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LO POPULAR CASTELLANO-LEONES EN LA OBRA DEL PADRE ISLA

FERNANDEZ MARTIN, Luis

Publicado en el año 1982 en la Revista de Folklore número 14.

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Pocos escritores del siglo XVIII poseerán en mayor grado la calificación de costumbristas
como el regocijado autor de la "Historia del famoso predicador Fray Gerundio de Campazas, alias "Zotes", el Padre José Francisco de Isla. Nacido de familia hidalga, de padre asturiano y de madre palentina, su inclinación al trato de gentes y su pupila observadora de las costumbres, lenguaje y tipos populares han hecho de sus obras un arsenal de materiales nobles para recomponer con todo su colorido la vida de nuestros pueblos en la época ya lejana del siglo XVIII.

La niñez y juventud de Isla discurrieron en la villa terracampina de Valderas y en los pueblos de la zona que él conoció personalmente, pues a ellos se extendía la jurisdicción del Marqués de Astorga, cuyo administrador era el padre de nuestro escritor.

La etapa más fecunda y la más sosegada y grata de su vida la pasó el Padre Isla en el tranquilo pueblo de Villagarcía de Campos, señorío de los Quijadas, donde la Compañía de Jesús dirigía un celebérrimo Colegio de Humanidades y en el que el Padre Isla moró por espacio de siete años.

Por ello la región cuyas costumbres y ambiente populares se recogen con más detalle en la novela del "Fray Gerundio" es la Tierra de Campos desde los montes Torozos hasta el río Cea, la zona interfluvial del Cea al Esla, y la que corre al Oeste del Esla, el páramo leonés. Entre los pueblos de Tierra de Campos que suenan en el "Fray Gerundio" hemos de citar a Valderas, Villagarcía de Campos, Barcial de la Loma, Cotanes, Villarramiel y Campazas, que es "la patria nativa o el tronco de la frugifera región", y más al norte: Gordoncillo, Villamandos, Villaquejida, Villaornate y Villamañán.

En esta geografía gerundiana se da un entrañable maridaje de lo castellano y lo leonés con predominio de lo terracampino que es a la vez exponente de ambos reinos.

Nuestro recorrido va a ser largo y minucioso. Del "Fray Gerundio" iremos extrayendo los retratos vivos y palpitantes de tipos humanos característicos que bullían por aquellos pueblos; el colorido de las fiestas, sobre todo religiosas y populares; las costumbres de los campesinos, cofrades, clérigos y frailes de aquella centuria en aquella tierra.

TIPOS HUMANOS

De la extensa galería de tipos humanos que con colorido y silueta inconfundibles retrata Isla en su "Fray Gerundio", destaca el prototipo del hombre de Tierra de Campos al que el autor llama "bonus vir de Campis", el hombre bueno de Campos, denominación quizá derivada del nombre de "hombres buenos" que se atribuía en los siglos medios y siguientes a los pecheros o estado llano de estas tierras.

"Era Antón Zotes un labrador de una mediana pasada; hombre de machorra, cecina y pan mediado los días ordinarios, con cebolla o puerro por postre; vaca y chorizo los días de fiesta; su torrezno corriente por almuerzo y cena, aunque ésta tal vez era un salpicón de vaca; despensa o aguapié, su bebida usual, menos cuando tenia en casa algún fraile...que entonces sacaba a la mesa vino de Villamañán o del Páramo.

El genio bondadoso en la corteza, pero en el fondo un si es no es suspicaz, envidioso, interesado y cuentero: en fin, legitimo bonus vjr de Campis. Su estatura mediana, pero fornido y repolludo, cabeza grande y redonda, frente estrecha, ojos pequeños, desiguales y algo taimados; guedejas rabicortas, a la usanza del Páramo y no consistoriales como las de los sexmeros del campo de Salamanca; pestorejo, se supone, a la jeronimiana, rechoncho, colorado y con pliegues. Este era el aspecto interior y exterior del "tío Antón Zotes", padre del protagonista de la novela (1).

Este hombre tan puntualmente descrito era "el rico del lugar de Campazas" porque tenia "dos pares de bueyes de labranza, una yegua torda, dos carros, un pollino recio, zancudo, de pujanza y andador para ir a los mercados; un hato de ovejas, la mitad parideras y la mitad machorras; y se distinguía su casa entre todas las del lugar en ser la única que tenía tejas" (2).

En la abigarrada teoría de tipos humanos populares que desfilan en el "Fray Gerundio" predominan, como es natural, los pertenecientes al estado clerical y religioso por tratarse de una novela enderezada a eliminar las torcidas costumbres de los predicadores de aquel entonces con la espada de la sátira y del ridículo.

