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MONTANCHEZ, BALCON DE EXTREMADURA

GUTIERREZ MACIAS, Valeriano

Publicado en el año 1991 en la Revista de Folklore número 132.

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Al sur de la provincia de Cáceres y sobre la falda occidental de la alta y abrupta serranía de Montánchez -derivación de la cordillera Oretana en la carretera de Cáceres a Mérida, se yergue la histórica villa de Montánchez.

Para llegar a la población -desde la vía de comunicación citada- es preciso transitar por la áspera falda que serpentea 8 kilómetros de pintoresca carretera, desde la que se contemplan -a medida que se va ascendiendo- aldeas, pueblos, paisajes, terrenos de Cáceres y más allá la inmensa llanura extremeña, los campos serenos de Badajoz, los de cantos y Santos de Avila y los charros de Salamanca.

Como todo pueblo de sierra, Montánchez ofrece belleza e interés. También tiene la gracia de un blanco y alegre caserío.

Montánchez seduce por su templo arciprestal, de los tiempos modernos, de recia arquitectura, con amplias portadas; por su campanario, separado de la iglesia en el centro de una glorieta; por sus conventos y ermitas -entre éstas, la principal, la de la Virgen del Castillo, Patrona de la Villa, construida en el siglo XVIII, con pinturas del Capitán y artista extremeño Rafael Lucenqui-; por sus empinadas y empedradas calles típicas, por sus balcones curiosos, de grandes salientes, por sus cantarinas fuentes, por el hermoso crucero, por sus paisajes poblados principalmente de encinas y olivos.

Entre los productos agrícolas de Montánchez citaremos sus exquisitos caldos -vino y aceite-, cereales y legumbres y abundantes pastos que mantienen mucho ganado, sobre todo de cerda, que da origen a los ricos y afamados embutidos y excelentes jamones, de un aroma peculiar y de unas cualidades unánimemente elogiadas. En la conservación de jamones, Montánchez no reconoce rival. De aquí que su prestigio en este orden, sea realmente extraordinario.

Montánchez, que fue cabecera del partido judicial de su nombre, arciprestazgo perteneciente hoy a la Diócesis de Coria-Cáceres y, antes a la de Badajoz, cuenta con vástagos de "mayor prez y más alta gloria" para la religión, las letras y las armas, como Pedro de la Rentería, que fue Alcalde de la Isla de Cuba y compañero del Padre Bartolomé de las Casas; Pedro de Avilés, esforzado capitán, de suerte encadenada a la poderosa familia de los Pizarros; el bizarro General García-Margallo, ilustre Comandante General de Melilla que halló gloriosamente la muerte defendiendo la honra de España en indicada plaza, que alcanzó el más encendido elogio de Cánovas del Castillo, con motivo de su magnífico comportamiento; el P. Felipe Gómez, S. J. que mereció bien de la Compañía de Jesús; el Prelado Dr. Antonio Senso Lázaro, que ocupó la silla episcopal de Astorga; el Dr. Tirso Lozano Rubio, Canónigo Lectoral de la S. I. C. de Badajoz e investigador; el Dr. Melitón Amores González, también eclesiástico distinguido y númen verdadero, etc., etc.

Por su notable posición geográfica, Montánchez recibe la denominación de "Balcón de Extremadura" y en sus elevaciones se registra la altitud de 1.114 metros sobre el nivel del mar, punto culminante de su orografía.

El pasado de Montánchez -del que no podemos ocuparnos en este trabajo- está henchido de prestigio.

En Montánchéz sobresale la mole ingente de su castillo con su aljibe arabe -análogo al del Palacio de las Veletas de Cáceres, que es de la época califal- pero totalmente descuidado.

El castillo nos lleva a evocar la figura de don Alonso de Monroy -el famoso Clavero de Alcántara- prototipo de extremeños esforzados y animosos, sobre todo, que estando preso en el castillo de Magacela, cargado de cadenas, se arrojó desde lo alto primero y después desde una muralla, salvándose de una muerte segura por la admiración que produjo en sus enemigos por su coraje nada común. Alonso de Monroy, señor de Belvís, se acogió más de una vez al castillo de Montánchez, como en la ocasión en que, por haberse declarado a favor de Portugal -como consecuencia de que los Reyes Católicos no cumplieron las promesas que le hicieron- vencido se alojó en Montánchez; puesto cerco el castillo por las tropas mandadas por el Condestable don Pedro de Velasco y el Maestre de Santiago don Gutiérrez de Cárdenas, no hubo posibilidad de rendirle, por lo que fue necesario tratar con él y dejarle marchar a Portugal, no sin ir cargado de rentas y honores.

Tal vez el personaje de mayor relieve que permaneció en el castillo de Montánchez fuese don Rodrigo Calderón, cuyo paso está envuelto también en la leyenda.

