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LA FIESTA DEL COLACHO EN CASTRILLO DE MURCIA (BURGOS)

VALDIVIELSO ARCE, Jaime L.

Publicado en el año 1993 en la Revista de Folklore número 150.

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Castrillo de Murcia es un pueblo de la provincia de Burgos, situado a 41 Kms. de la capital, y pertenece al partido de Castrojeriz.

Para desplazarse a Castrillo de Murcia desde la capital hay que tomar la carretera de Burgos-Valladolid. Al llegar al kilómetro 6 se ha de tomar la desviación a la derecha, carretera de León, a la altura de Villalvilla de Burgos. Siguiendo esta carretera se llega a OlmilloS de Sasamón, donde se puede admirar su espléndido y bien conservado castillo. Exactamente en este punto se debe tomar la desviación hacia la izquierda por la cual, tras recorrer cuatro Kms. se llega a Villadiego, donde se toma la carretera que va a Castrillo de Murcia una vez recorridoS los cinco kilómetros que restan.

Si en Castrillo de Murcia no se puede solucionar el problema de la comida es fácil desplazarse, pues quedan cerca Castrojeriz, Villadiego y Olmillos, donde se puede disfrutar de los platos más característicos de la gastronomía burgalesa y conocer estas históricas villas castellanas.

"En CASTRILLO DE MURCIA -dice Domingo Hergueta- del partido de Castrojeriz, se conserva otra costumbre, allí exclusiva que tiene a todas luces un sabor gentilicio. El día del Corpus y en su Octava, disfrazan a un sujeto de botarga que llaman COLACHO, que lleva la cara tapada y un rabo de buey en la mano. Todo el mundo tiene derecho a llenarle de los mayores improperios, injurias e insultos, pero él, asimismo, lo tiene de arrear un pie de paliza soberano al que coge por su cuenta. No para en esto la broma, cuando todos están reunidos en misa, entra el colacho en la iglesia saltando por entre las sepulturas y las mujeres a las que pega con la cola hasta el Presbiterio. Allí se queda parado y va remedando las ceremonias que se hacen en la misa, tan burlescamente que algún párroco se ha querido oponer, aunque inútilmente, a esta costumbre pagana, porque verdaderamente parece restos de los juegos de escarnio o burlas de la Edad Media, por la parodia burlesca de loS oficios eclesiásticos que hacían los zaharrones o remedadores. Para que se comprenda mejor que es un resto de paganismo no desterrado en el siglo XX, todas las mujeres que han dado a luz aquel año, colocan a sus hijos habidos en él encima de un colchón a las puertas de sus casas Con intención de que el colacho salte por encima de cada uno, Como lo hace, sin duda, para conjurarle de algún maleficio" (1).

En muchas localidades salían a la procesión del Corpus Christi "botargas" y máscaras, que aún en la actualidad las conserva la tradición. "Sobre una de éstas (la que sale en cierto pueblo de la provincia de Burgos) hay un buen reportaje de 1934 de Eduardo Ontañón: el pueblo es Castrillo de Murcia (Castrojeriz), la máscara el "Colacho" , que por cierto, tiene su ayudante. El "Colacho" antes debía tener caracteres caprinos: ahora lleva una careta común de carnaval. Los chicos y los grandes le insultan: "¡Colacho, tripas de macho!", le dicen los chicos; "Colacho, colachín, que no sabes castellano y te metes a leer latín", dicen las chicas, recordando que en cierta época hizo tal papel el sacristán del pueblo. Los hombres maduros usan también de la procacidad. Pero, en cambio, el "Colacho" puede administrar cuantos palos y zurriagazos se le antojen a quien encuentra en su camino; su persona es inviolable y es también relevante en la Cofradía de la que forman parte todos los hombres de Castrillo desde que nacen, cofradía llamada del Santísimo y que se encarga de organizar las solemnidades del "Corpus", entre otras cosas. Para ello nombra anualmente sus cargos desde la escalera de la iglesia, tan pronto como acaba la procesión de la infraoctava del "Corpus". Sus cargos son: primero el de "tabalero" o atabalero, que es el que toca un tremendo tambor en todas las solemnidades; después el de "Colacho", que va delante en todas las rondas callejeras, tocando unas enormes castañuelas y espantando a las gentes; luego el de "mayordomos" que son los que administran y "sacan la cera" necesaria; el de "amos" los que ordenan y mandan y, por fin, el de "tiradores de palio", que le llevan en todas las solemnidades del año. Todos tienen la obligación de aceptar el cargo, y si no, son expulsados de la cofradía y multados –todavía- con "dos ducados". Todos menos nuestro "Colacho", que si el nombramiento recae en un cofrade de posibles, puede pagar a un hombre del pueblo para que le supla. La aparición del "Colacho" es breve y pasajera. No sale más que en los días que median entre la víspera del "Corpus" y el lunes siguiente, al frente de la plana mayor de la Cofradía, que en esas fechas recorre el pueblo a cada toque eclesiástico, del de maitines al de oración, precedida de su enchisterado "tabalero". Este, precedido del "Colacho" y seguido de cinco o seis cofrades con ancha capa y sombrero, lleva en la frente pintada la Custodia del "Corpus".

