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SAN LA MUERTE

JIJENA, Rafael y ALPOSTA, Luis

Publicado en el año 1992 en la Revista de Folklore número 140.

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La Muerte, decimoctava hija del Erebo y la Noche, nieta del Caos y hermana del Sueño, está siempre al acecho en los días del hombre, a quien tarde o temprano hará cruzar el río del Olvido.

Así la concibieron los griegos, y la representaron como a una niña negra en brazos de la Noche. Acaso sea ésta su personificación más antigua. Posteriormente se la imaginó con figura y carácter de adolescente, y también como a una matrona cubierta con un manto negro.

Una vieja desdentada vemos en Atropos, la más cruel de las Parcas, cuyas tijeras inexorables la convirtieron en ministro del Destino.

Recién cuando el hombre comenzó a tener conciencia de su propia anatomía, aquella adoptó la imagen de esqueleto, al que tiempo después habría de agregársele el símbolo de la guadaña.

Vencida por Jesús, en el mundo de la mitología la muerte fue tan sólo burlada por Sísifo y encadenada por Hércules.

Reverenciada por los egipcios en el Libro de los Muertos, esta jinete del Apocalipsis tuvo en Roma sus adoratorios y altares; y dado que todo lo iguala y guarda, como se dijo, la misma cortesía por la tiara pontificial que el bonete colorado, Horacio, versificando el concepto dijo:

La muerte con pies iguales
mide la casa pajiza
y los palacios reales.

Así como en la Europa medieval existieron las Cortes de la Muerte, ya en México, antes de la Conquista, se adoraba a Mictlanteuotli como al supremo juez del tribunal de los muertos.

Entre los pueblos de América, es sin duda el mejicano, el que posee el más rico repertorio sobre el folklore de la muerte. Los símbolos y emblemas de ésta, fueron representaciones frecuentes en sus códices, murales, tallas y cerámicas. Pero no habremos de demorarnos aquí, haciéndolo en cambio y en parte, en la tradición popular, a través de algunos de sus cantos y oraciones.

Debemos a don Ernesto Mejía Sánchez, la copia de las siguientes estrofas que entonan los Danzantes de la Muerte:.

y ¡ay! que la Muerte llora,
porque ya se está muriendo
y necesita de sangre.
para no estar padeciendo.

La muerte en el cementerio
debe estar cortando flores,
mientras nosotros buscamos
la huella de los traidores.

A lo que el Diablo responde, repitiendo tres veces el siguiente estribillo:

Y no se descuiden,
queridos amigos
porque si ella viene
estamos perdidos.

Familiarizado con el tema, el pueblo del país azteca parece haberle quitado lutuosidad a la muerte, como lo demuestran estas estrofas infantiles que se cantan en Jalisco:

Estaba la Media Muerte
sentada en un tecomate,
diciéndole a los muchachos:
-¿Vengan, beban chocolate!.

Estaba la muerte un día
sentada en un taburete;
los muchachos de traviesos
le tumbaron el bonete.

Ya te vide, calavera,
con un diente y una muela;
saltando como una pulga
que tiene barriga llena.

Es Armando Vivante, quien nos recuerda que en el mismo país, la muerte llega a hacerse "juguete y golosina". "Quién no tiene presentes las calaveras y 'muertitos' elaborados en azúcar y mazapán que se comen en el día de los difuntos".

La Pálida tampoco es aludida por los enamorados, como lo revela esta paradigmática copla de la lírica mejicana:

Comadre, cuando me muera,
haga de mi barro un jarro.
Si tienen sed en él beba;
si a los labios se le pega,
son los besos de su charro.

Con respecto a las oraciones, digamos ahora que la devoción popular también se ocupó de la muerte, según tuvimos oportunidad de comprobar en un impreso de cordel obtenido en Guanajuato, en 1950. De esa "Oración de la Santísima Muerte", y como simple muestra, transcribimos tan sólo su jaculatoria: "Muerte querida de mi corazón, no me desampares con tu protección y no dejes a fulano de tal un momento tranquilo, moléstalo a cada momento, mortifícalo, inquiétalo para que siempre piense en mí". (Se rezan tres Padres Nuestros).

