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LAS CIGARRERAS MADRILEÑAS

GARCIA SANCHEZ, Mª Luisa

Publicado en el año 1993 en la Revista de Folklore número 147.

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LAS CIGARRERAS MADRILEÑAS
El hermoso "poblachón manchego" que fue y en alguna medida sigue siendo Madrid, acogió durante el siglo XIX una de las más ricas faunas urbanas que puede apetecer ciudad alguna y es también en ese siglo, cuando en gran medida se conforman las particularidades de la cultura castiza madrileña con sus "majas, manolas, chisperos, chulapas" y demás personajes. Acercándonos más a esa variedad de tipos nos vamos a detener más concretamente en las mujeres y más específicamente aún, en una mujer prototípica del XIX: la cigarrera madrileña, una casta aparte que nos permite algo más que el ejercicio nostálgico de mirar al pasado, porque hasta nuestros días, aunque laboral y socialmente adaptada a su tiempo, la Real Fábrica de Tabacos madrileña sigue aún funcionando en el antiguo edificio, situado junto al Portillo de Embajadores con sus correspondientes operarias.

Antes de entrar en "materia cigarrera", no estaría de más situarnos un poco en el entorno histórico y social al que acceden estas mujeres obreras en los albores del siglo XIX, teniendo en cuenta que la Real Fábrica de Tabacos comenzó a funcionar el 1 de abril de 1809. En aquellos momentos el rey Fernando VII había sido obligado con amenazas a renunciar a la Corona española en favor de Carlos IV, quien de inmediato dejó en manos de Napoleón la decisión de designar al miembro de su familia más idóneo para ocupar el trono español, convirtiendo así a España en una monarquía satélite más de su imperio. El elegido como rey de España fue su hermano primogénito, José Napoleón, hasta ese momento rey de Nápoles. Este rey extranjero a quien el pueblo español nunca respetó ni amó y al que adornó con los más insultantes epítetos (recordemos que se le llamó Pepe Botella o el Rey Barajas), llegó a la villa y corte de Madrid rodeado de un ambiente terriblemente tenso en el que se producen los acontecimientos del 2 de Mayo y la batalla de Bailén, pero este rey intruso es quien introduce en Madrid una nueva actividad industrial, que no es otra que la elaboración del tabaco. La razón tal vez haya que buscarla en las no pocas dificultades para abastecer a la villa de Madrid de tabaco, porque debido a la poca seguridad de los caminos, traerlo de las fábricas establecidas en Valencia, Sevilla o La Coruña, se convertía en una auténtica odisea y es por eso que se habilitó un edificio -del que hablaremos detenidamente un poco más adelante- comenzándose la elaboración de cigarros y rapé.

Con la marcha de los franceses vuelve al trono Fernando VII, al que sucedería Isabel II y la ciudad de Madrid era en aquellos comienzos del XIX, un montón de muros derruidos y de calles destrozadas; es cierto que la monarquía absolutista de Fernando VII acometió algunas mejoras urbanísticas pero la verdad es que la capital de España no pasaba de ser el "poblachón manchego" al que aludíamos en el comienzo. El canal de Isabel II no era capaz de abastecer de agua corriente a la mayoría de las casas y en los viejos barrios, subsistió enquistada la antigua costumbre del ¡Agua va!. Tampoco el alcantarillado ni el alumbrado público de gas, se había extendido por todo el casco urbano y ya entonces como ahora y siempre, la gente se quejaba del alto índice de criminalidad proveniente de la pobreza y el paro; y todo ello porque Madrid no participaba del pujante progreso de revolución industrial, que se producía en ciudades como Barcelona. Salvo honrosas excepciones como la Fábrica de Tabacos y algunas fábricas textiles, era Madrid una ciudad sin industria, siempre pendiente de las asonadas, golpes militares y crisis políticas que caracterizaron nuestro siglo XIX. La gente arrastraba una vida llena de penalidades y miserias, como las que tan espléndidamente narrara la pluma de Galdós, tan alejado del complaciente costumbrismo de Mesonero Romanos.

