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APUNTE BABLE

GARRIDO PALACIOS, Manuel

Publicado en el año 1992 en la Revista de Folklore número 139.

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Había atravesado un puente por la mañana, cruzando el Cares. Era talla soledad, que una patada a una piedra y el ruido que hizo al chocar contra otras, se me antojó diálogo. Era tal el silencio, que el hecho violentó el paisaje.

Me impresionó mucho la primera visión que tuve de la danza Corri-Corri en Arenas de Cabrales, Asturias. Era otoño tarde y estaba el suelo amarillo de hojas. Los grandes troncos parecían desperezarse liberados de su peso. Metros más allá del claro de árboles donde se hizo la danza, era bosque cerrado, zigzagueo de cúpulas. Seis mujeres y un hombre, el bailín, enfrentados, tuvieron un breve ceremonial de presentación mutua. Después, ellas comenzaron a moverse como sola línea en todas direcciones. Pasos cortos, fugaces, giros leves, llevaban en sus manos ramas verdes con las que se iban tapando en un juego gracioso de sube y baja, pecho y vientre. El, ante las seis, saltaba, brincaba como un péndulo, hacía difíciles equilibrios con la vara que portaba. Un viejo campesino me vio esbozar unos apuntes y se me acercó:

-El es el pastor y ellas el rebaño.

Yo le pregunté:

-¿Por qué cree usted que salta tanto?.

El hombre desvió la mirada hacia los árboles, como buscando la respuesta en sus ramas desnudas, se acarició una ceja, se encontró con mi espera:

-Para que no se desmanden.

Un cura gordinflón de cara rojiza se puso a nuestro lado y estuvo desviando el agua a su molino en cuantas cosas decía el viejo. Un tercero apuntó una novedad:

-Un jefe de tribu que escoge a su mujer.

Yo les dije que en no sé qué sitio, pienso ahora que en Cogull, Lérida, había visto unas pinturas rupestres que tenían una cierta semejanza en su coreografía con lo que estábamos viendo. Me atreví a opinar que el movimiento alternativo que hacían con las ramas verdes, tapándose y destapándose pecho y vientre podría interpretarse como que la presentación de las mujeres ante el Jefe tribal se hacía en cueros. Al cura se le puso la cara aún más roja y parecía como si de un momento a otro le fuera a estallar:

-No eran mujeres, sino ovejas y el hombre un simple pastor, -dijo a punto de exaltarse.

-De todas formas -apuntó el viejo campesino- aunque fueran ovejas como dice, irían en cueros.

-Mire usted -dijo, mirándome para que yo tomara buena nota- es una danza puramente religiosa.

-Todas las danzas en su origen tuvieron un por qué religioso.

-Yo se lo puedo demostrar por la misma letra que se canta.

A duras penas, con voz de sochantre antiguo fue hilando versos.

Al fondo, en el robledal, las seis mujeres seguían moviéndose como un todo compacto:

Válgame Nuestra Señora
válgame la Madre Santa.
Válgame Nuestra Señora
Nuestra Señora me valga.
Vi que bajaba de un cerro
cuando a las tres de la tarde
vi que bajaba de un cerro
una hermosa peregrina
con un hijo muy pequeño.
Con un báculo en la mano
su madre un rosario al cuello
bordado de oro y rosas
y divinas en pequeño.
Y vi que se iba acercando
donde el pastor tenía el fuego.
-Pastor que el cielo te guarde,
si tienes para este Niño
algo de vuestro sustento.
El pastor dijo: -Señora,
este pan que aquí traemos
es de cebada y heleño
pues no ha de poder comerlo,
yo con mil voluntades
os daré de lo que tengo.
Abrió el zurrón y sacó
un pan duro y puso al fuego,
y con un hacha, al partirlo,
que se volvió blanco y tierno.
-Decidme quien sois, señora,
o me quemaré en el fuego,
que el pan que era de cebada
se volvió de trigo bueno.
-Vete pastor a la vega
y el Padre puro y eterno
le digas que necesito
la zamarra del pequeño.
Y desapareció dejando
la fragancia del misterio
en una copa de agua
este sábado primero.

-No me la sé muy bien y es más larga la historia, pero, bueno, le da una idea.

En todos los caminos que hice más me gustó oir que hablar. Las mentes se han ido acomodando a unas historias, a unas maneras suaves de verlo todo y han ido ajustando tal cosa a tal tiempo y tal sentido a tal costumbre. La Iglesia vino un día, hizo tabla rasa de ritos y creencias, adjudicó un árbol y una pastorcita inocente a cada aparición de imágenes y consiguió sintetizar en un patrón y una patrona para cada pueblo el cúmulo de sabiduría que contenían las colectividades. Naturalmente, la homologación ha traído el empobrecimiento de la identidad y los viejos cultos han conocido el horario, las monsergas en latín y las plomizas procesiones bajo mazas.

