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LA TEJERA DE QUINTANILLA DE ONESIMO, VALLADOLID

G. PUERTAS, Mercedes

Publicado en el año 1993 en la Revista de Folklore número 145.

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I -SITUACION y ESTRUCTURA DE LA TEJERA
a) Localización:

La tejera, sita en el pago de "La Cruz del Arenal", como normalmente ocurre se sitúa fuera pero próxima al pueblo, aunque con el abandono de toda actividad productiva en ella y el reciente crecimiento urbano de Quintanilla ha quedado prácticamente incorporada al pueblo.

El apartamiento de esta tejera del núcleo habitado respondía, lógicamente, a razones higiénicas (humos, olores, etc.) y de seguridad (posibilidad de incendios) además de económicas, pues la necesidad de un amplio espacio y de infraestructura y edificaciones específicas hacían aconsejable y más rentable su ubicación en las afueras del casco urbano.

La tejera de la familia Martín se sitúa en el borde izquierdo de la carretera N-122 en dirección a Peñafiel, frente al barrio nuevo y flanqueada por el domicilio de la propia familia y las "Bodegas Mauro" a sus lados occidental y oriental respectivamente, y la carretera nacional y un camino local al norte y sur.

b) Propietarios:

La propiedad, como el oficio mismo, ha pasado de padres a hijos por vía hereditaria:

El tejero Servando Martín Pico recibió en Septiembre de 1923 la propiedad del terreno y sus inmuebles de manos de su madre, Cyriana Pico, y por donación de su padre, Trifón Martín.

Servando Martín Pico, había testado junto a su esposa Julia de la Fuente, nombrándose mutuamente herederos en caso de fallecimiento del cónyuge. Así pues, a la muerte del marido, Doña Julia fue la dueña hasta 1977 en que la propiedad se dividió entre los tres hijos: Servando, Julia y Luis Antonio Martín de la Fuente (1).

De este modo, el oficio de tejero, como la propiedad, se heredaba, pero mientras que la herencia profesional se hacía por vía masculina, no ocurre así con la propiedad ya que, como hemos visto, tres mujeres han sido o son propietarias: Cyriana Pico, Julia de la Fuente y, actualmente, Julia Martín a la que pertenece un tercio del solar.

Junto a esta propiedad que incluye la casa, Servando Martín de la Fuente ostenta otra sita en el pago de "El Chagalindo", en la ladera del monte, y que se corresponde con la zona de explotación del barrero. Como don Servando mismo me comentó, en Quintanilla el monte está parcelado en propiedades, frente a la libre explotación que del barrero de propiedad concejil se hace en otros lugares, como en la vecina Valbuena de Duero.

e) Estructura:

El conjunto de la tejera lo forman varios edificios y espacios acondicionados especialmente para el aprovisionamiento, preparación, producción y almacenaje de las piezas (Ver Fig. I). Básicamente, estas instalaciones son:

-Un amplio espacio, llamado tendedero o era, situado en el extremo más oriental y que en el tiempo que la tejera estaba activa se cuidaba mucho, alisándose constantemente mediante rodillos.

-Almacenes: en este caso construidos en ladrillo, adobe y madera. De los cuatro que en un principio había, sólo se conserva entero uno de ellos. Este se sitúa en la zona central, con orientación perpendicular al camino y limitando por uno de los lados cortos con éste. Quedan restos de otro almacén mayor que no se utilizó apenas y que apoyaba un lado corto en la parte posterior del anterior (paralelo, pues, al camino ), otro menor que compartía con éste la parte posterior, y noticias de un cuarto almacén que debió estar detrás del horno derruido.

-Hornos: existen tres hornos que presentan diferente estado de conservación: El primero de ellos y más grande, se sitúa en el extremo occidental de la tejera y, además de ser el mayor, su restauración y rehabilitación como merendero han permitido que se conserve con ligeras modificaciones, pero con las mismas estructuras, materiales y forma que en origen.

El segundo de los hornos, menor y actualmente muy deteriorado, se sitúa en la parte centro-oriental y próximo a la carretera. Junto a éste, se encuentra un tercer horno, totalmente destruido y en el que apenas se observan restos de lo que debió ser un horno de dimensiones similares al anterior o incluso mayor.

-Infraestructuras: son muy simples pero esenciales para la fabricación de material de construcción. Para el abastecimiento de agua disponen de dos pozos: El pozo principal se situaba a aproximadamente 5 m. frente al almacén conservado y junto a las pilas y el pozo secundario se encuentra a la derecha de la entrada de la cámara de combustión del horno mayor.

Asímismo, se construyeron tres pilas para la preparación del barro. Estas se ubican en la pared frontal del almacén y en la zona próxima al camino. Son de escasa profundidad pero amplias y llegan hasta el pozo principal.

