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CUELLAR: UN MOLINO DE VIENTO EN LA EPOCA DE LOS REYES CATÓLICOS

ARRANZ SANTOS, Carlos; CARRICAJO CARBAJO, Carlos y FRAILE DE PABLO, Angel

Publicado en el año 1994 en la Revista de Folklore número 166.

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Un antiguo documento, hallado en el Archivo de la Casa Ducal de Alburquerque en Cuéllar (Segovia), ha permitido conocer la existencia en dicha Villa de un molino de viento a finales del siglo XV. Se trata de una carta de venta otorgada en Cuéllar el 14 de junio de 1496 por don Gómez de Rojas, regidor del concejo cuellarano, en favor de don Francisco Fernández de la Cueva, Duque de Alburquerque, señor de la Villa (I):

"...nos los dichos gomes de rojas e maría de torres, su muger, juntamente vendemos por juro de heredad para siempre jamás al ylustre e muy magnífico señor el señor don francisco ferrandes de la cueva, duque de alburquerque, conde de ledesma e de huelma, nuestro señor, el molino de viento que nos tenemos e poseemos en término desta villa de cuéllar, que es en el arraval desta dicha villa de cuéllar e con fasta dos obradas de tierra, poco más o menos, que están juntas con el dicho molino, las quales dichas tierras están dentro en el bosque que el dicho señor duque tiene fecho junto con el dicho molino... ".

Se trata de un hallazgo importante por varias razones. En primer lugar, porque permite constatar por primera vez la existencia de molinos de viento en la provincia de Segovia, lejos de los famosos molinos de viento de La Mancha. No tan lejos, sin embargo, de los numerosos y poco conocidos molinos de viento que antaño poblaron las motas y alcores de Tierra de Campos. En segundo lugar, porque esta carta de venta constituye, que sepamos, la referencia documental más antigua de un molino de viento en Castilla y León. Hasta la fecha sólo se han encontrado noticias sobre molinos de viento anteriores al siglo XV en fuentes literarias y en crónicas históricas. Estamos ante un ejemplar datado, construido a finales del siglo XV como mínimo, teniendo en cuenta la fecha de venta. Esto nos lleva a contrastarlo con otros de parecida construcción, ya estudiados en la provincia de Valladolid, sin datación por ahora de ninguno de ellos. Especialmente con el de Castromembibre, con el que podría existir correlación de tiempos, partiendo de la similitud de detalles constructivos.

EL DUQUE DE ALBURQUERQUE, SEÑOR DE CUELLAR, COMPRADOR DEL MOLINO

El comprador del molino, don Francisco Fernández de la Cueva, Segundo Duque de Alburquerque (1467-1526) era el hijo mayor de don Beltrán de la Cueva, primer Duque de Alburquerque, a quien el rey Enrique IV había hecho donación de la Villa de Cuéllar y su Tierra el 24 de diciembre de 1464.

El vendedor, don Gómez de Rojas, natural de Córdoba, había sido capitán del rey Enrique IV de Castilla. Del lado de este monarca había combatido en la Segunda Batalla de Olmedo, sucedida el 20 de agosto de 1467. Acabada la contienda, el capitán don Gómez de Rojas llegó a Cuéllar en compañía de don Beltrán de la Cueva, Duque de Alburquerque, Señor de la Villa. Allí fijó su morada y casó con doña María de Torres Córdoba Hinestrosa, dando origen a una de las familias cuellaranas de mayor abolengo. Sus hijos Manuel y Gabriel de Rojas participaron activamente en la conquista y descubrimiento de América (2).

