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Editorial

DIAZ GONZALEZ, Joaquín

Publicado en el año 1993 en la Revista de Folklore número 145.

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La Revista de Folklore vio la luz, como casi todos ustedes recordarán, en diciembre de 1980. En esencia no era una idea nueva ni original, aunque desde la intrépida perspectiva de la bisoñez todo nos pareciera entonces novedoso y exclusivo. Heredábamos, sin embargo, una tradición envidiable, aunque escasa, en el campo de las publicaciones periódicas sobre cultura tradicional en España, y para muestra basta con referirnos a la Enciclopedia sevillana de Machado o a la Revista de Dialectología y Tradiciones populares, dirigida por Caro Baroja y felizmente viva. En casi todas subyace una idea de comunicación y, aún más, de iniciación a las leyes que rigen el mundo de lo tradicional; en un país como el nuestro, donde los conocimientos suelen llegar por la vía de la sangre y asentar sus reales por tanto en el campo de lo sanguíneo, parece ejercicio recomendable éste de mirarse en el espejo de la escritura o de la oralidad y reflexionar sobre la imagen que cada uno tiene de sí mismo, de sus costumbres y de las costumbres de los demás. No es malo, por tanto, saber que muchos de los reflejos más inmediatos que contemplamos en ese espejo, si bien están profundamente arraigados en nuestra personalidad, no son exclusivamente nuestros y, así, tradiciones que se toman como patrimonio personal, familiar o comunitario único, lejos de constituir el centro alrededor del cual gira el universo, son más bien eslabones de una cadena de círculos excéntricos a través de la cual se articula la historia misma de la Humanidad. Pero esto, que es punto de partida para el estudio de las tradiciones, hay que decirlo o escribirlo, de modo que no nos entren tentaciones de pensar que antes de nosotros la nada y después el diluvio. Tampoco conviene aferrarse al parecer contrario, el que opina que somos una parte tan minúscula de esa atomización cultural que no merece la pena preocuparnos por nuestro pasado ni menos aún por el destino que nos aguarda. No; del equilibrio entre el propio conocimiento y el conocimiento de los demás deriva un beneficioso flujo que es ingrediente esencial para la convivencia.