El edificio, que aún hoy alberga la Fábrica de Tabacos, fue construido por Carlos III en 1790 y se utilizó en un principio como depósito de aguardientes, licores, barajas y papel sellado, pertenecientes a la Real Hacienda. La Fábrica se levanta entre la calle Provisiones y la Glorieta de Embajadores y es una construcción de aspecto sobrio y sólido, que ha sufrido diversas reedificaciones a causa de los incendios que soportó en el pasado, debido al material altamente combustible que albergaba: el tabaco seco, papel, etc. Una de las calles entre las que se encuentra la Fábrica de Tabacos, antes de llamarse "de Provisiones" se llamaba "Del Amor de Dios Baja", pero por guardarse las vituallas del ejército como antes se apuntaba, pasó a denominarse de "Provisiones".

II

Sin duda se encuentra la Real Fábrica de Tabacos de Madrid enclavada en uno de los barrios más populares y castizos: Embajadores y por añadidura
Lavapiés, Por sus calles transitaban airosas y altaneras mujeres trabajadoras entre las que sobresalían nuestras cigarreras. El tipo femenino de "la manola" comenzó a ser sustituido por la "chulapa" en los nombres de "La Mari Pepa" y "La Susana" de Bretón y Chapí y no en vano, nos vamos a detener un poco en la idiosincrasia de la chulapa, porque algunas de las de más tronío eran las que poblaban la plantilla de la Fábrica de Tabacos, o lo que es lo mismo, muchas chulapas eran cigarreras. Era la chulapa un ser humano de reacciones desgarradas, vivas e ingeniosas, con una filosofía de la vida sencilla y práctica, mujer trabajadora, fiel y cumplidora. Todos esos rasgos han quedado fielmente recogidos en personajes como la Fortunata de Pérez Galdós. También poseía la chulapa, una forma peculiar de expresarse de la que eran partícipes las cigarreras. Estas y aquéllas, eliminaban las consonantes finales (llegao, terminao) usaban expresiones chulescas para exteriorizar estados emocionales: ¡Pa Chasco!, ¡Anda este! y reducían los verbos y frases a la mínima expresión: “ties por tienes" o "Misté por Mire usted ". Estaba luego el uso abusivo de la vocal "u" que se consideraba de gran tono y elegancia y así decían por ejemplo: "aquí el señor u lo que sea". Abreviaban a su gusto nombres de calles y personas de tal manera que la calle Alcalá era "la Cal'cala" y la Señora Sebastiana, "La Señá Sebas" y por supuesto las chulapas y dentro de ellas las cigarreras, enriquecieron el idioma con la introducción de términos como "chanci, fetén, finolis, charrán" y tantos otros. Este sería por ejemplo el diálogo que podía mantener una aspirante a cigarrera con el superintendente de la fábrica:

CIGARRERA: "Señor, yo vengo a ver a Usía y Usía me va a hacer un favor".

INTENDENTE: " ¿Qué quieres?".

CIGARRERA: "Entrar en la frábica d'aprendiza, si usía me lo permite".

INTENDENTE: "Eres muy chica aún, y el reglamento manda que no entre ninguna antes de los trece años".

CIGARRERA: "Mire usía que aunque parezco chiquetiya, pa la Virgen de la Paloma cumplo 14 años; ahí está la Señá Manuela "La Roma", que usía la debe conocer señor, que es capataza en el taller de las comuneras...".

INTENDENTE: "Está bien, pero ahora no puede ser; vuelve otro día".

CIGARRERA: "Gracias señor, en el manánimo corazón d'usía espero que no me faltará a la palabra".

