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La leyenda del alto tajo: LA DEL SANTUARIO DE NUESTRA SEÑORA DE RIBAGORDA

SANZ Y DIAZ, José

Publicado en el año 1982 en la Revista de Folklore número 14.

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Al oriente de la provincia de Guadalajara, en las sierras del Alto Tajo -"Tagus nascitur in Sierra Molina in altisimus Orespede juguis", dice el gran geógrafo Fournier-, en el término de Peralejos de las Truchas, se halla enclavado el famoso Santuario de Nuestra Señora de Ribagorda.

Dista unos cuatro kilómetros de esa villa y, sobre un prado ameno arbolado, sale de improviso al paso del caminante al pie de las ingentes terreras de la Muela de Ribagorda.

A fines del siglo XII, concretamente en el año 1194, se fundó en I as hoces del famoso río un rudo monasterio cisterciense, que duró ,poco tiempo en la áspera e, inclemente serranía de la cabecera del Tajo, siendo origen del célebre Real Monasterio de Piedra, a donde fue trasladado por estar más lejos y mejor resguardado de la morisma.

En aquella primitiva Casa de la Orden del Císter debió estar la imagen de que nos vamos a ocupar, hasta que fuera escondida por los monjes bernardos del abad Ganfrido de Rocaberti. La fundación y el abandono del cenobio constan en el cabreo del Archivo Histórico Nacional, libro I, capítulo XIII, folio 53 vuelto.

Peralejos de las Truchas dista unos treinta kilómetros por carretera de la ciudad de Molina de Aragón, la cual siempre se nombró de los Caballeros. La villa tiene casonas hidalgas, algunas con escudos heráldicos, que no es cosa de describir aquí. Tuvo en tiempos pasados unos doscientos vecinos, muy mermados hoy por el absentismo general de la ruralía. El pueblo, de grandes pinares, ganadero, con la agricultura abandonada por el olvido en que se tiene el campo, paraíso de pescadores y turistas. Abundan las truchas y los cangrejos en el río Tajo y sus dos primeros afluentes, el Hoz-Seca y el Cabrilla. Sus paisajes son maravillosos, con Muelas como la de Utiel y la de Ribagorda, aguas fresquísimas, hoces geológicas por donde discurren sus caudales en los valles de erosión. En los veranos la población aumenta notablemente por su clima y toda clase de atractivos.

La iglesia parroquial de San Mateo Apóstol consta de tres naves, comunicándose las laterales por arcos de medio punto, sólidos, con la central que es alta, amplísima. Su retablo mayor es barroco, recargado, churrigueresco, magnífico. Enfrente, hay un órgano monumental de grandes voces, falto de reparación y en desuso.

Por encima de las cornisas de la nave mayor, se ven doce óleos de la escuela de Ribera, representando a los Apóstoles, de buena factura artística. En las laterales hay seis capillas, entre las que destaca la de la Virgen de Ribagorda, cuya imagen de bulto pasa un año en la Ermita y otro en la Parroquia. Se celebra su fiesta en la Pascua de Pentecostés, yendo los feligreses en romería hasta el Santuario, donde se dice misa con sermón, se cantan gozos, la procesión da vueltas a la ermita y cuando se acaban los actos religiosos se merienda pintorescamente por familias y grupos, sobre el prado, a la sombra de los chopos que lo enmarcan. La imagen de Nuestra Señora de Ribagorda se sube y baja en andas desde el pueblo, entre el fervor de los peralejanos. Los panoramas que circundan la ermita son extraordinarios, bellísimos, con las rochas de Belvalle a lo lejos, rematadas por los murallones pétreos del Machorro y el Poyal de los Corzos, las dos Muelas pinariegas, las haces del Tajo y el imponente Barranco de los Encarcelados. Hay numerosas simas, ceñajos del neolítico y albergues rupestres inexplorados, que esperan la visita de espeleólogos y arqueólogos.

La historia de Peralejos se enlaza de tal forma con la aparición de la talla de la Virgen de Ribagorda en la alta y lóbrega caverna de las rochas del Tajo, en la época de la Reconquista -siglo XII-, cuando Alfonso I el Batallador liberó el territorio molinés del poder de los infieles, que no es posible pasar por ella sin recordarla. Es una leyenda poética, sublime., en la que el pueblo cree y la viene repitiendo a través de los siglos, transmitiéndola de una generación a otra. Por falta de documentos sólidos, fehacientes, destruidos en las guerras civiles, acaso este relato no pudiera resistir una crítica severa; pero solamente un comentarista impío podría dejar de tener fe en ellos.