LOS RESTOS DEL MOLINO: SITUACION Y CARACTERISTICAS

Los datos señalados en el documento sobre la situación del molino de viento nos llevaron a examinar detenidamente los parajes cercanos a la iglesia románica de Santa María de la Cuesta, edificada sobre un altozano al sur de la población, fuera de la muralla. Llamó nuestra atención una fuerte torre de piedra caliza que flanquea las tapias de la Huerta del Duque, sita a los pies del castillo por la parte del mediodía. En Cuéllar es llamada la Torre del Cubo, por ser su planta de forma circular. Todos nos habíamos preguntado alguna vez sobre la misión de esta aislada torre, alejada de la fortaleza y de los muros de la Villa. Un examen detenido de sus características constructivas, junto con su inmejorable situación en un lugar elevado, abierto a las corrientes de aire, nos hizo llegar a la conclusión de que nos encontrábamos ante los restos de la que antaño fuera un molino de viento. Este magnífico ejemplar, similar a un torreón defensivo o de observación, es de planta circular (invariable que se presenta en nuestros molinos de viento) construido con una excelente fábrica de mampostería careada, rejuntada, asentada con argamasa, presentando al exterior forma troncocónica, pero no de generatriz recta, sino ligeramente curva, que confiere a su silueta una cierta éntasis, más pronunciada en la zona de la portada. Su altura actual viene a ser de unos seis metros y medio. Presenta una sola puerta, por ahora caso único en los molinos de viento de nuestra Comunidad, pues los estudiados hasta ahora siempre presentan dos, iguales y enfrentadas. Hemos podido observar que siempre tuvo una, pues no hay traza alguna que haga pensar que se cerrara una de ellas con posterioridad a la erección del edificio. La puerta se resuelve exteriormente con arco de medio punto de siete dovelas con piedra caliza de distinto tipo que el resto del muro, acaso de Campaspero, presentando en la parte superior, en su mismo eje, una ventana. También una ventanita de pequeño tamaño se abre a media altura del costado derecho.

Hay, no obstante, dos huecos más: otra puerta y otra ventana en el lado izquierdo, casi a eje entre sí. Esta puerta carece de jambas y de cargadero diferenciados de la masa del muro, la que nos hace pensar que se abre muy posteriormente, más aún teniendo en cuenta que en el interior aparece perfectamente definido el perímetro del colector inferior de harina o nicho, que otros ejemplares muestran, como aquí, a 90° de la puerta y que originalmente parece tendría 30 cms. de profundidad; quizá la circunstancia se aprovecha para abrir esta nueva puerta, añadido a que se encuentra en el lado interior de la cerca de la Huerta del Duque, mientras la verdadera puerta se abre al camino, al exterior. En cuanto a la ventana, quizás se ensancha o se abre el siglo pasado, cuando el castillo sirve de prisión y el molino ya ha perdido su condición de tal para convertirse en atalaya de observación, creándose, más que ventana, apostadero para un centinela que podía perfectamente encontrarse sentado. Tampoco presenta recercado ni dintel.

En el interior aparecen todas las características de los molinos de viento ya estudiados en Tierra de Campos. Destacan los cuatro mechinales donde se entregaban las dos gruesas vigas de madera que soportaban la carga de las muelas, situadas en el segundo piso. Otras oquedades en el muro delatan el apoyo de las vigas del forjado y escaleras. Tras el arco de la portada, de poco fondo, tres gruesos cargaderos de madera lo trasdosaban; sus improntas marcadas en el hormigón de cal reproducen la forma de estos elementos leñosos, hoy desaparecidos. Quizá se completaba con una bordura de piedra que rematara interiormente el paramento en su encuentro con jambas y cargadero, hoy desaparecida.

En principio llama la atención que el área que rodea a la construcción no se encuentre despejada, sino interrumpida por la propia cerca de piedra de la huerta. Sabido es que a efectos de poder mover al conjunto caperuza-aspas de cara al viento se precisaba disponer del elemento que en los molinos de La Mancha llaman gobierno, esto es, el largo y fino palo que unido a aquél, permitía orientarlo convenientemente y que se afianzaba amarrándolo a uno de los varios hitos hincados en piedra. Aquí el camino ante la puerta y la propia cerca impediría tal maniobra. ¿Se levanta la valla inmediatamente a la adquisición por el Duque al ensanchar su dominio? Si es así habría que pensar que el procedimiento de giro no era por medio del gobierno, sino quizá desde dentro mediante un polipasto con torno, como hemos tenido ocasión de ver hace un par de años en un molino portugués, aún funcionando, cercano a Caldas da Raihna.

