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MASIO, TROVADOR DE LA HAYUELA (SANTANDER) (I)

GARRIDO PALACIOS, Manuel

Publicado en el año 1994 en la Revista de Folklore número 163.

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A Juan Francisco Blanco

Vengo de Cabezón de la Sal a La Hayuela para ver a Indalecio Zabala, Masio, montañés, octogenario. Cuando llego es noche cerrada; llueve. Llamo a su puerta y no sé qué se figura el hombre: «Me hice un lío y con esto de los secuestros me dije: Angelita no da por mí dos pesetas». Pero en el fondo era como si me esperara: «...mi vida ha sido muy esclava, ahora que estoy jubilado y más libre, en los ratos que ando segando o sembrando patatas invento romances. En mi vida de niño no he tenido escuela, sólo guardando vacas por la sierra, por el coteruco de esta Hoya Hundida, valle de Odías, como quizás cuando esto era una selva hace miles de años, dijera alguien al salir: !Oh día!. Este rincón encierra una gran riqueza geológica: arenisca, caliza, arcilla. Era un pueblo de pastores hasta que se empezaron a explotar las minas de calamina, blenda y plomo,. se vivía bien, pero en el año 31 cerraron y el noventa y nueve por ciento tuvimos que echar el saco al hombro y a mangar sabe Dios».

Masio sabe que estas cosas o parecidas están en los libros para que el que quiera las saque y las ponga como notas a pie de página. Lo que me interesa es la cultura que él guarda, pero sé que necesita decirme de alguna forma que él sabe algo más que lo que yo busco. Nada nos decimos, pero ambos lo entendemos: «Hago romances porque me fijo en los hechos reales. Cuando parió la vaca seis terneros, así, uno detrás de otro, yo trabajaba en la tejera con un carretillo cargando camiones y un picachón en la barriga, y le saqué una copla a los becerrucos y al dueño, Antonio Herrero, compadre y amigo mío:

Voy a cantarles, señores,
una historia verdadera,
que ha sucedido hace poco
en el pueblo de La Hayuela.

Ay, si si si, ay, si si si,
ay, si si si, que esto yo lo vi.

La vaca de Antonio Herrero
paría seis becerrucos,
unos blancos y otros negros,
todos ellos muy majucos.

Ay, si si si...

Llegaron los periodistas
y de la televisión,
y han lanzado la noticia
desde La Hayuela al Japón.

Ay, si si si...

De Alemania preguntaban
y de México también,
si viven los becerrucos
pronto los vamos a ver.

Ay, si si si...

(Toca la flauta)

Subieron los de Río Turbio,
de El Tejo y de Ruiseñada,
y hasta el mismo Fidel Castro
quería venir de La Habana.

Ay, si si si...

Julia la de Cadaviejo
besaba los becerrucos,
y le decía a su esposo:
Lástima fueran mozucos.

Ay, si si si...

Gloria le decía a Antonio:
Lástima que se murieran,
aquellos cuatro tan guapos
que José tiró a la cueva.

Ay, si si si...

Aquí termina la historia
de la vaca de La Hayuela,
que en casa de Antonio Herrero
seis becerrucos pariera.

Termina con un solo de flauta que perfora el paisaje denso de campanos. «A mis años me ha dado por aprender a tocar la flauta; me gusta. La encontró el hijo mío cazando y me la dio». Le digo de donde vengo y adonde voy, por decir algo, porque a lo que he venido es a escucharlo a él, que canta:

Vengo que moler, morena,
del molino de la Rabia,
dormí con la molinera, ole, ole,
luego me llamó canalla,
que vengo del molino,
del molino de la rabia.

Y de allí me fui a moler
al molino de Carrejo,
dormí con la molinera, ole, ole,
después me llamó pendejo,
que vengo del molino,
del molino de Carrejo.

Y de allí me fui a moler
de aquel molinín de Ruentes,
dormí con la molinera, ole, ole,
vaya mujer más valiente,
que vengo del molino
de aquel molinín de Ruentes.

Al día siguiente vuelvo a buscarlo. Salimos a andar y como si toda la montaña fuera su escenario, pone el gesto solemne y me dice que escuche unos versos «sacados de mi inteligencia», versos son, para que yo los repita «por ahí, en las universidades, para un intercambio cultural».

