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Configuración de la sociedad rural tradicional en Pesquera de Duero (Valladolid) a partir del Catastro de Ensenada

BELLIDO BLANCO, Antonio

Publicado en el año 1994 en la Revista de Folklore número 164.

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PLANTEAMIENTO Y BASES DEL TRABAJO

La principal pretensión de este trabajo es la de trascender el estudio de los elementos materiales de las sociedades rurales e introducirse en otros aspectos suyos de los que apenas ha quedado testimonio en la actualidad y que, sin embargo, resultaron en su momento sumamente influyentes sobre los primeros. El investigador, aun sin olvidar en el análisis etnológico los útiles de trabajo, la huella actual de antiguas tradiciones o las construcciones, no debe renunciar a un conocimiento lo más global posible. En ningún caso hay que dejar de lado determinados elementos de las sociedades rurales por el simple hecho de que el tiempo los haya borrado de la realidad presente. Partiendo de tales presupuestos, vamos a intentar acercarnos a la configuración de dichas sociedades, la influencia de sus gentes sobre el medio natural y cómo éste marcaba unas pautas en el modo de aprovechamiento.

Uno de los integrantes más destacados de la vida de las comunidades rurales es su entorno ecológico y paisajístico, el lugar donde se desarrollan prácticamente todas las actividades y cuyo conocimiento puede desvelar los condicionantes de muchas de ellas. Además otro elemento importante lo depara la recuperación de la estructura social y la distribución de los distintos oficios y actividades tradicionales, que constituían en el pasado un sistema en buena medida autárquico.

En la actualidad, gran parte de las sociedades rurales se encuentran completamente desfiguradas a causa de la incidencia del progreso, la industrialización, la emigración y otros factores. Se ha perdido de la realidad visible la antigua parcelación, la distribución de cultivos, el papel de la ganadería en las comunidades agrícolas -y viceversa- y hasta la estructura social, que ha visto romperse su situación de equilibrio. Sin embargo, para vislumbrar, siquiera parcialmente, tal estructura primitiva, con sus relaciones sociolaborales y medioambientales, podemos recurrir a los documentos antiguos, testimonio de la época en la que todo aquello permanecía todavía vivo y vigente.

Nuestro trabajo se centra en el término municipal de Pesquera de Duero (Valladolid) y persigue, en primer lugar, reconstruir su entorno y el aprovechamiento que de él realizaban sus habitantes y, como parte inseparable, aludir a las relaciones sociales dentro del pueblo. Para conseguirlo, hemos encontrado en el Catastro del Marqués de la Ensenada (1752) una fuente imprescindible y exhaustiva que proporciona numerosos datos económicos y hacendísticos. Es por ello que todas las enumeraciones relacionadas con el reparto ocupacional, los cultivos, el ganado, nombre de pagos, corrales, colmenares, pajares, bodegas, lagares y la estructura urbana han sido basadas en dicho texto -mientras no se indique lo contrario-.

A pesar de todo, somos conscientes de nuestras limitaciones. Es indudable que han de existir otros documentos de utilidad que completarían determinadas lagunas de conocimiento, mas la brevedad de este análisis y la relativa abundancia de información en el Catastro, creemos que nos disculpan de su estudio. El Catastro fue elaborado durante un solo año y así, partiendo de la configuración de Pesquera de Duero en un año aislado (aunque nos permite disponer de una descripción detallada de un momento concreto), marcamos una nueva restricción a la generalización, puesto que dejamos sin considerar los posibles cambios que a lo largo del tiempo hayan forzado a una modificación, importante o menor en sus consecuencias, de la estructura o tácticas de explotación medioambiental. Al mismo tiempo obviarnos acontecimientos puntuales tales como sequías, crecidas del río, epidemias, malas cosechas, etc., que obligarían ocasionalmente a aquellos campesinos a modificar sus trabajos. Sin embargo, intentaremos ampliar al máximo las consideraciones contrastando los datos del Catastro con estudios globales sobre las comunidades rurales durante la Edad Moderna.

LA RELACION CON EL ENTORNO: LOS CAMINOS

La concentración parcelaria ha supuesto la desaparición de algunas de las antiguas vías, aunque su trazado puede recuperarse merced a la existencia de mapas y por su mención en documentos. Los caminos originales forman una densa red perteneciente al concejo que vertebra todo el término municipal. En primer lugar destacan los caminos principales, las rutas que unen las distintas poblaciones de la comarca (de Pesquera a Roturas, a Piñel de Abajo, a Villa Fuerte, a Dueñas, a Castroverde de Cerrato y de Piñel de Abajo a Castrillo Tejeriego) y algunas desbordan ese ámbito y adquieren un carácter provincial -recibiendo el apelativo de Reales- (caminos a Valladolid, pasando por Valbuena, y de Peñafiel a Palencia). Los caminos secundarios relacionan los distintos pagos, partiendo algunos del pueblo mientras que otros sólo unen los pagos con otros caminos que sí se dirigen al pueblo. En este último grupo se incluyen los carriles -así citados en el Catastro de Ensenada-, que son caminos preparados para el paso de carros (carril que va al Prado, carril del Ojo de las Navas y carril o senda de las Yeseras).