Veamos lo que cuenta la narración, semejante en algún aspecto a la aparición de otras imágenes medievales a sencillos campesinos en la orografía de España. Corría el año 1129 cuando los cristianos reconquistaron y liberaron aquella comarca del poner de los mahometanos. A comienzos del siglo XIII, una tarde de primavera, cuando ya empezaban las sombras del crepúsculo a envolver con sus velos tupidos los riscos imponentes que bordean el Tajo, un cabrerillo indígena, que al encerrar su hatajo notó la falta de algunas reses, se dispuso a buscarlas entre los espesos breñales, ásperos por demás, pues los chaparros, los avellanos, las zarzas, las morrioneras y los amostajos crecían a su antojo en las riberas del río, a un centenar de tiros de ballesta del lugar donde hoy se alza el famoso Santuario.

Siguiendo el curso del arroyo Ribagorda llegó, abriéndose paso entre la salvaje aspereza del monte, a la cumbre del macizo que corona un enorme barranco, donde gimen al estrellarse las aguas del torrente citado, antes de engrosar el caudal del Tajo, que en el fondo del cañón geológico se retuerce como una sierpe furiosa.

El anochecer caía sobre los tupidos avellanares espesos, los tilos centenarios en flor, que impregnaban de suaves esencias los precipicios y sobre las carrascas de piel rugosa, que con las sabinas, las mellomas y los chaparros clavaban sus raíces poderosas en la abrupta ladera de muy difícil o casi imposible ascensión.

El pastor oyó el cuchichí de una perdiz y la voz ronca del cárabo, que se disponía a su caza nocturna, ecos que con el rumor del agua se perdían en el silencio bárbaro de los desfiladeros. El cabrero buscaba un posible descenso. Huían los fragmentos de lastra al posar en ellos las abarcas de piel de toro, rodando con estrépito al fondo del abismo. Gracias a la resistencia de la maleza ya los salientes de la risca, pudo bajar por "la gatera de Las Llanás" hasta el pie del macizo. Ante el ruido que hacía el intruso, los reptiles y los lepóridos corrían espantados a esconderse, a ocultarse en las grietas de los canchales, entre las aliagas y los enebros.

Siguió avanzando, escudriñándolo todo por ver si descubría las reses extraviadas, cuando, al abrirse paso por entre las ramas de unas carrascas y la fronda de una yedra enorme que le impedían seguir, vio la boca de una cueva singular de que nadie en el contorno tenía la menor noticia. Era alta y amplia como la bóveda de una catedral, redondeada en la parte. superior, tal y como hoy puede verse en las rochas de Peralejos.

El cabrero, habituado como estaba a discurrir solo por los montes, no se arredró y penetró en ella. Anochecía. La luz plateada de la luna en creciente iluminaba el vestíbulo del antro. Como impulsado por una fuerza sobrenatural, dio unos pasos, viendo en el fondo, temblante ahora de religioso temor, cómo se alzaba sobre un altarcillo rústico, formado con toscas peñas, la imagen románica de Nuestra Señora de Ribagorda, que por circunstancias de lugar se llamó, andando el tiempo así, con el nombre que lleva.

Aquel espacio de la enorme caverna estaba milagrosamente alumbrado por la luz de un candil romano de barro, que se alimentaba con una pella de manteca. Una fuerte armadura, mohosa por el abandono y la humedad, pendía de una estaca clavada en los intersticios del muro natural. y tendido en un lecho miserable de hojas y retamas, sobre unas pieles de oveja, reposaba el cadáver de un anciano y venerable ermitaño envuelto en desgarrado sayal.

Lo habían respetado las fieras que infestaban las desérticas rochas del río Tajo y que bajaban a diario a calmar su sed en la corriente. Junto al cuerpo inanimado del asceta, había un viejo y enrollado pergamino que el cabrero no supo descifrar. Decía así: .'Yo, Ruy-Gómez, antiguo guerrero y primer ermitaño de esta cueva, habiendo despreciado mi nobleza de origen y los lauros conquistados por mi espada por amor a la Virgen María, oculté esta imagen a la furia de los infieles, construí este rústico santuario en su honor. Y aquí muero, tras de haber dedicado gran parte de mi vida a defender la Religión cristiana, a rezar por Nuestra Señora, ya que tan cruelmente la ofendieron las mesnadas agarenas. Que Ella se apiade de mí".

