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Como hacían la “colada” las amas de casa de antaño en el pueblo de Llano de Bureba (Burgos)

ARCE ALONSO, Amancio

Publicado en el año 1994 en la Revista de Folklore número 163.

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Todos sabemos muy bien que las amas de casa de hoy no encuentran dificultad alguna para conseguir un perfecto lavado de la ropa, por delicada que ésta sea y por elevado que parezca el grado de suciedad de la misma, puesto que disponen de unos medios tan prácticos y eficaces que les permite realizar con toda perfección cualquier lavado de ropa con un mínimo de esfuerzo y en muy corto espacio de tiempo.

Es cierto que tanto las prendas de vestir como las que se usan en los menesteres de la casa son cada vez más delicadas y por eso necesitan más esmero y cuidado en las operaciones de lavado, pero no es menos cierto que para todas y cada una de las prendas se elabora el producto adecuado que con su debida aplicación deja la ropa limpia, blanca y sin causarle deterioro alguno.

La intensa propaganda que constantemente se viene desarrollando por los distintos medios de publicidad, hace que todo el mundo conozca con detalle las innumerables marcas de productos destinados a la limpieza, con sus gamas de artículos elaborados específicamente para cada una de las distintas clases de prendas, suficientes, desde luego, para dejar satisfecha al ama de casa más exigente en limpieza.

El esfuerzo necesario en la tarea del lavado de la ropa también se ha simplificado, puesto que ya en todos los hogares disponen de esas máquinas automáticas que realizan por sí mismas el trabajo de lavar y secar la ropa con sólo administrarlas la ropa y el jabón o detergente adecuado para ello, liberando así a las encargadas de la limpieza de ropa del esfuerzo que suponía antaño la intensa y continua labor de lavado de la ropa a mano en el lavadero público, a veces al descubierto y siempre a merced de las inclemencias del tiempo.

Para poder apreciar y valorar el esfuerzo que suponía para las amas de casa antiguamente toda esta labor del lavado de la ropa, sería preciso trasladarse con la imaginación a los primeros años de este siglo o finales del pasado y conocer los medios de que entonces disponían para hacer un buen lavado teniendo en cuenta el nivel de aseo y limpieza que existía por aquel entonces en el medio rural.

La inmensa mayoría de las personas que por aquella época residían en el pueblo se dedicaban a las faenas del campo y a la explotación de la ganadería y por ello las ropas de uso normal en estos trabajos adquirían un grado muy elevado de suciedad.

A pesar del esfuerzo que hacían las mujeres en la labor de lavado, pues pasaban la ropa dos o tres veces por el jabón, llamadas "hojas", no lograban que las prendas apareciesen limpias y blancas por completo. No lo conseguían ni utilizando el sistema del tendido al sol y riego continuo con el aclarado a fondo que se hacía al final. Y aunque posteriormente, además del jabón común utilizaban el cloro o lejía que aliviaba el trabajo a las lavanderas, tampoco conseguían prendas limpias y blancas como era el deseo de las mujeres, principalmente de las mozas que se afanaban en que sus ropas apareciesen limpias y blancas en los "tendederos", porque ello les hacía acreedoras de la fama de aseadas, limpias, trabajadoras, delicadas y femeninas.

Estos lavados los hacían las mujeres cada ocho o quince días, pero al llegar la época de verano en que apremiaban las labores de la recolección, todos los miembros de la familia se entregaban totalmente a esas faenas, y entonces las mujeres no podían dedicar un solo instante al lavado de la ropa y por lo tanto se veían en la necesidad de tener que guardar la que se iban quitando durante el verano que duraba más de tres meses, colocándola en un lugar reservado de la casa donde quedaba almacenada hasta final de temporada.

Esto les obligaba a tener que disponer de tal cantidad de prendas de vestir que permitiera a las personas que constituían la familia a cambiarse varias veces de ropas sin necesidad de lavar inmediatamente las que se quitaban.

Ahora bien para poder dar a toda esta ropa sucia la limpieza y blancura que en un principio tenían, no era suficiente el lavado normal que las mujeres hacían durante todo el año, sino que era necesario emplear el antiguo sistema denominado de la "Colada", con el cual se conseguiría la limpieza y blancura apetecidas si se aplicaban los tratamientos adecuados. Así pues, aún después de utilizarse el Cloro o lejía, se seguía empleando el procedimiento de la Colada.