II.SISTEMA CONSTRUCTIVO DE LOS EDIFICIOS DE LA TEJERA.

Almacén:

El almacén es un edificio rectangular construido en adobe, aunque actualmente están cubiertas las paredes por bloques de cemento (ver Fig. 2). Las esquinas se reforzaban con contrafuertes de ladrillo dispuestas a soga y tizón; asímismo, a lo largo de la pared larga hay otros cinco contrafuertes del mismo tipo situados a tramos regulares de 1,30 m. cada uno. El acceso al almacén se realizaba mediante puertas de madera –tres situadas en el frente, trasera y un lado corto del edificio. La cubrición, con un sola caída bastante acusada hacia el frente, se ha construido con tejado simple (tejas mostrando sólo su cara cóncava) sobre un entramado de vigas de madera, sólo hay doble capa de tejas coincidiendo con las esquinas y los contrafuertes; en estos casos, la teja vuelta es de mayor tamaño y se llama tejón (2).

b) Horno:

El horno se construye aprovechando los materiales de la zona: piedra caliza y barro en forma de ladrillos o adobe (ver Figs. 3-4).

Tiene dos partes esenciales: una subterránea para la cámara de incineración, y otra superficial correspondiente a la parrilla y la cámara de cocción.

A la primera se accede mediante un corto pasillo orientado al norte y excavado en la tierra, cuyo último tramo está cubierto con una estructura abovedada. A esa entrada cubierta se pasa por un arco que abre el hueco en una pared frontal de ladrillo que muestra su lado corto en tres o cuatro hileras y el lado largo en una o dos alternativas. Al final de este pasillo, un pequeño vano llamado boca de atizar servirá para entrar la leña para el fuego.

El interior de la cámara de combustión es circular, con paredes de adobe de las que, a 1,5 m. de altura aproximadamente, parten los arcos (3) que constituyen al tiempo el techo de este recinto y la parrilla. Estos cuatro arcos de ladrillo se cruzan con ladrillos cubiertos de barro empajado, formando pues un techo con oquedades a modo de damera que permite el paso del calor.

La parte superficial del horno está centrada por la parrilla. Esta es, como dijimos, de forma circular, coincidiendo en sus dimensiones con la cámara de combustión. En altura, la parrilla se prolonga en una amplia chimenea cilíndrica de poco más de 3 m. de altura, que al tiempo es la cámara en la que se depositan las piezas para cocer. Este recinto se construye en adobe y se revoca con arcilla empajada o chola (4) que debe ser retocada tras cada cocción para reparar los desconchones. La cámara se cierra durante la cocción con ladrillos planos colocados de modo que dejen espacios entre ellos para permitir el tiro (5).

El acceso a la cámara de cocción se realiza a través de un hueco abierto a media altura y suficiente espacio para permitir el paso de un adulto -puerta de encañar- que es quien coloca las piezas para cocer en el interior . La puerta de encañar nunca tiene la misma orientación que la de atizar, sino que describe, al menos, un ángulo de 90°.

Al exterior y rodeando esta estructura nuclear, se construye un muro hexagonal con esquinas redondeadas de ladrillo en la base y con alzado en adobe (por supuesto sin bloquear la puerta de encañar). Esta estructura aún visible en el horno menor, quedaba en realidad oculta -como se puede comprobar en el horno restaurado- por el amontonamiento de tierra reforzado con piedra caliza en el zócalo, de forma tumular, que lo rodea.

III.PROCESO y FASES DE PRODUCCION

El trabajo del tejero, básicamente, es igual al del alfarero, si bien aquél, por el tipo más sencillo y repetitivo de sus producciones, no requiere de una elaboración tan cuidadosa.

a) Extracción de la materia prima:

La fuente de arcilla no dista demasiado de la tejera (2 km., en la ladera del monte). Esta fuente, llamada barrero se explotaba a desmonte para poner al descubierto las vetas de arcilla que se debían extraer. La explotación de éstas se hacía a pico y pala (6) y los tejeros lo recuerdan como "el trabajo más duro que existe".

La extracción de arcilla se hacía a lo largo de todo el año, pero fundamentalmente en invierno pues no se estaba ocupado en otras fases de producción.

En la propia veta se diferencian los tipos de arcilla según el producto al que se iban a dedicar y se extraían por separado (7); de este modo, la arcilla más granulosa y con mayor cantidad de arena se destinaría a la producción de ladrillo (banco ladrillero), la más fina y pura a baldosas (banco de baldosero) y la fina de color parduzco a la fabricación de tejas (banco de tejero).

b) Preparacion del barro:

Cuando la arcilla llega a la tejera (transportada en carros), se extiende sobre la era para que se oree (8), es decir, para que se seque. Al tiempo, se golpea con un azadón para romper los terrones –esterronar- y extraer las piedras grandes; de este modo se convierte la tierra en un fino polvo.