Pero estos personajes clericales son pueblo auténtico y rezuman sentido popular por todos sus poros. El "dómine", figura popular que parece arrancada de una página de Quevedo en la Villa del Buscón. "Era éste un hombre alto, derecho, seco, cejijunto y populoso; de ojos hundidos, nariz adunca y prolongada; barba negra, voz sonora, grave, pausada y ponderativa; furioso tabaquista y perpetuamente aforrado en un tabardo talar de paño pardo, con uno entre becoquin y casquete de cuero rayado, que en su primitiva fundación había sido negro, pero ya era del mismo color que el tabardo" (3).

Siguiendo por el estado clerical, tropezamos con "un buen clérigo de éstos que llaman "de misa y olla", que con su capellanía y un decente patrimonio lo pasaba quieta y pacíficamente en su lugar, mejor que un arcediano. Era, a la verdad, de pocas letras, pues sólo tenía las precisas para entender el Breviario y el Misal a medía rienda; pero por su buena razón, por su genio apacible y bondadoso, y porque era limosnero y amigo de hacer bien, le estimaban mucho en el pueblo" (4).

Al lado de este buen clérigo, cruza el fraile predicador de oficio: "Hallábase el padre predicador mayor en lo más florido de la edad, esto es, en los treinta y tres años cabales. Su estatura procerosa, robusta y corpulenta; miembros bien repartidos y asaz simétricos y proporcionados; muy derecho de andadura, algo salido de panza; cuellierguido, su cerquillo copetudo y estudiosamente arremolinado; hábitos siempre limpios y muy prolijos de pliegues, zapato ajustado, y sobre todo su solideo de seda, hecho de aguja, con muchas y muy graciosas labores, elevándose en el centro una borlita muy airosa; obra de ciertas beatas que se desvivían por su padre predicador. En conclusión, él era mozo galán, y juntándose a todo esto una voz clara y sonora, algo de ceceo, gracia especial para contar un cuentecillo, talento conocido para remedar, despejo en las acciones, popularidad en los modales, boato en el estilo y osadía en los pensamientos, sin olvidarse jamás de sembrar sus sermones de chistes, gracias, refranes y frases de chimenea, encajadas con grande donosura, no sólo se arrastraba los concursos, sino que se llevaba de calle los estrados" (5).

Otro fraile predicador, el que despeñó a Fray Gerundio por la sima de la insensatez y del desatino oratorios fue Fray Blas. Así lo describe Isla a él y a su compañero.

"Pero todas las señas eran de ser hombre muy reverendo, porque traía anteojos con cerquillo de plata, becoquín de seda, sombrero fino con cordón de seda y dos borlas de lo mismo, quitasol, bastón de caña de Indias con puño de china; y venia montado en una bizarra mula con su gualdrapa muy cumplida de paño fino negro, con grandes fluecos y caireles, sirviéndole de espoleta un mozo muy gallardo, asaz bien apuesto y con toda la gala de los majos y petimetres del oficio: zapatillas blancas, medias del mismo color, calzón de ante, una gran faja de seda encarnada a la cintura, armador de cotonía, capotillo de paño fino de Segovia de color amusgo, redecilla verde con su borla de color de rosa, que colgaba hasta más abajo de la nuca; la cinta que le ceñía y apretaba, de color de nácar; sombrero chambergo rodeado de una cinta de plata de color de fuego, con su rosetón o lazo a la parte posterior, que remataba en la copa" (6).

Al lado del padre predicador, prototipo del orador gerundiano que iba a ser puesto en la picota del escarnio por Isla en su novela erizada de sátiras, ironías y sarcasmos, aparece la figura del Hermano lego, adulador y avispado. "Era un leguito que ni de molde: de mediana estatura, carirredondo, agraciado, lampiño, ojos alegres y chuscos, pulcrísimo de hábito, vivaracho, oficioso, servicial y mañoso, porque sabía hacer mil enredillos de manos.

Cortaba flores, dibujaba decentemente, componía relojes, acomodaba vidrios, y para una cazuelita, para una tarta, para una bebida, tenia unas manos de ángel. A favor de estas habilidades y de su genio blando y un si es no es zalamero, se insinuaba en las celdas, con especialidad de los padres graves, hacíalos la cama, limpiábales las mesas, batíalos el chocolate, servíalos en otros mil menesteres; y como le encontraban pronto para todo, se había granjeado no sólo el cariño, sino la confianza de los demás, que casi los daba la ley y los hacia querer todo lo que él quería y alabar todo lo que él alababa" (7).

La teoría de personajes frailunos no se agota con los dichos. Por "Fray Gerundio" desfilan los frailes cuesteros y los predicadores de vereda, o sea, los que recorrían villas y lugares recogiendo la cuestación o limosna y los que empalmaban los sermones de un pueblo con los de otro siguiendo una misma vereda.

"En cierta ocasión estuvo en su casa, a la cuestación del mes de agosto, un padrecito de estos atusados, con un poco de copete en el frontispicio, cuellierguido, barbirrubio, de hábito limpio y plegado, zapato chusco, calzón de ante y gran cantador de jácaras a la guitarrilla, del cual no se apartaba un punto nuestro Gerundico porque le daba confites. Tenia el buen padre, mitad por mitad, tanto de presumido como de evaporado" (8).

