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RÉQUIEM POR LA ARTESANIA

GARRIDO PALACIOS, Manuel

Publicado en el año 1993 en la Revista de Folklore número 152.

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A mi querido amigo Juan Manuel Seisdedos

Oficio de manos no lo parten hermanos

Dice Sebastián de Cobarruvias que «si se hubieran conservado los nombres que Adán puso a las cosas, supiéramos sus esencias, sus calidades y propiedades; ya que esto no nos consta, es cierto que los nombres que ponemos a las cosas les vienen a cuadrar por alguna razón». Lo que conocemos como artesanía, que engloba a lo que se hace en talleres con máquinas elementales y las manos como mejor herramienta, bien pudiera venir de la labor de ahuecar el tronco de madera para amasar dentro el pan: lo que llamamos artesa. Según el mismo autor, de pan tomó el nombre la artesanía, porque «artos, vale lo mesmo que panis». Añade que «los varquillos cavados en un madero se llaman artesas» y en un proverbio: «Lleva vos, marido, la artesa, que yo llevaré el cedaÇo, que pesa como el diablo». Artesones se llaman las techumbres con fondo a modo de artesas, propias de casonas y palacios. Artesonado se le dice al techo de vigas de madera vista y labrada. y en fin, nada más bello para esta actividad que tantos oficios distintos acoge que haber recibido nombre de la base alimenticia y del recipiente donde se amasa, lo que hoy en día constituye verdadera reliquia de una manera de vivir. Aun pueden verse por pueblos dispersos algunas muestras, como en Agüimes, Gran Canaria, donde hay tahonas en las que se amasa a mano y se cuece en hornos rudimentarios. En caminos parejos, el auge de los grandes obradores industriales coincide con la caída de la actividad artesana general.

Agoniza la artesanía, buena parte de ella en abandono, esa triste situación que no se elige. Lo que un día fuera útil, que viniera a ensanchar nuestra capacidad de admiración y que el propio artesano apenas valoraba, desaparece, se va, y es inútil intento ponerle diques. Son los mismos hombres que manejaban el barro, la madera o el hierro los que dan una explicación que deja poco sitio a la respuesta, aunque luego se les insista con argumentos románticos que provocan su sonrisa. En 1973 recogí el testimonio de uno de los dos alfareros que quedaban en Montehermoso, Cáceres, donde se habían contado veintitantos talleres del barro, de los que salían piezas de un rojo oscuro: botijos, cántaros algo más chaparros que los de Salvatierra. Pregunté al artesano el motivo de la decadencia. Me dijo que «antes, hasta el agua se traía en cántaros, hoy, hasta los vasos son de plástico». No piensa así uno de los grandes alfareros que en 1992 está en activo, Francisco Ramos Vázquez, Morito, de Cortegana, Huelva, único de un pueblo que contaba hace cuarenta años con sesenta familias dependiendo de la alfarería. Francisco dice que el plástico no podrá nunca sustituir al barro en «dar sabor a los guisos, frescura al agua, nobleza al tacto», y se extiende en pormenorizar cualidades de lo que para él representa «la vida; según la Biblia, de barro surgió el primer ser humano, y parece que veo al Divino alfarero sacando del torno una figura como la de cualquiera de nosotros». Francisco se queja de la nula ayuda «más que ayuda pido respeto, apoyo», que recibe de la cultura oficial, ya que, siendo él «testimonio vivo de algo en extinción, los estamentos contratan monitores de los que hacen cacharros a base de churritos, que ponen uno sobre otro sin que del golpe de masa vean nacer la forma. Lo de los churritos es una moda, barro que ya venden hecho y del que no sacan formas tradicionales, sino piezas decorativas que nada tienen que ver con el pasado de este pueblo, que desde el siglo doce viene manejando el barro; este taller puede tener una edad de trescientos años». Parece ser que las alfarerías de Los Romeros y de Aracena nacen al calor de la de Cortegana. Francisco va por el barro a una finca y un arriero le hace el porte; barro tirando a rojizo, que amasa en su taller y prepara en pellás junto al torno. La forma que más le gusta es el cántaro clásico, que, al decir de alguien «era como una dama con el brazo a la cintura», y la chocolatera, «por elegante»; y jarras, anafres, platos, vasos. Hasta ahí podría ser común la manera de hacer los cacharros de este bisnieto, nieto e hijo de alfareros, con otro lugar donde aún se usara el torno impulsado por el pie. Pero lo que distingue la alfarería de Cortegana de otras es la manera de rematar el dibujo que queda bajo el vidriado. A tenor de esto, mogate llama Cobarruvias al «vidriado basto y grossero con que los alfareros cubren el barro de los platos y escudillas, y porque algunas veces no cubre más que sola la una haz, se llamó esta obra de medio mogate. Su raíz es mugati, que en arábigo vale cubierto o dissimulado, y de allí llamaron mogatos o moxigatos a los dissimulados». El diseño lo hace Francisco sobre la marcha, tiesto girando en una mano y cuatro recipientes delante con los colores verde (sulfato de cobre, que trae de las Minas de Riotinto), marrón y negro (manganeso de las Minas de Calañas), blanco (talco de las Minas de San Telmo), y azul cobalto, que trae de fuera de la provincia. Cada color lo mueve con una cuchara sopera cuya cazoleta está cortada a la mitad, con la que va dejando chorros o gotas en el interior de la pieza hasta conseguir el dibujo que desee. Al final, sobre un goterón de blanco deja caer uno de los colores oscuros y, siguiendo con las vueltas al tiesto, toma la mezcla un sentido de movimiento interior, de punto en desarrollo, de estela cada vez más difusa, de constelación plasmada. Esta ha sido la alfarería tradicional de Cortegana. Cuando Francisco la deje, habrá terminado. El barrio donde vive, antes lleno de alfareros -sólo en su acera, de diez casas, se llegaron a contar ocho talleres-, se llama Fuente Vieja, y el mismo Francisco aporta una canción de «uno antiguo del pueblo que hacía coplas», pero que no se acuerda del nombre, que describe el entorno:

Taurina La Peña,
alta la Taurina,
erita y prado industrial,
Fuente Vieja, la alfarera,
y Chanza, río que sueña
con aguas que van al mar.

En 1975 aún vivía un segundo alfarero frente a Francisco, el más viejo, que estaba deseando dejar el torno y dio la coincidencia que se autojubiló el mismo día que lo visité. Fue quien me contó cuando todo el barrio rebosaba de vida por los talleres, y de la fiesta que improvisaban al venir los burros cargados de barro para pisarlo: «Se solía hacer de noche y nos daban las luces en la faena, venga vino al cuerpo. Era como bailar».

Cuando leo aquí o allá que «aún se puede salvar la artesanía» pienso que quien escribe anduvo poco a través de ella o que, con la mejor intención, cree que salvarla es cambiarle el sentido utilitario por el decorativo. Alguién comprará tres cántaros con su cantarera para hacer más bello un zaguán o una sala, pero serán convidados sin vida, que cubrirán sus lomos de polvo, de soledades, sustituidos el día más insulso por lo que dicte la moda. El artesano, sea de donde sea, al dejar lo que sabe hacer, aprendido sabe Dios cuándo, sufre, a pesar del pragmatismo citado, una de las más dolorosas renuncias íntimas del ser humano. Quizás por eso tantas veces quiten a los hijos de la idea de continuarles, para no repetir, tarde o temprano, la dura agonía, aunque en lo hondo de su ser deseen lo contrario. Me decía otro alfarero: «El interés repentino por estas cosas es porque se sabe que se mueren sin remedio». Y un tercero abundaba: «Hay muchas muertes para la artesanía. Yo he hecho siempre mis cacharros tradicionales, de olla, tapadera y asas, apenas adornos, lo justo, tal y como me enseñó mi padre y a él el Suyo. Ahora llegan por aquí gentes que, con la cosa de andar cerca de la cabecera del muerto, me piden un botijo con tres piporros, una maceta con su nombre, o una olla cachonda. Si la alfarería tiene que evolucionar por ahí, las formas tradicionales poco tienen ya que hacer, han muerto. De una u otra manera, la muerte ya ha llamado a la puerta. Y no hay nada más triste que unos tiestos de barro en una vitrina de museo provincial, que no son sino nichos, tumbas. El barro está al alcance de cualquiera, pero no al del artesano, que sufre cuando ve apilados sus propios cacharros en el taller y le vienen a pedir tres tonteras y media. Se da el caso de que alguna vez uno hace esas tres tonteras y media y el que las encargó las expone y las vende por ahí como hechas por sus manos, no digamos ya a qué precios». Poco pude añadir a esto además de un largo silencio.

