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La Leyenda de la Virgen de Guadalupe. I: La traslación

DOMINGUEZ MORENO, José María

Publicado en el año 1994 en la Revista de Folklore número 158.

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I.LAS FUENTES

«... Considerando el muy reverendo padre fray Alonso de Oropesa, general de la Orden de nuestro generoso padre San Jerónimo, doctor y luz de los doctores de la Iglesia..., acordó con los padres definidores del capítulo general, que se celebró el año de 1459, que cada prior hiciese escribir la fundación de su monasterio, porque fuese dada razón de ella a los que quisiesen saber; y esto mismo fue después mandado por el reverendo padre fray Leonardo de Aguilar, siendo general, en el capítulo general que se celebró en el año de 1501. y que asímismo fuesen escritas las cosas notables y de buena edificación que los priores y frailes de la Orden por la gracia de Dios hiciesen y se supiese de muy ciencia cierta haber hecho...».

Con esta larga parrafada Fray Diego de Ecija, conocido cronista de la Orden Jerónima y del Monasterio de Guadalupe, justifica la escritura de su Libro de la Ynvención de esta Sancta Imagen de Guadalupe y de la ereçión y fundaçión deste Monasterio, de algunas cosas particulares y vida de algunos santos religiosos de él. Dicho manuscrito, encuadrado bajo la signatura C-lO, se conserva en el Archivo del Monasterio de Guadalupe (1).

A tenor de la citada decisión capitular de 1459 aparecen los dos primeros «historiadores» del Monasterio de nombre conocido. Son éstos Fray Alonso de la Rambla, muerto en 1474, y Fray Pedro de Guadalupe, maestro de novicios, recordados ambos en el códice setenta del Archivo del Monasterio (2). Dicho códice no es más que una copia iniciada hacia 1524, de la narración recogida en el C-6 del mismo Archivo y manuscrita entre los finales del siglo XV y los principios del XVI. Nada añade el amanuense a las aportaciones que se nos antojan nulas o escasas, que los dos frailes jerónimos hicieran para el conocimiento de la historia legendaria de Nuestra Señora de Guadalupe.

La susodicha obra del Padre Ecija se manifiesta como una consecuencia directa de la segunda de las disposiciones generales, es decir, la del año 1501. En su Libro de la Ynvención, según consta en la propia obra, elaborada a lo largo de 1514, el Padre Ecija va a utilizar documentos más antiguos y que a la sazón él custodiaba en la biblioteca del Monasterio: « ...Y como hallé escrito un libro muy antiguo de muy viejo, que había más de cien años que era escrito, en pergamino, antes que éste se escribiese que fue en el año de 1514 años» (3). Con toda probabilidad el libro muy antiguo de muy viejo que sirve de base a la crónica de Fray Diego, teniendo en cuenta esos cien años que se le atribuyen, ha de ser el titulado Fundación antigua desta casa de Guadalupe. Con la exclaustración de los jerónimos en 1835 este primer manuscrito llegó a parar al Archivo Histórico Nacional, en Madrid, donde se conserva bajo la codificación de C-48 B. Tal documento debió escribirse entre los años 1400 y 1440, aunque algunos escritores alejan la fecha hasta finales del siglo XIV (4). Una copia del C-48 B (5) es otro manuscrito del Archivo del Monasterio, cuya titulación responde a De los miraglos de Nuestra Señora de Santa María de Guadalupe y primeramente de la fundación desta su Sancta Casa y que presenta la signatura C-1 como referencia (6). El original corresponde a un volumen de pergaminos de 266 folios, con unas medidas de 22 por 29 centímetros y encuadernación en tabla forrada de cuero y planchas labradas. El tipo de letra hace que lo datemos como de finales del siglo XV o principios del XVI (7). Con claridad observamos en el C-1 ligeras adiciones, modificaciones y omisiones respecto al C-48 B, sin que ninguna de ellas repercuta mínimamente en el análisis de la invención. Lo mismo cabe decir de otras copias, cuasi facsímiles, del siglo XVI, lo que ocurre con el Códice 101 B, conservado en el Archivo Histórico Nacional, y con el códice III, 222, del Archivo del Monasterio de San Lorenzo del Escorial (8).

El hecho de que el cronista por excelencia de la Orden Jerónima en el Monasterio, Fray Diego de Ecija, hubiera tenido a su cuidado el oficio de la escribanía le facilitaba el ser conocedor de todo cuanto se custodiaba en la vieja biblioteca acerca de la Virgen de Guadalupe. Por ello no nos extraña que, amén de los fondos manuscritos referidos anteriormente, su Libro de la Ynvención beba a borbotones de los Milagros de Nuestra Señora de Guadalupe, desde el año 1420 a 1503, redactado posiblemente cuando el siglo XV andaba en su último tercio. Se trata del Códice 3 del Archivo del Monasterio de Guadalupe. Aunque el interés del escribano estribaba en recoger los numerosos milagros atribuidos a la indicada Nuestra Señora, tiene a bien insertar en los primeros folios de los 190 que componen el cuadernillo una curiosa versión de la leyenda. El capítulo bibliográfico del Padre Ecija, aun suponiendo la existencia de escritos actualmente desaparecidos o desconocidos, se completaría con las aportaciones manuscritas de los enunciados más arriba Fray Alonso de la Rambla y Fray Pedro de Guadalupe, a los que se cita en el Códice 70 del Archivo del Monasterio de Guadalupe (9) sin aportar luz alguna sobre los que serían sus originales. La copia de este códice, por lo que se desprende de algunos aspectos caligráficos, debió ser comenzada hacia 1524. A unas décadas ligeramente anteriores, puesto que se supone escrito a caballo de los siglos XV y XVI, pertenece el Códice 6, que en la actualidad se conserva en el archivo monacal.

