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LA VIVINIZACIÓN DEL LOBO EN EXTREMADURA

DOMINGUEZ MORENO, José María

Publicado en el año 1992 en la Revista de Folklore número 139.

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Hace aproximadamente 600.000 años, en el transcurso de la denominada época Villafranquiene, encontramos ya al lobo (canis lupus) completamente consolidado, es decir, en el mismo estado biológico que presenta en la actualidad. Desde el período glacial dicha especie registra una expansión considerable y coloniza, sin que las oscilaciones climáticas lo detengan o le afecten mínima1ente, todo el Hemisferio Norte. El lobo se va a convertir en toda la región holártica en el único competidor serio del Homo Sapiens. En una Eurasia prácticamente cubierta de taigas y de tundras, donde pasta una poderosa o abundante fauna de renos, caballos salvajes, bisontes, uros y ciervos, los grandes cazadores se reparten el inmenso tesoro de proteínas vivientes: canis lupus y hombre paleolítico. Uno y otro muestran un conjunto de aspectos esenciales paralelos: se muestran capaces de abatir animales grandes y pequeños (desde el toro al conejo) gracias a la cooperación de grupos. Ambos viven y conviven de y en un mismo espacio, y todo apunta a que el hombre siente por el cánido una casi veneración y ve en él la síntesis de todas las virtudes del cazador perfecto. Tal aseveración nos es permitido hacerla mediante el apoyo tanto de los datos que nos proporciona la arqueología y la historia como de los estudios sobre el comportamiento de los llamados cazadores paleolíticos históricos (1).

La revolución neolítica es un proceso lento durante la cual el hombre llega a alcanzar los grados de pastor y de agricultor. Es el tiempo en el que se produce la domesticación de algunas especies animales y la correspondiente adaptación de ciertas plantas para el cultivo. Ello va a repercutir en el logro de una concepción del sentido de la propiedad muy diferente a la que se tenía en las etapas anteriores. El hombre, en un contexto general, es dueño absoluto de todo. De esta manera no sorprenderá que el lobo, que hasta ahora había sido un "noble" competidor, se convierta en un animal antagónico, siempre al acecho de la ganadería, y, por consiguiente, en una especie de parásito del naciente ganadero en amplias zonas ya colonizadas y de las que el cánido quiere ser alejado.

En esta adaptación hacia un nuevo hábito por parte del lobo influyen de manera considerable los cambios ecológicos motivados por la acción del pastoreo, entre los que no es el menos importante la desaparición de los animales salvajes que hasta ahora habían sido sus presas. Tan es así que hoy podemos afirmar con rotundidad que la secular lucha hombre-lobo se inicia en el Neolítico por una manifiesta contraposición de intereses. Pero veamos las relaciones de estas dos especies enfrentadas en las etapas anteriores y posteriores a la revolución neolítica, incidiendo, siempre que ello sea factible, en el espacio que actualmente ocupa Extremadura; cuando no, también nos acercaremos a las tierras extremeñas mediante deducciones e inducciones propias de este tipo de investigación.

II

El arte rupestre en la Península es parco a la hora de representar figuras de lobos y ello va a dificultar enormemente el conocimiento de la ya indicada relación del hombre con el animal. En el Tajo de las Figuras (Cádiz) y el abrigo de Los Arcos (Jaén) se observaban siluetas de cuadrúpedos que, al decir del investigador francés H. Breuil, representan lobos. Estos mismos animales figuran en pinturas esquemáticas del valle de Las Batuecas (Salamanca), concretamente en los abrigos conocidos como El Canchal de la Pizarra y El Risco de las Torres (2). Parece ser que a estos primitivos artistas les guió a la hora de confeccionar estas pinturas una intencionalidad mágico-religiosa, sin que hasta el momento nos quepa precisar o concretizar al respecto sin meternos en el terreno de la especulación.