Cuando la tierra está seca, se lleva a la pila donde se le añade el agua para que se convierta en barro, dejándolo reposar durante 24 horas para una adecuada mezcla.

Tras el día de reposo, se procede al barreo, es decir, a cortar el barro con una vara de hierro de aproximadamente 1,5 m. de longitud, en todos los sentidos con el fin de que agua y arcilla terminaran de mezclarse bien (9). Así, si el barro estaba demasiado blando, se le añadía tierra y si estaba duro, agua. Finalmente, y tras el barreo, se manosea el barro para comprobar su punto óptimo (10).

Preparado ya el barro, se saca de la pila depositándolo en un montón junto a ella y cubriéndolo con sacos húmedos para evitar su secado.

c) Fabricación de las piezas:

c.1. Tejas

Delante del montón de barro se coloca la mesa del
cortador con éste situado de espaldas al montón.

El cortador se situaba en el extremo estrecho y más bajo de la mesa de cortar que era portátil (ver Fig. 5), de madera, y se complementaba con un cajón, también de madera, con agua colgando a un lado y, al extremo opuesto del cortador, un segundo cajón abierto por el lado que daba a la mesa con arena cribada o ceniza.

El cortador, ataviado con mandil, extendía parte de la arena que extraía del cajón sobre la mesa, a fin de que la arcilla no quedase adherida. Sobre esta arena colocaba el molde de la teja, llamado gradilla (11) (ver Fig. 5), se volvía hacia el montón de barro y, tomando una parte, la depositaba en el interior de la gradilla presionando para que se cubriese por entero. Posteriormente pasaba un rasero de madera que eliminaba el barro sobrante y, empujando la gradilla hacia el borde lateral de la mesa, separaba la teja pasando a su alrededor una aguja -cuchilla metálica con mango de madera a modo de navaja-. Si en el cajón, en vez de arena había ceniza, bastaba con golpear la gradilla sobre ella antes de echar el barro para que luego la teja se desprendiera fácilmente sin pasar la aguja, pero desde hace tres generaciones, se optó por cortar la teja.

Finalmente, un ayudante recogía la plancha de arcilla desde el borde de la mesa con un galápago (ver Fig. 5) (12): pieza de madera que reproduce la forma de la teja curva y con un mango también de madera para su sujeción. El galápago se sujetaba con la mano derecha por el mango y con la izquierda por la parte baja o cóncava del mismo. Cuando recibía la pieza, el ayudante soltaba el mango y la portaba hasta el tendedero pasándole la mano libre humedecida para que la arcilla se amoldara bien a la forma curva. Una vez en la era, se depositaba en el suelo y se separaba el galápago de la teja tirando suavemente del mango.

La disposición de las tejas en el tendedero no era aleatoria. Se colocaban en abanico, es decir, formando arcos con varias tejas tocándose en sus bordes. Cada nueva teja se colocaba haciendo que el borde derecho coincidiera con el izquierdo de la anterior. De este modo no sólo se aprovechaba mejor el espacio, sino que además se permitía el paso por el interior de la era pudiendo pisar entre arco y arco.

La cantidad de tejas que un cortador experimentado, como don Servando, podía hacer al día era de unas 700 tejas, que se duplicaba si consideramos que frecuentemente se contrataba a un segundo cortador (Vicente Rojo trabajó siete años como cortador en la tejera del Sr. Martín).

El tiempo necesario para que las tejas se secasen dependía, lógicamente, de las condiciones atmosféricas: en un buen día de verano, las piezas fabricadas por la mañana podían recogerse al final de la tarde. Si el día estaba nublado o se necesitaba acelerar el tiempo de secado, se levantaban las tejas -empalomado (13)-, apoyándolas una en otra por una de las esquinas de su boca ancha.

c.2. Ladrillos y baldosas:

Los ladrillos, macizos, se hacían directamente sobre el tendedero. Allí, el cortador colocaba el molde (ver Fig. 5) (14) (pieza cuadrangular metálica con dos vanos correspondientes a la forma de los ladrillos), depositaba la arcilla en los huecos, presionando, y luego pasaba el rasero. También se cortaban con la aguja para separarlos del molde y después éste se quitaba. Como lo normal era que las esquinas superiores del ladrillo se levantaran al sacar el molde, se pasaba luego, cuando aún estaban frescos, golpeándolos ligeramente con la palmeadora, que es una tablilla de madera del tamaño del ladrillo o algo superior y con un mango, también de madera, transversal para manejarlo.

La fabricación de baldosas, mucho menor cuantitativamente, se hacía también sobre la mesa de cortar y con el sistema ya visto para las tejas, aunque obviamente no era necesario curvarlas.

b) Cocción:

Una vez que las piezas estaban secas, se depositaban en el almacén (siempre de pie) en espera de ser cocidas.