Dentro de un segundo grupo se encontrarían las sendas y las cañadas. Las primeras se localizan en las proximidades del pueblo y tienen un corto recorrido, además de un peor firme. Sólo en un caso hay una senda lejos del pueblo, en el páramo (senda de Misa). Las cañadas (de Cornalbo, del Monte Alto y La CañadIlla) van desde el pueblo al arranque del páramo, donde se encontraban ya las dehesas, y además la cañada de Vallaín une una de las cañadas anteriores con el río Duero, donde se disponía el descansadero de ganado y podrían beber los animales. Una cuarta cañada, la que va de Pesquera a Peñafiel puede que tuviese relación con una trashumancia de mayor radio.

APROVECHAMIENTO DEL ENTORNO

El entorno de cualquier pueblo, lo que constituye el término municipal que de él depende, ha de albergar por fuerza una serie de recursos, con mayor o menor riqueza, que permitieron su fundación y la pervivencia de dicho núcleo. En el caso de Pesquera de Duero, el aprovechamiento de tales recursos da cabida a actividades muy diversas (ver la figura 1, con las dedicaciones de 267 vecinos declaradas en el Catastro de Ensenada). Destaca la agricultura, pues proporciona el sustento a la mayoría de los vecinos y es una actividad complementaria para el resto. Le sigue la ganadería, en virtud de la presencia de animales en casi todas las casas, ya que no por el número de personas dedicadas con exclusividad a dicha labor. Al mismo tiempo, existen tareas a las que se dedican sólo uno o dos individuos, como el manejo del molino, y otras más podían desarrollarlas numerosos vecinos de manera ocasional, se trataría de la recogida de leña y la caza, por ejemplo.

Una gran parte de la tierra del municipio está empleada en la agricultura. Esto se refleja en la ocupación de los habitantes de Pesquera, que en su mayoría eran labradores o jornaleros. Los primeros son propietarios de tierras, sobre todo aplicadas al cultivo de cereales y de las huertas cercanas al pueblo. El otro grupo, los jornaleros, trabajaban las tierras de algún gran propietario, de absentistas o miembros del clero, pero no faltaron quienes poseían algunas parcelas de su propiedad, que atenderían en sus ratos libres. Sin embargo, prácticamente todos los vecinos poseían algún viñedo aunque su oficio principal no fuese el de labrador, pues de él obtenían las uvas necesarias para elaborar el vino de consumo familiar. Este punto se relaciona también con la posesión de bastos o cubas en las distintas bodegas de la localidad (situadas principalmente en la cotarra de San Pedro), si bien aquí la propiedad recae con predominio sobre los labradores antes que en los dedicados a otros oficios.

En un segundo plano se encuentra la ganadería. Aunque los ganados porcino y vacuno parecen no haber propiciado la formación de rebaños ni piaras, lo cierto es que un número considerable de familias contaba con cerdos que destinaría al autoconsumo. Por otro lado, los rebaños de ovejas y cabras sí resultan de una mayor entidad, con lo cual habrían de orientarse hacia la comercialización de su lana, y se relacionarían con la presencia de las cañadas, zonas de pastos y de diversos corrales tanto en el interior del pueblo como en las proximidades del monte.

Otros de los recursos que brinda el medio ambiente son los aprovechados por unos pocos de los habitantes de Pesquera -aunque posteriormente el fruto de su trabajo esté al alcance de todos-, que hemos agrupado en la denominación de «servicios» .De este modo, los cinco tejedores del pueblo serían los que se beneficiasen en mayor medida de las parcelas cultivadas con cáñamo, y su trabajo pasaría a los cuatro sastres, pero los trajes elaborados podrían ser comprados por la totalidad de los vecinos. Los tres cabestreros de la localidad se dedicarían a realizar cuerdas y otras obras de cáñamo, ya que parece difícil que fuesen conductores de cabestros dado el escaso número de dichas reses en el pueblo -son las dos acepciones del término-. Otras profesiones reseñables son las de: 3 zapateros, 1 carnicero, 1 cerrajero, 1 botero (el que hace, adereza o vende botas o pellejos para vino, vinagre, aceite, etc.) y 1 estameñero y bonero (el estameñero realiza estameñas, o sea, tejidos de lana sencillos que tienen la urdimbre y la trama de estambre). Aunque el pan se elaboraría en las casas, dos vecinas se ocupaban como panaderas (tal vez orientadas a los miembros del clero o a familias que no pudiesen hacer su propio pan). En el molino del concejo se ocupaban dos vecinos.

