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El Paso del Fuego en San Pedro Manrique (El Rito y su Interpretación)

DIAZ VIANA, Luis

Publicado en el año 1981 en la Revista de Folklore número 12.

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I. La fiesta de San Juan.
1.1. Los ritos sobreviven a las religiones, el gesto mágico al contenido doctrinario y, así, encontramos frecuentemente en las costumbres tradicionales de las colectividades humanas celebraciones que proceden de un pasado remoto. Puede cambiar el pretexto religioso, la vestidura externa, pero fecha y rito se mantienen. En un trabajo sobre el romance -o conjuro- de "Las doce palabras", recordé, ya, las coincidencias de la Navidad cristiana con fiestas paganas anteriores; coincidencias de época y de significado (1).

La celebración de la natividad de Cristo se corresponde con el solsticio de invierno y, curiosamente, se hace coincidir el nacimiento de San Juan Bautista con el solsticio de verano. Desde un punto de vista rigurosamente histórico ni una ni otra fecha son justificables pero sí en el plano de la "simetría mágica". La fiesta de San Juan, verdadero ciclo tradicional en el que se suceden ancestrales ritos (2), ha sido celebrada durante siglos, por las gentes de los más diversos lugares (3). Comúnmente se encienden hogueras, se colocan ramos ante las casas de las mozas casaderas, se compite por ellas, se ronda y se danza (4).

En Soria, las fiestas de San Juan tienen, dentro de ese panorama general, singular importancia. Desde siempre parece que las fechas de las mismas se prestaron al estallido de alegría y goce, al "desahogo" más primario. En varias ocasiones intentaron las "autoridades" reglamentarlas, alarmadas por las libertades que en tales días se producían. El dicho popular referido a la moza que se "descuida" demasiado en esta época

"Quien Sanjuanea/marcea"

refleja muy a las claras el carácter paganizante de los "Sanjuanes". La moza que no se sepa preservar por San Juan, puede aparecer en marzo -a los nueve meses cumplidos- con una hermosa criatura. La fiesta de San Juan, conectada con el amor, tal como se transparenta en refranes y en romances (5), rinde culto, también, en la provincia soriana a dos símbolos solares: El fuego y el toro.

1.2. En el pueblo serrano de San Pedro Manrique el rito del fuego conserva especiales características. Aquí no se salta sobre la hoguera como en otros lugares; se pasa, con los pies desnudos sobre las brasas de ella. El hecho ha despertado, desde antiguo, el interés de curiosos y científicos. Hay quienes han acudido por comprobar si existía "truco" o no en el paso del fuego; sé, incluso de algún especialista en dermatología que se planteó el estudiar seriamente el caso. La TVE, la BBC y la RAI han filmado el arcaico rito. Por supuesto, que toda esta expectación en torno al paso del fuego ha traído consigo la variación del ámbito de su desenvolvimiento; pero, lo sustancial, desde el punto de vista del folklorista, pervive como luego podremos comprobar.

Contamos con varias descripciones -más o menos rigurosas- de esta costumbre tradicional, realizadas en distintas épocas, y no faltan, tampoco, los estudios interpretativos acerca del significado y posible origen del rito. Citemos, entre los varios autores que se han ocupado del tema, a B. Taracena, M. lñiguez Ortiz, L. Cortés y J. Caro Baroja. De sus opiniones y teorías respecto al paso del fuego trataremos en la última parte de este trabajo.

II. El 23 de junio de 1981, en San Pedro Manrique. Pervivencia de un rito ancestral.

2.1. El viaje de Soria capital a la villa de San Pedro hay que llevarlo a cabo por una carretera mal asfaltada y pródiga en curvas que atraviesa el puerto de Oncala. Durante el trayecto bien se puede comprobar que el acceso al pueblo no es fácil y cómo ese mismo aislamiento -forzoso- de San Pedro, quizá ha ayudado a una mejor conservación de ciertas tradiciones. Se avista, a la derecha, según estamos llegando, un torreón del ruinoso castillo que, en otros tiempos, fue vigilante y protector de estas tierras.