Unas 800 obreras componían al principio la plantilla de la Fábrica de Tabacos, llegando a tener en años sucesivos hasta 3.000 operarias, además de 50 obreros que eran los encargados de las máquinas de picado del tabaco y de los almacenes. Los barrios de Ave María y Lavapiés surtían generalmente de operarias a la Fábrica, aunque algunas procedían de Maravillas y del Barquillo, eran por tanto madrileñas de pura cepa y de entre las llegadas de provincias, abundaban las valencianas. Alrededor de las 7 de la mañana comenzaba el movimiento y la afluencia de gente por los alrededores de la Fábrica; llegaban las cigarreras, algunas con sus hombres y se despedían de ellos frente al edificio. Si nuestra aspirante a cigarrera convencía al superintendente entraba como aprendiza y a base de pellizcos y pescozones, comenzaba a "despalillar la hoja" y en lo referente a la confección de puros a "hacer el niño y liarlo" , para terminar luego despuntando el cigarro. El material necesario para trabajar como la espuerta, la silla, las tijeras y el tarugo, (especie de tablita para redondear los cigarros) corrían a cargo de la operaria, que en muchos casos tenía que tomar fiado todos esos útiles, e irlos pagando poco a poco con el dinero diario que recibía de la entrega de los mazos, confeccionados durante la semana.

¿Cuáles eran exactamente las tareas que realizaban las cigarreras y en qué categorías laborales estaban organizadas dentro de la Fábrica?.

III

Los talleres ocupaban el piso principal y bajo, estando divididos en secciones de cien mujeres cada una y presididas por una "maestra", que se paseaba por la sala con los brazos cruzados observando la marcha del trabajo. En toda la fábrica no se oía otra cosa que el ruido monótono y continuo de las tijeras algo que dio lugar al poeta para escribir:

"Dijo Dios: Hombre, el pan que comerás,
con el sudor del rostro ganarás;
Cigarrera, añadió, tu vivirás
con la tijera haciendo tris, tris, tras".

Cada "partido" o ciento de operarias estaba dividido en "ranchos" de seis mujeres, incluida la capataza, que aunque dirige la mesa es en todo igual a sus subordinadas. Normalmente las capatazas eran elegidas por las maestras, entre las trabajadoras más juiciosas y aplicadas. En el sótano se encontraban los almacenes de tabaco y allí trabajaban en su mayoría hombres, si exceptuamos a una pequeña sección de mujeres que eran "las empapeladoras" y cuya tarea consistía en empaquetar el tabaco picado para la venta al público. Era la "empapeladora" una especie más moderna que la "mistera", la "habanera" y la "comunera", pero todas unidas por el nexo común de ser de profesión: cigarreras.

Todo lo referente al aseo y limpieza de los talleres salía del bolsillo de las trabajadoras, que pagaban a escote a otras mujeres: las "barrenderas". Cada "partido" -que como recordarán estaba compuesto por cien mujeres- tenía un armario donde la capataza de cada mesa guardaba al finalizar el día la labor realizada por sus compañeras, hasta el día de la entrega que normalmente era semanal. Cada cigarrera cobraba en función de los "mazos" que hacía y para reconocerlos, se ponía una señal en el atado del mazo, que ordinariamente consistía en hacer uno o más piquetes con la tijera.

La porción del tabaco en hoja que necesitaba cada operaria para el trabajo diario recibía el nombre de "data" , y había un día especialmente destinado a recibir esas "datas" en el que todas las cigarreras, provistas de espuertas, se reunían en el patio grande de la Fábrica. En su presencia se pesaban las "datas", de las que tenían que sacar necesariamente 50 mazos de 25 cigarros cada uno. La tarea de pesar el tabaco no estaba exenta de conflictos, porque los mozos encargados de la tarea no siempre eran justos e imparciales y algunas cigarreras sacaban el "peso corrido" y a otras se lo daban bien justo o "tasado".

Para entregar lo trabajado no esperaban a concluir los 300 atados que correspondían por "data" a cada mesa, sino que cada cien bajaban al patio y allí al peso, les pagaban en calderilla, Muchas veces sucedía que cuando ya tenían el jornal, las estaban esperando a la puerta de la Fábrica las "fiadoras", "guisanderas" y caseros, y el dinero no hacía muchas veces sino pasar de unas manos a otras con diálogos como éste:

MODISTA: ¡Oyes tú," ven acá!; ¿qué no me das nada?.

CIGARRERA: Esta entrega no puedo.

