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Juegos y fiestas medievales en la Villa de Cuellar. Algunas notas sobre su pervivencia en la actualidad

OLMOS HERGUEDAS, Emilio

Publicado en el año 1994 en la Revista de Folklore número 164.

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INTRODUCCIÓN

La Tierra de Pinares Segoviana es una comarca dotada de una importante y rica tradición popular, un acerbo cultural marcado tanto por el peso de lo ago-pastoril como por la especial importancia económica y social que siempre han tenido sus inmensos recursos forestales. En este trabajo pretendemos ofrecer una breve visión histórica de esta abundante tradición mostrando algunos ejemplos de las diversiones que eran más habituales en la Edad Media. Un período temporal que imaginamos con frecuencia muy alejado de nosotros, y al que en realidad permanecemos estrechamente unidos porque ha sido precisamente en él donde han surgido y se han conformado muchos de los comportamientos colectivos de más importancia en el establecimiento de nuestras propias señas de identidad. A continuación proponemos un conjunto de descripciones y de análisis que se centran en la Villa de Cuéllar, una población importante y representativa de la comarca. Pretenden servir como punto de partida desde el que reflexionar sobre la pervivencia en nuestro presente de algunas de estas actividades lúdicas; una reflexión que debe contemplar también su sentido y significado actual, que es, por lo general, muy diferente al que tenían en el momento en que nacieron.

1.LOS JUEGOS

Parece lógico pensar que toda la población cuellarana de los siglos XV y XVI participaba habitualmente en diferentes y variados juegos; parece igualmente razonable suponer que existiría una marcada diferenciación en los pasatiempos que ocupaban a las gentes atendiendo a su distinción por motivos de edad, de sexo y de condición social. Por esto mismo, sería realmente interesante poder conocer todos los juegos que se practicaban, quiénes eran sus principales jugadores y cuáles eran los motivos sociales que ejercían la diferenciación en cada uno de los casos. Sin embargo y pese a lo amplio y sugerente que podría ser este campo, nos vemos obligados por el momento a limitar nuestro estudio sólo a aquellos que están presentes en las referencias históricas escritas, algo que en el futuro necesariamente debe ampliarse a partir del desarrollo y de la utilización de métodos adecuados que permitan también recurrir a otro tipo de fuentes, como las iconográficas, las literarias y las de naturaleza oral. Tomando como referente los textos históricos que poseemos nuestro campo de observación se encuentra forzosamente limitado a aquellos juegos medievales que han generado alguna información escrita, lo que en la práctica supone decir, de una manera general, aquellos que han podido llamar la atención de las autoridades locales y sobre los que podemos contar con alguna referencia normativa (1).

Los principales de estos juegos son los practicados por los grupos de varones jóvenes, los mozos o «moços», sobre todo aquellos que tenían como componente fundamental la apuesta de dinero. Cuestión sumamente importante que hace que la atención del Concejo se fije poderosamente en ellos, llegando al punto de prohibir su práctica para evitar las alteraciones del orden público, las riñas y las disputas violentas, que debían ser muy frecuentes como consecuencia de las cantidades en juego (2).

Entre los juegos de mesa o de interior practicados en Cuéllar y su comarca parece que el más común era el de los naipes, un juego extraordinariamente extendido en el medievo (3). Aunque resulta muy difícil precisar algo más sobre su práctica, es muy significativo que la Villa contara con, al menos, un «naipero», es decir, un artesano especializado en la fabricación de cartas de juego (4); algo que por sí mismo puede dar idea de la importancia y de la extensión de este juego. Al lado de la baraja y completando la relación de juegos de mesa, podemos imaginarnos los dados, las tablas y el ajedrez; pasatiempos muy comunes en la Castilla medieval y que hemos de suponer también presentes en Cuéllar, pese a que no contamos con ninguna referencia explícita sobre ellos.

De entre los juegos desarrollados al aire libre parecen destacar los de habilidad, y de entre éstos, aquellos con claras raíces agrícolas y ganaderas que todavía hoy resultan bastante comunes en muchas zonas de Castilla y León, como los «birlos» o bolos y el «mojón» o tanga (5), que suponen un ejercicio de puntería y por consiguiente un buen acicate para los apostantes.

El de los bolos o «birlos» es un conocido y muy extendido juego de precisión (6), que admitía apuestas, y del que no parece posible precisar ni sus reglas concretas ni el número de bolos con los que se practicaba, pues, contra la norma general según la cual este juego cuenta con nueve bolos de madera y en él se intenta derribar el mayor número posible de ellos lanzando una bola también de madera (7), en zonas relativamente próximas y de frecuente contacto con Cuéllar, como es el caso de la Tierra de Medina del Campo, se ha venido practicando con tan sólo seis bolos, y siguiendo una normativa particular según la cual perdía quien derribaba todos (8).

A su lado, encontramos el «mojón», también llamado «tanga», «tángano», «tanguillo» o «juego de la chita» (9), que parece otro de los pasatiempos habituales de los jóvenes de la Comunidad de Cuéllar. Consistía en un ejercicio de puntería realizado entre dos o más personas, que podían agruparse en equipos, y que intentaban derribar una pieza de madera cilíndrica o troncocónica, habitualmente de encina, roble u olmo, llamada «tanga» y sobre la que se colocaban las apuestas de los jugadores. Contra ella sé lanzaban, desde una cierta distancia, varios pesados discos de metal o de piedra, de unos 10 centímetros de diámetro, que se conocían como «chapas», «tostones» o «tejos». Una vez sorteados los turnos de lanzamiento, ganaba quien derribaba la «tanga» y además situaba sus «tejos» más próximos a las monedas que la propia «tanga» (10). Cuando las distancias parecían a simple vista muy semejantes, se recurría al uso de un cordel para medirlas (11).

Otro juego que aparece citado en la documentación medieval es el «chambo», que no podemos precisar en qué consistiría, aunque es fácil suponer que se trataba de un juego de azar en el que contarían sobre todo los aciertos casuales y en el que lo que realmente importaba eran las apuestas de los jugadores. Quizá podría estar emparentado de alguna manera con el conocido «juego de las chapas», tan extendido todavía en nuestros días por la zona.

Por último, y aunque no contamos con referencias documentales sobre ellos, parece necesario suponer la práctica habitual de juegos tan extendidos en toda Castilla como la calva y la pelota (13).

