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LOS MARAGATOS EN UNA REVISTA PORTUGUESA DEL SIGLO XIX

MONTEZUMA DE CARVALHO, Joaquín de

Publicado en el año 1992 en la Revista de Folklore número 135.

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Frecuento papeles viejos que hoy sólo se encuentran en bibliotecas públicas, tal es su rareza. La colección completa de O Panorama es difícil de encontrar con esa cualidad de completa. La Biblioteca del Ejército, cerca de la casa donde vivo, en el barrio de Alfama en Lisboa, tiene la suerte de poseer todas las series y que sea así por muchos años. Era O Panorama un periódico literario e instructivo, como órgano de la "Sociedad Propagadora de los Conocimientos Utiles", con sede en Lisboa. Este periódico, con más apariencia de revista, se editaba en la imprenta propiedad de la propia Sociedad, sita en la calle Direita do Arsenal, número 55, primer piso, en la parte baja y central de la ciudad. Los directores iniciales fueron M. A. Viana Pedra, Joao Baptista Massa y Félix da Costa Pinto. Figuras notables del siglo XIX fueron sus constantes colaboradores, con aquella voluntad de llevar al pueblo algún probo conocimiento que le sirviese, del mismo modo, para la comprensión cotidiana de las cosas. La revista nacería, así, con aquel espíritu del famoso padre gallego de Casdemiro (Orense), don Benito Jerónimo Feijóo y Montenegro, que tuvo mil ojos ávidos para mil cosas, aprehendiendolas una tras otra con mano segura en el estudio y un sentido de llevar el bien de la cultura a todos. Es el espíritu que aleja la superstición e instaura la fe en las cosas, principalmente la fe limpia en Dios. Si, por otro lado, Portugal había sido una isla de purificaciones fiscalizadas, la revista O Panorama liderada por intelectuales de estirpe liberal, capitanea un comportamiento distinto en relación al extranjero; dirigía su atención a todos los paises, a todas las culturas, a todos los otros pueblos del mundo. La Revista no era de hombre predestinados para la censura. Toda expresión de pensamiento tenía cabida en su ámbito. Tengo la certeza de que Portugal se educó sobremanera a través de esta revista.

Quiero destacar aquella figura de gran escritor e historiador, de raro civismo y pulcritud, Herculano (1810-1877); el hombre que duerme en el la Iglesia y Monasterio de los Jerónimos en un fabuloso túmulo gótico, entró como redactor de O Panorama en 1839. A través de la publicación sucesiva de los ocho primeros volúmenes Alexandre Herculano compiló valiosas noticias de los monumentos históricos y literarios de Portugal, pequeñas novelas biográficas, viajes situando al lector para un horizonte de dilatados paladares, haciendo despertar tras la curiosidad el hábito de la convivencia con lo útil y agradable. En un país sin gusto por la lectura (se leía la biblia, y esta en latín) crítica de Herculano, seguidora de Feijoo, hacía brotar de la indiferencia esos posibles lectores y sembraba amaneceres entre muchos en el verdadero amor por las cosas portuguesas.

No puedo silenciar otro hecho importante, de mucho mérito en la evolución del arte en Portugal: el grabado en madera nació entre nosotros con O Panorama y fue su primer cultivador Bordalo Pinheiro, padre de Rafael Bordalo Pinheiro, el genial ceramista de factura popular, y del pintor Columbano, todo lo contrario, como sumergido en el análisis psicológico y recóndito del retratado. Esta diferencia abismal entre hermanos me recuerda, y mucho, la que existiera entre Antonio y Manuel Machado, como almas situadas en planos diferentes, el de la sombra subjetiva y mediante (Antonio Machado) y el de la luz objetiva y extrovertida (Manuel Machado). También cada uno amó, de modos distintos, lo que procedía de ese río-pueblo, costumbre, tradición: uno amó en la raíz vernácula y el otro en el alto y vistoso ramaje... Porque lo que viene del pueblo es igualmente interior y exterior...

