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NOTAS SOBRE MEDICINA POPULAR

VILLAR ESPARZA, Carlos

Publicado en el año 1993 en la Revista de Folklore número 156.

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Como en la generalidad de sociedades de cultura agraria, en la vida popular, tradicional y espiritual de nuestras mujeres y hombres subyacía la atávica idea, fuertemente arraigada, herencia secular, de que la enfermedad era producida, y resultado, por la alteración del equilibrio natural del orden cósmico, en el cual está inmerso el individuo y la colectividad, formando parte indivisible de las fuerzas transcendentes que interdependientemente rigen sus acciones en un destino preestablecido e ineluctable.

Fuera por conculcar esas potencias invisibles que intervienen en la existencia de los seres humanos, atentando contra su armonía, o consecuencia de influencias extrañas inducidas y manipuladas por medios mágicos de terceras personas (brujería, hechicería) se creaba un factor de desestabilización orgánico-espiritual cuyo resultante era la aparición de la enfermedad. No siendo inocentes algunas divinidades airadas y deseosas de castigar a los infractores.

La medicina popular, y se puede entender por ello a un vasto y complejo conjunto de ritos, conocimientos y técnicas cuyo fin a conseguir, por procedimientos heredados desde un pasado remoto, es el restablecimiento de la salud y del consecuente retorno al orden natural, (renovación físico-mental) donde la religión, magia y empirismo poseen un papel determinante estrechamente unido al desarrollo biológico, sicológico y social de la comunidad humana, nacido de la génesis de su existencia ante la imposibilidad de un seguimiento lógico de los mayestáticos y misteriosos fenómenos de la naturaleza, y que la memoria colectiva de los pueblos fue atesorando y transmitiendo de generación en generación, al acrecentarse sus poderes deductivos.

Esta florida y fecunda rama de sabiduría tradicional, servirá posteriormente a la ortodoxia médica y científica para descubrir nuevas terapias surgidas de los métodos caseros curativos que nuestros campesinos conocían y usaban hacía centurias. Es cierto que ignoraban las causas, hallando siempre una respuesta cuasi mágica-milagrosa, pero no así sus efectos. Verbigracia, las virtudes de las aguas minero-medicinales de nuestros balnearios, efectivas para gran número de dolencias, y los prodigios de nuestra botánica maravillosa.

De lo que no cabe duda alguna, es que el edificio de nuestra medicina popular está construido sobre los firmes pilares de la magia.

La casuística existente producto de los múltiples trabajos de campo realizados por antropólogos, folkloristas y aficionados en diferentes zonas de España coinciden en largas series de analogías que demuestran la inviabilidad de hablar de una medicina tradicional propia. Es con el propósito de entender las citadas similitudes que aceptamos la división de Arantzazu Hurtado de Saracho en relación a sus características culturales altamente permeables, y a sus posibles análisis hermenéuticos, desarrolladas en un contexto social determinado, y que han provocado parte de esta universalidad de procedimientos mágicos y materiales en el folklore medicinal. Las claves a tener presentes son las siguientes:

1ª.-Coincidencia fortuita de la forma.

2ª.-Similar estadio o nivel sicológico.

3ª.-Vestigios aislados de una Civilización desaparecida.

4ª.-Préstamo cultural.

5ª.-Préstamo de una tercera cultura.

Piensa el autor de este trabajo que se podría añadir una sexta clave que podríamos calificar de “contaminación cultural opresora”, así como ciertas reticencias ante la tercera premisa. Quizás estos planteamientos de estudio podríamos resumirlos, tras un somero examen, como efecto fuelle: expansión, retracción.

En la cosmovisión del doliente, dentro de la concepción metafísica-filosófica que se poseía, no exenta de un simplista maniqueismo, uno de los puntos intrínsecamente vitales se encuentra en su imposibilidad para sanar, a pesar de los esfuerzos e instrucciones realizadas. Siguiendo las pautas de comportamiento, sometidas a una rígida norma consuetudinaria, deduce que el desorden no es “natural”. Por lo cual o bien se trata de imprudentes excesos, alimentos ciertamente peligrosos si se consumían bajo ciertas condiciones, y de “accidentes” como aires, estómagos caídos, huesos salidos... debiendo recurrir a curanderos, sanadores, melgos, ensalmadores, etc., o de apariciones súbditas de inquietantes señales como pérdida de apetito, caída del cabello, laxitud... lo que significaba “estar cogido de brujas” o ser blanco del temido mal de ojo. Este tipo de dolencias que muestran la faz más espectacular y tenebrosa de nuestra medicina popular solían acabar con el afectado recurriendo a los servicios de hechiceras, brujas, y a sus nigrománticos conocimientos.

Sería interesante y oportuno emprender estudios para conocer, o al menos intentarlo, el volumen de expropiación o de acaparación de remedios medicinales por parte de los curanderos y similares, de las posesiones culturales pertenecientes al pueblo en este apartado. Sabiduría y tradición que en lejanos días eran comunes en las familias, hasta que su conservación se hizo menos necesaria.

(Sobre este apartado remito al lector interesado a la lectura de las documentadas y muy interesantes obras de Juan Blázquez Miguel Hechicería y superstición en Castilla-La Mancha y Castilla-La Mancha: Magia, superstición y leyenda. Relacionados con el curanderismo pueden consultar los magníficos trabajos de Eduardo Rodríguez Sánchez Curanderismo en la Provincia de Ciudad Real, de Juan José Espadas Pavón, Medicina Popular y Curanderismo en Ciudad Real y de Ramona Ciudad Ciudad, Formas esotéricas de sanar en Ciudad Real; Curanderos y saludadores).