Un análisis de los últimos códices reseñados y del Libro de la Ynvención nos sugiere que más que una influencia de aquéllos en éste, lo que se da es una identidad casi total de redacción y de contenido, hasta el punto de que no faltan críticos que consideren que las tres obras han salido del magín del Padre Ecija. No hay que olvidar que el cronista jerónimo reside en Guadalupe desde 1479 hasta 1534, año en que fallece, según se desprende del estudio del Padre Barrado (10), y es entre estas dos fechas cuando se redactan los tres manuscritos (11).

Con todo lo dicho más arriba llegamos a la inevitable conclusión de que la obra de Fray Diego de Ecija constituye la síntesis o compendio de todas las crónicas bajo medievales sobre la leyenda de la invención de Nuestra Señora de Guadalupe. Ya dijimos, reseñando a su autor, que el Libro de la Ynvención fue escrito en el año 1514, aunque por razones que no acertamos a dilucidar el original desapareció. La copia más antigua, conservada también en el Archivo del Monasterio de Guadalupe, fue hecha por el amanuense en 1534, veintidos años después de la muerte de su autor.

De los escritos del Padre Ecija se desprende que el fraile jerónimo no sólo se beneficia de cuanto hasta la fecha se tenía en la biblioteca del Monasterio, sino que para completar determinados pasajes recurre a la tradición que mantienen viva los devotos de Nuestra Señora de Guadalupe y los propios frailes de Guadalupe y a la interpolación de aspectos ajenos a esta leyenda. Lo primero queda claro en el reiterado empleo de muletillas, tales como que se dice, según dijeron los padres antiguos de esta casa, como nuestros padres antiguos dijeron..., que suelen anteceder a informaciones sobre la leyenda innovadoras respecto a manuscritos anteriores. En lo que atañe a las adiciones salidas de la pluma de Fray Diego, basta fijarnos en las concomitaciones existentes entre la leyenda de Guadalupe reflejadas en el manuscrito y la leyenda de la Virgen del Valle, de Ecija, ciudad de origen del cronista jerónimo (12).

A partir de los escritos de Fray Diego de Ecija la leyenda sufrirá toda una serie de reelaboraciones que la alejan en demasía del tratamiento que recibe en las obras manuscritas de la Baja Edad Media. Esa otra forma de acercarnos a la leyenda de Nuestra Señora de Guadalupe halla su punto álgido a los finales del siglo XVI con el libro de Fray Gabriel de Talavera Historia de Nuestra Señora de Guadalupe, consagrada a la soberana magestad de la Reyna de los Angeles, milagrosa patrona deste sanctuario (13). Quiere esto decir que la obra del Padre Talavera nos parece de escaso provecho para el estudio de la primitiva leyenda. Otro tanto nos sucede con las posteriores publicaciones de Fray Diego de Montalvo (14), de Fray Juan de Malagón{15), de Fray Francisco de San José (16) y de Fray Federico Sapieh (17), que ven la luz a lo largo de los siglos XVII y XVIII.

II.-CRONICA DE LA TRASLACION E INVENCION DE LA VIRGEN DE GUADALUPE

A pesar de que el C-3 es el más antiguo de cuantos existen en el Archivo del Monasterio de Guadalupe que refiere la leyenda de la invención de Nuestra Señora, hemos preferido acercarnos a la misma mediante la impresión de C-1. Como razones para así decidimos sirven la mayor riqueza expositiva que observamos en este códice y, lo que es más importante, el hecho de que la versión aquí recogida se confunde con la del C-48 B, del Archivo Histórico Nacional (18), el primero de los códices que se conservan sobre el particular (19).

Capítulo I. De cómo San Gregorio envió a España la imagen de Santa María de Guadalupe a San Leandro, Arzobispo de Sevilla.

En el tiempo que reinaba Rescesvinto... (20) era Papa de Roma el glorioso doctor San Gregorio. El cual tenía en su cámara un oratorio en el cual tenía muchas reliquias, entre las cuales tenía la imagen de Nuestra Señora Santa María...

...envió nuestro Señor Dios una pestilencia muy espantosa en el pueblo romano; y que andando las personas o estornudando o bostezando se caían muertos en el suelo. Y viendo este glorioso doctor esta plaga tan cruel, púsose en oración delante de aquella imagen de nuestra Señora, rogando a nuestro Señor Dios y a ella que los pluguiese tener piedad de su pueblo.

...Y ordenó este santo padre San Gregorio una solemne procesión...y en esta procesión llevaba San Gregorio la imagen de Nuestra Señora Santa María arriba dicha...

...Y cesó luego la pestilencia...y acabada la procesión volvió San Gregorio a su palacio, y puso la imagen en su oratorio.