En la escala de la vida conventual el peldaño último lo ocupaban los donados. Tampoco esta clase se libró del retrato al aguafuerte del Padre Isla. "En el camino se le había incorporado un donado de cierta religión, que habiendo sido tres veces casado y cinco años viudo, por fin y postre, cansado del mundo, se entró a servir en un convento, donde pretendió para lego, pero no quisieron darle la capilla, porque aunque hombre muy forzudo y servicial, era extraordinariamente zafio, y allende de eso, locuaz y más que medianamente bebedor, no de manera que se privase in totum pero se quedaba a unos medios pelos que olían a chamusquina y entonces con especialidad hablaba por todas las coyunturas y en todas las materias que se ofrecían, porque sabía leer y había leído la Historia de los Doce Pares de Francia, a Guzmán de AIfarache, la Pícara Justina y cuantos romances de ciego se cantaban de nuevo en los mercados, gustando sobre todo de leer gacetas, aunque maldita la palabra que entendía de ellas. Con que era el donado un hombre muy divertido y, en fin, pieza de reir" (9).

En el friso de personajes populares castellano-leoneses que pinta con singular bizarría el Padre Isla en su "Fray Gerundio", al lado de los frailes y clérigos, dibuja de mano maestra a los oficiales de la Inquisición, unos eclesiásticos, como los comisarios, y otros seglares como los "familiares", que todavía en el siglo XVIII eran tratados, sobre todo en los pueblos, con gran respeto.

"El cura de Pero Rubio era arcipreste de aquel partido, Comisario del Santo Oficio y hombre de singular fábrica en el cuerpo y de no menos estructura en las potencias del alma. Estatura algo menos que mediana, cabeza abullada y un si es no es oblonga con canas entre rucias y tordas, ojos acarnerados, y en la circunferencia unas ojeras o sulcos que le habían formado los anteojos perdurables que sólo se quitaba para leer o escribir, o cuando estaba solo; pero en visitas, en paseos o en funciones públicas, al instante los montaba. Era lleno de :semblante, aunque se conocía no ser maciza la gordura, porque a veces fluctuaban los carrillos subiendo y bajando como fuelles de órgano.

Tampoco el color era constante, unos días muy encendido, otros malignamente jaspeado con unas manchas verdinegras entre enjundia y apostema; la lengua, muy gorda; el modo de hablar, hueco, gutural y autoritativo, resoplando con frecuencia para mayor gravedad. Sus letras eran tan gordas como la persona, pero al fin había vuelto algunos libros de Moral" (10).

Al familiar del Santo Oficio se le acerca Isla con algún mayor respeto. "Como unas dos horas después se apeó un labrador, pariente también del tío Antón, que vivía en un lugar distante cuatro leguas de Campazas. Era "familiar" del Santo Oficio, y aunque hombre de explicación cerril y a la pata la llana, tenía una razón natural bien puesta y discurría con acierto en aquellas materias que se proporcionaban a su capacidad" (11 ).

Otra figura popular de acusado relieve era la del escribano de pueblo, pleitero y muñidor. "Cuando entró en el pueblo, pues fue el primer escribano que entró en él, no había pleito ninguno, ni aun memoria de que le hubiese habido jamás desde su primera fundación; pero al año, y no cabal, de su residencia, ya todo el lugar ardía en pleitos, y cuando murió dejó pendientes treinta y seis, aunque no pasaba la población de doscientos vecinos. Si dos partes contrarías le consultaban sobre una misma dependencia, a cada una en particular respondía afectando una modestia socarrona, que él no era abogado, ni entendía los puntos de derecho, ni le tocaba dar parecer; pero por lo que le había enseñado la experiencia en tantos años de ejercicio y en tantos pleitos como habían pasado ante él, era corriente su justicia, temeraria la pretensión del contrarío, y que a buen librar le condenarían en costas, concluyendo que sí esto no salía así, había de quemar el oficio; que esto se lo decía a él solo en confianza, encargándole mucho el secreto. Después que a uno y otro les había metido tanto aguijón, añadía con grande remilgamiento que aunque era cierto todo lo dicho, ¿para qué quería pleito?; que era mejor componerse, porque aunque ninguno se interesaba más que él en que cada cual siguiese su justicia, pues al fin no comía de otra cosa ni tenía otros mayorazgos, pero que amaba más la paz del pueblo que todos los intereses del mundo. Con este artificio él echaba el cuerpo fuera y cobraba crédito de hombre desinteresado" (12).

