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TENERIAS PALENTINAS. LA PERVIVENCIA DE UNA TRADICIÓN

REPRESA, Mª Francisca

Publicado en el año 1994 en la Revista de Folklore número 165.

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A fines de la pasada década, tuvimos ocasión de dirigir sendas campañas de excavación en la Real Fábrica de Curtidos del Canal de Castilla, construida, a fines del s. XVIII, al pie de su 7ª. esclusa, muy cerca de la localidad palentina de Herrera de Pisuerga. En el transcurso de las mismas fueron apareciendo restos de edificios, instalaciones y maquinaria, cuya posible función nos planteó múltiples interrogantes. Para solventarlas recurrimos a la experiencia de D. Luis Jubete, un curtidor jubilado del propio pueblo de Herrera. La información proporcionada por Jubete era tan interesante que decidimos ampliarla con los testimonios de curtidores de otras localidades palentinas. Este es, pues, el origen del artículo que presentamos, fruto del trabajo de una arqueóloga, especializada en Arqueología Industrial que, al modo americano y sin ningún afán de intrusismo, debe recurrir al método etnográfico para la mejor identificación e interpretación de los hallazgos producidos en las excavaciones.

Las entrevistas tuvieron como base un cuestionario, elaborado por nosotros mismos y basado, principalmente, en tres fuentes: en primer lugar la descripción de los procesos de curtido en tierras palentinas, en el último cuarto del s. XVIII, contenida en las Ordenanzas del Gremio de Curtidores, de 1777 (LARRUGA, 1794. pp. 245-255); en los artículos "Chamoisseur et Megissier" y "Tanneur", de la Encyclopedie, de D'Alambert y Diderot, contenidos en los tomos III y XV y editados en 1753 y 1765, respectivamente. Por último, en el artículo dedicado al cuero de la primera edición de la Enciclopedia Universal Ilustrada Europea y Americana (1913), editada por los Hijos de Espasa-Calpe, que resultó muy útil, ya que hace referencia a los sistemas de curtido anteriores a la utilización de los curtientes minerales y de la energía eléctrica.

Los datos de nuestros informantes son los siguientes:

Eugenio FERNANDEZ, nacido en 1925, obrero de una tenería de Paredes de Nava, quién nos proporcionó datos sobre la fabricación de cueros en aquella localidad, entre los años 1940-1965, fecha en que la mayoría de las tenerías dejaron de funcionar.

Nuestro segundo informante fue Luis JUBETE, nacido en 1919, natural de Villarramiel, que tenía instalada una fábrica de curtidos en Herrera de Pisuerga. Jubete, conoció en sus años mozos un sistema de curtido muy semejante al empleado en el S. XVIII. El curtidor de Herrera nos mostró numerosos instrumentos de su oficio, ahora en desuso, dándonos toda clase de detalles sobre su función y modo de empleo.

El tercer informante fue Gamaliel LOPEZ SANCHEZ, nacido en 1922 en Azuaga (Badajoz). Es propietario del comercio de calzado "López Lobejón", de Valladolid, y sus conocimientos proceden de haber trabajado en la fábrica de curtidos y almacén de cueros al pelo, que sus padres tenían en Villarramiel.

Por último, Alejandro HERRERO MARTINEZ, nacido en 1934. Es Director de la fábrica de curtidos "Hermar", de Villarramiel. Empezó a trabajar en el oficio a los 14 años. La fábrica "Hermar", aunque de características modernas, por lo que se refiere a la utilización de toda clase de máquinas, conserva algunos instrumentos e instalaciones propios de las tenerías tradicionales y, básicamente, sigue empleando las mismas materias primas.

Efectivamente, la fábrica que dirige Alejandro Herrero cuenta con máquinas que realizan, prácticamente, todas las operaciones que antes efectuaba el hombre, con excepción del engrasado que se sigue haciendo a mano, al modo tradicional. Además de cuatro molinetas para curtir y mezclar los curtientes, la fábrica Hermar cuenta con cuatro bombos tanto de remojo como de curtido (de la Viuda de Benito Núñez. Barcelona); una máquina de escurrir (F. Jofresa), otra de descarnar (J. Osul. Barcelona); una máquina de rebajar (de la marca italiana Aletti); una máquina de abrillantar y, finalmente, otra para medir las pieles (de la marca Emtsa. Badalona).

A pesar de todos estos avances tecnológicos, según Pardo González, la curtición más generalizada, tanto en Paredes, como en Villarramiel, se realiza a base de taninos vegetales, como el extracto de quebracho y el de acacia, cuyo uso se conoce ya desde el S. XVI, tras el descubrimiento de América. Sólo recientemente comienza a incorporarse la curtición mixta, empleando el cromo, mezclado con tanino. (PARDO GONZALEZ, 1991, p. 118). De ahí, que hayamos subtitulado nuestro trabajo con el epígrafe "La pervivencia de una tradición", pues la curtición al cromo, descubierta por August Schultz, en 1880, significó el paso de la fabricación artesanal a la industrial (ENRICH, PEDRAZA y PUIG, 1990, pp. 36-37).