Capítulo II. Cómo San Gregorio envió a San Leandro, arzobispo de Sevilla, la dicha imagen y lo que por ella fue mostrado en el mar.

Conociendo el bienaventurado San Gregorio que era muy necesario para servicio de Dios y ensalzamiento de nuestra fe que se juntase concilio, envió con solemnes mensajeros a llamar por sus cartas a San Leandro, arzobispo de Sevilla, y a otros muchos prelados... El cual viendo que no podía ir entonces allá, respondió por sus cartas poniendo en ellas sus escusas legítimas; pero, envió con ellas a su hermano San Isidoro y a otros prelados. Los cuales como embarcasen en la mar, llegaron muy pronto a Roma...

Y díjole San Gregorio: Hijo, el arzobispo tu hermano me envió demandar las escrituras que he hecho sobre Job, y las homilías que escribí sobre los evangelios... y yo le quiero enviar esta imagen de nuestra Señora que tengo en mi oratorio, y esta cruz y un palio... y quiero enviarle estas santas reliquias que tenemos... Y aparejados los que mandaron volver a Sevilla, mandó San Gregorio poner la imagen y las santas reliquias, y las santas escrituras en un arca muy noble...

Y viniendo por mar resolvió el demonio muy gran tormenta...y como esto viese un santo clérigo que ahí iba, abrió el arca que contenía la imagen de nuestra Señora Santa María, y la tomó en los brazos y saltó con ella sobre el navío. Y luego, en esa hora, pareció todo el navío lleno de cirios encendidos, y cesó toda aquella tormenta...y desde que llegaron a Sevilla fuéronse al palacio del arzobispo...Y abriendo San Leandro el arca en que venía la dicha imagen, la sacó con mucha alegría y devoción; y la puso en su oratorio y las santas otras reliquias.

Capítulo III. De cómo fue traída la dicha imagen de nuestra Señora por los clérigos de Sevilla y como la dejaron en este lugar escondida huyendo por miedo a los moros.

En el tiempo en que reinaba don Rodrigo... pasaron tantos moros sobre el mar que no podrían ser contados; los cuales desembarcaron en el puerto de Gibraltar.

Por esta causa huyeron de Sevilla todas las gentes. Entre las cuales también huyeron unos clérigos devotos y de santa vida; y trajeron consigo la dicha imagen de nuestra Señora, Santa María, y la cruz y las santas otras reliquias. Y viniendo huyendo cuando, fuera del camino, llegaron a un río que llaman Guadalupe. Y junto con él estaban unas grandes montañas. Y en esas montañas hallaron una ermita y un sepulcro de mármol, en el cual estaba puesto el cuerpo de San Fulgencio, cuyos huesos están ahora enterrados en el altar mayor de esta iglesia de nuestra Señora Santa María de Guadalupe. Y estos devotos clérigos hicieron una cueva dentro de la ermita, a manera de sepulcro y pusieron dentro la dicha imagen de nuestra Señora, y con ella, una campanilla y una carta y cercaron aquella cueva con muy grandes piedras, y pusieron encima unas piedras grandes y se fueron de ahí.

Y en la carta que dejaron con la imagen, de Santa María estaba escrito cómo aquella imagen de Santa María tenía San Gregorio en su oratorio y que la hiciera San Lucas (21) y cómo San Gregorio la trajera en procesión y cesara la pestilencia: y cómo la envió San Gregorio de Roma a San Leandro, arzobispo de Sevilla, con otras santas reliquias que le envió el Papa San Gregorio: y como fuera allí traída por unos clérigos devotos...

Capítulo IV. De cómo fue hallada y revelada la dicha imagen de nuestra Señora por el milagro del pastor y de lo que entonces acaeció.

En el tiempo que este rey don Alonso (22) reinaba en España apareció nuestra Señora, la Virgen María a un pastor de las montañas de Guadalupe de esta manera: andando unos pastores guardando sus vacas cerca de un lugar que llaman Halía, en una dehesa que se dice dehesa de Guadalupe, uno de esos pastores que era natural de Cáceres, donde aún tenía su mujer e hijos, halló menos una vaca de las suyas. El cual se apartó de ahí por espacio de tres días buscándola. Y no encontrándola, se metió en unas grandes montañas que estaban río arriba, a su búsqueda; y se apartó a unos grandes robledales y vio que estaba allí su vaca, muerta y cerca de una fuente pequeña.

Y al ver su vaca muerta, se llegó a ella; y moviéndola con diligencia, y no hallándola mordida de lobos ni herida de otra cosa, quedó muy maravillado: y sacó luego su cuchillo de la vaina para desollarla. Y abriéndola por el pecho a manera de cruz, según es costumbre desollar, luego se levantó la vaca. Y él, muy espantado, se apartó del lugar; y la vaca estuvo quieta. Y luego, en esa hora, apareció ahí visible nuestra Señora la Virgen María a este dichoso pastor y díjole así: «No tengas miedo; pues yo soy la madre de Dios, por la cual el linaje humano alcanzó redención. Toma tu vaca y vete, y ponla con las otras; pues de esta vaca habrás otras muchas, en memoria de esta aparición. Y después que pusieres tu vaca con las otras, irás luego a tu tierra, y dirás a los clérigos y a las otras gentes que vengan aquí, a este lugar donde yo me aparecí a tí: y que caven aquí y hallarán una imagen mía».