Asimismo habría que considerar otras materias que el Catastro no recoge, quizá porque estaban revestidas de un cierto carácter comunal que las excluía de su consideración hacendística. Al alcance de toda la comunidad se dispondrían las posibilidades de beneficiarse del bosque para recoger: leña para el fuego, madera para fabricar herramientas y para construcción, caza, hierbas medicinales, frutos y nueces, esparto y otras materias; además de contar con las flores, sustento de las abejas. Este aprovechamiento colectivo no impide que exista en 1752 un vecino dedicado a «leñero». El trabajo de la madera, aunque se realizaría básicamente en cada familia según sus necesidades, tampoco excluye la presencia de un carpintero. Tampoco hay que olvidar que el sustrato geológico del lugar donde se ubica el monte lo constituyen calizas, material tradicionalmente utilizado en la construcción a través de su explotación en canteras (como la no muy lejana de Campaspero), con lo cual es muy posible que aquí existiese también ese aprovechamiento (si bien no se reconoce ningún lugar concreto en el páramo trabajado como cantera). Asimismo la caliza se emplearía para elaborar la cal, del mismo modo que después se hizo en las tejeras con que contó el pueblo entre finales del siglo pasado y los años sesenta de este siglo (Arranz, 1989). Respecto al trabajo en la yesera del Pico de los Conejos, se tiene constancia de que a principios de este siglo era trabajada de forma individual por un yesero que vendía el fruto de su trabajo en el pueblo. No obstante, en lugares cercanos, como Piñel de Arriba o Quintanilla, las yeseras eran comunales y cuando alguno de los vecinos necesitaba yeso, acudía él mismo a extraerlo y prepararlo.

Junto al Santuario de Nuestra Señora de Rubialejos, en la Tejera, se localiza un lugar de extracción de arcillas. Tenemos constancia de que las tejeras de Pesquera a finales del siglo pasado y en la primera mitad de éste obtenían aquí el barro que necesitaban (Arranz, 1989), pero su explotación ha de ser anterior al Catastro, pues entonces el pago ya recibe ese nombre. No sería improbable que de este lugar proviniese el barro empleado para elaborar los ladrillos y el tapial de las casas.

Dentro de las ocupaciones más próximas al sector terciario, hay en Pesquera: 1 escribano, 1 tabernero, 1 mesonero, 1 abacero (el que vende por menor aceite, vinagre, legumbres secas, bacalao, etc.), 1 cirujano, 1 médico, 1 maestro de niños y notario, 1 boticario, 1 pregonero y 1 sacristán y organista.

EL TRABAJO DEL CAMPO
A/ Campos de Cultivo

Los campos de cultivo se dedicaban a los cereales y viñedos principalmente, aunque también hay en menor cuantía piezas de tierra con huertos, plantaciones de cáñamo, de alcácer (un forraje similar a la alfalfa) y árboles frutales. Las tierras de cultivo de Pesquera declaradas en el Catastro de Ensenada suman 4.186 obradas (que equivaldrían a unas 2.093 hectáreas, pues en general 2 obradas=1 ha.), mientras que la extensión del término según el censo agrario actual es de 5.654 has. (García, 1989). Hay que suponer que no entrarían en consideración algunas tierras improductivas, como laderas, eriales, determinadas zonas de monte, prados, caminos y el casco de la población, aunque puede que también hubiese ocultaciones.

La distribución de los cultivos variaba a lo largo del tiempo, destacando las oscilaciones dentro de la producción de centeno conforme iba expansionándose. Esos cambios también dependían de la alternancia de cultivos y de la evolución de la demanda. Además a partir de la crisis del siglo XVII, se irá ampliando el espacio cultivado a costa de las tierras marginales, lo que supone un incremento de la producción de centeno (para suplir al trigo) y de la avena (para compensar la falta de cebada), ya que la escasa calidad de los terrenos obstaculizaba otros cultivos (García, 1989).

Las huertas se encuentran en las cercanías del pueblo, dedicándose a distintas hortalizas (como algarrobas, garbanzos, berza y cañamones), y por su alta productividad se incluyen en la 1ª calidad -el Catastro de Ensenada distingue entre tres niveles de calidad de las tierras según el rendimiento que de ellas se podía obtener, lo que a su vez condicionaba el tipo de cultivo a aplicarlas-. Flanquean el arroyo de Piñel a la altura del casco urbano, lo que permite disponer de abundante agua; además existía una regadera (canal que conduce el agua para el riego). La mayoría de propietarios son labradores, lo que supondría que parte de la cosecha habría de comercializarse en la localidad. Las tierras de regadío no sólo se empleaban para huertas, sino que también se sembraban con cáñamo, que luego se emplearía para elaborar tejidos dentro de la propia Pesquera.