La práctica de todos estos juegos estaba, al menos en teoría, seriamente limitada por la prohibición concejil que perseguía las apuestas. Sin embargo, parece que las penas pecuniarias no desanimaban lo más mínimo a los jugadores, aunque les obligaba a buscar lugares de juego que no eran demasiado habituales. De este modo, aunque era uso corriente practicar los juegos de mesa en las tabernas o mesones, aquellos jugadores que realizaban apuestas de dinero debían utilizar casas particulares con la intención de mantenerse a salvo y de evitar que su actividad fuese conocida por la autoridad policial correspondiente. Y de un modo análogo, los juegos realizados al aire libre, que suponemos se ejercitarían por lo común en las plazas públicas, en las eras y ejidos de la villa, o en solares relativamente próximos al núcleo habitado, se trasladaban en estos casos a lugares tan apartados y resguardados como los pinares (14).

Resulta curioso, pero es precisamente la presencia de este tipo de disposiciones concejiles sancionadoras la que nos pone al corriente y da buena cuenta de que, en la práctica y pese a la severidad de las penas establecidas (13), los cuellaranos continuaban jugando, y continuaban haciendo apuestas de dinero en sus juegos.

2.LAS FIESTAS

La fiesta es una actividad frecuente y sumamente importante en el mundo medieval. Son muy numerosos y diversos los aspectos culturales, sociales, económicos y religiosos que habitualmente confluyen en cada celebración. Esto hace su estudio muy interesante y a la vez extremadamente complicado, por ello sólo ofrecemos aquí una aproximación a tres tipos concretos y bien delimitados de estos acontecimientos. En primer lugar trataremos de la muestra festiva más importante de Cuéllar, la más definitoria de la cultura lúdica de la villa: los «encierros». En segundo lugar haremos referencia a una actividad estrechamente vinculada a los importantes recursos forestales de la Villa y Tierra, una costumbre ancestral todavía muy extendida en muchas de las zonas boscosas de nuestra región: la celebración del «mayo». Y en tercer y último lugar haremos un rápido repaso por las fiestas religiosas más importantes del calendario cuellarano, aquellas celebraciones que destacaban particularmente por la realización de una procesión por las calles de la villa.

De todas las actividades festivas de Cuéllar ninguna destaca tanto como los «encierros», la celebración que sin lugar a dudas es más popular y emblemática de la Villa y su comarca. A ellos alude repetidas veces la documentación bajomedieval de la que disponemos; en concreto las Ordenanzas de 1499 y las de 1546 le dedican por completo una de sus disposiciones (16), a lo que hay que sumar las importantes referencias que aparecen en el Libro de Regimientos.

A partir de todas estas informaciones puede afirmarse que los «encierros» contaban ya en 1499 con una importante y consolidada tradición, lo que se confirmaría con las constancias escritas que podemos encontrar referidas a ellos en las décadas finales del siglo XV (17). Su desarrollo debía ser, más o menos, el siguiente: Los toros eran conducidos por caballistas y peones desde el campo próximo hasta la Villa (18). Por las calles de la villa transcurría el «encierro» propiamente dicho; durante el trayecto, y de acuerdo con lo que era práctica habitual durante la Edad Media, los toros eran lanceados y picados con «garrochas», varas y otras armas arrojadizas. El recorrido, que es difícil determinar si estaría establecido con antelación, no conduciría a ningún lugar concreto, y la fiesta continuaba de un lado a otro hasta que se daba muerte a los animales (19).

La fecha más habitual para la celebración de los «encierros» parece que era el día San Juan, aunque también se realizaban en otras festividades importantes y en las ocasiones en que el duque de Alburquerque, señor de la Villa, acudía a ella de visita (20).

Como nota curiosa hay que apuntar que contamos también con noticias sobre algunas personas que resultarón cogidas por el toro. En estos casos, el concejo solía ayudar económicamente a los heridos entregándoles ciertas cantidades de dinero o de alimentos durante el período de su convalecencia (21), aunque parece que este proceder no estaba regulado y dependía de cada caso concreto.

El «mayo» es otra importante actividad del folklore popular que recogen los textos medievales. Una costumbre muy extendida por toda Europa y que entroncaría directamente con la celebración pagana del renacer cíclico vegetal, con la llegada de la primavera y con el final de la etapa de letargo invernal (22). Poseería por tanto unas claras raíces pre-cristianas que la ponen en conexión con la adoración ancestral del árbol como ser animado y como representación espiritual de la vegetación y de la fecundidad (23). Según sabemos. esta celebración estaba enormemente difundida en la época final del período medieval (24). La tradición, que pervive todavía con fuerza en nuestra región, muestra diversas variantes (25), y en Cuéllar, según parece, se efectuaba aquella que hoy es la más común, la que consistía en «pingar» o plantar enhiesto un tronco de árbol de formidables proporciones en el centro de los núcleos poblados. Contamos en este caso con un texto histórico muy destacado y que ofrece unas interesantes informaciones; conviene, pues, leerlo con detalle:

«...e, porque en esta villa e su tierra tienen costumbre los moços que son por casar el primero día de mayo de poner un álamo en cada concejo e en la villa en las colaciones, ordenamos que por el tal álamo que así cortaren los moços no incurran en pena alguna, puesto que lo corten sin voluntad de su dueño.» (26).

Como puede verse, en el texto se señalan con precisión algunas cuestiones que pueden resultar de interés:

1º) Eran los varones jóvenes y solteros quienes se encargaban de poner el «mayo» (27).

2º) La fecha fijada para la fiesta era la del primer día del mes de mayo (28).

3º) La costumbre no se limitaba a la Villa, sino que debía estar también muy extendida por las aldeas de toda la Comunidad de Villa y Tierra. Resulta muy significativo que la mayor importancia que tenía la Villa también se resaltaba y se ponía públicamente de manifiesto en esta celebración; mientras en cada una de las aldeas se ponía un solo «mayo», en Cuéllar se ponía uno en cada colación o barrio.

4º) El «mayo» era un álamo, elegido seguramente atendiendo a sus dimensiones de entre todos los de los alrededores y además -esto es importante- podía cortarse con entera libertad, pasando incluso por encima de los derechos de la propiedad individual. Lo que pone de manifiesto el reconocimiento social de la fiesta y la importancia que debía tener para la comunidad.

5º) La concesión hecha a los mozos tiene también una segunda lectura, que es necesario tener muy en cuenta porque pone en evidencia el sentido normativo propio de unas Ordenanzas. Con ella, seguramente, también se pretendía evitar los posibles problemas y enfrentamientos que se producirían por la elección y tala del «mayo». Y además pretendería regular –y a la vez limitar y controlar- la actuación de estos grupos de jóvenes, por lo general siempre conflictivos, y muy especialmente durante el desarrollo de una fiesta.