Ya en la villa -y cuando todavía no son las diez de la noche- me encamino con mis "compañeros de expedición" a casa de una de las "móndidas". Nos guía en esta primera embajada como en todos los demás sucesos de nuestra andanza por San Pedro Manrique, Miguel Moreno, gran amante y conocedor de la tradición soriana; hombre que desde hace treinta años comenzó a venir la víspera de San Juan al pueblo serrano para presenciar el "paso del fuego". Gracias a Miguel, que es, además, cronista de esta villa, los 48 kilómetros del viaje se han hecho cortos por gracia de su amena charla, y casi sin darnos cuenta hemos pasado altas montañas avanzando, luego, por el valle de Oncala, tan hermosamente verde en esta época del año.

Las dichas "móndidas" son tres jóvenes sampedresas que resultan elegidas, por sorteo, entre las mozas casaderas, o, como antes se decía, en "edad de merecer" -muchachas de 18 a 30 años, aproximadamente-; la casa de la "móndida" se halla señalada por un árbol de buen tamaño que, en gigantesca maceta, ha sido colocado delante de ella. Serán las móndidas quienes, al día siguiente, presidirán los diversos y extraños ritos que, tradicionalmente, tienen aquí lugar la mañana de San Juan.

Miguel Moreno, haciendo tradición por su cuenta, obsequia, todos los años que acude a San Pedro en estas fechas, a cada una de las "móndidas" con unas flores para que, con ellas, adornen el curiosísimo "cesteño" que portarán sobre su cabeza. Con este motivo entramos en la casa de una de estas muchachas, siendo invitados a tomar pastas, enormes rosquillas, y a beber el sabrosísimo "zurracapote". Nuestra "móndida" ha salido, en el sorteo, "principal" y debería ser, por tal causa, la que en todas las ceremonias que se han de celebrar los días 23 y 24, figurara en el centro, siempre en medio de las otras dos; pero, por razones de "estética de grupo" y, dado que otra de las móndidas es muy alta, será la moza más esbelta quien ocupe ese puesto.

2.2. En las calles, la gente venida de fuera va y viene llenando todo el pueblo. Se canta, se bebe y se baila. Sobre eso de las diez y media nos dirigimos al punto en el que se desarrollará el ancestral rito. Subiendo una pequeña cuesta, llegamos a un graderío que en forma de pequeño estadio con aire de anfiteatro ha sido construido delante de la iglesia de la Virgen de la Peña.

Este peregrino "coso" tiene en su entrada principal, sobre la puerta, una especie de campanario. Moreno nos cuenta que las tres campanas que allí hay en vertical pertenecían a la torre de la iglesia, hoy derruída. Para penetrar en el singular coliseo es preciso haber comprado con anterioridad un billete de ambiguo contenido:
SAN PEDRO MANRIQUE
Paso del fuego
DIA 23 DE JUNIO -DOCE DE LA NOCHE
INVITACION
Donativo: 200 pesetas

El "donativo" es obligatorio y ello provoca el enfado de algunas personas que quieren asistir al acto. También, según he sabido, ha motivado que algunos estudiosos de la etnología y el folklore desestimaran la validez tradicional del "paso del fuego". Para mí, la transformación que el entorno ha sufrido en los últimos años no afecta la sustancia folklórica del hecho y constituye, de otra parte, motivo de interés. La curiosidad por el "paso del fuego" entre gente no sampedresa, era ya una constante en los "Sanjuanes" de hace veinte y treinta años. Moreno nos refiere cómo algunas personas de Soria en unos vehículos llamados "rubias" que tenían el "chasis" de madera subían alegremente, por la tarde, a San Pedro. Año tras año, la expectación fue creciendo y, a veces, la gente que había venido de muy lejos se quedaba sin ver nada, pues la multitud en torno a la hoguera se lo impedía. Desde hace unos cinco años se empezaron a construir las gradas a fin de evitar las aglomeraciones e, incluso, los altercados que los espectadores provocaban al rededor del fuego; desde hace dos, éste es el tercer año, se cobra una entrada que ayuda a sufragar los gastos del Ayuntamiento.

Este "pagar para ver" es, sin duda, asunto polémico. Lo que sí acarrea, desde mi punto de vista, es una desorientación, en ocasiones lamentable, entre los asistentes, respecto al "espectáculo" que esperan presenciar. Porque no hay tal "espectáculo", sino un rito de estremecedora sencillez.

