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CUENTOS QUE ME HAN CONTADO (I-III)

GARRIDO PALACIOS, Manuel

Publicado en el año 1994 en la Revista de Folklore número 161.

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En el invierno de 1975 me senté a escuchar a Don Dionisio Robledo Martín, nacido en Carrascal de la Cuesta, Segovia, que por estas fechas del 94 cumplirá los setenta y seis años, en su taller de herrero de Madrid. En un silencio necesario, roto a veces por el roce de los metales que manejaba, me contó los cuentos que voy a contar ahora, y otros cuentos que contaré otro día, cuentos que escribí al dictado, como retornando a la vieja banca y al cuaderno de dos rayas. Por si yo creía saber esto y lo otro, ese día supe una vez más que personas como Don Dionisio, que pasaron su vida al pie del banco de trabajo, sin aparentar saber muchas cosas, sabían todos los cuentos, la vida les había contado todos los cuentos, y que León Felipe, al decir en su Antología Rota:

Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
Que la cuna del hombre la mecen con cuentos...
Que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos...
Que el llanto del hombre lo taponan con cuentos...
Que los huesos del hombre los entierran con cuentos...

Y que el miedo del hombre...
ha inventado todos los cuentos.
Yo sé muy pocas cosas, es verdad.
Pero me han dormido con todos los cuentos...
Y sé todos los cuentos.

...no hizo más que recoger la voz de los desencantados de su tiempo y de todos los tiempos. Cuentos sobre cuentos.

Los cuentos que me contó Dionisio forman parte de un amplio trabajo de campo que inicié en 1971 y que concluiré el día del último cuento. Forjados en el yunque de la tradición, si al salir de la herrería rodaron durante años en papeles malescritos, hoy les doy para que sean de todos: primera entrega de la serie de cuentos que iré contando.

Poco hablador, buen escucha -así me vio Don Dionisio- puede que me los contara tan generosamente porque, aunque de viva voz no salieran de mí, estaba seguro que buscaría la manera de contarlos a otros para que no se perdieran del todo.

I. PERICO EL DE LA MAZA

Pues esto era un vez un muchacho que vivía con su madre viuda, y era muy listo. Tenía ganas de saber qué había más allá de su pueblo, y se lo dijo a la madre.

-Madre, yo quisiera irme a ver qué hay más allá de nuestro pueblo.

-¡Bah!, -le dijo ella-. ¿Tú qué crees que va a haber?. Cerros y valles y yo qué sé.

-Bueno, pues yo quiero verlo.

-Que no, hijo, que yo estoy sola. ¿Cómo me vas a dejar?.

-Madre, pero si vuelvo pronto.

Entonces, el muchacho, de momento, quedó convencido por la madre, pero no muy tranquilo; conque a los pocos días:

-Madre, que yo quiero ir a ver qué hay más allá de esos cerros.

Y la madre pensó: "Pues si no le dejo, a lo mejor, se escapa y es peor":

-Bueno, hijo, bueno, pero vente pronto.

-Sí, sí, vendré enseguida.

Total, que le echó algo de ropa, le preparó comida y allá que se marchó. Y anda que te anda, llegó a los primeros cerros, y el chico se entusiasmaba viendo aquello que jamás había visto antes. No conocía aquel paisaje tan nuevo, y andando andando, no se dio cuenta de que se había distanciado mucho del pueblo. Total, que se asoma a otro cerrito y desde allí ve un pueblo, y dice:

-¡Hombre!. Pues voy a ver qué hay en este pueblo.

Se mete por la calle principal y ve un cartel que pone: "Herrería". Dice:

-¡Hombre! Pues me gustaría ser herrero. Conque entra y le dice al dueño:

-¿Hay trabajo?

-¿Qué sabes hacer?

-Pues le podía ayudar al fuelle, a machacar.

-Bueno, quédate.

Se quedó a trabajar, y a los diez o doce días, como era un muchacho muy inquieto y no le gustaba estar tanto tiempo en el mismo sitio, le dice al herrero:

-Oiga, mire, he pensado que voy a seguir mi camino por ahí.

Y le dice el herrero:

-¿Es que no estás bien en mi casa?

-Sí. Pero yo, mire, me gusta correr tierras.