MODISTA: Pues yo bien que pude darte el vestido cuando te hacía falta.. Fargantonas, que queréis lucir más de lo que podéis...

CIGARRERA: Hágase "osté" cargo, señá Juana, que he cobrado muy poco esta "data".

MODISTA: ¿Y qué tengo yo que ver con que tú seas una holgazana? ...Si no anduvieras por ahí hecha un pendón con ese perdío...

CIGARRERA: "Mistéseñá Juana": a mi dígame osté lo que quiera; pero en hablando de mi Alifonso le rompo a osté el bautismo...

Llegado ese punto la cigarrera se ponía en jarras, se enzarzaba con quien fuese y ¡hala a la cárcel!, de donde salían al día siguiente después de pagar una multa y sufrir una amonestación del juez.

Una vez descrito el trabajo en la fábrica y sus distintos modos de organizarse, lo más característico y pintoresco de estas mujeres trabajadoras del XIX, era cómo resolvían una serie de necesidades vitales como la de la comida. Eran muchas las que comían en la Fábrica reuniéndose en "ranchos" y pagando 4 ó 5 cuartos diarios a las "guisanderas.". Otras en cambio, requerían el peregrino servicio de la "pucherera", que consistía en lo siguiente: una mujer con un carrito de mano, iba recogiendo a la entrada de la Fábrica los pucheros que las cigarreras le daban. Cada una para que su puchero no se extraviase o confundiese, le ponía una cinta con un color determinado. Cada puchero llevaba su "avío" para el cocido con lo que la cigarrera según sus posibilidades podía ponerle. Recogidos todos los pucheros, "la pucherera" se marchaba a su casa donde cocía la comida, regresando al mediodía para repartir a cada trabajadora su puchero.

Si de modo tan peculiar se solucionaba el tema de la comida, no era menos chocante la estampa que podía observarse en el patio de la fábrica sobre las diez de la mañana, donde la cigarreras que tenían niños de pecho estaban autorizadas a salir a esa hora al patio, para dar de mamar a los niños.

Absolutamente todas las cigarreras sufrían un severo registro a la salida del trabajo, porque cuando podían sacaban picaduras o cigarros como se encarga de reflejar la copla:

Llevan las cigarreras
en el rodete,
un cigarrito habano
para su Pepe.

O esta otra del día de cobro:

Ya llegó el día del cobro,
el día de los apuros,
unas se van por pitillos
y otras se van por los "puros".


La plaza de cigarrera era hereditaria, pasando de madres a hijas durante generaciones y cuidándola con el mimo que suponía tener ese trabajo. Así lo recuerda la octogenaria vecina de Lavapiés, Dª Elisa Hernández (1) hija y hermana de cigarrera, que se divierte rememorando cómo de cría la registraban cuando iba a ver a su madre a la fábrica y cómo hablando de la importancia de conservar la plaza, recuerda que el marido de su hermana -también cigarrera- se había "liado" con una que le llamaban Paca "La Guapa"; cuando su hermana se enteró quiso tomar venganza, a lo que su madre prudente y práctica le respondió: "La rajo yo, tú no pierdas la plaza...".

No menos chocante debía ser ver a las cigarreras en medio de la calle, antes de entrar al trabajo, ponerse todas en fila a orinar de pie para asombro de transeúntes.

Hablaremos más adelante de la importancia social que tuvieron las cigarreras, pero sí me gustaría adelantar un dato que da idea de la pequeña revolución social y del espíritu de avanzadilla, que en el mundo de la integración al trabajo significaron estas mujeres: ya en el siglo XIX crearon una especie de guarderías o jardines de infancia dentro de la propia fábrica, para atender a sus hijos y poder desempeñar su trabajo, fueron sin duda en muchos aspectos unas adelantadas al tiempo que les tocó vivir.

