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MUSEO DE SERRABLO Y LA ETNOLOGIA PIRENAICA

ACIN FANLO, José Luis

Publicado en el año 1993 en la Revista de Folklore número 147.

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"Quel peut etre pour I'avenir, la destinée du Musée... ? Instruire en divertissant d'abord et assurer sa pérennité. Un musée est toujours susceptible de développem~nt et d'extension. Seule I'exiguité des locaux impose certaines restrictions. Le folklore pyréneen, la vie artisanale et rurale, les industries que sont nées dans les Pyrénées, leur développement et leurs perfectionnements seront des sujets d'études et conttribueront a I'harmonie de ce pays pyréneen, dont le musée devra etre un fidele reflect" (Marguerite Le Bondidier y Gaston Balencie, Catalogue illustré du Musée Pyrénéen du Chateau-fort de Lourdes, 1953; XV).

No quedándose, pues, postergada o relegada la cultura pirenaica en este sentido, abren sus puertas museos tan destacados, y con una larga trayectoria, como el Musée Pyrénéen du Chateau-fort de Lourdes o el Museu-Arxiu Folklbric (Museu Pirenaic) de Ripoll -a modo de ejemplo-, a los que seguirán durante las dos últimas décadas un conjunto de los mismos diseminados por toda el área pirenaica, entre los que se encuentra el Museo de Artes Populares de Serrablo, pionero de estos últimos y completo en su concepción según palabras del propio Caro Baroja. Museos genéricos, en los que se pueden apreciar todas las facetas del hombre de una zona concreta, o museos monográficos en los que se detalla aquella particularidad más sobresaliente del lugar.
El Museo de Artes Populares de Serrablo, fundado en 1979, se crea por la ineludible necesidad



La etnología, como materia de estudio y fuente del conocimiento humano, se ha encontrado relegada a un segundo término hasta fechas relativamente próximas, por no decir obviada y discriminada desde, incluso, las "altas esferas" del saber, no propiciándose su estudio y profundización por considerarse tema fútil y falto de interés. En otras ocasiones, y lanzadas por otras "esferas", era asunto folklórico sin más, aquello que se podía exportar como bien nacional, apoyado bajo unos postulados que más tienen de chabacano que de la propia realidad.
Ello ha conllevado el desconocimiento y la pérdida de muchos aspectos y manifestaciones de la cultura tradicional, de la cultura del hombre forjada con el transcurrir del tiempo. A excepción de contadas personas e investigadores, sobradamente conocidos, poco o nada se había realizado en este campo del saber, de la ciencia y de las humanidades. El avance temporal y unas pocas personas que pisan más sobre el terreno hacen -fundamentalmente a partir de la década de los setenta resurgir, o más bien, surgir el estudio y la dedicación hacia todo aquello elaborado y relacionado con el hombre, sin el cliché de fuente menor. y lo hacen, en la gran mayoría de las ocasiones, desde el asociacionismo, por ser la única vía de posible salida ante el desinterés y la desidia manifestada por otros -en el más amplio sentido estamentos.
Su estudio, su paulatino conocimiento, cada vez más perentorio y prioritario, iba asociado a una serie de materiales, aun conjunto de utensilios y saberes que, con el paso de los años, quedaban postergados al ostracismo y al olvido. Es, por ello, que se vio la urgente necesidad de crear, de abrir las puertas, de unos lugares donde reunir la cultura material de una determinada sociedad para su conocimiento en un futuro no muy lejano, sin obviar el claro avance tecnológico de la Humanidad, pero –también sin obviar el pasado, en ocasiones un pasado muy cercano. De este modo, fueron floreciendo los museos etnológicos o etnográficos, de artes populares -funcionales-, siendo su misión fundamental "la de hacer ver la peculiar forma que ha tenido la cultura de un solo pueblo" (Julio Caro Baroja, Museos imaginados, 1986-87).
Una cultura tan sorprendente y ampulosa como la pirenaica tenía y debía contar con estos centros abiertos y vivos, es decir, con los museos tradicionales. Abiertos, sí, pero ala par vivos, ya que de salvar y salvaguardar los últimos coletazos de una cultura tradicional, la serrablesa, abandonada y poco a poco olvidada. El desalojo de los pueblos a partir de la década de los cincuenta, la destrucción y la rapiña -consecuencia de lo anteriorllevada a cabo por una serie de personas que no deberían recibir tal denominación y el acuciante soslayamiento de una forma de vida y de los utensilios que la misma necesitaba para su transcurrir cotidiano, hacen necesaria la creación de un lugar en el que se aglutinen tanto la cultura material de esa sociedad como el que ala vez sea centro propiciatorio de encuentros y de desarrollo de estudios, ya sean restringidos a la comarca serrablesa o de otra área cualquiera. Por ello, para rescatar algunas -si no todasde las manifestaciones habituales hasta fechas recientes y próximas, sin la necesidad de volver al pasado, afloran los museos, diseminados por todo el Alto Aragón, tales como el de Ansó, Bielsa, San Juan de Plan, Hecho, Lanaja..., exponentes todos ellos de una rica "cultura milenaria que desaparece", como muy bien preconizó RamÓn Violant i Simorra. Museos genéricos, que constituyen una ventana abierta a todas las visiones de una sociedad y de una zona. Museos de carácter general a los que seguirán otros, incidiendo estos últimos -posiblementeen temas muy concretos y puntuales, monográficos, de su lugar de creación. El camino está sembrado y no se debe

-no se puedeparalizar si queremos conocer nuestro pasado y, de este modo, conocer la esencia de nosotros mismos, ya que -como apuntó Julio Caro Barojasomos la última generación en poder adentrarse en ese pasado tan cercano, pero que cada vez y día a día, se hace más lejano y distante.

Este ha sido el espíritu para la formación del Museo de Serrrablo, el mismo espíritu que conllevó la apertura y consecución de los restantes museos que abarcan toda la zona pirenaica. Recorriendo sus salas, viendo y comprendiendo los enseres de esa sociedad y su utilidad, adentrándose en el por qué de esa forma de vida fruto de una larga trayectoria, se puede llegar a conocer esta cultura -tan menospreciada en muchas ocasionesque fue realidad en todos los sentidos, desde el puramente material hasta el espiritual, desde lo físico a lo relacionado con los ritos y supersticiones. La puerta de todos ellos está abierta al curioso, siempre que no desprecie esta cultura, este origen, por anticuado, raro e inculto que parezca a primera vista. En muchas ocasiones el visitante topará con la sorpresa cuando aprecie los ingenios, el saber y el avance que la misma tenía, y sobre todo su perfecta simbiosis con el entorno circundante y fruto de un largo proceso histórico, el cual se suele obviar más de lo necesario.