Otro personaje popular inmortalizado en el "Fray Gerundio" fue el del zapatero ignorante y atrevido censor de los sermones que se predicaban en la localidad. "Habia en el lugar un zapatero, truhán de profesión y eterno decidor, a quien llamaban en el pueblo el azote de los predicadores porque en materia de sermones su voto era decisivo. En diciendo del predicador: "¡Gran pájaro!, ¡pájaro de cuenta!", bien podía el padre desbarrar a tiros largos; porque tendría seguros los más principales sermones de la villa, incluso el de la fiesta de los pastores y el de San Roque en que había novillos y un toro de muerte. Pero si el zapatero torcía el hocico y, al acabar el sermón, decía: "¡Polluelo! ¡Cachorrillo!, Iráse haciendo", más que el predicador fuese el mismísimo Vieira en la mesma mesmedad, no tenía que esperar volver a predicar en el lugar ni aun el sermón de San Sebastián, que sólo valía una rosca, una azumbre de hipocrás y dos cuartas de cerilla" (13).

Como colofón de esta serie de tipos humanos de la región castellano-leonesa dibujados con certeros trazos por el Padre Isla no sólo en su vivaz figura exterior, sino también en su movida interior manera de ser, he aquí la comitiva popular que acompañaba a Fray Gerundio cuando se dirigía a predicar la primera vez en la iglesia de su pueblo natal, Campazas.

"Vinieron a sacar de casa a Fray Gerundio su padre, como mayordomo de aquel año, un tío suyo que lo había sido el antecedente, ambos con sus varas de la Cofradía del Santísimo, dadas de almazarrón y de almagre, que no había más que ver; los dos alcaldes y los dos regidores del lugar, con su fiel de fechos y con su alguacil detrás en el sitio que les correspondía, añadiéndose de comitiva voluntaria y para mayor cortejo muchos clérigos circunvecinos y una multitud de frailes aventureros de diferentes religiones que se hallaban en aquellas cercanías y no quisieron perder la comedia ni los novillos. Precedíales a todos el tamboril y la danza, compuesta de ocho mozos de los más jaquetones y alentados de Campazas, todos con sus correspondientes coronas o corazones arrasurados sobre el cráneo o plan de la cabeza, ésta descubierta y las melenas tendidas; jaquetillas valencianas de lienzo pintado, con dragona de cintas de diferentes colores; su banda de tafetán prendida de hombro a hombro y colgando a las espaldas en forma de media luna; un pañuelo de seda al pescuezo, retorcido por delante como cola de caballo, y prendido en punta por detrás como hacia la mitad de la espalda; camisolas de lienzo casero, más almidonadas que planchadas, y tan tiesas que se tenían por sí mismas en cualquier parte; calzones de la misma tela que la jaquetilla; y en la pretina por el lado derecho colgado un pañuelo de beatilla con mucha gracia; las bocapiernas de los calzones holgadas y anchas, guarnecidas de una especie de cintillo o cordón de cascabeles; medias de mujer todas encarnadas; zapatillas blancas con lazos de hiladillo negro; y en todo caso, todos ceñidos con sus corbatas, para meter los palos del paloteado en el mismo sitio, y ni más ni menos como los arrieros llevan el palo en el cinto" (14).

Esta comitiva para acompañar al predicador la hemos visto formar en pueblos de Tierra de Campos hará una decena de años y aún es posible que se organice todavía en el día de hoy. Los danzantes de Campazas, descritos tan al vivo por Isla, se parecen mucho a los que bailoteaban a las órdenes del "birria" en Castromocho en la fiesta de Nuestra Señora de los Angeles o en Villafrades el día de la patrona, la Virgen de Grijasalbas.

CASAS

Además de los tipos humanos, el estilo popular del hábitat regional viene descrito pormenorizadamente en las páginas del "Fray Gerundio". Valga por todas la descripción de la casa del "rico del lugar" de Campazas. "Entrábase en ella por un gran corralón flanqueado de cobertizos, que llaman tenadas los naturales; y antes de la primera puerta interior se elevaba otro cobertizo en figura de pestaña horizontal, muy jalbegueado de cal, con sus chafarrinadas, a trechos de almagre, a manera de faldón de disciplinante en el día de Jueves Santo. El zaguán o portal interior estaba barnizado con el mismo jalbegue, a excepción de las ráfagas de almagre, y todos los sábados se tenia cuidado de lavarle la cara con un baño de agua cal. En la pared del portal, que hacía frente a la puerta, había una especie de aparador o estante que se llamaba vasar, donde se presentaba desde luego a los que entraban toda la vajilla de la casa: doce platos, otras tantas escudillas, tres fuentes grandes, todas de Talavera de la Reina, y, en medio, dos jarras de vidrio con sus cenefas azules hacia el brocal y sus asas a picos o a dentellones, como crestas de gallo. A los dos lados del vasar se levantaban desde el suelo con proporcionada elevación dos poyos de tierra, almagreados por el pie y caleados por el plano, sobre cada uno de los cuales se habían abierto cuatro a manera de hornillos, para sentar otros tantos cántaros de barro, cuatro de agua zarca para beber y los otros cuatro de agua del río para los demás menesteres.