El cura rural ha pasado a ser el jinete-(cerebro montado a la grupa del caballo-cuerpo del pueblo, y hábilmente ha ido controlando las riendas. El caballo ha seguido su instinto, pero ya guiado por el jinete, quien, con la sutileza que lo caracteriza, ha dado sabia respuesta para cada punto de referencia encontrado en el camino. Me pregunto qué sería de este ejemplar si de pronto lo envolviera un corro cuyos personajes fueran el diablo del gorro colorado, que tanto goza haciendo travesuras, el nubero, ese ser diminuto que vaga por el monte y apedrea las tierras, el trasgo, con su desorden secular, el papón, amedrentando a los niños que no comen o no duermen, el sumicio, engullendo todo lo perdido, los saludadores, con su curandería y su cruz en la lengua, los duendes burlones y cachondos, la culebra, serpenteando por palacios y cuevas, guardando tesoros de oro y virginidad, las xanas, hilando lo que nunca se acaba a la vera de las fuentes, allá donde las luces tristes anuncian un alma en pena, difuntos a los que falta algo para entrar en el cielo, para volver al paraíso, al seno, para ser felices de nuevo, yendo con sus luces amarillas en procesión de huestia, dejando el rastro de la cara como único signo de su paso. También en el corro, girando vertiginosamente, una bruja, de las que dicen que echan el mal de ojo y de las que saben el remedio para quitarlo, de las que nunca saludan, que te frotan con agua de alicornio, de las que conocen dónde se guardan las gacetas que te pueden llevar a las yalgas, tesoros para buscar durante toda una vida.

Más tarde otro grupo salió a bailar el fandango de Pendueles, común a La Borbolla y Pancar, conocido por El Bable, genérico que luego fue perfilando apellidos conforme las comunidades los fueron adoptando como propio. Era tan bello el espectáculo como poco concurrido, especie de concentración de grupos para disfrutar colectivamente mostrando lo traído, lo mismo que el círculo mágico de cante que se puede dar en Andalucía. El cura de cara ancha calló, pero anduvo atento y cerca captando mi charla con la gente, seguro que para intervenir si algún parroquiano se desviaba un paso de la Única verdad posible: la de él. De todas formas, mi tono de voz siempre fue bajo y su oído nunca debió ser fino. Así me pude ir enterando de lo que iba sucediendo en el claro del bosque, con la palabra siempre preferible de la gente que lo vivió antes, sin traductores. Y ví la Danza de Peregrinos, que hicieron niños y niñas, con bordones y caramiñolas, haciendo el compás en el suelo con los grandes palos que a quien intentaban recordar servirían como apoyo en el camino. Esta danza vive en Llanes y suele hacerse por San Roque. Por las fiestas de la Guía y en el mismo sitio se suele hacer la Danza de Arcos, tan extendida a derecha e izquierda de Asturias, por todo el litoral cantábrico. La de aquí la bailan niños y niñas en dos hileras, vestidos de azul y blanco, balanceando sus arcos en alto y concluyendo en corro. El Pericote, me explicó una anciana, es como un gallo y dos gallinas, un hombre y dos mujeres que pasan, se cruzan y evolucionan con toda la serenidad y elegancia que exige el más viejo de los ritos. Jamás uno u otras descomponen la figura en complicados laberintos. Ellas parecen pasear, ir, venir, indiferentes a él, que, cruzándose un brazo al pecho y otro ala espalda salpica su andadura de limpios saltos, jaleados con grito. El traje llanisco contribuye a la belleza de esta danza, llamada Contrapaso y Valamé. Al igual que en Pollensa, Mallorca, Alosno, Huelva, Vinuesa, Soria, y tantos sitios, también aquí, me cuenta mi viejo amigo campesino, se levantan Mayos: tronco derecho y delgado, desnudo de corteza, cortado al filo de la mañana en el monte y traído por los mozos al centro del pueblo, con la alegría y las canciones del mujerío nuevo. Este pino-pene se clavará en un seno de arena húmeda y se erguirá erecto presidiendo las fiestas. Muchos intentarán treparlo para alcanzar la copa lejana, donde aguarda el premio al más osado, al mejor, quizás el espejismo de una vuelta al paraíso perdido, aunque en realidad se trate de una bolsa con gallina y poco de dinero. A la hoguera que se encendía junto al Mayo se le daba el poder de purificación y los hombres jóvenes la saltaban con pértigas. Así también en Llanes el asunto del Ramu, pirámide adornada de atractivos, que se lleva en las procesiones y a la que le cantan y le bailan. Una variante de la Danza Prima podríamos verla en la Danza de San Juan, retenida en la memoria de Nueva, del Valle de San Jorge. Hombres y mujeres cogidos del brazo avanzan y retroceden al son de un romance. Pude recoger el que cantaron con la Danza Prima, que de círculo se convirtió en espiral y sin arte ni parte me vi envuelto en ella, teniendo que ajustar después en mi libreta los versos al dictado de mi viejo amigo.