Y después que la santa Virgen le dijo estas cosas y otras, las cuales se contienen en este capítulo, luego desapareció. y el pastor tomó su vaca, y se fue con ella y la puso con las otras. Y contó a sus compañeros todas las cosas que le habían acaecido. Y como ellos hicieren burla de él, respondióles y les dijo: «Amigos, no tengáis en poco estas cosas. Y si no queréis creerme, creed aquella señal que la vaca trae en los pechos, a manera de cruz», y luego le creyeron.

Y el citado pastor, despidiéndose luego de ellos, se fue para su tierra. Y por donde iba contaba a todos cuantos hallaba este milagro que le había ocurrido. Y al llegar a su casa encontró a su mujer llorando, y le dijo: «¿Por qué lloras?». Y ella le respondió, diciendo: «Nuestro hijo está muerto», y díjole él: «No tengas miedo ni llores: pues yo le prometo a Santa María de Guadalupe para servidor de su casa, y ella me lo dará vivo y sano».

Y luego, en esa hora, se levantó el mozo vivo y sano, y dijo a su padre: «Señor padre, preparaos y vamos para Santa María de Guadalupe». Por lo cual, cuantos allí estaban presentes y vieron este milagro, quedaron muy maravillados, y creyeron después todas las cosas que este pastor decía de la aparición de la Virgen María. Y luego, este dicho pastor llegó a los clérigos y les dijo así: «Señores, sabed que me apareció nuestra Señora la Virgen María en las montañas cerca del río Guadalupe, y me mandó que os dijera que fueseis allí donde me apareció, y encontraríais una imagen suya; y la sacaseis de allí; y le hicieseis allí una casa. Y me mandó que dijese más: que los que tuviesen a cargo su casa, diesen a comer una vez al día a todos los pobres que a ella viniesen. Y me dijo más: que haría venir a esta su casa muchas gentes de diversas partes, por muchos y grandes milagros que ella haría por todas partes del mundo, así por mar como por tierra; y me dijo más: que allí, en aquella gran montaña, se haría un gran pueblo».

Y después que los clérigos y las otras gentes escucharon estas cosas pusieron luego en obra lo que les había dicho este pastor: los cuales; partiendo de Cáceres anduvieron su camino hasta llegar a aquel lugar, donde la santa Virgen María apareció al pastor. y después que llegaron, comenzaron a cavar en aquel mismo lugar donde el citado pastor les mostró, que le había aparecido nuestra Señora Santa María. Y ellos, cavando allí, hallaron una cueva a manera de sepulcro, dentro del cual estaba la imagen de Santa María, y una campanilla y una carta con ella; y sacáronlo todo allí, con una piedra donde la imagen estaba sentada. Y todas las piedras que estaban al derredor de la cueva y encima, todas las quebraron las gentes que vinieron entonces y se las llevaron por reliquias.

Y luego edificaron ahí una casa de piedras secas y de palos verdes, y la cubrieron de corchas; y pusieron en ella la dicha imagen con la campana y la carta. Y el sobredicho pastor se quedó como guardador de esta ermita, y como servidores continuos de santa María él y su mujer e hijos y todo su linaje. Y sabed que con estas gentes llegaron también muchos enfermos, los cuales, en tocando la dicha imagen de santa María, luego cobraban la salud de todas sus enfermedades y volvían a sus tierras dando gracias al Señor y a la Virgen Santa María por los grandes milagros que había hecho. Y luego que fueron estos milagros publicados por toda España, venían muchas gentes de diversas partes a visitar esta imagen, en reverencia a la Virgen santa María, por cuyos méritos y ruegos nuestro Señor, Dios, tantos milagros y maravillas hacía a los que con devoción la visitaban. Y como ya el dicho rey don Alonso supiese estos milagros, hubo un escrito que hallaron con la dicha imagen de santa María, y mandó que fuese trasladado en sus crónicas reales. Y poco después hubo una batalla con los moros. y temiendo ser vencido en ella, prometióse el rey a Santa María de Guadalupe, de la cual fue luego socorrido en tal manera que fue vencedor. Y pasada la batalla, vino luego a esta casa de Guadalupe cumplir el voto que había hecho; y trajo muchas cosas de las que se ganaron en la batalla, para servicio de la casa de nuestra Señora. Entre las cuales cosas trajeron muchas ollas de metal que sirvieron aquí mucho tiempo a los peregrinos...

III.PRIMERA INTERPRETACION

La leyenda de la Virgen de Guadalupe reflejada en los párrafos anteriores, amén de la exquisita belleza, nos ofrece toda una amalgama de aspectos simbólicos que llaman poderosamente la atención. No quiere nuestra afirmación significar que este relato y los que recogen los viejos códices, así como las crónicas posteriores, no estén cuajados de ciertos aconteceres históricos que pretendan dar a la leyenda guadalupana una impronta de autenticidad. Sin embargo, conforme profundizamos en sus estudios se constata que los hechos reales únicamente coexisten como revestimiento de lo que se manifiesta como historia mítica, lo que nos lleva a situar el análisis de lo simbólico como el punto más sobresaliente de este estudio. Lógicamente no vamos a descuidar otros aspectos.

