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CUENTOS QUE ME HAN CONTADO (IV-V)

GARRIDO PALACIOS, Manuel

Publicado en el año 1994 en la Revista de Folklore número 166.

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A Noé

Sigo con la serie iniciada en Revista de Folklore (1) con un cuento que recogí en Gamonal, Toledo, en julio de 1976.

Por una de esas raras causas que nunca acertamos a poner en claro, hay núcleos de población que se convierten en el arca donde se conservan las manifestaciones populares de los alrededores. No tienen por qué ser estos sitios cabezas de partido o de comarca ni siquiera pueblos. Creo recordar que por aquellas fechas (no sé ahora) Gamonal era una especie de pedanía de Talavera de la Reina. Pueden ser aldeas de cinco vecinos, como la mágica Fonfría lucense, que tanto guardaba. A lo largo y ancho de España he podido anotar varios ejemplos de estos que digo -Ainsa en Huesca, Cudillero y Aristébano en Asturias, Sama también, La Hayuela en Cantabria, Alora «la bien cercada» en Málaga, Alosno en Huelva, La Alberca en Salamanca, Nocedo de Curueño en León, Santa Lucía en Gran Canaria, La Oliva en Fuerteventura, Pollensa en Mallorca, La Mola en Formentera, y así una lista bastante amplia- donde, no sólo se ha conservado, sino que se ha decantado y purificado cuanta belleza había cercana de eso que nos ocupa desde hace tantos años y que llamamos cultura popular. Y no es que los otros pueblos no tengan nada, no; los demás pueblos tiene lo suyo y punto; pero estos lugares parecen tenerlo todo. Quizás hayan sido asentamientos cruciales de gentes sabias, o posada de unas mentes receptivas más allá de lo normal; también ha podido ocurrir que alguien muy enraizado haya hecho el esfuerzo de no dejar perder este patrimonio común, que ya es esfuerzo. En el caso de Gamonal, esta persona era Lulia López, por entonces telefonista, que reunió durante varias tardes en un patio emparrado a un número de mujeres, las cuales me fueron dictando un sin fin de coplas, romances y cuentos, como este que transcribo palabra a palabra, respiro a respiro, para que no pierda el encanto de como fue contado, como hay que hacer. Material, en suma, que voy sacando en publicaciones con tal de devolverlo a sus fuentes y podamos beber todos.

IV.CUENTO DE REYES. Gamonal (Toledo)

Esto era una vez un matrimonio con una hija, y el padre la mandaba a los recados, y ella los hacía o no, según le daba. Como el padre veía que la niña no hacía lo que le mandaba, fue, y en lugar de castigarla, mandó hacer un cajón en una carpintería y la metió en él, le puso dentro muchos collares y alhajas, y también comida: jamón, lomo, pan, le echó la llave y lo tiró al mar. El cajón fue rodando mar abajo hasta que llegó a un pueblo de pescadores y reyes. Estos reyes tenían un hijo príncipe con una novia en otro pueblo, y resulta que él mandó sacar el cajón del agua y llevarlo a su cuarto, ignorante de lo que allí había. A él le llevaba la comida la criada a su mesa, y él se entraba a cenar entretenido en retorcerse el bigote o poniéndose la servilleta. Pero cuando ya se disponía a sentarse no encontraba en la cacerola sino un montón de huesecitos. y sospechó: «¡Esta mala criada! ¡Esto de que me deje a mí sin cenar! ¡Pues me parece que la va a llevar! La voy a perdonar una vez o dos, pero a la tercera la descubriré». A la noche siguiente volvió a ocurrir lo mismo, pero a la tercera noche fue y se escondió". Llegó la criada con la cena, se la tapó y se fue. Entonces él sintió pisadas y vio acercarse a la mesa a una señora muy guapa, porque ella había quitado la llave del cajón con una horquilla, y como se la habían acabado los comestibles que su padre le pusiera, tenía mucha hambre. Así cogió y se puso a cenar. Después recogió los huesecitos y los metió en la cacerola, y al estar ya para taparlos, salió el príncipe de su escondite. Al verlo, le dio un desmayo, y la tuvo que tener él en los brazos hasta que se le pasara. Luego, como vio que era muy guapa y buena, estaba todo el día con ella y no iba a ver a la novia del otro pueblo. Pero ella vino con unos criados a ver qué pasaba.

-Vengo a ver qué tiene Su Majestad, que hace mucho tiempo que no va por casa.

Dijeron los reyes:

-Mire usted, no sabemos qué es lo que se trae. Hace algún tiempo recogieron los pescadores un cajón del mar y ha querido que lo metan en su habitación, y no sabemos por qué no sale de allí.

En esas entremedias, dijo el príncipe que iba de caza. Y la novia le protestó:

-¡Ay!, no te vayas ahora de caza.

-Sí, me voy de caza.

Así que al irse, dice la novia:

-Pues de la forma que se vaya a verme es llevándome el cajón al pueblo.

Y al llevárselo, allí lo abrió, y al ver que era una señora tan guapa, se la dio a sus criados para que la llevaran a una barranca y le sacaran los ojos, que ella quería verlos; y así lo hicieron. Claro, ella, la pobrecita, quedó dando alaridos para que la favoreciera alguien, que estaba tan herida. Y había por allí unos viejecitos que para poder comer iban a segar, a la aceituna, a la almendra, y escucharon los gritos de la muchacha. Y dijo la mujer:

-Oye, ven aquí a esta barranca.

-Pero qué mujer más hostigosa y más solandera.

-Pues yo voy a ver.

Así que fue, vio a la muchacha y le preguntó:

-¡Ay, señora! ¿Qué le ha pasado a usted?

-Mire cómo estoy. Por caridad ¿me llevan ustedes a su casa?