El día de la infraoctava, que es cuando se celebra la procesión más animada, el "Colacho" y "tabalero" asisten al culto en lugar preferente. Luego sale la procesión. "Las campanas y las colchas tremolantes la están esperando. Todo el pueblo va con ella. El "Tabalero" le marca el ritmo; el "Colacho", ayudado por otro "Colacho" aprendiz, los dos sin careta, la ordena y enfila "

En un altar del tránsito se detiene. Y el cura bendice a los niños que ponen en colchones en medio de las calles. Esto de los colchones -dice Ontañón- es otra curiosa práctica antigua, sobre la que debemos parar. Ante cada altar colocan echados todos los niños nacidos durante el año para que el cura los bendiga y el "Colacho" dé un gran salto por encima. Con ello aseguran que se evitan grandes males: el de la hernia especialmente.

El "Colacho" se desvive por evitarlo. Colchón hay sobre el que salta tres o cuatro veces para que el mal no se produzca ni por asomo.

"¡Colacho otro salto! -le piden las madres, y él pasa y repasa como un auténtico volatinero... Terminados los saltos, las mozas arman verdaderas trifulcas para coger los niños, porque la que lo haga se casará dentro del año...

Terminada la procesión religiosa hay otra "cívica": los cofrades en dos filas precedidos del "Colacho" , recorren el pueblo. Antes, durante ella, estaba prohibido reir: el que se riera debía pagar una cántara de vino. La comitiva se para en lo más alto de las eras del pueblo. Ante los cofrades puestos en corro, el "tabalero" pronuncia un discurso en verso, resumen de la fiesta" (2).

Hemos querido traer estas dos citas testimoniales porque en ellas están casi todos los elementos importantes de esta fiesta tan peculiar.

PAPEL DE LA COFRADIA

La encargada de organizar la fiesta del COLACHO y a la que hay que agradecer su conservación es la Archicofradía del Santísimo, Archicofradía de Minerva implantada en el pueblo ya en 1621.

Como gran número de tradiciones que se conservan en la provincia de Burgos, también hemos de constatar la acción de las cofradías en la conservación y pervivencia de costumbres festivas.

MIEMBROS DE LA COFRADIA

Para cobrar cuanto antes la cuota de inscripción, pronto se impuso la costumbre de entrar a pertenecer a la Cofradía el mismo año de nacer. Costumbre opuesta a los estatutos, que ordenan la necesidad, tanto para hombres como para mujeres, de tener una edad no inferior a los dieciséis años.

Pueden también ingresar los forasteros que vienen a vivir al pueblo y, con mayor motivo, los enfermos que quisieren entrar, aunque lo hagan ya tarde. Los antiguos miembros tendrán con éstos las mismas obligaciones que con los demás.

.Directiva y Funciones.-Cinco personas componen la Junta Rectora: un abad, dos priores -hoy llamados amos- y dos mayordomos. Los priores lo son por un año, quedando excluida toda reelección. Además, la elección implica aceptación obligatoria del cargo por parte del elegido, so pena de exclusión de la Cofradía.

El abab será "el clérigo y beneficiario de la iglesia parroquial, normalmente ha sido el párroco. Era el director espiritual de los hermanos y disponía de los máximos poderes de gobierno.

Hay con el abad dos priores. Juntos se encargan del correcto funcionamiento de la Cofradía y del empleo conveniente de sus bienes. Ellos nombran "tiradores de palio" y organizan las fiestas que todos los años se han de celebrar en honor de tan Alto Sacramento, el día del Corpus y Domingo de su Octava.

En las fiestas eucarísticas los cuatro cofrades rectores se cubrían con la clásica capa castellana de paño negro y vueltas de terciopelo rojo o verde, tocándose fuera del templo con un sombrero flexible. Los priores llevarán, como signo de mando, una vara larga, terminada en una custodia. Ellos son los encargados de que se observe orden y seriedad en las procesiones del Corpus y Octava, tercer domingo de mes y cuando se lleve el Viático a los enfermos.

La misión de los mayordomos consiste, como de su nombre se deduce, en la administración económica, cobro de entradas, rentas y multas, la compra de la cera que les encargan abad y priores y, en general todo lo concerniente a la contabilidad (3).

De entrada hay una afirmación de Ernesto Pérez Calvo, que conoce muy bien el tema del Colacho y que es nacido en Castrillo de Murcia: Estas fiestas no han nacido como espectáculo, sino como celebración" (4). Y para sentirse actor en la representación del Colacho, única forma de celebrar la fiesta del Santísimo Sacramento de Castrillo de Murcia, es preciso estar ambientado, conocer el pueblo, su historia y vida en siglos anteriores, sus costumbres y su espíritu festivo". Esa es la razón de haber escrito el libro Fiesta del Colacho, una farsa castellana.

En realidad, esta fiesta por su finalidad y por la fecha en que se celebra debería llamarse con toda propiedad Fiesta del Santísimo Sacramento. Pero a lo largo de la jornada la figura protagonista, la que más llama la atención es la del "COLACHO". Y el pueblo que es el que en definitiva consagra nombres, conserva tradiciones y bautiza sus figuras, ha bautizado esta fiesta y la llama EL COLACHO. y con este nombre se conoce en la actualidad esta fiesta.

En el reparto de papeles de esta farsa o pantomima dos son los protagonistas: EL COLACHO y EL ATABALERO.

.El Colacho.Viste una chaquetilla de color amarillo, corta y bien ajustada, y un pantalón del mismo color con un ribete lateral de rojo. Cubre su cuello y cabeza con una caperuza amarilla, terminada en gruesa y vistosa borla.

Pantalón y chaquetilla se hallan adornados de franjas, cerras, flecos, galones y rombos de rojo, alternando con verde. Excepto en el templo y durante la procesión, el Colacho va cubierto con una máscara ridícula y repulsiva a la vez, la "birria" de cejas negras, ojos y boca de color ceniza oscura, nariz prominente y barbilla puntiaguda y agresiva. De sus manos cuelgan unas castañuelas descomunales, sobre las que golpea al unísono del atabalero con un palo de regular tamaño, de cuya extremidad pende una cola de caballería.