Hacia la mano derecha del zaguán, como entramos por la puerta del corral, estaba la sala principal, que tendría sus buenas cuatro varas en cuadro con su alcoba de dos y media. Eran los muebles de la sala seis cuadros de los más primorosos y más finos de la famosa calle de Santiago de Valladolid, que representaban un San Jorge, una Santa Bárbara, un Santiago a caballo, un San Roque, una Nuestra Señora del Carmen y un San Antonio con su cochinillo al canto.

Había un bufete con su sobremesa de jerga listoneada a fluecos, un banco de álamo, dos sillas de tijera, a la usanza antigua, como las de ceremonia del Colegio Viejo de Salamanca. Otra que, al parecer, había sido de vaqueta, como las que se usan ahora, pero sólo tenía el respaldar y en el asiento no había más que la armazón; un arca grande, y junto a ella, un cofre sin pelo y sin cerradura. A la entrada de la alcoba se dejaba ver una cortina de gasa con sus listas de encajes de a seis maravedís la vara, cuya cenefa estaba toda cuajada de escapularios con cintas coloradas y Santas Teresas de barro en sus urnicas de cartón cubiertas de seda floja, todo distribuido y colocado con mucha gracia.

Y es que el "rico de Campazas" era hermano de muchas religiosas, cuyas cartas de hermandad tenia pegadas a la pared, unas con hostia y otras con pan mascado entre cuadro y cuadro de los de la calle de Santiago" (15).

FIESTAS

El elemento folklórico de más categoría en la historia de "Fray Gerundio" son las fiestas de los pueblos de la región castellano-leonesa, que se celebran con ocasión de las festividades religiosas. Pero dada la índole y tema de la novela, el autor se detiene morosamente en los aspectos religiosos de la fiesta, tocando más rápidamente los profanos que tanto nos interesarían.

En Campazas, en la fiesta del Sacramento, cuando predicó un sermón Fray Gerundio, hubo corrida de novillos y auto sacramental, actos a los que concurrió un gran gentío de los pueblos comarcanos y aun muchos de León, Astorga y La Bañeza.

El ambiente se alegró con las frecuentes explosiones de cohetes y carretillas que se lanzaron con gran profusión (16). Por la tarde, baile a la puerta del mayordomo, que duraba hasta muy entrada la noche y más si tocaba el tamborilero el son que se llamaba "el espantapulgas" (17).

El banquete rural, sólido y generoso, que el mayordomo de la Cofradía ofreció en su casa a los cofrades e invitados, puede ser un paradigma de tantos otros como en ocasiones parecidas se han celebrado y aún se celebran por los pueblos de la zona.

Las mesas, para tan gran número de invitados, se dispusieron "debajo del cobertizo que estaba delante de la primera puerta interior de la casa, en frente por frente de la que caía a la calle", del que se habló al describir la casa del "rico del lugar" ..."habiendo para eso la congruencia de estar muy inmediata la cocina, cosa que conduce mucho para que los platos salgan calientes a la mesa" (18).

"Dióse principio a la comida, según la loable costumbre de Campos en mesas de mayordomía, con un plato de chanfaina. Hubo un cordero asado, sus conejos, su salpicón, su olla de vaca, carnero, cecina, chorizos y jamón, todo en abundancia sirviéndose por postres aceitunas, pimientos y queso de la tierra; suponiéndose que no sólo andaba rodando por las mesas el vino del Páramo, sino que el de La Nava hizo rodar por aquellos suelos al cabo de la comida a más de dos convidados" (19).

Los gastos que las fiestas de las cofradías originaban a los mayordomos eran de consideración para las menguadas bolsas de aquellos campesinos. "Un pobre como yo gaste en cada una de estas mayordomías sesenta reales en vino, veinte en tortada, diez en avellanas, todo para dar la caridad a los cofrades, sin contar la cera, ni la comida a los señores sacerdotes, ni la limosna al padre predicador que todo junto hace subir la roncha a más de ciento veinte reales" (20).

Solamente los acomodados, como el familiar del Santo Oficio, tío de Fray Gerundio, labrador hacendado "que solamente sé leer deletreado y echar mi firma con letra de palotes estrujando bien la pluma" podía permitirse el lujo de obsequiar a sus parientes, los padres de Fray Gerundio, y a éste con una cena en su casa, cena compuesta de "una pierna de carnero asada, una gran tortilla de torreznos, una buena cazuela de estofado de vaca que con unas sardinas escabechadas y una tajada de queso por postre, comenzando con su gazpacho de huevos duros, componía entre todo una cena substancial y sólida, sacándose, después de levantados los manteles, un plato de cebolletas con su salero al lado para echar la de San Vitoriano" (21 ).

Una cena no tan espléndida, pero si honrada y decente, constaba de "dos ensaladas, un par de huevos frescos, pavo asado, liebre guisada y postre de queso y aceitunas" (22).