Si la imagen escasea, no podemos decir lo mismo de los restos lupinos hallados en yacimientos arqueológicos peninsulares pertenecientes al período que se extiende entre el Neolítico y los finales de la Edad del Bronce. En una breve reseña caben citarse los localizados en Cantabria, Asturias, Guipúzcoa, Alava, Vizcaya, Navarra, Alicante, Guadalajara y Granada, así como en distintas áreas portuguesas y en Gibraltar. Por lo que respecta a Extremadura, la prueba material más antigua que documenta la presencia del lobo la encontramos en la cueva de Maltravieso (Cáceres), donde se localizaron molares de esta especie en estratos con materiales paleontológicos. El no hallazgo de otras piezas óseas del animal nos abre la posibilidad de que tales piezas dentarias debieron ser utilizadas con sentido mágico, profiláctico o, en menor medida, decorativo. Leite de Vasconcellos nos muestra una serie de dientes de cánidos con los que los hombres de la antigüedad lusitana persiguieron tales fines (3). Difícilmente aceptaremos que el lobo formara parte de la dieta alimentaria de quienes habitaron la cueva de Maltravieso o de quienes ocuparon el solar extremeño en los períodos prerromanos. No significa tal afirmación que estas gentes no recurrieran, en ciertos momentos, a ingerir determinadas partes del cuerpo del lobo por "imposiciones" de tipo religioso o mágico. Quizás aquí tendrían cabida razones de índole totémica, cual pudiera ser la comunión del grupo humano con el lobo.

Maltravieso podemos considerarlo casi como una excepción, ya que son mínimos los restos Óseos lupinos hallados en la región extremeña. Como una muestra afirmativa de cuanto decimos nos vamos a fijar en dos yacimientos arqueológicos de Extremadura que se consideran como representativos. En la cueva de El Conejar, fechada en el último siglo del segundo milenio antes de Cristo, no se encontraron restos de lobos, aunque sí de otros animales salvajes: bóvidos, ciervos, conejos, liebres, gatos monteses, tejones y zorros (4). Algo semejante sucede en el castro de Medellín, cuyas excavaciones tampoco han proporcionado ninguna muestra del canis lupus, a pesar de que la fauna que se constata es abundante en cuanto al número de especies no domesticadas: ciervo, jabalí, cabra montés, conejo, liebre, sisón, perdiz... (5). En esta época, en lo que hoy es la Baja Extremadura, se observa, siguiendo una tendencia generalizada, un auge de la ganadería en detrimento de la actividad cinegética. El perro comienza a jugar un importante papel a la sombra del pastoreo. La función de este animal, función que marcará su comportamiento hasta los tiempos actuales, se encamina hacia una doble vertiente: carea de los ganados y defensor de los rebaños del ataque del depredador. Sin embargo, esto no es todo; de ninguna manera se debe olvidar que su carne también forma parte de la dieta de estos hombres (6). Así nos lo confirma el hecho de que en el ya citado yacimiento de Medellín los restos óseos de perros (canis familiaris) son ligeramente inferiores en número a los de vacas y cabras/ovejas, pero llegándolos a superar incluso en los niveles X, XII y XIV. Si aceptamos la teoría que apunta en el sentido de que el perro se ha configurado como tal mediante un derivación gen ética del lobo, su exclusión de entre los posibles alimentos cárnicos, como más arriba se dijo, respondería a creencias supersticiosas o totémicas.

Hemos apuntado que la ausencia de restos lupinos en Extremadura no se corresponde con la importancia real que el lobo tiene en la Hispania prerromana y, por ende, en esta región, donde este cánido también traspasa los límites de lo puramente ecológico para adentrarse en el terreno cultural. El lobo llega a ser un objeto de culto, sobre todo por lo que en él se manifiesta, constituyendo un importante y sólido eslabón en el sistema de creencias. Vamos a adentrarnos en algunos de estos aspectos.

