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ELTIO SORDO

GARCIA CAMPO, Oroncio Javier

Publicado en el año 1992 en la Revista de Folklore número 140.

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Tres días estuvo enferma la Pobrera. Tres días consumida por la fiebre que la fue agotando poco a poco. Tres días que pasó sola, sin más compañía que la de su hija y la del "Tío Sordo". Su casa, que siempre estuvo llena y alborotada, permanecía vacía y silenciosa. Nadie llamó a la puerta. Ni uno solo de los muchos huéspedes que habitualmente pasaban la noche en su casa se presentó por allí. Ningún vecino, familiar o amigo fue a visitarla, a preguntar o interesarse por ella.

Pero la Pobrera en sus delirios seguía viendo su casa tan concurrida como siempre. Durante aquellos tres días pasaron por allí todos los huéspedes (que durante más de veinte años ella había recogido en su casa. A veces hablaba con ellos como si realmente estuvieran delante de ella:


-¿Qué tal el viaje, Jalisco? ¿Qué hay por Barcelona?

-¿Ha vendido todos los caramelos, Tío Sabroso?... ¡Qué bien! ya tienen sus hijos pan para unos días.

-Tío Sin-Piernas, otra vez trae a su hija embarazada, ¿Pero es que no le da vergüenza lo que hace con ella?. -¡Pues claro que me importa! Si no fuera que me da pena de los niños se quedaban ustedes en la calle.

................

Durante todo el tiempo que la Pobrera llevaba recogiendo a los pobres nunca su casa tuvo tantos huéspedes como en aquella época de la posguerra. Era rara la noche que no se llenaba hasta rebosar, pero ella nunca dejó a nadie en la calle, aunque lo tuviera que meter a dormir en su cocina.

La Pobrera era una mujer vieja y arrugada, vestida de negro con un manteo de jerga y un mantón de pelo. Vivía con una hija moza, que se parecía a ella, en una de las casas más pobres del pueblo.

Tenía dos habitaciones, una que servía de cocina y la otra de dormitorio. Al lado de la casa tenía un pajar en donde metía a sus huéspedes, a los que no solo recogía gratis, sino que además les dejaba su cocina y algún puchero para que guisaran cuando querían comer caliente. Como los pobres dormían todos juntos en el pajar, con frecuencia reñían entre ellos y la Pobrera tenía que levantarse a media noche a poner paz para que no terminaran pegándose.

Lo único que percibía por todo esto eran cuarenta duros al año, que le daba el Ayuntamiento, y por esta mísera paga, además de recoger a los transeuntes que pasaban por el pueblo, su hija tenía que ir en el verano a arrancar yeros para el alcalde, por un jornal más mísero todavía. Si se le ocurría protestar, la mujer del alcalde le amenazaba con quitarle los cuarenta duros.

...............

Entre los que acudían a pasar la noche a la casa de la Pobrera había personas de todas las edades y condiciones, pero todas ellas con un mismo denominador común: Pobres de solemnidad. La mayor parte eran mendigos, pero también acudían otras personas que, aunque tan pobres como aquellos, nunca pedían limosna. Trabajaban en distintos oficios de una forma ambulante y a domicilio, con lo que apenas sacaban para comer. Unos pasaban esporádicamente, otros venían de forma regular cada semana, cada mes o cada Invierno y algunos se instalaban allí y permanecían largas temporadas.

Allí se reunían personas de todas las clases: Orgullosos y humildes, borrachines y sobrios, usureros y dadivosos, ladrones y honrados, castos e incestuosos, filósofos y zafios, ruines y generosos, vagos y trabajadores... En todo este conglomerado de mendigos, pícaros y bohemios, había tipos verdaderamente pintorescos:

El pobre que no comía el pan que le daban porque lo vendía para dar el dinero, prestado a rédito, al tendero del pueblo.

La ciega, que venía los Domingos, con una hermana, y pedía limosna en la puerta de la iglesia a la salida de la misa.

"El tío sabroso", este era un pobre que no pedía limosna, era un negociante pobre o, mejor dicho, "un pobre negociante". Bajito, con unos pantalones llenos de remiendos, pero muy limpio. Venía, con una cesta colgada del brazo, andando desde la sierra más de setenta kilómetros. Llegaba al pueblo todos los meses cuatro o cinco días después de que las tiendas del pueblo distribuyeran los víveres del racionamiento. El "Tío Sabroso" tenía muchos hijos y poco pan que darles y con el azúcar y el chocolate que le daban de ración hacía unos caramelos que él decía eran muy "sabrosos", de donde le vino el mote con el que le bautizaron los chicos. Junto con los caramelos traía en la cesta raíces de regaliz que recogía por el camino. Se instalaba en la puerta de la escuela con su mercancía y la iba cambiando con los chicos por el pan que éstos llevaban para el bocadillo. Después de dos o tres días volvía a su casa con los mendrugos de pan ya duros para que sus hijos pudieran comer durante unos días.