En las páginas del "Fray Gerundio" se reflejan las representaciones del teatro religioso popular que en el siglo XVIII todavía se representaban con sincera aceptación por la sencilla religiosidad de la gente de los pueblos de la región castellano-leonesa. Como un botón de muestra traslademos aquí lo que se hacia en el imaginario pueblo de Pero Rubio en el día de Martes Santo.

"Cántase la pasión por la tarde; y cuando el que la canta se va acercando a aquellas palabras: " Accessit ad eum una ancilla" , salen de la sacristía un viejo, con una calva muy venerable, que representa a San Pedro, y una muchachuela en traje de moza de cocina, la cual, en cantando el de la Pasión: " Accessit ad eum una ancilla dicens", prosigue ella cantando, también muy gorgoriteado: "Et tu cum Jesu Galileo eras", y el viejo entona con enfado y con desabrimiento: "Nescio quid dicis". Va San Pedro andando poco a poco por la iglesia; y al cantarse aquellas palabras: Vidit eum alia ancilla" sale del medio otra muchacha y canta: " Et hic erat cum Jesu Nazareno". San Pedro la da un empellón muy enfadado y dice: "Voto a Cristo quia non novi hominem". Al fin hace como que se quiere salir de la iglesia; y a este tiempo entra una tropa de mozancones, que mirándole de hito en hito a la cara, empiezan a berrear descompasadamente: "Vere et tu ex illis es, nam et tua loquela manifestum te facit". Aquí, el pobre viejo, colérico, enfurecido y como fuera de si, comienza a detestar, a jurar y a perjurar que no conoce tal hombre, echándose cuantas maldiciones le vienen a la boca. No bien las acaba de pronunciar, cuando sale allí de encima del coro y como detrás del órgano un chillido muy penetrante, que remeda la voz del gallo, y comienza a cantar tres veces: "qui-qui-ri-qui". Al oírle San Pedro, hace como que se compunge. Se va debajo del coro; se mete en una choza o cabaña, que le tienen prevenida y en ella está durante el sermón, plañendo, llorando y limpiándose los mocos. Es función tierna y curiosa. Concurre mucha gente y es obligación del predicador decir algunos chistes acerca de los gallos y de los capones, observándose que el que más sobresale en esto saca después más limosna de gallinas" (23).

Espectáculo público a la par que acto de penitencia era la procesión de los disciplinantes que tenía lugar en Campazas el Jueves santo. El disciplinante salía "con su cucurucho de a cinco cuartas, derecho, almidonado y piramidal, con su capillo a moco de pavo, con caída en punta hasta la mitad del pecho; pues ¿qué si tiene ojeras a pespunte rasgadas con mucha gracia?; con su almilla blanca de lienzo casero, pero aplanchada, ajustada y atacada hasta poner en prensa el pecho y el talle; dos grandes trozos de carne momia, maciza y elevada que se asoman por dos troneras rasgadas en las espaldas, divididas entre si por una tira de lienzo que corre de alto a bajo entre una y otra, que como están cortadas en figura oval, a manera de cuartos traseros de calzón, no parece sino que las nalgas se les han subido a las costillas, especialmente en los que son rechonchos y carnosos; sus enaguas o faldón campanudo, pomposo y entreplegado" (24).

Este espectáculo debió atraer mucho la atención en Tierra de Campos en aquellos tiempos, pues Isla, después de describir la manera de disciplinarse los penitentes con la pelotilla de cera, salpicada de puntas de vidrio y pendiente de una cuerda de cáñamo, y el ver correr la sangre por el faldón de los disciplinantes, termina: "Y dígame con serenidad el más apasionado contra las glorias de Campos, si hay en el mundo espectáculo más galán ni más airoso. Si puede haber resistencia para este hechizo, y si no tienen buen gusto las mozanconas que se van tras los penitentes, como los muchachos tras los gigantones y la tarasca el día del Corpus" (25).

VESTIDOS

Los vestidos y las galas femeninas, en las damas de alta posición y en las mujeres de pueblo vienen enumeradas en lenguaje rústico y popular por un familiar de la Santa Inquisición: "Tu madre ni tu agüela usaron enjamás de los jamases de galones de oro, de encajes de prata, de telas de tisú, de enguarinas de trapacería, de mantos de tafetán de ilustre con encaje de media vara, de embanicos de a doblón, de manguito enforrado por lo de fuera en terciopelo, de rosario de pizásuli o de inventurina, engarzado en prata o en oro, ni de otras mil embusterías de que usas tú y quieres también que usen tus hijas?

Unas sayas de estameña, una basquiña de cordellate, una enguarina de paño fino en los días recios, una capa sobre la cabeza con su vuelta negra de rizo o a lo más de terciopelo, un embanico redondo de papel pintado con almagre encima de una caña, un rosario de lágrimas y el más precioso de cachumbo, estas eran sus galas y servitor" (26).