III

En el yacimiento ibérico de Pozo Moro (Albacete), de inspiración neohitita, se esculpieron distintos grabados mitológicos. En uno de ellos se representan tres cabezas de felinos superpuestas, cabezas que, al decir de M. Almagro Gorbea, son de lobos (7). Si aceptamos el hecho de que este monumento turriforme es de carácter funerario, nos encontramos ante una clara vinculación del lobo con el mundo de ultratumba, algo que también resulta común a todo el área mediterránea. Nada de extraño tiene, por consiguiente, que en la Tumba del Ogro, del siglo II a. C., Hades aparezca pintada con un tocado de piel de lobo (8) y que sea otra piel de lobo precisamente la que cubra el sarcófago hallado en Illiturgi, que en la actualidad se conserva en el Museo Arqueológico de Jaén. Dentro de este mismo contexto entraría la urna encontrada en el Castro de la Corja de Torrecilla de la Tiesa (Cáceres), cuya parte superior se adorna con un lobo de hocico puntiagudo (9). Inciden en el mismo sentido infernal del lobo una serie de platos ceremoniales o páteras fechadas en torno al siglo III a. C. Entre ellas destacamos las dos páteras halladas en Tivisa (Tarragona). En ambas una cabeza de lobo repujada ocupan la parte central. Todo apunta en estos casos a que el dios infernal está simbolizado en el lobo. La clasificada como segunda de las páteras de Tivisa muestra alrededor del cuerpo central una serie de figuras o motivos emparentados, en opinión del profesor José M. Blázquez, con las mitologías mediterráneas. El mellizaje se observa claramente con las figuras que aparecen en el Tumba de las Haspías. Igualmente está fuera de dudas la vinculación de los linces, águila, jabalíes y caballo del plato de Tivisa con los dioses de la religión ibérica (10). A estos animales cabe añadir, entre otros, la serpiente, que se halla presente en la pátera de Perotitos (Santisteban del Puerto, Jaén) circundando a una cabeza de lobo que oprime entre sus fauces a una cabeza humana. El reptil tuvo en la Hispania antigua la "misión" de conducir las almas al más allá (11).

Si partimos de la base, como quedó señalado, de que el lobo es la expresión plástica de un dios infernal, todo apunta a verificar una hipótesis que se deduce tras la observación, sobre todo, de la pátera de Perotitos: el lobo abre sus fauces para ingerir o, lo que es igual, acoger en sus entrañas al muerto y procurar de este modo su salvaguardia en el mundo de ultratumba. La boca del lobo, por consiguiente, es el paso o el umbral a las entrañas de la tierra, al paraíso que el hombre va a disfrutar después de su muerte. Y a través de la simbólica boca lupina puede emerger a la superficie algo de lo que se esconde en el paraíso de ultratumba. Desde este prisma nos resulta comprensible el que la toponimia de Extremadura refleje una estrecha relación entre el lobo y determinados acuiferos que con relativa frecuencia llegan a tomar su nombre: Fuente de los Lobos, Baño del lobo... El agua que se ve o que el lobo nos ofrece es sólo una muestra de la que se esconde en el subsuelo y que está al igual que todo lo que se oculta en el más allá, bajo su protección.

Volvemos a insistir en que este sentido fúnebre del lobo entre la población prerromana peninsular no difiere del de otras áreas del Mediterráneo donde este animal, al igual que el león, procura la defensa de la tumba. Es muy probable que semejante aspecto cultural haya trascendido hasta tiempos relativamente cercanos en el espacio que hoy ocupa la comunidad extremeña, sin una ruptura que no nos permita adivinar huellas emanadas de la protohistoria. ¿Qué significado que no fuera el escatológico desde la indicada perspectiva tendrían los lobos y leones grabados o esculpidos en los cojinetes que sostienen sepulcros o que velan junto a esculturas funerarias en algunas de nuestras iglesias? Puestos a señalar ejemplos, sirva de muestra el mausoleo del comendador don Antonio Bravo de Jerez, del siglo XVI, que se conserva en la iglesia de Santa María de Almocóvar, de Alcántara (Cáceres), al que custodia media docena de leones.