Otro de los pobres que venían, no con mucha frecuencia pero sí con cierta periodicidad, era el "Pobre Sin-Piernas". Iba montado en un carrito del que tiraba un enorme perro. Llevaba siempre con él a toda la familia: Su mujer, vieja y desgreñada que siempre estaba borracha y a la que de vez en cuando daba una paliza. Una hija moza, fea, siempre con la barriga hinchada, que se acostaba con él y con la que tenía un montón de chiquillos raquíticos y deformes por el hambre y el incesto, que siempre iban agarrados a la falda de su madre. Esta familia siempre le daba a la Pobrera quebraderos de cabeza; tan pronto reñían entre ellos como lo hacían con los otros pobres, pues algunos, al ver lo que el padre y la hija hacían cuando estaban acostados, después pretendían hacer lo mismo con ella, y el padre que era muy celoso armaba unas grescas que obligaban a la Pobrera a levantarse de la cama e ir a echar una regañina a todos.

Todo lo contrario era "Frutos el Pintor", tranquilo y amable, un gran artista que en su juventud fue famoso, pero perdió la vista y estaba casi ciego. Se ganaba la vida haciendo dibujos para bordados. Para poder dibujar se inclinaba sobre el papel y ponía los ojos junto al lápiz, aún así hacía unos dibujos extraordinarios y originales, con los que iba sacando para comer malamente.

Otro artista era el "Pobre de los Romances", éste pedía limosna cantando romances, casi todos de tema religioso, unos tradicionales y otros compuestos por él. Era muy viejo, desarrapado y sucio, con unas largas barbas que seguramente eran blancas pero que no lo parecían por lo sucias que las llevaba. Iba por las calles cantando, acompañándose con dos cucharas que hacía sonar colocándolas entre los dedos de la mano a modo de palillos o tejoletas. Cuando terminaba la canción se arrodillaba para pedir la limosna.

"El Pobre Jalisco" era pequeñito y moreno con un largo chaquetón que le llegaba hasta las rodillas. Venía todos los años, mediado el otoño; desde Barcelona y pasaba por aquí todo el Invierno pidiendo limosna, unos días en el pueblo y otros en los de alrededor, pero todas las noches venía a dormir a la casa de la Pobrera. Cuando llegaba el mes de Junio se marchaba para Cataluña pidiendo de pueblo en pueblo. La Pobrera bromeaba con él y le decía en tono de broma:

-Jalisco, para esta vida que llevas era mejor que te murieras.

A lo que él contestaba muy enfadado:

-¡Que se mueran ellos!

-y ¿Quiénes son ellos?

-Pues ¿Quiénes van a ser? Los ricos.

Lo cierto es que un Otoño Jalisco no vino; poco después uno de los pobres que habitualmente venía, contó como a Jalisco, ya de regreso a Cataluña, le habían encontrado muerto en una cueva en el campo. Otros dos mendigos, que se refugiaron con él en la cueva, le mataron para robarle lo que llevaba: treinta y cinco pesetas y una manta.

Una o dos veces al año venía el "Tío Basilio" este era un ciego que se ganaba la vida vendiendo "coplas" por los pueblos. Viajaba en un carro tirado por un burro y acompañado de su mujer que le servía de lazarillo. Era de estatura mediana y bastante fuerte, usaba gafas negras para protegerse del polvo. Llevaba una guitarra colgada del hombro, con la que se acompañaba para cantar las coplas que vendía. Vestía una chaqueta de pana, en uno de cuyos bolsos guardaba una dulzaina, que de vez en cuando hacía sonar para llamar la atención de los clientes, mientras que en el otro bolso metía la mano su mujer, tirando de él para guiarlo.

Su único medio de vida era la venta de "coplas"; éstas eran unos papeles de colores impresos con las letras de las canciones de moda. Pero lo que más vendía eran historias de crímenes y guerra, que él cantaba acompañándose con la guitarra mientras su mujer hacía la venta de los papeles. Normalmente cantaba siempre la primera estrofa de cada historia y al final añadía esta coletilla, refiriéndose al precio de las coplas: "Tres un real y una una perra gorda". Después de recorrer el pueblo durante todo el día, al llegar la noche, iba a dormir a la casa de la Pobrera y a la mañana siguiente subía en su carro y volvía al camino en busca de otro pueblo, para seguir vendiendo sus coplas.