Para efectuar la cocción, se colocaban las piezas sobre la parrilla en pisos o caldas desde abajo hacia arriba de la siguiente forma: Primero dos pisos de ladrillos puestos de canto y en disposición ajedrezada para permitir el paso del calor sin cortar el tiro del horno. Sobre ellos, y sucesivamente, las caldas de tejas colocadas de pie sobre su boca estrecha (15). Cada calda necesitaba ser acuñada, para lo que se introducían pequeños fragmentos de teja entre los intersticios que evitasen que las piezas se movieran o pudieran derrumbarse al superponer nuevos pisos. Cuando las piezas macizaban por completo la cámara de cocción, se cerraba ésta colocando un último piso constituido por ladrillos planos dispuestos en damero, y la boca de encañar se sellaba con ladrillos y barro empajado.

Una vez colocadas las piezas, se abastecía la cámara de combustión con leña (16). Esta era transportada hasta el pasillo de acceso a la cámara donde se depositaba en un montón. La persona encargada de vigilar la lumbre, tomaba leña de este montón con una horquilla de madera y lo introducía por la boca de atizar repartiéndola por la totalidad del calentadero ayudándose del hurgonero (ver Fig. 6) (17) -larga vara de hierro con el extremo superior ahorquillado y enmangado en un mástil de madera-. Cuando el fuego se convertía en brasas, éstas se distribuían por el calentadero mediante el esquirnador (ver Fig. 6) -pieza larga de hierro enmangada que dispone en su extremo superior de una placa transversal, también de hierro, que se maneja apoyándose sobre un ladrillo colocado junto a la boca de atizar-; de este modo se batía la lumbre, tratando de evitar que el calor incidiera especialmente en alguna zona pues esto podía provocar el derretido y hundimiento de alguna bóveda.

El tiempo requerido para la cocción era de 20 a 24 horas, para un conjunto de piezas que rondaba las 10.000 por hornada, alcanzando temperaturas que oscilaban entre los 700 y 1.000º C.

El calor no sólo era dirigido desde la cámara de combustión, sino que desde el último piso de ladrillos finos (18) que cerraban la chimenea, se iban cerrando tiros a medida que algunas zonas del horno ya tenían las piezas cocidas. Este cierre de tiros se hacía tapando los huecos dejados por los ladrillos con barro tomado del montón que se depositaba sobre el horno (de ahí la forma tumular exterior de éste). Cuando se observaba que la totalidad de las piezas estaban cocidas, se cerraban todos los tiros y se abría el horno para dejarlo enfriar lentamente.

Tras los cinco días requeridos para que el horno se enfriara, se extraían las piezas que eran almacenadas hasta su comercialización. Estas piezas mostraban un color rojizo si estaban adecuadamente cocidas. Frecuentemente, las que se habían situado en la parte inferior del horno o donde más había incidido el calor, ofrecían un color amarillento o blanquecino pues estaban demasiado cocidas, incluso, ocasionalmente, se habían deformado por el exceso de calor llegando hasta el derretido y formación de pegotes entre las piezas afectadas. Las piezas situadas en la parte superior del horno, por el contrario, podían estar poco cocidas, mostrando entonces un color pardo-negruzco.

Las piezas se extraían del horno, al igual que se metieron, a través de la boca de encañar y en brazaos, desechándose las deterioradas por derretido, las torcidas, las pandeadas (con el lomo cóncavo en vez de recto), las rajadas o las que tenían verrujo (orificio que se forma cuando estalla un canto del interior de la pieza).

e) Volumen de producción y comercialización:

Por lo general, la producción es estable anualmente, aunque ocasionalmente, se hicieron producciones por encargo, como fue la fabricación de tejas para San Bernardo que incluso necesitó de una gradilla especial, más pequeña que la de las tejas comunes. La producción regular suponía unas 200.000 piezas, ya que se realizaban unas 20 hornadas por temporada.

El radio de distribución de los productos es de corto alcance, abarcando la propia Quintanilla y algunos pequeños pueblos aledaños.

La venta se realiza desde la propia tejera y es el comprador quien se encarga de su transporte.

IV .-PIEZAS y HERRAMIENTAS

Afortunadamente, he podido observar no sólo las piezas fabricadas, sino también las herramientas empleadas para la producción gracias al cuidado con el que Servando Martín (padre e hijo) las han conservado.

Los moldes de las piezas son todos ellos de hierro, y sus dimensiones son las siguientes:

-El molde de las baldosas es de 25 cms. x 25 cms., con un grosor de 1,5 cms.

-El molde de los ladrillos es de 28,5 cms. de ancho por 40 cms. de largo, produciendo piezas de 131,5 cms. de ancho por 25 cms. de largo y 4 cms. de espesor.