1.-LA INDUSTRIA DEL CURTIDO EN PALENCIA. NOTAS HISTORICAS

El sistema de curtición tradicional, a base de taninos vegetales, que vamos a describir, fue introducido en España, por los musulmanes, en torno al S. VIII (CASTELLOTE HERRERO, 1986, p. 82) y ha permanecido, casi inmutable, hasta el pasado siglo, cuando comienzan a utilizarse los curtientes minerales, principalmente el cromo, y algunas máquinas, como las molinetas, en primer lugar y, posteriormente, los bombos, que acortaron y mejoraron notablemente el proceso.

Por otra parte, es un sistema prácticamente idéntico al desarrollado en todo el país, según cabe deducir de los, no muy numerosos, estudios, que existen sobre el tema. Las variantes constatadas afectan sólo al tipo de vegetal del que procede el curtiente o al distinto orden en que se realizan algunas de las tareas previas al curtido, propiamente dicho (1). Fundamentalmente, queremos subrayar la similitud del proceso con el que se efectuaba en la Córdoba del S. XV , según lo describe Ricardo Córdoba de la Llave, en su excelente estudio sobre la industria medieval de aquella ciudad andaluza (CORDOBA DE LA LLAVE, 1990, pp. 160-182). Advirtiendo que el trabajo documentado en los núcleos rurales palentinos es más sumario, menos perfeccionista y diversificado, como corresponde a unos productos que nunca tuvieron la calidad y el prestigio de los genuinos cordobanes.

Según Larruga, durante el reinado de Felipe IV, el ramo de la industria del curtido era uno de los más florecientes de la capital palentina y sus productos surtían a casi toda la Corte y a muchos pueblos de Castilla. Esta situación de prosperidad cambió, repentinamente, bajo el reinado del último de los Austrias, no quedando más que una sola tenería. A mediados del s. XVIII, la crisis se había remontado, pues había, en Palencia capital, siete fábricas de curtido, situadas en la ribera del Carrión. Sus mejores productos eran las badanas, vaquetas y becerros, siendo de peor calidad los cueros para guarnicionería y los pergaminos (LARRUGA, 1794, pp. 241-262).

Por estas fechas, la industria del curtido palentina ocupaba casi el 11% del artesanado y era la tercera actividad en importancia, aunque a mucha distancia de la industria textil y de la relacionada con la alimentación. El mayor protagonismo correspondía a Tierra de Campos, que concentraba casi dos tercios del artesanado (MARCOS MARTIN, 1984, pp. 97-98).

A fines del s. XVIII, había en Villarramiel muchos vecinos que se dedicaban a la fabricación de valdeses y pergaminos, de no muy buena calidad, pero que tenían mucha aceptación, por su bajo precio. Además, en 1790, había una fábrica de curtidos, propiedad de Francisco López Sánchez, vecino de la villa. La fábrica contaba con un técnico irlandés y producía gran cantidad de becerro, cordobán, suela y otros géneros de curtido, dando trabajo a unas 20 personas (FERNANDEZ MARTIN, 1984, pp. 267-268).

Por lo que se refiere a otras localidades, digamos que Baltanás contaba con una casa-tenería y Torquemada con dos. Aguilar y Villada contaban con cuatro tenerías cada una y con siete Paredes de Navas, si bien de escasa importancia. Larruga opina que, en conjunto, la industria del curtido palentina tenía poquísima entidad. No obstante, las condiciones naturales de la provincia -especialmente la zona norte- la hacían especialmente apta para este tipo de actividad pues, tanto el agua, como la corteza y las pieles eran abundantes (LARRUGA, 1794, pp. 271-274).

Estas condiciones favorables eran comunes con las de las tenerías cántabras que, además, se beneficiaban de la corteza desechada en las ferrerías, ya que éstas sólo aprovechaban el leño de los árboles como combustible. Por otro lado, la habilitación del puerto de Santander para el comercio directo con América, entre 1765 y 1778, facilitó la importación de cueros al pelo, procedentes de Buenos Aires, lo que dio lugar a una rápida expansión de las industrias de curtidos en la Montaña santanderina y en otras áreas limítrofes, como era el caso de Herrera de Pisuerga y de Melgar de Fernamental, localidad burgalesa, pero fronteriza con Palencia.

De estas ventajas locacionales y de la facilidad para aprovisionarse de materias primas, era bien consciente Juan de Homar, que fue director de las obras del Canal de Castilla, cuando propuso al Secretario de Hacienda, D. Diego de Gardoqui, transformar el batán de paños de la 7ª. esclusa, en Herrera de Pisuerga, en un batán de antes y cueros. Excepcionalmente, esta fábrica utilizaba la energía hidráulica para el pelado, desencalado y zurrado de los cueros, proceso que realizaban dos ruedas hidráulicas que movían seis pares de mazos cada una. Igualmente, la molienda del curtiente, se realizaba gracias a la fuerza del agua. El batán de la 7ª. esclusa, conocido como Real Fábrica de Curtidos del Canal de Castilla, fue, como la mayoría de las empresas estatales del s. XVIII, crónicamente deficitario y no sobrevivió a las vicisitudes de la Guerra de la Independencia, acabando por transformarse en fábrica de harinas, algunos años después (HELGUERA QUIJADA, 1992, pp. 35-37 y nota 117).

