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UN EPISODIO DE LA LOZANA ANDALUZA (LXI) Y UN CUENTO TRADICIONAL DE MOGARRAZ (SALAMANCA)

PEDROSA, José Manuel

Publicado en el año 1993 en la Revista de Folklore número 151.

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A Adela Núñez Maíllo

En la Venecia de 1528 publicó Francisco Delicado -ocultando su autoría- esa originalísima novela dialogada que es La Lozana andaluza. Su lenguaje muchas veces críptico y las constantes y veladas alusiones a motivos culturales que debían ser bien conocidos en la época, pero que para nosotros han perdido ya mucho o todo su significado, convierten la obra de Delicado en una de las más singulares y enigmáticas de nuestro Renacimiento literario. Entre los pasajes cuyas fuentes y correspondencias culturales y folklóricas no han sido todavía lo suficientemente estudiadas está el que en el "mamotreto" LXI desvela algunas de las osadas técnicas celestinescas de la Lozana. Ella es quien habla:

Yo's diré: son lombardas de buena pasta; fuime esta semana a una, y díjele: ¿Cuándo viene vuestro marido, mi compadre? Dice: mañana. Digo yo: ¿Por qué no's is al baño y acompañaros he yo? Fue, y como era novicia, apañéle los anillos, y dile a entender que l'eran entrados en el cuerpo. Fuime a un mi compadre, que no deseaba otra cosa, y dile los anillos, y di orden que se los sacase uno a uno. Cuando fue al último, ella le rogaba que le sacase también un caldero que le había caído en el pozo; y en esto, el marido llamó. Dijo ella al marido: En toda vuestra vida me sacastes una cosa que perdiese, como ha hecho vuestro compadre, que si no viniérades, me sacara el caldero y la cadena que se cayó el otro día en el pozo. El, que consideró que yo habría tramado la cosa, amenazóme si no le hacía cabalgar la mujer del otro. Fuime allá diciendo que era su parienta muy cercana, a la cual demandé que cuánto tiempo había que era preñada, y si su marido estaba fuera. Dijo que de seis meses; yo, astutamente, como quien ha gana de no verse en vergüenza, le di a entender la criatura no tener orejas ni dedos. Ella, que estimaba el honor, rogóme que si lo sabía o podía, que le ayudase, que sería d'ella pagada. Aquí está, digo yo, el marido de la tal, que por mi amor os servirá y tiene excelencia en estas cosas. Finalmente, que hizo dedos y orejas, cosa por cosa. Y venido su marido, ella lo reprehende haber tan poca avertencia, antes que se partiera, a no dejar acabada la criatura (1).

Aunque el editor italiano del texto anterior ha dicho que "los dos chascarrillos o chistes, el del crío falto de dedos y orejas, y el de los anillos, son tradicionales", lo cierto es que ningún editor de la novela ha podido aducir correspondencia folklórica alguna de los dos cuentecillos que parecen haberse ensamblado en este episodio de La Lozana. Unicamente Maxime Chevalier, en una fundamental antología de cuentos del Siglo de Oro (2), ha podido poner en relación el episodio de El niño imperfecto de la novela renacentista con un cuentecillo recogido de la tradición oral moderna, aunque no de España, sino de Panamá (3).

Pero el "eslabón perdido" de la tradición española de la Península no quedaba tan irremediablemente "perdido".

Simplemente, ha permanecido en estado latente durante siglos, junto al refugio cálido y seguro de las chimeneas que en el invierno congregaban a niños y viejos para escuchar y contar cuentos. En Mogarraz, pueblecito serrano del sur de Salamanca, conocí a Adela, amiga casi nonagenaria, que tenía un inagotable repertorio de saberes, canciones, romances y cuentos que entregaba con generosidad y talento difícilmente olvidables. Uno de aquellos cuentos, tantas veces interrumpido por las risas de ella y de sus oyentes, devuelve a nuestra literatura uno de esos eslabones que muestran la continuidad de nuestra herencia cultural en el tiempo y en la mentalidad de los españoles:

Era una que se enamoró el cura de ella, y cuando se casó ella, pues él estaba enamorado de ella, y se fue el marido a la siega. Y fuéndose el marido a la siega, pues él iba por allí por la puerta, y ella estaba ya encinta. Y la dice:

-Teresa, ¿qué tal te va de casada?
-Muy bien, señor.
Hombre, te encuentro muy gordita
-Sí, señor, estoy encinta.
-Ese es el dolor mío. -diz que le dijo él.
-¿Por qué?
-Porque no tiene cabeza lo que tienes en el vientre.
-Ay, señor cura, pues entonces, ahora que se fue mi marido, ¿quién me va a hacer la cabeza?
-No te preocupes, que yo te la haré.

Quince noches fue a hacerle la cabeza. ¡Si le tiene que hacer el cuerpo entero!

El fue quince noches a dormir con ella, y de que ya barruntaba que venían los segadores, dice:

-Una noche viene el marido y me mata aquí, en la cama

Y ya le dice:

-Bueno, pues ya tienes bien hecha la cabeza. Ya no vuelvo a venir.