Las tierras de secano ocupan la mayor parte de las tierras de cultivo. Se pueden agrupar en dos categorías. Unas se dedican al trigo, alternándolo con cebada, y otras, de peor calidad, a centeno, alternándolo con avena (el secano se plantaba un año sí y otro no, salvo en tierras de 1ª calidad, que eran explotadas anualmente). El trigo se siembra en tierras de 1ª y 2ª calidad, mientras que el centeno se hace sólo en las de 3ª. Las tierras dedicadas al centeno se pondrían en explotación desde inicios del siglo XVIII, ya que con anterioridad era un cultivo muy poco extendido. Esto influye también para que se disponga en terrenos de escaso rendimiento, con lo cual no resta terreno al trigo. Dentro de este grupo, aunque con una presencia mucho menor, se encuentran las tierras con alcácer, siempre de 1ª calidad.

La propiedad de las tierras con cereal recae mayoritariamente sobre los labradores, aunque pueden precisarse algunos aspectos. Cada pieza de terreno solía abarcar entre 3/4 y 1,5 obradas, aunque no es raro superar esa extensión. Los vecinos incluidos en el sector servicios pocas veces disponen de tierras de este tipo y cuando ocurre así, la mayoría sólo cuenta con una parcela. Un importante número de jornaleros cuenta con tierras, pero casi ninguno supera las tres piezas. Respecto a los labradores, el núcleo principal es el de los que poseen entre 1 y 7 parcelas, aunque bastantes superan esa cantidad, llegando hasta las 25 y destacando un único caso de un potentado que alcanza las 88. Los clérigos que a título personal disponen de tierras son pocos y la cuantía de sus propiedades oscila bastante.

Cultivos más excepcionales son los árboles frutales y las mimbreras, ambos de secano y trabajados en unas pocas piezas de tierras de 1ª calidad próximas al pueblo (en Carravilla).

Los viñedos forman una parte fundamental de las explotaciones en Pesquera de Duero, donde su importancia destacaba ya en 1752 con respecto a otros pueblos de la comarca (salvo Peñafiel). El pequeño campesino propietario o jornalero, que no podía comprar “tierra y aperos para dedicarse continuamente al cultivo de cereales, a menudo dedicaba tiempo libre al cultivo de la vid” (Vassberg, 1986:175), que requiere un trabajo intensivo y su extensión media era bastante pequeña. Las propiedades solían oscilar entre 1/2 y 2 aranzadas, aunque en algunos casos superaban las 5 (1 aranzada es una extensión con 400 cepas y usualmente 3 aranzadas hacían 1 obrada). Ocupaban en general, junto al centeno, tierras de mala calidad, con un sustrato arenoso o de cascajo y muchas veces en zonas de difícil acceso para el cultivo con ganado. Como ya hemos comentado anteriormente, prácticamente todos los vecinos de Pesquera contaban con tierras de viñedo, incluidos los ocupados en servicios.

La dispersión de los cultivos es relativamente reducida, ya que se limita al interior del valle formado por el río Duero y los distintos arroyos de la zona. De este modo ocupan una pequeña parte del término municipal de Pesquera, mientras que la mayoría lo constituyen montes y prados. Como ya hemos visto, las huertas se trabajan exclusivamente en las afueras de la villa, aprovechando para el riego el agua del arroyo de Piñel (la lejanía de los otros arroyos supone un obstáculo para mantener en ellos cultivos de regadío). El resto de tierras, con trigo, centeno y viñas, se localiza por todo el valle y aunque en general no se aprecia una diferenciación espacial, ya que en muchos pagos coinciden los tres tipos de sembradura, parece observarse una cierta coincidencia entre el centeno y los viñedos (ambos suelen ocupar peores tierras), mientras que en pocos casos los segundos comparten tierras con el trigo (no así el centeno). También destaca la fuerte presencia de los viñedos, que no es raro encontrar en las laderas del páramo, en las zonas menos productivas y algo alejados de los cursos de agua.