Cuando el asombro y el miedo cortaron las raíces que retenían los pies del mozo al suelo de la gruta, corrió como un fantasma bajo el claror lunar por la empinada cuesta, por las veredas inverosímiles del macizo forestal, aferrándose alas melomas, a los troncos de toda clase de arbustos resistentes. Herido, arañado, sangrante, con las ropas destrozadas, llegó al caserío de Peralejos, donde contó cuanto le había sucedido, la aparición de la Virgen, la imagen sacrosanta de los serranos del Alto Tajo.

Al otro día, con el alba, una comitiva de peralejanos, guiados por el cabrero, llegó a la hoy conocida Cueva de Ruy-Gómez. Tras de dar sepultura cristiana a los restos del ermitaño, intentaron llevar la milagrosa imagen hasta el poblado medieval.

La ascensión fue, dificilísima y al llegar al prado donde actualmente se alza el Santuario.frente a las blancas terreras de Muela, en cuyos churtales nace el arroyo Ribagorda, los pies de los aldeanos que la conducían se negaron a andar.

La voluntad de la Virgen quedaba manifiesta. No quería avanzar más. Había escogido aquel hermoso paraje de la Sierra para morada suya y alivio de cuantos caminaran por ella.

II

Es muy notable esta imagen de la Virgen de Ribagorda y no ha sido todavía bien estudiada. Puede haberse observado la talla de la Patrona del Alto Tajo -antaño acudían a sus romerías y festejos gentes de toda la comarca molinesa, incluso de los pueblos limítrofes conquenses de la Tierra de Beteta, pues allí delimita el río ambas actuales provincias-, examinando la misma escultura o acudiendo a fuentes indirectas, como la documentación histórica, época de los templos en cuyo enclave se encuentra su ubicación geográfica, para indagar indicios de la influencia de artistas y talleres que pudieron existir en la región.

Desgraciadamente faltan apoyaturas de cronología local, por haber desaparecido los archivos parroquial y municipal en las guerras de los siglos XIX y XX, con lo que existe una laguna que difícilmente se puede llenar. Serio contratiempo para los investigadores, que nos vemos privados de la posibilidad de que pueda ser fechada convenientemente, por datos externos, la talla que nos ocupa.

Quizá, aparte de las leyendas piadosas sobre su aparición, la imagen mariana de referencia fuera labrada o llevada al monasterio primitivo, arriba citado, de la Orden del Císter, y oculta en la Caverna de Ruy-Gómez o de la Misa, como quiere la tradición, para salvarla del furor almorávide y descubierta en el siglo XIII, traída al primitivo templo parroquial de Peralejos, una vez rescatado el territorio del dominio musulmán. La iglesia local y la ermita serrana -en ambas se le rinde culto- han sido reconstruidas varias veces, no quedando nada de las construcciones de la decimotercera centuria.

Pero hay que tener en cuenta otras circunstancias. Por ejemplo, cuando se reconquistó la comarca molinesa del dominio mahometano, había mozárabes en ella y estaba en pleno florecimiento el arte escultórico románico.

Repetimos, que, las actuales iglesia y ermita son relativamente. modernas. El templo de San Mateo, patrono de la villa, muestra un dintel semigótico, donde .puede leerse: "Fízose. esta portada año 1652, siendo Cura Párroco don Guillermo de Marcos, y sacristán, Gonzalo Sep de Balera", con las abreviaturas de la época. Delante tiene. un porche posterior, abierto al mediodía por dos grandes arcadas. El campanario y la espadaña recuerdan vagamente. la influencia románica. Ya hemos dicho antes que en esta iglesia tiene la Virgen de Ribagorda una magnífica capilla barroca. Sin embargo, los arcos que dividen las tres naves del templo conservan la robustez de su indudable ascendencia románica.

La tradición tampoco fija la fecha exacta en que apareció esta imagen del período artístico que va del siglo XI al XIII, ni el tiempo en que fuera levantado el primitivo santuario para darle culto en el sitio en que hoy se venera al pie de la Muela de Ribagorda.