-Bueno, bueno, tú dirás cómo estamos de cuentas y cuánto te debo.

-Dinero no quiero ninguno; solamente deseo hacer una porra tan grande como yo pueda manejar.

El herrero pensó que aquella porra no tendría más allá de los cuatro o cinco quilos. Y dice:

-¿Hay bastante con esto?

-Más hierro.

-¿Qué porra vas a hacer, muchacho?

Cuando ya le dijo que había bastante hierro, se construyó la porra en la fragua a base de forja, y al enfriarse, la coge, se la echa al hombro y le dice al herrero:

-Bueno, que usted siga bien.

-Adiós.

Y se fue. Anda que te anda, divisó otro pueblo.

-¡Hombre! Voy a ver qué hay en éste.

Entró por la calle principal y desembocó en la plaza, y vio allí un grupo de personas discutiendo.

-¿Qué pasa aquí? -preguntó.

Le dijeron que era el rey que no encontraba vaquero para sus vacas, porque todo el que iba con las vacas tenía una desgracia, y él dijo:

- A mí no me pasará nada.

Entonces se acercó al palacio:

-¡Oiga! ¿Es verdad que necesitan aquí un vaquero?

-Pues sí.

Conque se puso al habla con el vaquero que había y al día siguiente le echaron un buen almuerzo, y se fue el vaquero con él, y le dijo:

-Mira, Perico, si llevas las vacas a aquellos prados que ves tan verdes, comerán mucho, pero es posible que te pase alguna desgracia. Sin embargo, si las dejas aquí, no te pasará nada, aunque las vacas no coman. Perico dijo:

-¡Bahl Llevaré las vacas allí.

Al llegar, se pusieron a comer hierba, y a él le daba gusto ver comer a las vacas, y también se puso él a almorzar. Había terminado cuando ve que viene un bicho que no conocía, que era un dragón. Entonces va y le dice:

-Eh! ¿Dónde vas?

-Voy a comerme una vaca.
-¿Quién? ¿Tú a comerte una vaca? ¡Vamos, anda!

Entonces vio que tenía que recurrir a la astucia, porque era un bicho muy grande para él.

-A ver, agacha un poquito que te quite esas pajas que llevas en la cabeza.

Se agachó el dragón y Perico le dio un mazazo en la cabeza y lo mató. Después, le cortó la lengua, se la guardó en el bolsillo y al llegar al palacio, las vacas parecían fuentes dando leche.

Y al otro día, la misma operación. Se puso a almorzar en el prado verde y apareció otro dragón, pero mayor que el de ayer. y le dice:

-iEh! ¿Dónde vas?

-Voy a comerme una vaca y a ti también si se me tercia.

-¿Quién? ¿Tú? ¡Vamos, anda!

Ya iba el dragón avanzando y le dice Perico:

-Espera, no tengas prisa, que te voy a quitar las pajas de la cabeza.

Se agachó el dragón y ¡Pum!, mazazo y dragón muerto al suelo. También le cortó la lengua y se la guardó en el bolsillo. Al otro día, igual, se presentó otro dragón comilón de vacas, y como ya se sabía el truco, le dijo que se agachara y lo mató a mazazos.

Y el rey va y le pregunta:

-Oiga, ¿qué pasa que antes no probábamos apenas la leche y ahora hay de sobra?

-Pues el vaquero nuevo, que no sabemos qué hace

Le dijo el rey a Perico:

-Oiga, ¿usted qué hace para que las vacas den tanta leche si antes no daban nada?

-Pues ahí fuera hay unos bichos, los he cogido, los he matado, y no he hecho nada más.

-¡Ah! , conque era eso.

Entonces el rey dio un bando de que el que presentara la prueba de haber matado a los bichos dragones se casaría con su hija. y había uno que era un vivales, y dijo:

-Aquí hago yo mi agosto.

Así que cogió, cortó las cabezas, las metió en un saco y se las llevó. Llegó al palacio y le dijo al rey:

-Aquí está la prueba.

Soltó el saco y cayeron las cabezas. Pero Perico que estaba allí vio la mentira y dijo:

-Un momento ¿esas cabezas tienen lengua? Las miran y ven que no.

-Claro, ¿cómo las van a tener si se las he cortado yo?. Aquí están como prueba.