Más allá de estas consideraciones resulta harto difícil apuntar más cuestiones en tomo a la celebración del «mayo» en la época medieval. No tenemos ningún testimonio que aluda a las danzas, al desarrollo de la fiesta, a la posible decoración del mayo. En estas condiciones resulta casi imposible intentar imaginar el desarrollo del evento; pero sin embargo su transcendencia, la importancia que debía tener en la comarca y entre sus gentes, queda patente con una enorme claridad.

Otro tipo de celebraciones y de actos públicos que pueden suponerse muy concurridos eran los vinculados a las prácticas religiosas. Sobre todo aquellas en las que se celebraban procesiones en atención a los santos más importantes de cada parroquia, o con motivo de algunos momentos destacados de la liturgia cristiana. Entre las procesiones más importantes se encontraban las de Santa Agueda, San Elvín, la de las ochavas de Pascua del Espíritu Santo, San Bartolomé, San Agustín y Santa María de la Cuesta (29). Llama la atención que el concejo dedique por completo una de sus disposiciones ordenancísticas a este tipo de celebraciones religiosas (30). Y es llamativo que esto se haga precisamente para fijar la obligatoriedad de acudir a ellas que tienen los vecinos y moradores de la Villa. Lo que pone de manifiesto la enorme influencia que los representantes de la iglesia ejercían en la villa, que llegan incluso a imponer algunas actuaciones concretas a los órganos políticos civiles de la misma (31).

Sobre este mismo tema, el importante peso de la iglesia en el período medieval, contamos con otra interesante referencia en el texto de 1546. Es una disposición que autoriza a los sacristanes a cortar en los sotos de las riberas todas las ramas que necesiten, sin ningún tipo de limitación, para la celebración del Domingo de Ramos y de aquellas otras celebraciones en que era costumbre enramar las iglesias (32). Un nuevo ejemplo de regulación normativa que no sólo da cuenta de ciertas costumbres del culto cristiano que se practicaban en aquellos momentos, sino que también sirve para mostrar la gran consideración que tenía el poder político civil respecto a este tipo de actos religiosos. Sobre todo si pensamos que, en este caso concreto, existía una limitación muy estricta sobre la cantidad de ramas que cada vecino de la Comunidad podía cortar para fabricar aperos o para realizar labores agrícolas concretas, casos en los que sí que existía una estricta limitación del número de ramas que se podían cortar anualmente (33).

Pero además, estos ejemplos indicarían que las manifestaciones religiosas colectivas eran entendidas también como un importante acto comunitario de socialidad. Es decir, que en paralelo a la motivación religiosa -y quizá por delante o estrechamente unida a ella- estas celebraciones públicas debían ser también una ocasión importante en el desarrollo diario de la sociabilidad en nuestra localidad. Una buena ocasión para poner públicamente de manifiesto las diferencias económicas y políticas (recordemos que existía un orden pre-establecido respecto al lugar que cada uno ocupaba en la procesión), y un buen momento para remarcar y exhibir un grado de jerarquía local del poder. Algo en lo que seguramente el concejo, y aquellos que formaban parte de él, tenían un especial interés.

3.LA PERVIVENCIA ACTUAL

La primera reflexión que hay que hacer sobre la pervivencia en el siglo XX de estas actividades lúdicas y festivas tradicionales a las que nos referimos, parte necesariamente de considerar la transformación de la villa de Cuéllar en un notable centro urbano, industrial y comercial que cuenta con todas las características propias de una moderna ciudad. Cuéllar, que se ha convertido en la actualidad en un importante núcleo de población, en un eje industrial de transformación muy destacado en su provincia y en la cabecera comercial, de negocios y de servicios de toda una gran comarca, se manifiesta en muchos aspectos mucho más próxima al mundo plenamente urbano de hoy que a aquel otro ambiente rural propio de su pasado. Esta apreciación global incluye y afecta también, y especialmente, a los elementos más destacados de su folklore. Así, la primera y más importante característica que marca todo el mantenimiento actual de aquellos pasatiempos y fiestas que surgieron en el medievo, es la dificultad con la que se desenvuelven en un medio esencialmente urbano. Lo que ha motivado su transformación, su progresivo abandono y marginalidad, e incluso en algunos casos la eliminación por completo de su práctica.

De un modo paralelo y como un claro contrapunto, hay que indicar que no resulta difícil encontrar todavía este tipo de celebraciones y de juegos en muchos de los pueblos que formaban parte de la antigua Comunidad de Villa y Tierra de Cuéllar, sobre todo en aquellas poblaciones que han conservado una notable impronta rural. Aunque en estos casos topamos con una nueva dificultad: mientras que la pervivencia de estas actividades hasta mediados del siglo XX ha sido casi general, la acusada despoblación del medio rural de nuestra región en las décadas de los 50, 60 y 70 ha planteado serios problemas para mantener muchas de estas costumbres en los núcleos más pequeños. La falta de población joven, precisamente la más afectada por la emigración, ha supuesto que las actividades desarrolladas por los grupos de mozos han sido las que en primer lugar han caído en el olvido. Esta situación, que ha hecho muy difícil la pervivencia de este tipo de juegos y fiestas en los núcleos de población más pequeños, es la segunda característica general que nos gustaría señalar para enmarcar esta parte de nuestro trabajo.

De todos los juegos tradicionales que se practicaban a finales de la Edad Media en nuestra comarca, son con toda seguridad los bolos y la «calva» los que menos pervivencia han tenido en nuestro siglo. En la mayoría de los pueblos ni siquiera los más mayores recuerdan haber conocido su práctica. Por lo común reaccionan con extrañeza cuando se les pregunta por los bolos o «birlos», e incluso manifiestan abiertamente que no conocen cuáles son las reglas del juego en el caso de la «calva». Sin embargo, la presencia ocasional de ambos juegos en la villa (se nos informa que actualmente se practican o se han practicado alguna vez), resulta bastante sorprendente, y puede estar en relación con una recuperación reciente de algunos juegos y deportes autóctonos. En el caso de la «calva» esto es muy claro: todo el mundo recuerda que en Cuéllar sólo se ha jugado una vez a ella, en el céntrico paseo de San Francisco y con motivo de la celebración de unos campeonatos regionales en la localidad. Es decir, dentro de un programa promovido por algunas instituciones que pretendía difundir y fomentar los juegos autóctonos. Con respecto a los bolos la situación es algo más complicada, porque a ellos juega habitualmente un pequeño grupo de personas en el Hogar del Pensionista. Pero fuera de este ámbito se desconoce por completo su práctica, y además, las informaciones sobre ellos en el pasado suelen ser muy escasas y confusas. Todo ello parece apuntar a que, de un modo similar a lo que ha ocurrido también con la petanca, nos encontramos ante una posible implantación de este juego a partir de una influencia externa, y en consecuencia, su ejercicio no parece suponer ningún tipo de continuidad o de evolución respecto a la tradición medieval del mismo en la villa.

