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LA COMUNIDAD DE REGANTES DE LA RIBERA DE CASTILLA EN SEPÚLVEDA

SANZ, Ignacio

Publicado en el año 1993 en la Revista de Folklore número 156.

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Gabriel María Vergara Martín, pionero de los estudios antropológicos, dedica un capítulo de su libro «Derecho Consuetudinario y Economía Popular de la Provincia de Segovia» a las comunidades de regantes de la cacera del río Pirón, cuyas ordenanzas, redactadas en Torrecaballeros en el año 1734 trascribe literalmente; dichas ordenanzas afectan a los pueblos de la cuenca alta del mencionado río. En ese capítulo aporta noticias de la cacera de Navalcaz o de la comunidad de regantes formada por los vecinos de Turégano y Caballar. Si aludo a este trabajo del profesor Vergara es, sobre todo, para dejar testimonio de la preocupación de los pueblos por la regulación de sus aguas y por la antigüedad de las ordenanzas que tienen una clara raíz consuetudinaria. Por otro lado, no es de extrañar que así sea: El agua, fuente de vida, ha sido desde siempre un bien escaso y por ello codiciado. Su aprovechamiento ha dado lugar a asentamientos humanos, pero también a grandes conflictos y disputas colectivas. Por todo ello los pueblos, preocupados por su propia armonía y bienestar, han regulado su uso racional y solidario.

EL CASO DE SEPÚLVEDA

La villa de Sepúlveda, situada al noroeste de la provincia de Segovia, se alza sobre unos terrenos abruptos y montuosos entre la confluencia de los ríos Duratón y Caslilla, que conforman una profunda depresión, lo que hace que su terreno no tenga aprovechamiento agrícola. De hecho, históricamente, Sepúlveda, como villa de servicios, cabeza de partido y cabeza de Comunidad de Villa y Tierra, ha concentrado Notaría, Registro de la Propiedad, Juzgado, mercado semanal, comercios; además, durante el siglo XIX, según Madoz, tuvo tenerías, tintes, batanes, telares de lienzo y sayales, molinos y explotación de canteras, así como lo que hoy, de manera genérica, se entiende como servicios.

Pero como apuntábamos arriba, ha carecido de agricultura extensiva, siendo sus tierras escarpadas propicias tan sólo para el aprovechamiento de pastos ovinos que tanta celebridad ha acarreado a sus asados de cordero.

A pesar de lo dicho, en la estrecha franja que conforma el valle del Caslilla poco antes de que sus aguas confluyan en el Duratón, se extiende un vallejo de huertas cuyos productos son muy apreciados, dada la bondad del clima que protege al valle de los rigores de los hielos.

El propósito de este artículo es analizar el carácter consuetudinario por el que se rigen los riegos de las huertas situadas en la ribera del Caslilla. Pues si bien, en la actualidad, existen unas ordenanzas impresas en 1922, en el encabezamiento de las mismas se dice que el alcalde comisionó «a varios de los individuos de su seno la confección de otras nuevas, que estuvieran más en armonía con las costumbres, usos y necesidades modernos».

En el pago conocido como Pasaderas de Otoya, a unos dos kilómetros de la Puerta del Río y cerca del paraje de la Fuente del Caldero, se encuentra la Presa de los Hortelanos, que recoge el agua. De la presa parte la cacera que recorre todo el valle de las huertas hasta el antiguo puente de Duruelo. «Tanto la presa como la cacera, así como un trampón y una quebrada de veinticinco centímetros de diámetro por donde se vierten las aguas en el caso de crecida del río», pertenecen a la comunidad de regantes.

En 1922 la relación de huertas es de cuarenta y nueve. Suponemos que la duración del riego viene determinada por la extensión de la huerta, ya que algunas tienen tan sólo una hora, mientras que a una en concreto se le asignan diecisiete horas.

Los gastos derivados de la construcción, reparación y conservación de la presa y cacera se sufragan en proporción al número de horas de riego.