Hijo de un noble de Castilla, don Rodrigo Calderón, de simple paje de don Francisco de Sandoval y Rojas, Marqués de Denia y luego Duque de Lerma, llegó a ser nada menos que ayuda de Cámara del Rey Felipe III y Ministro. No hay que pasar por alto el talento, carácter alegre y demás condiciones de don Rodrigo para ganarse la confianza del Monarca. Se le concedió el hábito de Santiago, la encomienda de Ocaña, el condado de Oliva, el mando como Capitán de la Guardia Alemana y fue Consejero de Estado. Alcanzó los más elevados y codiciados puestos y también por su orgullo y despotismo, la envidia de los cortesanos, que le acumularon numerosos cargos y -el más importante- el de haber envenenado a la Reina Doña Margarita de Austria, que murió de sobreparto. Este cargo no se le pudo probar, pero sí el de estar complicado en la muerte de Agustín de Avila y Francisco de Zuaga.

La caída del Duque de Lerma -valido de Felipe III- la mala administración y la venta de cargos que hacía don Rodrigo motivaron su desgracia. Preso en su misma casa, fue conducido el 20 de Febrero de 1.619 al castillo de Montánchez. Su conducción se confió al Alcalde de Cortes don Francisco de Arazábal, Caballero de la Orden de Santiago.

"Encerrado estrechamente -refiere Palacios en los "Misterios del Escorial"- con guardias de vistas en el castillo de Montánchez, fue don Rodrigo, permaneciendo allí incomunicado con gran custodia y cón más rigor que el que había menester su persona, sin hablarle ni escribirle".

"Allí, una noche, oyó a un desconocido trovador que al pie de una ventana y al sonido de una bandurria, cantando, le dió a entender que uno de los principales delitos que se le atribuían y por el que trataban de perderle sus enemigos era el de suponerle cómplice de la muerte de la Reina, verificada doce años antes.

"Era una noche de lluvia y el fingido trovador cantó en voz fuerte:

Despertad, don Rodrigo,
Si por ventura dormís,
Que vida que ha muerto un hombre
No es justo que duerma así.
Abrid esas celosías
Ya que la puerta no abrís,
Si no teméis que entre dentro
Un alma que pena aquí.
Y agora que estáis durmiendo
Cuidad que habréis de dormir,
No os duela que el Cielo llueva
Y que llueva sobre mí...
¡Escuchadme, don Rodrigo!
Porque os lo vengo a advertir:
A la Reina Margarita
Cuentan que hicísteis morir.
Acusado estáis por ello
Y no es culpa baladí.
En vano del Escorial
En su tumba yace allí.
Que por permisión de Dios
Los muertos suelen salir
O los duelos de los muertos
También los vivos reñir.
Hoy de su muerte os acusan
Mas no hay que fiar así
Del sol claro por Enero
Flor de almendro por Abril
Rodrigo a no despertaros
Es fuerte Dios el sufrir,
¡Arriba!... y abrid los ojos
Que no es tiempo de dormir...
Despertaos, don Rodrigo,
¡Que os quieren hacer morir!

"Cesó el canto del fingido trovador, aunque prontamente salió con su gente para apoderarse de él el Alcalde de Cortes, don Fernando Irazábal, hombre al parecer tan corto de piernas como de entendimiento; no pudo apoderarse de él y se escapó a favor de la lluvia y de la oscuridad de la noche".

La muerte del Rey Felipe III, "siempre inclinado a la clemencia, dió al proceso, al de don Rodrigo, un giro fatal".

Don Rodrigo esperaba el perdón Real, pero cuando el 31 de Marzo de 1.621 oyó doblar las campanas, exclamó: "¡El Reyes muerto, yo soy muerto también!".Bien conocía él que fue uno de los personajes más influyentes de España a sus temibles enemigos, entre los que sobresalían don Gaspar de Guzmán y Pimentel, Rivera y Velasco de Tovar, Conde Duque de Olivares, Primer Valido de Felipe IV, que apresuró su proceso, condenándole a ser degollado. Don Rodrigo fue ejecutado en la Plaza Mayor de Madrid el 21 de Octubre de 1.621. Murió mostrando verdadero valor, dignidad y sincero arrepentimiento; su gran serenidad en tan supremo trance y hasta su orgullo en los últimos momentos motivaron que se haya popularizado la frase: "Tiene más orgullo que Don Rodrigo en la horca". Los restos del célebre personaje yacen en el monasterio de Porta-Coeli (Valladolid), que él mismo fundara. Del famoso valido ha dicho con su autoridad indiscutible el doctor Gregorio Marañón que "Con su muerte borró sus fechorías, no mayores, por cierto, que las de cualquier otro de sus contemporáneos de la Corte Española".

El hecho de que el Castillo de Montánchez sirviera de prisión al Marqués de Siete Iglesias confirma las condiciones de seguridad que tenía, hasta el punto de ser convertido en prisión de Estado.