-La gradilla convencional mide 45 cms. de largo por 20 cms. de ancho en su boca estrecha y 23 cms. en la boca ancha. La gradilla fabricada para San Bernardo tiene, sin embargo, 33 cms. x 21 cms. (boca estrecha) y 22,5 cms. (boca ancha). En ambos casos, el grosor de las tejas era de 1,5 cms.

La mesa del cortador, conservada en el interior del merendero, tiene 90 cms. de altura en el extremo donde se colocaba el cajón de arena y 85 cms. en el que se situaba el cortador. La superficie del tablero superior es de 105 cms. de largo por 35 cms. de ancho y 6 cms. de espesor.

El hurgonero y el esquirnador, de altura variable, medían sin enmangar, alrededor de 1,5 mts. el primero y superaba con creces los 2 mts. el segundo.

V .-DIVISION DEL TRABAJO

La diversidad de funciones realizadas en la tejera, unidas al hecho de que muchas de ellas se simultanearan, hacían necesaria la colaboración de varias personas contratadas para los momentos de máxima actividad. Al mismo tiempo, y como el negocio familiar pasaba de padres a hijos, era conveniente introducir al joven futuro tejero en el oficio aleccionándolo desde los primeros pasos de la producción. Por otra parte, la división del trabajo no sólo se observaba en cuanto al reparto de diferentes tareas, sino que también se comprueba por edad como a continuación veremos:

Los trabajadores más jóvenes, de doce o trece años, eran los tendedores. Estos niños no pertenecían a la familia del tejero (según el propio Servando Martín confiesa, él empezó a trabajar más tarde: "Como era el hijo del tejero...") sino que eran los chicos de otras familias del pueblo, que aprovechando el período vacacional o que, como en los pueblos a esa edad era común estar ya trabajando, no fueran imprescindibles en sus actividades cotidianas, trabajaban para el tejero. Su tarea en la tejera consistía en recoger las piezas de la mesa de cortar y colocarlas en el tendedero según el sistema que antes vimos. También ayudaban a recoger la tienda al final del día.

El futuro maestro tejero. como dijimos. comenzaba a trabajar de joven como ayudante -lo que en terminología gremial sería oficial en diversas funciones: en invierno trabajaba en el barrero en las tareas de desmonte y extracción de la arcilla; en la tejera, vigilaba el oreo de la tierra y las piezas, se ocupaba del almacenamiento de estas (antes y después de cocer) e intervenía especialmente en el momento de la cocción colocando las piezas en la parrilla, acuñándolas, cerrando los tiros desde lo alto de la chimenea, atendiendo el fuego de uno de los hornos durante la noche, sacando las piezas ya cocidas, etc.

El ayudante del tejero e hijo del mismo, compartía su tarea con varios ayudantes contratados: adultos conocedores del oficio, que además de las tareas mencionadas, solía ser también el pilero, es decir, la persona encargada de preparar la mezcla de agua y arcilla en la pila, de barrearla, manosearla y extraerla para preparar el montón.

Por último, el tejero, o maestro cortador, tenía como misión no sólo la fabricación de las piezas, sino que su tarea empieza con el manoseo del barro en la pila y la preparación del montón junto al pilero. El cortador era el cabeza de familia y dueño de la tejera, don Servando Martín, además de un segundo cortador profesional contratado (el caso de Vicente Rojo), que no teniendo tejera propia trabajaba por cuenta ajena.

Así pues y recapitulando, vemos que en la tejera trabajan desde adultos experimentados hasta niños aprendices ocasionales, organizados de un modo que recuerdan la división gremial del trabajo. Por otra parte, pese a que en la medida de lo posible se recurre a miembros de la familia, la ingente producción y la necesidad de mano de obra obligaba a recurrir al empleo de trabajadores entre los hombres del pueblo (en las funciones directamente relacionadas con la producción no hay mujeres) que son: los muchachos tendedores (uno por cada cortador), un pilero, un cortador y ayudantes. Los contratados eran, generalmente, seis personas, aunque no faltaron ocasiones en las que se requirió el trabajo de hasta ocho o nueve. Su período activo en la tejera coincidía con los meses de máxima actividad, en primavera y verano, con lo que se les empleaba como temporeros durante cuatro o cuatro meses y medio.