Una situación muy diferente es la de la «tanga», uno de los juegos más conocidos, populares y clásicos de toda la zona (34). Hasta las décadas de los cincuenta y sesenta este juego se practicaba con asiduidad todos los días festivos, y muy en especial durante la Semana Santa; una época del año en la que el buen tiempo permitía el desarrollo de juegos al aire libre y en la que los ratos de ocio abundaban por la prohibición de la Iglesia de trabajar en día de fiesta. En Aldealbar, un pequeño pueblo de la Tierra de Cuéllar hoy perteneciente a la provincia de Valladolid, la «tanga» era un juego bastante común. Por lo general se jugaba formando varios equipos de dos miembros y el orden de la tirada, en la que podían llegar a participar hasta ocho o diez parejas, se establecía «arrimando» los tostones a una línea trazada en el suelo, de tal manera que comenzaban los equipos que habían quedado más próximos a la línea. La apuesta por lo general era de dinero y no se depositaba sobre la «tanga», sino que en ésta se colocaba tan solo una moneda de cierto tamaño, para evitar así que las monedas pequeñas se perdieran, algo que debía ser frecuente cuando el «tostón» o «chanclo» -como también se llamaba en esta localidad- daba directamente y con fuerza sobre el palo de madera. En otros lugares, como por ejemplo en Sanchonuño, eran más frecuentes las apuestas de comidas y bebidas, y también de objetos de escaso valor aunque bastante preciados, como ocurría con los cartones estampados de las cajas de cerillas.

Parece que de todos los juegos con apuesta, el más común en las últimas décadas ha sido el de las «chapas», hoy todavía muy extendido y vinculado estrechamente al período de Semana Santa. Este juego de azar, que consiste en lanzar varias monedas con la intención de sacar caras o cruces, cuenta con una tradición importante y es sin lugar a dudas en el que se juegan cantidades más elevadas de dinero. No parece sin embargo el único de los juegos realizados con monedas, pues otro juego destacado era el que consistía en intentar acercar éstas a una pared o a una línea trazada en el suelo. En este caso cada jugador lanzaba una moneda y es frecuente que el jugador que perdía se quedara sin la suya, que pasaba como recompensa a la bolsa del ganador (35).

Aunque el juego que más aficionados tenía, y aquel que con gran diferencia ha sido el preferido de la comarca durante las última décadas, ha sido el juego de pelota o frontón. A menudo se jugaba en la plaza, contra la fachada de la iglesia, impulsando la pelota de madera y cuero con la mano desnuda. Ha sido este juego-deporte el que ha ocupado durante muchas décadas las largas tardes de los domingos estivales de los jóvenes de nuestros pueblos. Hoy en día continúa teniendo un gran predicamento, aunque ahora se presenta en una variante mucho más acorde con los tiempos que corren: el frontenis. Un juego que bien podría ejemplificar el importante cambio producido en la práctica de muchos de los deportes tradicionales, debido tanto a la utilización de nuevos materiales de fabricación industrial, como a la adecuación de sus reglamentos a una tipología estándar de marcada raíz foránea.

Pero con todo, quizá los cambios más importantes se han producido en aquellas manifestaciones que, como las fiestas, transcienden al ámbito de lo privado y forman parte del ritual comunitario; demostraciones que no se realizan a título individual o a partir de un reducido grupo de amigos, sino que aglutinan a toda la comunidad en su conjunto.

Siguiendo el orden con el que las hemos visto con anterioridad, y haciendo patente su importancia, nos ocuparemos en primer lugar de los «encierros». Sobre ellos lo primero que llama la atención son los sucesivos cambios en la fecha de celebración. Como hemos visto, en la Edad Media los «encierros» se celebraban el día de San Juan; a comienzos del siglo XX tenemos noticias de que se realizaban en julio, y por último en los años 20 se trasladan definitivamente al último domingo de agosto, fecha en la que todavía en la actualidad se celebran, coincidiendo con la fiesta de la patrona local: la Virgen del Rosario (36). Este cambio en lo temporal, del que todavía algunas personas mayores son conscientes, pondría de manifiesto varias interesantes cuestiones: En primer lugar, que surge un nuevo interés desde el punto de vista de la devoción religiosa, seguramente alentado por el clero local que parecía decidido a potenciar la reciente festividad de la Virgen del Rosario como patrona de Cuéllar. Puede verse en esto cómo se produce un claro distanciamiento de aquellas celebraciones que acaparaban mayor interés en el medievo; y puede verse además cómo se aprovecha una actividad lúdica tan importante como la de los «encierros» para dar más realce a esta nueva festividad. En segundo lugar, el cambio de fecha también parece reflejar la profunda transformación producida respecto a los parámetros temporales-estacionales predominantes en el medievo. Aquellos, que estaban estrechamente conectados al ciclo natural, tanto vegetal como astronómico, dejan paso a una nueva distribución del tiempo de la fiesta mucho más adecuada respecto a las nuevas exigencias impuestas por el ritmo vacacional de una población afectada por un creciente proceso de industrialización y de modernización.

Otro aspecto destacado respecto a los «encierros» es el que se refiere a su desarrollo material, a los lugares por los que transcurría y la influencia de esto en la percepción del evento por parte de las personas que asistían a él. También en este tema pensamos que se observa en las últimas décadas una importante transformación. Hasta hace relativamente poco puede mantenerse que los «encierros» tenían una clara función cohesionadora y catalizadora respecto a numerosas manifestaciones del folklore de la villa que se articulaban en su torno. En este sentido, hay que considerar que el baile, la música tradicional y las cuadrillas de amigos constituían una parte importante del propio «encierro». Además, el «encierro» en sí no se limitaba al marco de las calles cuellaranas, sino que comenzaba con una especie de romería de caballos y carros en el prado de la Vega, una dehesa situada entre el río Cerquilla y la carretera de Cantalejo donde se iban a buscar los toros (37). Muchas personas lo recuerdan todavía como la parte más emocionante y bonita de toda la fiesta, una romería celebrada el domingo en la que se entrelazaban música, bailes y comida en el campo, todo ello acompañado con la emoción y el peligro de la proximidad del toro en un espacio abierto. Después, escoltados por multitud de caballistas, el ganado bravo entraba por las estrechas y empinadas calles hasta alcanzar el centro de la villa y llegar a la plaza del Ayuntamiento, que hacía las veces de una pequeña plaza de toros. Estas calles estrechas y céntricas, y una plaza de reducido aforo, constituían seguramente un buen marco para establecer un ambiente íntimo y privado, casi exclusivo para los cuellaranos y para las gentes de los pueblos más próximos. Por ello. puede pensarse que las diferencias entre actor y espectador debían ser muy tenues y difusas, puesto que el espectáculo se vivía como algo muy próximo. Esta sería, en nuestra opinión, otra de las diferencias importantes con respecto al presente, pues en la actualidad existe una marcada diferenciación entre el actor y el espectador. Entre quien participa en un acto consciente de su pleno significado y conoce el modo de hacer tradicional, y quienes contemplan el evento (incluso con su participación directa en la carrera delante de los astados) como algo típico, pintoresco, curioso y digno de verse de cerca. Y es esta última visión de la fiesta, la de la contemplación por sí misma y en total desconexión con el resto de los elementos folklóricos que la rodeaban y explicaban, la que posee en la actualidad una mayor difusión, la que percibe un cada vez más importante y creciente número de personas (38).