B/ El ganado

Los rebaños de ovejas y cabras forman un elemento destacado. Sus principales dueños son los labradores, llamando la atención en este punto el escaso peso de los pastores, cuyas reses no forman los grupos más numerosos, pues en el mejor caso, uno posee 67 cabezas de ganado y sólo 13 ó 16 otros dos. Mientras que los propietarios de ganado ovicáprido son veintisiete, los pastores son sólo cuatro, con lo cual parece lógico pensar que con todos los animales se formarían sólo tres o cuatro rebaños de cierto tamaño, lo que facilitaría la labor de su vigilancia. Puede incluso que los rebaños tuvieran un carácter municipal, como ocurría en algunos lugares en el siglo XVI, siendo las autoridades de quienes dependiesen los pastores. Este ganado desbordaría el simple autoaprovechamiento familiar, pues mientras que la mayoría de familias carecen, otras tienen animales en un número que supera con mucho sus posibilidades de consumo. No obstante, se aprecian diferencias dentro del conjunto de esta cabaña ganadera, pues hay más propietarios de cabras que de ovejas. Sin embargo, el número de animales que poseen es menor en el caso de los dueños de cabras que en los de ovejas (donde los tres mayores rebaños llegan a 100, 120 y 240 reses). Es posible que se produzca una situación similar a la del Sayago sincrónico, donde es el ganado lanar -no el vacuno ni el porcino- el que marca las diferencias sociales (Sánchez, 1991 :45-6).

Aunque no muy numerosas, también encontramos vacas en Pesquera. A pesar de no conocer el modo en que se las cuidaba, posiblemente formasen un rebaño, ya que el pueblo cuenta con un vaquero. La leche y sus derivados obtenidos, aunque con un destino familiar, también tendrían salida en el mercado local.

Al mismo tiempo, más de la mitad de los vecinos posee animales de labranza y tiro (yeguas, mulas, bueyes y pollinos, fundamentalmente éstos últimos). Llama la atención la coexistencia de mulas y bueyes en un mismo pueblo, puesto que ya durante el siglo XVI se produce la sustitución de los bueyes por las mulas prácticamente en toda Castilla (Vassberg, 1984). Las varias razones para el cambio radicaron en que las segundas aran casi el doble de tierra y eran más manejables para ser utilizadas en viñedos y huertos; además son más rápidas (con lo que resultan más útiles si consideramos la extremada parcelación y la lejanía de algunas piezas de tierra) y también servían como animales de carga. Por contra, los surcos del arado trazados por las mulas eran menos profundos y reducían el rendimiento de los campos; además las mulas necesitaban alimentarse con grano (cebada), mientras que a los bueyes les bastaba con los pastos de las dehesas; por último las mulas eran estériles y su carne no podía comerse, frente a la de los bueyes, que sí era comestible. Se aprecia en Pesquera un claro predominio de los bueyes sobre las mulas -éstas en 5 familias frente a 30 con bueyes-, aspecto que se evidencia también en las localidades cercanas, ya que el único herrador de la comarca vivía en Peñafiel y no había nadie con ese oficio en los demás pueblos (García, 1989). Los propietarios, que casi en su totalidad eran labradores (salvo dos jornaleros y el cirujano), solían contar con una pareja de dichos animales, existiendo sólo dos casos en los que los dueños tienen uno sólo y otros más en el que el dueño cuenta con 14 bueyes (se trata del mayor terrateniente del pueblo). No todos los labradores poseían estos animales, con lo que muchos tendrían que arrendarlos. Destaca en el pueblo la numerosa presencia de pollinos, que serían empleados como animales de carga, tanto para transporte individual como para arrastre del carro. No parece probable su utilización para el laboreo de los campos, pues es algo que sólo se daría entre los más pobres. Sólo ocho vecinos disponían de yeguas (con 16 animales en total).

El ganado porcino también lo encontramos en la localidad, aunque nunca más de un cerdo adulto por familia, lo que indica que su destino sería el autoconsumo. Pertenecen a labradores, jornaleros y trabajadores del sector de servicios, encontrándose en casi una quinta parte de las casas. Aunque el Catastro no lo cita, el ganado avícola está presente en los documentos castellanos medievales, lo que hace suponer que un buen número de casas contasen con gallinas.

C/ Montes y zonas de arboleda

En las notas geográficas del inicio del trabajo ya nos hemos referido a este punto, pero ahora profundizaremos en su situación durante épocas pasadas. La ribera contaría, como en la actualidad, con abundante arboleda, sobre todo de álamos y olmos, y su propiedad recaería en tierras comunales, salvo algunas pocas parcelas con propietario (su presencia se refleja en el Catastro de Ensenada). Por lo tanto, no era una zona cultivada, pues las abundantes e inesperadas crecidas del río echarían a perder todas las cosechas, aprovechándose como pastos comunales.