IV

Sobre el aspecto físico y la manera de vestirse de las cigarreras madrileñas nos remontaremos a los albores del siglo XIX hasta llegar a su mitad, diciendo que así como de humildes eran sus orígenes, así también de pobres pero limpios y correctos eran sus atuendos. En un dibujo de Bravo, sobre una cigarrera que aparece en el libro "Los Españoles pintados por sí mismos”, y del que he tomado valiosísimos datos para este artículo, se puede observar que el trabajo más corriente consistía en un “zagalejo” corto, que dejaba ver una pantorrilla calzada con media blanca y zapato también blanco. Pañuelo de manta los inviernos, cubriendo parte de la cabeza, y en verano uno pequeño de percal, que iba anudado al cuello y caído sobre la espalda a manera de capucha. Completaba el atuendo un delantal corto de percal, o en el mejor de los casos de seda y un pañuelo en la mano, que solía contener un poco de pan y algo de fruta; algunas en vez de este pañuelo llevaban una cestita de mimbre al brazo.

En el citado libro de “Los Españoles pintados por sí mismos” se hace la siguiente descripción de María una cigarrera de 18 años: "María tiene 18 años y dos ojos negros que matan si están abiertos y privan cuando se cierran; Sus cejas pobladas y negras se pierden suavemente en sus rosadas mejillas, que cubiertas por dos hermosas madejas de pelo, más negro que el ébano y más brillante que el azabache, sombrean su rostro dando interés a sus facciones; sus labios de algo más que carmín subido, dejan ver por intervalos una doble banda de dientes, cuya blancura no osaría competir la nieve”.

Su traje corto está reducido a un zagalejo de mucho vuelo con tres o cuatro jaretones, un pañuelo corto cruzado sobre el pecho, un delantal de seda negro y una mantilla de tafetán negro guarnecida de terciopelo. Su breve pie, calzado con delicado esmero por un zapato de tabinete negro y una media de seda blanca y calada y aprisionado por unas cintas negras que llaman “galgas” , anuncia una hermosa pantorrilla, cuyo gracioso contorno desaparece entre los bajos del vestido...". Como es natural la vestimenta de las cigarreras cambió con los tiempos y la moda, y así Dª Elisa Hernández en los primeros años del siglo XX dice que iban vestidas con mantones de pelo en invierno, "alfombraos" para el entretiempo, y ligeros con flecos para el verano. Llevaban pañuelos blancos a la cabeza, falda larga con volantes anchos en la parte baja y blusas blancas de cuello alto. Los zapatos eran negros, tipo abotinado, o los típicos botines de comienzos de siglo.

Satisfecha ya la curiosidad de cómo vestían nuestras cigarreras de Villa y Corte, pasemos a una cuestión antes anunciada: ¿Qué significó a nivel social y laboral la figura de la cigarrera? ¿Cómo y de qué manera influyó en su entorno? ¿Fueron unas sindicalistas natas? ...Vayamos por partes; al finalizar el siglo XIX la mujer madrileña era una realidad activa y permanente en las pocas fábricas que existían en Madrid -algunas de calzado, textiles y la Real Fábrica de Tabacos-. Pronto se convirtió la cigarrera en el prototipo de la mujer obrera, apasionada defensora de sus derechos laborales. Estas mujeres de aspecto imponente, chulapas de tronío, se amotinaban con frecuencia, siendo históricamente el más significativo el motín de 1885 donde se levantaron al grito de ¡Arriba niñas!, para protestar contra la posibilidad de que la automatización del proceso de elaboración del tabaco, las dejase sin empleo. Daban las cigarreras mucho que hablar a los periódicos de la época y no poco trabajo a los "guindillas" que debían reprimirlas, cosa nada fácil dada su predisposición belicosa. Entradas en carnes y de imponentes moños, eran en ocasiones más fuertes que los guardias, que se llevaban no pocos bofetones al tratar de separarlas en sus riñas:

CIGARRERA (1): ¡Chica pégale una bofetá al guindilla!

CIGARRERA (2): Oyes, no le llames guindilla que está prohibío.

CIGARRERA (1): ¡Pues que se quiten ese chorizo colorao de la chistera!

Si alguna criada se topaba por esas calles de Dios con ellas, no se libraban de unos cuantos azotes y meneos, porque vaya usted a saber por qué tenían las cigarreras a las criadas entre ceja y ceja.