El «mayo» es la segunda fiesta medieval a la que nos hemos referido. Puede ser además, por su estrecha vinculación con los ritmos naturales y de la vegetación, el festejo que seguramente mejor ejemplifica el cambio producido a lo largo de los siglos en los hábitos lúdicos de la villa. Y ello porque la separación de ésta respecto al medio rural que la rodea se sitúa, desde el punto de vista cultural y psicológico, en un perfecto paralelismo con su distanciamiento en lo social y económico.

La fiesta del mayo ya no se celebra en Cuéllar, ni siquiera nadie recuerda haberla visto celebrar en el pasado.

Pero no es esto lo que más sorprende, lo que llama la atención es la respuesta redonda, cargada de razón y casi proverbial de los cuellaranos cuando se les pregunta por el evento:

«No, aquí nunca se ha puesto. Eso es en los pueblos de alrededor, pero no aquí».

Esto supone comprobar, en primer lugar, que la tradición no está sólo en un total desuso, sino que incluso se encuentra completamente olvidada entre las generaciones vivas en la actualidad. Su desaparición se puede situar, por tanto, más allá del umbral de nuestro siglo. En segundo lugar, y esto nos parece importante y queremos recalcarlo, pone también de manifiesto las profundas señas de identidad de la villa, resaltadas precisamente mediante la contraposición respecto a las aldeas de su entorno. Así se explica que incluso los cuellaranos más viejos se sorprendan por la pregunta. El «mayo» se identifica plenamente con la tradición rural agrícola y ganadera, y por tanto, con un tipo de vida que no es propio de la villa sino de los pueblos de su alrededor, sobre los cuales todavía ésta ejerce de capitalidad comarcal que la diferencia.

Pero la tradición se mantiene hoy todavía con fuerza en otros lugares vecinos importantes en la comarca de Tierra de Pinares, como Iscar, Fuentepelayo y Coca (39); y, por supuesto, en muchas de las poblaciones de la propia Comunidad de Cuéllar, como Fresneda, La Mata, Zarzuela del Pinar y Cogeces del Monte. Además, hay que apuntar que hasta mediados de nuestro siglo la tradición se mantenía todavía viva en la práctica totalidad de las poblaciones de nuestra Comunidad; tal y como se recuerda, por ejemplo, en Navalmanzano, Torrescárcela, Pinarejos y Aldealbar.

En Pinarejos el último «mayo» se pingó a mediados de los años cincuenta, cuando todavía las cuadrillas de los «mozos quintos» eran numerosas. Muchos de los que pingaron el «mayo» en aquella ocasión recuerdan cómo la fiesta tenía siempre un lado conflictivo, pues la corta del árbol se realizaba eligiendo un buen ejemplar y derribándolo sin el permiso de su dueño, lo que con frecuencia originaba protestas, y a veces incluso suponía que se denunciara a los jóvenes ante la guardia civil. Esta situación entronca perfectamente con la costumbre medieval que ponen de manifiesto y pretenden corregir las Ordenanzas de 1499, y que parece que se habría mantenido en algunos lugares hasta hace relativamente poco. Sin embargo hoy esto ya no es lo habitual, y así, como ocurre en Cogeces del Monte (que celebra todavía con fuerza el «mayo») por lo general el ayuntamiento o los propios quintos compran el ejemplar de árbol «mayo» en alguna de las alamedas próximas a la localidad (40). Este es siempre un álamo de gran envergadura, que aparece pingado ya al amanecer del primer día del mes de mayo, coronado con una rama de pino, y adornado con cintas y frutas (41).

Pero también pueden observarse hoy en nuestra comarca otras tradiciones asociadas estrechamente al «mayo», como la de las enramadas o la de ciertos bailes típicos. En Lastras de Cuéllar esta tradición festiva es especialmente importante y coincide con la fiesta de Nuestra Señora de Salcedón, patrona del municipio, que se celebra en el mes de mayo. Constituía un importante acontecimiento en el que los mozos enramaban las puertas de las casas de las mozas en la noche de la víspera de la fiesta (42). Esta costumbre manifiesta también el enorme interés puesto en la cristianización de lo que en origen debía ser un culto pagano, pues la ermita donde se alojaba la imagen de la Virgen debía aparecer también enramada el día de la fiesta, y a ella debían dedicar parte de su atención todos y cada uno de los mozos. Las enramadas, en una proporción directa a su esplendor y abundancia, servían para poner de manifiesto públicamente las preferencias de cada mozo respecto a aquellos miembros del sexo opuesto que llamaban su atención. Además, la procesión y la romería se acompañaban con danzas de palos y de cintas. En éstas últimas, se tejían y destejían al ritmo de la música ocho cintas de colores en tomo al palo o mástil que, aunque de moderadas dimensiones, bien parece recordar al propio «mayo» (43).

Por último, nos referiremos brevemente al mantenimiento actual de algunas de las celebraciones religiosas que eran más importantes en la Baja Edad Media cuellarana. Podemos observar hoy una notable reducción en el número de estos actos, una desvinculación progresiva del calendario marcado por el ritmo de trabajo de las faenas agrícolas y, a la vez, una adecuación a los períodos de descanso propios de la era industrial; lo que supone concentrar las fiestas en aquellas épocas que permiten a quienes residen fuera de la localidad retomar a ella para asistir a las celebraciones. En concreto, únicamente parece que puede observarse una clara pervivencia en las procesiones vinculadas al desarrollo de la liturgia cristiana y que, por ello mismo, carecen de un lugar fijo en el calendario, en aquellas otras referidas a cultos locales concretos (el caso de Sta. María de la Cuesta) (44) y, como una excepción importante que aparece vinculada a una parte muy concreta de la población, en la fiesta de Santa Agueda, que goza en toda la zona de una notable tradición. Respecto al resto, debe constatarse un profundo cambio en la piedad popular, que destaca por el surgimiento, al que ya nos hemos referido, de la festividad de la Virgen del Rosario, y que incluye también celebraciones comunes a toda la comarca, como son las de S. Juan, San Isidro Labrador, Nuestra Señora de Septiembre y Las Candelas (45).