Por tanto, hay que, estudiar la talla por su forma y demás características, incluso por comparación con otras esculturas ya fechadas hacia esa época medieval, teniendo en cuenta que ha sido repintada y vestida por el mal gusto de los últimos siglos. Es un icono de bulto y cuerpo entero, con las características del tipo románico tardío y ejecución arcaizante.

Al no saber fijamente el origen de esta escultura de Nuestra Señora de Ribagorda, ni cuándo, ni por quién fue esculpida, tampoco podemos falsear estos datos, carentes de una documentación veraz adecuada, con hipótesis o suposiciones.

Puede relacionársela con la talla de la Virgen de la Hoz, que se venera en el famoso barranco de ese nombre, en el término de Ventosa y a escasa distancia ambos santuarios marianos. De la imagen peralejana puede decirse justamente lo que, tras un examen detenido, dijo el historiador Diego Sánchez Portocarrero en el siglo XVII: "La materia de la santa imagen es madera; su bulto, escultura entera y excelente, con su ropaje. formado en el mismo relieve, aunque la vistan sobre él ahora ricos vestidos que ofreció en abundancia la devoción y el agradecimiento de muchos".

Efectivamente, como la de La Hoz, la de Ribagorda "es en su forma excelente; su rostro y el Niño algo morenos". y debió estar encajada, seguramente, en algún antiguo retablo, creemos nosotros, ,pues de ello muestra indicios indudables.

Para fijarle una corona, sabe Dios cuándo, le clavaron un hierro en la cabeza, que todavía conserva, como prueba de la tosquedad y barbarie de los ejecutantes.

Es cuanto podemos decir por ahora de esta talla prodigiosa, que debieron de adorar los mozárabes, hasta ser arrancada y oculta en épocas de riesgo, como la de los feroces almorávides.

III

Peralejos, hoy Peralejos de las Truchas por un Real Decreto de 1916, para evitar su confusión con otros pueblos de nombres similares, confina con los términos de Checa, Chequilla, Mejina, Pinilla, Taravilla (donde se crió Fray Gabriel Téllez, Tirso de Molina) y Poveda de la Sierra, pueblos de la provincia de Guadalajara, y con Tragacete y el país de los colodros en la de Cuenca. En esta villa, de hermosos paisajes, la historia y la leyenda han dejado caracteres, huellas imborrables. Por ella pasaron viajeros y geógrafos célebres, como Bowles y Mártir Rizo.

En su término abundan la caza y la pesca, especialmente las truchas asalmonadas y los sabrosos cangrejos en sus ríos Tajo y Cabrilla. El apellido de la villa ya lo indica. Se dan bien las perdices, los conejos, las liebres, las codornices, palomas torcaces, ardillas, fuinas, gatos monteses, incluso zorras, ciervos (procedentes de la inmediata reserva de las sierras de AIbarracín y la conquense Vega del Codorno), así como los jabalíes que proliferan demasiado en los últimos años. Su ornitología es muy variada e interesante, lo mismo que su flora, rica en especies botánicas. El té de las piedras tiene fama, igual que la tila, el malvavisco, la flor tabaquera, el espliego y otras plantas aromáticas. Sus trufas son muy codiciadas en España y en Francia. Produce cereales, hortalizas, alguna fruta, buenas carnes de sus rebaños lanares y caprinos, cera y miel de sus colmenares, aparte de su riqueza forestal, que con la pecuaria es la propia de las zonas frías. La agricultura está bastante abandonada por la emigración de los peralejanos a los centros industriales, incluso del extranjero.