Los principales montes eran los del páramo (robledal y carrascal) y el de la Aceña (pinar), buena parte de los cuales se incluía en los propios del Concejo y que todos los vecinos podrían utilizar libremente. No obstante, de su cuidado se encargaba a mediados del siglo XVIII un «guarda de campo», que era un vecino del pueblo contratado por el concejo para vigilar los montes y prados.

Ya hemos aludido al aprovechamiento que del monte se realizaba, pero es interesante recalcar que en el pinar de la Aceña -219 obradas- actualmente se produce la recogida de los piñones mediante la cesión a un particular de ese derecho merced a un contrato con el ayuntamiento. Eso nos hace pensar en la posibilidad de que en el pasado el sistema de explotación piñonera fuese el mismo o al menos tampoco fuese en beneficio de toda la comunidad, aunque el uso de otros recursos como la madera sí fuese disfrutado por todos -no aparece nada citado al respecto en el Catastro de Ensenada-. Por contra, en el Monte Alto y el de Landerrera -132 obradas de los propios del concejo-, en el páramo, la recogida de bellotas habría de estar al alcance de todos los vecinos, ya que eran muchos los que poseían un cerdo, al que quizás cebarían entre otros alimentos con dicho fruto. El monte raramente proporcionaba terreno de cultivo, ya que eran muy pobres y sólo servían para un año.

D/ Pastos, corrales y chozos

Actualmente sólo existen dehesas en alguna zona del páramo (Dehesa de Monte Alto) y del valle del Duero (Dehesa de Mazariegos o de los Canónigos), pero su dispersión en el pasado fue muy distinta. En 1752, entre los propios del Concejo se incluían tres grandes zonas de pasto (en el Molar, 27 obradas, la Cascajera, 16 obradas, y el Camino de la Azeña, 158 obradas), pero además figuran en el Catastro de Ensenada otros prados menores (en Resalso, Valdemoral, Veguilla, Butrera, Carrapiñel y Cotos), tierras baldías y eriales en muchos de los pagos del municipio, cuya propiedad no se especifica en el Catastro. A pesar de existir varias dehesas (de la Azeña o Dehesillas y del Monte Alto) tampoco se alude a su propiedad, con lo que quizás fuesen comunales. Por la localización de dichas dehesas puede suponerse que su formación se haya debido a la progresiva degradación del monte. De hecho, en el caso del Molar, el Catastro de Ensenada habla tanto de dehesa como de monte. Y probablemente las zonas más cercanas a Pesquera del Monte Alto serían empleadas como pastos; idea que se refuerza al observar cómo las cañadas finalizan en dicho monte.

También se realizaría la «derrota de mieses», que era la posibilidad para el conjunto de la población de usar todos los campos durante el período que iba desde la recogida de la cosecha a la siguiente siembra. Este sistema era fundamental para alimentar al ganado, ya que una mínima parte trashumaba y la mayoría era local. Su alimentación se volvía difícil al secarse los pastos en verano, con lo que los rastrojos y la maleza ofrecían un buen pasto (en ocasiones mejor que el de los montes, donde abundaban los matorrales de escaso valor). Así se aprovechaban las tierras cultivadas por el sistema de año y vez, que eran la mayoría, y al mismo tiempo se abonaban los campos. Para el invierno, se cultivarían plantas forrajeras en los campos.

No obstante, ignoramos el modo en que se utilizaban los propios y las tierras comunales. En algunos lugares era necesario pagar una renta de arrendamiento para poder acceder a su uso, mientras que en otros el acceso era libre. García Sanz (1989) alude a que en Pesquera ni los prados, ni los eriales ni los montes se arrendaban, siendo de libre acceso para los vecinos. Asimismo en Castilla algunas tierras comunales eran utilizadas como tales por una parte del año y el resto se arrendaban, y en muchos pueblos se reservaba una parte de los prados y dehesas para los bueyes y animales de tiro y otra para los animales de la carnicería. El guarda de campo que cuidaba de los montes vigilaba también los prados.

Los corrales se concentran la mayoría en el pueblo, dentro de las casas, pero en este caso su destino sería cobijar a los pollinos, yeguas y mulas. Entre los corrales extramuros son considerables los situados anexos al casco urbano, en la Callejuela, Corrales Nuevos, Detrás de las Cercas, Humilladero, Postigo, Pradillo, Rueda, Torrejón y Zercado. Tan sólo nueve de los corrales se encuentran lejos del pueblo (en los pagos Dehesa, Monte, San Isidro y Valdemadera), todos ellos en zonas próximas a los prados, donde finalizaban las cañadas (salvo uno, cerca de la Azeña, que no obstante, se podría vincular a la cañada que sigue la ribera del río). De los dueños de estos últimos, podemos decir que todos ellos eran labradores y que seis contaban con ganado ovino y, en mucha menor medida, bueyes. Queda así en evidencia una relación entre la posesión de ovejas y cabras y de los corrales de las zonas de pastos. Se observa cómo un gran número de los corrales dispuestos en el interior de la villa está en manos de vecinos sin ganado, y por tanto fuera de uso. Su origen correspondería a una época en la que en cada familia tendría más importancia el ganado, sobre todo el ovicáprido.