La imagen que se venera en el Monasterio de Guadalupe, según los análisis químicos efectuados por Sebastián de la Torre en 1968. fue tallada en madera de Líbano. Es una imagen sedente. con el Niño colocado en la parte central del regazo, que hace las funciones de Tronum Dei. A lo largo de los siglos esta talla ha sufrido distintas restauraciones. que en más de una ocasión se convirtieron en auténticas mutaciones de la imagen. Tras la última y más acertada restauración, llevada acabo en la década de 1980, las dimensiones de la talla han quedado ligeramente reducidas gracias a la eliminación de tardíos aditamentos, alcanzando una altura total de 59 centímetros. Por otro lado. este último tratamiento ha permitido el conocimiento integral de una imagen que siempre se muestra vestida. Destacan en ella la frontalidad, la nariz recta y el mentón ateniense, los grandes ojos, las posturas hieráticas y una cabeza desproporcionadamente grande en relación con el resto del cuerpo. La morenez de los rostros de la Virgen y del Niño la llevan a su inclusión en el catálogo de las denominadas Vírgenes Negras de la Europa Occidental del siglo XII. La mano izquierda la presenta entreabierta y caída por encima de la rodilla, en una actitud poco lógica de sujetar al Niño. En el siglo XV la primitiva mano derecha que sostenía la fruta que María mostraba al Niño fue sustituida por otra mano hecha expresamente para sostener el cetro.

Viste la Virgen una túnica de color azul-oliva y un manto de color rojo. El negro es el color de sus zapatos puntiagudos. Se cubre con un velo dorado que le baja desde la cabeza a los hombros. Está sentada en una sede o trono sin respaldo. Su parte posterior fue cortada en el siglo XIV con la finalidad de poder revestir la imagen. En este lado de la espalda se le practicó una oquedad para reducir el peso.

El Niño viste manto verde-dorado y túnica pintada de color rojo. La mano derecha, de plata, que vino a sustituir a la primitiva en el siglo XV, se muestra en actitud de bendecir. La izquierda sostiene el llamado Libro de la Vida. La efigie de Cristo mide 33 centímetros de alto y presenta los mismo rasgos arcaicos que hemos observado en su madre (23).

Las características de la talla, en la que se pone de relieve la más sencilla y popular inspiración románica, hacen que la fechemos como de la segunda mitad del siglo XII y que se le atribuya un origen leonés (24).

El estudio artístico de la imagen guadalupana, tal y como se refleja más arriba, entra en franca contradicción con la afirmación que se recoge en el C-l en el sentido de que el evangelista San Lucas fue el artífice de la talla. Ya de por sí sorprende el hecho de que los documentos más antiguos que narran la invención de Nuestra Señora de Guadalupe, es decir, el C-48 B del Archivo Histórico Nacional y el C-3 del Archivo del Monasterio, silencien este dato de tan primer orden, que sólo se explica por el desconocimiento que de ello tuvieran sus autores. En nuestra opinión se trata de un añadido posterior, ya que aparece por primera vez en el citado códice del siglo XVI, del que más tarde se hacen eco las obras de Diego de Ecija (25), Francisco de San José (26) y Juan de Malagón.

No es nueva esta adición en las narraciones marianas, puesto que lo que se dice para la Virgen de Guadalupe se refleja también en buen número de leyendas sobre imágenes de María a las que la tradición hace salir del taller de San Lucas. Por lo general son leyendas que en este aspecto y en otros muchos obedecen a un mismo arquetipo y que, como atinadamente sugiriera Rovira López en relación con la talla guadalupana (27), tienden a acercar los orígenes de sus imágenes a los propios orígenes del cristianismo. Sucede de esta guisa con las imágenes de Arconada (Palencia), de la Caridad (Huesca), de la Almudena (Madrid), de la Cabeza (Andújar), de la Fuencisla (Segovia), de Sonsoles (Avila), de Henar (Cuéllar) y de tantas otras vírgenes peninsulares (28) y europeas, encuadradas en bastantes ocasiones bajo la denominación de vírgenes negras (29).

Llama la atención que el Padre Ecija al aludir a la «Virgen María que él (San Gregorio) tenía en su oratorio» deja sumamente claro «que se dice haberla pintado el evangelista San Lucas, que era gran médico y pintor» (30). Luego, en relación a los regalos que el pontífice hace a San Leandro, escribe: «...y asimismo le envió la imagen de la Santísima Virgen María Nuestra Señora, que él tenía en su oratorio». A decir de los cronistas jerónimos, esta Nuestra Señora recibe culto en Sevilla hasta la llegada de los musulmanes, momento en que los clérigos de aquella ciudad optan por ocultarla en los vericuetos de Las Villuercas, y es, por consiguiente, la misma imagen que, desde el instante de su aparición es venerada en el Monasterio de Guadalupe. Si tomamos por base los escritos de Fray Diego de Ecija resulta sorprendente el constatar la mutación de esta imagen de la Virgen, por cuanto se nos presenta como un icono en los primeros tiempos y se nos muestra como una escultura tras el milagroso hallazgo. ¿Podríamos conjugar ambos extremos aceptando alguna vieja tradición que apunte que sólo la policromía de la talla fue obra del evangelista? o, lo que parece más verosímil, ¿se intuye en los cronistas un intento de significar que la imagen de Guadalupe sea una copia del original, supuestamente pintado por San Lucas, que San Gregorio dona al obispo de Sevilla? Este último interrogante participa de las tradiciones orientales que propugnan la influencia de los retratos atribuidos a San Lucas en la posterior iconografía mariana, como comprobaremos al acercarnos a ellos con algún detalle.