A mediados del s. XIX, según el testimonio de Pascual Madoz, las tenerías de Villada, Paredes y Aguilar, o han desaparecido o no tienen suficiente entidad, como para ser consignadas en su "Diccionario". Aparece un nuevo núcleo de curtidores en torno a la localidad de Saldaña y se mantiene la actividad en Palencia capital, en Baltanás y en Villarramiel. En Baltanás había dos fábricas de curtidos, que trabajaban con materias primas del país. Por su parte, en Villarramiel, las principales actividades eran la agricultura y la arriería, seguida del curtido de pieles (MADOZ, 1984, pp. 29, 54, 138, 176, 187, 208, 222 y 230). La industria del curtido palentina tuvo su periodo de mayor expansión entre 1875 y 1923 (PARDON GONZALEZ, 1991, p. 115), si bien siempre estuvo a considerable distancia de la tradicional industria textil y de la industria harinera, potenciada por la apertura del Canal de Castilla.

Hoy, en la provincia de Palencia, sólo subsisten tres fábricas de curtidos en Paredes de Nava y nueve en Villarramiel -de las 105 que llegó a conocer uno de nuestros informantes-. Hace muy pocos años que cerraron las dos fábricas de Herrera de Pisuerga, pertenecientes a las familias Jubete y Lobejón, de tan larga tradición. La decadencia de la mayoría de las tenerías tradicionales se produjo en los años sesenta. Con la mecanización del campo, desapareció la demanda de cuero para sillas, tiros, correones, etc., de las caballerías y, por otro lado, el cuero no pudo resistir la competencia del plástico en la fabricación de multitud de objetos de la vida cotidiana que, en el pasado, se realizaban con este material.

Las escasas fábricas que han permanecido, lo han hecho reorientando su producción hacia la marroquinería y el calzado rústico, sobre todo el boto campero, y acudiendo al mercado extranjero para la importación de materias primas.

2.-CURTICION TRADICIONAL DE PIELES EN LOS NUCLEOS RURALES PALENTINOS

2.1. Edificios e instalaciones. La tahona de "casca"

Los edificios de las tenerías solían ser locales viejos, tales como paneras o almacenes, adaptados a esta función. Generalmente, no se construían edificios especialmente destinados a ellas. Tampoco había una separación clara entre los diversos sectores de producción, ni los espacios se ordenaban siguiendo el proceso productivo. Sin embargo, las habitaciones destinadas a una u otra fase del trabajo recibían nombres especiales, según su función. Así, el "remojadero" era la zona destinada a la fase de macerado o remojo, operación que se realizaba en piletas. En la "envernada", dotada de pozos que se denominaban "pelambres" o "caleros", se procedía al desencalado y rendido de los cueros. El "labradero" era la sala de curtir. Estaba, igualmente, dotada de pozos -donde se sumergían las pieles en el baño tánico- pozos que, tipológicamente responden a dos modelos diferentes. Las "pipas" utilizadas en Paredes y en Villarramiel, son toneles de madera forrados de ladrillo y parcialmente empotrados en el suelo, de modo que sobresalgan, aproximadamente, un metro. Los noques son pozos de obra, rectangulares o cuadrados, cuyas dimensiones eran de 1,80 m. de profundidad y de 2,50 por 1,50 de lado. Los noques de la Real Fábrica de Curtidos tienen la peculiaridad de estar dotados de un saledizo, en la parte superior de sus lados cortos. Suponemos que su función era la de apoyar unas tablas, sobre las que se podían escurrir las pieles unas vez sacadas del baño tánico.

Las operaciones de terminado se efectuaban en una sala denominada "zurraje". Los tendederos, donde se colgaban las pieles para secar, solían estar en un piso alto, pero también se utilizaban los patios y las paredes exteriores del edificio.