Por razones de espacio este trabajo, en su primera parte, se circunscribirá a describir una mínima cantidad de acciones curativas, altamente mágicas, en las cuales la finalidad es transmitir el morbo a otro individuo u objeto, sin la intervención de personajes ajenos al núcleo familiar, siendo las operaciones a seguir parte de la cultura recibida oralmente.

Dichas soluciones y técnicas de magia homeopática curativa fueron recogidas a partir del año 1975 en pueblos y tierras del Campo de Montiel, en diversos trabajos de campo y que aún esperan su Correspondiente trabajo. Es obvio advertir que lo cosechado es una mínima parte de los existente e ignorado. Notándose una cierta y notable reticencia por parte de los ancianos a ser más explícitos en estos temas, como muy bien dice Arantzazu existe cierta predisposición a tener lagunas de memoria al formular determinadas preguntas.

ICTERICIA

Una señal de posibles alteraciones del sistema hepático es la aparición de la “tiricia” con su particular colorido. De los remedios supuestamente mágicos para su curación, el narrador ha entrevistado a abuelas que lo realizaron con sus hijos, estaba el llevar a los enfermos a los arroyos y fuentes cercanos (es inútil anotar la particularidad de la necesidad de que sus aguas fueran puras y cristalinas, por aquellos años era la regla) con la intención de que pasaran cierto tiempo mirando las aguas que se deslizaban. La intensidad de la mirada producía la expulsión del mal que pasaba a la corriente líquida. Recuerde el efecto purificador de las aguas.

La tiricia es una enfermedad fuertemente conectada a la energía ocular desde hace milenios y por diferentes pueblos.

Creíase en la antigua Roma que ciertas aves, la avutarda o el chorlito según Plutarco, (Amades encontraría con profusión la misma creencia en Cataluña) que con la acción de mirar al afectado éste se restablecía. En esta situación era la intensidad de su mirada la que sanaba al enfermo, expulsando la ictericia. Conocido es la picaresca de los propietarios de antedichos pájaros milagrosos, tapaban sus jaulas con velos en evitación de posibles curaciones sin haber desembolsado el previo estipendio por parte del enfermo. En nuestra patria una de las aves con este poder es la chocha. Reminiscencias o residuos culturales de aquellas tradiciones se encuentran en que no fueron las aves las únicas que poseían el privilegio de restablecer con su mirada a los enfermos de esta enfermedad, el autor ha recogido el testimonio, que por razones fáciles de entender omitirá cualquier identificación, de un hombre habitante de uno de los pueblos del Campo de Montiel que gozó de una reputada celebridad como sanador de la ictericia. Acudían a él para que “clavara” sus ojos sobre los afectados de la varias veces citada ictericia. Seriamente se le ha comunicado que más de uno sanó.

TOSFERINA

Esta peligrosa enfermedad que tantas angustias y lágrimas llevó a los hogares manchegos era combatida mágicamente llevando al enfermo a un enclave geográfico específico, ¿vestigios de poderes telúricos y líneas geománticas? y hora fijada para que le dieran los vientos durante cierto período de tiempo.

En Torre de Juan Abad el lugar elegido y único que reunía las condiciones prestablecidas era el conocido como la Serrezuela, la hora: el alba. El proceso duraba nueve semanas.

En La Puebla del Príncipe el enclave fue el calar, y las horas del anochecer. No consta en la información recibida la duración del tratamiento. La creencia asegura que los aires liberaban al enfermo de la tos ferina, portándola consigo.

VERRUGAS

Para finalizar esta colaboración a modo de introducción a futuros trabajos sobre la medicina popular daremos de mano con las verrugas, que si bien no son enfermedad propiamente dicha sí los procedimientos a seguir entran en el campo en el cual caminamos cautamente. Sin la necesidad de acudir a ciertos individuos cuyas maniobras apoyadas con su saliva de propiedades curativas son mano de santo para su desaparición, hemos podido recoger una serie de “técnicas de transmisión” bastante curiosas.

El verrugoso que deseaba hacer desaparecer sus antiestéticas excrecencias debía hacerse con tantos granos de sal como verrugas tuviere. Situarse de espaldas a un pozo y sin mirar echar los granos en él para a continuación salir corriendo. Aquí notamos a faltar la presencia de una oración propiciatoria presente en situaciones parecidas y en otros lugares de la península ibérica. La homeopatía es evidente: eran las verrugas que se lanzaban a las aguas del pozo.

De igual forma se conseguía la transmisión de esta alteración epidérmica haciéndose con un trozo de carne de carnero o cordero recientemente sacrificado, (uno de los informantes advirtió del necesario degollamiento del animal) frotarse enérgicamente las verrugas una y otra vez, algunos apuntan la cantidad de siete veces como la exacta para la buena consecución de la terapia, para después esconder la porción de carne utilizada en un apartado rincón desconocido para la persona protagonista de la operación, siendo imprescindible que ésta no tuviera la más mínima posibilidad de ver el carnero-cordero usado. Al irse secando la carne del animal un proceso idéntico sufrían las verrugas. Para completar el tratamiento existía la prohibición expresa de lavar la parte del cuerpo afectada.