4.CONCLUSIONES

Hasta aquí hemos descrito los principales comportamientos lúdicos de la villa de Cuéllar, y hemos analizado su desarrollo y su proyección social tanto en el período medieval como en nuestro momento actual. Llegados a este punto, parece necesario realizar una breve recapitulación y completar nuestro trabajo con algunas reflexiones que presenten, de un modo sintético y general, los principales resultados teóricos y globales a los que nos ha llevado nuestra investigación.

Hemos comenzado rastreando la existencia de referencias a juegos y fiestas en la documentación medieval de la que disponemos sobre la villa de Cuéllar. A partir de algunas de estas referencias escritas hemos podido esbozar cuáles eran los pasatiempos comunes y los actos festivos más destacados de la villa a finales del siglo XV y comienzos del XVI. Ello ha permitido constatar cómo algunos de los juegos y fiestas que encontrábamos en el medievo parecen mantener todavía una destacada continuidad en nuestro presente, o al menos, en épocas temporales muy próximas a éste. A menudo hemos hecho notar los numerosos e importantes cambios que, en la realización y en el desarrollo de estos acontecimientos, se han producido con el transcurso de los siglos. De tal manera que puede indicarse que la práctica festiva medieval, que pervive en ciertas formas y rasgos externos, se ha visto alterada sustancialmente respecto al significado y sentido social que tiene habitualmente en la actualidad. Respecto a esto, puede ser interesante hacer notar varias cuestiones:

Primera, que los comportamientos festivos tradicionales que perviven hoy no pueden entenderse como algo mantenido sin cambios y en estado más o menos «puro» desde hace siglos. El investigador no debe contemplar estas tradiciones como si se tratasen de «hallazgos arqueológicos», ni puede tomarlos como si fueran una bocanada de aire que procede directamente de nuestro pasado y que por unos instantes permite revivir éste. Al contrario, cualquiera de estas manifestaciones lúdicas, incluso cuando mantienen una apariencia o un desarrollo externo muy semejante al medieval, ha sufrido una importante transformación; una modificación que ha afectado fundamentalmente a su significado, tanto desde un punto de vista intrínseco, como respecto a aquellos otros elementos culturales, folklóricos y mentales que las acompañaban.

En segundo lugar, es preciso poner de manifiesto la importancia explicativa de la base socio-económica en la que surgen los acontecimientos festivos, y con la que guardan una relación mucho más estrecha de lo que habitualmente se considera. Los elementos económicos y sociales son enormemente importantes a la hora de determinar la pervivencia o no de una tradición. Y son también ellos quienes generan las condiciones que producen la modificación en el significado que tenía este tipo de costumbres.

Respecto a lo primero, es indudable que -por poner un ejemplo muy claro- el mantenimiento en nuestro presente del «mayo» o de alguna de las manifestaciones folklóricas íntimamente ligadas a él, en algunas localidades de la comarca que hemos estudiado, tiene mucho que ver con la pervivencia de unos importantes recursos forestales y con el mantenimiento hasta el presente (o hasta un pasado muy inmediato) de su importancia económica en estas localidades. Cogeces del Monte y Lastras de Cuéllar poseen todavía una importante extensión forestal, que realmente es una pequeña parte de lo que fueron los dos pinares comunales más importantes de la Villa y Tierra de Cuéllar en el siglo XV, y es precisamente la importancia notable que estos recursos tienen hoy (o que han tenido hasta hace muy poco) lo que explica que todavía sea posible encontrar en ellas este tipo de tradiciones con tanta fuerza y vitalidad.

Del mismo modo, y con respecto a la segunda observación, puede decirse que la sociedad feudal castellana, y en este caso concreto la cuellarana del siglo XV, poseía un substrato agrosilvo-pastoril que determinaba profundamente el tiempo destinado a la fiesta y al entretenimiento, vinculando estrechamente siempre éste al calendario agrícola, ganadero y forestal. Esto, que delimitaba perfectamente su sentido, las distancia además definitivamente de las celebraciones de nuestro presente. Porque éstas se realizan en un marco muy distinto: el de una sociedad industrializada en la que el ocio, generado por el ritmo de una producción estandarizada, es un objeto más en el consumo de las masas; motivo por el cual, necesariamente, toman aquí un significado nuevo y totalmente distinto al que tenían antes.

En resumen, parece claro que las actividades lúdicas y festivas sólo pueden explicarse satisfactoriamente si las contemplamos en el marco de la sociedad en la que se desarrollan, en estrecha relación con el amplio contexto social, económico y cultural en el que cobran pleno sentido y con el que evolucionan y cambian. Por eso, quizá pueda decirse que la misión común que tienen los historiadores y los etnólogos es la de comprender el pasado, en tanto que a través de él es posible explicar mejor nuestro presente; pero en ello, unos y otros deben ser siempre conscientes de la transformación incesante que se ha producido, y que todavía se produce, en nuestra sociedad.

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NOTAS

(1) Las referencias sobre juegos suelen ser especialmente detalladas en este tipo de disposiciones. Para el caso de Cuéllar contamos con varios importantes textos de normativas locales: las Ordenanzas de la Villa y Tierra de 1499 y de 1546, y el Libro de Regimientos de la Villa de los años 1484-1490. Este último fue transcrito por Gerardo J. Sancho Pascual en su Memoria de Licenciatura inédita titulada La historia de la Villa y Tierra de Cuéllar. Estudio económico y de la jurisdicción de su concejo en el siglo XV; que fue presentada en la Universidad de Valladolid en 1973. La transcripción completa del texto de las Ordenanzas de 1546 se incluye en nuestro trabajo La Comunidad de Villa y Tierra de Cuéllar a partir de las Ordenanzas de 1546. Ed. Diputación Provincial de Segovia (en prensa).

(2) Esta prohibición, tal y como indica Juan Carlos Martín Cea al estudiar el caso de Paredes de Nava, era común a casi todo el occidente medieval: “La prohibición de jugar dinero a los dados o a los naipes no es, sin embargo, específica de Paredes de Nava, ni tan siquiera de Castilla; la había en otros muchos reinos occidentales, justificada por motivos muy similares a los esgrimidos en nuestra villa: las discusiones y peleas en que degeneraban tales juegos, era, pues, un fenómeno general”. El mundo rural castellano afines de la Edad Media. El ejemplo de Paredes de Nava en el siglo XV. Ed. Junta de Castilla y León. Valladolid, 1991, p. 376.