IV

El lobo, dios infernal, quizás símbolo de la tierra misma, es vigía del mundo de ultratumba e imposibilita que el paraíso subterráneo, del que ya disfrutan los muertos, sea violado por cualquiera de los humanos. A este mito parecen aludir viejas leyendas extremeñas, como la que se conserva en Villasbuenas de Gata acerca de un tesoro que se halla oculto en el paraje conocido por El Púlpito de los Lobos y que todavía a finales del pasado siglo trajo en jaque a los ilusos habitantes de los contornos (12). En el subsuelo de dicho lugar se ocultan inmensas riquezas inalcanzables para los vivos. En el verano de 1980 pude escuchar de boca de algunas personas del pueblo la razón sobre la imposibilidad de conseguir el tesoro. Un lobo siempre permanecía acechante y sus continuos aullidos petrificaban y mataban a quienes tenían la osadía de acercarse por sus inmediaciones. Lo que se esconde bajo la tierra sólo debe ser disfrutado por quienes moran en el mundo de ultratumba.

Pero veamos algunos ejemplos más que incitan a pensar en una pervivencia escatológica de nuestra protohistoria. Junto a la fuente de El Salugral de la Jarilla una familia excava una supuesta mina. Una tarde se oyeron en el pueblo incesantes aullidos de lobos que provenían de aquel lugar. Los vecinos, armados hasta los dientes, corrieron hacia la mina y observaron que la galería se había desplomado sobre los cuatro obreros que trabajaban en su interior. Los cadáveres fueron rescatados y todos ellos presentaban los síntomas evidentes de haber sido atacados y muertos por lobos. En Piornal, otro pueblo cercano al anterior, se habla de unas cuevas que se abren en los cordales montañosos de la comarca de La Vera en las que se creyó que habitaban unas reses que tomaban forma de distintos animales, entre ellas de lobo, y secuestraban tanto a los ganados como a las personas que tenían la osadía de acercarse o de penetrar en las grutas. Una leyenda de esta misma índole aunque ya concretizada, se me narró en Losar de la Vera. Una joven pastora buscaba en la Sierra de Tormantos una cabra que se le había perdido, cuando oyó unos balidos que procedían de una cueva y hacia ella se encaminó con la idea de recuperar a su animal. A escasos metros del antro un gigantesco lobo le cerró el paso y, tomándola en sus fauces, la introdujo en la cueva. Nunca más se supo de la joven. Mi informante aseguraba que "en una fuente de Guijo de Santa Bárbara aparecieron las hebillas de los zapatos y una horquilla del pelo" que la pastora llevaba cuando fue sorprendida por el lobo que la secuestró. En este último "suceso" se constata la más arriba enunciada relación lobo-mundo subterráneo-fuente y se deja ver el parentesco de estas leyendas míticas con otras de distintos puntos de la península (13).

V

El carácter infernal del lobo queda aún más clarificado tras la interpretación que A. García y Bellido hace de una de las estelas funerarias de Ponga (Asturias), en la que se ve a un lobo persiguiendo a un ciervo. Dentro de la silueta de aquél aparece inscrito el nombre del difunto. Tal detalle ha hecho pensar al citado investigador que el lobo no es otra cosa que la reencarnación del muerto, que en el más allá sigue perpetuando las actividades cinegéticas que practicó en vida (14). No ha de sorprender, por tanto, la creencia griega sobre la aparición a los humanos de los difuntos cubiertos con piel de lobo (Pausanías, VI), aspecto éste que se recoge en el arte religioso de aquel pueblo, como ponen de manifiesto ciertos grabados de sarcófagos en los que la imagen del difunto ha sido suplantada por una figura lupina (15). En toda la plataforma euroasiática durante la protohistoria el ciervo, entre otras prerrogativas, fue considerado "animal funerario y guía de los muertos" (16). El primero de los aspectos se evidencia con claridad meridiana entre las poblaciones indígenas peninsulares, especialmente entre los íberos, los turdetanos, los lusitanos y los vadinienses, siguiendo todos ellos una tradición que probablemente hunde sus raíces más profundas en el paleolítico franco-cántabro (17).