La presencia de corrales está relacionada con la de los chozos. En la actualidad sólo se conserva memoria de once, localizados en los mismos lugares donde el Catastro sitúa los corrales y que se reparten junto al final de las cañadas. De la mayoría apenas se conservan restos de sus paredes, pero parece que además de la caseta contaban con un corral para el ganado.

E/ Fuentes y zonas de agua

Además de los cursos de agua, existen diversas fuentes en Pesquera. Casi todas (excepto Quebrantada y Ratón) nacen en las laderas del páramo (en razón de condicionantes geológicos) y resulta significativo que seis de ellas (Valdemadera, Fuente la Gota, Amarguilla, Sardina, Fuente Ratón y Quebrantada) coincidan en su localización con el trazado de las cañadas. El Catastro refiere la presencia de una fuente (de Mala Gana) en el pueblo, pero no queda hoy nada de ella.

Junto a las fuentes destacan los pozos presentes hoy en muchos de los casetos de las eras. De ellos nada se menciona en el Catastro de Ensenada, pero ya habrían de estar realizados entonces.

F/ Colmenares

De los siete existentes, seis son propiedad de labradores. Se encuentran en las inmediaciones del páramo, aunque sin incluirse en él y se disponen bastante dispersos, ya que sólo hay uno en cada pago (Hermita de Rubialejos, Oio de la Cuesta, Pozuelo, San Isidro, Trasllanillo y Val). En el caso del colmenar del Val se precisa que cuenta con 15 colmenas, aunque desconocemos la entidad de los otros colmenares.

EL HOMBRE Y EL FRUTO DE SU TRABAJO

A/ Las eras

No hay en el Catastro ninguna alusión a la propiedad de las eras, aunque dentro de este pago hay una tierra de regadío y dos pajares particulares. Parece entonces que la única explicación pasa por la posibilidad de que tuviesen un carácter comunal y se distribuyesen en época de siega. Un dato a favor de esta idea lo aporta García Sanz cuando dice que la villa poseía en 1730 como propios algunas de las eras. En la actualidad las eras están distribuidas en propiedades privadas, aunque hay que considerar la incidencia del proceso desamortizador en esta situación.

B/ Los pajares

El pueblo contaba en 1752 con sesenta y tres pajares, de los cuales 23 se disponían en las casas y 40 en el entorno inmediato del pueblo. Los pagos con más pajares son la Nevera, el Postigo y el Pradillo. Respecto a su propiedad, la mayoría pertenecen a labradores, aunque en todos los grupos profesionales hay propietarios de pajares. No obstante, resulta extraño que sólo la mitad de los labradores cuenten con pajar. Además de los pajares particulares, el concejo cuenta con una casa con paneras para encerrar el trigo (donde se guardaban los diezmos) situada en la plaza Mayor.

C/ Las bodegas

Prácticamente todas (casi cuarenta) se encuentran en la cotarra de San Pedro, aunque dentro de esta localización se distinguen varios pagos nombrados de distinta manera: la mayoría se corresponden con la denominación “cotarra o cuesta de San Pedro”, 3 en el Callejón, 4 en la Ribera, 1 en la Loma y 2 en las Olmas. También hay vecinos que cuentan con una pequeña bodega bajo sus propias casas, son los individuos con más medios.

Mientras que prácticamente todos los vecinos de Pesquera poseían tierras de viñedo a mediados del siglo XVIII (244 en una población de 267), la posesión de bastos o cubas en alguna de las bodegas de la localidad estaba reducida a menos familias. Casi todos los labradores contaban con bastos, igual que la mayoría de viudas, clérigos y gentes ocupadas en los servicios, pero sólo un tercio de los jornaleros y uno de los pastores los tienen.

D/ Los lagares

Los veintisiete de Pesquera se encuentran en el exterior del casco urbano, entre éste y las bodegas, situándose la mayoría antes de llegar al camino de Pesquera a Roturas. El Postigo, el Pradillo, San Sebastián, la Atarazana y el Torrejón son los principales pagos (los otros son Lagares Nuevos, el Royo, la Rueda, San Pedro, el Terrero y el Zercado).