2.3. Desde unas horas antes dos personas encargadas de ello preparan la hoguera. La tierra ha de estar bien limpia, ya que según nos cuenta la gente del lugar las piedras o cualquier objeto metálico podrían ocasionar heridas en los que luego pasen el fuego. Parece ser que, a mala idea, hubo quien, algunas veces, arrojó monedas en la hoguera produciéndose, después, quemaduras en quienes la atravesaron. Por lo que puedo comprobar la preparación del fuego se ha hecho conforme a la tradición y tal como es descrita por Caro Baroja y otros folkloristas (6). Los trozos de madera son de roble, ni muy gruesos ni muy delgados, y la fidelidad tradicional en el aderezo de la pira por parte de sus cuidadores resulta absoluta. Tan convencidos deben estar los sampedreses de que todo ha de ser conforme a la tradición para que nada falle, más tarde, a la hora de pasar la hoguera, que, cuando en 1956 realizaron una demostración en la Feria del Campo de Madrid, exigieran que la leña que se quemara fuera la de su pueblo.

Unos 1.000 kilos de roble de mediano grosor se encuentran ya hechos brasa, alfombra encendida, tras una lenta ceremonia de consumación que se inicia sobre las nueve de la noche. Los celadores del fuego manejan un largo palo con el que extenderán las brasas tras el paso de los pies desnudos. Ese palo se llama "horguinero" que como "hurgón", barra que sirve para atizar la lumbre, es término que probablemente proceda del FURICARE latino (7). A medida que vayan pasando los sampedreses por la hoguera, la alfombra de fuego, una y otra vez extendida, se hará más y más larga. Resulta, al parecer, importantísimo, que la superficie se encuentre, en el momento de pisar sobre ella, lisa y uniforme.

2.4. El recinto en donde está la hoguera se halla separado de las gradas por una empalizada con alambres. A este lugar sólo tienen acceso los que van a pasar el fuego, las "móndidas", músicos y autoridades. A nosotros se nos permite entrar -anteriormente lo han hecho profesionales de la R.T.V.E.- y ocupamos uno de los bancos posteriores que hay frente a la alfombra de brasas. Entre la muchedumbre reunida en el moderno anfiteatro crece la inquietud. Casi 2.000 personas llenan el graderío. Gente que grita y se mece en estático vaivén al son de una música inexistente -o ambiguamente tarareada-; gente que insulta al vecino porque le quita la visión del esperado espectáculo; turistas extranjeros y peninsulares; vendedores de "Coca-Cola" haciéndose oir por encima del cada vez más insoportable griterío. Por fin, suenan las campanas y acompañadas por un pasodoble, con aire más jaranero que solemne, entran las "móndidas" y, tras ellas, una heterogénea comitiva de músicos y autoridades.

La banda interpreta las melodías que desde hace unos cuantos años se han hecho populares en las fiestas de San Juan de Soria; muy antiguamente eran la "gaita" -que es como por estas tierras llaman a la dulzaina- y el tamboril los que ponían fondo sonoro al rito del fuego. Por desgracia, la costumbre tradicional no se ha mantenido en este caso. Ya Caro Baroja al describir en 1950 el paso de la hoguera en San Pedro Manrique escribió: "El rito pierde majestad porque, mientras dura, una banda toca varios bailables modernos, que se hallan poco en consonancia con el misterio de la vieja fiesta solsticial" (8).

Se nos había dicho que pasarían ocho personas esta noche pero, luego, serán, por lo menos, seis más quienes lo hagan. Los que van a enfrentarse con el fuego se preparan: Descalzan su pies, lentamente; hablan entre ellos; se concentran en sí mismos. Alguien nos comenta el "alumbramiento interno" -un poco a base de fe y otro poco a base de "zurracapote", bebida muy popular aquí- que, suelen traer en el cuerpo. Para mí, este detalle habla, bien a las claras, de la autenticidad del hecho que vamos a presenciar. Autenticidad que, creo, debe estar fuera de toda duda. Las brasas dan calor, las brasas queman y basta acercarse a ellas, sentir el potente soplo del fuego en el rostro, para comprobarlo. No hay truco, pues, si entendemos por truco el fraude fácil, la cómoda triquiñuela del falso brujo. Pero existe, pienso, un secreto: una forma tradicional y exacta de preparar la hoguera y una manera -que sólo los que ya han pasado otras veces practican con perfección- de pisar sobre las brasas sin sufrir ningún daño. El fuego es "de verdad", los pies irán desnudos a su encuentro, sin sustancia alguna que les proteja. Todo es auténtico y, por ello, hay que echarle valor al envite; hay que tener coraje en definitiva.

