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EDITORIAL

DIAZ GONZALEZ, Joaquín

Publicado en el año 1992 en la Revista de Folklore número 144.

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Una tradición peculiar que se ha mantenido en España hasta tiempos recientes es la llamada del "obispillo". El día de Inocentes tenía lugar una función en iglesias y catedrales, en la que los más jóvenes monaguillos servían en el altar como si fuesen canónigos o dignidades, mientras que éstos cumplían las funciones más bajas. Los niños ocupaban las sillas altas del coro en tanto que los mayores se sentaban en las bajas. Todos obedecían a un obispillo elegido entre los niños quien, revestido de mitra y falda y empuñando un báculo, cumplía ese día las funciones de los ministros de la iglesia. Esta costumbre, que algunos han interpretado como ritual de inversión casi profano, tenía en su origen un sentido totalmente cristiano y fue fomentada por las propias jerarquías; se pretendía con ella que los mayores se hiciesen como niños para imitar la inocencia de los degollados. Lo que sucedía, como en tantas otras cosas, es que el abuso en la celebración de la fiesta hizo degenerar su sentido original y su ritual, llegándose en algunos casos a imitar ceremonias, como la de la confirmación, y haciendo que pasaran labradores y artesanos ante el obispillo quien, con la mano untada de harina, les iba dando una bofetada en el rostro. Estas y otras bromas, a las que estudiosos de nuestra época dan un carácter de rito de fertilidad, fueron el origen de las famosas inocentadas que tan célebres se han hecho y que han convertido ese día en una fecha especial dentro del ciclo de la Navidad.