Entonces, el rey, al comprobar que Perico había matado a los dragones le concedió la mano de su hija. Se casaron, dicen que fueron felices, que comieron perdices y que se dieron con una piedra en las narices.

II. HOMBRE y MEDIO y CABEZA DE CABALLO

Había una vez en un pueblo muy lejano un rey con una hija muy guapa, buena e inteligente, en edad de casarse. Como tenía tantos pretendientes, el rey decidió un plan y dijo a sus súbditos:

-Aquel que traiga un ramito de todas las flores, un sé y un no sé, y además, un cordón de carne con diez clavitos, se casará con ella.

Todos los hombres del reino decidieron subir a las montañas a buscar las cosas que el rey pedía. Uno de ellos vio una valla y se extrañó que la hubiera porque aquel paraje siempre había estado desierto. Y preguntó:

- ¿Quién vive?

Y desde dentro, ante su sorpresa, alguien dijo:

-Hombre y medio y cabeza de caballo. Entonces el hombre insistió:

-Pues que salga.

Y salió un mozalbete a preguntarle:

-¿Qué es lo que quiere usted?

El hombre le pidió agua fresca; el mozo se la trajo y el hombre, después de beberla, se interesó:

-¿Con quién vives aquí?

-Con mi madre que ha ido al molino a moler y amasar el pan que nos comimos la semana pasada.

El hombre se extrañaba cada vez más. Pero siguió queriendo saber:

-¿Y tú que haces, mozo?

-Yo estoy comiendo a los que llegan y esperando a los que vienen.

El hombre se quedó pensativo, y no pudiendo aguantar más, dijo:

-Mira, me tendrás que explicar tus respuestas.

Y el mozo se las explicó:

-Resulta que yo estaba sentado junto al fuego, y cuando usted ha llamado yo he visto que era un hombre quien hablaba, y como yo soy aún medio hombre, pues sumamos hombre y medio, y he visto la cabeza de su caballo, pues está claro, hombre y medio y cabeza de caballo.

-Sí, tiene su lógica. ¿Y tu madre en el molino amasando el pan de la semana pasada?

-Es muy fácil. Porque la semana pasada vino muy mala y tuvo que bajar al molino del río y pedir prestado el pan. Entonces, como esta semana está buena, ha ido a molerlo, amasarlo y devolverlo.

El hombre estaba cada vez más admirado de la agudeza del mozo, y siguió preguntándole:

-¿Por qué me dijiste que esperabas a los que llegaban y comiendo a los que venían?

-Mire, yo estaba con la cuchara al lado de la olla, y todos los garbanzos que saltaban de la olla me los comía, y esperaba a los que iban a saltar después.

El hombre se quedó admirado de las respuestas y se sentó a contarle su problema, que estaba buscando lo que el rey había pedido para poder conseguir la mano de la princesa. El mozo le escuchó atento y le dijo:

-Le voy a dar un panal de abejas y un ramo de adelfas. En el panal ya tiene un ramo donde están todas las flores, menos el de adelfa, que lo lleva aparte. Y el sé y no sé es como le voy a decir: usted sabe cuándo ha nacido, pero ignora cuándo morirá.

-¿Y el cordón de carne con diez clavitos?

-El cordón de carne son los dos brazos con los diez dedos.

El hombre vio que era la respuesta justa y le dio las gracias, volvió al palacio, respondió al rey de cuanto pedía y éste le concedió la mano de su hija.

Y se acabó el cuento con pan y pimiento, y quien no menee el culo se le queda tuerto.

III. JUANILLO EL MISMO

Era un niño que se quedó huérfano al que criaron sus abuelos. Pero éstos vivían en la pobreza y apenas si tenían dinero para comprarle la leche de a diario. En el corral vivía una burra que tenía un rucio, que así se le llama al hijo de la burra, y el abuelo dijo a la abuela:

-¿Por qué no llevamos al rucito al campo a que coma hierba y salvamos al niño con la leche de la burra?

Así hicieron, cogían al nieto y lo metían por debajo del animal a que mamara, y la burra le daba su leche creyendo que era su hijo.