O Panorama comenzó a publicarse en el año remoto de 1837. El primer volumen fue publicado de mayo a diciembre de 1837.

En el número 22, del 30 de septiembre de 1837, se publicó un artículo titulado "Costumes -Espanhois" y subtitulado "Os Maragatos". Figura, sin ningún grabado, en la páginas 174 y 175 (1). Seis años después, el cuatro de noviembre de 1843, en el volumen segundo de la segunda serie, en las páginas 345 y 346, insertábase un nuevo artículo sobre "Os Maragatos", subtitulado "Trajos e noivados deste tribo incorporada na grande familia espanhola". Este artículo está encabezado por un curioso grabado (2), nada menos que una boda maragata; el grabador, Batanero.

Damos ambos en la pulcra Revista de Folklore para su pertinente y sucesiva divulgación, respetando el orden temporal. Los dos estudios de divulgación popular, más que centenarios en Portugal y tal vez absolutamente olvidados, pienso que merecen un reposo en esta revista al devolvernos a la vecina comarca del antiguo reino de León, situada al sur de Astorga y cuyos habitantes originales tuvieron por inclinación profesional máxima la de ser arrieros intemporales. Como si el implacable arre burro naciese ya en la garganta de cada maragato venido al mundo y se tradujese en una rotunda fatalidad.

En Portugal no tenemos la palabra maragato; sin embargo existe en Brasil. En esta fraterna y exuberante nación se llama maragato a cada uno de los individuos que tomaron parte en la revolución riograndense de 1893 o Revolución del Río Grande del Sur. El escritor brasileño Adaúctos Castelo Branco, por ejemplo, escribe en su libro Catanduras: "...iban a reunirse chimangos y maragatos, blancos y rojos, republicanos y federalistas".

Ambos curiosos artículos no están firmados, presumiendo que pertenecen a la iniciativa de los directores y redactores. No será fantasía que se apunte a la intervención del propio Alexandre Herculano (escribió muchos artículos sin firmar, unos identificados, otros no). Herculano, como historiador, conocía los secretos de la historia peninsular y los maragatos no dejan de ser un punto fascinante de esa historia. El erudito y arabista holandés Rainiero Dozy (1820-1883) fue autor de una obra que Herculano no desconocía, Historia de los musulmanes de España hasta la conquista de Andalucía por los Almorávides (Leiden, 1855-1861) obra que tuvo gran difusión en España a través de varias ediciones. En otra obra, Investigaciones sobre la historia política y literaria de España en la Edad Media, Dozy declara que los maragatos son los descendientes de unos bereberes que en los lejanos tiempos de Alfonso I el Católico se asentaron entre Astorga y León cuando volvieron a Africa muchos otros bereberes para escapar de la tiranía de los árabes yemenitas y huir de la opresión del hambre que asolaba gran parte de España. Alexandre Herculano fue un gran conocedor de la presencia de los árabes en la península y demás pueblos del norte de Africa; tal vez ambos artículos fueron "trasladados" a O Panorama por su mano; sí, no es fantasía atribuirle este honorable origen.

El grabado de 1843 muestra el característico y amplio sombrero, una chaqueta bajo el vetusto coleto, y calzón atado sobre las polainas. Los dos artículos portugueses describen las indumentarias masculina y femenina.

El lector e investigador de la Revista de Folklore sabrá mejor que yo distinguir cualidades y defectos en los dos breves estudios. El tema de los maragatos es todo un caudal en España, pero menos en Portugal; un lector español verá lo que un portugués no ve. Intuyo que sin llegar a un excesivo incomio, tampoco le otorgará una absoluta reprobación. Encontrará estos estudios como reliquias de mérito para un tiempo en que se esbozaba un incipiente iberismo cultural. Sí, pienso que no deberían continuar durmiendo su eternidad en O Panorama; pienso que el aire de su patria les devolverá vigor y unánime interés. Los maragatos, desde luego, se verán radiantes: En Portugal, al comienzo del siglo XIX, una muy ilustre revista ¡Se interesaba por ellos! Es más, se interesaba por ellos cuando ni siquiera los portugueses se interesaban por sus propias cosas y la revista O Panorama, como una recia palmetada, los despertaba del letargo secular...

