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EL DANCE EN SARIÑENA

GARRIDO PALACIOS, Manuel

Publicado en el año 1993 en la Revista de Folklore número 155.

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«Tras esto entró otra danza de artificio;
y de las que llaman habladas».

(El Quijote. Miguel de Cervantes. T. II. Cap. 20)

El dance llega en masculino –dicen- para «diferenciarlo de la danza, matiza su vigor, su carácter guerrero, su culto a la fuerza y a la destreza». Relacionan en este pueblo oscense su dance con «huellas de teatro indígena», y cada parte tiene su nombre: Jilguero, Cardelina, Broquel, Pastorcilla, Hojita del pino, Danza de la procesión, Torno (Degollado), Tarirán, Viejo y Pasacalle de San Antolín. Las noticias fechadas que se han encontrado situan al dance a principios del siglo diecisiete, junto a la Morisma, de Ainsa, de la que tanto sabe Angel Conte, en cuyo tiempo concreto -1678- las Cortes, reunidas en Zaragoza, «otorgan por Fuero una subvención de diez libras jaquesas como ayuda al esplendor de las fiestas». El dance no para en las músicas y movimientos citados, se completa con pastorada, dichos, motadas, lucha de turcos y cristianos y ofrenda. Hay otros dances cercanos: Sena, Pallaruelo de Monegros, Robres. Aquí, en Sariñena, preside estos actos San Antolín, o Antolino de Apamia, Patrón del pueblo, «aquél que sufrió martirio por manos de los gentiles allá en el río Arejías», según el romance que canta el que reparte la prensa. Se empieza con un «tarirán», onomatopeya rítmica que evita dar nombre concreto al molinete que hacen los danzantes para pedir silencio al público. Estos quedan formados en dos filas, con el Rabadán y el Mayoral en punta, quien se adelanta a decir la fórmula ritual de cada año:

Hoy día dos de Septiembre,
señores, yo me presento...

Mayoral y Rabadán hacen un diálogo, al que llaman «pastorada», que contiene, en síntesis, argumentos sobre la justificación de la fiesta.

Aprieta el codo, gaitero,
y tócame el tarirán.

Tras otro «tarirán» se pasa a los dichos y a las «motadas». Aquí hablan los danzantes. Cada uno dice unos versos a San Antolín:

Es San Antolín Patrón,
las campanas van a bando
por milagro del Señor.

Hijo de Apamia nacido
donde os ganásteis el cielo
pasando muchos martirios.

El Mayoral suele contestarles improvisando una sátira o con el mote que tenga el aludido: «Tengo que responderles con una motada, o una matracada, que es, más o menos, ponerle la cara roja a uno por lo que le haya ocurrido durante el año. A un danzante que iba cojeando en enero le dije:

Yo voy a decirle algo
a este buen compañero
de una enfermedad extraña
que tuvo este mes de Enero.
Un día lo ví por el pueblo caminando,
caminando con alpargatas sin tela
y además iba cojeando.
Y le pregunté: -Fulano,
¿qué tienes ahí en el pie?
-Eso no te lo puedes pensar,
y para que estés enterado
yo te lo voy a contar:
pues sabe que hace tres días
me dieron unos dolores
que no los pude aguantar,
y cuando el médico llegó
ya se me alivió un poqué
y le dije yo al doctor,
ya le voy a decir lo que es:
que comí anoche caracoles
y tengo un cólico en el pie.

Y viene el dance, lo que consideran «plato fuerte», excepto la danza del «Degollau», que la incluyen en un drama popular que representan con intervención de gentes vestidas de moros y cristianos. «Entre pasacalles y mudanzas, aparte de los títulos de cada una, habrá unos treinta y cinco pasos diferentes -dice Antonio- con sus músicas, poco notables por los forasteros, a quienes parecen todas iguales». El Mayoral y los danzantes se consideran en posesión del secreto, que mantienen en grupo cerrado. No puede participar cualquiera en el dance y el Mayoral y el Rabadán siempre son los mismos de por vida, y de puestos heredados. Antonio, por ejemplo, entró en el año treinta y nueve de volante, o sea, de chico con faldilla, ascendió y llegó a general cristiano, general turco, diablo y por fin, jefe, responsable, organizador. «La batalla entre cristianos y turcos -a veces moros- la resuelve un ángel, y luego llega el diablo y echa a perder todo lo que el ángel ha hecho»:

En aquella Iglesia,
en aquel lugar,
arden cuatro velas
y un cirio pascual,
a San Antolino
hay que acompañar.

Recitan una muestra de dichos, conservados desde 1946, añadiendo que «una recopilación de éstos se convertiría en una auténtica historia local».

A San Antolín glorioso
gracias le debemos dar
por haber tenido este año
una cosecha tal cual,
porque este año tendremos
más abundancia de pan,
que buena falta nos hace
para no pasarlo tan mal.
En los hogares modestos,
por carecer de pesetas,
había a elegir dos platos:
el segundo, caracoles,
el primero, farinetas.

Luego pasamos a Mayo
y lloviendo continuaba,
ya causa de tanta lluvia
la cosecha fue retrasada

Si en algo les he faltau
ya me pueden dispensar,
pues se trata de una broma
aunque es la pura verdad.

El romance a San Antolín sigue y termina:

Y aún os pareció poco
lo que habíais padecido
que permitísteis os echaran
a un caudaloso río,
atada una piedra al cuello
que os sirvió de navío,
y vos, por encima del agua,
siempre predicando.
Un peregrino
atajó el agua y cogió
el dedo de mi Antolino
con un rótulo grabado:
«A Sariñena camino».
Las campanas por sí mismas
comienzan a dar aviso,
ellas solas se dan vueltas
sin darles fuerza o auxilio.
En éstas bajó del cielo
un cirio blanco encendido,
pasó por una vidriera
sin quebrantar ningún vidrio,
y un verjado que encontró,
el hierro a pedazos hizo.
Nueve años ardió en el aire
sin menguar ni haber crecido,
hasta que la reina mora
su malicia ha discurrido.
Toda su malicia era
querer apagar el cirio,
le echaba agua y más agua
y el cirio vivo que vivo.
Cuanto más lo martirizaban
el cirio más encendido,
hasta que una vil criada
a su señora le dijo:
-Echele sal y vinagre,
que es la bebida de Cristo.
Y apenas se lo hubo echado
quedó apagado aquel cirio.
En éstas se abrió un nublón
que estas palabras ha dicho:
-¡Oh, dichosa Sariñena,
qué dicha habéis tenido,
la reliquia que adoráis
es el dedo de Antolinó!.

Es mediodía. Me hablan de cantos fúnebres, del homenaje a la campana, del pleito al Sol y de la picadura de la tarántula, que daba pie a la tarantela. Tomo notas y dejo la puerta entornada para volver. Por el camino entono a veces, sin querer, el «tarirán tarirán» del tamborilero.