Pronto dejaron los abuelos de llevarlo al corral, pues él mismo, gateando, llegaba a la burra y se hartaba de leche cuando quería y se dormía como un angelito; así, hasta que cumplió siete años, que empezó a sorprender a todos por su fortaleza. Jugaba con los otros niños y si peleaba con alguno, tan sólo de rozarlo lo hería y en el colegio empezaron a tenerle miedo.

-¿Quién te hizo daño? -preguntaba una madre a su hijo.

-Juanillo.

-¿Ya ti? -decía otra.

-El mismo.

Y el pueblo empezó a llamarle «Juanillo el mismo» y fueron los vecinos al alcalde a pedirle que lo echara a otro sitio, y el alcalde lo mandó llamar y le dijo:

-Mira, Juanillo, te tienes que marchar del pueblo.

-¿Por qué? ¿Yo qué he hecho?

-No has hecho pero puedes hacer. Sólo en broma eres capaz de lastimar a los otros niños, y eso no está bien. Así que, con dolor te lo digo que es mejor que te vayas, pero para que no te veas mal por esos mundos, ya que el pueblo no te quiere dentro, puedes pedir lo que quieras y llevártelo para usarlo fuera y se te dará.

Juanillo entendió y en vez de enfadarse aceptó la oferta:

-Mire usted, señor alcalde, quiero una porra de hierro que pese quinientas arrobas, y además, seis mil reales.

El alcalde reunió toda la chatarra que pudo y puso a trabajar a todos los herreros para hacerle la porra que había pedido, y pidió a los vecinos que pagaran un impuesto especial a fin de juntar los seis mil reales que debía llevarse.

A los pocos días salió Juanillo del pueblo con la porra al hombro y la plata en el bolsillo.

-¿A dónde vas? -le preguntaban los que lo veían ir.

-Camino adelante, a rumbo perdido.

Y venga andar que te anda, vio a un hombre junto a la vereda que estaba arrancando encinas sin herramientas, sólo con las manos, dejando las raíces al aire.

-Amigo -le dijo-, yo pensé que tenía fuerza pero usted tampoco es manco. ¿Qué es lo que está haciendo?

-Aquí me mandaron a arrancar unos chaparrillos.

-¿Y qué gana con este trabajo?

-Dos reales.

-¿Si le doy tres, se viene conmigo?

-Sí señor, donde vaya.

Y así continuaron camino charlando de esto y de lo otro y más adelante vieron a un hombre que con una tomiza se estaba trabando las piernas, y dijo Juanillo al otro:

-¿Qué está haciendo ese tío allí?

-Vamos a preguntarle.

Y fueron:

-Amigo, ¿qué hace usted?

-Es que me tengo que trabar las piernas para poder coger las liebres, porque si no, corro más que ellas y de alguna manera se me escapan por detrás.

-¿Y cuánto gana con ello?

-Cuatro gordas y una chica.

-Yo le doy seis reales y se viene usted conmigo.

Y ya iban los tres juntos andando cuando toparon a un hombre tendido en el suelo con las orejas puestas en la tierra. y le preguntaron:

-¿Qué está usted haciendo ahí, amigo?

-Pues yo pongo las orejas en el suelo y me entero de lo que pasa en el mundo.

-¿Y gana mucho con esto?

-Dos realillos nada más.

-Yo le doy seis gordas y se viene usted conmigo.

Y allá se arrancaron a andar los cuatro cuando ya anochecía. Entraron en una cueva cercana a un pueblo para dormir en ella, y dijo Juanillo a cada uno:

-Tú vas al pueblo y te traes arroz en una cazuela; tú buscas un par de liebres gordas, y tú, «arrancaencinas", te traes unas tarabillas para hacer candela y guisar.

Todos cumplieron lo mandado con abundancia y juntos, al volver, hicieron una hornilla de piedra para poner el guiso. Pusieron al fuego la cazuela con las liebres y el arroz y se distrajeron viendo el paisaje, pero la cueva tenía un boquete que era una sima y misteriosamente salió de ella alguien que se llevó la cazuela con la comida dentro. y cuando se dieron cuenta:

-Pero, ¿quién se ha llevado la cazuela?

Y se quedaron sin comer esa noche. Al otro día, dijo Juanillo a cada uno:

-Tú vete por otra cazuela y por más arroz; tú a buscar liebres y tú a por leña.