Pero, ¿qué era y en qué consistía la Colada?

Según el Diccionario de la Real Academia Española, Colada es la acción y efecto de colar. O también, Lejía en que se cuela la ropa para lavarla y blanquearla mejor. Y otra definición es la de Ropa colada.

Pero yo diría que la Colada consiste en colar con la ropa sucia ceniza previamente hervida y convertirla en líquido, cuya operación hace que al penetrar el líquido de ceniza a través del tejido de las ropas queden éstas limpias y blancas.

¿Y cómo se realizaba el laborioso trabajo de la Colada?

Para explicar con exactitud el proceso que las mujeres llevaban acabo en la operación de la Colada, debemos dividirlo en cuatro partes:

1ª. Cocimiento de la ceniza.

2ª. Preparación de la ropa para la colada.

3ª. Acto de la colada propiamente dicha.

4ª. Aclarado de la ropa ya colada.

Antes de entrar en la explicación de cada uno de los apartados anteriores, hemos de hacer constar que la labor de la "Colada" es fuerte y penosa, y por eso las mujeres se asociaban en grupos de tres o cuatro para poder llevar a cabo con cierta comodidad las tres o cuatro coladas que en común tenían que hacer.

COCIMIENTO DE CENIZA

La cantidad de ceniza a cocer sería proporcional a la cantidad de ropa que habría que limpiar; como ésta siempre era grande, grande tenía que ser la cantidad de ceniza a emplear y que previamente se había ido recogiendo a lo largo del año de la cocina en que ordinariamente se hacía el fuego para cocinar y que había sido colocado en un lugar de la casa llamado Cenicero.

Para poder cocer esa gran cantidad de ceniza se empleaban grandes calderas de cobre que, por sus múltiples aplicaciones, todos los hogares las tenían.

Ahora bien, para hacer hervir el agua en la caldera y en ella cocer la ceniza era necesario aplicarla un intenso y prolongado fuego, cosa que se hacía en un lugar donde no molestara el viento y donde tuviera salida el humo inmenso que se producía.

A este lugar se le llamaba vulgarmente "Lejiero" y en él hacían las coladas todas las familias del pueblo.

En general, los varones, preferentemente los mozos, eran los encargados de aportar la leña necesaria para la cocción que se iba a realizar y, en muchos casos, eran ellos también los que colocaban la caldera sobre unas grandes trébedes y depositaban en ella el agua que se precisaba, e inclusive hacían el fuego y lo atizaban hasta hacer hervir el agua.

Cuando el agua estaba en ebullición se le aplicaba la ceniza fina que se había elegido del Cenicero y se le hacía hervir hasta convertirlo en líquido llamado "cernada" que sin dejarlo enfriar se iba vertiendo sobre la ropa adecuadamente dispuesta para ser colado por ella.

PREPARACION DE LA ROPA PARA LA COLADA

Mientras se hacía la cocción de la ceniza y no lejos de la caldera, se preparaba una base de maderas que permitiera discurrir el agua que la colada iba a despedir. Sobre esa base se colocaba una gran canasta hecha de mimbres en la que se colocaba ordenadamente la ropa que se iba a lavar, que previamente había estado a remojo unas horas antes. Se empezaba por poner en el fondo la pieza más fuerte de lienzo, a continuación, las sábanas hasta terminar por apilar las prendas más finas y delicadas, que siempre eran cubiertas por otro lienzo fuerte sobre el que se echaba toda la "cernada" y al que se denominaba "cernadero".

ACTO DE LA COLADA PROPIAMENTE DICHA

Este trabajo era muy corto, pero había que hacerlo con mucha precaución, porque sencillamente consistía en coger con un cubo el líquido cenizoso de la caldera en ebullición y colocarlo sobre la ropa acondicionada de la canasta, operación que se tenía que repetir cuantas veces fuera necesaria hasta dejar vacía y limpia la caldera. Y se dice vacía y limpia porque la ceniza que quedaba cocida y en forma pastosa, también debía extenderse sobre la ropa.

Durante toda esta operación el líquido cenizoso iba penetrando a través de toda la ropa acondicionada en la canasta y por el entretejido de los mimbres caía hasta el suelo donde era canalizado por las maderas colocadas previamente discurriendo a un lugar determinado donde se deposita sin causar molestias ni perjuicios.