Al Colacho le corresponde actuar en primer plano durante todos los días de la Fiesta. No consta su nombre en los artículos de la Regla de la Cofradía, resultando de este modo un personaje extraoficial, como añadido, eso sí, desde muy pronto y sancionado por una fidelísima tradición popular que lo impuso como forma de celebración.

.El atabalero.-Viste con una casaca larga y se toca con un sombrero de copa. Una correa, que le cruza la espalda, sostiene un gran tambor. Los golpes que sacude enérgicamente sobre el parche, reproducen un ritmo especial que hace vibrar en todos los nativos las cuerdas más sensibles del ser (5).

Durante la misa, el Colacho y el atabalero ocupan un lugar preferente en el presbiterio del templo parroquial.

En otro tiempo, la chaquetilla y el pantalón del Colacho terminaban en cascabeles.

En otros tiempos se designaba "tamboritero” a quien hoy se llama "atabalero”. Este nombre e incluso su personaje y su misión durante la fiesta nos recuerdan al “tabaler” de la PATUM, de Berga, que también con su ritmo va marcando todo el desarrollo de las fiestas del Corpus. También aquel lleva un atabal de grandes proporciones.

DESARROLLO DE LA FIESTA

La describe Ernesto Pérez Calvo: "Ya las vísperas del Corpus se respira a fiesta: el pueblo se transforma, los niños viven un clima especial de emociones que aguardan, el Colacho va a aparecer de un momento a otro, no lo hacía desde el largo año que por fin pasó".

ACTUACION EN EL TEMPLO

Los cofrades se han reunido en casa de un mayordomo y los niños esperan impacientes a la puerta. Llegó por fin el momento: cofrades, Colacho, atabalero y niños, en breve y recogida procesión se dirigen al templo en el que únicamente ellos, los actores de las fiestas, asistirán hoy al canto de Vísperas.

Durante todos estos días se repetirá el mismo rito de entrada en la iglesia. Primero el Colacho, luego en dos filas los cofrades, cerrando la comitiva el atabalero que procesiona una alegoría de la Eucaristía en su atabal. Antes de entrar en el templo todos hacen una reverencia: los cofrades despojándose de sus sombreros y el Colacho de su careta. Inmediatamente penetran en el lugar sagrado en devota procesión, al compás de los vibrantes sonidos del atabal y "tarrañuelas". Los cofrades ocupan un lugar destacado, no tanto sin embargo, como el Colacho y atabalero los cuales se instalan en el presbiterio. En él permanecerán durante la celebración litúrgica, sin otra actuación que la de golpear sus instrumentos en los momentos más solemnes: procesiones de entrada y salida, incensación del altar y consagración. Vibran los cristales, retumba el eco por naves y bóvedas y toda la asamblea experimenta algo misterioso, solemne y sobrecogedor.

Asimismo, en las Vísperas preceden ambos a los oficiantes en su desfile hasta las escaleras del coro, allí van a volver a esperar al oficiante, cuando baje a incensar el altar al canto del Magnificat y de nuevo le acompañarán al coro después de la incensación. Ningún ritual rige estas ceremonias, que se han transmitido por tradición.

LAS CORRIDAS

Las corridas, que tienen por escenario las calles del pueblo, constituyen el aspecto más llamativo y chocante de la fiesta.

Salen los cofrades del domicilio del mayordomo, van envueltos en sus capas castellanas de paño negro. Con impresionante seriedad avanzan en dos filas. Los mazazos del atabalero, centro de la comitiva, ritman la marcha. Se descubrirán ceremoniosos en algunas plazas, en "La Cerca" y en la plazoleta de la iglesia, como lo hicieron ya al iniciar la vuelta en el domicilio del mayordomo.

Encabeza el desfile el Colacho y por delante enjambres de chiquillos o mozuelos gritadores. Al paso de la comitiva los vecinos aparecen siempre en los umbrales de sus casas.

Todos los niños han esperado con ansia que llegasen estos días. No pocas veces ha sido éste su juego favorito. Es muy sencillo; basta lanzar una invectiva o denuesto al Colacho a una distancia prudencial y comenzar a correr para evitar que éste los alcance.

Apenas salen los cofrades, los niños empiezan a insultar, a azuzar y apostrofar al mamarracho, a la vez que acompañan sus gritos de gestos despectivos. Los insultos varían según la inventiva del muchacho, la picardía de algún mayor que conoce a quien se esconde detrás de la máscara y la tradición que ha ido fijando en prosa o en verso alguna tonadilla maliciosa. Estridente es el griterío, ensordecedor el retumbar del atabal, rabiosos los golpes de castañuelas, indescriptible la bullanga. El Colacho no puede oir los insultos, sin embargo, frecuentemente deja de golpear las castañuelas, las pone bajo el brazo y se lanza a grandes zancadas tras la turbulenta chiquillería, enarbolando el zurriago amenazador. Los muchachos huyen despavoridos por la calle, o se esconden temerosos entre las personas mayores o bien se ocultan en algún portal acogedor. El Colacho les persigue en ocasiones, en otras golpea sus enormes castañuelas, a veces se detiene intencionadamente frente al grupo de mirones o de jovencitas, amenazándolos o azotándolos suavemente. Es curioso, pero no difícil, observar en los que se arriesgan a participar en el juego expresiones de emoción, horror, miedo, cobardía, enojo o satisfacción, según las circunstancias.