Esto sitúa socialmente a los tejeros en una posición paradójica dentro del contexto del pueblo: por una parte tiene puntos que le diferencian del resto de sus convecinos: su oficio es diferente al de la mayoría, imprescindible y exclusivo en el pueblo; como el actual titular de la tejera me manifestó, en el pueblo se asocia el nombre Servando Martín con el oficio de tejero. Por otra parte, la capacidad económica de la familia Martín barrunto que sería superior a la media de los vecinos de Quintanilla ya que no sólo disponían de instalaciones complejas y aptas para una gran cantidad de producción, sino que además podían prescindir del trabajo de los más jóvenes de la familia y contratar los servicios de varias personas. Sin embargo, y a pesar de estas diferencias, no creo que se pueda decir en absoluto que el tejero fuera alguien, más o menos aceptado, pero separado de la sociedad; al contrario, parece estar plenamente integrado: los Martín son naturales de Quintanilla; por otra parte, aunque la tejera está en las afueras del pueblo, la casa está en el interior del mismo; el personal contratado también era del pueblo y, por último y como detalle anecdótico a un nivel más cotidiano pero como muestra de esa integración en la vida común del pueblo, Servando hijo me contó que los otros chicos del pueblo bajaban a charlar y bromear con él cuando debía permanecer junto a la boca de atizar durante la noche para mantener el fuego.

VI.LOS HORNOS DE LA TEJERA DE QUINTANILLA: UN MODELO CONSTRUCTIVO CONOCIDO

La producción de objetos de barro cocido, tanto material de construcción como alfareros, se enfrenta al mismo problema técnico: la necesidad de cocer las arcillas moldeadas. La solución a este problema apareció hace aproximadamente 10.000 años en el Próximo Oriente, con la construcción de los primeros y rudimentarios hornos para cocer el barro destinado a la producción de objetos de uso doméstico y de almacenaje de alimentos.

Desde entonces hasta hoy, la diversidad de hornos ha sido tal, que no han faltado clasificaciones y ordenamientos tipológicos atendiendo a su morfología externa, sistema constructivo, cronología, etc. en espacios de carácter local, comarcal o regional... Pese a esta infinidad y variedad de hornos, en realidad todos tienen un substrato común; es decir, los hornos son muchos, pero el horno es único. El concepto de horno es universal y no ha variado con el tiempo aunque presente diversos resultados aparentes que responden a una diferente disponibilidad de materia prima para su construcción, el tipo de producción a que se va a destinar, a la propia tradición constructiva local, etc.

Tres son las partes que definen a un horno para que éste sea considerado como tal: una cámara de combustión, en la que se provoca el aumento de la temperatura necesaria para la cocción de los objetos, mediante la combustión de material inflamable. Una cámara de cocción o laboratorio que aloja los objetos que se desean cocer y que recibe el calor procedente de la cámara de combustión. Una parrilla que separa pero, al mismo tiempo, comunica ambas cámaras; separa pues impide el contacto directo entre las piezas y el fuego sirviendo como soporte o "suelo" sobre el que se depositan las primeras y comunica, pues pese a que ha de ser resistente para no fundirse con el aumento de la temperatura o con el peso de los objetos sobre ella depositados, también debe permitir el paso del calor de la cámara de combustión al laboratorio.

Como decimos, esencialmente esas son las partes que constituyen un horno y siempre estarán presentes aunque con las variantes lógicas de tamaño, destino -no es lo mismo que se desee cocer arcilla, que pan, que fundir metal-, sistema de construcción, morfología, etc.

En el caso concreto de los hornos de la tejera de Quintanilla, no presentan una gran novedad constructiva. Contamos con documentos aportados por la arqueología que nos informan de que ya en época romana se construían hornos cerámicos, en este caso para la producción alfarera, con cámara de combustión de planta circular y cubrición, es decir formación de la parrilla, mediante arcos: es el tipo Ic según la clasificación de Beltrán (19) (ver Fig. 7). Asímismo, este autor comprueba que existe una cierta regularidad en cuanto a la forma de los hornos según el lugar geográfico y la función a la que se destina; de este modo, mientras en Galia los hornos para material de construcción suelen ser rectangulares, en Hispania este tipo de hornos se constatan en la zona catalana (por influencia de la propia Galia), combinados con el pilar central y parrilla gruesa de influencia ibérica: así se ve en los hornos cerámicos de Rubí, Pinos, San Miguel de Fulviá, etc. Por el contrario, en la provincia Baetica abundan los hornos de planta circular con arcos radiales (siglos I y II d. C.) como el de Bezares, con hornos del tipo Ic para sigillata, pero también para tegulae (20).

En cuanto al sistema y materiales para su construcción, estos no difieren en exceso de lo que acabamos de ver en la tejera de Quintanilla: indefectiblemente, la cámara de combustión se excava en el suelo natural quedando siempre total o casi totalmente bajo tierra. Los materiales con los que se construyen varían en la medida en que abunda o excasea la materia prima; de este modo, mientras en los hornos Bajo-imperiales del estuario del Tajo (21) se emplean bloques de arenisca para conformar la cámara de combustión y el perímetro interno junto al ladrillo, en los del área catalana recurren exclusivamente al ladrillo y el barro (22). Estos -como el de Fontscaldes- se construyen con gruesos arcos de ladrillo revestidos con una fina capa de arcilla, endurecida por el calor, que se reforzaba con nuevas aplicaciones cuando se producían desconchones.