Los estudios históricos sobre San Lucas coinciden en afirmar que éste no conoció a Cristo. Por consiguiente, sus evangelios responden a una información de sus discípulos y de cuantas personas se movieron en su entorno. y entre estas personas próximas a Cristo destaca con luz propia la Virgen María. Santiago de la Vorágine, en pleno siglo XIII, escribía al respecto: «Igualmente se tiene por cierto que especialmente San Lucas recurrió a María como arca del testamento, y que la Virgen le proporcionó información abundante, especialmente sobre asuntos que solamente ella conocía, como los relativos a la anunciación del ángel, el nacimiento de Cristo y a otros temas que los otros evangelistas no mencionaron, y de los que únicamente Lucas trata» (31). Este acercamiento ( = conocimiento) del evangelista a la madre de Jesús va a alimentar la leyenda que convierte a San Lucas en pintor de María, leyenda que, como hemos visto y seguiremos viendo, choca frontalmente con la realidad de los hechos. Ya en sí sorprende que en las más críticas biografías de San Lucas no se le menciona otra profesión que la de médico, cuando la lógica llevaría a destacar su faceta artística, máxime cuando, según quiere la tradición, había plasmado en las tablas la figura de la Virgen. Más aún: en los cuadros imputados al evangelista se representa a una María joven en extremo, con el Niño en el regazo, que de ninguna de las maneras concuerda con la imagen de la Virgen que San Lucas debió conocer, cuya edad ya superaba los cincuenta años. Tal observación no pudo contrarrestar la opinión de San Lucas pintor de María, por más que el propio San Agustín negara categóricamente la autenticidad de cualquier retrato de la Virgen (32).

El número de retratos de María hechos por San Lucas, teniendo a ella como modelo, pasaron de cuatro o siete que se le atribuyeron en los primeros siglos a los más de seiscientos que en la actualidad se dicen salidos de sus manos (33). El más popular de todos es el icono en el que se representaba la Virgen llamada Hidogitria o Panagia Odegitria (= la que guía), a la que cita en sus escritos el historiador Teodoro a principios del siglo VI. Procedente de Jerusalén, la tabla fue regalada por la emperatriz Eudoxia a Pulqueria, hermana de Teodosio II, quien procedió a colgarla en la iglesia de Odogón, en Constantinopla. Con ocasión de la conquista de la capital por los turcos la imagen desaparece, no sin que antes haya extendido los tentáculos de su influencia hacia occidente, como ponen de manifiesto las muchas copias que se conservan de esta tabla, especialmente desde el siglo XIII, como la de Santa María la Mayor de Roma o la de la catedral de Valencia (34).

Bajo el nombre de Nicopoya (= la que da la victoria) se conoce otra supuesta tabla de San Lucas, fechada artísticamente como del siglo VI, que deriva de la Virgen bizantina llamada Teótocos (Madre de Dios). Permanece en la iglesia de San Marcos de Venecia desde que los cruzados, que la llevaban a sus combates, la trajeron desde Constantinopla (35). La Virgen se retrata entronizada, sujetando al Niño en su regazo, que hace las funciones de Tronum Dei. No se hace necesario insistir en la influencia de este icono sobre las vírgenes sedentes en Magestad del románico y del gótico (36), como pone claramente de manifiesto la propia imagen de la Virgen de Guadalupe. Muy escasa repercusión en la iconografía posterior tienen otras imágenes bizantinas, igualmente achacables a San Lucas, cual es la Virgen conocida por Blaquermiostissa, que se veneraba en la constantinopolitana iglesia de Las Blaquernas.

Tras este largo paréntesis volvemos ahora al primitivo hilo conductor. Apuntan las crónicas de los Jerónimos referidas al comienzo del trabajo que San Gregorio tuvo en sus aposentos una imagen de la Virgen, y alguna de ellas, como ya se indicara, informa que dicha imagen la ejecutó San Lucas. En cuanto a lo primero, la historia de San Gregorio Magno (540-604) certifica su gran amor y veneración a los iconos, por lo que no es de extrañar que uno de la Virgen se expusiera en la capilla papal. Hasta aquí los autores de los códices se atienen a relatar la historia que ellos conocen, una historia que entre los siglos XIII y XV, llega a los monasterios en manuscritos casi siempre sacados de La leyenda dorada del arzobispo de Génova. Quizás por este motivo apenas se encuentran desviaciones entre la narración que Santiago de la Vorágine hace de la rogativa romana con la imagen de la Virgen y aquellas otras que nos sirven los códices guadalupanos e, incluso, la crónica del Fray Diego de Ecija. Sin embargo, es en este capítulo donde Santiago de la Vorágine recoge un aspecto de suma importancia y que la lógica opone a una parte de la leyenda de Nuestra Señora de Guadalupe, cual es la donación a San Leandro de la imagen supuestamente realizada por San Lucas. Dice al referirse a la susodicha rogativa: «... pero quiso que a la cabeza del cortejo, con toda reverencia, se llevase la imagen de la Bienaventurada siempre Virgen María. La imagen que en aquella ocasión presidió las rogativas fue la misma que actualmente se conserva en la iglesia de Santa María la Mayor de Roma; de ella se dice que fue realizada personalmente por San Lucas, que además de médico era pintor, y que guarda un fiel parecido con el rostro físico de Nuestra Señora» (37).