COPLAS DE LA FUNCION IMPORTANTE

Cagar, ¡oh placer divino!,
que a mi corto parecer,
aunque sea el más cochino
y nada tenga de fino
compara al mejor placer.
Por eso vengo a cantar
pobre de mí, mal poeta,
lo que la humana paleta
nunca se atrevió a pintar;
por eso vengo a ensalzar
los placeres del cagar,
que no se deben quedar
en un silencio de muerte;
la vergüenza, yo no sé
de la vergüenza el por qué,
si en ello no hay ningún mal,
porque aquí el hecho real
es que todo el mundo caga,
desde el aprendiz sin paga,
al anciano mariscal;
y caga el rico aunque sea
la mierda dura o diarrea,
en un retrete lujoso;
caga el pobre más sarnoso:
la mierda es igual de fea.
Y caga el guardia civil,
caga el cuerpo de bomberos,
los obispos, los rateros,
los jueces y el alguacil;
y el solemne magistrado
y el general implacable,
el jovencito atildado,
el truhán desarrapado
y la suegra del alcalde;
caga la tiple ligera,
la mujer gorda y fondona,
la infanta, la comadrona,
la tendera y verdulera;
caga el cardenal delgado
y el ministro del trabajo,
el jinete enmascarado,
el señor de los ducados,
y el que vive allí abajo.
En lista de cagadores,
perderíamos la cuenta,
porque es lo cierto, señores,
que en tan agudos dolores,
el que no caga, revienta.
Es una verdad, señores,
imposible de negar,
no intentemos disfrazar
siempre la mierda con flores.
Imagínate el honor
que me haces escuchando,
imagínate a tu amor,
tu Dulcinea, cagando.
Porque cagar es verdad,
y aunque el mundo en tonterías
sólo busque la poesía,
mira tú la realidad.
Mira cómo está sentada,
cómo los dientes aprieta,
y tiene una mano quieta,
sobre su falda arrugada.
Mezcla su dulzura y hiel,
en la otra mano un papel,
basto o fino, como quieras,
y es que no puede lanzar
el complejo de la carga,
esa mierda retrasada
que se resiste a escapar
de donde está aprisionada.
Mas se oye un escape atrás,
se tira un peo, ¡purrrrrr!,¡paff!,
ya ha quedado descansada
y ya se ha puesto hasta tiesa,
Amigo mío no es un bulo,
esto es una dicha eterna,
ahora levanta la pierna
y después se limpia el culo.

Le pregunto a Masio que a qué se dedica ahora, a un rato del siglo, y me dice que «a arrancar piedras en el coteruco. Tengo un mallo de hierro que pesa seis kilos y medio, fíjate, a mi edad, y una barra que pesará tres o cuatro; les zumbo castaña, las saco y las voy colocando en forma de pirámides por si llega un vecino del pueblo se quiere hacer una casa y me dice: Masio, véndeme un camión de piedras; y yo le digo: llévatelo gratis». Pasa un vaquero con sus vacas y saluda sin palabras, quitándose el palo del hombro. Masio hace un alto y como si un apuntador le diera el pie, enlaza: «Yo tengo mis animalucos en la cuadra, pero lo que más hago es segar, cavar, sembrar patatas, alubias, maíz, berza y esas cosas que hacen falta en casa. Mi mujer la tengo muy achicada, aunque tiene once años menos que yo, le ataca un reuma y anda a medias. Yo gozo estos ratucos de broma, cuando tengo una escapadina, y trabajo todo el día, sin forzarme, que si de joven nunca valí pa'ná, ahora de viejo, menos. Las trovas que saco no se han publicado en ninguna parte jamás porque tampoco nadie las había escrito; las sé de memoria y vale. Cuando las recito viene gente a pedírmelas pero no tienen paciencia para copiarlas, se cansan, me canso. Además, a veces las saco conforme las digo, sin haberlas terminado de meter en el coco. Fumo demasiado; me gasto siete duros en isleños, me gusta el cigarruco, que voy a Canales y echo allí el rato y la partida. Un día, quieres creer que me marcho para Canales a las tres de la mañana y cuando vine me había cerrado la puerta, y claro, como para el ladrón de casa hay mala cerradura, cojo una escalera, abro el ventanuco, subo, entro por el desván, bajo a la habitación y me metí bajo las mantas, pero se me escapó el pie derecho y la rocé un poco y se despertó Angelita y me llamó de todo; yo le canté:

Masio le dije a Angelita,
déjame que me divierta,
y cuando baje a Canales,
nunca me cierres la puerta.
Nunca me cierres la puerta,
que salto por la ventana,
como salté la otra noche
cuando estabas en la cama.
Cuando estabas en la cama,
y Masio temblando de frío
y al arrimarte los pies
pegastes un gran chillido.
Pegastes un gran chillido,
y me has llamao sinvergüenza,
cuando yo baje a Canales,
nunca me cierres la puerta.

