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“LA COTERA DE TRESABUELA” DE PEDRO MADRID

GARCIA CASTAÑEDA, Salvador

Publicado en el año 1994 en la Revista de Folklore número 165.

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Hace algunos años tuve la ocasión y el privilegio de conocer a Pedro Madrid, gracias a la gentileza de nuestro amigo común, el antropólogo Antonio Montesino, quien me llevó a verle tanto en aquella ocasión como en otras varias. Pedro Madrid no necesita de presentación como rabelista y constructor de rabeles aunque es menos conocido, fuera del ámbito de su tierra, como escritor de costumbres.

Como se recordará, los costumbristas, por lo general, vivían en núcleos urbanos, procedían de las clases medias y tenían un nivel de educación con frecuencia superior al de la mayoría de sus contemporáneos. Presentaron con frecuencia de modo paternalista o desdeñoso a sus compatriotas de las clases populares ciudadanas o del medio rural y marinero (recordemos a Mesonero Ramos, o al mismo Pereda), sin identificarse con ellos y sin amarlos. Entre los colaboradores de las revistas literarias decimonónicas (y el Semanario Pintoresco sería la más representativa) escasean los que tratan de interpretar las costumbres de una gente a la que juzgan inferior, pintoresca y graciosa pues la desconocen. La mayoría de ellos tiñen sus observaciones de un matiz irónico innecesario ante unos modos de vivir que por ser diversos a los propios ven como bárbaros y primitivos.

No ocurría lo mismo con aquellos escritores de costumbres que procedían de aquellas clases o de aquellos medios, en este caso del rural, como "El Duende de Campóo" o Manuel Llano, en la Montaña, quienes pintaron a la gente de la aldea con cariño y ensalzaron sus virtudes y los trabajos de su diario vivir.

Sin embargo, todos los costumbristas comparten una misma angustia ante el paso del tiempo que todo lo cambia y una misma consciencia de ser depositarios de una herencia cultural, de unas señas de la identidad propias del pueblo, de la región o del país que les vio nacer y que están en vías de desaparecer. Por ello intentan que su obra sirva de eslabón entre el presente y el pasado y a la vez que sea testimonio y archivo de los usos y costumbres tradicionales. Pereda se hizo cargo de esta labor en Cantabria hasta el punto de que al estudiar aquel costumbrismo habrá que referirse siempre a un antes y a un después enriquecido con una floreciente escuela de discípulos del autor de Peñas arriba.

Pedro Madrid es uno de los pocos escritores de costumbres que han salido del pueblo, un autodidacta que escribe impulsado por su sensibilidad y por sus recuerdos. Lo mismo que Manuel Llano no forma parte de escuelas ni sigue el magisterio de nadie. Sus narraciones tienen el valor extraordinario del testimonio, pues todo lo que cuenta no fue solamente visto sino vivido día a día por él. Al cabo de los años Pedro Madrid rememora experiencias vividas para salvar del olvido costumbres, maneras de vivir y de pensar ya idas. Sus escritos son un legado para quienes pertenecen a generaciones nuevas pues también él, como es achaque de costumbristas, siente nostalgia de la niñez y de la juventud y angustia por el paso inexorable del tiempo que todo lo borra. Precisamente, "La Cotera de Tresabuela", que presentamos aquí, es una narración que evoca con melancolía unos modos de vivir y una cultura ya desaparecidos.

PUBLICACIONES DE PEDRO MADRID

La matanza del cochino en el valle de Polaciones. Santander: Instituto de Etnografía y Folklore "Hoyos Sainz", Institución Cultural de Cantabria, 1980.

Valle de Polaciones. Recuerdos de mi Valle. Torrelavega: Imprenta Herrero, 1986 [Contiene "Las hilas en Polaciones" (pp. 5-9); "Ir a cantones" (11-12); "Los Carnavales en el valle de Polaciones (22-32)].

Estampas de mi Valle de Polaciones. Torrelavega: Ediciones Quimas, s. c., 1990 [Contiene "Prólogo" de Emilio de Mier Pérez (pp. 3-8); "Las bodas" (10-39); "Las romerías", (41-61); "Los carreteros" (63-77); "El duro invierno" (79-96); "Historia de osos" (98-108)].