Guillermo Bowles visitó Peralejos en el siglo XVIII, como célebre naturalista y geógrafo que era, refiriéndose a él en las páginas 136 a 141 de su "Introducción a la Historia Natural ya la Geografía de España" (Madrid, 1789), en la que anota: "Subiendo siempre por la montaña se llega a Peralejos, en la orilla del Tajo; el río pasa por una garganta que el mismo se ha labrado entre dos montañas de mármol cortadas perpendicularmente, de cerca de cuatrocientos pies de elevación", y añade que "a tres cuartos de legua de Perajejos, saliendo hacia el mediodía, hay el más alto cerro de aquellos parajes, llamado Sierra Blanca, cuya montaña está aislada y la cima coronada de rocas de cal". Bowles halló piritas vitiólicas sembradas entre la greda, pedazos de azabache, y vetas de plomo que se introducen incluso en los troncos de los árboles, por lo que -según él- los peralejanos "quemaban este azabache y del plomo que soltaba hacían munición para tirarle. a la caza de que abunda el país". El encontrar por aquellas sierras diferentes petrificaciones, unas veces en las peñas y otras en la tierra, especie de conchas fósiles retorcidas, exclama: "Si el mar las depositó allí, como no se puede dudar, es bien difícil de explicar cómo ha sido esto en el paraje más elevado de España", cuando menos uno de los más altos.

Este es el entorno del Santuario de Nuestra Señora de Ribagorda, Patrona venerada de todos los pueblos comarcanos, centinela avanzado de la geografía mariana que vela espiritualmente desde hace siete siglos por los destinos de los mismos y de una manera especial por la villa de Peralejos de las Truchas.

La ermita serrana es grande y no está falta de gracia arquitectónica, aunque no tiene actualmente. ni espadaña ni campanil. Consta de una sola nave, con un altar sobrio en el testero y un coro en la parte opuesta. Antiguamente se enterraba en este Santuario a gente notable de la localidad, cuyas lápidas sepulcrales aún pueden verse.

Sobre las ruinas de la antigua ermita, que debió ser más pequeña, se construyó la actual en el siglo XVIII, con una casa adosada para guardianes y las celebraciones conmemorativas del Ayuntamiento y Cofradía de Peralejos, en los que se da gratis "pan y vino de caridad bendecidos"

Desde el Santuario se goza de un panorama espléndido. Al frente, la cima culminante de la Muela de Ribagorda, señora de las cumbres, casi en los dos mil metros de altura, que hizo escribir a Juan Pablo Mártir Rizo: "Y en lo de Peralejos hay una montaña tan alta, que si la vista alcanzara se verían las Andalucías y las Francias".

Este monte ingente se yergue, pardo de labores en sus laderas y verde de pinares en la cumbre, sobre las anchas hoyas de Cocera, Juanabrada, Martinmalo y Prado de Doña María, por el Sabinarejo a Cañada Herradilla y El Rasón, avanzando su proa, como un bajel orográfico, sobre el río Hoceseca, que es el primer afluente del Tajo. Desde allí, el pico de la montaña más alto, que es un punto bellísimo de aquellas ásperas serranías, se descubre la vieja Herrería de los Morencos, Navarejos, el Cotillo, el Salto de la Electra Sierra Menera y las rocas basálticas de la Sierra de la Campana, en el Común de Villa y Tierra de las sexamas molinesas.

Las vertientes de la Muela de Ribagorda, anfiteatro del Santuario, salvo la del SE, no tienen umbrías arboledas ni espesos pinares; tan sólo graciosas roturaciones y un manantial fresquísimo que brota de la roca, conocido por la Fuente de la Zorra, aparte los caudalosos Manaderos de Cocera, que se desparraman laderas abajo, retorciéndose. alegres entre juncadas y churtales.

Un arrastre geológico de tierras cavó una vertiente frente a la ermita, a medio kilómetro, formando las llamadas Terreras de la Virgen. Al sur, las rochas del Tornillo (dornajo) y del Medio Celemín, cubiertas de avellanares y de tilos, entre otros árboles silvestres milenarios. Abajo, al norte, queda la villa antiquísima de Peralejos de las Truchas, con su típica arquitectura serrana, sus calles asfaltadas y su hermoso pilón de cuatro caños, labrado en piedra berroqueña. Por eso dice el historiador Sánchez Portocarrero, en la segunda parte inédita de su obra ("Historia del Señorío de Molina", lib. I, cap. 13º, folio 53 vuelto), que "Peralejos tiene rastro de lugar muy antiguo; pero debe de haber mudado el primitivo nombre, y el que se conserva no es conocido en lo antiguo". Desde luego existía en tiempos de los romanos, que explotaron las minas y las herrerías de sus proximidades, construyendo para ello el Puente del Martinete sobre el río Tajo (hoy embutido en los machones del nuevo de la carretera comarcal 202), por el cual traían la mena desde los yacimientos de Cueva del Hierro hasta la Herrería de Rinconquillo. Los árabes siguieron explotándolas y después los cristianos, de lo cual existen huellas fehacientes.