Para ese lector de lápiz en mano, ofrezco los dos artículos ahora resucitados:

ATUENDOS ESPAÑOLES. LOS MARAGATOS

"Los maragatos, tribu distinta de sus vecinos en carácter, usos y costumbres, ocupan las montañas de Astorga, en Castilla la Vieja, forman sociedad aparte y miran con profundo desprecio todo lo que les es extraño. Casi todos ellos son arrieros, esto es, almocrebes, y puesto que son sinceros y dotados de reconocida probidad son graves y taciturnos y jamás cantan en los caminos cuando conducen las mulas. Más que fuertes y vigorosos son enjutos de carnes y magros de rostro. Las mujeres de esta raza son robustas y de ánimo probado.

Esta pequeña tribu ha sido blanco de muchas discusiones en España y sin embargo nada se sabe con certeza acerca de su origen cuya remota antigüedad atestigua el arraigo de sus particulares costumbres y hereditarias ocupaciones. Refiere el historiador Mariana que don Alfonso, rey de León, que reinaba a mediados del siglo octavo, tuvo, de una barragana de humilde nacimiento, un bastardo por nombre Mauregato. Al morir Alfonso pasó la corona a Alfonso II, su nieto; sin embargo Mauregato, pese a su ilegítimo nacimiento, llegó a tener derecho al trono y aspiró a la herencia paterna. Hallándose al frente de un partido que consiguiera formar, como no se juzgase con suficientes fuerzas para sustentar su pretensión con las armas en la mano, recurrió a los moros y se obligó a pagarles, si le asistían en la empresa, un tributo anual de cincuenta doncellas nobles y otras tantas de baja condición. Bajo tales condiciones le envió Abderramán, rey de Córdoba, considerables socorros.

No tenía Alfonso fuerzas que oponer al torrente de los bárbaros y por eso, desamparando la capital, fue a refugiarse en las montañas de Vizcaya, mientras Mauregato subía al trono, que ocupó cerca de seis años. Durante su reinado cedió muchas tierras y plazas a los moros que le mantenían en su posesión de usurpada soberanía.

Suponen algunos que los maragatos actuales sean los descendientes de los auxiliadores mahometanos de aquel usurpador, mas esta opinión no tiene otro fundamento que la mera semejanza de los nombres, pues no se basan en documento histórico alguno: apenas si se conservan en el traje de las mujeres, vestigios del vestido morisco. Es este traje enteramente original y no tiene mínima semejanza con los modos de vestir de los españoles, porque traen en la cabeza una especie de chapeo blanco que se parece mucho, en el color y hechura al que usan las moras. Acostumbran a teñirse los cabellos que, divididos en dos trenzas les caen a ambos lados del rostro; a adornar sus orejas con enormes aretes y a colgarse sobre el pecho rosarios de coral a manera de collares de los que penden cientos de medallas de plata e imágenes de santos. Sus vestidos son de colores oscuros, abotonados de arriba abajo y tienen mangas largas abiertas por atrás.

Los hombres usan sombreros piramidales, chaquetas ceñidas al cuerpo por medio de cinto y largas calzas atadas en las rodillas pero que llegan hasta media pierna debajo de la liga. Un collar enroscado les cubre la garganta y unas polainas de paño abotonadas completan el vestuario que es semejante a los que representan algunas medallas desconocidas de la península ibérica y de las cuales, entre otras, existe una, que dicen ser celtibérica, en la que se ve grabada la imagen de un caballero vestido exactamente como un maragato moderno. Pretenden los anticuarios que este monumento sea coetáneo del dominio cartaginés.