Por lo que atañe a la Lusitania, esta opinión queda fundamentada por algunos hallazgos arqueológicos. Así, por ejemplo, tenemos el jarro ritual lusitano de la Colección Calzadilla de Badajoz, del siglo IV a. C., rematado con una cabeza enastada con la boca abierta; tras utilizarse en ceremonias funerarias fue colocado en una tumba. Más importante si cabe es una lápida funeraria, también lusitana, del siglo III, en la que se grabó una cierva con su cría. A este mismo carácter, pero quizás con una mayor incidencia en su aspecto psicopompo o de conducción de las almas, aluden los ciervos grabados en el petroglifo de Esparragosillo, ubicado en un paraje de Alcántara que cabe calificarse como un auténtico santuario funerario (18). En la parte inferior del grabado se observa la figura de un cánido, seguramente un lobo, sin aparente relación con el conjunto. Sin embargo, estamos ante una esquematización de una escena de caza que se hilvana en el contexto cinegético de ultratumba. La persecución de un ciervo, como el artista reflejó en la estela de Ponga, supone una mutación del cazador, un paso de lo profano a lo sagrado, la elevación a un estadio superior. Por tal razón en dicha estela, al igual que ocurre en el petroglifo de Esparragosillo, se ha producido una metempsicosis, es decir, una reencarnación del muerto en lobo. El difunto encarnado en lobo no tiene límites en el disfrute del paraíso animalístico del más allá, como pone de relieve una estela de Clunia (Burgos) en la que una vaca es atacada por un lobo que se le ha subido a las costillas. Varias serpientes y peces completan este conjunto, lo que sirve para darle a la composición un mayor carácter infernal.

Desde el anterior contexto de la metempsicosis cabe interpretar una leyenda de corte mítico que, en el invierno de 1985, recogí en el cacereño pueblo de Pedroso de Acim, según la cual los lobos fueron creados y condenados por Dios a vivir escondidos en el interior de la tierra:

"Pero un día estaban ya cansaos de cazar debajo del suelo y le pidieron permiso a Dios pa salir. Y va Dios y dijo: Salir. Y los lobos salieron pa defuera, y desde entonces es que está corriendo por el mundo. Solitamente se quearon endentro de la tierra dos lobos que debían ser mu vagos... qu'estaban dormíos sin cazar... P'allí están los dos lobos que se quearon, allí están... Cuando llega un terremoto es cuando se dispiertan y por eso se mueve la tierra: qu'es porque ha pasao alguna pieza cerca y es cuando se mueven" (19).


En este mismo contexto escatológico incide una leyenda localizada en Casar de Palomero. Se dice que en la ermita de la Cruz Bendita, que se alza en el Puerto del Gamo a poco más de un kilómetro de la población, se celebraba una misa votiva previa a una batida de lobos en la Sierra de Altamira. En el instante de la consagración un gamo, al que perseguía una manada de lobos, cruzó los umbrales del santuario repleto de cazadores. El celebrante ya había sido alertado por los aullidos y, como viera dentro al indefenso animal, no le faltó tiempo para gritar a los asistentes que cerraran la puerta para de este modo atrapar aquella pieza que había caído en una trampa peor que la de las fauces del lobo. Pero antes de que ningún cazador reaccionara el gamo, temiéndose lo peor, estaba de nuevo en el monte:

"Entonces va el cura que se olvía de la hostia de consagrar y se pone a voces que si él fuera lobo ya vería el gamo. Resulta que decir eso cuando está la hostia a consagrar es una maldición, y así qu'el cura se queó convertío en lobo... Echó a correl de chapesco detrás del gamo y los dejó sin que acabara la misa... Pos a mí m'han contao qu'es de verdá que hasta que el cura no cace al gamo y aluego no s’encuentre a otro cura dijendu la misa, pos no se quita de ser lobo y se jace cura otra vez. Primero, a cazar el gamo; después, toparse con el cura...; porque del resvés no sirve" (20).