Lejos del intento exhaustivo, hagamos un breve viaje de recuento para dar una idea general de algunos talleres artesanos esparcidos por nuestros pueblos no sé cuánto tiempo. Esos «sitios mágicos», al decir de Pepe Rosas, «de donde sale todo lo bien hecho a mano, que hasta liar fruta con arte tiene su aquél». Rosas me cuenta al hilo de esto que «en Alora, Málaga, hay un monumento a la faenera, la mujer que liaba naranjas y limones en la estación para que el tren se los llevara a Inglaterra, donde hacían mermelada agria; corros de obreras en los que se fraguaban los romances que luego subían al pueblo», historias que venían a engrosar la crónica diaria. «Y para que los pies no se helaran metían piedras en el fuego y ellas ponían sus pies encima, renovándolas a cada poco». Se puede decir que existe un cierto desconocimiento, ya por lejanía en el uso, de cuanto antes se valoraba, a lo que habría que añadir un escaso interés por saber lo que hay o lo que queda en un pueblo por el que pasamos como huídos. Pondría como ejemplo la Cuenca artesanal, «tan poco conocida», lamenta José Morate, que tiene colección propia de alfarería, y cita como buen alfarero a Florentino Merchante. Eugenio Martínez, de Casasimarro, hace alfombras de nudo en el taller de Gabriela Casas, y también guitarras. Las construyen igualmente los hermanos Leal. Parece ser que este florecer de la artesanía, no sólo en Casasimarro, sino en Cuenca, Almonacid del Marquesado, Palafox, Alberca de Záncara, Convento de las Madres Carmelitas Descalzas de San Clemente y Lezuza, ya Albacete, tuvo su origen en un Centro de formación intensiva que impartió enseñanzas de tejido de alfombras y otras manualidades, surgiendo pequeños grupos de tejedores con intención de ganar algún dinero y conservar los modelos «Alcaraz» y «Cuenca», famosos en tiempos pasados. En Mota del Cuervo está el alfar de Dolores, Asunción y Dominga Cañega. Cerámica tradicional hecha por manos femeninas, como he visto en Chipude, Gomera, Gáldar, Gran Canaria, hay en Moveros y Pereruela, Zamora. En Pozorrubio de Santiago existe un Museo Rural hecho a base de donaciones de los vecinos. Cuenta con casi el millar de piezas, objetos agrícolas para la sementera, siega, escarda, parra; azuelas y arreos para ganadería; rascaderas, medidores. En Torrejoncillo hay una alfarería calles más abajo del tejedor. En Priego, Córdoba, cerámica y cestería de mimbre a cargo de José Pérez, Aureliano Mariano, Pedro Pérez y Luis Romero. Hay labor de mimbre en Villalba de la Sierra; la hacen los hermanos Mayordomo, y plantaciones de mimbre en El Recuenco, Alcantud, Priego, Villaconejos y Zarzuela. Sólo el tiempo sabe de la permanencia de este empuje artesanal conquense, obra ya pulsada en otras latitudes y que suele ser esfuerzo de unas personas que creen en ello y estimulan el arpa dormida que todos llevamos. Buena cosa, aunque la experiencia indica que la obra desvanece, se disuelve, se transforma en algo que llega a onnubilar lo que conocemos como artesanía. Además, para todo hubo una época. Dicen los historiadores que la de más esplendor de Ubeda es cuando permanece en poder de los moros y que llega a dar nombre a las artesanías ubedíes: rejeros de yunque, hojalata, repujados en cuero, esteras de esparto, enjalmería de albardillas para las bestias, cristal, barro, de lo que aún queda huella en los alfareros de San Millán. «Alfahar», dice Cobarruvias, es el taller para el barro, «la oficina del ollero, donde se hazen los vasos de tierra. Este nombre es arábigo, de fahar, que significa barro; pero su rayz es hebrea, de hafar, que vale tierra, tierra menuda, qual es de la que se haz en los vasos; y el arábigo trocó las sílabas y dixo fahar, por hafar. En Toledo ay una calle donde se vende el barro, y tiene el nombre de Alfahar, y el ollero llaman alfaharero».