Hay un galán nesta villa
hay un galán nesta casa,
ayer por aquí venía
ayer por aquí pasaba,
-Ay, diga lo que quería,
ay, diga lo que buscaba.
-Yo busco a la blanca niña,
yo busco a la niña blanca,
que tiene voz delgadina
que tiene la voz delgada,
la que el cabello tejía
la que el cabello trenzaba,
ay, trenzadicos traía,
ay, trenzadicos llevaba.
-Ay, que non la hay nesta villa,
ay, que non la hay nesta casa.
-Ay, diga a la blanca niña,
ay, diga a la niña blanca,
ay, que su amante la espera
ay, que su amante la aguarda,
al pie de una fuente fría
al pie de una fuente clara,
que por el río corría
que por el río manaba,
donde canta la culebra
donde la culebra canta.
Ya su buen amor venía
ya su buen amor llegaba
por sobre la verde oliva
por sobre la verde rama.
Por donde ahora el Sol salía
por donde ahora el Sol brillaba.
Ay, mañana la tan fría,
ay, mañana la tan clara,
ay, no quiere que la vista,
ay, no quiere que la traiga,
ay, quiere que la ponga arriba,
ay, quiere que le ponga en vara.
La quiere para otra su amiga
la quiere para otra su amada
que la tiene allá en Sevilla,
que la tiene allá en Granada,
-Ay, non te cases mi vida,
ay, non te cases, mi alma.
-Presta será mi venida,
presta será mi tornada.
Ay, fuese a la romería,
ay, fuese a la Roma santa.

En varios lugares de Asturias por los que anduve antes me aseguran la paternidad de esta danza. Creo que no hay que buscarla en uno determinado, sino en los acontecimientos rurales que atraen a gentes de todos los pueblos y hacen juntos la danza como nexo de unión, seña de identidad inextinguida. Un ejemplo podría ser la Fiesta del Pastor, en las montañas de Covadonga, junto a los lagos. Allí, sobre el verde del prau brota espontánea, como decía Manolo Pizán, síntesis de todas las danzas, aún con su manto amarillo de ser primitivo.

Pregunté tímidamente por las xanas, las brujas, los nuberos, los de los largos brazos que bajan aullando desde sus casas de tierra en lo más alto de las montañas, los ventolines, que no temen el campano ahuyentador de las torres de aldea, porque vienen a dormir a los niños, a contarles cuentos, las lavanderas, torbellinos de luz allá donde el río se anarquiza, manos seguras donde un niño peligra.

-A tí te interesa todo -me espetó mi amigo.

-Todo. Voy aprendiendo conforme camino.

-Te voy a referir algo que se dice por aquí sobre las xanas. Un hombre como tú y como yo quiso quitarles una vez la flor del agua para desencantarlas. Y se escondió en un árbol durante toda la noche. Cuando llegaron, él estuvo torpe, pisó unas ramas y ellas huyeron hacia su escondrijo, pero tan deprisa que se agolparon en la entrada y dieron tiempo a que el hombre pudiera coger un pelo de sus trenzas rubias. Tirando empezó a formar un ovillo, pero que al enredársele en una rama le hizo decir: "Santa Virgen". Y dicen que los árboles y las matas ocultaron el sitio, se cortó el pelo y el ovillo se hizo lana; todo desapareció de como estaba quedando transformado en un paisaje distinto.

-¿y el hombre?

-Quedó muerto.

Después, se me acercó cauteloso:

-Si tú me prometes no decir quién ni dónde, yo te llevo ahora mismo a ver a una bruja.

Sólo diré que tuvimos que andar, monte arriba, buen rato, y como si reviviera escenas de mi infancia, vinimos a entrar justamente en la casa cuya chimenea echaba humo, solitaria, rodeada de helechos, inmersa en lo umbrío del bosque.

Tenía cara dulce, piel tersa a pesar de su edad. Me cogió las manos y me dijo que me envolvía un mal aire, que si yo quería, ella me lo podía quitar. Mi amigo se sentó junto al fuego y yo en un taburete en mitad de la estancia. Me quitó zamarra, chaleco y camisa y puso sus manos durante un rato sobre mi espalda desnuda. Cortó un diente de ajo en dos y con leve oración de labios entreabiertos me lo estuvo refregando por la piel dibujando en ella signos extraños. Mi mente quedó como en éxtasis; todo el entorno desapareció de mi percepción tomando dimensiones diferentes: el fuego era un Sol y mi taburete estaba en una encrucijada de caminos, tuve que levantarme y tomar uno, por el que anduve un tiempo. Cuando abrí los ojos y volví a la realidad, me hallaba apoyado en una de las paredes de la casa, como si hubiera querido salir por ella.

Volví a cruzar el puente que monta al Cares y remontar camino arriba hacia otro sitio. Estuve dando patadas a las piedras por escuchar el ruido del choque, del arrastre, pero no se me antojó diálogo. Y aunque era grande el silencio, no se violentó el paisaje por ello. Todo formaba parte de él.