De todos los pobres que habitualmente pasaban por la casa de la Pobrera el más popular y conocido era "El Pobre de la Remolacha". Este era un mendigo que durante muchos años recorrió Castilla pidiendo limosna. Harapiento y borrachín, un poco loco pero muy culto e inteligente, era un gran filósofo, algo así como un "Licenciado Vidriera" venido a menos, pues, como aquél, estudió en Salamanca y, cuando estaba a punto de licenciarse, un desgraciado accidente le hizo perder el juicio. Al incendiarse la pensión donde se hospedaba se arrojó por una ventana, recibiendo un golpe en la cabeza del que no pudo recuperarse del todo. Pero él vivía contento y feliz y nunca se quejó de su suerte.

El día que llegaba al pueblo era fiesta para la gente menuda que, a su grito de guerra de ¡Viva la Remolacha!, al que todos contestaban con un fuerte ¡Viva!, le seguía mientras pedía limosna por las calles del pueblo a la vez que iba diciendo a todo el mundo las "verdades", que la chiquillería reía con gran algazara. Decía que él daba mucho más de lo que recibía, pues por cada limosna que le daban él ofrecía un montón de consejos.

Le gustaban los niños, sobre todo los pequeños, a los que solía hacer profecías sobre su porvenir, gastando bromas a las madres, tales como ésta:

-Que niño más hermoso tiene, señora, pero no lo verá usted criado.

Entonces la madre se enfadaba, a lo que él contestaba:

-No se enfade, señora, que no le verá criado porque su hijo siempre será amo.

Otras veces cuando veía a una mujer amamantando a un niño se apostaba con los chicos, que siempre le acompañaban:

-A que le toco la teta a aquella señora.

Los chicos le apostaban a que no lo haría, entonces se acercaba muy zalamero y decía:

-¡Oh! ¡Qué niño más tragón! ¡Cómo mama! ¡Mira, que te la quito, que te la quito!

Y le daba a la señora un par de golpes en el pecho. La señora se enfadaba un poco pero luego lo tomaba a broma y acababa riendo y dándole limosna.

Así, con todas estas bromas, la gente le daba buenas limosnas, que él prefería fueran en dinero, pues cada vez que pasaba por una taberna hacía un alto para gastar en vino o aguardiente el contenido de sus bolsillos.

A veces mantenía grandes discusiones con los agricultores sobre el cultivo de la remolacha, que por aquellos años apenas se conocía en Castilla, pues él sostenía la teoría de que en este cultivo estaba el porvenir de la agricultura castellana. Los labradores se reían de él y le tomaban por loco, bautizándole con el apodo de "Remolacha" que a él, lejos de molestarle, le agradaba. Estos hombres no podían imaginar que veinticinco años después las teorías de aquel loco iban a verse confirmadas plenamente.

De esta forma, entre bromas, vino y miseria, pasaba su vida de la que nunca se quejó, pues con su filosofía siempre le buscaba a las cosas el lado agradable y jocoso. En alguna ocasión quisieron internarle en un establecimiento benéfico, pero él nunca quiso aceptarlo, prefiriendo la libertad con frío, hambre y miseria a la seguridad de un techo con comida, limpieza y otras comodidades.

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Un día llegó al pueblo un personaje extraño y misterioso, se instaló en la casa de la Pobrera y permaneció en el pueblo durante más de dos años. Nadie sabía cómo se llamaba, de dónde era, ni de dónde venía. Era un hombre de una edad indeterminada, lo mismo podía tener cincuenta años que sesenta o setenta, hablaba perfectamente, aunque con un acento un poco extraño. La gente del pueblo comenzó a llamarle "El Tío Sordo", pues él decía que lo estaba aunque no era cierto ya que oía sólo lo que le interesaba y cuando de algo no quería darse por enterado decía no había oído bien. Iba siempre limpio y aseado, con ropa oscura, era muy trabajador y sabía todos los oficios, lo mismo remendaba zapatos que arreglaba relojes, hacía de albañil u organizaba la rifa de un lote de pucheros.

Algunos decían que era un espía comunista, otros decían que espía sí que era, pero no comunista sino nazi. En realidad esto no eran más que habladurías de las que nadie hacía caso y como era trabajador y afable el pueblo le aceptó y se quedó en él como un vecino más.