Estas corridas son frecuentes. Comienzan el miércoles después del canto de Vísperas y se repiten durante el Corpus y domingo siguiente, coincidiendo con las horas en que los monjes se reúnen para hacer sus rezos monacales: Maitines, Laudes, Prima, Tercia, Sexta, Nona, Vísperas y Completas, horas dedicadas a la alabanza divina, objetivo que, sin duda, persiguen quienes intervienen en esta parodia. Así debió ser al menos en su origen.

LA PROCESION RELIGIOSA

Como en cualquier otro punto de la geografía española, la procesión viene siendo, desde antiguo, el núcleo central de la fiesta. En Castrillo de Murcia, por influencia de la Cofradía, más importante que la procesión del día del Corpus, es la del domingo siguiente.

Todas las casas lucen sus mejores atuendos, banderas, colchas, paños, colgaduras. De trecho en trecho, profusamente adornados, arcos triunfales y primorosos altares sobre cuyos manteles están dispuestos unas espigas y dos vasos, uno de agua y otro de vino. Frente a los altares, sobre el suelo, blandos colchones recubiertos de sábanas y colchas multicolores. Momentos antes de la llegada de la procesión reposan sobre estos colchones a los niños de origen castrillense nacidos en ese año.

En la iglesia todo está a punto: los estandartes de las distintas cofradías, la cruz de plata, orgullo de la parroquia; el palio con sus seis varas de plata; el canto de Vísperas está finalizando y el templo rebosa de fieles. Comienza el volteo de las campanas, se eleva el canto y atruenan el retumbar del atabal y el estruendo chillón de las tarrañuelas. Ya aparece el preste en lo alto de la escalinata. Ha dado comienzo la procesión tan esperada, que irá discurriendo pausada entre el homenaje de los cantos y clamores de campanas y atabal.

De pronto, el grueso de la comitiva se detiene y forma apretado círculo alrededor de un altar y del colchón que le precede. Van cesando los ruidos y crece la expectación. En el colchón, unos niños que juguetean, duermen o bien lloran, ajenos a lo que está sucediendo. Uno de los dos colachos mira a los niños, calcula la distancia, emprende una carrerilla y limpiamente salta por encima de los colchones. Inmediatamente se acerca un sacerdote con la custodia, y con sosiego y complacencia bendice solemnemente al grupo infantil. Sólo ha durado un minuto, pero la multitud ha quedado muda, como absorta, durante el breve acto del salto y bendición.

Los ritos, que luego se suceden, no ofrecen nada peculiar .

PROCESION CIVICA y COLACION FINAL

Una vez concluida la procesión religiosa, se concede al público un breve respiro. Los cofrades lo aprovecharán para celebrar una reunión y en ella elegir a los miembros que el próximo año regirán la Cofradía. Realizada la elección, comienza el último desfile por las calles del pueblo. En él intervienen el atabalero, y Colacho, los rectores entrantes y salientes con su abad, los tiradores de palio y la Corporación Municipal... Nunca se verán tantas capas juntas.

Vecinos y forasteros han tomado posiciones en un altozano o sobre los salientes amelonados de las bodegas vecinas, desde donde se domina una era circular que servirá de escenario al acto final.

Llega, en efecto, la comitiva al centro de la era. En medio del círculo un nativo del pueblo dirige su palabra a los asistentes en un intento de explicar la fiesta y animar a que se siga celebrando con la fidelidad de siempre a la tradición. Se ha hecho silencio, los ecos del atabal se mezclan con la voz timbrada del orador que, con estas palabras, se dirige a la concurrencia:

Distinguidos forasteros
que a Castrillo habéis llegado,
a reavivar unos ritos
tan devotos como arcanos
y a contemplar al exótico
personaje del Colacho,
¡atended unos momentos!
Conviene explicaros algo
sobre nuestra Cofradía,
el atabal, los muchachos,
el hombre de la careta,
las castañuelas y el palo.
Luego podréis extenderos
por las bodegas de al lado
a rociar con el "churrillo"
el pan tierno y el asado.

Una vez terminado el discurso, todos se desparraman; los cofrades hacia el salón municipal y los restantes al pie de las bodegas, a degustar, entre trago y trago, el asado del cordero tradicional y otras viandas.

Es costumbre invitar a quien se acerca a participar de la alegría común. Las bodegas están abiertas para propios y extraños y el churrillo de la tierra se desparrama para todos, al menos cuando la afluencia no era tan masiva como lo es en la actualidad. Es el punto final de una fiesta alegre, en la cual todos se sienten vecinos de Castrillo de Murcia.

También al concluir se obsequia a los asistentes con las sabrosas orejuelas que gustosamente saborean este postre que, aunque es muy conocido en la comarca, en Castrillo de Murcia se ha vinculado de tal forma a la fiesta del Colacho que ya se consideran imprescindibles las típicas orejuelas.

Las orejuelas son un postre delicioso y sencillo con el justo sabor a miel y que no empalagan, deshaciéndose suavemente en la boca. Se cocinan con harina, aceite, manteca y bicarbonato para que queden huecas y se fríen en aceite muy caliente.

COMENTARIOS y OBSERVACIONES

Recojo unas palabras pronunciadas por Don Ernesto Pérez Calvo, sacerdote natural de Castrillo de Murcia que ha estudiado profundamente los orígenes, significado y estructura de la fiesta del Colacho. En el año 1972 fue el orador que explicó a los visitantes el sentido de esta fiesta:

-Esto que hemos vivido es una farsa sacramental mutilada por continuas prohibiciones eclesiásticas. Vestigios de ello es este "COLACHO" que personifica al demonio. Fue una parodia típicamente medieval.