LA COTERA DE TRESABUELA

Es uno de tantos recuerdos entrañables que se guardan de aquella nuestra aldea natal acunada a la vera de Peña Labra, entre praderas, bosques y cumbres nevadas.

En el entorno de la vieja escuela rural, contigua a la monumental iglesia edificada a mediados del siglo XVIII se ubica este histórico recinto tan vinculado a la existencia de cuantos allá viéramos la luz. Montado sobre un largo paredón que sobresale en todo su perímetro como valla protectora y asiento habitual para una concurrencia que a cualquier hora del día o de la noche visitaba aquel lugar de esparcimiento.

Había vecinos fieles a la costumbre de acercarse cada mañana al observatorio predilecto que fue la "Cotera" y desde allí otear el panorama de hayedos y cuestas argumosas, de horizontes nublados y maltrechas chimeneas lanzando a los aires los humos de sus hogares madrugadores; allí se reunían los rebaños comunales para trasponer día a día las lomas de la "Vallejuca", llevados hacia el lejano pastizal de la mano de los pastores de turno, y la turba alborotadora que fuimos en nuestros años escolares aguardaba siempre la llegada del señor maestro con aquellas lecciones mal aprendidas, sucios y despeinados, rotos los escarpines de burdo sayal de tanto corretear por el suelo embarrado.

En los atardeceres veraniegos cuando la juventud regresaba del prado se poblaba la "Cotera" de animosas parejas bailando al son de las panderetas, olvidando las fatigas de la jornada, de voces juveniles entonando viejas canciones regionales, de hombres maduros relatándose las incidencias de la siega, y en el plenilunio de las noches bonancibles los mozos alargaban sus permanencias hasta contemplar alguna vez los albores de la madrugada, llegando por las alturas del "Collado de Sejos".

Espacio habilitado para bolera fue también nuestra bolera inolvidable donde solteros y casados disputaban ruidosas partidas siempre acabadas en riñas y discusiones. Acudiendo a mis recuerdos más lejanos nombro al tío Ramiro, al tío Pedro "el Rojo", al tío Manuel "el Pasiego" y al cura Don Vicente, entre tantos aficionados que allí contendían, mayormente tras recogerse los últimos frutos del monocultivo hacia la segunda quincena de agosto cuando iban quedándose ociosos los brazos ocupados en la brega diaria. Allí era el colmo de los entusiasmos entre la hilera de espectadores sentados en las losas del paredón, alentando el bien jugar de sus favoritos, llevando relación de los bolos caídos y bebiendo vino por el gran cántaro de hojadelata a cuenta de las cuadrillas perdedoras.

En los días de precepto, toda la grey ataviada con sus ropas domingueras iba llegando a aquel extremo llamado "Pico de Arriba" de la "Cotera", lindante con la alta torre del campanario, a la espera de Don Vicente, el cura archiconocido, o el otro cura, nuestro bendito Don Angel, llegado cada domingo a lomos de su yegua negra, que con la sotana deslucida de soles y vendavales aparecía siempre tras la esquina de "Los Hornos", arteria y encrucijada igual en nombradía a la propia "Cotera". Después de oída la misa, las gentes volvían a reunirse hasta bien acabada la mañana y sólo por breve tiempo, el preciso para la comida del mediodía, apenas si la plazuela se quedaba desocupada.

El día de mayor animación era sin disputa el de la fiesta patronal en que mañana, tarde y noche una muchedumbre de romeros venidos de los pueblos circunvecinos, juntos a los nativos de aquel pueblo tan acogedor que fuera Tresabuela hacían desbordarse la alegría más bulliciosa. Los Carnavales, otro acontecimiento supremo donde el rito pagano absorbía a todo el mundo, ya como actor, ya como espectador: domingo, lunes y martes aunque el invierno desatara sus rigores y la nieve y el frío obstinadamente se opusieran, cada año volvía a renovarse el espectáculo de las originales comparsas maravillando al buen público dispuesto siempre a ofrecer su hospitalidad proverbial.