Para que la "casca" -materia curtiente, a la que más tarde nos referiremos- actuara más eficazmente, era necesario reducirla a polvo, proceso que se efectuaba en la tahona. La maquinaria de molienda consta de dos piedras: una vertical y otra horizontal. Es decir, tenían una disposición semejante a la de las almazaras de aceite. La muela vertical medía 1,50 m. de diámetro por unos 30 ó 35 cm. de anchura. La piedra horizontal o solera presentaba una ligera inclinación hacia el centro, era lisa y, por lo general de caliza. En cambio, la vertical, o corredera, o bien se picaba en toda su anchura o bien se empleaba la llamada "piedra de morrillo", especie de conglomerado de grava gruesa. Del centro u ojo de esta piedra partía un eje, a cuyo extremo opuesto estaba uncida una caballería, encargada de hacerla rodar sobre sí misma, a la vez que iba describiendo un círculo. Este eje se sustentaba en un madero situado en medio de la tahona. El animal solía ir provisto de una esquililla, cuyo sonido indicaba que el molino estaba funcionando. La operación de molienda corría al cuidado de algún chiquillo quien, con un rastrillo de madera, se encargaba de ir metiendo la casca bajo la muela corredera. En Villarramiel, el molino estaba rodeado por una estructura cilíndrica de dimensiones poco mayores que la muela solera y que podía estar construido en piedra o ladrillo. Por su parte, Jubete, en Herrera de Pisuerga, empleaba un cedazo consistente en planchas rectangulares de hierro perforado que sujetaba a la parte exterior a la muela solera y cuya misión era filtrar el polvillo de la casca, a la vez que impedía el paso de los trozos más gruesos. Excepcionalmente, el molino de casca podía ser accionado por un hombre, pero más inusual era el ingenio empleado en la Real Fábrica de Curtidos del Canal de Castilla. Utilizaba dos muelas correderas -la segunda ocupaba el lugar de la caballería- y era accionado por un rodezno hidráulico, del tipo denominado "regolfo" (REPRESA, 1989, pp. 4-10).

2.2. Los instrumentos

Los instrumentos más característicos del curtidor son, sin duda, las cuchillas y los caballetes. El pase de cuchilla se efectúa colocando las pieles sobre un caballete inclinado, de madera y de forma cóncava, pues, en origen, era un simple tronco de árbol vaciado. Las cuchillas eran de dos tipos: de hierro y con filo, que sirven para descamar, y de pizarra y sin filo, que sirven para depilar, desencalar, etc. En ambos casos la hoja es cóncava, para adaptarse a la del caballete, y los mangos de madera se sitúan en los extremos. Para ciertas fases del proceso de acabado el caballete podía ser de mármol.

Para remover las pieles en los fosos se utilizaban unos ganchos, llamados "garabatos", ensartados en largos palos de madera. La punta del gancho terminaba en forma de bolita redonda, con el fin de no dañar las pieles.

Para desengrasar e igualar las pieles se utilizaba otro tipo de cuchilla, estas en forma de cruz y de corte vuelto. Para zurrar, se usaba la corcha, utensilio compuesto por una pieza de madera plana en su parte superior y otra de corcho estriado y de forma convexa en la inferior.

Se sujetaba al brazo mediante una correa de cuero y se manejaba mediante un mango de madera, situado en la parte superior.

La luneta es un cuchillo circular y de corte vuelto, que se emplea para igualar la piel. Se utiliza colgando esta de un palo y sujetándola con unas pinzas provistas de unas correas que pasan por debajo de la cintura del trabajador. De este modo, cuando el obrero se echa hacia atrás, tensa la piel y puede efectuar mejor el pase de cuchilla.

Por último, debemos mencionar las estiras, cuya función viene claramente explicada por el nombre: estirar las pieles. Es un instrumento de hoja de cobre sin filo y mango de madera. Puede tener también la hoja de cristal, pero entonces su función es la de proporcionar brillo.

De todos estos instrumentos hemos encontrado paralelos en otros lugares de nuestra geografía, con excepción del cuchillo de desengrasar e igualar las pieles, que parece un utensilio específico de las tenerías palentinas.

2.3. Materias primas

2.3.1. Pieles

Las tenerías palentinas utilizaban pieles de ganado equino, vacuno y ovino, especializándose las de Paredes de Navas en la piel de oveja, que se adquiría en Tierra de Campos y en La Mancha. En Herrera se compraban cueros secos de cabrío procedente de Aguilar (Palencia), Huesca y de la Sierra de Gredos. El vacuno procedía de Galicia, de Villalón, de Medina del Campo, ambas en Valladolid, y también, aunque en menor medida, de Extremadura.

Sin embargo en Villarramiel las pieles solían ser importadas. Anteriormente, procedían de Brasil, India (Calcuta) y de diversas regiones de Africa. Hoy se siguen importando pieles de Sudáfrica (vacuno), pero también tiene excelente reputación la piel de oveja de Nueva Zelanda (2).

2.3.2. Taninos

Para el proceso de curtido, propiamente dicho, todos los entrevistados manifestaron haber empleado el mismo tipo de curtiente, es decir, la "casca", de gran riqueza en tanino. La casca se obtenía a partir de la corteza de pino resinero o de la corteza de encina. Jubete, en Herrera, empleaba la de pino, preferentemente, para dar color a las pieles. En Paredes de Nava se separaba la corteza, según fuera del tronco o de la raíz. Esta última proporcionaba una coloración roja más intensa.

En Villarramiel, todavía se siguen utilizando curtientes vegetales, tales como el extracto de quebracho, procedente de Uruguay y el de acacia, de Brasil, en una disolución de agua, al 10%. El nivel de concentración de taninos se mide en grados Baumé.