Aún suponiendo que San Isidoro acudiese a Roma a la llamada de San Gregorio, asunto este que escapa al análisis de nuestro trabajo, e incluso aceptando que el pontífice le entregara para su hermano San Leandro una imagen de la Virgen, de ningún modo cabe admitir que dicha imagen fuera la que presidió las rogativas romanas para alejar la pestilencia. Tal imagen, en afirmación de las crónicas escritas con anterioridad a la redacción de los códices de Guadalupe, se conservaba en el siglo XIII en Santa María la Mayor de Roma. La misma es un icono basado en la Virgen conocida como Odegitria, famoso retrato en los tiempos de San Gregorio Magno. En el caso de que quisiéramos salvar errores de apreciación histórica, daríamos por bueno que San Leandro recibiera de manos del Papa una copia de la susodicha imagen, cuyo original se supuso hecho por San Lucas. Más aún: el obispo de Sevilla recibiría un icono, a pesar de que los redactores de los códices y los cronistas guadalupanos tengan a bien el convertir el retrato en escultura. Y, por otra parte, muy poco tiene que ver la actual talla de Guadalupe con la Odegitria, ya que su parecido la aproxima a la Teótocos, imagen que la tradición jamás ha relacionado con San Gregorio.

Sea cual sea la pseudohistoria de la traslación, lo cierto es que los frailes jerónimos dan como seguro que la imagen arribó a la sede de San Leandro, donde fue «tenida en mucha devoción y reverencia en la iglesia de Sevilla» (38) hasta el momento en que se produce la invasión musulmana. No acepta este prolongado descanso de la imagen en Sevilla otra versión de la leyenda. Quiere la misma que la imagen de Guadalupe recabara en la antigua ciudad de Astigi (Ecija), al ser regalada por San Leandro a su hermana Santa Florentina, a la sazón priora de un convento benedictino de dicha ciudad, en la que también regía los destinos episcopales su otro hermano San Fulgencio. Igualmente aquí los moros obligan a poner tierra de por medio y a huir con la imagen de la Virgen y con los huesos de San Fulgencio, que también ocultaron en Las Villuercas. No está de más el apuntar las sorprendentes coincidencias de las leyendas de la Virgen de Guadalupe y de Nuestra Señora del Valle, patrona de Ecija, cuyo santuario primitivo fue igualmente regido por los frailes jerónimos (39).

Refieren brevemente los códices las andanzas de los clérigos sevillanos, trayendo consigo, al decir del C-l, «la dicha imagen de Nuestra Señora, Santa María, y la cruz y las otras santas reliquias» a la búsqueda de un lugar propicio para su ocultación. El sitio elegido está a la vera del río Guadalupe (40). No existe coincidencia a la hora de dilucidar el escondite de la imagen. El códice del Archivo Histórico Nacional apunta que fue introducida en una cueva en forma de sepulcro que construyeron los clérigos de Sevilla. Por su parte, el C-l del Monasterio es más explícito e indica que los fugitivos se toparon con una ermita y en su interior hicieron una cueva «a manera de sepulcro y pusieron dentro la imagen de Nuestra Señora». El resto de los códices se expresa en semejantes términos. No obstante es Fray Diego de Ecija quien más se detiene a pormenorizar: «...hallaron como una ermita pequeña, las paredes hechas de piedra seca y cubiertas de corcha y mal reparada, que debiera ser hecha de algunos ganaderos, que por allí cerca andaban, y estaba dentro una como sepultura de piedra y mármol, según que las semejantes por muchos lugares se suelen hallar» (41).

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NOTAS

(1) Una edición de la obra del Padre Ecija, preparada e introducida por Fr. Arcángel Harrado, fue publicada en Cáceres en el año 1953. El título de la misma responde a Libro del Monasterio de Guadalupe.

(2) ROVIRA LOPEZ, Elisa: -La Virgen de Guadalupe en las leyendas medievales-, Guadalupe (Revista de Santa María de Guadalupe), nº. 673, nov.-dic., 1984; p. 292. La referencia exacta se halla en el folio 14 delC-70.

(3) Mns. cit., fols. 5-6.

(4) ROVIRA, 280.

(5) Ha sido transcrito por Fr. Germán Rubio: Historia de Nuestra Señora de Guadalupe. Barcelona, 1926, pp. 15-22.

(6) La transcripción íntegra de este documento ha sido hecha por Fr. Isidoro Acemel: Monasterio de Guadalupe , 1, (1916), pp. 16 ss.; 2 (1916), pp. 40 ss; 4 (1916), p. 76 ss; y 8 (1917), pp. 184 ss.