La indumentaria de los que van a pasar es variadísima. Algunos, con pañuelo y faja rojas sobre blanca vestimenta, parece que se hubieran extraviado de algún "San Fermín"; antiguamente, el pantalón oscuro y la camisa blanca de todos los días era el sobrio modo de vestir de quienes atravesaban el fuego. Suena un clarín de la banda, intemperante y lloroso -como si anunciara la salida del toro a la plaza- y comprendemos que el rito, en un contexto casi circense de ruidos, focos y gentío va a comenzar. Tras "ensayar" las pisadas antes de entrar en el dominio de las brasas, el joven alcalde del pueblo atraviesa la densa alfombra incandescente. Su pisar ha sido decidido, fuerte y acompasado; el rostro se le ha crispado al cruzar el último tramo volviéndose sonriente nada más salir de la hoguera. Pasan otros hombres del pueblo, solos o con un acompañante cargado sobre sus espaldas. Moreno nos asegura que él ha visto fotos de principio de siglo en que un sampedrés portaba hasta tres personas sobre sus hombros formando una verdadera torre deambulante. También nos dice cómo las personas que han superado juntos la prueba se abrazan desde una ocasión, presenciada por él, en que este gesto, inusual hasta entonces, fue realizado por un sampedrés y un forastero. El abrazo quedó, así, instituido como una tradición más dentro del rito.

Pasan algunos jóvenes por vez primera; nervios, gesto de dolor, al final. Pasa alguna chica y un par de niños que -quizá-, desde este momento, se considerarán más hombres. Pierden la confianza cuando ya casi están saliendo y en el último tramo brincan, con cara de contener el grito a duras penas, sobre las brasas rojizas. No parece que hayan sufrido quemaduras estimables pero frotan sus pies contra la arena buscando, de este modo, mitigar el daño.

2.5. Aprecio dos "técnicas" en la manera de pasar el fuego. Unos cruzan la hoguera pisando fuerte y rápido; otros -como un tal Santiago, verdadero virtuoso en este "oficio", que pasó por las brasas varias veces- pisan plano, sin hacer demasiada fuerza, con una rítmica solemnidad. Manuel Peña García recoge, con gran fidelidad, en su descripción del "paso del fuego" el modo en que pasaba un sampedreño legendario a quien apodaban el "Tío Ratón": "...ha pasado (la hoguera) más de cuarenta veces. Nunca le ha ocurrido nada. Además tiene una manera de pasarla diferente a los demás, ya que da unos pasitos cortos y numerosos. Por eso es muy aplaudido. Pone, por lo menos, ocho veces sus plantas en el fuego" (9).

A cerca de la posible "técnica" que precise el hecho de pasar por las brasas, se ha dicho que el "secreto" consiste en la pisada fuerte y rápida, con la planta plana. Se asegura que, así, la combustión se detiene por unos segundos; por eso, para que la pisada sea más fuerte, se suele atravesar el fuego con otra persona sobre los hombros. También se afirma que quienes pasan la hoguera contienen la respiración mientras lo hacen y que ello impide las quemaduras (10). En mi opinión, la explicación hay que buscarla en la preparación del fuego, pero sin desdeñar la fe -o concentración- necesaria en quienes lo pasan. Uno no debe dudar y ha de mantener el mismo ritmo a lo largo de toda la prueba. Hay una técnica, sí, que como todas, se va perfeccionando con la propia experiencia. Lo fundamental, como en el nadar, parece ser la adecuación rítmica, la exacta armonía de movimientos. De ahí que, antes de "zambullirse" en el fuego, los que van a pasar comiencen a pisar sobre tierra firme de la misma manera que lo harán, después, sobre las brasas; con ritmo potente y seguro como caballos que se preparan para una carrera.

¿Cualquiera puede pasar el fuego? Según los sampedranos, no. Ha escrito Caro Baroja "Creencia extendida es la de que sólo los naturales de San Pedro Manrique pueden pasar por el fuego sin quemarse. Los modernistas consideran que ello es debido a cierta técnica, con una perfecta explicación física; los tradicionalistas juzgan que es por gracia o virtud mística especial y privativa" (11).

Se cuentan, además, historias más o menos legendarias de forasteros que quisieron pasar el fuego y se abrasaron. En la convicción de que -aunque implica un riesgo- es posible atravesar la hoguera sin quemarse, mis compañeros y yo prometimos pasarla el año próximo si los sampedranos y su alcalde lo permiten.