El "Colacho" de hoy es un diablo atado por las prohibiciones. Domingo Hergueta, folklorista burgalés, al igual que Ismael García Rámila, describen otro "Colacho" más acorde con la época en que nació.

Durante el sacrificio de la misa no era el personaje respetuoso que conocemos ahora. Saltando ridículamente llegaba hasta el presbiterio donde imitaba burlescamente los gestos del sacerdote e intentaba provocar la risa de los asistentes, distraer su atención e interrumpir la ceremonia. Representaba al príncipe del mal y hacía todo lo que, según la mentalidad medieval, hacía éste.

Lo cierto es que este tipo de fiestas han sido muy perseguidas por quienes con un excesivo puritanismo, las consideran irreverentes. En el II Congreso Eucarístico de Lugo se pidió públicamente la extinción de "esta costumbre que existe en un pueblo de Burgos". Esto la critican los que no están sensibilizados y no entienden que todo folklore religioso es encarnación de la espiritualidad de una época y que es necesario conservar. Tiene el valor de ayudarnos a comprender la religiosidad de quienes nos antecedieron, además de ser una alabanza a Dios".

Y seguimos citando a D. Ernesto Pérez Calvo, ahora de su libro ya mencionado:

-Es indudable que en la pantomima del Colacho se han incorporado elementos culturales y religiosos precristianos. El hecho de que el Colacho pueda estar relacionado con las fiestas Lupercalia, que se celebraban en Roma, no parecerá una aseveración gratuita, si tenemos en cuenta uno de los ritos de estas fiestas, en el que el macho cabrío golpeaba a las mujeres para hacerlas fecundas. Muy bien pudo incorporar el Colacho este rito, aunque ya con significado distinto, en la costumbre de golpear a las mujeres con la cola.

-Lo que ahora es un desfile semilitúrgico en el que el Colacho y el atabalero participan reverentemente, acompañando al oficiante al presbiterio o al coro, entonces eran unas danzas en honor al Santísimo, danzas que el Colacho intenta convertir en mofa y risión, remedando con grotescos golpes sobre sus castañuelas el ritmo acompasado del atabalero y con sus contorsiones y saltos simiescos la actuación de los danzantes. Claro está que tal intervención no podía por menos de distraer las mentes y de entorpecer las danzas. Basta con observar las castañuelas, enormes y desfiguradas, para darse cuenta de que no son un instrumento de música sino de burla, cual corresponde a su actuación.

-Las corridas se realizan, y no por simple coincidencia, durante el tiempo en que los monjes están haciendo rezos: Maitines, Laudes, Prima, Tercia... Podemos ver la causa en la influencia de la vida y espiritualidad monacales en el pueblo fiel, el cual llega a ver en las horas canónicas hitos, que señalan los momentos más propicios para la alabanza. A imitación, pues, de los monjes, los cofrades no persiguen otro fin que honrar a la Eucaristía y lo hacen a su modo: con danzas. Las carreras de hoy fueron antaño danzas, pues siempre la danza ritual fue de algún modo plegaria y adoración. Hasta podemos indicar con precisión el lugar donde las danzas se verificaban. Al salir del domicilio del mayordomo, en las plazas y en el término llamado "La Cerca", los cofrades saludan ceremoniosos ¿a quién? Sin duda al público antes de comenzar la danza. Era costumbre, y aún lo es hoy entre toreros y actores, descubrirse ceremoniosamente ante el público para saludar y pedir permiso. Desaparecidas las danzas, los cofrades siguen cumpliendo el rito por fidelidad a la tradición.

En cada uno de estos puntos se repetiría la escena del templo antes descrita: danza de alabanza divina y Colacho que no la soporta, golpea locamente las castañuelas y salta grotesco en un intento de interrumpirla. Los niños comienzan entonces a insultar al Colacho. Es un nuevo paso en la farsa. Su insulto a un demonio, opuesto al culto, es de algún modo la plastificación de su homenaje a la divinidad, de forma sencilla y tangible, cual cumple al humilde labrador, inculto, rústico y sin formación, pero deseoso de expresar su profundo sentimiento religioso.

Al desaparecer las danzas, la pantomima quedó amputada, pero con suficiente significado para que el pueblo y la Cofradía la conservasen como tesoro de valor incalculable, no sólo por lo que contenía de herencia, sino por lo que de expresión de su fe encerraba.

La procesión eucarística, era el momento culminante de la fiesta y el pueblo se aprestaba a celebrarlo a su manera, muy semejante a como lo hace hoy. Adornaban las calles, erigían altares ante los cuales colocaban colchones con los niños nacidos durante el año, para que el Santísimo los bendijese. Ha sido ésta una costumbre frecuente en algunos pueblos castellanos: Autol (Logroño), La Bañeza, Puebla de Sanabria y algunas villas de la Tierra de Campos son buena prueba de ello (6).

Los danzantes iban, como en algunas procesiones que hoy conocemos, delante de la Custodia para rendir homenaje con su danza. Los niños esperan en sus colchones la llegada del Santísimo, que se detendrá para darles su bendición. El Colacho que no ha dejado de intentar la interrupción de las danzas y, por su acción maléfica, de recibir insultos del pueblo, al llegar a los colchones de los niños, salta y huye derrotado, sin poder ejercer su influencia demoníaca sobre unos infantes que inmediatamente serán bendecidos. Es el momento más intenso y de más emoción, la alegría del pueblo llega a su culmen, el Bien ha vencido frente al Mal en la inocencia infantil.