2.3.3. Otras materias primas

Para depilar las pieles se empleaba cal matada y disuelta en agua que, en ocasiones, se mezclaba con acido sulfúrico. En el proceso de desencalado, se utilizaban excrementos de animal. En Herrera y Villarramiel, el excremento utilizado era de perro (canina); en Paredes de Nava, era de gallina (gallinaza). Ambas se utilizaban por su contenido en pancreatinas, que suavizaban la piel y la hacían más apta para la fase de curtido. Algunos fabricantes disponían de varios perros que les proporcionaban la canina necesaria. En Villarramiel, la recogían las mujeres -llamadas por ello "cagatineras"- por las calles. Hoy en día, los desencalantes más utilizados son las enzimas.

Finalmente, para ciertos procesos de terminado se usaban grasas -sebos y aceites-, tintes, anilinas, etc. en función del producto que se pretendiera obtener.

2.4. El proceso de elaboración del cuero

El trabajo de fabricación del cuero consta de diversas fases cuya denominación, con ligeras variantes, es la siguiente: la fase o sección ribera que comprende el macerado, limpia, depilación y desencalado; el curtido, propiamente dicho y el terminado. Esta última con varias subfases, que variaban según el uso a que fueran destinadas las pieles. De todas ellas, las operaciones de terminado o remate eran realizadas por artesanos especializados, denominados zurradores. Las anteriores, hasta llegar a la fase de curtido, eran propias de los curtidores. Sin embargo, lo habitual en las tenerías rurales palentinas era efectuar el proceso completo, salvo en Paredes de Nava, donde sólamente se curtía.

2.4.1. Macerado o remojo

La primera operación del proceso consiste en remojar las pieles secas en fosos o piletas, denominados "tojos" en Paredes de Nava, y que en Villarramiel se situaban en el "remojadero". Allí estaban en tomo a unos ocho días, pasados los cuales se colgaban en cuerdas para que escurrieran el agua. Actualmente, esta operación se realiza en los bombos, especie de toneles, movidos por energía eléctrica, de 2 m. de diámetro, por 2 m. de longitud.

2.4.2. Limpia o descarnado

A continuación se procedía a limpiar las pieles con una cuchilla de filo cortante, que se pasaba por la parte de la carne. En Paredes de Nava, las pieles se colocaban cabeza con cabeza, cortándose las orejas y abriendo el morro. Después, se extendían y así permanecían un día o una noche.

2.4.3. Depilación o pelado

La depilación se efectuaba en pozos que recibían el nombre de "pelambres" o "caleros". Como hemos dicho, para esta operación se utilizaba cal matada y disuelta en agua que, en ocasiones se mezclaba con ácido sulfúrico. Las pieles permanecían en este baño durante 15 días, en el transcurso de los cuales se removían para que la disolución penetrara en los poros y los aflojara, facilitando así el depilado. Hoy en día, en Villarramiel se sigue utilizando esta misma mezcla, en una proporción de 0,5% de cal y 0,1% de ácido sulfúrico. Pasados estos 15 días, se efectuaba otro pase de cuchilla, ésta sin filo, y el pelo se desprendía fácilmente.

En Paredes de Nava, este proceso iba precedido de una primera depilación en seco, consistente en mezclar cal y ácido sulfúrico, en forma de piedra, en un recipiente de unos 60 litros. Esta mezcla se aplicaba a las pieles por la parte de la lana. Se doblaban y se colocaban unas encima de otras para que cogieran calor. Es lo que se denominaba "hacer las camas". Al día siguiente, la lana se arrancaba directamente con la mano, tarea que realizaban las mujeres. Aunque nuestro informante de Paredes de Nava no lo explicite, digamos que este proceso combina dos sistemas de depilado diferentes: de un lado, la depilación con cal; de otro, la depilación por putrefacción controlada, ya que, al aumentar el calor de las pieles, se forman vapores amoniacales que destruyen la adherencia del pelo. No obstante, como la depilación por este procedimiento no era completa, a continuación se seguía el proceso en "pelambres", del modo que ya hemos descrito.

2.4.4. Desencalado o rendido

La piel, así tratada, quedaba hinchada y con abundantes restos de cal que había que eliminar. Para ello, se llevaban a otro tipo de pozos, cuyo conjunto se denominaba "envernada" en Villarramiel y Herrera y "caninas", en Paredes de Nava. Allí se introducían las pieles en agua mezclada con excrementos de animal.

Las pieles permanecían en la "envernada" durante tres o cuatro días en verano o dos más en invierno. En época estival, era de temer que hubiera nublados, mientras las pieles se desencalaban, pues éstos afectaban a la piel, haciendo que se desprendiera la parte de la flor y la gelatina, siendo el resultado una piel de inferior calidad (piel tercera).

De la "envernada" las pieles pasaban a los caballetes, donde se procedía a otro pase de cuchilla sin filo, para eliminar los restos de cal. Esta operación se repetía hasta dos y tres veces, con el fin de asegurar un desencalado completo. Ello se comprobaba presionando la piel con el dedo. Si ésta cedía fácilmente a la presión, era indicio de que el proceso había concluido.

En su conjunto, esta fase era una de las más desagradables, ya que el hedor era casi insoportable, a causa de los excrementos. Estas molestias se han suprimido, en la actualidad, utilizando enzimas y realizando el trabajo en bombos, como el ya descrito para la maceración.

