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Editorial

DIAZ GONZALEZ, Joaquín

Publicado en el año 1992 en la Revista de Folklore número 140.

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La costumbre antigua, y muy extendida en diferentes civilizaciones, de colgar al cuello de los niños pequeños algún amuleto que les protegiera contra cualquier posible mal, se plasmó desde los primeros siglos de nuestra era y entre los cristianos, en un ejemplo que ha durado hasta nuestros días. Los llamados "Santos evangelios", o simplemente "evangelios" (junto a la "regla de San Benito" y alguna otra muestra que se usa del mismo modo), consisten en un pequeño escapulario cerrado conteniendo una hojita, doblada en varios pliegues, sobre cuya superficie se escriben con minúscula letra fragmentos de cada uno de los cuatro evangelios canónicos; aunque no siempre coinciden los textos, muy frecuentemente aparece el capítulo primero del libro de San Juan, "en el principio era el Verbo", seguido de otros, entre los que se cuentan las tentaciones de Jesús en el desierto y el encargo hecho a los apóstoles para predicar a todas las criaturas el evangelio. Ahí parece estar la clave del amplio uso y difusión de estas medallas: en la Palabra; la palabra como poder contra el mal, contra el demonio. Hechicerías, nubes amenazantes, brujas, terremotos, rayos y huracanes pueden perder su poder ante el pequeño talismán. El Cristianismo no se origina en un libro concreto sino en el mensaje oral, y esa forma de transmisión de la vida y el misterio se fijan por escrito y se colocan al cuello para proteger a los más débiles del poder de la muerte. No resulta demasiado extraño Comprobar que hoy en día continúa la tradición con la misma fuerza que tuvo en sus orígenes.