En un pueblo supersticioso y familiarizado con el demonio es lógico que apareciesen algunas tradiciones ingenuas. Al saltar el diablo por encima de los colchones, huyendo de los niños, ha desaparecido de por vida su influencia sobre ellos. No olvidemos que para el hombre de entonces uno de los influjos diabólicos era la enfermedad. Con estos presupuestos parece lógica la tradición transmitida de que estos niños se verán libres de enfermedades diabólicas, concretamente del mal de hernia.

REPRESENTACION DE AUTOS SACRAMENTALES

-Para el último acto de estas fiestas se dirigían los cofrades, como en la actualidad, a esa era deprimida entre ribazos que, por su forma circular, es la más apropiada para la actuación de comediantes y danzantes. No resulta difícil imaginar a todo el pueblo sentado alrededor para escuchar una loa, bullicioso y alegre en los entremeses y admirado y emocionado durante la representación de autos sacramentales, porque, a pesar de su incultura, estaba sensibilizado para entender la alegoría.

-Tanto los comediantes como los danzantes eran hermanos cofrades, pues nunca la Cofradía dispuso de posesiones suficientes para traer una compañía teatral de fuera. En 1707 figuraban entre las posesiones de la Cofradía cuatro comedias, una de ellas era “La devoción de la cruz" de Calderón de la Barca. Un oficial de la Cofradía se responsabilizaba de dirigir los ensayos. Su paga consistía en una invitación a merendar y beber con los danzantes en los días del Corpus y su Octava. Otra de las comedias que poseían era "El padre ermitaño de Santa Lucía" que se representó en el año 1717. Este mismo año se compra en Madrid "El que se condenó porque desconfió" de Tirso de Molina.

Al finalizar la representación, los asistentes con
tribuían a saldar gastos con sus donativos:

"Mas se descargan 400 maravedises por considerarse que las propinas no alcanzaron al cumplimiento del gasto que se hizo con los danzantes, comediantes y oficial ensayador y tamboritero".

Desapareció la representación de autos sacramentales por carencia de fondos, carencia debida en gran parte a los muchos gastos superfluos en colaciones y refrescos, a los que hacen frecuente referencia los visitadores oficiales. Lo cierto es que a partir del año 1739 ya no hay noticia de gastos de comediantes.

-Dejaron de salir los danzantes en 1774 y quedó como vestigio esta reunión cívica y este discurso explicativo de la fiesta, sustitutos insuficientes pero que conseguían reunir al pueblo para esa colación a base de pan y anís, queso y vino, con los que la Cofradía obsequiaba a todos los hermanos. Reunión que fue siempre animada por la bullanga y esparcimiento alborozado, era el cierre de unas fiestas religiosas, sí, pero de gran alboroto y júbilo excepcional. Para sufragar los gastos de esta colación, los mayordomos iban al final del verano recogiendo limosnas, en trigo, por las eras.

-El empobrecimiento y las prohibiciones, cada vez más continuas e insistentes, dieron fin también a esta colación, sustituida hoy por esas bodegas de propiedad privada, que en estos días dejan de serlo para abrirse a propios y extraños, a conocidos y desconocidos.

-Quien ame la fiesta popular, al ir viendo las mutilaciones absurdas que la farsa ha ido sufriendo, es muy probable que haya experimentado cierta nostalgia, no exenta de rebeldía. Yo pediría que nadie culpe a un pueblo que harto ha luchado a través del tiempo frente a quienes, por no entender la pantomima, la consideraron pagana e irreverente. A título de ejemplo recordemos que los visitadores oficiales en el año 1830, sin haber leído la regla, en la que no aparece prohibición alguna, ordenaban:

"Que no gasten cosa alguna en máscara, terrañuelas ni birria (Colacho) pues lo prohibe absolutamente la regla”, (9).

Este ambiente llegó a adquirir carácter nacional y de verdadera calumnia en la afirmación del II Congreso Eucarístico Nacional de Lugo:

“...en un pueblo de Burgos, el sacerdote, con custodia y ornamentos, salta por encima de los niños, costumbre que no han logrado quitar ni los arzobispos" (10).

Ataques sañudos y furibundos lograron mutilar algunos elementos, pero fracasaron en su intento de supresión total, tampoco consiguieron desarraigarlo del alma del pueblo, que con esfuerzo y fidelidad nos transmitió representación tan importante históricamente.

RESTAURACION DE LA FIESTA

De la representación del Colacho comenzaron a desgajarse partes importantes. Desaparecieron las danzas y en los actos litúrgicos el Colacho hubo de despojarse de su máscara ridícula y con ella de su actuación bullanguera y burlesca, para convertirse en todo lo contrario: en personaje respetuoso y respetado. Se hacía un paréntesis y durante los momentos más importantes perdía su significado primitivo -el provocar la participación en la liturgia mediante la oposición bulliciosa a sus acciones como signo del amor al Santísimo Sacramento-, para imponer las nuevas ideas, la única participación popular es el silencio y pasividad, como muestra del respeto y reverencia culturales.

También ante una fiesta trastocada y en muchos aspectos mutilada, surge el deseo lógico de restaurarla para devolverla la espontaneidad, frescura y significado primitivos. Pero para lograrlo no es suficiente conocer el pueblo, cada uno de los actos que se celebraban y la mentalidad que los generaron. A diferencia de la restauración de una obra de arte plástica, aquí no se trabaja sobre una materia inerte y, por tanto, pasiva. Se ha de actuar sobre un organismo vivo, activo y mudable.