Gamaliel López nos informa que todos estos procesos previos al curtido constituyen la fase o sección ribera. Preguntado por el significado de la expresión supone que hace referencia a la existencia de numerosas lagunas en Villarramiel, de cuya agua se abastecían los curtidores. Lo cierto es que dichos trabajos se realizaban, por lo general en la orilla de los ríos y, por otro lado, en la "Encyclopedie" de Diderot y D'Alambert, encontramos también la expresión "travail de riviere", aplicada a los mismos procesos.

Terminadas las operaciones propias de la "sección ribera", se procedía a igualar el espesor de la piel, que era más gruesa en la parte trasera y en el cuello del animal. El trabajo se realizaba sobre un pequeño tablero de madera y con el cuchillo en forma de cruz al que ya nos hemos referido.

2.4.5. Curtido

Para esta fase del trabajo, todos nuestros informantes coinciden en lo que se refiere al empleo de taninos de origen vegetal, si bien difieren en detalles tales como el tiempo empleado o el tipo de recipientes utilizados, bien sean noques o "pipas".

Según López Sánchez, en Villarramiel el curtido tenía tres fases. En la primera, se introducían las pieles, durante 15 días, en un "caldo ligero", compuesto por una solución suave de casca. Es lo que se llamaba "primera corteza". La segunda consistía en un caldo más fuerte, es decir, con una mayor concentración de tanino, que duraba también 15 días. Todavía tenía lugar una tercera corteza, hasta cumplir un total de 45 días. A diario se levantaba la labor, operación que consistía en sacar las pieles de las "pipas" y remover el caldo, para evitar que la casca se sedimentara. Cada vez que se efectuaba un cambio de corteza, las pieles eran sometidas a un pase de cuchilla sin filo, que tenía como objeto abrir el poro y facilitar así la penetración del tanino, ya que éste se obstruía fácilmente por efecto de la acumulación del polvo de casca. López Sánchez subraya la lentitud del proceso y lo achaca a la suavidad del tanino empleado y al hecho de realizarse en frío.

Por su parte, Jubete nos describe así el proceso. En primer lugar, se introducen las pieles en los noques, llenos de una solución suave de casca. La concentración óptima de taninos para esta primera fase es de 3 grados. Allí estaban unos 15 días, durante los cuales las pieles se removían dos o tres veces al día, para evitar que la casca se sedimentara. Transcurridos estos 15 días, las pieles pasaban a otros fosos en los que la concentración de tanino era mayor -6 ó 7 grados- y donde permanecían otros 15 ó 20 días. Pasado este tiempo, se efectuaba una cata para comprobar si las pieles estaban ya curtidas. Para ello se cortaba un poco la piel con un cuchillo. Si el interior estaba rojo era señal de que la piel estaba curtida, pero si estaba blanco debía volver de nuevo a los noques.

Por último E. Fernández, de Paredes de Nava, nos describe así el proceso de curtición. Durante 8 días, se metían las pieles en "pipas", que contenían agua y corteza de encina molida. Dos o tres veces al día, se daba la vuelta a las pieles con ganchos. Transcurridos estos 8 días, se procedía al primer "esparre", que consistía en pasar la cuchilla por el lado de la carne. Después, las pieles volvían a las "pipas" otros 8 días, terminados los cuales, podía efectuarse otro "esparre". A continuación, se sacaban las pieles y se procedía a lavarlas con ácido. Finalmente, se las untaba con aceite, extendiéndolas unas sobre otras. En Paredes, los trabajos de curtición terminaban aquí, pues, como se recordará, no tenían por costumbre zurrarlas.

Este lentísimo proceso de curtición se abrevió, considerablemente, cuando se introdujeron procedimientos mecánicos o eléctricos, como las molinetas y los ya aludidos bombos. Ambos artefactos se conocían ya desde fines del s. XIX y principios del XX, respectivamente. Sin embargo, en la zona que nos ocupa, su introducción es mucho más reciente y apenas rebasa los 25 o 30 años.

La molineta es una especie de cajón, en cuyo interior se mueve, por energía eléctrica, un aspa que agita las pieles, dentro del baño tánico. Hoy en día se usan tanto para curtir como para mezclar bien el agua y el curtiente. El agua con tanino se utiliza casi indefinidamente. En concreto, el utilizado en la fábrica "Hermar", de Villarramiel, tenía 15 años de uso.

Los bombos son toneles giratorios, movidos por energía eléctrica, que, al agitar continuamente las pieles y los curtientes permiten acortar mucho el proceso. El tiempo óptimo de curtición es de tan sólo 8 ó 10 días, pudiendo, incluso, hacerse en dos o tres.

2.4.6. Terminado o remate

El conjunto de operaciones destinadas al acabado de las pieles se efectuaba, en Villarramiel, en una habitación denominada "zurraje". Según López Sánchez el nombre aludía a una fase de trabajo, también denominada bataneo, consistente en engrasar las pieles y golpearlas contra una piedra, lo que las confería una mayor suavidad. Sin embargo, él no ha conocido el empleo de esta técnica en Villarramiel.