Pero si esto ocurre con los hornos romanos, tampoco hay diferencias esenciales con los ibéricos, como ocurre con el horno alfarero de Pinos Puente, Granada (23), también de planta circular (o subcircular) y con alzado en adobe sobre zócalo de piedra.

Más próximo, el horno ibérico de Alcalá de Júcar (Albacete) (ver Fig. 7) (24), tiene una estructura que nos es conocida: la cámara de combustión, de planta subcircular, con unos 2,5 mts. de diámetro, se excavó en el suelo hasta una profundidad de 1,80 mts. A esta cámara se accede tras una boca de carga o praefurnium que en su parte inferior se sostenía en lajas calizas. El alzado de la cámara de combustión era en adobe y tapial, y para sustentar la cubrición –parrilla- se optó en esta ocasión por un murete transversal a la boca construido también en adobe. De este murete como de las paredes de la cámara, surgen las arcadas que constituían la parrilla. Por su parte, la cámara de cocción se alzaba en tapial configurando un espacio circular de 2,85 mts. de diámetro reservando un hueco para la boca de encañar, dispuesto en ángulo con respecto a la boca de carga.

Lamentablemente del horno celtibérico de Coca (25), del que se ha podido rescatar la cámara de combustión que se realizó con ladrillo y bloques de arcilla cocida, apenas quedan restos. No ocurre así con el Horno 2 de Carralaceña (Pesquera de Duero, Valladolid) (26), en el que quisiera detenerme por su proximidad a Quintanilla y su buen estado de conservación, que nos ha permitido conocer un horno destinado a la cocción de cerámica celtibérica pero de características arquitectónicas similares a los de la tejera de Quintanilla (Ver Fig. 7). Efectivamente, los materiales utilizados para la edificación del horno de Carralaceña son, al igual que en Quintanilla, el adobe, el tapial y la piedra caliza. La cámara de combustión se excavó, configurando un espacio subcircular de más de 4 metros de diámetro. En este caso, como en el anterior de Alcalá de Júcar, también se optó por la colocación de un muro central sustentante de la parrilla.

El acceso a esta cámara se realiza mediante una rampa abrupta que salva más de 1 ,5 metros de altura y que está acondicionada a ambos lados con piedras calizas, al igual que podemos observar en uno de los hornos de Quintanilla.

Posteriormente se accedía al praefurnium que, construido en barro, parece que se cubría de una estructura abovedada según cabe intuir por la inclinación de los restos de pared aún conservados... Los hornos de la tejera, pese a que no tienen praefurnium sensu estricto (la incineración de la leña se realiza directamente en el interior de la cámara de combustión), sí mantiene un acceso a la boca de atizar precedido por una estructura abovedada.

La construcción de la parrilla en el horno alfarero se realizó mediante la superposición de capas de arcilla sobre una “bóveda" que arrancaba de las paredes de la cámara de combustión. Sin embargo, y pese a la diferente técnica constructiva, el aspecto de esta parrilla, como el que ofrecen las de los hornos tejeros, es de una superficie horizontal de arcilla, de forma circular y con perforaciones en la superficie para permitir el paso del calor hacia el laboratorio.

De la cámara de cocción, en el horno de Carralaceña sólo se conserva su perímetro, que rodea la totalidad de la parrilla salvo en la zona sur en que la que se observa un espacio de forma triangular que, por su situación en ángulo respecto a la entrada a la cámara de incineración, bien pudiera corresponder con el hueco reservado a la boca de encañe. Lamentablemente, esta cámara está arrasada, pero el perímetro conservado, construido en barro como en Quintanilla, bien nos pudiera indicar que se utilizara el mismo material para su alzado.

Finalmente, quisiera destacar que el presente estudio no pretende "justificar" un modo de construir de la arquitectura tradicional basándose en paralelismos ancestrales. Ni tampoco se intenta "demostrar" una continuidad de formas arquitectónicas a lo largo del tiempo de un modo casi inalterado; no me parece viable la hipótesis de que los tejeros del Valle del Duero construyan sus hornos de determinada manera porque ya se hicieran de un modo semejante al menos desde época prerromana: pese a que la influencia ejercida por la tradición en una determinada forma de construir pueda ser importante, llevarlo a tal extremo me parece excesivamente aventurado.

El objeto, pues, de esta comparación, es llamar la atención sobre cómo se ha llegado a una solución arquitectónica similar partiendo de un mismo objetivo -construir un horno para cocer piezas de arcilla- y de una materia prima que es la más abundante en la zona: barro y piedra caliza.

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NOTAS

(1) Según el asiento 1.521, folio 298, tomo 41 del Diario del Registro de la Propiedad de Peñafiel.