Al plantearse una restauración de la fiesta se debe tener presente factor tan fundamental. Sólo es factible una recuperación de aquellos aspectos ante los que el organismo vivo, que es la comunidad vecinal, no experimenta rechazo. Diríamos que se trata más de un trasplante, que de una simple restauración. Aunque en este trasplante se utilizasen Órganos que primitivamente pertenecieron al cuerpo festivo, algunos hoy serían rechazados. En la actualidad el pueblo, dado el cambio habido en su mentalidad y religiosidad, no admitiría un Colacho que durante la celebración litúrgica se burlase del celebrante con imitaciones grotescas de la ceremonia o que distrajese la atención o alborotase, impidiendo el recogimiento de los fieles.

Sólo pueden recuperarse aquellos matices que el sentimiento popular esté dispuesto a admitir e incorporar espontáneamente y con agrado. Hay otros a los que es preciso renunciar, al menos momentáneamente, hasta que tras una mentalización adecuada y colectiva, el pueblo los admita gustosa y conscientemente. Así lo hemos entendido. Por eso, hemos volcado todo nuestro esfuerzo en recuperar la danza y la representación de autos sacramentales. Ambos fueron importantes, vivieron varios lustros y seguían siendo añorados por todos. Nuestro móvil ha sido devolver la mayor pureza, reincorporando no lo bello y espectacular, sino lo que de verdad encaje con el espíritu tradicional. Nos ha guiado más la autenticidad que el colorido.

RESTAURACION DE LA DANZA DEL COLACHO

"Otrosí ordenamos que el abad y priores de cada un año se junten tres meses antes de las fiestas del Corpus, que es la fiesta principal, que ansí tomamos para celebrar y honrar a tan Alto Sacramento, el día señalado del Corpus y ansí abad y priores determinen las fiestas que para el día señalado del Corpus se han de hacer y, determinadas, avisen a los comediantes y danzadores, se aparexen y hagan fiestas, animándolos para las hacer" (11).

Era encargo de la Cofradía preparar las fiestas del Corpus y tributar homenaje a la Eucaristía. Ya en este artículo de la Regla se entiende la danza como medio apropiado para honrar, alabar y hasta rezar, y con este objetivo se celebran danzas en el interior del templo durante los momentos culminantes de la celebración litúrgica. Salían también los danzantes a homenajear al Santísimo en las procesiones del Corpus y su Octava. Con la misma fidelidad se repetían durante las horas del rezo monacal, horas apropiadas para el culto, según la mentalidad de unas gentes fuertemente influenciadas por la espiritualidad de los monjes. Podemos determinar el lugar exacto en el que se ejecutaban las danzas por ese rito de saludo ceremonioso que, año tras año, repiten los cofrades con precisión matemática.

Iniciado el siglo XVIII, comenzaron las dificultades y ataques a danzas tan celebradas y atractivas para la comarca. Ya en 1755 los sacerdotes del pueblo intentaron suprimirlas. Hubo fuerte oposición por parte de los cofrades, quienes recurrieron a la autoridad suprema de la Diócesis, el arzobispo D. Juan Francisco Gutiérrez. En el pleito entablado intervienen los provisores del arzobispado y dictaminan en favor de la celebración de las danzas, ordenando a los sacerdotes que no las impidan ni en ese año ni en los posteriores bajo la pena de excomunión (12).

Por desgracia, a pesar del dictamen favorable de la autoridad eclesiástica diocesana, desaparecieron y a partir de 1774 ya no aparece en el capítulo de gastos el refresco ofrecido a los danzantes.

Como recuerdo ha quedado el atabalero y un ritmo extraño que se ha ido transmitiendo con fidelidad de padres a hijos y que todos los lugareños, también los niños, conocen. Es un sonido fortísimo, recio y bronco. En él podemos distinguir tres tiempos: un momento inicial, como invitando a la danza, seguido de un movimiento lento, para terminar en un ritmo rabiosamente rápido. Estos últimos se repiten una y otra vez, finalizando con una entradilla que induce a los danzantes a coger un nuevo ritmo. Probablemente se trate de una danza ancestral de tipo ritual muy antigua.

La importancia que los danzantes tuvieron en la fiesta del Colacho, el cariño con que el pueblo luchó por su conservación y el significado profundo en su vivencia religiosa son motivos más que suficientes para intentar su recuperación. Pero para esta labor no basta con el sonido del atabal, es preciso recopilar el máximo de datos posibles y los vestigios que aparecen en los libros de cuentas.

Los danzantes eran hermanos cofrades y, por tanto, residentes en el pueblo, de más de dieciséis años, todos varones y variables en número; de ordinario son ocho, pero en alguna ocasión llegan a doce (13).

De su forma de vestir, la única referencia son las doce perneras de cascabeles que existen en el ropero de la Cofradía, junto a las veintidós docenas de cascabeles para los danzantes (14).

Por tales datos, sabemos que eran danzas de cascabeles muy comunes, según S. Covarrubias, en la Edad Media y muy variadas, por lo que esta referencia no nos sirve de mucho para determinar cómo eran las de Castrillo de Murcia. Es de lamentar que no tengamos noticias más concretas para precisar los distintos pasos y modo de ejecución de los mismos. Todos los esfuerzos para conseguir más detalles han sido inútiles.

Con estos datos, del todo insuficientes, sólo una persona con la experiencia en danzas recogidas y restauradas y con la fuerza intuitiva de D. Justo del Río, podía conseguir la recuperación de estas danzas, tan importantes en el contexto de la pantomima del Colacho.

