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MADERA Y BARRO EN GUADIX

GARRIDO PALACIOS, Manuel

Publicado en el año 1993 en la Revista de Folklore número 148.

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Puede descargarse el artículo completo en formato PDF desde la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

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Llego a Guadix a media mañana.

Voy al barrio de las cuevas donde hay artesanos que hacen sillas. Cada media hora se termina una, sea de palo torneado o en basto. Este destajo viene dando 18 grandes, o 30 chicas, de madera de chopo, que es dócil y blanda. Se venden poco en el pueblo, no porque la gente no las compre, sino porque el mercado está abierto por la geografía andaluza, que ya cada casa de Guadix tiene las suyas. El palo, en basto, se corta a medida, atajo, se jachea y se alisa. Usan de herramientas el hacha, la sierra, la barrena, el torno y un martillo al que llaman machota. Con cola fría se van encajando los palos delanteros del asiento, al que llaman enredo, porque es enredar la anea una con otra, asunto de paciencia que las mujeres sacan a buen ritmo en sus propias casas. También lo hacen hombres pero les sale mejor a ellas. Traen la anea en haces y en un día puede enredar una persona una docena, pero mejor media. La palmilla es un adorno que viene de antiguo y que simula pluma de ave.

Silla que estaba vacía,
sillita que tú dejaste,
otra vino y la ocupó
porque la encontró vacante,
ahora no cabéis las dos.


Agarra tu silla baja
y «asiéntate» allí enfrente,
verás cómo el sol de marzo
pone las carnes calientes.

A un paso vive el alfarero, nieto, hijo de alfareros. Dice que hoy se hace igual que se hacía antiguamente. De cinco hijos, uno pequeño quiere seguir con el oficio, pero el padre duda si para cuando aprenda se trabajará ya el barro.

-Se pierde porque no se enseña, el sueldo es poco, si no se hubiera inventado el plástico habría más alfareros.

La noche se entró en aguas,
mañana hay barro,
con una pellá que coja
le haré un cántaro,
le haré una orza,
le haré un puchero,
le haré un botijo
a quien yo quiero.

La cantera está a dos kilómetros. La mano de obra es cara para sacar el barro a pico y pala y traerlo en burro, pero es la mejor manera de hacerlo. Puesto en el brete de que alguien venga con prisas para llevárselos, puede sacar de 60 a 70 cántaros en un día; un mediador los compra al lote y los revende cinco veces más caros. El los tiene en un puesto a la puerta del alfar:

-Como el barro no come, aquí guardan su precio.

No le gusta que otro saque más dinero por su trabajo. Si pudiera, iría él a venderlos a los mercados.

-Pero yo no soy comerciante, sino artesano.

Las formas son las cantadas: cántaros, botijos, botijas, orzas, lebrillos y pucheros alisados con una caña. Cada tiesto salido de sus manos lo va colocando en un estante a secar mientras hablamos. Hay un tiempo en el que sólo se siente el rotar y el roce de sus manos con el barro. El me mira de vez en cuando. Yo guardo silencio. Lo rompo para despedirme:

-¿De nacer dos veces... ? -le digo.

-Sería alfarero -responde sin pensarlo-, me gusta ver levantarse los cacharros manejando el barro... Es como si mi abuelo o mi padre me dijeran algo cada día cuando me siento al torno.