“Usted canta muy bien, aparte de inventar letras, tiene una voz muy recia”, le digo. «He cantado mucho y también canciones asturianas y el himno de la ikurriña». Le recuerdo el día que se reunen los trovadores de la región. «Eso es antes de la fiesta de Cabezón, el día de la Montaña, la fiesta más popular de toda Santander, gracias a ese don Ambrosio Calzada, que ha cultivado la danza de las Lanzas, copiada de Ruiloba el año 1929. Allí acude Remedios y Ruiz Franco Zapatería, otro viejito que está en Carrejo, que sabe el romance del Crimen de la Busta, y con el rabel tienes estos dos chicos de Polaciones, Pedro y Morante, y otro que le llaman el Airoso de Reinosa, ya muy viejo, y otro en Puente San Miguel, Velasco, que toca a pito y tambor la jota, que es lo más propio de esta zona». Le recuerdo lo de la Ruta de los Foramontanos y añade «...que España empezaba en Malacoria era cosa que siempre he sentido decir a mis antepasados, que salían a norte y a sur. Y al viaje le hice un romance y dos canciones, una al pasar por la llanura de Ruente, Valle de Cabuérniga, y otra, "En albarcas", porque iban todos con esos zapatucos de madera con tarugos, que el que tenía un caballo... y digo:

Si de Comillas salieron
ya Comillas regresaron,
viva esta ruta gloriosa
de aquellos foramontanos.
No era ruta de turismo,
no, no, era ruta de trabajo,
era ruta de comercio
porque iban intercambiando
las costumbres y las cosas
con los pueblos castellanos.
Los de Comillas salieron
con sus alforjas cargados,
de bonitos, de besugos,
de sardinas, de chicharros,
y de esos ricos mariscos
de entre sus acantilados,
que los cambiaban por vino,
por lentejas y garbanzos,
y de aquel mar de Castilla,
ese divino pan blanco;
muchos salieron a pie,
otros iban a caballo,
y las mujeres y niños
en sus burrucos sentados,
y los que iban a pie
iban bien entarugados
con albarcas de nogal
de los de Casar del Castro

(aún quedan dos todavía, ¡eh!)

y los tarugos de acebo
cortados en Sobrellano

(que es donde está el palacio del marqués de comillas)

llevaban varias docenas,
de tarugos bien formados
para echar por el camino
los que se hubieran gastado
con su azuela

(que yo la tengo en casa)

y sacapinos

(sacapinos es un agujero y tenías que tirar la albarca)

y el peto bien afilado;
ya se despiden del pueblo,
ya marchan los comillanos,
y al Cristo de la Cadena
un Credo le van rezando
y ya suben por el castillo
y a Canales van llegando
en el alto de La Hayuela
se paran a echar un trago,
en la venta del camino
nombre de los bilisarios,
y a aquella Virgen del Carmen
la van rezando el Rosario,
que como patrona lleva
su bendito escapulario;
en Cabezón cogen sal
y por el camino andando,
atravesaron el Saja
y allá en Renedo acamparon,
en ese mesón que hoy lleva
el nombre del uruguayo,
y allí se hacen la comida
y todos sacan por raso
cantan y bailan la jota
de aquel montañés hidalgo,
y entonces canta esta copla
este viejuco Masio:

Bebimos en la fuentona
un hermoso trago de agua,
que en la llanura de Ruente
el sol nos achicharraba.
Ay, sí, sí, sí será verdad,
en llegando a Sopeña ya se nublará.
y si no se nublara
es que no lloverá.