Para cuando este trabajo ha terminado también se ha acabado el día y, llegada la noche, las mujeres, en este caso las mozas, lo dan por terminado, dejando la labor en estas condiciones hasta el día siguiente en el que han de madrugar para realizar el aclarado de toda la ropa.

Pero no solía terminar esta penosa tarea sin algún rato de alegría y algazara. Porque los mozos casaderos del pueblo, al acercarse la época de hacer las coladas se preocupaban por averiguar cuándo iban a hacer la colada las mozas con las que les interesaba sostener alguna relación amorosa, o al menos con las que querían pasar un tiempo distraído y divertido en su compañía.

Conocedores, por tanto, de la marcha que llevaban los trabajos de la colada que realizaban las mozas interesadas, se juntaban tantos mozos como mozas había empleadas en la faena y, antes de que éstas la terminaran, se presentaban en el lugar con el pretexto de ayudarlas en los últimos trabajos.

Si las mozas recibían la visita con agrado, los chicos se deshacían en atenciones para con ellas ofreciéndose a hacer todo lo que ellas ordenaban para terminar el trabajo. Acabado éste empezaba el festín, porque uno de los mozos iba en busca de patatas de buena calidad, de las llamadas del "riñón", para asarlas a la brasa, otro mozo se las ingeniaba para conseguir torta o "resgada" recién cocida en el horno cercano para realizar la merienda y al mismo tiempo se conseguía la sal y el aceite sin olvidar el vino necesario, que se traía de la taberna en aquellos porrones típicos de cristal.

Una vez que las mozas daban por terminada la faena, los mozos retiraban del fuego las grandes calderas y las fuertes trébedes que las sostenían y las colocaban en un lugar donde no sufrieran golpes, ya que al estar muy calientes con cualquier golpecillo podía producirse un agujero.

Se colocaban entonces las patatas entre las brasas y la ceniza para que se fueran asando en muy pocos minutos y mientras, se improvisaba una mesa sobre la que se servían las patatas, una vez asadas, la sal y el aceite para sazonarlas, presidiendo siempre el porrón de vino.

Todo esto se hacía a la tenue luz de un candil de aceite o de petróleo, o del "carburo" que era el medio de iluminación de aquellos años, antes de la instalación de la luz eléctrica. Se creaba un ambiente favorable para la intimidad, para contar chistes o anécdotas atrevidas que en aquel plan a todos agradaban.

Una vez asadas las patatas y la cuadrilla con ganas de comer, sin pérdida de tiempo, cada uno coge la patata que mejor le parece y abriéndola por el centro que está hecho harina y vaporeando de calor, la espolvorea de sal y la echa un chorrito de aceite que, disuelto se filtra por todo el interior de la patata, quedando apunto para irla comiendo con trozos de torta y tragos del vino fresco en porrón. Resultaba una merienda agradable en todos los sentidos.

En ese ambiente de alegría, risas y algazara que servía de descanso tras las duras tareas de la colada, se pasaba gran parte de la velada hasta bien entrada la noche en que se daba por terminada la reunión para irse cada uno a su casa, claro que los mozos gentilmente acompañaban a todas las mozas hasta la puerta de la suya. Y así terminaba el día de la Colada.

EL LAVADO DE LA ROPA

A la mañana siguiente, de madrugada, las mozas lavanderas se presentaban en el "lejiero" para retirar las ropas de la gran canasta y transportarlas al lavadero llamado "La Presa".

Colocada la ropa en montones en los lugares elegidos preparados con telas fuertes y los "rodilleros" y junto a ellos los baldes de cinc, se iban a casa a desayunar para reemprender luego la tarea del lavado de la ropa.

Reanudada la tarea, mientras las unas van lavando la ropa, otra de las lavanderas va extendiendo las piezas sobre el césped para que las dé el sol. Antes de que el sol secara por completo la ropa, las lavanderas se apresuran a regarla con agua clara, utilizando un cubo o balde lleno de agua y sujetándole con una mano, con la otra se extendía el agua sobre la ropa tendida en el suelo. Esta operación se hacía varias veces al día, pero por la tarde se recogía toda la ropa para volverla a aclarar en el lavadero. Después se colocaba sobre cuerdas o alambres para que se secara cuanto antes. Si el sol aparecía con fuerza, pronto estaba lista para poder recogerla y después de planchada, guardarla en el arca o en el armario.