III. Interpretación del rito

3.1. Si bien la devoción religiosa puede haber ayudado a mantener vivo el rito, no parece probable que ella se encuentre relacionada con los orígenes del mismo. Peña García escribe a este respecto: "Quiero destacar el detalle de que los actos religiosos del día de San Juan se celebran, precisamente, en la ermita de arriba, en que ya no está la patrona. Pero es que tampoco hay ninguna imagen de San Juan. Y el paso del fuego tiene lugar también aquí, en la plazuela de acceso. ¿Serán suficientes tal vez estos indicios para llevarnos a considerar los ritos sampedranos, desvinculados de lo religioso-cristiano y anteriores a la institución en la Iglesia de la fiesta de San Juan?" (12).

En algunos casos, los que pasan el fuego lo hacen en cumplimiento de un voto, de una promesa, pero también hay quienes realizan este acto por mero alarde. Ese carácter de "prueba", de riesgo a superar constituye, para mí, una de las características fundamentales del rito. Se han dado muy diversas interpretaciones sobre el "paso del fuego" y la "fiesta de las móndidas" que se celebra al día siguiente. De ella, ya me ocuparé en próximos trabajos, para no alargar excesivamente la extensión de éste. Sólo diré que el origen de dicha fiesta tal como tradicionalmente el propio pueblo lo cuenta, tiene bien pocas posibilidades de ser cierto. Escribe Caro Baroja: "...según (la explicación popular) la fiesta de las "móndidas" conmemora concretamente el triunfo de las huestes cristianas de Ramiro I en la batalla del Clavijo. Las "móndidas" representarían a las vírgenes que fueron a dar gracias a los vencedores por haber éstos terminado con el tributo de las cien doncellas impuesto por el emir de Córdoba. Todo el norte de Soria y la montaña de Logroño están cubiertos de un rico folklore en torno a la derrota musulmana de Clavijo. Pero hay que reconocer que éste es uno de los hechos más problemáticos de la historia medieval, y que desde la época del abate Masdeau cada vez hay más eruditos que niegan su existencia. Por otro lado, si tomamos en cuenta esta "explicación" vemos que quedan sin motivo claro muchos de los elementos de la fiesta actual, y no de los menos importantes" (13). En efecto, esta interpretación popular no contempla para nada el significado del "paso del fuego". Los estudiosos tienden a buscar una explicación diferente para estos dos ritos, aunque también hay quien los relaciona; Luis Cortés afirma: "...la fiesta de San Pedro Manrique, tal como se presenta en su totalidad, desde la hoguera a la ofrenda de los arbujuelos, pasando por las carreras de caballos, presenta notabilísima semejanza con rituales del mundo clásico, ligados a la ganadería y agricultura" (14).

Bias Taracena buscó en las noticias que Estrabón daba sobre los celtíberos y en la costumbre de adorar los astros que aquéllos tenían el origen del rito del fuego: "...en el folklore actual de Celtiberia, en la tierra de San Pedro Manrique, se celebran ceremonias relacionadas con ellos (los celtíberos)" (15). También lñiguez Ortiz defiende la procedencia celtíbera de esta tradición, y no resulta disparatado el hacerlo, pues el rito parece remoto y existen variados testimonios de la heliolatría de nuestros antepasados. ¿Pudo ser San Pedro y sus proximidades centro de algún culto antiquísimo? ¿Podrían existir restos de aquel antiguo lugar sagrado que los arqueólogos aún no han descubierto? Indudablemente hay una conexión de simbolismo mágico entre el sol -solsticio de verano, fiestas relacionadas con ciclos agrícolas- y el fuego, su representante directo, una porción suya entregada a los hombres (16).

La hipótesis celtíbera en un terreno en el que por fuerza, todo son teorías, resulta altamente tentadora, pero como Caro Baroja advierte respecto a las supervivencias de antiguos ritos "hay que andar con tiento"; él mismo recuerda, a propósito del "paso del fuego" cómo un humanista podría aducir que "en el santuario de la diosa Feronia, del monte Soracte, en tierra de los faliscos de la Italia clásica, los miembros masculinos de ciertas familias pasaban todos los años una vez por las brasas ardientes de una gran hoguera de pino "sin quemarse", en presencia de muchos forasteros y gentes de lugares vecinos" (17). No han faltado, de hecho, quienes han buscado las raíces de los ritos de San Pedro Manrique en la antigüedad clásica y quienes, sin llegar a tanto, descubren cierto paralelismo entre aquellos y determinados ritos de Grecia y Roma (18).