Y al otro día siguiente
va la caravana andando
por el Puerto Palombera
y los lobos están aullando.
Pero no cogieron miedo,
que llevaban buenos palos,
y por el Pico Tres Mares
pasan los foramontanos,
y ya divisan Castilla
y aquella tierra de campos,
y a la caída de la noche
llegan a Venta de Baños,
y mientras se hacen la cena,
aquel mozo de Comillas,
dicen que estaba cantando
esta copla, compañeros,
que aquí os la canta Masio:

Qué larga fue la travesía,
más duro ha sido el trabajo,
se me han roto las albarcas,
molero, camina,
tuve que seguir descalzo,
qué alegría,
pero en llegando a Segovia,
debajo del Puente del Diablo
le pondremos a las albarcas
unos remenducos
para seguir caminando
qué alegría.
Suben por Somosierra
y ya a Madrid están llegando,
y les coge una tormenta
y se quedan acampados,
en un campo tan hermoso
como éste de sobrellano,
y le pusieron Comillas,
y aquí queda demostrado
que fueron los de Comillas
los que primero pasaron.

Y por la inmortal Toledo
atravesaron el Tajo,
y entre cañadas y montes
a la Mancha están llegando,
lo mismo que don Quijote,
los molinos están contemplando,
y por la Sierra de Cazorla
suben los foramontanos,
de donde traen el aceite
de sus olivos sagrados,
y pasan por Peñarroya
y también por Pozoblanco,
y a Córdoba la sultana
la van, tranquilos, mirando,
en Montilla les dan vino
y en Coria les dan pan blanco,
y cuando llegaron al Betis
todos se echaron un trago,
que los obsequió muy bien
aquel buen rey Don Fernando,
y varios quedaron allí
y a don Fernando ayudaron;
y esto es cierto en aquella
Reconquista que costó tanto trabajo,
otros siguieron la ruta
poco a poco caminando,
y en la Punta de Tarifa
se quedaron asombrados,
la corriente del estrecho,
que no pudieron pasarlo.
Y dieron la vuelta atrás,
por San Roque y por La Línea,
y llegaron a San Fernando
y en esa ciudad fenicia
se quedaron descansando,
y allí termina la ruta
de aquellos foramontanos,
que de Comillas salieron
y a Comillas regresaron.
Y tras de los de Comillas
fueron de Ruiloba, tulanos,
de Ruiseñada los perojeros,
y de aquí los mosquedanos,
de Cabezón, salineros,
de Malacoria, corianos,
y allá en la ciudad del Betis
todos se hicieron hermanos.
Para conocer la ruta,
debéis de seguirla andando,
y si acaso vais en coche,
de vez en cuando parando,
o a poca velocidad,
que es lo más acertado.
Esto lo digo en La Hayuela
el día siete de mayo;
aquí Indalecio Zabala
ese que le llaman Masio,
con un abrazo muy fuerte
pa los que me estáis mirando, recoño.

Saca la flauta y remata cuanto ha dicho con una melodía que se pierde por los entresijos del monte. Yo no abro el pico. No es lo suyo en estos casos decir algo por decir algo.

MASIO TROVADOR DE LA HAYUELA (1) (SANTANDER) (II)

José del Río Sáez fue capitán de la Marina Mercante de Santander y, según Masio, «el mejor poeta lírico de la montaña. Al verlo fumando en pipa de espaldas al mar, me dije: mis padres compraron en 1901 mil metros cuadrados de terreno y, para hacer la Facultad de Filosofía pegadita a la Menéndez y Pelayo, nos lo expropiaron, y de lo que valía, unos diez millones de pesetas, me dieron ciento setenta mil para comprarme una corbata y colgarme de ella. Y entonces le ideo yo esta poesía a ese monumento que le hicieron a Sáez en la entrada de la Magdalena:

En verso, Pepe, es un lío,
pero en prosa donde vaya,
diré que José del Río
era en la lírica un tío,
orgullo de la Atalaya.
¿Por qué no estás en el puerto,
o en el rincón de las Llamas,
o en la calle San Francisco,
o en la Cuesta la Atalaya,
o en aquel prao de San Roque
donde de niño jugabas?
¿Por qué te han dejao tan solo,
amigo Pepín del alma,
donde la gente te mira
sólo cuando va a la playa?
Estos, los que dan paseos, ¿eh?,
los que van en coche, nada.
Y los que van al partido
esos pasan como balas,
y ni siquiera te miran
por miedo a perder la entrada,
que es mejor llegar al campo
y allí armar la zaragata,
que no estar contigo un rato
los que tanto te apreciaban.
¿Te acuerdas, amigo Pepe,
que tu barco se marchaba
y tú bajabas corriendo
por la Cuesta la Atalaya
y te decían: Pepín, oye majo,
no olvides traer eso de La Habana,
¿no sabes?, y después que lo traías,
de pagar ni se acordaban.
De tu soledad me quejo
y tú no me dices nada.
De espaldas te han puesto al mar,
tanto como navegabas,
nunca cogistes el barco
en el sitio en que te hallas;
yo te tenía reservao
un rinconín de mi casa,
aquí en La Hayuela, Pepín,
amigo Pepín del alma,
pa que no pasaras frío,
y claro, me lo expropiaron
y no me dejaron nada.
Lo que podía valer
diez millones de leandras,
me dieron siete pesetas
pa comprar unas corbatas
y si tenía valor,
que con ellas me colgara.
Dicen que si van a hacer,
todavía no han hecho nada,
la nueva Universidad,
de esas letras tan amadas
que tu bella inteligencia
tantas veces las rimara,
con esa filosofía
de la Cuesta la Atalaya
y de aquel prao de San Roque
donde de niño jugabas.
¿Por qué no estás en el puerto,
vamos a ver,
y porqué está allí Pereda,
si del mar no sabía nada?;
y sin embargo le tienes
con las redes enredadas,
mandando a los marineros
de Puerto Chico y Bezana,
lo mismo a los de Pedreña
que a los de Nueva Montaña,
y lo contemplan los niños,
los viejos y las chavalas,
y los mismos marineros,
cuando ya han echado el ancla,
Pereda Peñas Arriba,
amigos, hay que descubrirse,
de esto no digo nada,
pero meterse en el mar Pereda,
ni siquiera en Requejada,
porque Pereda en Polanco,
debajo la Cajigona
es donde mejor navegaba.
Si tú volvieras, amigo,
¿qué les llamarías tú?
Alguna cosuca mala, coño.

Le digo a Masio que lo de cantar las cosas que pasan alrededor de uno es cosa antigua y que de alguna manera él sigue una tradición. «Desde niño me incliné al arte, a algo mejor que este trabajo bruto que he tenido en mi vida, pero sin la suerte de saber recitar, porque hay miles de poetas y pocos recitadores pocos, como aquel González Marín». Le recuerdo que Angelita nos espera y que podemos hablar de vuelta, y él sigue hablando « ...del plato exquisito de ese paraíso natural de la mujer, porque yo las quiero muchísimo, y a veces iba uno y decía ella que no le diera un beso ni la tocara, porque yo siempre fui pequeñito, feo, y la mujer busca lo fino y elegante, y si es posible con dinero, que todo en la vida es necesario ya así un día, cabreao en el baile con un niña que presumía, le digo:

La que presume de honesta,
lo presta,
la que de amores no entiende,
lo vende,
y la que enamorada está
lo da
y de esto se desprende,
que en tratando de mujeres,
y tratando de joder,
la da, la presta o la vende,
y a mí plín.

Masio nació un 24 de agosto de 1909, pero parece nacido ayer. Le hablo sobre lo nuevo y lo viejo y me contesta que «...la cuestión de marras es lo que más siento. ¿Me entiendes?; por lo demás tengo alegría y me encuentro sano. Siempre me ha gustado ser cariñoso para todo el mundo. En mi casa se recogían mendigos; yo les hacía la cama, les llevaba el saco, en fin, me encanta que me quieran. En Bustablado, hace años, se declaró una epidemia y como a todas las epidemias se les ha llamado peste, los vecinos fueron a la ermituca de San Roque y le hicieron una novena y aquel santuco hizo que lloviera, y verás la historia dicha por mí de un hecho real. Resulta que iba una viejuca por la montaña y llevaba un farol con una candileja para ver el camino:

A San Roque el pueblo corre
a rogar al santo este,
que nos libre de la peste
de esas ovejas tan nobles,
que paciendo por el Pente,
que es aquella cordillera,
o allá en la Peña de Duña,
una terrible sequía,
en un año como éste,
se ha declarado una peste
que de hambre y de sed morían.
Se morían las ovejas,
morían los corderucos,
y se morían las cabras,
vacas y los becerrucos,
y allá en Duña se juntaron
tres viejucas de esas buenas,
de las que ya por desgracia
quedan muy pocas que sean,
y se van para San Roque
y le hacen una novena;
la de Toporia subía
por esas viejas camberas,
sola, con un faroluco,
y adentro una candileja,
que era la que la alumbraba
en las oscuras tinieblas.
Y la de Duña traía
una nietuca pequeña,
que era su guía, señores,
en la oscuridad tremenda,
y aquella de Bustablado,
un perruco con cadena,
que la enseñaba el camino
para que no se perdiera,
y se van para San Roque,
y empiezan esa novena,
y a los nueve días justos
dicen, se armó una tormenta,
que tuvieron que quedarse
las tres en la ermita aquella.
A las cuatro de la mañana
que ya afloja la tormenta,
los vecinos de estos pueblos
todos muy alborotados
y se fueron a por ellas,
hombre, coño, estaban tan asustadas,
de los truenos y centellas,
que las viejucas lloraban,
igual que unas magdalenas.
Y la nietuca dormida,
entre los brazos de aquella,
que parecía un angeluco
de esos de la gloria mesma.
De esto ya hace muchos años,
ya ni la gente se acuerda,
de aquel San Roque tan bueno,
que salvó aquella epidemia
y se formó una cofradía
que no había en España entera.
Los de Bustablado y Duña
y Toporia la solariega,
en donde se pone el sol
pasadas las diez y media,
que a Toporia le da el sol
un tanto más que a La Hayuela,
hoy se ha celebrao San Roque
y han matao la becerra,
anoche se tomó el caldo en Duña
hoy la llevan a la rueda
y delante de San Roque
esa gran circunferencia,
ya han preparado sus platos
y sus cucharas y se sientan
aquellas bellas mozucas
que desde Duña han bajado
con la cesta en la cabeza,
se quitan los delantales,
(compañero, que esto es cierto)
y a los mozos los entregan,
que repartan la comida,
carne con patatas nuevas,
y esos sabrosos garbanzos
cocidos en las calderas,
pero antes de repartirla,
en el centro de la rueda
cantan y bailan los Picayos,
que es la danza de mi tierra,
y las monjas se arrodillan
y al santo le hacen la venia,
luciendo lindas puntillas
sobre sus tan lindas piernas,
que yo al mirarlas, compañero,
hasta la vista me alegran.
Ya ha terminado la danza,
y ya los mozos empiezan,
unos reparten el pan,
otros van con las tarteras,
bien pretitas de garbanzos
y carne con patatas nuevas,
y mientras van repartiendo
de cuando en cuando se oyen
el pito y el tambor que suenan,
y entonces canta esta copla
allí Masio el de La Hayuela:

Hoy se ha celebrao San Roque,
en esta hermosa pradera,
y todo el mundo a comer
morenuca mía,
en esa preciosa rueda,
qué alegría,
ay, sí, sí, sí será verdad,
para el año que viene allí volverá.
Acércate a la rueda o si no no comerás.

Y no sólo comen los probes,
que tantas veces lo hicieran,
que también comen los ricos,
morenuca mía,
que allí con sus coches llegan,
qué alegría.

Los probes han mejorado
en estas benditas tierras
y demos las gracias al santo,
que nos salvó la epidemia.

Ya a la puerta de su casa, Angelita al tanto, no quiere dejar para después del almuerzo lo que le hizo a Comillas: «sabe Dios si a la tarde estaré donde estoy», y , libre de pasos, con el fondo de su casa, recita lo que va a ser la última entrega «de momento» de ese arte trovadoresco «sacado de mi inteligencia»,