(2) En muchos lugares se ha constatado la presencia de cobertilos próximos para la cobertura de la mesa de cortar. (Ver González, P .: La Cerámica Preindustrial en la Provincia de Valladolid. (Vol. II, Valladolid, 1989) y Villar Herrero, S.: El Tejar de Pobladura de Sotiedra ("Revista de Folklore", nº. 77, 1987). No es el caso de Quintanilla pues la mesa es portátil.

(3) Llamados puentes en algunas zonas como recoge González,P .: op. cit.

(4) Este tipo de revoque es el más común, pese a lo cual no hemos encontrado una denominación especifica para él, salvo ésta y el nombre de embarrar en el tejar de Peñaranda de Bracamonte (Sánchez González, F. ).: El Tejar, en "Universidad y Etnología", 1987).

(5) Se ha recogido el nombre de trastillo para ésta última capa de ladrillos (González, P .: op. cit.).

(6) En otras zonas se realiza a cantero y a banzo (González, P.: op. cit.).

(7) En Peñaranda de Bracamonte (Sánchez González, F.).: op. cit.) no se utiliza, sino barro común de la zona, que es abundante en greda, mezclado con limo.

(8) Orear y Solear son los términos más frecuentemente empleados.

(9) En otros lugares a esta operación se le llama cortar y al instrumento con que se efectúa cuchilla o sable ( González, P. : op. cit.).

(10) En el caso de Quintanilla, no es infrecuente que para esta operación de mezcla se introduzcan animales en la pila (González, P .: op.cit.) o qque se disponga de amasador (Villar Herrero, S. : op. cit.) en cuyo caso la pila es de forma semicircular y el amasador se sitúa en el lado recto de la misma.

(11) En otros lugares también lo llaman agradilla, marca, horma (González, P.: op. cit.) o argadilla (Villar Herrero, S.: op. cit.).

(12) Sin duda el nombre más común para esta pieza, como recogen González, P.: op. cit. y Arranz Mínguez,J. A.: La Desaparecida Industria Tejera en Pesquera de Duero en "Universidad y Etnología", 1989.

(13) Encabañar(González, P.: op. cit.) o emplomar(Sánchez González, F.J.: op. cit.).

(14) En otras zonas se le llama horma, marca, mencal o conejal.

(15) Disposidón absolutamente original, pues lo común en otras tejeras es colocar las piezas tumbadas.

(16) En Pobladura de Sotiedra, esta operación se conoce como arrosiar(ver Villar Herrero, S.: op. cit.).

(17) También conocido por batidera o varal (Ver Sánchez González, F.J.: op. cit.).

(18) Trastillo según González, P.: op. cit.
(
19) Beltrán Lloris, M.: Guía de la Cerámica Romana (Zaragoza, 1990). A nuestro juicio más completa que la de D. Fletcher Valls que clasifica los hornos atendiendo exclusivamente al diseño en planta del hogar.

Beltrán retoma la clasificación de Duhamel, P.: Les Fours Céramiques Gallo-Romaines (R. A. C., 65, Paris-Geneve, pp. 141 ss., 1973). y de Cuomo di Carpio, N.: Proposta di Cassificazione delle Fornaci per Ceramica e Laterici nell'area Italiana, dalla Preistoria a tutta l'epoca Romana (Sibrium, 11, pp. 371-464, 1971-72).

(20) Beltrán Lloris, M.: op. cit.

(21) Cordeiro Raposo, J. M. y Castanheira Duarte, A. L.: Anforas Lusitanas. Los Alfares del Tajo. (Revista de Arqueología, nº. 134, 1992).

(22) Juan Tovar, L. C.: Hornos de Epoca Republicana en Cataluña: Fontscaldes. (Revista de arqueología nº. 98, 1989). También hay hornos de este mismo tipo y para la misma época en Can Vedell, Bisqués-Riells del Fai, Barcelona (Hdez. Yllán, 1983); el horno intramuros de Ampurias (Puig i Cadafalch, 1923); en Tossa, donde se producían tegulae y lateres (Zucchitello, 1988 y Martín, 1979-80) y en Foz Calanda, Teruel.

(23) Contreras, F.; Carrión, F. y Jabaloy, E.: Un horno alfarero protohistórico en el cerro de los Infantes (Pinos Puente, Granada). (C. A. N., nº. XVI. 1983).

(24) Alvaro, C. y Amitrano, R.: El Horno Ibérico de Alcalá de Júcar (Albacete) (Revista de Arqueologia, nº. 89, 1988) y Coll Conesa, J.: El Horno Ibérico de Alcalá de Júcar; Albacete. (Revista de Arqueologia, 1987).

(25) Blanco García, J.: Horno de Cerámica Vaccea en Coca. (Revista de Arqueologia nº. 111, 1990).

(26) Quiero expresar mi agradecimiento a Zoa Escudero y Carlos Sanz por su amabilidad y colaboración.

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BIBLIOGRAFIA

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