(3) Al que se cita en la Ley 154 de las Ordenanzas de la Villa y Tierra de 1546.

(4) En el acta de la sesión del concejo del 11 de enero de 1488 se cita al “naipero” Juan Velázquez. Libro de Regimientos. Gerardo J. Sancho. O C

(5) Ambos aparecen en la Ley 154 de las Ordenanzas de 1546.

(6) Puede verse en: Ignacio Sanz. Juegos populares de Castilla y León. Ediciones Castilla. Valladolid, 1987. pp. 87 y ss. y también en: Faustino Andrés Martin. Juegos y deportes autóctonos. Colección de páginas de tradición. Diputación de Salamanca. Salamanca, 1987, pp. 64-66.

(7) Véase, por ejemplo, Cristóbal Moreno Palos. Juegos y deportes tradicionales en España. Ed. Alianza. Madrid, 1992, pp. 72-73.

(8) Como explican Joaquín Díaz y Antonio Sánchez del Barrio en Historia de Medina del Campo y su Tierra. VV.AA. Coord. Eufemio Lorenzo Sanz. Valladolid, 1986. Volúmen III, pp. 488-489.

(9) Cristóbal Moreno Palos. O. C. pp. 142-143. Faustino Andrés Martín. O. C. pp. 66-67.

(10) Tal y como explica Joaquín Díaz en su artículo “Algunos juegos tradicionales”. Revista de Folklore, nº. 5, pp. 20-22. p. 20.

(11) En: Joaquin Díaz y Antonio Sánchez del Barrio. O. C. p.486.

(12) El desarrollo de este juego y su tradición medieval puede verse en el artículo de Valeriano Gutiérrez Macías “La calva, un juego medieval que se conserva en Galisteo”. Revista de Folklore, nº 33, pp. 105-108. Su importante pervivencia en comarcas muy próximas a Cuéllar situadas en la actual provincia de Valladolid puede verse el trabajo de Carlos Blanco Alvaro titulado “Juegos populares”. Cuadernos vallisoletanos nª 11. Valladolid, 1986.

(13) Juan Carlos Martín Cea explica que: “Los juegos de pelota son extraordinariamente populares. En la Edad Media, el más tradicional es un antecedente del actual frontón que se juega con una pelota pequeña de lana o -pellote-, apretada con hilo o cuerda, y recubierta de cuero que se impulsa con la mano o con una paleta contra una pared o muro...” O. C. p. 378.

(14) La citada Ley 154 de las Ordenanzas de 1546 es explícita en esto: “Ordenamos y mandamos que de aquí adelante ningún moço pinariego ni otra persona alguna que vaya al pinar por leña a la ida ni a la venida ni en todo el tiempo que allá estovieren sean osados a jugar a los naipes ni al chambo ni al mogón ni a los birlos ni a otro ningún juego que sea. [...] y la misma pena aya qualquier persona que acogiere en su casa a jugar a los naipes a los moços o leñeros, hora sea de día hora de noche.

(15) En Ibidem, puede verse que la pena impuesta a estos jugadores suponía la pérdida de los naipes, los bolos o la tanga, además de 100 maravedís de multa a cada uno. La mayor sanción era la de aquellos que acogían en su casa a los jugadores, que deberían pagar también cien maravedís y además pasarían seis días en la cárcel.

(16) Nos referimos a la ley 17 del texto de 1499 y a la 23 del de 1546.

(17) El Libro de Regimientos recoge en varias ocasiones esta costumbre. Así, por ejemplo, el 30 de septiembre de 1485 se dio orden de pagar 2.200 maravedís “...para un toro que se corryó el día de Santo Juan que pasó del anno de ochenta e quatro...” Gerardo J. Sancho. O. C.

(18) La ley 17 de las ordenanzas de 1499 y la ley 23 de las Ordenanzas de 1546 disponen que no haya pena alguna por los daños causados por los toros en los sembrados y viñas cuando se los trae a encerrar a la Villa.

(19) A este respecto la ley 158 de las Ordenanzas de 1546 no deja lugar a dudas. En ella se limita la longitud de los “clavos largos y harpones” que eran habitualmente arrojados contra los toros, con esta medida se pretendían evitar tanto las heridas que se causaba a las personas, como una muerte demasiado temprana de los animales.

(20) En la reunión del concejo del 30 de agosto de 1488 se acuerda que “...Pero Sánchez mayordomo, para quando el sennor duque venga, trayga dos toros muy buenos...” Libro de Regimientos. Gerardo J. Sancho. O. C.

(21) El acta de la reunión del día 19 de agosto de 1485 recoge cómo los del concejo ,Mandaron dar libramiento al mayordomo del ospital que da al ome que ferió el toro en limosna dosientos maravedís. Mandaron dar en limosna a Pero Quirse, que ferió el toro, una fanega de trigo, Ibidem.

(22) Como pone de manifiesto José María Martínez Laseca en “¡Pinguemos los mayos!”. Revista de Folklore nº 121, pp. 3-7. p. 3.

(23) James George Frazer, en su clásico trabajo La rama dorada. Magia y Religión, explica sobre la celebración del “mayo”: “Ya en primavera, a principios de verano o aun el día de San Juan (solsticio del 24 de Junio), era la costumbre, y todavía lo sigue siendo en muchas partes de Europa, salir a los bosques, cortar un árbol y traerlo a la aldea e hincarlo erguido en el suelo entre la alegría y el bullicio de las gentes, o bien cortar ramas en el bosque y ponerlas atadas en las casas. La intención de estas costumbres es atraer a la aldea y a cada casa en particular las bendiciones que el espíritu del árbol puede otorgar”. Ed. Fondo de Cultura Económica. Madrid, 1981, p. 154.

(24) Como lo demostraría que los “Escritores del siglo XVI hacen por otra parte, alusiones al “mayo” como algo muy conocido”. Julio Caro Baroja. La estación de amor. Fiestas populares de mayo a San Juan. Ed. Taurus. Madrid, 1983, p. 31.

(25) Como puede verse en: José Luis Alonso Ponga. Tradiciones y costumbres de Castilla y León. Colección Nueva Castilla. Valladolid, 1982. En concreto en el capítulo titulado “Los mayos” pp.53 y ss.

(26) ordenanzas de la Villa y Tierra de Cuéllar de 1499. Ley 135.

(27) Algo que indicaría una exaltación de la juventud, de la bizarría y la valentía de los mozos del pueblo, tal y como indica José Luis Alonso Ponga, O. C. p. 59. Y que además pondrían de manifiesto la práctica de invocaciones a la fertilidad también respecto a las personas. En este sentido es significativo que algunas tradiciones asociadas al “mayo”, como las conocidas enramadas, sean desarrolladas por cada mozo a la puerta de la casa donde vive su novia; en ocasiones incluso el propio “mayo”, tal y como sucede en la vecina villa de Coca, se planta frente a la casa de la futura esposa. Ibidem,61.

