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UTILLAJE EN LA VIDA TRADICIONAL DEL PIRINEO

ACIN FANLO, José Luis

Publicado en el año 1992 en la Revista de Folklore número 144.

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"Todo lo que sea expresión de la vida colectiva común y que permanece en el anonimato, puede interesarnos"
Julio Caro Baroja, Museos imaginados, 1986; 21)

Fundamentalmente, la cultura tradicional se manifiesta mediante dos modos de expresión básicos y esenciales, como son, por un lado, los aspectos espirituales, de pensamiento y modos de proceder ante distintas situaciones, y, por otro, por sus bienes materiales, su utillaje y demás enseres, necesarios tanto desde el punto de vista citado en primer lugar, como por ser las herramientas imprescindibles para el desarrollo cotidiano y diario de la vida, del trabajo, de la economía. Unos modos vitales y económicos claramente destinados a la autosuficiencia, al autoabastecimiento, a producir y obtener lo necesario para la familia, para la casa, estando -por ende- interrelacionados con el medio natural circundante, base y fuente para la misma vida.

Constituyen, por ello y por su materialidad, el elemento más palpable de una sociedad, en los que no cabe lugar a interpretaciones u opiniones personales, ya que su uso y fines estaban perfectamente delimitados. Asimismo, son el fruto de una larga y costosa evolución, por la que se han ido perfeccionando y adecuando hasta llegar al estado que se han podido conocer antes de su declive y olvido.

En su realización intervenían distintos materiales que, una vez trabajados y obtenida su fisonomía, serían utilizados en las diversas facetas y faenas que el devenir cotidiano conllevaba. Madera, metales, cuero, tierra, agua, fuego..., configuraban las fuentes principales, entresacadas del propio entorno y al que el hombre pirenaico respetaba como medio del que dependía su propia subsistencia y, por tanto, la continuación de la vida, del ciclo vital. Su aprovechamiento y su manipulación, su transformación marcan con absoluta claridad el grado de perfección -al superar las varias y asiduas dificultades- de una determinada sociedad o grupo humano, en la que intervienen en muchas ocasiones y de cara a obtener lo requerido la mentalidad del mismo; es decir, la realización de concretos ritos y otros medios de expresarse, de sacar a flote los temores y los conocimientos sobre distintos aspectos, así como la forma de superarlos.

Por lo general, son piezas totalmente anónimas, elaboradas por manos artesanas que nunca alcanzarán elevadas cotas, salvo en la propia colectividad, a la que sirven y de la que se sirven. Por el contrario, suelen ser el primer contacto, la primera y necesaria aproximación que se tiene de esa sociedad, por la cual se adentra y se llega a profundizar en las restantes, complejas y sorprendentes manifestaciones de la cultura tradicional. Su materialidad, el ser perfectamente palpables y profundamente comprensibles es la vía de penetración hacia aquello que hasta ese momento es totalmente desconocido, es aquello que primero se transmite de una comunidad humana. Su haz y, al mismo tiempo, su envés.

La especialización que su elaboración requería determinó la aparición de una serie de personas dedicadas a las distintas tareas, a las que -con el tiempo- se convirtieron en procesos de artesanías. Para sus hacedores representó, asimismo, una fuente de ingreso, unida al laboreo de las –frecuentemente- escasas propiedades, tanto agrícolas como ganaderas. La difusión de sus formas y sus técnicas, al estar en contacto con otras zonas por su continuo trajinar, tuvo como efecto el aprendizaje de nuevos métodos que hacía su aplicación más práctica y llevadera. El trasvase de ideas, de modelos, hacen -por igual- la unificación de una cultura, en este caso la pirenaica, pero extensible a muchas otras zonas y grupos humanos.

El trabajo del campo, el derivado de los animales, de los elementos fundamentales de un edificio, de la obtención de materias primas para distintos usos, de los juegos o de las creencias y supersticiones, hacían necesaria su aparición. El carpintero, el herrero, el pastor, el guarnicionero, el tejedor, el alfarero, el albañil..., son productos de tal necesidad a la par que hacen posible su ejecución. La conjunción de ambas dio como resultado variadas formas apreciables en cualquier lugar -con las lógicas diferencias y semejanzas zonales-, en unas sociedades en las que todos eran importantes y necesarios, y en las que el trueque y la palabra valían y se llevaban hasta sus últimas consecuencias. Una auténtica comunidad, un verdadero grupo humano, en el que la rotura de un eslabón podía ocasionar graves e irreparables daños.

Todo ello, la esencia, el espíritu, la mentalidad y la materialidad se tenía que recoger y conservar. Algunos aspectos por medio del estudio y la profundización concienzuda. En general por el canal de la preservación de la cultura material o/y de los bienes muebles que hacían llevadera -pese a su dureza- la continuación de la vida. Realizar una enumeración de esos objetos sería prolijo y, por ello, abrieron las puertas unos centros, los museos, en los que se puede apreciar con detenimiento cada uno de estos materiales, su elaboración, su fin y su denominación.

Utensilios y personas esenciales, todos juntos, para el desarrollo de la vida en una colectividad, que dibujan a la perfección la estela de ésta hasta en los aspectos más nimios y que, aunque permanezcan en el anonimato -o precisamente por ello-, nos interesan.