Quería cantarle a Comillas
y no responde mi garganta
a ese pueblo tan alegre
de nuestra hermosa Cantabria,
pueblo más noble y sincero
no le conocí en España,
desde el muelle al Sardinero,
es algo que a mí me encanta
y desde Venta de la Vega
a la ría de la Rabia,
está el rincón más precioso
de toda nuestra montaña,
y en ese rincón tan bello
hay un poeta que canta,
aquel barrio de Campío,
cuando el marinero baja
con sus zocos caminando
y su chaqueta de agua,
y el cesto colgao del brazo,
con esas terribles ansias,
de salir para la mar,
y después volver a casa,
con el cesto bien cargado
de esas sardinas tan majas,
que Goya y la Maruquina
por La Hayuela las llevaban,
en sus chigueros cargados,
tan vivitas y coleando,
que casi se le escapaban;
así gritaba Rosario
cuando a Canales llegaba,
igual que Elisa la Grilla,
vendiendo por Ruiseñada,
y La Larina en Ruiloba
y allá en El Tejo la vasca,
y la Jose por tres vías
donde primero llegara
y tantas que conocí
que hoy no sé dónde andan:
María, Conce, la Rubia,
la Carmen y la Chavala,
subían para Cabezón
y hasta Mazcuerras llegaban,
y después de haber vendido,
con qué alegría cantaban
esa canción al poeta,
más grande de la montaña,
aquel hombre noble y bueno
que Jesús Cancio se llama:

Tú que escribistes las Brumas,
las norteñas, compañero,
pide a la Virgen del Carmen
que guíe a los marineros,
allá en Belecío,
sabes que te espero
porque me han dicho que echaste
las dos campanas al vuelo,
no te laves tanto
que ya no te quiero.

Mírale por donde viene,
allí por Campíos pasa
con su bastón que le guía
y su cabellera blanca,
casi caminando a ciegas
con dirección a su casa,
qué duquesas ni marqueses, hombre,
y qué conde de Ruiseñada,
si a Artajo le gusta el cante
hay que echarle una tonada
en la braña de la Cruz,
donde Cancio se sentaba,
cuando escribió su ceguera
en una linda mañana
en la taberna del barrio,
que le llamó “La Campaña”,
donde marineros beben
y juegan fuerte sus cartas,
aquella flor montañesa
con su baraja arrugada
y cuatro vasos en la mesa,
y de una mugrienta jarra
se sirven el negro vinazo
los cuatro de la Campaña.

Aquel Genor y Tolete,
dos marineros de fama,
y Chumavera, Veterano,
cuando cruzaba la barra,
lo mismo que el tío Magano
que Moradorio y Cabrero,
cogiera erizos y llampas,
y el mocetón tallavientos
con su trainera cargada,
avante, decía el tío Breca,
avante, que está salvada.
Y tantos que conocí
de mi Comillas del alma,
y tantos que conocí
que hoy no sé cómo se llaman,
por eso, la noche del Filipinas,
no paro de recordarla,
al ver esa unión del pueblo
y cómo los norteños cantan,
desde Campíos al muelle,
de Belecío a la playa,
desde el mismo sobrellano
a la Fonda de Colasa,
y desde el sardinero a la Cruz
allí todo el pueblo estaba,
aplaudiendo a los norteños,
pues que a su poeta cantan,
con la honra que le han puesto
Brumas Norteñas del alma.
Y al ver yo en la carretera
toda la gente apiñada,
y a este Masio el de La Hayuela,
se le caía la baba,
porque a mí me gusta el cante
más que a los pollos la masa.
Por eso, la noche del Filipinas,
fue para mí una plegaria,
no sabéis lo que agradezco
aquella cena invitada,
el día 15 de junio
qué rica y qué buena estaba,
almejas a la cazuela,
aquella ración de gambas,
lechuga, vino y tomate,
y la carne con patatas.
¿Han quedado satisfechos?
Sírvanse más, no se acaba.
Con un abrazo muy fuerte,
desde la Hayuela les manda,
al grupo Brumas Norteñas
de mi Comillas del alma,
aquí este viejuco calvo
que ya no vale pa nada.

Poco puedo añadir a la crónica en verso que durante estos días me ha dictado Masio en La Hayuela, sino ponerle punto, porque después de lo dicho por él, decir algo sólo sabe, ya digo, a decir por decir, y no es cosa.

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NOTA

(1) En 1994 me entero por Jesús Preciado, de Santander, que Indalecio Zabala, Masio el de La Hayuela, ha muerto hace un par de años. El recuerdo de Masio se agiganta cuando me añade Preciado que hablaba con gusto de “cuando estuvo aquí su amigo Manolo Garrido”, amistad que me honra. Que siga trovando esté donde esté, o que descanse en paz, si es su deseo.