(7) GARCIA, Sebastián O. F. M., da para este manuscrito la tardía fecha de últimos del siglo XVI, lo que parece estar en contradicción con la característica de la letra utilizada por amanuense: «la Virgen de Guadalupe en el marco de una leyenda medieval», en Guadalupe (Revista de Santa María de Guadalupe}, nº. 688 (1984), pp. 184 ss.

(8) GARCIA, 10, nota 1.

(9) Fol. 14.

(10) op. cit., 36.

(11) ROVIRA, 280-281

(12) ROVIRA, 281

(13) TOLEDO, Tomás Guzmán, 1597

(14) Venida de la Soberana Virgen de Guadalupe a España, su dichosa invención y de los milagrosos favores que ha hecho a sus devotos. Lisboa, Pedro CRAESBEECK, 1631.

(15) Historia de Nuestra Señora de Guadalupe y algunos milagros suyos, ilustrada de algunas devotas meditaciones. Salamanca, 1672.

(16) Historia universal de la primitiva y milagrosa imagen de Nuestra Señora de Guadalupe. Madrid, Antonio MARIN, 1743. Milagros nuevos, obras de la Omnipotencia conseguidas en este presente siglo por intercesión de María Santísima, Madre de Dios, a ruegos de sus devotos, en su milagrosísima imagen de Nuestra Señora Santa María de Guadalupe. Madrid, Antonio MARIN, 1766.

(17) Monumenta antiquitatum marianarum in imagine vetustissima, vulgo Gregoirana, S. Agustino romano depicta, integerrimae Virginis Deiparae de Guadalupe Codnensis...a Joanne Friderico Luca, Comite Sapaeha Bercia. Tipis Coll. Regii Varsov. Soc. Jesu, 1721. Una reproducción facsímil, con estudio introductorio de Nicolás Sánchez Prieto, se ha publicado bajo el título Regalo de Guadalupe al Papa. Madrid, 1982.

(18) RUBIO, Op. cit., pp. 15-22. Hace una transcripción, en algunos puntos poco afortunada, de este códice.

(19) Copiamos la transcripción de Fr. Isidoro Acemel, op. cit.

(20) Los puntos suspensivos que empleamos en la copia del texto aludirán a supresiones que no inciden en la comprensión ni en el significado de la leyenda.

(21) La referencia a San Lucas no se recoge en el códice del A.H.N.

(22) El códice del A. H. N. dice que «Este fue el onceno»

(23) La descripción artística de la imagen puede seguirse en: GARCIA, Sebastián (Guadalupe, cita de arte y de fe). Barcelona, 1985, pp. 12-13 y GARCIA MOGOLLON, Florencio Javier (Imaginería medieval extremeña. Esculturas de la Virgen María en la provincia de Cáceres). Cáceres, 1987, pp. 88-89. Su descripción es anterior a la última de las restauraciones.

(24) GARCIA MOGOLLON, 89.

(25) op. cit., 37.

(26) op. cit., 288.

(27) op. cit., 285.

(28) MANFREDI, Domingo: Santuarios de la Virgen María en España y América. Madrid, 1954.

(29) HUYNEN, Jacques: El enigma de las vírgenes negras. Barcelona, 1977.

(30) op. cit., p. cit.

(31) La leyenda dorada, II. Madrid, 1990, p. 675.

(32) RAMOS PERERA: Las creencias de los españoles: La tierra de María Santísima. Madrid, 1990, pp. 87-88.

(33) TRENS, Manuel: Iconografía de la Virgen en el arte español. Madrid, 1946, pp. 14 ss.

(34)GARCIA MOGOLLON: 11.

(35) Las vírgenes guerreras se prodigan durante la reconquista peninsular siguiendo la tradición oriental.

(36) GARCIA MOGOLLON: 12

(37) La leyenda dorada, I. 188.

(38) ECIJA: Op. cit., 41.

(39) CALDERO MARTIN, Fernando: «Del Valle a Guadalupe», en Guadalupe, Julio--Agosto, 1965; pp. 845-847.

(40) Diversas son las opiniones de los filólogos e historiadores sobre el origen del vocablo Guadalupe. Para unos procede de guad (río), al (artículo) y lub (cascajo negro), términos árabes que en su conjunto equivaldrían a río que arrastra cascajo negro. Otros, entre los que se encuentra la mayor parte de los estudiosos franciscanos del Monasterio, se inclinan por un originario Guad al lubben, con significado de río escondido, en clara alusión a la ocultación y al hallazgo de la Virgen. Los cronistas jerónimos configuraron el vocablo mediante un componente árabe, Guad, y otro latino, Luporum, con el lógico resultado de río de lobos. El erudito Terrón Albarrán opina que la etimología es netamente árabe: Río de Lub, apuntando que Ibn Lub fue un seguidor del caudillo rebelde Marwan (Alminar, nn. 39 y 39. Cit. MAJADA NEILA, José Luis: Morena Extremadura. Madrid, 1988, p. 40, nota). No faltan interpretaciones menos conocidas, aunque más aventuradas, cuales son las que se inclinan por una derivación del latín petra / lapis ( = río sobre piedras) o de lux ( = río de la luz o río sagrado), así como del celta lug, haciendo venir el nombre en este caso de un dios del panteón indígena cuyo culto se había manifestado en aquel punto.

(41) Op. cit, 41.