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LA CUEVA DE LA QUILAMA

GRANDE DEL BRIO, Ramón

Publicado en el año 1982 en la Revista de Folklore número 13.

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Las cuevas han constituido, desde siempre, lugares misteriosos, asociados a la existencia de seres fantásticos o de fuerzas extrañas. En su interior es posible todo tipo de fenómenos; de ahí que hayan sido elegidas como centros de religiosidad, como lugares de enterramiento, como santuarios de prácticas ocultistas.

No pocos episodios mitológicos o simplemente folklóricos giran en torno a la trascendencia de ciertas cuevas consideradas como receptoras del poder inminente del mundo, o de una raza, o de un pueblo, o de un personaje mitológico. El carácter sacral que se ha conferido a algunas de ellas -la cueva del Ruminal, a donde la loba romana llevó a Rómulo y a Remo; la cueva Nusmatliwaix, que escondió a los ríos y a los habitantes de. todo el mundo, y cuya entrada, tapada con una piedra, fue. despejada por el cuervo, según un mito de los indios bellacoola de la Columbia Británica; etc.- las relaciona con los más importantes acontecimientos de la vida de un pueblo o de la Humanidad.

A mayor o menor escala, una plétora de cuevas de distinta entidad, salpican acá y allá el ámbito fisiográfico de las más apartadas regiones, habiéndoles conferido la tradición popular un linaje mistérico.

No entra dentro de los propósitos del presente artículo el hablar del sentido legendario de las cuevas en términos generales; sí lo haremos al hilo del discurso o exposición, pero tomando como punto de partida una leyenda perfectamente ambientada -con todos sus ingredientes- en una de las áreas montañosas más intrincadas del sur de la provincia de Salamanca: la de la Princesa Quilama, que en épocas pretéritas vivió -y vive aún hoy- en la cueva del mismo nombre custodiando grandes riquezas. Más de un incauto ha intentado apoderarse de ellas, habiendo pagado a veces con la vida y otras con la pérdida de la razón. Se cuenta que en las noches claras, sobre todo por San Juan, brota del fondo de la cueva una conmixtión de ruidos y lamentos: es el espíritu de la princesa mora, quien permanece sujeta a un encantamiento. A veces sale del espundio y entonces se le, puede ver en las inmediaciones del río Quilamas, con el que comunica un pasadizo desde las entrañas de la cueva.

Descubrimos, pues, en primer lugar, el sentido mistérico de la serie de elementos que intervienen en la construcción de la leyenda. Advertimos en ella la presencia de una forma evocadora del tempus aureum, por cuya evocación las ;cualidades originarias y la significación de una época quedan sintetizadas de algún modo, en alguno de sus aspectos, en la leyenda-tipo. Entonces, la leyenda de la princesa Quilama pierde así su localismo in origine, escapa a todo intento de individualización; por el hecho de carecer, en rigor, de temporalidad; aunque no, evidentemente, de espacialidad. Ello explica el que, básicamente, en la mayoría de los casos, los distintos elementos, tanto formales como esenciales, posean una entidad y un simbolismo de carácter universal en su propio contexto; tales elementos podemos diferenciarlos y describirlos en razón de su presencia en la leyenda de la cueva de la Quilama.

En primer lugar, tenemos un ser mitificado-mora, xana, señora, etc.- cuya existencia se halla ligada a la de una cueva, y con frecuencia, y al mismo tiempo, a una fuente también. En segundo lugar, las alusiones a tesoros ocultos. Esto, básica y fundamentalmente. Pero hay además diversos ingredientes subsidiarios de aquellos, correlativos en la gran mayoría de los casos, bien que no indisociablemente unidos a los mismos. Dichos ingredientes vienen definidos por aspectos dinámicos de los seres encantados a que se refieren las leyendas. Así, en el caso, por ejemplo, de ciertas cuevas como la de la Mora en Garcibuey y la del mismo nombre en Herguijuela de la Sierra, dentro de la provincia de Salamanca, las respectivas moras tienden la ropa al sol a la entrada de la cueva, según informaciones personales recogidas sobre el terreno. Al igual que sucede, en el caso de las cuevas catalanas de Can Fábregues y Castelví de la Marca, y en otras muchas del ámbito peninsular. En algunas leyendas se alude al cernido de la harina que, efectúan las moras, principalmente en la noche de San Juan y en las noches de tormenta. Tal cosa se dice de las encantadas de Marmellá y de las mouras de Portugal, por citar algunas.

Todo lo anteriormente reseñado pertenece a la categoría formal de las leyendas.

En cuanto a lo pertinente a la categoría de lo esencial podemos señalar como factores integrantes en la elaboración de, las leyendas, la sugestión por lo exótico, la idealización de un determinado personaje de raza foránea, casi siempre una mujer. La categorización arquetípica incluye la particularidad de que las mujeres encantadas peinan sus cabellos con peines de oro, al menos en muchos de los casos recogidos. Según hace observar Caro Baroja, se podría atribuir tal creencia a un tipo de contaminación o influencia indoeuropea, aunque sin descartar un origen anterior .