En nuestro país, en lo que hace a la muerte como tema de folklore, tenemos un singular personaje, que es precisamente el que nos llevó a concebir el presente capítulo. Nos estamos refiriendo al "payé" San La Muerte.

Abriendo ahora un paréntesis, hablaremos primero de la significación del "payé".

Es sabido que amuletos y talismanes de diversos tipos, han sido elementos primordiales dentro del instrumental mágico de todos los tiempos. confundidos a menudo en sus valores, unos y otros se encuentran refundidos en la sugestión del "payé". Digamos de paso, que amuleto proviene del latín amoliri (alejar del mal), y que el término se aplica a los objetos con supuestas cualidades mágicas, que sirven para proteger a sus poseedores de las influencias malignas. Tendría entonces una acción pasiva.

En cambio, el talismán, cuyo significado etimológico nos acerca a la palabra árabe tamina (objeto mágico), ejerce una virtud activa, dado que proporciona el éxito a quien lo posee.

El "payé", por otra parte, es una voz presumiblemente de origen guaraní. Hay quienes, entrando en la leyenda, atribuyen el nombre al de un famoso e invulnerable cacique. Sin embargo, la opinión más generalizada es, que se debe a una derivación de paí (padre en guararní), concepto éste, reforzado a posteriori por la influencia y el inmenso prestigio que tuvieron entre los aborígenes los padres jesuítas.

Es sabido que brujos, hechiceros, magos, augures, sortílegos, nigrománticos y médicos, mediante el auxilio de ciertos espíritus, fueron siempre considerados como poseedores de un poder superior al humano.

Para ciertas tribus indígenas de nuestro país, del Paraguay y aún del sur de Brasil, todos ellos fueron llamados "payé".

Ahora bien, según Paulo De Carvalho Neto, el "payé" posee una significación amplia, pues designa el acto, la persona y el objeto mágicos. Por ejemplo: "Para que su rival muera, la mujer debe escribir siete veces el nombre de la otra (rival) en un papel y enterrarlo en un cementerio". Bien, el acto de escribir y enterrar ese "payé" se dice "hacer payé" (está "haciendo payé"); el papel escrito es "payé" (se dice "esto es un payé") a la vez, quien lo recomienda o lo hace por profesión es "payé" (se dice: 'él es un payé¡)."

Nosotros, de acuerdo con nuestra experiencia, sabemos del "payé" como objeto, y hemos oído muchas veces que quien se dedica a su preparación, recibe el nombre de "payasero" o "payasera".

El Conde Stradelli, estudioso e investigador italiano, que visitara Brasil hacia fines del siglo pasado, recogiendo lo dicho por el viejo Teracuá, expresó que "paíe nao é qualquer... Hoje nao há mais paié, somos rudos curandeiros".

Retomando el tema de San La Muerte, digamos ahora que este "payé" es conocido en Corrientes, Misiones, Chaco, Formosa, Paraguay y sur del Brasil.

En cuando a su forma, por lo general, se trata de la figura de un esqueleto de pié, con guadaña o sin ella, sentado, apoyando los codos en las rodillas y la cabeza en las manos. Esta última actitud, recuerda de algún modo la imagen del Señor de la Paciencia.

Conociendo también otras variantes, preferimos no mencionarlas para obviar detalles.

Su tamaño, ordinariamente oscila entre los dos y los diez centímetros. Por lo que hace al material empleado se utilizan diversos elementos, siendo los más comunes la madera (del quebracho a la ruda); el plomo (preferentemente de bala servida); el bronce (extraído de campana de Iglesia); hueso humano (falange de niño muerto después del bautismo); la arcilla, y muchos más.

Una singular característica mágica de este "payé", la constituye el hecho frecuente, de que su dueño lo lleva incrustado bajo la piel, mediante una pequeña intervención. En otros casos, los más, se lo porta colgado al cuello dentro de una bolsita o guayaca y a modo de escapulario.