La ermita en esta narración, como es obvio, funciona como un espacio sagrado, con equivalentes en la cueva o en la gruta, pasos vaginales hacia el subsuelo, es decir, el lugar en el que moran los muertos. Desde esta perspectiva comprenderemos que la leyenda del cura-Iobo es el producto que ha derivado del mito del cazador fúnebre. El difunto sufre una metamorfosis mediante la cual se transforma en lobo para mejor dar caza al gamo. Semejantes a esta leyenda se han recogido otras en diferentes lugares. En el País Vasco son bastantes las versiones recopiladas del mito, recibiendo el cazador diversos nombres, el más popular de los cuales es el de eiztari-beltza (cazador negro) (21). También Cataluña nos ofrece el relato del Lo mal cassador (22). En San Ciprián de Sanabria (Zamora) me hallaba realizando trabajos de campo en 1980 y una de las noches se levantó un fuerte viento que los vecinos "identificaron" como "los jadeos de los perros de un fraile que van detrás de la liebre". En estos casos, al contrario de lo que ocurre en el "suceso extremeño", el cazador no se transforma en perro (o en lobo), sino que está condenado a correr al lado de éstos. Versiones de esta leyenda las hallamos en Francia, donde el cazador salvaje, amén de otros nombres, es llamado Monsieur de la Fôret; en Suecia. donde se le conoce por Odinjäger; y en Alemania, donde recibe la denominación de Helljäger. Parece que estas versiones se aglutinan en el mito de Odín, en el que parecen encontrar su fundamento. Odín es primo de los Ases o divinidades vikingas, puede tomar toda su suerte de figuras de animales y a él le están consagrados el lobo y el cuervo, lo que no podrían ser menos dado el carácter infernal de los mismos. Se hace acompañar de Geri y de Freki, dos insaciables lobos que ya muestran algunos rasgos de Fenrir, el máximo representante de la maldad lubuna que tan claramente se manifiesta en los tratados mitológicos vikingos.

VI

Ya ha quedado demostrado el carácter funerario del lobo. Nada tiene entonces de extraño que la cabeza de este depredador aparezca representada en las conteras de bronce de cuatro lanzas de carro que fueron halladas en 1860 en el Cortijo de Maquiz (Jaén). Sobre dos de estas lanzas hay grabadas escenas de interés religioso: jinetes sobre hipocampos, lobos atacando a jabalíes, genios alados, etc.(23). García y Bellido compara estos bronces con la ya citada pátera de Tivisa (24), lo que nos parece lógico desde el tratamiento infernal de todo el conjunto. Desde nuestro punto de vista el carro se presenta estrechamente vinculado con el mundo de ultratumba, ya sea como elemento votivo, alegórico o mitológico, ya sea, cuando a tamaño real se deposita en el sepulcro, orientado al "uso natural" por el difunto en el más allá.

En Extremadura se han localizado varios carros que aluden a la caza fúnebre. A través de ellos vemos una sublimación del difunto, no ya sujeto a una mutación en lobo, sino adquiriendo su forma humana o, en último caso, trasplantado a un nuevo espacio de heroización ecuestre. Sobre el carro de Almorchón, del siglo VI a. C., va un jinete con casco que blande en su mano derecha una lanza. El carro de Mérida, de la misma época que el anterior, es más conocido. En él se representa una escena de cacería en la que un jinete, ayudado por dos perros (uno ha desaparecido) persigue a un jabalí. Como ya se ha dicho, el jabalí es un animal estrechamente vinculado a las creencias funerarias. Idéntico tratamiento al del carro de Mérida recibe una estela de Lara de los Infantes (Burgos), en la que aparece un jinete alanceando un jabalí, todo ello sobre el nombre del difunto. El que cabalga, según la interpretación que me parece más afortunada, es el fallecido que en el otro mundo sigue practicando la actividad cinegética. Curiosamente, aun salvando las distancias, constatamos que el viejo escudo de armas de Arroyo de la luz presenta idéntico motivo: un jinete acosa aun jabalí aliado de un roble o fresno. ¿Estamos ante una pervivencia dentro de la heráldica de un tema de índole mítica? No hay que olvidar que Arroyo de la luz se sitúa geográficamente en las proximidades del santuario funerario de Alcántara, al que nos hemos referido con anterioridad.