Para Jubete, el zurrado es una operación que se realiza al final, cuando el cuero está totalmente seco, curtido y engrasado. Su finalidad era suavizar el cuero y se llevaba a cabo efectuando un enérgico movimiento con la corcha, instrumento que ya hemos descrito. Este era uno de los trabajos más duros de una tenería. No se utilizaba, en las tenerías palentinas, la técnica del cilindrado, con una gran piedra, semejante a la de la tahona, pero de superficie muy pulida. En cambio, en la Real Fábrica de Curtidos del Canal de Castilla, la dura tarea manual del zurrado fue sustituida por la energía hidráulica que accionaba unos mazos de batán.

Para engrasar las pieles, en Villarramiel, se utilizaba la llamada "borra", consistente en una mezcla de grasa de pescado y aceite sobrante de las fábricas de conserva de pescado, en concreto de las zonas de Vigo y Ayamonte. El aceite servía para diluir la grasa de pescado, pues ésta es muy espesa. Hoy en día, se utiliza también aceite sobrante de freir patatas de producción industrial. En Herrera se usaba sebo y aceite de oliva. El sebo se derretía en un barril y se mezclaba con el aceite, moviéndolo con una pala de madera, hasta formar una pasta. La proporción empleada era de 8 ó 10 kilos de sebo por 5 ó 6 litros de aceite. Esta pasta se aplicaba con una piel de conejo y los trabajadores usaban unos característicos gorros y mandilones, para protegerse de las salpicaduras de la grasa.

Una vez engrasadas las pieles, se colgaban en habitaciones especiales. Para ello se les practicaba unos cortes en la parte trasera y en la cola, por los que pasaba una barra que colgaba de unas escarpias. Las pieles permanecían colgadas hasta que se secaban, es decir, entre dos y cuatro días en verano y entre ocho y quince, en invierno.

A continuación venía la fase de raspado, previo remojo de las pieles durante una noche. El raspado tenía como finalidad eliminar el exceso de grasa. Se efectuaba en un tablero de mármol y con un cuchillo en forma de cruz.

El acabado del proceso de fabricación difiere según la versión de López Sánchez y de Jubete. En Herrera, tras este pase de cuchilla, las pieles se volvían a colgar y cuando estaban "en sazón", es decir, flexibles se llevaban a estirar en una mesa de mármol grande. Para ello se efectuaban dos pases con las "estiras", después las pieles se colgaban definitivamente hasta su puesta en venta.

En Villarramiel tras el raspado, venía la fase de "lunetado", cuya finalidad era igualar el grosor de las pieles. Se efectuaba con la "luneta" y en la forma que ya hemos descrito al tratar de los instrumentos del curtidor. A continuación se aplicaba una pasta, fabricada allí mismo, que contenía hierbas, jabón de lavar, aceite y anilina. Se volvían a colgar las pieles durante un día y después pasaban aun tablero de mármol y con un instrumento, también de mármol, se las apelmazaba y se las sacaba brillo. Por último, se doblaban para almacenarlas.

2.5. Productos y subproductos

En Villarramiel se producían, preferentemente, curtidos de empeine y apenas suela. En general, se usaban por la parte de la carne, con excepción de los curtidos destinados a marroquinería, en los que se cuidaba más la flor o parte del pelo. Las pieles recibían diversos nombres en función del tamaño. El más grande era el sillero, que se empleaba para arreos de animales y guarnicionería. Después viene la vaqueta, piel partida por la mitad y destinada al calzado fuerte. El becerro, piel de ternero, se destinaba a la fabricación de botos. La parte más cara y de mayor calidad era -y sigue siéndolo- el "crupón", es decir lo que queda después de quitar el cuello y la falda. En Herrera se producían suelas, badanas, sillero y becerro, siendo éste el producto más caro.

De la carnaza extraída de las pieles en las primeras fases de trabajo y de los trozos de piel sobrantes al igualarlas, se obtenía cola de pegar y masilla de cristalero. Los pelos de las pieles se destinaban a la fabricación de brochas, cepillos e, incluso, pelucas.

Una vez utilizada la "casca" como curtiente, se extraía el polvillo que se depositaba en el fondo de los pozos y se ponía a secar al sol. Las mujeres se encargaban de ello, dándola vueltas con un rastrillo. Una vez seco, se fabricaban tortas que se utilizaban como combustible de cocina.

3.EL OFICIO DE CURTIDOR

Uno de los oficios más desconsiderados en la España antigua era el de curtidor. En Galicia, según un testimonio fechado en 1782, "un labrador que se emplee en curtido deberá, por el mismo hecho, contar con que quedará envilecido para siempre; debe determinarse a imponer una perpetua nota de infamia a sus descendientes..." La R. O. de 18 de marzo de 1783, que declaraba honorables todos los oficios artesanales, supuso una dignificación del trabajo del cuero (PALACIO ATARD, 1960, pp. 165-166).