Quien tiene un San La Muerte cree que no puede morir, y es Juan B. Ambrosetti quien lo registra como algo "excelente contra la bala y el cuchillo". Cuando falla, se debe a que se peleó por vicio, pues en caso de pelea justa el "payé" es infalible. Más de una vez escuchamos historias de pendencieros mal heridos, que _entre sus estertores pedían desesperadamente les quitaran "el santo". Más de una vez también, oímos decir que al hacerlo, el desgraciado moría en el acto y en paz.

La tradición popular asímismo, le confiere poderes para recuperar objetos perdidos o robados. En estos casos, pendiente de un hilo retorcido, se lo cuelga cabeza abajo en la galería de casa y según la dirección en que el "santo" quede mirando, se ha de Orientar la búsqueda.

Nuestro personaje tampoco es ajeno a los enamorados. Cuando se desea fervientemente obtener el amor de alguien, se coloca la "imagen" frente a una "cruz de camino", al caer la tarde de un día lunes. Después de prender una vela al revés, se le reza una oración. En este caso particular el San La Muerte preferido es el confeccionado con hueso.

Aquellos que orientan sus pasiones hacia el juego, también recurren a él con frecuencia. Así son muchos los "protegidos" que suelen alternar la riña de gallos con el naipe. En el tomo II de las Secciones Folklóricas Códex, es Raúl O. Cerrutti quien nos ilustra al respecto. En su trabajo nos dice que la creencia popular, aconseja entrar en un almacén un martes por la mañana y robar en el primer descuido, de un mazo de los usados para el truco, el as de espadas. Acto seguido, baraja y San La Muerte disimulados por una estampa, se harán bendecir por un sacerdote. Después, el sortilegio mostrará sus resultados.

Hemos tenido oportunidad de conocer numerosas oraciones dedicadas a San La Muerte, ofreciendo cada una de ellas las variantes que las distintas peticiones imponen. La que a continuación trascribimos es, a nuestro juicio, la que cubre el mayor número de imprecaciones. La tomamos del prolijo trabajo que sobre el tema escribiera don José Miranda en los Cuadernos del Instituto Nacional de Antropología y que dice:

“Al Señor de la Buena Muerte".

San La Muerte, espíritu esquelético
Poderosísimo y fuerte por demás
Como de un Sansón es tu majestad
Indispensable en el momento de peligro
Yo te invoco seguro de tu bondad.

Para aquel que en el amor me engaña
Pido que le hagas volver a mí
Y si desoye tu orden extraña
Buen espíritu de la Buena Muerte
Hazle sentir el poder de tu guadaña.

En el juego y en los negocios defiéndeme
Mi abogado te nombro como el mejor
Ya todo aquel que contra mí se viene
Por siempre jamás hazlo perdedor.
Oh San la Muerte, mi angel protector.
AMEN.

Este singular "payé" conocido como San La Muerte, recibe también otros nombres, todos semejantes, como Señor La Muerte, Señor de la buena Muerte o San Justo de la Buena Muerte. Hay quien dice que a este último, se lo distingue por estar de pie y con la guadaña. En fin, existen una serie de variantes, que muchas veces no sabemos hasta que punto responden a caprichos personales.

Por otra parte, leyendo a Sebillot creemos encontrar un curioso y remoto antecedente de esta devoción en Francia. En las antiguas iglesias de Epinal y Remiremont existían tres estatuillas de madera a las que el pueblo bautizó como San Consumido, San Vivirá y San Muerto. Siempre que habían un enfermo grave, la fe popular hacía que se le encendiera una vela a cada una de estas imágenes, y el augurio se daba en la que se apagaba primero.

Ya que hablamos de velas y muertos, viene al caso la conocida historia del curandero que burló a la muerte.

Se cuenta de un curandero con numerosa clientela, que en una de sus visitas se topó con la Muerte en el camino. Esta, que también iba a la misma casa entró en conversación con el criollo. Así fue como al poco andar, resolvieron en un pacto jugar a la taba la suerte de los enfermos.

Ganó el curandero. El acuerdo establecía que él había de sanar a todos, siempre y cuando aquella no dispusiera presentarse en la cabecera de los enfermos.