La zona en que se encuentra San Pedro Manrique fue -por lo que sabemos- área escasamente romanizada, y resulta difícil de creer que un rito romano se impusiera y perviviera, luego, en ella. Lo que sí pudo ocurrir es que hubiera cierta coincidencia previa con rituales clásicos y se "superpusieran" ciertas costumbres de esa época de aparente dominación de Roma. En mi opinión existía un rito remotísimo -probablemente desde antes de la llegada de los romanos- que se ha ido revistiendo de influencias clásicas, medievales y decimonónicas. También, según he relatado, podemos apreciar en él innovaciones muy recientes. Las "interpretaciones tradicionales" son, creo, fruto de esas capas sucesivas que han ido arropando el núcleo mágico inicial (19).

3.2. Para mí el "paso del fuego" y la "fiesta de las móndidas" forman parte de un mismo ritual El sol es el gran Dios; no olvidemos que todavía hoy la ceremonia del "paso del fuego" se hace mirando hacia el sol poniente. Los ritos en la fecha solsticial persiguen, sin duda, la fecundidad de la tierra, la respuesta de ésta ante la potencia solar. Algunos investigadores han señalado la semejanza de la "fiesta de las móndidas" con los ritos eleusinos (20); las tesmoforias "vírgenes vestidas con blancas túnicas, transportaban sobre sus cabezas, desde Atenas a Eleusis, las sagradas canastillas que contenían un niño, una serpiente de oro, un carnero, algunos pasteles y otros símbolos" (21).

Pero es que la leyenda de Démeter -que tantos puntos en común tiene con la de Isis- nos cuenta, en versión recogida por Plutarco, lo siguiente: "Metamira, esposa de Keleos, confió a su hijo Demofón a Demeter. El niño creció "como un dios, sin alimentarse de pan ni de leche". Su divina nodriza, durante la noche, le ocultaba en el fuego, como una brasa. Llegó un día en que Metanira observó que Demeter ponía a su hijo entre las llamas; espantada quitó a su hija de manos de su nodriza y, sin quererlo, le privó del privilegio de la inmortalidad, porque la llama en que Demofón era depositado todas las noches, de acuerdo con la idea del mito de la hoguera de Herakles y de la leyenda de Isis, debía purificar al niño de sus elementos terrenales y hacerle inmortal" (22).

3.3. El fuego como elemento purificador; el fuego como medio para lograr la inmortalidad. Un instrumento de "iniciación" para los hombres corrientes, en suma. En el capítulo XI de "El Asno de Oro", Apuleyo relata así su experiencia de iniciado en los secretos del culto a la diosa Isis: "En mi mano derecha sostenía una antorcha encendida y mi cabeza estaba ceñida por una noble corona de palmas, cuyas brillantes hojas se proyectaban hacia delante como si fueran rayos. Así, semejante a la imagen del sol, se me expuso como una estatua...De esta forma celebraba yo el feliz día de mi nacimiento a la vida religiosa, mediante una comida de fiesta y un luminoso banquete. El tercer día se renovaron idénticas ceremonias y un desayuno sacramental terminó la iniciación" (23).

Los estudiosos del rito de San Pedro Manrique destacan dos momentos fundamentales: El paso del fuego y la ofrenda de los arbujuelos -hoy al sacerdote y autoridades- por parte de las móndidas (24). Creo que ambos actos son reliquia, actualmente algo desconectada a causa de las sucesivas transformaciones que el tiempo ha ocasionado, de un antiquísimo rito de iniciación -no se podía asegurar si celtíbero- sin duda existente ya en época prerromana. Pasar el fuego es la "prueba" que inmortaliza, recibir los arbujuelos, los panecillos ofrendados por las móndidas, constituye el premio, la "comida mística" presente en los más antiguos ceremoniales iniciáticos. Isis o Demeter, al fondo, propiciando la abundancia de los campos como en el himno de Apuleyo: "Los dioses del cielo te rinden homenaje, los del infierno te respetan; mueves el mundo alrededor de su eje, enciendes el fuego del sol, gobiernas al universo y aplastas con tus pies el Tártaro. Los astros son dóciles a tu voz, las estaciones vuelven según tu voluntad... Haces un gesto y la brisa se anima, las nubes se desplazan, germinan las semillas, crecen los gérmenes" (25).