El investigador J. M. González Reboredo consigna que en ciertas regiones de Galicia (San Martín del Grove, Pontevedra) las encantadas son identificadas con los primeros pobladores o simplemente como habitantes de los castros, En ocasiones se trata de gentes mitad serpiente mitad mujer. El componente teromórfico que faculta la aparición del hibridismo atiende a consideraciones relativas a creencias y cultos a la fertilidad. Quizá, en opinión de Caro Baroja, como una simple trasposición lingüística, las xanas del centro y parte oriental de, la península ibérica se correspondan funcionalmente con las primitivas dianae que recibían culto antes del advenimiento del cristianismo. Por lo general, los genios femeninos custodios de tesoros en cuevas reciben el nombre, de moras, como así lo hemos venido diciendo; pero en el país vasco son conocidas bajo el nombre de gentilbaratza; en el mediodía de Francia usan para la designación correspondiente el gentilicio bergères; equivalen a las korrigan de Bretaña.

En cualquier caso las moras guardan las riquezas contra la codicia de los hombre, quienes solamente podrán apoderarse de éstas mediante el desencantamiento de aquéllas. y parejo a ello, puede producirse el descubrimiento de tesoros en las inmediaciones. De hecho, en el caso de la cueva de la Quilama que aquí nos ocupa, se conserva memoria de un hallazgo de ese tipo en un castro próximo, a cargo de un pastor. En el lugar del supuesto hallazgo hay vestigios de dólmenes y otros restos prehistóricos. Otro tanto ocurre en el caso de la cueva de la Mora, ubicada en la Sierra de Castillo (Herguijuela de la Sierra) y en la del mismo nombre, de Garcibuey, ambas en la provincia de Salamanca .En todas ellas hay memoria del descubrimiento de tesoros. Sirvan a modo de ilustración de la creencia en riquezas ocultas, los fragmentos de coplas que a continuación trascribimos. Respecto de la cueva de la Quilama y su entorno, se dice: "Entre el Quili y el Quilama / Hay más oro y plata / Que en toda España". Respecto de la cueva de, la Mora de la Sierra del Castillo: "Ay, Sierra del Castillo /Qué rica te quedas / Con siete fanegas de oro /A coce de Madroñera".

Tanto en los casos de cuevas salmantinas, como en los referentes a otras de los más diversos lugares de Europa, se señala la presencia de monumentos prehistóricos en las inmediaciones. Es más, de las fées y las korrigan de Francia concretamente, se dice que en las proximidades de los dólmenes. Estos últimos han constituido centros de atención, por parte de los lugareños en diferentes puntos de la península, como ocultadores de tesoros, lo cual, en no pocas ocasiones, se ha traducido en el desmantelamiento y destrucción de tales monumentos prehistóricos.

Por otra parte, no queremos dejar de aludir a las concomitancias de tipo cultural existentes entre las cuevas de moras encantadas y esas mismas cuevas, posteriormente cristianizadas. En este sentido, las cuevas de la Quilama y de la Sierra del Castillo no escapan a tal fenómeno, que por lo demás, se produce igualmente en el caso de otros puntos o centros de hierofanía sistemáticamente cristianizados en un momento dado por la Iglesia. Tal sucede por ejemplo, con los primitivos santuarios convertidos más tarde en ermitas. Asimismo, encontramos manifestaciones de solapamiento de formas religiosas en cuevas, tales como la de Covadonga, la Gruta de Lourdes, etc, y en la provincia de Salamanca la denominada cueva de Simón Vela, en la Peña de Francia, donde según la tradición fue descubierta la imagen de la Virgen del mismo nombre. Otro tanto puede decirse de determinadas áreas de rica y variada mitología, cual pueda ser el País Vasco, donde ha persistido la veneración hacia Nuestra Señora de Amboto, antiguo lugar sagrado.

En relación con este fenómeno de cristianización de enclaves primitivamente paganos, digamos, por último, que en el caso de la cueva de la Quilama hubo hasta finales de siglo pasado una cruz en las inmediaciones de la misma. y por lo que se refiere a la cueva de la Mora, en la Sierra del Castillo, es de notar su ubicación a las proximidades de un arroyo cuyo nombre, Belén, constituye un hidronímico, probablemente alusivo a la existencia en él de algún numen. Hasta hace apenas cien años hubo en dicho lugar un convento de frailes junto a una fuente llamada de "San José".

-BIBLIOGRAFIA

CARO BAROJA, J.: "Los pueblos de España". Barcelona, 1946.

DEL PAN, I. : " Actas y Memorias de la Sociedad Española de Antropología, Etnología, y Prehistoria" .Madrid, 1943.

GARCIA ARIAS, J. L. : " Aportaciones al folklore asturiano", en Boletín del Instit. de Est. Asturianos. Oviedo. 1975.

GONZALEZ REBOREDO, J. M. : "El folklore en los castros gallegos". Santiago de Compostela, 1971.

JORDA CERDA, F.: "Guía de las cuevas prehistóricas asturianas". Oviedo, 1976.