Viven los maragatos dispersos en aldeas, confederadas en virtud de un pacto tácito y sujetas a reglas fijas que ninguna deja de observar. Si alguno infringiese los usos y costumbres de la sociedad sería expulsado de ella. No casan sino con personas de la misma tribu y cuando una joven está prometida no puede hablar con otro mozo que no sea su novio so pena de recibir una multa que ordinariamente paga en vino. Todos los jóvenes la persiguen para hacerla caer en el lazo, obligándola, a fuerza de importunas diligencias a trabar conversación con ellos. Las mujeres, después de casadas, dejan de teñirse los cabellos y, en cuanto sus maridos se entregan a la trajinería y a correr con sus mulas por los montes de Galicia, se dan a los trabajos de agricultura y a los cuidados domésticos.

Esta tribu podría vivir en la abundancia por estar compuesta de hombres activos e industriosos, sin embargo, como parecen precisar pocas cosas, creen ser más cristianos viviendo en la pobreza. Parece que los maragatos son el tipo de aquellos arrieros despiadados con los que el famoso don quijote, en la ingeniosa ficción de Cervantes, tuvo, por sus malos pecados un funesto encuentro del que salió, según su costumbre, con las costillas molidas.

Los trajes maragatos se van modificando de día en día y, con el correr de los siglos y al contacto con otras personas, van perdiendo parte de su primitiva originalidad. El atuendo de las mujeres tiene, en particular, notables alteraciones y puede preverse el día en que, se confundirá con sus vecinos".

LOS MARAGATOS. TRAJES y NOVIAZGOS DE ESTA TRIBU INCORPORADA A LA GRAN FAMILIA ESPAÑOLA

"Si no hubiésemos hablado de los maragatos, dando la necesaria noticia en la página 174 del volumen 1, trataríamos ahora más despacio de esta casta singular que, no obstante sentar sus reales en los confines de Castilla en los montes de Astorga casi a la vera de dos caminos uno real y otro muy frecuentado, no obstante mantener un tráfico activo y continuo con diversas provincias de la península, ha conservado intacta la herencia de las costumbres, creencias y orden social de sus antepasados. Distintos en España, como los judíos y gitanos por toda Europa, llevan sobre éstos ventaja si se les considera moralmente. Sus costumbres quedan relatadas en el artículo citado; cumple todavía rectificar algunas particularidades en cuanto al vestuario que se observa en el grabado: -Las mujeres componen su cabello en dos trenzas que cuelgan a ambos lados de la cara, bastantes largas; a veces se atan un pañuelo a la cabeza y ciñen su cuello con collares y con un grueso rosario, todo en varias vueltas; visten justillo y camisa bordada en la pechera, saya de paño tosco y blanqueado, lo cual es la principal industria de la tierra, y un avantal atado a la cintura y otro, en todo semejante, ciñendo las caderas y parte posterior. Además de esto las mangas, ajustadas al brazo, van pespunteadas de colores. Las casadas llevan mantilla a misa y las solteras su dengue o manto de tejido ordinario y franja encarnada. El traje del maragato se compone del sombrero de alas anchas y copa chata (y no piramidal como el de otros arrieros) con su trencilla de seda alrededor, camisola, coleto de cuero, chaleco, camisa de cuello bordado, cinto, bragas, polainas y zapatos.

Una ceremonia que puede dar una idea más clara del original carácter de esta gente, es la boda, y por eso no la omitiremos. Fácilmente supondrán los lectores que en una tierra en donde se manifiestan costumbres patriarcales a cada paso, la voluntad de los hijos es por entero nula y los padres disponen de la suerte de su prole de acuerdo a los intereses y a la edad. Raramente se oirá decir en un pueblo maragato que una doncella se arrodilló ante el altar con su futuro compañero sin llevar por escudo la bendición paterna. Mas, tratemos del ceremonial y de las etiquetas requeridas en tales casos.