Con estusiasmo juvenil, a pesar de su edad, aceptó el reto, y en las fiestas de 1979 se estrenó la danza restaurada. Entre quienes aman la fiesta existía un clima de gran expectación, no exento de cierto temor. Pensábamos que, aunque importantes para la representación del Colacho, sólo se debía incorporar, si encajaba en la pureza y sabor tradicional que rezuman todos los actos festivos del Corpus en Castrillo. Pronto el temor y expectación se convirtieron en gratitud sincera a quien más ha hecho por la danza burgalesa. Todo el pueblo sintió la emoción de saborear en la ejecución de los danzantes el gusto ancestral y primitivo, y el perfecto acoplamiento al ritmo del atabalero.

En la confección del vestuario se contó con el asesoramiento de D. José María González Marrón. En él se conjugan la sencillez rústica y austeridad, propios del atuendo campesino, con la sobriedad y colorido que corresponden a una danza primitiva y ritual. Calzan alpargatas de lona con suela de cáñamo y unas medias de tonalidad oscura cubren sus piernas. Visten calzones de color marrón que llegan hasta la rodilla y que llevan una abertura lateral con perneras de ruidosos cascabeles. Su sonido resalta el ritmo del atabal, como si se tratase de un eco deformado y agudo del mismo. Ancha faja de color verde rodea su cintura y una camisa blanca resalta la sencillez campesina; como único adorno, una banda de color rojo, azul o verde cruza pecho y espalda, y un trenzado de ramas recién cortadas corona su cabeza.

Colocados en doble fila, los danzantes preceden a los cofrades e inician el desfile procesional. Con las manos sobre las caderas avanzan danzando siempre al ritmo del atabal con balanceo del cuerpo hacia delante y hacia atrás y con saltos que marcan sobre el suelo los mazazos recios del atabalero. En los lugares determinados por la tradición los cofrades saludan ceremoniosos y los danzantes se aprestan a ejecutar los pasos rítmicos restaurados por D. Justo del Río. El público ha formado un círculo y la expectación crece entre la comitiva. Los ocho danzantes, emparejados, con el brazo sobre el hombro del compañero, inician la actuación con paso lento. En el primer cambio rítmico del atabalero, forman dos filas. La danza va creciendo en fuerza y movimiento con cruces continuos y saltos enérgicos. El ritmo crece y se hace más violento, cuando en el último paso forman círculo, para finalizar con un salto malabarista que termina en saludo".

Hasta aquí la palabra autorizada de quien mejor conoce todo lo relacionado con el Colacho. Nadie mejor que él podía explicarnos con palabras certeras la profundidad de esta "farsa castellana" que el pueblo de Castrillo de Murcia ha conservado en su pureza con todo el interés y la constancia de un pueblo unido. Quien aún desee profundizar más en la figura del Colacho yo le recomiendo que lea la última parte del libro del que hemos tomado el texto y que ya hemos citado. El autor es D. Ernesto Pérez Calvo y el libro se titula "La Fiesta del Colacho. Una farsa castellana".

Esta fiesta fue declarada Fiesta de Interés Turístico Nacional, calificación que se merece plenamente.

Nada añadimos al afirmar que es la fiesta tradicional folklórica con más personalidad de toda la provincia de Burgos. Todo esto aumenta el mérito que sinceramente hemos de reconocer al pueblo de Castrillo de Murcia por haber tenido el talante, la fuerza de voluntad y la colaboración popular que ha sido capaz de mantener con su asombrosa vitalidad una fiesta como ésta en un pueblo de las dimensiones de Castrillo de Murcia que aumenta más su mérito, en cuyo reconocimiento y admiración quiero dedicar estas líneas.

Ejemplo y modelo para tantos pueblos castellanos que poco a poco han ido viendo perderse sus tradiciones, fiestas, fuegos, costumbres, canciones, bailes, casi sin inmutarse, sin hacer nada por evitar, tanta pérdida.

La fiesta del Colacho es el ejemplo vivo de lo que puede un pueblo pequeño que está empeñado en conservar, defender, comprender y vivir la herencia viva de sus tradiciones mas auténticas.

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NOTAS

(1) HERGUETA MARTIN, Domingo: Folklore burgalés, Burgos 1975, p. 166.

(2) CARO BAROJA, julio: El estío festivo, Taurus ediciones, Madrid, 1984, pp. 75-76, que toma este texto de E. ONTAÑON, Costumbres españolas; "El Colacho: la máscara del Corpus", en Estampa, VIII, núm. 334 (2 de junio de 1934).

(3) PEREZ CALVO, Ernesto: Fiesta del Colacho, una farsa castellana, Burgos, Imprenta Monte Carmelo, 1985, pp. 30-31.

(4) PEREZ CALVO, Ernesto: Fiesta del Colacho, una farsa castellana, Burgos, 1985, p. 35.

(5) Op. Cit. pp. 40-46.

(6) HOYOS SANTOS, N Las fiestas del Corpus Christi
pp. 20-22.

(7) Archivo de la Cofradía, V. II. primera parte,p.40.

(8) Id. V. II, primera parte, p. 3.

(9) Archivo de la Cofradía, V. IV, 2ª. parte (s.n.) visita de 1830.

(10) PEREDA, J.: Extracto de la memoria presentada por, en Actas del II Congreso Nacional Español, II, p. 476.

(11) Archivo de la Cofradía, V. I, p. 1, Apéndice, Artículo 3º.

(12) Id. V. III, s.n.

(13) Id. V. II, p. 56

(14) Id. V. I, parte s.n. Inventarias de 1707 y 1720