Y a los pocos días vino el marido. Y claro, como recién casao, pues la fue a besar y abrazar, y eso. Y le dice:
-¡Quítate de ahí, inútil, sinvergüenza!
-¡Hombre, pues vaya un recibimiento que me tienes! Ahora que vengo a quererte porque vengo de la siega. Que traigo buen dinero.
-Porque sí, porque no me tienes que volver a besar ni ná.
-¿Porqué?
-Porque el único hijo que hicistes lo hicistes sin cabeza.
¡Madre! Y él le dijo:
-Pero, ¿quién te ha dicho eso?
-¡Quién me lo ha dicho! ¡El que me la hizo!
-¿Pues quién te la hizo?
-Pues el señor cura. ¡Y no me levó ná! ¡Por ser a mí!

El estaba rabioso. Y el cura tenía cien machos. Y los echaba pal monte, porque tenía un pastor de noche y en verano con los machos pal monte. Y él iba todo el día y lo cuqueaba con que era el lobo. ¡Uuuuuuuuh! y le tiraba. Y le mató un macho una noche. Con una piedra. Y el pastor le cogió miedo. Y le dice:

-Señor cura, que no voy ya de noche con los machos. Que ya mató a uno el lobo, y que todas las noches cuquea, y una noche me va a matar a mí y tal y cual.

-Pues mira, tengo yo un casillo muy grande a la salida del pueblo.

Pues de noche los traes al oscurecer y los metes en el casillo ese y por la mañana al punto del día, en cuanto se vea, los sacas ya para que coman con la fresca.
-Señor cura, eso es lo que quería oír.

Y él dice que estaba todos los días aguzando el ahoz de la siega y dice que le dijo la mujer:

-¿Por qué aguzas tanto el ahoz ahora que viniste de la siega?

Diz:

-Pa que esté bien aguzada para otro año, cuando vaya -diz que le dijo el marido.

Y dijo:

-Ese tío me las tiene que pagar a mí porque ésta es una ignorante, y ésta no sirve de pegarle. ¿Qué adelanto yo con pegarle una paliza? Ese tío me las tiene que pagar.

Con que se fue y ya trajo los machos al corral, y era como una tená con el tejao solo puesto, y allí metía todos los machos, los cien machos. Y claro, fue ya, y él cogió aquella noche a las dos de la mañana, cogió unas escaleras, la puso, subió al tejao, desmanteló, brincó abajo, y cogió con el ahoz que tenía del aguzao de la siega y empezó:

-Pim, pam, y éste quiero, y éste no quiero.

A tos cien machos les Cortó la cabeza.

Va por la mañana a punto del día el criao, saca los machos, y encuentra allí un charco de sangre y todos los machos muertos sin cabeza. Diz que va:

-¡Señor cura! He ido y está tos cien machos muertos. Allí hay un charco de sangre y ningún macho tiene cabeza, tós se la han cortado.

¡Madre! El cura diz que no puso ni sotana ni eso, fue en pantalones a ver, al pasillo. De que fue, mandó echar un bando:

-Que todos los feligreses se presentaran en la iglesia pa explicarle el señor cura lo que le pasaba a él.

Diz que, claro, pues todo el pueblo:

-¿Qué le pasaba al señor cura?

Y tos fueron a la iglesia.

Y el marido de aquélla fue y se puso frente al púlpito.

Ahora ya no se suben a los púlpitos. Se subió al púlpito y diz que llega el señor cura:

-Buenos días, feligreses. En nombre del padre, del Hijo, del Espíritu Santo. Amén. Ya sabrán ustedes. Yo tenía cien machos, bien venidos, bien hallados. Ha habido un leproso esta noche y me ha matado los machos. A tos los cien machos me ha cortao la cabeza. El leproso que haiga sido, el sinvergüenza, el desgraciao que haiga sido, que se adelante y lo diga.

Fue el marido de aquella, y sale delante y le dijo:

Cura, curacho,
como les sabes hacer la cabeza a los muchachos, ¿por qué no se la pones a los tus machos?

Diz:

Callar, callemos,
que por donde callar tenemos.

¡Se acabó el sermón!

Aquel día tos los pobres del pueblo comieron carne, tuvo que repartir los machos. ¡Claro! (4).

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NOTAS

(1) Sigo la edición de El retrato de la Lozana Andaluza de Claude Allaigre (Madrid, 1985), p. 462.

(2) CHEVALIER: Cuentos folklóricos españoles del Siglo de Oro (Barcelona, 1983), p. 239.

(3) RIERA PINILLA, Mario: Cuentos folklóricos de Panamá, (Panamá, 1956), nº 50.

(4) La informante Adela Núñez Maíllo, nacida en 1902, fue entrevistada en Mogarraz el 29-7-1989, en una encuesta realizada junto con Lourdes Portal, Estrella Sánchez, José Luis González y José Mª Sanz.