Hicieron otro guiso, del que se distrajeron un poco y volvió a desaparecer como el anterior, llevado por una mano misteriosa que salía del boquete. y dijo Juanillo:

-Esto ya no es así. Vamos a hacer con esparto una soga bien larga que llegue al fondo de la sima.

Juanillo amarró la porra de quinientas arrobas a la cuerda y bajó en solitario a ver qué había. Al llegar abajo, como los de arriba no veían el fondo, Juanillo tocó una campanilla para avisarles que no le dieran más cuerda. Ya abajo, Juanillo se encontró con tres princesas encantadas, y dijo una:

-Chiquillo, ¿a dónde vas por aquí? ¿Quién tan mal te quiere que por aquí te envía?

-Mi suerte, mala o buena.

-Quítate de ahí, niño, que a mí me guarda un gigante que cuando te vea, te mata.

-¿Y qué podría yo hacer para matarlo a él?

-Mira, él va a pelear contigo con la espada, pero antes te va a dar a escoger entre sus espadas la más brillante, pero no la cojas porque es de cristal; tú agarra una que tiene muy vieja, mohosa.

Así que llegó el gigante y le dijo:

-Vamos a pelear; toma una espada nueva y brillante, que yo con la vieja me avío.

-No, yo para ganarte no preciso la nueva, sino la más vieja.

y Juanillo, de esa manera, mató al gigante y salvó a la primera princesa. Entonces, las otras dos le dijeron a Juanillo:

-A nosotras nos guarda una serpiente de siete cabezas.

-¿Y qué tendría yo que hacer para matarla?

-Tienes que tirarle a la cabeza de enmedio con la espada vieja para quitarle la oreja izquierda, y así ya salimos nosotras del encanto.

Diciendo esto, se presentó volando la serpiente de siete cabezas que venía ya en busca de él. Conforme llegó, tuvo el acierto de cortarle con la espada la oreja izquierda y la serpiente se fue. Una vez sacadas las tres princesas del encantamiento, tocó la campanilla para que los compañeros las fueran subiendo. Subió la primera y avisó de que quedaban dos hermanas más abajo. Los de arriba quedaron sorprendidos con su belleza, pero más, con la de la segunda hermana, y más aún con la tercera, que era la más bonita, y que, como recompensa, le había dado a Juanillo media granada de oro cuando estaba abajo, advirtiéndole:

-Mira, toma la mitad de esta granada de oro y no la pierdas.

Una vez arriba, los otros preguntaron:

-¿Queda alguna princesa más?

-No. El que queda abajo es Juanillo.

Y entonces, como Juanillo no se fiaba de los tres que había dejado arriba, amarró la porra de quinientas arrobas a la cuerda y tocó la campanilla para que tiraran de ella. Y cuando iba la porra por la mitad del camino hacia arriba, la cortaron y cayó al fondo, abandonándola allí con su dueño.

Cuando los tres llegaron al pueblo, tocaron las campanas de alegría por el regreso de las tres princesas, creyendo los habitantes que ellos habían sido los salvadores. Y al llegar al palacio, los tres farsantes se querían casar con las tres princesas, pero la más chica dijo que no, que ella se casaría con el que tuviera media granada de oro. Las otras dos se casaron y mandaron hacer a los plateros del pueblo medias granadas a ver si venían bien con la otra media que guardaba la princesa, pero como no acertaban, nunca se casaba. Y al que sobraba de los tres, lo echaron del palacio.

Mientras tanto, Juanillo el de la burra estaba metido en la sima sin comer, sin agua y sin nada, pero metió la mano en el bolsillo para ver si encontraba algo, y sacó la oreja que le había cortado a la serpiente de siete cabezas, y como tenía hambre le dio un mordisco. Y en esto, se presentó la serpiente, y le dijo:

-¿Qué me mandas?

-Lo que te pido es que me subas arriba.

-Pues, súbete sobre mi lomo y al llegar me devolverás mi oreja.

-Sí, te la daré.

Una vez salvado, Juanillo no cumplió lo prometido. Y la serpiente le preguntó:

-¿No me das mi oreja?

-Ya te la daré en otra ocasión.