En el término de este pueblo hay varios despoblados prehistóricos, protohistóricos e históricos no explorados, como el de Zarzoso y del Prado de la Lobera, en cuyo rincón de Saceda existen varias hiladas descomunales de una fortaleza ciclópea, construida con piedras enormes -desgastadas por una sobre erosión- de diversas dimensiones y en toda su rudeza, colocadas también rudamente y llenos los intersticios de piedras más pequeñas, todo ajustado sin argamasa alguna. La mayor parte de los arqueólogos están de acuerdo en atribuir esta clase de construcciones a la raza pelásgica, manifestando en algunos puntos de España los esfuerzos de un pueblo poderoso que hizo ensayos sobrenaturales en el arte de la edificación. Estas ruinas ciclópeas debieron ser utilizadas más tarde.. desde la más remota antigüedad, por los pueblos y tribus que habitaron el territorio celtibérico, por los romanos, los fenicios, los cartagineses, los visigodos y los musulmanes. Las ruinas de una fortificación llamada Castil-Griegos en la próxima villa de Checa (la antigua Urbiaca o ciudad chica), así lo atestigua, igual que la colindante Tarabellum, que es la Taravilla actual.

Perseguidos los moros por los cristianos en tiempos anteriores a la aparición de la imagen de la Virgen de Ribagorda, refugiáronse en las sierras de Peralejos en extremo abruptas, habilitando para viviendas trogloditas las cuevas de sus cercanías, tales como los llamados Ceñajos del Moro, abiertos hoy en parte casi inaccesible en los macizos roqueros del Escalerón, donde se pueden ver obras interiores de mampostería árabe. A estas cavernas alude Sánchez Portocarrero al decir que Peralejos "muestra con otras cosas su antigüedad una noble mina en su término, donde llaman Las Cuevas, cerca del río Tajo, la cual atraviesa todo un cerro (la Muela Utiel) y en sus dos bocas tiene señal de haber tenido puertas, y cerca un aljibe, que todo parece obra de moros. También tiene cerca muchas ruinas de antigua población, mas no hay luz de cuál fuese". Desde luego, además del citado castro ciclópeo del Prado de la Lobera, sin duda alzado para proteger un burgo acogido a su amparo que se llamó Saceda, existen vestigios de remotas poblaciones en VadiIlos y Zarzoso, esta última la más cercana al Santuario que venimos estudiando.

Entre las familias hidalgas de Peralejos que siempre tuvieron gran devoción a Nuestra señora de Ribagorda, fueron en todos los tiempos, incluido el presente, las de los Sanz, los Jiménez Hermosilla, los Díaz, los Arauz y los Sorando. Algunos miembros de las mismas contribuyeron a la conservación de la ermita, aunque la documentación al respecto ha desaparecido en las contiendas civiles. Se sabe por tradición que un peralejano rico, al que llamaban el tío Anochea, cuyo nombre completo era don Francisco Jiménez-Hermosilla, Arauz y Ruiz de Torremilano, reedificó el Santuario a su costa a comienzos del siglo XIX, adquiriendo el privilegio de enterramiento en el mismo.

Hemos logrado descifrar algunas lápidas sepulcrales borrosas, que damos a continuación. Por ejemplo, "Aquí yace doña Luisa López Morencos de Arrazola, natural de Checa, que falleció (en su casona de la Herrería) a 13 de julio de 1860".

"Al señor don Froilán Arauz Huerta. Recuerdo de sus hijos. D.E.P. Murió el 13 de' octubre de 1878, a los cuarenta y cinco años de edad".

"Aquí yace don Simón Arauz y Huerta. Falleció a 10 de octubre de 1887, a los cincuenta y nueve años de edad".

"Aquí yace doña Dolores Estremera, viuda de don Simón Arauz, que falleció a 22 de junio de 1894".

"El niño Enrique Arauz Tejada, falleció el 3 de septiembre de 1895".

"Aquí yace el señor don Juan Francisco Arauz y Huerta, que, falleció a 12 de marzo de 1899".

De las restantes laudas nada puede leerse aunque se sabe que allí fueron inhumados varios miembros de los linajes locales anteriores, ya citados.