De los 244 vecinos de Pesquera que poseían viñas, tan sólo 53 contaban con la propiedad de alguno de los lagares o parte de los mismos, pudiendo realizar las tareas de elaboración del vino. No obstante, eso no resultaría un obstáculo para que otros pudiesen aprovecharse de su empleo merced al parentesco, al alquiler o algún otro tipo de acuerdo entre familias. De hecho cada uno de los lagares suele tener varios dueños, aunque sin exceder los seis.

F/ Otras dependencias.

En las afueras del pueblo hay un palomar (en Zercado) propiedad de un labrador. Asimismo, aguas abajo del río Duero, a unos dos kilómetros de Pesquera había una aceña propiedad del concejo, que servía para moler el trigo y a la que tendrían acceso todos los vecinos mediante el pago de un canon. Este molino existía ya en 1731-33 y funcionaba con rueda horizontal. Asimismo se pueden recoger diversas alusiones indirectas (en el nombre de una calle) a la presencia de un molino en el río Duero a la altura del pueblo, aunque la falta de referencias exactas puede ser indicativo de que había dejado de funcionar en 1752.

En una casa del concejo (en la calle que baja a la fuente de Malagana) estaba la fragua del herrero, aunque parece que en 1752 permanecía sin uso y que el herrero se tenía que dedicar a labrador. En otra casa del concejo estaba la escuela de niños (en la plaza Mayor). Asimismo, en la casa del cerrajero había una fragua y el mesonero tenía en la suya un horno.

La atarazana, en el pago del mismo nombre, era un cobertizo en el que trabajaban los cordeleros o los fabricantes de márragas u otras telas de estopa o cáñamo, cultivos que como ya hemos visto abundaban en el pueblo. Tampoco conocemos a quién corresponde su propiedad ni cómo podía emplearse, ya que no se explica en el Catastro.

En el pago La Nevera se sitúa una cueva donde se guardaba -hasta principios de este siglo- en invierno hielo y nieve y, gracias a las condiciones de humedad y al resguardo, se mantenía durante todo el año. Era utilizado para conservar el pescado que se vendía en el pueblo.

EL HOMBRE EN SOCIEDAD

A/ Estructura urbana

De nuevo al llegar a este punto observamos cómo sobre la actual configuración ha incidido la emigración rural y la desaparición de trabajos tradicionales, distorsionando una realidad perfectamente establecida y en equilibrio. Partiendo de los datos del Catastro de Ensenada, se puede analizar a quién correspondía la propiedad de las casas y se aprecia que en la distribución espacial no hay una segregación por zonas según los distintos oficios (servicios-jornaleros-labradores-pastores), sino que sus viviendas están mezcladas. Tampoco se ve un agrupamiento por apellidos, si bien se reconocen un par de casos en los que sí hay dos hermanos que viven en casas anexas o la casa del padre ha sido repartida entre los hijos. Citaremos sólo la ocupación de los vecinos de algunas de las calles más pobladas: en la calle de la Ribera nos encontramos con 3 viudas, 3 labradores, 1 vaquero, 3 jornaleros y un pobre; en la calle del Barriondillo con 1 viuda, 8 jornaleros, 2 labradores, 1 botero, 1 tejedor, 1 sastre, 1 zapatero y 1 mesón; en la calle Real con 4 labradores, 2 jornaleros, 1 viuda, 2 tejedores, 1 pastor y 1 guarda del campo; en la calle del Hospital con 4 jornaleros, 1 labrador, 1 tejedor, 1 zapatero y 1 molinero; o en la plazuela del Postigo con 9 labradores, 6 jornaleros, 1 viuda, 1 maestro y notario y 1 panadera.

Las calles son las mismas que permanecen en la actualidad, aunque hoy el pueblo ha desbordado lo que constituía la antigua cerca. Esta cerca disponía de dos puertas, la del Postigo (al oeste, hacia Valladolid) y el arco (al norte, en dirección a Piñel). La zona principal venía a constituirla la plaza donde, además de disponerse la iglesia, las casas que dan a ella cuentan con soportales (prolongándose por la calle que lleva al arco), lo cual nos indica su carácter de mercado. Ya hemos hablado anteriormente de la existencia en 1752 de edificios con una función especial: la escuela, la fragua, etc. A ellos ha de añadirse el mesón de Marcos Mínguez, en las inmediaciones de la ribera. Asimismo junto a las salidas se levantaban los pajares, corrales y algunos de los lagares. De los corrales, quince se localizaban al oeste del pueblo, ocho al norte, y cuatro camino de las bodegas; los pajares los encontramos, diecinueve al oeste, seis al norte, al principio del camino a Piñel, y tres entre el pueblo y las bodegas; por su parte, los lagares se concentran al este de Pesquera (con diecinueve de ellos), salvo cuatro situados en el Postigo y otros cuatro en el Pradillo.

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