En el atuendo de las mujeres de Tierra de Campos entraba por el siglo XVIII el uso de las capas grandes que, en lugar de mantellinas, usaban hasta muy entrado el siglo las mujeres de Campos, llamadas por otro nombre "las tías" ; poniendo sobre la cabeza el cuello o la vuelta de la capa, cortada en cuadro y colgando hasta la mitad de la saya de Frechilla que era la gala recia en el día del Corpus y de San Roque, o cuando el tío de la casa servia una mayordomía" (27).

La etiqueta femenina en esta tierra exigía que las mujeres, para saludar, hicieran "una reverencia a la usanza del país, esto es, encorvando un poco las piernas y bajando horizontalmente el volumen posterior hacia el suelo" (28).

Las mujeres devotas eran aficionadas a prometer llevar durante algún tiempo el hábito de una Tercera Orden en acción de gracias por un favor obtenido por intercesión de aquel santo, el hábito de San Francisco o de San Antonio de Padua, el de San Vicente Ferrer o de los dominicos; el de San Francisco Gabriel o de los teatinos y aun el de Jesús Nazareno y otros. Pero a veces entraba la vanidad de por medio y el hábito pobre y sencillo de una orden monástica o regular se veía alterado por telas ricas o adornos superfluos que trastornaban el significado de la promesa.

Atención especial merecen las monjas en las páginas del "Fray Gerundio". y en ellas se ponen de relieve las relaciones amistosas, a veces un tanto satíricamente subrayadas, con los frailes predicadores de diversas familias religiosas. Así un fraile lego de buen humor, nada gazmoño y mucho menos que nada escrupuloso dábale a Fray Gerundio "periquitos, rosquillas y alcorzas con que le habían regalado unas monjas cuyo convento acababan de visitar" (29 ).

Otras veces eran "caracoles de alcorza y algunas bellotas de mazapán, regalo de cierta monja confesada suya", regalo que servía de postre (30).

Por vía de excepción, como dato curioso revelador de la relajación en algún caso de la observancia religiosa, nunca como muestra de una costumbre generalizada, si es que todo el relato no es fruto de la pura imaginación de Isla, trasladamos aquí uno de los episodios de más donaire y a la vez más inocentemente picarescos de las joviales y amistosas relaciones de monjas y frailes en el siglo XVIII.

"Comíamos en el locutorio por la parte de afuera, y comían al mismo tiempo que nosotros cuatro monjitas por la parte de adentro; y a fe que no eran de las más viejas del convento, porque éstas se excusaban por sus achaques o por mejor decir, nosotros las excusábamos a ellas. Durante la mesa había brindis, había finecitas de parte a parte, había también unas coplillas; y en levantándose los manteles, venían las ancianas y las graves de la comunidad a darnos conversación. Después se retiraban éstas y nos dejaban con la gente moza. Comenzaba la bulla y la chacota, cantaban, representaban y tal cual vez, ellas de la parte de allá y nosotros de la de acá, bailábamos una jotita honesta o un fandanguillo religioso" (31 ).

OTROS RASGOS POPULARES

La moda en los bailes, como en todo, evolucionaba en el siglo XVIII de manera que sólo las personas mayores se aferraban a la mariona, la pavana, el zapateado y las folías, mientras que la gente joven prefería los paspieses y los valencianos. De igual modo que miraban con repugnancia los mayores los calzones ajustados acordándose de sus zaragüelles(32).

En los pueblos, bailes, música y actos religiosos se amalgamaban en la romería del Cristo de Villaquejida, mientras que con ocasión de algún viaje a Valladolid aprovechaban la ocasión para ver la actuación de farsantes, comediantes y titiriteros (33). En los pueblos mataban el ocio grandes y muchachos jugando a la calva o al morrillo (34).

Los viajes, aun los de largo recorrido, se hacían a caballo, quizá en "una yegua castaña, andadora y paridera" (35). Los recorridos más cortos, como los de los estudiantes que iban a Villagarcía de Campos a curar Latinidades, los hacían a lomos de una burra (36) pacífica y segura. En alguna de estas cabalgaduras irían las gentes de los pueblos vecinos al mercado de Villalón a comprar cebollas o queso de pata de mulo (37). Aun los padres predicadores, por lo común, se trasladaban a los pueblos a lomos de un rocín (38). Los aguadores, casi único sistema de tener agua potable en casa, iban con sus burros por delante (39).

El problema del agua caída del cielo era la gran preocupación de los labradores de Tierra de Campos. Sus cosechas de cereales de secano se veían mermadas substancialmente muchos años por escasez de lluvias. "Preguntóle (el familiar del Santo Oficio) cómo iba de cosecha y en qué estado tenia su verano. Respondió éste (Antón Zotes) que de cebada había cogido poco por falta de agua, y que si no fuese por los tres herreñales que estaban linde del arroyo, apenas tendría para el gasto y para sembrar; que de morcajo no estaba mal, y de trigo esperaba que sería mediana la cosecha, porque sobre tener ya diez cargas en la panera, quedaban en la era tres peces, dos parvas, otras dos mantas y "entodavía" estaban en las tierras como unas doce morenas" (40 ).