(1) Luis Díaz Viana, "Las doce palabras: Romance y leyenda", Revista de Folklore, nº 0, pp. 2-7.

(2) Recientemente, J. L. Alonso Ponga publicaba en la Revista de Folklore un interesante artículo en torno al tema: "Contribución al estudio de las fiestas de San Juan en la provincia de León", Nº 6, pp. 20-27.

(3) Julio Caro Baroja: Mitos y ritos equívocos, Ed. Istmo, Madrid, 1972, p. 111; escribe: "...Los folkloristas han podido encontrar identidad en muchos aspectos entre lo que se hace durante la "sanjuanada" en España y Ucrania, en partes de Portugal y partes de Escandinavia. Fuera del marco europeo, los pueblos del norte de Africa la celebran con esplendor, y en los antiguos romances castellanos era tópico afirmar que lo mismo lo festejaban los cristianos que los moros".

(4) Muchas de estas costumbres se han conservado en algunos pueblos castellanos hasta hace bien poco tiempo y de ellas daremos amplia noticia en el Vol. V del Catálogo Folklórico de la Provincia de Valladolid de próxima aparición.

(5) Sobre "la mañana de San Juan en el romancero" véase el trabajo de Joaquín Díaz en Revista de Folklore, nº 6, pp. 11-13.

(6) J. Caro Baroja, op. cit., p. 114; dice: "...ayudados por dos o tres chicos pequeños, limpiaban con escobillas la parte donde van a hacer la hoguera, de suerte que no queden en el suelo ni piedras ni guijarros, ni trozos de clavos, herraduras u otros objetos de metal que pudieran haber caído por azar".

(7) Habla Juan Corominas en su Diccionario etimológico de la Lengua Castellana, Ed. Gredos, Madrid, 1967, de "hurgón", barra para atizar la lumbre y del derivado "hurgonear"; "horguinero", en mi opinión "procedería de este derivado y tiene el mismo significado que "hurgón". Unos y otros vocablos parecen proceder en última instancia del término del latín vulgar "furicare" derivado de "fur", 'ladrón' que, según Corominas, "debió de tomar el sentido de 'hurón' de donde 'escudriñar como un hurón' y luego 'hurgar'.

(8) I. Caro Baroja, op. cit., p. 115.

(9) Manuel Peña García, "El paso del fuego y la fiesta de las Móndidas de San Pedro Manrique (Soria)". Separata de las actas del I Congreso Nacional de Artes y Costumbres Populares, Zaragoza, 1969.

(10) Conforme a la explicación que yo mismo he oído de Miguel Moreno -que, por cierto, no creía mucho en la misma- y en boca de otras gentes del pueblo, escribe M. Peña García. op. cit., p. 433. "...haría falta tener la decisión, seguridad y aplomo de los sampedranos, y pisar las brasas clavando con firmeza los pies conteniendo la respiración".

(11) J. Caro Baroja, op. cit., p. 115.

(12) M. Peña García, op. cit., p. 433.

(13) J. Caro Baroja, op. cit., p. 121.

(14) Luis Cortés, "La fiesta de San Juan en San Pedro Manrique (Soria)", Zephyrus XII, Salamanca, 1961, p. 185.

(15) BIas Taracena, Historia de España (dirigida por R. Menéndez Pidal) Ed. Espasa-Calpe, T. I, Vol. 3º, p. 282.

(16) M. Iñiguez Ortiz, Actas y memorias de la Sociedad Española de Antropología, III, Madrid, 1924.

(17) J. Caro Baroja, op. cit., p. 122.

(18) Ejemplo de esta tendencia sería el trabajo de L. Cortés ya citado.

(19) J. Caro Baroja, op. cit., p. 123.

(20) M. Peña García, op. cit., p. 439.

(21) J. Humbert, Mitología griega y romana, Trad. de B.O.O., p. 39.

(22) Plutarco, De Iside (Los misterios de Isis y Osiris), Trad. de Mario Meunier, E. Glosa, Barcelona, 1976, p. 15 y Wellman, Hermes, XXXI, 1906, pp. 250 y ss.

(23) Apuleyo, El asno de oro, XI, capítulos 21 a 25.

(24) M. Peña García, op. cit., p. 437.

(25) Apuleyo, op. cit., 21-25.