Al llegar al pueblo, se enteró del laberinto que se había formado con los casamientos de sus compañeros con las princesas, y fue a palacio haciéndose el tonto, y dijo:

-Mira si esta media granada es la que buscas.

La princesa comprobó que era su media granada, y dijo:

-Con éste me caso yo, porque es a quien le di la media granada.

Pero el rey no lo quería y lo metieron a vivir en una carbonera.

Tiempo después, el rey quería ganar unos torneos y mandó a los otros dos yernos a que los ganaran y a traerse la bandera. Y viendo esto, la princesa más chica le dijo a Juanillo, su marido:

-Parece mentira que tú nunca has sido tonto y mañana van mis cuñados a ganar la bandera para mi padre, y tú no.

Pero cuando ella no se dio cuenta, volvió a morder la oreja de la serpiente, y ésta se le presentó:

-¿Qué me mandas?

-Te pido que cuando mis cuñados vayan para allá, yo venga de regreso con la bandera de haber ganado, y que mi caballo sea mejor que el de ellos.

Y así ocurrió, cuando iban los dos cuñados, ya venía Juanillo de vuelta con la bandera. Y dijeron:

-¿Será posible que el tonto traiga la bandera de los torneos?

A ellos no les convenía que la cosa ocurriera así y le dijeron:

-¿Qué quieres por la bandera?

-Lo que quiero por ella es quitarle una herradura a mi caballo, calentarla en fuego de leña y ponerla a cada uno en el muslo izquierdo al rojo vivo. Así os daré la bandera.

Ellos pensaron que el sufrimiento bien merecía la pena, pues se iban a llevar la bandera a palacio ante el rey, su suegro, que cuando los vio entrar, se alegró de sus dos yernos, no así del marido de su hija más chica, que consideraba tonto. Por el disgusto que soportaba, se puso hasta malo, y los médicos le dijeron que para curarse le tenían que traer una botella de agua de la Fuente de la Leona, un venero que guardaba la fiera que no había quien pudiera entrar. Y le dijo la princesa a Juanillo:

-Ahora van mis dos cuñados por agua, y tú, no, como siempre.

Pero cuando ella se distrajo, le dio otro mordisco a la oreja del dragón:

-¿Qué me mandas?

-Te pido que cuando mis cuñados vayan a la Fuente de la Leona, ya venga yo con el agua, y que mi caballo sea mejor que el de ellos.

Así pasó. Y se preguntaron al cruzárselo:

-¿Será posible el tonto éste? ¿Y este tonto cómo...? Oye, Juanillo, ¿qué quieres por la botella?

-Que la herradura de mi caballo quede señalada a fuego en el otro muslo vuestro, si no, no la doy...

Se miraron el uno al otro y dijeron que sí. Y cuando llegaron al palacio con la botella de agua, el rey se emocionó al verlos:

-¡Ay, mis yernos!

Juanillo se metió en la carbonera, y el rey dio un banquete por la alegría de que le habían llevado la bandera de los torneos y la botella de agua. Y los duques y marqueses que estaban comiendo empezaron a decirle al rey:

-¿No es una lástima que su hija chica y Juanillo estén metidos en la carbonera?

Y el rey dijo:

-Es que él está tonto y yo no lo quiero aquí. Nada más que hará tonterías.

-Pero si hace tonterías, nos reiremos. Dile que venga.

Y cuando apareció en el banquete, ya no estaba tonto, y vestía un traje nuevo dando el brazo a su mujer. Saludaron a todos los comensales, y al llegar a uno de los yernos que estaba sentado junto al rey, le dijo Juanillo:

-Tú, quítate de ahí, que no te mereces el sitio. Y el rey respondió:

-¿Qué estás diciendo, Juan?

-Lo que le digo. ¿Quién le trajo la bandera?

-Mis dos yernos.

-No señor.

-¿Quién le trajo a usted la botella de agua de la Fuente de la Leona?

-Mis dos yernos.

-No señor. Todo se lo he traído yo. Y si no, que se echen los calzones abajo.

Al hacerlo, señaló Juanillo al rey:

-Mire usted cómo tienen cada uno señalado en los muslos la herradura de mi caballo.

Y ahí ya quedó cada uno al descubierto de lo que habían sido, y el rey se puso bueno por haberse aclarado todo.