Para obtener la lluvia necesaria se hacían en los pueblos rogativas, en las que a veces salía alguna cofradía como la de la Cruz (41 ).

A pesar de la estrechez económica en que se debatía la vida de los pueblos de labradores, alargaban éstos su generosidad interesada con el maestro que educaba a sus hijos; al que, además de abonar sus honorarios, conquistaban su benevolencia con substanciosos regalos provenientes de su bien abastada despensa. " Además de pagarle muy puntualmente el real del mes, la rosca del sábado que llevaba su hijo era la primera y la mayor, y siempre acompañada con dos huevos de pava, que no parecían sino mesmamente como dos bolas de trucos.

Amén de eso, en tiempo de matanza, eran corrientes y seguras tres morcillas, con un buen pedazo de solomo, esto sin entrar en cuenta la morcilla cagalar, con dos buenas varas de longaniza, que era el colgajo del día de San Martín, nombre que tenia el maestro. y cuando paria señora (así llamaban los niños a la maestra) era cosa sabida que la tía Catanla la regalaba con dos gallinas, las más gordas que había en todo su gallinero y con una libra de bizcochos que se traían ex profeso de la confitería de Villamañán" (42).

LENGUAJE

Mil otros rasgos propios de la tierra casteIlano-leonesa podrían espigarse a lo largo y a lo ancho de la obra maestra del Padre Isla para rematar el cuadro de lo popular tan característico de nuestro autor .

Un estudio particular muy interesante podría llevarse a cabo del vocabulario de Isla, propio y especifico de la Tierra de Campos, pero este trabajo se lo remitimos a los lingüistas. No dudamos de su importancia para el conocimiento de la evolución regional de la lengua, pero quizá resultara aquí en exceso denso y erudito.

Por ello, levantamos ya la mano, aun a sabiendas de que nuestro recorrido no ha sido completo ni mucho menos.

* * *

Isla había llamado más de una vez a su libro "Don Quijote de los predicadores" y había declarado querer seguir las trazas de Cervantes, multiplicando a lo largo de su obra las imitaciones de detalle, constantes y atrevidas.

El parecido entre ambas obras se reduce a la coincidencia entre la finalidad secundaria y accidental del Quijote: acabar con los sermones gerundianos como Cervantes acabó con la excesiva afición a leer libros de caballerías. A esto y a cierto realismo en los detalles descriptivos de tipos y costumbres se reduce la semejanza de ambas novelas.

Hay, sin embargo, una escena final que guarda estrecha semejanza con el colofón de la obra cervantina. Así como Don Quijote, en los últimos momentos de su vida, se recupera de su dolencia paranoica, se vuelve a la realidad en la que nunca había vivido, denuesta a los libros de caballerías y se transforma en lo que fue, en Alonso Quijano el Bueno, también el héroe de Isla, Fray Gerundio, se retracta al final de sus días de sus locas extravagancias y termina su vida con una muerte ejemplar. "Concluye el señor Abusemblat sus apuntamientos con la conversión de Fray Gerundio al verdadero modo de predicar, efecto de no sé qué libro convincente que la Divina Providencia le puso en las manos, de su muerte ejemplar, precedida de una pública retractación de los disparates que había dicho en sus sermones, y de una patética exhortación que hizo a sus frailes, para que predicasen siempre la palabra de Dios con el decoro, gravedad, juicio, nervio y celo que pide tan sagrado ministerio" (43).

No cabe duda que este último fue el mejor de los sermones que predicó Fray Gerundio el Bueno, el Quijote religioso-popular de la tierra castellano-leonesa.

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Las notas remiten a las páginas de la edición de: JOSE FRANCISCO DE ISLA, "HISTORIA DEL FAMOSO PREDICADOR FRAY GERUNDIO DE CAMPAZAS, ALIAS ZOTES " Madrid, 1978. Editora Nacional. 2 vol.

(1) I. 122.

(2) I. 109.

(3) I. 160.

(4) II, 655.

(5) I. 236.

(6) II, 533.

(7) I. 361.

(8) I. 130.

(9) II, 532.

(10) II. 741.

(11) II, 532.

(12) II, 656.

(13) I. 239.

(14) II, 540.

(15) I. 110.

(16) II, 505.

(17) I. 389.

(18) II, 567.

(19) II. 570.

(20) I. 389.

(21) II, 738.

(22) I. 437.

(23) II, 833.

(24) I. 123.

(25) I. 124.

(26) II, 795.

(27) I. 108.

(2'8) II, 694.

(29) I. 209.

(30) I. 386.

(31) II, 537.

(32) I. 477.

(33) II, 585.

(34) I. 125.

(35) II, 713.

(36) I. 207.

(37) II, 666.

(38) I. 386.

(39) I. 149.

(40) II, 738.

(41) I. 451.

(42) I. 145.

(43) II, 858.