La noche se entró en aguas,
mañana hay barro,
con una pellá que coja
le haré un cántaro,
le haré una orza,
le haré un puchero,
le haré un botijo
a quien yo quiero.

En Hoya Pineda, Gáldar, Gran Canaria, José y Julia tienen un alfar. Julia, sentada en el suelo, hace tiestos de barro similares a los pintados en una cueva prehistórica cercana, donde se han encontrado restos de cerámica idéntica a la que Julia hace ahora; la alfarería es la manufactura predominante en este lugar. Julia y José no son los únicos alfareros, pero sí son prototipos de la comunidad. El, pica montaña, carga terrones, muele, bate, cierne, remoja. El ingrediente para que el cacharro pegue es otra arcilla, igual arrancada a pico, molida, cernida, que no se moja; además, atiende al encendido del horno común de Hoya, consiguiendo novecientos grados «a ojo». Julia es la artista; une ambos barros y con la tabla en el suelo como torno, da vida a una veintena de formas diferentes: puchero, olla, plato, vaso, sahumario, asador, palangana, maceta. Julia no conoce el torno, pero ha oído hablar de él, de cómo juegan los pies en el proceso; hasta le han preguntado si no trabajaría más cómoda de tener uno; y ella no ha sabido explicar que hace miles de años que viene sentándose en el suelo a hacer lo mismo. Las tres hijas del matrimonio no piensan heredar el oficio, y Julia, estancada su cultura de siglos en éste nuestro, dice, dando forma a una vasija para agua: «Cuando yo falte, esto se acabó».

