica.

No han llegado hasta nosotros muchas muestras de objetos de cuero hispano-musulmán. Unicamente los trofeos pertenecientes a Boabdil, que se encuentran en la Real Armería de Madrid, y en el Museo del Ejército, también de la Real Armería, y algunas fundas de espadas repartidas en colecciones particulares.

En el Museo de Artes Decorativas de Madrid hay un ejemplar de cuero en el que se dibujan una serie de lacerías típicas del siglo XIV, que son fiel antecedente de las decoraciones moriscas de guadamecí y de las encuadernaciones mudéjares.

En los Estatutos de Oficios de París de 1380 se decía "Que había en la Villa de París gran abundancia de cordobán de España, que es el mejor curtido de todos, y que está ordenado que no se vendan cordobanes de Flandes por razón de que éstos estaban en su mayor parte adobados con casca".

La fama de los cueros españoles estaba, pues, tan extendida, que se exportaban a toda Europa y posteriormente también a las Indias. Esto hizo que su precio aumentara considerablemente y que durante el siglo XVI hubiera una verdadera escasez de los mismos; Las Cortes de Toledo de 1538 y las de Valladolid de 1542, tratan de este peligro de la exportación y, finalmente, la pragmática de 1552 da normas de cómo se han de vender los cueros y de cómo se han de realizar .

Por otro lado, más tarde se hicieron maravillas en cueros calados, incrustados y mosaicos, así como en los empleados para la encuadernación. Estos se adornan con magníficos labrados hechos a base de filetes, punzones, etc., obra de gran primor que ha merecido el aplauso y la aprobación universal. Los más famosos son los realizados por Manucio y Canevari, de Italia, y los del Rey de Hungría, realizados por Matis Corvino. También los del lyones Grolier.

Al dejar de ser un arte casi exclusivo de los árabes, los temas de decoración fueron variando a medida que transcurría el tiempo, aunque no por eso fueron menos vistosos y siempre con gran riqueza imaginativa y variedad, si bien, la técnica siguió sin cambio notable alguno.

Hacia el siglo XV y ya plenamente en el XVI, el guadamacil llega en muchos casos a sustituir a los textiles. Era más barato que los brocados y damascos y además más resistente a la humedad. Se tapizan las estancias con guadamaciles y se utilizan como alfombras y cobertores de cama, como almohadones para decorar los grandes salones, como complemento de mobiliario...

Cervantes, en la segunda parte del Quijote, cap. XXI, dice: "Alojáronle en una sala baja, a quien servían de guadamaciles unas sargas viejas pintadas, como se usan en las aldeas".

También Quevedo habla de los guadamacies en alguna de sus obras.

Esto nos da idea de cómo era de común y de frecuente su utilización.

El tamaño de las pieles usadas en tapicería era fijo y había incluso unas normas diciendo cómo debían ser unidas. Para el resto de las obras como el dibujo no se hacía con molde el tamaño de las pieles, aunque se regulaba, no se regulaba con tanta minuciosidad y rigor.

El único molde de guadamacil para realizar una tapicera que ha llegado hasta nosotros, se conserva en el Museo Victoria y Alberto de Londres.

Durante la Edad Media los motivos decorativos eran de lacería tipo árabe o mudéjar y durante el XVI se hacen imitando los dibujos de brocados. A partir del XVII y durante el XVIII tienen notable influencia de los decorados franceses.

A partir del siglo XVIII la industria del cuero decae enormemente. Una causa quizá muy importante de esta desaparición fuera la expulsión de los moriscos a mediados del siglo XVII, ya que ellos en su mayoría eran los propietarios de los talleres tradicionales. También quizá influyera que surge la fabricación del papel pintado, moda copiada de Oriente, y que por su novedad y su menor coste fue rápidamente aceptada.

Hoy día el arte del cuero está prácticamente olvidado y lo que es peor, muy desprestigiado. Es lástima que por un mal aprendizaje y notable falta de rigor y seriedad al realizar la obra, al hablar de cueros repujados se piensa casi únicamente en esa pobre artesanía que habitualmente se ve, realizada en su mayor parte con moldes de escaso rigor artístico, lo que indudablemente va en detrimento de la labor de los pocos, pero buenos, artistas y artesanos que subsisten.

Por supuesto, que con las características de las actuales viviendas, es difícil pensar en estancias totalmente tapizadas como en otra época. Tampoco sería ni lógico ni interesante pretender seguir por los mismos senderos de tiempos pasados, pero se pueden lograr muy bellas obras en tapices o cuadros, decoración de ciertas zonas, zócalos e incluso decorado de muebles.

Por otro lado el cuero en cualquiera de sus calidades badanas, cabras, vaquetilla...), es un material muy fácil de trabajar, dúctil y maleable, que toma los colores y las pátinas de una manera increíble. Es un material extremamente agradecido, con el que se pueden conseguir efectos increíblemente bellos, dejando totalmente libres de moldes falsamente clasicistas la fantasía y la creatividad. Se puede incluso mezclar con otros materiales y obtener fabulosos resultados totalmente acordes con el arte más vanguardista.

En lo esencial la técnica y modo de trabajar no ha variado con el paso del tiempo. Las herramientas siguen siendo prácticamente las mismas de antaño, aunque, por supuesto, la práctica y el uso hayan impuesto modificaciones para hacerlas más cómodas y más prácticas.

En teñidos y pátinas ha sido más notable el cambio. La industria química ha variado notablemente y sigue variando, creando nuevos productos que colorean y dan pátinas de aceptables resultados. La fabricación de los colores por el propio artista a base de complicadas mezclas que hacían del taller un verdadero laboratorio de alquimista, ha pasado totalmente a la historia. En la actualidad, aunque por supuesto cada artista tenga, por decirlo así, su estilo cromático propio y su personalidad, recurre a colores básicos ya fabricados. Por otro lado, el poder trabajar libremente, tanto en lo que se refiere a la composición del tema como a su decoración, permite también la utilización de gamas cromáticas que en otras épocas hubieran sido inimaginables y que sin embargo son perfectamente aceptadas e incluso deseadas dentro de la concepción actual del arte.

BIBLIOGRAFIA

CUEROS ARTISTICOS. Tomás G. Larraya.

CORDOBANES Y GUADAMECIES. Catálogo de la Exposición organizada por la Sociedad Española de Amigos del Arte y celebrada en mayo de 1943.