Profundicemos un poco más en la vertiente cultural del lobo en Extremadura. Muy cerca de la comarca cacereña de la Vera se encuentra el paraje conocido como Portoloboso, ya en término de Candeleda (Avila). En este punto se han localizado diecinueve aras votivas, diez de las cuales están empotradas en los muros de una ermita. Todas ellas están dedicadas aun dios indígena llamado Vaelico. El radical celta uailos significa lobo. Este hecho, unido a la toponimia del lugar, nos induce a pensar que nos encontramos ante un santuario a una divinidad lupina o estrechamente relacionada con el lobo, con una segura influencia sobre una extensa área de la Alta Extremadura. Como bien apunta José M. Blázquez, siguiendo a Dion Cassio, 37, 53-54, no sorprende el que el lobo fuese objeto de veneración en los sitios en los que la ganadería era la mayor fuente de riqueza y el bien más estimado por los nativos (25). la sincretización de esta devoción quizás la tengamos en Nuestra Señora de la Chilla, en Candeleda. Ante la imagen, en su santuario, se halla postrado un pastor que mantiene a su vera una cabra y un perro.

Se cuenta, además, en la Extremadura prerromana con un Dios nocturno semejante al dios de los galos Sucellus (= el que golpea bien). Aunque no contamos con inscripciones relativas a esta deidad, diferentes estudios, especialmente los llevados a cabo por L. Lambrino (26), demuestran que fue objeto de un culto en Lusitania. Así parece confirmarlo el hecho de que en este área abunden los monumentos funerarios en forma de tonel y de que el tonel sea precisamente uno de los atributos de Sucellus. Pero más importante es el hallazgo de una serie de bronces relativos al dios indígena, uno de los cuales se localizó en la localidad pacense de Puebla de Alcocer. Este Sucellus de Badajoz, al igual que los galos, se cubre los hombros con una piel de lobo y, aunque le haya desaparecido, debió portar un martillo. El pellejo lupino es su emblema. Sucellus está considerado guardián de las almas de los muertos (27), cosa nada sorprendente tras conocer el carácter infernal atribuído al lobo. Cabe la posibilidad de que nos encontremos ante un dios o un dios-lobo de ultratumba, del que en buena medida depende la actividad cinegética del más allá. Como dios infernal, Sucellus refrenda los pactos y el cumplimiento de la palabra dada, ya que su implacable mano siempre castiga a los traidores. Los heraldos hispanos se cubrían con una piel de lobo en señal de paz. Según Apiano (Iber., 48), los nertobrigenses, sitiados por Marcelo en el año 152 antes de Cristo, enviaron a éste un emisario cubierto con una piel de lobo, sin duda alguna para testimoniar que la promesa de su pueblo quedaba tutelada por el mismo dios. Es decir, se pone por testigo al dios infernal, bajo cuyo atributo se acoge, del cumplimiento de la palabra dada. Los dioses infernales velan por la ejecución de las alianzas, acuerdos y tratados, razón por la cual, entre otros ejemplos menos conocidos, los lusitanos, al ser engañados por Galba y aniquilados en el año 150 antes de Cristo, no dudan en apelar a los dioses garantes de las promesas del romano (28).