Virgilio Brito tiene un Museo en Hermigua, Gomera. Lo hizo y lo enseña dejando compartir el cariño por los tiestos que fue encontrando en sus años de búsqueda. «¿Qué buscaba?», le pregunto. «La raíz», me contesta. De tanto ahondar en pueblos gomeros, acumuló toda una utillería en trance de desaparición, que muestra al foráneo para que sepa lo que había y al indígena para recordarle ancestros. El Museo contiene piezas como las que aún hacen las loceras en Chipude y en El Cercado, propias para el tueste del millo, y grandes vasijas, especie de alambiques para destilación de aguardientes. En Lanzarote existe también una cerámica sin torno, la del Mojón, de donde salen cacharros útiles similares a los de Hoya Pineda o El Cercado. En Calanda, Teruel, hay un alfar sin torno, cuyo artesano no se sienta a ras de suelo, como la alfarera de Gáldar; su técnica se reduce a girar la tablilla donde pone el barro para darle forma. Torno rudimentario en el que los pies no intervienen. Este alfarero dibuja alrededor del cántaro, pieza principal, unos signos ininteligibles tanto para él como para mí, “garabatos", según dice, aprendidos de padre y abuelo y ellos, a su vez, de los suyos. Años más tarde tengo ocasión de conocer a un calandino, Luis Buñuel, y al referirle mi ignorancia respecto a los signos grabados en el barro por su paisano, me dice que él conocía el hecho por los alfareros anteriores y que, ante la misma duda, copió los signos y los dio a leer a un especialista, quien descubrió en ellos versículos del Coram, transmitidos desde siglos a través de estos adornos en los cántaros de ir por agua. En Cuerva, Mariano Gómez hace una cerámica pintada con motivos florales, En Nijar, Almería, entro en un taller de torno primitivo, que obliga al artesano a estar sentado a ras de suelo, ya que el eje y la rueda motriz quedan embutidos en el mismo. Lo que me parece singular de su trabajo, aparte de las formas, es la manera de decorar los cacharros, nacida de la casualidad, pero que ha dado carácter a la bella alfarería de este pueblo: cuando los tiestos salen del torno y son pintados, se alinean en estantes de caña o tiras de madera, de modo que suelten las pintura sobrante y absorban la que les quede; así, los de la fila de arriba gotean sobre los de abajo, que suman la suya a esa pintura viajera, que continúa camino de la siguiente balda hasta acabar en la última, alcanzando tonos, matices y veladuras de una belleza difícil de conseguir aposta. El taller lo conozco en 1970 en manos del padre, ya hijo y nieto de alfarero, y en 1992, en la de los hijos, Francisco y Joaquín Góngora, que se quejan de la desaparición a corto plazo de esta actividad. De sesenta talleres contados en el pueblo quedan cinco. «Se pierde porque no se enseña, el sueldo es poco, si no se hubiera inventado el plástico habría más alfareros". De sus manos salen piezas como la canalera, que recoge el agua de lluvia por el terrao, o azotea; el arcaduz, él la llama arcabuz, que es un canjilón para conducir agua, probablemente, como tantas, forma venida con los árabes, que puede usarse como canjilón de noria, especie de cilindro con cintura al centro para la cuerda. El pinchaflor, para flores, que presenta agujeros por el que las ramas salen y adornan más. La cántara, la cantarilla, el lebrillo y las macetas. Esas son las piezas tradicionales. El tiempo de cocción del barro en el horno es entre 9 y 11 horas y la temperatura tiene que estar, a ojo, entre 900 y 1000 grados. Entabacar los platos es poner uno sobre otro, de manera que el de abajo esté derecho y el de arriba al revés, casando los bordes, para que no tuerzan. Después de secar el barro al sol lo «raen», que es quitarle lo sobrante por la base. Para meter en el horno los platos utilizan una especie de trébede pequeño como separación, que evita que se junten, se peguen o se mezclen en exceso los colores. Desde el barro en bruto hasta que la pieza es vendida, pasa 32 veces por las manos del alfarero. Utilizan el caolín, que lo traen de las Minas de Rodalquilar, el azul cobalto, de fábrica, y el barniz gris, que es el color de base. El amarillo es de hierro de las minas de la zona, y el manganeso, como el verde, de las minas de cobre. El manganeso ha de secarse antes al sol. Los dibujos suelen ser tiras o manchas. A uno que tiene cierta complicación le llaman «chinesco». El pintado se hacía antes con una alcuza de las de echar aceite; ahora con pinceles. A hora larga de Nijar, el alfarero de Guadix, Granada, tiene la cantera a un par de kilómetros. La mano de obra es cara para sacar el barro a pico y pala y traerlo en burro, pero es la mejor forma de hacerlo. Puesto en el brete de que alguien venga con prisas para llevárselos, puede sacar de 60 a 70 cántaros en un día; un mediador los compra al lote y los revende cinco veces más caros. Ellos tiene en un puesto a la puerta del alfar: «Como el barro no come, aquí guardan su precio». No le gusta que otro saque más dinero por su trabajo. «Si pudiera, iría yo a venderlos a los mercados. Pero yo no soy comerciante, sino artesano». Hace cántaros, botijos, botijas, orzas, lebrillos y pucheros alisados con una caña. Cada tiesto salido de sus manos lo va colocando en un estante a secar. Hay un tiempo en el que sólo se siente el rotar del torno y el roce de sus manos con el barro. «¿De nacer dos veces?», le digo. «Sería alfarero -responde sin pensarlo-, me gusta ver levantarse los cacharros de barro. Es como si mi abuelo o mi padre me dijeran algo cada día cuando me siento al torno».