(28) Esta es la fecha más común en Castilla, aunque no la única, pues muchos mayos se pingan los últimos días de abril, y existen además algunos casos en otras épocas bien diferentes, son los llamados “mayos extraprimaverales”. José María Martínez Laseca. O. C. pp. 4 y 6.

(29) Todas están citadas en la ley 151 de las Ordenanzas de la Villa y Tierra de Cuéllar de 1546. Santa Agueda se celebraba el 5 de febrero, San Elvín (posiblemente abreviatura de San Albino los días 2 ó 14 de diciembre, las ochavas de Pascua el domingo siguiente al de Pascua, San Bartolomé el 24 de agosto y San Agustín el 28 de ese mismo mes. Como puede verse en: Manuel de cronología española y universal. Jacinto Agustín Casanovas, Pedro Bou Voltes y José Vives. Ed. CSIC. Madrid, 1952.

(30) La citada ley 151 de las Ordenanzas de 1546, que lleva el expresivo título: “De las processiones de los votos”, se dedica en su integridad a ello.

(31) La norma concejil no deja lugar a ninguna duda. Es tan minuciosa que indica con exactitud la cuantía de la multa a que debían hacer frente quienes desobedecieran la ordenanza, esta pena era tomada por el alguacil del concejo. E incluso se enumeran las condiciones singulares en las que no se estaría obligado a asistir a estas procesiones: por enfermedad, por ausencia o por obligaciones inaplazables. En: Ibidem.

(32) La ley 121 de las Ordenanzas de 1546 indica: “Y ansimismo puedan cortar los sacristanes los ramos que ovieren menester para sus iglesias el día dé Ramos y los otros días que se enrraman”.

(33) En la misma ley 121 se fija esta cantidad:”...cada vezino de Cuéllar y su Tierra pueda cortar cada un año quarenta varas para aguijadas y para trillar sin pena alguna...”

(34) Puede verse en Carlos Blanco Alvaro. “Juegos populares”, Cuadernos Vallisoletanos, nº 11. (1986), pp. 26-27.

(35) En relación con esta práctica es significativo que en Carbonero el Mayor, una localidad segoviana próxima a los límites de nuestra Comunidad, se practicaba hasta hace poco un juego infantil que consistía en intentar aproximar a un muro las chapas de identificación de los embutidos (hay que explicar que Carbonero contaba y cuenta con una importante industria cárnica de derivados del cerdo), además la chapa del jugador que perdía solía pasar a manos de quien había ganado. Este juego bien puede entenderse como una versión infantil del juego de adultos al que aludimos, lo que prueba que debía estar muy extendido en la zona.

(36) Estos cambios no estuvieron exentos de cierta polémica, pues como indica Balbino Velasco Bayón: “Las famosas fiestas de los encierros de Cuéllar se celebraban a primeros de siglo (por lo menos hasta el año 1912) en el mes de julio. Además del encierro, corridas y capeas, se organizaban conciertos de música, fuegos artificiales y otros festejos. En el año 1920 se celebraban el último domingo de agosto, aunque debieron comenzar algún año antes. Estos cambios ocasionaron las consiguientes discusiones. Ante la diversidad de pareceres, en cuanto a las fechas, la corporación acordó hacer un plebiscito el 22 de mayo de 1921 para explorar la opinión pública. El resultado fue favorablé al último domingo de agosto”. Historia de Cuéllar. Ed. Diputación Provincial de Segovia. Valladolid, 1974. pp. 495-496.

(37) La Vega aparece citado como prado concejil de Cuellar ya en la época medieval, pues se decía de ella: “...que es prado para la Villa y sus arrabales con Escarvajosa e no tiene otro prado dehesado para el mantenimiento de sus ganados...” Ordenanzas de la Villa y Tierra de Cuéllar de 1546. Ley 93.

(38) El ambiente festivo de los encierros de hoy ha quedado muy bien recogido por Ignacio Sanz en “El delirio de los encierros de Cuellar”. Revista de Folklore nº 133, pp. 32-33. Y también por Carlos Blanco Alvaro en De año y vez. Fiestas populares de Castilla y León. Ed. Ambito. Valladolid, 1993, en concreto en el epígrafe titulado “Los encierros de Cuéllar y su buena gente”, pp. 134-136.

(39) A los dos primeros se refiere José María Martínez Laseca en “¡Pinguemos los mayos!”. Revista de Folklore nº 121, pp. 3-7. Y al tercero lo hace José Luis Alonso Ponga, O. C. p. 61.

(40) La cesión del árbol por el ayuntamiento es un uso muy extendido también fuera de nuestra zona. Luis Domingo Delgado lo apunta para el caso de Segovia en “Fiestas del "mayo" en Segovia capital”. Revista de Folklore nº 29, pp. 177-180. En concreto en la p.178.

(41) La costumbre de adornarles está muy extendida, y ya aparece recogida en el Diccionario de Autoridades, que ofrece la siguiente definición del “mayo”: “Se llama también el árbol alto adornado de cintas, frutas y otras cosas que se pone en un lugar público de alguna ciudad o villa, adonde todo el mes de mayo concurren los mozos y mozas a holgarse y divertirse”. Ed. Facsímil. Ed. Gredos. Madrid, 1984, p. 517.

(42) La estrecha relación entre la realización de las enramadas y la fiesta del “mayo” aparece, como ya vimos en la obra del propio Frazer, y es generalmente admitida. Véase, por ejemplo, José Luis Puerto. Ritos festivos. Colección de Páginas de Tradición. Diputación de Salamanca. Salamanca, 1990, p. 45.

(43) Sobre el desarrollo de algunas de estas danzas y su relación con las enramadas, puede verse la obra de Antonio Sánchez del Barrio titulada Danzas de Palos. Temas Didácticos de Cultura Tradicional nº 2. Ed. Centro Etnográfico de Documentación de la Diputación de Valladolid.

(44) Celebrada hasta hace relativamente poco el día 8 de septiembre.

(45) No queremos concluir este apartado sin agradecer toda la atención y el interés que han puesto todas las personas a las que nos hemos dirigido en busca de información. Agradecemos en especial la colaboración de los siguientes informantes orales: Isaías de Miguel (Cogeces del Monte), Cruz Olmos (Aldealbar), Máximo Alonso (Pinarejos), Cipriano Sanz (Sanchonuño), Mariano Reyes (Lastras de Cuéllar), Elías García, José “el rojillo”, Teodoro Chemín y Julián Muñoz (Cuéllar).