Hemos querido indagar, entre nuestros informantes, si alguna huella del desprecio que en el pasado provocaba el oficio de curtidor, ha llegado hasta nuestros días, y hemos de concluir rotundamente que no. Esto es especialmente cierto para un pueblo como Villarramiel donde, según el dicho: "todos son pellejeros, hasta el cura también", Otra cuestión era la de las condiciones de trabajo, que López Sánchez consideraba ciertamente penosas, por varias razones: en primer lugar, por la "fase ribera" que se desarrollaba al aire libre y en invierno, a veces, era necesario romper el hielo de los fosos, para poder trabajar. Los trabajadores tenían permanentemente las uñas marrones, a causa del tanino, ya que sólo se protegían con guantes durante la fase de pelado con cal. Era, por así decirlo, como las "señas de identidad" del oficio. Ya hemos dicho, además, que el hedor de las materias empleadas para el desencalado era insoportable. Si los obreros se producían algún corte o herida, ellos mismos se lo curaban, aplicándose polvillo de casca. A pesar de este rudimentario método de curación, López Sánchez asegura que el carbunclo (3) no era una enfermedad muy extendida y sólo tiene noticia de la existencia de dos casos, que terminaron con la muerte de los curtidores que la padecieron.

Más optimista es la visión que, sobre el oficio, nos proporcionó D. Luis Jubete. Según él, éste era un trabajo sano y bien visto por la comunidad. Su fábrica contaba con 17 trabajadores, de los cuales, uno era maestro y el resto obreros (en cambio, en Villarramiel, la mayoría de las industrias eran de carácter familiar). En la época de la República, los salarios eran de 3 Ptas. al día para el maestro y de 2,50 Ptas. para los obreros. Según Jubete, estos salarios eran superiores a los que marcaba la ley y como prueba de ello, nos dijo que todos sus obreros pudieron construirse su propia casa, merced a lo elevado de sus ingresos.

Preguntado por la existencia de canciones, relatos o dichos, referidos a la actividad, recuerda que, durante los momentos de descanso, solían cantar una conocida canción cuya letra, adaptada a las circunstancias decía así:

No hay quien pueda,
no hay quien pueda
con la gente pellejera
pellejera, curtidora,
no hay quien pueda
por ahora.

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NOTAS

(1) Así lo hemos constatado en Guadalajara (CASTELLOTE HERRERO, 1988, pp. 177-180); en Madrid (MAICAS; HUERTAS, 1986, pp. 82-83); en Cataluña -el llamado marroquín antiguo- (ENRICH, PEDRAZA y PUIG, 1990, pp. 16-27) y en Mota del Marqués (Valladolid) (CANO HERRERA, 1986, pp. 49-51).

(2) Según A. Herrero, la razón de no adquirir pieles nacionales radica en su baja calidad. Las andaluzas a causa de las altas temperaturas habituales en la zona y las gallegas porque los carniceros no saben desollar bien. Ciertos defectos del animal inciden en la calidad de la piel, así las enfermedades, como los "barros"; los parásitos, como las garrapatas; las callosidades producidas por el roce del yugo; las heridas y las marcas de ganadería. Por otra parte, se constata el hecho de que en las ovejas, si la piel es buena la lana no lo es y viceversa.

(3) Enfermedad vírica que padece el ganado y puede transmitirse al hombre.

BIBLIOGRAFÍA

CANO HERRERA, Mercedes (1986). Artesanía de Valladolid. I. Oftcios artesanos. Situación actual. Valladolid.

CASTELLOTE HERRERO, Eulalia (1987). Curtidores y boteros. En Etnografía Española, nº. 6, pp. 173-186.

CORDOBA DE LA LLAVE, Ricardo (1990). La industria medieval de Córdoba. Córdoba.

ENRICH, J.; PEDRAZA, X. y PUIG, M. (1990). "Cal Granotes". Una adobería del segle XVIII. Igualada.

FERNANDEZ MARTIN, Luis y FERNANDEZ MARTIN, Pedro (1984). Historia de Villarramiel. Palencia.

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LARRUGA BONETA, Eugenio (1794). Memorias políticas y económicas. Madrid.

MADOZ, Pascual (1984). Diccionario geográftco-estadístico-bistórico de Castilla y León. Palencia. Ed. facsímil. Valladolid.

MAICAS RAMOS, Ruth y HUERTAS VICIANA, Isabel María (1986). Artesanía del cuero y de la piel en las comarcas de Navalcarnero y San Martín de Valdeiglesias. En Narria, nº. 41-44, pp.81-107.

MARCOS MARTIN, Alberto (1984). Palencia en el s. XVIII. En Historia de Palencia. II. Edades Moderna y Contemporánea. Palencia.

PALACIO ATARD, Vicente (1960). El comercio de Castilla y el puerto de Santander en el s. XVIII. Notas para su estudio. Madrid.

PARDO GONZALEZ, Paula (1991). Guía de la artesanía de Castilla y León. Palencia. Valladolid.

REPRESA FERNANDEZ, Mª. Francisca (1989). Arqueología Industrial. El molino de corteza de un batán de curtidos del s. XVIII. En Técnica Industrial, nº. 193, pp. 4-10.