La junta directiva se designa en junta general y se compone de un presidente, un secretario, un tesorero y dos vocales, siendo el número de votos igual al número de fincas.

El turno de riego comenzaba el 25 de Abril y termina el 29 de Septiembre.

Se prescriben una serie de penas a los comuneros que infrinjan las ordenanzas, que fueron aprobadas el 15 de Abril de 1922.

Con estas ordenanzas, sintéticamente trascritas, se rige en la actualidad la comunidad de regantes, que ha visto reducido el número de huertas cultivadas y, por tanto, el número de comuneros, que ahora no exceden de treinta y cinco.

FIESTA RITUAL

Ahora bien, en las ordenanzas no aparecen recogidos los contenidos de una fiesta ritual que antiguamente se celebraba el 24 de Abril, víspera de San Marcos, a no ser que coincidiera con el jueves o el sábado que eran días de mercado, en cuyo caso se trasladaba al día siguiente. Se conocía dicha fiesta como «abrir la regadera» o «echar las aguas». Ese día se juntaban los hortelanos, previa citación por parte de la junta, frente a la puerta del batán; allí mismo se les servía vino y comenzaba a sonar la música en cuya animada compañía recorrían la cacera, reparando los desperfectos. En el casillo del batán se almorzaba. Cada hortelano aportaba su comida y luego se continuaba hasta llegar a la presa. En el recorrido de ida y vuelta, de casi cuatro kilómetros, se empleaba la mañana.

Seguidamente se comía y se bebía en abundancia y luego, para rebajar vapores, se bailaba de nuevo al son de la dulzaina. Por la tarde continuaba la fiesta hasta concluir el día, formándose corros de baile en la Puerta del Río cuyo barrio ha estado habitado tradicionalmente por hortelanos. Aquellos comuneros que no asistían a echar el agua se les imponía multa, haciéndoles cargar, normalmente, con el importe del vino.

Esta comunidad contaba con un santo de los hortelanos, según nos indicó Marcelino de la Paz, nuestro informante, que no supo decirnos de qué santo se trataba. La imagen se veneraba en la iglesia de San Justo y con motivo de las obras de reparación que se hicieron en la misma hacia 1960, hubo que desmantelar la iglesia y ya nunca más se ha vuelto a ver la imagen.

En la actualidad la fiesta se sigue celebrando si bien muy menguada de contenidos. Para empezar, ya no se hace el 24 de Abril sino el día que decide la junta directiva que suele coincidir, en función de cómo gobierne el tiempo, con los últimos días de Abril o los primeros de Mayo. Eso sí, se sigue recorriendo la cacera y reparando los desperfectos hasta llegar a la presa; y continúa el vino junto con la merienda como parte del rito aunque se ha suprimido la música, la comida y, naturalmente, el baile. Para hacerse una idea de la caída en picado de la fiesta baste comparar las seis arrobas de vino que se consumían en los años cuarenta y cincuenta con la arroba y media que se consume en la actualidad. Lo curioso es que el vino se sigue sufragando con la multa que pagan aquellos hortelanos que no asisten, no así el resto de los gastos derivados de la explotación del riego que se sufragan entre todos de manera proporcionada a las horas de riego que tiene asignada cada huerta.

Digamos, para acabar, que los productos recogidos en las huertas más encomiados por su suavidad eran patatas, pimientos y tomates, aunque nadie desdeñe las acelgas, calabacines, remolachas de mesa, judías verdes, repollos, coliflores o guindillas que también se producen y se estiman en la mesa.

BIBLIOGRAFÍA

VERGARA MARTIN, Gabriel María: Derecho Consuetudinario y Economía Popular de la Provincia de Segovia. Madrid. Imprenta del Asilo de Huérfanos del S. C. De Jesús. 1909.

Ordenanzas de la Comunidad de Regantes de la ribera del Caslilla de Sepúlveda.

MADOZ, Pascual: Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España. Edición facsímil de la provincia de Segovia. Ambito. Valladolid, 1984.