Lo cierto es que las cigarreras eran mucho más aguerridas y "echás palante", que otros gremios de mujeres de su tiempo como modistillas, lavanderas, planchadoras, y sólo las verduleras tenían por su actitud levantisca y desgarrada un cierto parecido con las obreras del tabaco.

Durante los primeros años del siglo XX, muy poco cambiaron las condiciones de trabajo de la mujer trabajadora madrileña en general y de las cigarreras en particular. Era aquella una sociedad donde la mujer suponía mano de obra barata, sin apenas conciencia de clase ni ambiciones laborales y por eso es de destacar la saludable excepción que las cigarreras representaron, destacando el hecho de la sindicación de sus trabajadoras y como consecuencia la aparición de las primeras líderes obreras. Se crearon luego las asociaciones profesionales de mujeres modistillas, cerilleras y por supuesto cigarreras, que en más de cuatro algaradas entonaban con rabia coplas como ésta:

Fábrica de tabacos
si te cayeras
y cogieras debajo
a las cigarreras.

VI

Modistillas, planchadoras y criadas, llenaron huecos y crearon inolvidables personajes del sainete y el género chico, también las cigarreras dejaron su huella en la creación de los autores como Chueca y Valverde en la obra "De Madrid a París",

"Hacía tres años que se había estrenado con gran triunfo "La Gran Vía" y en el mismo teatro Felipe, los maestros Chueca y Valverde con Jackson Veyán y Eusebio Serra estrenan un "viaje cómico-lírico" titulado "De Madrid a París", donde recordando el éxito del número de "Los Tres Ratas" intercalan uno similar, el de "Las tres Cigarreras" que dice así:

A mi me llaman La Chata
a mi la de lavapiés.
Y a mi me llaman "La Pelos"
me parece que semos
pa un banco, tres pies.

Se evidencia así de manera clara y popular la fama de "armas tomar" del gremio de cigarreras, pero el número musical trajo consigo "cola" y anécdota, porque sucedió que a uno de los autores -concretamente a Chueca- le robaron la cartera en el tranvía con dinero y una fotografía suya. La prensa se hizo eco del suceso y a los dos días, recibió Chueca un abultado sobre en el que iba su cartera y una carta que decía lo siguiente: " Al saber por los periódicos que la cartera sustraída hace unos días en el tranvía del Este a las 6,30 de la noche, pertenecía al señor Chueca, el gremio acordó en Junta General devolverle dicha cartera con los tres billetes de banco que contenía y cinco duros más de gratificación por parte nuestra, como prueba de respeto y admiración al "guripa" de más pupila y salero de España. Como verá usted no nos quedamos con nada de lo que contenía la cartera, más que con el retrato como recuerdo de esta " Academia". Dios guarde a usted muchos años y le conceda salud, para que se ocupe pronto de nosotros en el escenario, firmado: El Rata 1º., el Rata 2º. y el Rata 3º. y con el visto bueno de la cigarreras, "La Chata y "La Pelos" (Parece ser que fue el periódico "El Imparcial” quien publicó tan singular episodio y que la carta obraba en poder de D. Joaquín Aicúa, descendiente de Chueca).

Mesonero Romanos en una de sus "Escenas Matritenses", aquella en la que narra "El Entierro de la Sardina" menciona también a las cigarreras expresamente: "En la boca del pelele y casi sin que nadie lo echase de ver, una sardina iba destinada a la fatal huesa... Precedían, seguían o esperaban a tan regia comitiva, en todos los puntos de la fiesta, diversos coros o estaciones por lo regular delante de los puestos de licores o de las calderas de buñuelos...", comienza entonces Mesonero Romanos a describir

la composición de los coros de inocentes, de mancebos y en el coro de la doncellas, aparecen mencionadas en primer término "Las que envuelven cigarros en la Fábrica del Portillo de Embajadores".