La hoguera de la Nochebuena que se encendía antes de la misa del "Gallo", la vieja costumbre de poner un ramo verde en el balcón de cada moza la víspera del día de San Juan, el ir a robar las natas olvidadas en algún alto ventanal, el hacer una incursión por la aldea forastera con resultado de carretas volcadas y perros apaleados en callejas estrechas o en el asalto a cualquier gallinero mal vigilado; también el "ir a cantones" a las altas majadas sumergidas entre nieblas y acebales, donde aquellas pastoras bravías, nuestras abuelas, daban a sus galanes el jarro de leche recién ordeñada, el amor de la lumbre alimentada con troncos de retama y el calor del lecho levantado sobre ramas de brezo y terrones arrancados al suelo de la braña... Punto de partida y origen de toda empresa era para los mozos de Tresabuela la tan nombrada "Cotera".

Allí mismo, bajo el corredor del vetusto edificio donde aprendíamos a leer, había un espacio a manera de estrecho portaluco, que libraba a todo transeunte de la lluvia y del soplo de los vientos norteños, sitio de reunión para el dócil vecindario convocado a toque de campana cuantas veces necesitaran de sus obediencias los recordados padres de la aldea. Que tiempos se vivieron en que cómicos paternalismos prosperaron acá hasta encoger y atosigar el menor ánimo de insubordinación.

Por lo que se sabe, la "Cotera" también había sido lugar de enterramientos en pleno corazón del poblado, llevado más tarde a las lejanías del "Campo de Arriba", donde la superstición aldeana no contemplara en noches de luna radiante ánimas del Purgatorio errando por aquellos aledaños.

Aún queda en la parte que llamábamos "Pico de Abajo" de la "Cotera" una escalera de piedras toscamente arrimadas por donde llegaba yo desde mi casa del humilde "Corral de los Sampedros" cada día, cada noche, cada vez que me viniese en gana pisar aquel espacio sagrado; primero en años de mi niñez mordisqueando el mendrugo de pan que las madres nos repartían al retornar de la escuela, luego, cuando la juventud alegre sembraba de sueños dorados nuestras vidas, más tarde al impulso, por fin de colectivas rebeldías que no tolerarían más yugos y tutelas vergonzantes sobre las cotidianas desventuras.

El paso del tiempo hizo de nuestra "Cotera" un paraje desolado, sin protagonismos en el existir de la aldea, a trechos invadido de la hierba, en parte cubierto por los escombros con sus piedras caídas y sus muros desportillados, muestras de abandono y lastimosa decadencia; mejor suerte mereciera aquel entrañable rincón que en sus días de esplendor albergara tantas actividades.

Apenas una mínima parte de los moradores que antaño se afanaban cultivando sus predios, transitaban aquellas callejas empinadas, y al crepúsculo de la tarde departían por balcones y corraladas, perviven allí, acosados de la soledad que se agranda y engendra desalientos. Los otros se encaminaron, tiempo ha, hacia tierras foráneas buscando una mejor vida y el resto reposa ya tras las pobres tapias del corral de los muertos, asentado allá enfrente, sobre los páramos del “Campo de Arriba”, a la vera del "Monte Masegal".

Con el alma entristecida de nostalgias he vuelto de aquel pueblo que exótico me parecía de tanto tiempo como no lo frecuenté. Ni una canción en la cercana pradería, ni un grupo infantil correteando por la encrucijada de “Los Hornos”, ni siquiera la voz de cristal de algún gallo alborotador en el ámbito del “Barrio de la Fuente”, sólo una pareja de ancianos, vacilantes sobre sus cayados, contemplando a la nada, tal vez, si no al triste panorama de edificios inhabitados o en trance de derruirse, contándose vivencias de mejores tiempos pasados...

Quisiera yo que sobre el más añorado de todos aquellos lugares no se tendieran las sombras del olvido: sobre aquella “Cotera” de Tresabuela testigo de tantos azares y venturas. Y ojalá merezcan tal recompensa estos relatos inspirados por el hondo cariño hacia la tierra que nos viera nacer.

Tresabuela, Valle de Polaciones. Verano de 1993.
Pedro Madrid