En cualquier molino de viento, independientemente del material empleado (piedra o tapial), el grueso del muro siempre sobrepasa el metro; concretamente en el paralelo que establecemos de Castromembibre (Valladolid) medimos 1,40 m. en su base, sin embargo en éste de Cuéllar llega hasta 1, 70, a pesar de que el diámetro interior en ambos molinos es de 3,70 m. Este muro va disminuyendo de grueso a medida que se eleva, en principio por la inclinación del paramento exterior, mientras el interior es vertical, cilíndrico y, además porque, una vez superada la cota del asiento de las vigas de soporte de muelas se produce un retranqueo que estrecha aún más la coronación, dejando el grueso de ésta reducido a la mitad. Aún así y todo la robustez de la magnífica fábrica es superabundante para resistir los importantes empujes que le transmitiría el movimiento de las aspas.

La labor de desgaste del tiempo ha sido menor que la destructiva del hombre. Parece lógico que no se conserve la cubierta (generalmente eran muy livianas) e incluso que las gruesas vigas hayan desaparecido por podredumbre, no tanto las del cargadero de la puerta. Hay que convenir que la apertura de la segunda puerta de dentro de la huerta coincidiendo con el colector de harina, si bien no ha supuesto un daño excesivamente traumático, así como el del ventanal a eje con ella, sí lo ha sido la desaparición de las jambas de la puerta principal (quizá tuviera alguna labra ornamental) así como el recercado interior de la misma. Hay que añadir que la ventana situada sobre la puerta principal ha sufrido un serio destrozo: no sólo ha desaparecido su cargadero (no era mal sitio para haber colocado el Duque el escudo con sus armas), sino también la posible pieza que a modo de vierteaguas de piedra, debió de poseer esta ventana, sobrepasando su vano y acaso también adornada con algún motivo decorativo.

A la vista de la gran cantidad de escombros existente en su interior se puede albergar la esperanza de encontrar entre ellos algún que otro resto inherente al molino: una muela o fragmentos, las piedras bóllega o de rebote (asiento y estribo respectivamente del eje de las aspas), etc. que, si bien corroborarían su uso como molino, no nos cabe la menor duda de que se trata del ejemplar que adquiere el Duque de Alburquerque, señor de Cuéllar, a finales del siglo XV.

PERVIVENCIA DEL MOLINO DE VIENTO

Pocos son los datos que permitan conocer durante cuánto tiempo funcionó el molino de viento de Cuéllar. En la primera mitad del siglo XVI diversos documentos prueban que el lugar en que estaba situado era conocido como "el molino de viento". Por ejemplo, en el año 1535 el concejo de Cuéllar entregó a Juan de Agüero una tierra concejil sita en el término de Vallelado, a cambio de otra "tierra que dexó a la villa al molino de aviento" (3).

A mediados del siglo XVIII, una relación de las posesiones del Duque de Alburquerque en Cuéllar, contenida en el Catastro de la Ensenada, incluye detalladamente la huerta que el Duque había mandado realizar en el antiguo bosque situado a los pies del castillo (4):

"...una huerta cercada de tapia hecha de barro y piedra que hace quince obradas...su terreno de ínfima calidad a excepción de seis obradas que coge en medio de dicho terreno... y tiene para regar un estanque y alberca que hacen una obrada, con su cenador... y ciento cuarenta pies de olmos mayores y menores, y ochenta árboles frutales, incluyendo en ella una noria...".

El hecho de que no haga ninguna referencia al molino es la mejor prueba de que a mediados del siglo XVIII ya no se utilizaba para la molienda. Con el paso de los tiempos las gentes de Cuéllar olvidaron que aquel torreón solitario alejado de la muralla había sido un molino de viento que había posibilitado a sus antepasados la molienda del trigo sin necesidad de desplazarse hasta los molinos hidráulicos de las riberas del Cega y del Cerquilla.

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NOTAS

(1) Cuéllar: Archivo de la Casa Ducal de Alburquerque, caja 151, legajo 1, adicional nº.12.

(2) VELASCO HAYON, H.: Historia de Cuéllar, p. 342, Segovia, 1974.

(3) Archivo de Villa y Tierra de Cuéllar, sección XIV /3, legajo nº. 3: Trueque de tierras entre Juan de Agüero y el concejo de Cuéllar, 12-marzo-1535.

(4) VELASCO BAYON, B.: Historia de Cuellar, p. 431, Segovia, 1974.