La simpatía que se produjo en el pueblo hacia él fue tal, que hasta en la taberna los viejos jugadores de brisca, que consideraban sus partidas como coto cerrado, le admitieron en ellas. Esto era muy difícil que ocurriera pues para que alguien fuera admitido no bastaba con ser amigo de los jugadores, había que demostrar tener méritos suficientes para ello. Claro que "El Tío Sordo" decía que tenía una técnica especial con la que era capaz de ganar siempre, y así ocurrió los dos o tres primeros días, pero cuando los demás jugadores, que eran unos viejos zorros, le descubrieron los puntos débiles se acabó su técnica. Pero él siguió jugando con ellos, haciendo los trabajos que la gente le encargaba y yendo todas las noches a dormir a la casa de la Pobrera, que desde entonces estuvo más tranquila que nunca, pues los demás pobres le tenían cierto respeto y estando el "Tío Sordo" no se atrevían a alborotar.

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Todos estos personajes, algunos pintorescos, otros con una gran personalidad y otros muchos tan desgraciados que por no tener no tenían ni nombre ya los que sólo se les conocía como ”Pobres”, llenaban todos los días, en número de veinticinco o treinta, el pajar, el portal y hasta la cocina de la Pobrera, que nunca dejó a nadie en la calle.

Como la gente del pueblo era generosa y daba buenas limosnas cada vez acudían más pobres y esto a los vecinos lejos de molestarles les llenaba de orgullo y presumían de que su pueblo era el más caritativo y generoso de toda la comarca.

Pero un día ocurrió algo terrible ¡La Peste!. Corrió la voz de que en algunos pueblos cercanos había “El Piojo Verde” (Tifus Exantemático) y que a la persona que le picaba uno de aquellos piojos moría sin remedio. Unos días después la Pobrera cayó enferma, contagiada por uno de sus huéspedes. A los tres días murió.

Esta mujer que tanto bien hiciera en su vida, que tanto se preocupó por sus semejantes, que nunca tuvo en cuenta al atenderles si eran buenos o malos, limpios o sucios, sanos o enfermos, en este trance se encontró sola. En aquellos tres días nadie entró en su casa, ninguno de aquellos a los que habían socorrido y cuidado, ni uno solo de los vecinos de aquel pueblo que tanto presumía de generosidad y amor al prójimo, por que daba algo de lo que le sobraba, fue por allí para verla, cuidarla, o interesarse por ella. Pero en sus delirios les veía a todos dando vueltas a su alrededor y seguía interesándose por sus problemas como si realmente se encontraran allí.

Mas esto no es del todo cierto, porque hubo una persona, una sola entre tantas como la conocían, que sin importarle el contagio a que se exponía ayudó a la hija a cuidarla los tres días que estuvo enferma, la amortajó cuando murió, la acompañó durante el velatorio y rezó por ella. Como él solo no podía llevarla hasta el cementerio buscó por todo el pueblo quien le ayudara a hacerlo. Nadie se prestó a ello. Al fin alguien le dejó un carro y un burro viejos para que pudiera llevarla a enterrar. La persona que hizo todo esto era "El Tío Sordo".

A partir de aquel día al "Tío Sordo" comenzaron a mirarle mal. Aquel pueblo al que no le importó que fuera espía, comunista o nazi, de dónde era ni cómo se llamaba, después de aquello le hizo el vacío. En la taberna nadie volvió a jugar con él, los trabajos de albañilería se terminaron, ya no había zapatos ni relojes que arreglar y las mujeres no volvieron a comprarle rifas. Y esto no era por miedo al contagio, pues unos días después el peligro había pasado y nadie más contrajo la enfermedad. Pero después de lo que había ocurrido con la Pobrera aquel hombre era una acusación para todos ellos y no podían mirarle a la cara sin avergonzarse. Y de la misma forma que llegó, "El Tío Sordo" un día desapareció del pueblo y nunca más volvió a saberse de él.

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Esta historia que se presenta aquí con visos de fantasía es realmente cierta. Ocurrió en un pueblo de Castilla a principios de los años cuarenta. Sus personajes son reales y existieron con los mismos nombres que aquí tienen, o al menos en ese pueblo se les nombraba así. Muchos de los lectores de la Revista FOLKLORE les habrán conocido y pueden dar fe de ellos; ya que la mayoría de ellos recorrían gran parte de Castilla, e incluso de España.