El hombre acrecentó su clientela rápidamente y sus curaciones cobraron fama.

Aconsejaba a sus pacientes invertir la posición en la cama, de tal forma que a la cabecera de la misma quedaban siempre los pies. De esta manera, toda vez que la Muerte aparecía terminaba invariablemente desorientada.

Cansada al fin de ser burlada, invitó un día a su astuto y ladino rival a conocer la Cueva de la Vida. Una vez en el lugar, puso ante sus ojos dos velas, una grande y otra pequeña. Puesto a elegir, el viejo se orientó hacia la primera. Fue entonces cuando la Muerte comenzó a rebanar la candela, tantas veces como tantas otras fuera engañada. Con una macabra carcajada se despidió luego del curandero, recordándole antes que al consumirse aquel puchito de vela se apagaría su vida.

Al día siguiente, fueron muchos en el pueblo los que lloraron al curandero.

Volviendo al tema, recordemos una vez más que los San La Muerte, son hechos por "payaseros" o "payaseras". Estos, suelen confeccionarlos durante la noche del Viernes Santo, aconsejando a los clientes que, para completar el "payé", deberán luego mediante una artimaña, hacerlos bendecir por un sacerdote.

Recurrimos otra vez a José Miranda, quien nos facilita una importante información sobre diversos aspectos del culto que recibe este "santo".

"La forma privada del culto a San La Muerte, se caracteriza por estar rodeada de misterio, y muy pocos son los que dicen quién tiene imágenes del mismo. Los que las poseen en sus casas, las tienen comúnmente con paños negros, separadas de las de otros santos, ubicados aparte en altares especiales y les prenden velas rojas, en candeleros puestos al revés."

"En cuanto a la forma pública se refiere, tuve conocimiento de que en un paraje denominado "El Aguará", al sur del pueblo de Machagain, existe una "capilla" cuyo dueño era (hoy fallecido) de nacionalidad paraguaya. Allí van los "devotos", desde zonas distantes, a rendirle culto el 15 de agosto (Cerrutti da el 20) día asignado para tal fin. Entre las celebraciones, se encuentra el baile dedicado al mismo".

El mismo autor nos dice luego, de una "capilla" que existe en la ciudad de Corrientes, al lado del Hospital Vidal, y de otra ubicada en Resistencia, en los alrededores del cementerio.

Así las cosas, el cono de la superstición echa también sus sombras donde y cuando menos se piensa. Hace ya algunos años, uno de nosotros conversaba sobre el tema con don Ernesto Ezquer Zelaya, el autor de "Poncho celeste, vincha punzó". Ni bien se nombró al "payé" que ahora nos ocupa, el amigo echó mano a uno de sus bolsillos y extrajo con toda naturalidad un San La Muerte.

Ezquer Zelaya usaba permanentemente tirador con revólver y su fama de hombre guapo fue proverbial en Corrientes.

Esto y sus abundantes letras, no le impedían que "cargara payé", como podrían hacerlo sus peones de chirirá y melena.

Vinculado al tema, comentamos ahora un curioso hecho que ocurriera en oportunidad de celebrarse una exposición de artesanía popular. Fue en 1960, durante los festejos del Sesquicentenario de la Revolución de Mayo. En una pequeña caja, en la que se guardaban celosamente cuatro figuras de San La Muerte, una de ellas, la más pequeña, trabajada minuciosamente en plomo de bala, había desaparecido.

La sorpresa fue doble cuando, al día siguiente, al buscar las figuras para exponerla en vitrina, nos encontramos con que de nuevo estaban las cuatro.

De más está decir, que descartando toda ingerencia de terceros, nuestra búsqueda había sido exhaustiva. Preferimos entonces no decir nada y pensar tan sólo que estábamos en los umbrales de la parapsicología. Quizá el carácter del objeto perdido fue lo que nos indujo a pensar así.

Aquí terminamos con este personaje, símbolo de la muerte espequeñecida por la superstición, tan opuesto al de la muerte corporal -Nuestra Hermana-a la que cantara San Francisco de Asis.

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