El carácter bravo y desafiante de la cigarrera la ha llevado a convertirse en un mito universal, y si modistillas y planchadoras inspiraron por su simpatía y gracejo los principales personajes del género chico, nunca trascendieron del mero costumbrismo local, por el contrario, las cigarreras van más allá de personajes localistas y crean un arquetipo de mujer en la pluma de Próspero Merimée, que luego se completaría y enriquecería musicalmente con "la Carmen" de Bizet, un personaje universal símbolo de sensualidad, misterio y carácter fuerte y decidido. Es cierto que el personaje de la cigarrera aún conservando sus cualidades más profundas y viscerales, sufre muchas transformaciones superficiales en la pluma de D. Próspero, ya que Merimée era un romántico "sui generis" que buscaba la inspiración en pueblos extraños y remotos, sabía castellano a la perfección y había estudiado nuestra Literatura, amigo de los Montijo en España hace de Carmen una cigarrera gitana llena de trágica energía y es probablemente esa trágica energía la que inspiró al músico francés Bizet, a crear no sólo la que está considerada su mejor obra, sino una de las óperas más bellas que se hayan escrito en todos los tiempos. Bizet comenzó en 1873 a trabajar en su ópera "Carmen" y creó un personaje vivo, humano, apasionante. El público en un primer momento no le otorgó su favor y la primera representación en 1875 en la Opera de París fue un fracaso. Parte de la crítica también atacó la obra, pero Bizet recibió felicitaciones de músicos compatriotas y contemporáneos suyos como Massenet o Saint-Saens.

La Opera "Carmen" narra los amores entre la cigarrera y el brigadier D. José, que celoso del torero Escamillo mata a la protagonista. Uno de los más conocidos pasajes es La Habanera, en la que Carmen hace su primera intervención en la obra y explica cómo ella entiende el amor "un vagabundo que jamás ha conocido ley", para esta página musical Bizet utilizó lo que él creía una tonada popular y que en realidad no era sino la canción de "El Arreglito" de Iradier.

Pero no termina en la Carmen de Bizet el influjo del personaje de la cigarrera y hay que destacar los numerosos ballets y coreografías que con este personaje se han creado y que han interpretado "primas ballerinas" , como Maya Pliseskaia o Alicia Alonso, y coreografías más españolas como la que Antonio Gades llevó al cine bajo la dirección de Carlos Saura. Desde luego es muy lícito y natural preguntarse, ¿qué subsiste todavía de real y auténtico entre este personaje intelectualizado y universal y nuestras humildes cigarreras de la Real Fábrica de Tabacos, que orinaban de pie en la calle antes de entrar al trabajo?

Pues seguramente hay mucho más en común entre la Carmen de Bizet o Merimée y las antiguas operarias de la Fábrica de Tabacos, que entre éstas y las mujeres que aún hoy en día están empleadas en dicha Fábrica, que ahora llevan bata azul y que cuando se desprenden de ella en nada se diferencian del resto de la sociedad actual. Lo más probable es que los últimos recuerdos de ese pasado singular, se hallen entre los muros del antiguo asilo de cigarreras, situado en la calle del Casino de la Reina, y en la memoria de gentes como Dña. Elisa Hernández, hija y hermana de cigarreras madrileñas.

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BIBLIOGRAFIA

VARIOS AUTORES: Los Españoles pintados por sí mismos. FLORES, A.: La Cigarrera. Editorial Selecciones 1975 (La primera edición de "Los Españoles pintados por sí mismos" la editó en dos volúmenes D. Ignacio Boix, Madrid, 1843-1844).

BARRERA MARAVER, A.: Crónicas del Género Chico y de un Madrid divertido, Madrid. Avapisa, 1983.

MESONERO ROMANOS: "Escenas matritenses", (El Entierro de la Sardina, p. 210). Madrid. Ediciones Felmar (Colección: Poesía y Prosa Popular) 1981.

FERNANDEZ QUINTANILLA, P .: Mujeres de Madrid, Madrid. Avapies, 1984, p. 52.

NOTA

(1) Cassete grabado por José Manuel Fraile Gil a Dª. Elisa Hernández en Guadalix de la Sierra (Madrid) el 11 de Agosto de 1990