Villarrobledo dicen que fue fundada por Juan II en el siglo XIII, y aparte de elaborar quesos, aguardientes y embutidos, se hacen -¿se harán aún?- grandes tinajas para las bodegas extrayendo la arcilla de hoyos profundos con largas galerías, que son como otro pueblo bajo el pueblo. La hondura llega a veces a los 500 metros. En Llamas del Mouro, Cangas del Narcea, Asturias, se hace cerámica negra, ahumada. Talleres y hornos alfareros hay en Bouxe, Otero de Rey, Galicia, cuyo titular es Manuel López; en Lestrove, Dodro, Hipólito Castaño; en Gundivos, Sober, José Díaz, en Maceda, José Benito; en Mondoñedo, tiestos útiles, vidriados, de los que selecciono varias formas para que se rompan en otro sitio, entre ellas, la cuervera, especie de dornillo con tazas que se cuelgan alrededor, parecido al que se usa en las queimadas gallegas, y que visto de lejos y con prisas se dá aire a una gallina con pollos.

Todos los artesanos hablan de «entonces», un entonces mágico en el que se contaban no sé cuántos talleres de barro en cada pueblo; ¿Cuándo fue ese entonces? .«Ayer mismo -responde un alfarero que ya no amasa-; la vida corre mucho y la artesanía lleva su paso acansinao». Alfares de Puente del Arzobispo y de Consuegra, de Naval y Tamarite. Hasta hace poco se batía el barro en Nerva, Campofrío, Huelva, de notable corte pacense, quizás por la venida de los cacharreros de Salvatierra; en Villarrasa, La Palma y Manzanilla, poblaciones onubenses de influencia sevillana, El Repilado y Alájar, en la Sierra, Aljaraque, en la margen opuesta a Huelva del río Odiel, donde se contaron hasta ocho hornos de los que salían piezas para las necesidades del momento: cántaros, macetas y dornillos. Contemos también entre estos pueblos de Huelva que trabajaron el barro Bonares, Cartaya, Niebla, Bollullos par del Condado, además de los que aún andan en la lucha por seguir haciéndolo: Beas, El Campillo, con Camacho, Trigueros y Cortegana. En Beas está establecido David Domínguez, hijo del buen alfarero Manuel, al que conocí haciendo formas tradicionales; el hijo, artesano y profesor, partiendo de la gran base familiar, se abre a otras experiencias formales. Coco se le llama en Trigueros a una maceta especial, abombada, que hace Rafael Alvarez. En este pueblo existió el taller de los hermanos Jara Millares y el del Maestro Bailén, Antonio Pérez, que enseñó a José Sánchez a transformar un montón informe de barro en cántaros, macetas, pulperas y bebederos para aves, además de estar abierto a otras formas influenciado por quien lo frecuenta y le encarga cosas decorativas con las que «se saca algún dinero». Antes la cantera estaba cerca. Ahora, en Garcilópez, a pocos kilómetros del taller. Le digo una tarde cualquiera que lo tradicional podría hacerse a su vez decorativo. Pero llueve fuera y el día se pone desapacible, torpe, no apto para este tira y afloja de conversación en el que las palabras no van a salvar nada; ni yo vengo a salvar nada; sólo a ver, escuchar, a tomar alguna nota, a sentir, en suma. Sánchez dice que me entiende, y que me diría lo mismo de estar yo sentado en el torno. Sabe que si une lo bello y lo útil daría bueno, pero como dice el refrán:

La zahurda por el suelo
y la choza por el cielo.