Otro dios infernal, en este caso una diosa, es Ataecina. Su culto se extendía entre los ríos Tajo y Guadalquivir, encontrándose muy estrechamente vinculada a las riberas del Guadiana. Han aparecido inscripciones a ella dedicadas en Mérida, Medellín, Herguijuela, Ibahernando y Salvatierra de Santiago. Entre su exvotos, fechados hacia los siglos II-I antes de Cristo, destaca el jinete de bronce hallado en Torrejoncillo y que actualmente se custodia en el Museo Provincial de Cáceres. Tal vez se ha querido representar en él al cazador fúnebre en un estado de esquematización superior al de la estela de Lara de los Infantes o al del carro de Mérida, en los que ya nos fijamos anteriormente. También con la diosa Ataecina están relacionados unas pequeñas cabras de bronce encontradas en Torrejoncillo y el Aliseda. Semejantes animales debieron sacrificarse en los rituales a esta diosa infernal y señora de los difuntos para buscar su propiciación y defensa del lobo.

NOTAS

(1) En muchos cuentos populares, en leyendas y en historias hagiográficas se manifiestan estas mismas relaciones "amistosas" del hombre con el lobo.

(2) GRANDE DEL BRIO, R.: Pintura rupestre de Zamora y Salamanca. Salamanca, 1988. Pág. 135.

(3) El investigador portugués no hace una clara distinción entre piezas dentarias pertenecientes a perros y a lobos.

(4) CERRILLO MARTIN DE CACERES, E.: La vida rural romana en Extremadura. Cáceres, 1984. Pág. 34.

(5) ALMAGRO GORBEA, M.: El Bronce Final y el Periodo Orientalizante en Extremadura. Valencia, 1977. Pág. 510.

(6) Actualmente la carne de perro sigue comiéndose en Extremadura, en especial por parte de determinados grupos (quintos, comparsas, peñas...). En Campo Arañuelo, hasta hace algunas décadas, el integrarse en una panda carnavalera exigía para el solicitante el aporte y la condimentación de un perro.

(7) ALMAGRO GORBEA, M.: "Los relieves mitológicos orientalizantes de Pozo Moro", en Trabajos de Prehistoria, 35 (1978), 251 ss.

(8) BLAZQUEZ, J. M.: Primitivas Religiones Ibéricas, II. Madrid, 1983. Pág. 33.

(9) RlVERO, C.: "Algunas cerámicas ibéricas decoradas del Castro Plaza del Tercio (Torrecilla de la Tiesa, Cáceres)", en Zephyrus, XXV. Salamanca, 1974, pág. 356.

(10) BLAZQUEZ, J. M.: Diccionario de las religiones prerromanas de Hispania. Madrid, 1975. Págs. 84 ss.

(11) GRANDE DEL BRIO, R.: el lobo ibérico: biología y mitología. Madrid, 1984. Pág. 236.

(12) HURTADO, P.: "Supersticiones extremeñas", en Revista de Extremadura, IV (Cáceres, 1902); págs. 350-351.

(13) BARANDIARAN, J. M.: Mitología Vasca. Bilbao, 1989. Págs. 94 ss.

(14) GARCIA Y BELLIDO, A.: "El jarro ritual de la colección Calzadilla", Arch. Esp. Arq. Madrid, 1957, vol. XXX, 132 ss.

(15) BLAZQUEZ,J. M.: Primitvas..., 244 ss.

(16) ELIADE, M.: Historia de las creencias y de las ideas religiosas, II. Madrid, 1979. Pág. 132.

(17) BLAZQUEZ,J. M.: Primitivas..., 272.

(18) DOMINGUEZ MORENO,J. M.: "Microlitos y megalitos funerarios en Alcántara, Cáceres", en Revista de Folklore, 125 (Valladolid, 1991), págs. 147-156.

(19) A. M., 1985.

(20)J. A. M., 1983.

(21) CARO BAROJA, J.: Algunos mitos españoles. Págs. 71 ss.

(22) MENENDEZ PELAYO, M.: Historia de los Heterodoxos Españoles, I. Madrid, 1980. Pág. 248.

(23) BLAZQUEZ, J. M.: Primitivas..., 146-149.

(24) Esculturas romanas de España y Portugal. Madrid, 1949. Págs. 464 55.

(25) Religiones..., 231.

(26) Empereurs romains, 237.

(27) GRANDE DEL BRIO, R.: El lobo ibérico..., 236.

(28) Apiano, Iber., 60.