LLegada la época en que los padres tienen acordado que se ha de celebrar el matrimonio de sus hijos, el padre del novio y éste se encaminan a casa de la futura esposa y es pedida la mano de la doncella con todas las formalidades sin que ninguno de los contrayentes (los novios) entren en conversación; mas como tales casos ya están previamente definidos y ajustados entre las dos familias, apenas es mera fórmula este paso; en seguida, ambas partes tratan de la compra de los regalos nupciales que consisten en los vestidos de novios según el traje nacional.

Llega por fin la víspera de la boda y por la tarde se examinan de doctrina y se confiesan los novios, retirándose después a sus respectivos domicilios sin que asistan a la cena con que se regalan los padrinos esa misma noche. Al amanecer del día siguiente recorre el gaitero todo el lugar tocando la alborada y llamando al almuerzo a todos los convidados a la fiesta. Finalizada la refección y oída la misa, el padre de la novia, el padrino y los demás convidados varones se dirigen a la casa del novio precedidos de la gaita de fole y de los mozos solteros amigos del novio que van disparando, como salvas, sus carabinas y espingardas de caza. Así que entran en la casa, el novio se arrodilla, recibe con muestras de compunción la bendición paterna y después, callado y modesto en medio de la concurrencia y al lado del padrino, demanda la habitación de la doncella; las jóvenes solteras amigas de ésta se encuentran en la puerta entonando canciones alusivas a las nupcias y a los méritos de los contrayentes, algunas de las cuales tienen gracia en su sencillez natural; en el acto de salir para la iglesia le toca también a la novia, deshecha en lágrimas, recibir la bendición de sus padres. Va delante el novio y su comitiva y a larga distancia el acompañamiento femenino que conduce a la novia arrebujada en la mantilla y que no ceja en sus cantares hasta la puerta de la iglesia. Aquí los espera en el atrio el cura, se celebra el rito eclesiástico, se intercambian los anillos y se permutan las arras o regalos. Dicha la misa sale la gente por el mismo orden que entró, con la única diferencia que el novio y los suyos paran en el atrio para ver correr el bollo del padrino; esto es, una carrera a pie en la cual el mejor corredor gana el remate del bollo, repartiéndose el resto entre los circunstantes en pequeños pedazos. Siguen hacia la casa de las bodas y ya se encuentran a la desposada sentada a la puerta en una silla, ataviada con todo el esplendor que permiten sus haberes, con la madrina al lado y el rostro cubierto; el marido toma asiento en la otra silla preparada y presencian las danzas con que la mocedad del pueblo les obsequia; cesando los bailes entra todo el mundo a comer, dejando en la puerta la anterior gravedad y compostura, y dándose a la alegría que tan bien cuadra a la ocasión. A la sobremesa, toma el padrino una bandeja de plata, coloca algunas monedas y va pidiendo a los convidados, no negándose ninguno a contribuir de su peculio. La dama de la novia, la amiga que la vistió y la acompañó, pide ruecas, husos, agujas y utensilios semejantes; los testigos del novio también piden para su amigo. Se levantan luego -no así los manteles, pues la mesa queda puesta todo el día-, los convidados; entonces la novia danza con el marido y entretanto los amigos van a recorrer la población exigiendo gallinas para los recién casados; si no las dieran de grado tienen el derecho a tomarlas por la fuerza. Recógense a dormir, mas al día siguiente sigue el festín, corriéndose entonces el bollo, que da la madrina, casi en la misma forma que el día antecedente. Hay banquete y danzas hasta que dejan reposar y proseguir su vida a la nueva pareja, garantía de la continuidad de los maragatos".

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NOTAS

(1) Mucha relación tuvo O Panorama con el Semanario Pintoresco Español donde apareció el 24 de febrero de 1839 un artículo sobre los maragatos del que, sin duda, salió buena parte del segundo trabajo aparecido en la revista portuguesa en 1843.
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2) Félix Batanero fue un xilógrafo que trabajó fundamentalmente para el Semanario Pintoresco Español y para El Museo de las familias.