Dijo la vieja:

-Ay!, mire, si somos dos ancianitos muy pobres; no tenemos ni para comer.

-No le hace. Yo les doy lo que necesiten. Me lleven a su casa, por favor.

-Si no tenemos ni cama.

-Aunque sea en el suelo me pongo.

Se la llevaron y ella les dio dinero a los viejos para que le compraran una cama y comida. Y pasó algún tiempo, al cabo del cual, tuvo una niña con un Sol en la frente, que alumbraba tanto, que había que atarle un pañuelo porque no se podía parar a su lado. Y también tuvo un niño con la Luna en la frente, tan brillante, que le tuvieron que atar otro pañuelo para que se pudiera estar. Y ya eran grandecitos cuando dijeron los ancianitos:

-Vamos a llevar unas escobas al pueblo para venderlas.

-No se vayan ustedes, que yo tengo dinero para que comamos todos.

-Sí, señora, pero a ver si olemos algo de lo que se cuece por ahí, que si se forma un fuego, las escobas dentro de la casa, con lo estrecha que es, pueden ser un peligro.

-Bueno, vayan, pero vuelvan pronto.

Cuando vinieron, la vieja contó que había sentido decir que se casaba el hijo del rey. Entonces dijo la muchacha:

-¡Ay!, si me quisieran ustedes llevar hasta la iglesia.

-Pero mire, ¿cómo la vamos a nevar así?

-Pues muy bien; me agarran de la mano, y a los niños, los cogen por la otra, nos llevan a la iglesia y nos ponen al pie del novio. Cuando diga el señor cura: «¿Quiere usted a la señora por esposa?», el niño y la niña dirán cada uno: «Papá». Así que los viejos la llevaron con sus hijos a la ceremonia y los colocaron al pie del novio. Al entrar en la iglesia, le habían quitado a los niños los pañuelos, y el público no escuchaba ni atendía lo de la boda; nada más que miraba a los niños, diciendo: «¡Qué cosa tan preciosa de criaturas»!. Al decir el sacerdote: «¿Quiere usted a la señora por esposa?», el niño le agarró al príncipe del chaquetón y le dijo:

-¡Papá!

Y al decirlo, le salió a la madre un ojo nuevo. Entonces la niña hizo lo mismo, le tiró del chaquetón y le dijo:

-¡Papá!

Y al decirlo, le salió a la madre el otro ojo que le faltaba. Así que el padre miró para detrás y al verla, se levantó y dijo:

-Me perdonen ustedes todo el público. La carne que tengan matada a los perros se la pueden echar. El pan que tengan amasado a los pobres se lo pueden dar, que yo me voy con mi mujer, que ésta no me toca ná.

Y este cuento se acabó.



Este otro cuento que viene ahora no fue buscado. Viajaba por tierras de Albacete de recoger en El Ballestero la penitencia de El Anima Muda y paré en un pueblo llamado Casas de Juan Núñez por algo que ya no recuerdo; quizás por parar, simplemente. Era septiembre de 1976. Entré en una tienda de las que venden de todo menos lo que uno necesita y nadie me atendía, sin embargo escuchaba hablar a un hombre de voz muy ronca detrás de los estantes. En efecto, el dueño de la tienda estaba sentado en la mesa camilla con tres niños que eran sus nietos y les estaba contando un cuento. El hombre dio un respingo al verme allí y justificó no haberme atendido antes porque era sordo. Una vez que cumplí con mi supuesto encargo, le dije si no tenía inconveniente en contar el cuento que yo le había interrumpido pero desde el principio. Accedió, me senté con ellos y me convertí en el cuarto niño atento a su palabra. Pará poder disfrutarla luego le puse delante mi pequeña grabadora, y es por lo que puedo darlo hoy con el grado de pureza con que me fue dado.

V.-UN CASTILLO ENTRE LAS NUBES. (Casas de Juan Núñez. Albacete) (2)

Erase un rey con tres hijos y una hija. Mientras que los varones tenían libertad para ir y venir donde quisieran, a la hija la guardaba por temor a que se la raptaran, porque un astrólogo le había anunciado para ella una desgracia. Pero la niña quería salir al patio del castillo, por lo menos, y tanto lloró y dijo el rey: «Vale», pero ni hizo más que salir cuando se presentó un dragón volando y se la llevó. Los tres hermanos fueron corriendo a contar al rey lo sucedido y pidieron ser voluntarios para ir en busca de su hermana. El rey les dijo:

-¿Qué necesitáis para ello?

Y respondieron:

-Una espada, un caballo y un mazo cada uno.

Y con lo que habían pedido echaron a andar que te andarás, y al cabo de los días habían andado mucho, llegando aun país muy lejano y muy alto. Desde allí se dieron cuenta que sobre una nube había construido un castillo, y alguien les dijo que era el castillo del dragón que se había llevado a la princesa. Entonces subieron a la montaña más alta, ya cercana a las nubes, a pensar de qué manera podrían alcanzarlas. Y el pequeño dijo:

-Esto tiene una solución. Podemos matar un caballo, con la piel hacemos tiras, que anudamos unas a otras. La primera, la atamos a una flecha, que tiramos hacia arriba para clavarla en la puerta del castillo de las nubes, y así subimos.

Pero los otros dos hermanos se negaron:

-No mataremos nuestro caballo para esa aventura.

El pequeño dijo que él lo haría por salvar a su hermana. Así que mataron el caballo, hicieron una cuerda larga con las tiras de la piel, y comenzaron a tirar flechas al cielo, hasta que una tirada por el mayor logró clavarse en la puerta del castillo. Y ya trazado el camino con el cuero, se preguntaron:

-¿Quién va a subir el primero?

Los dos mayores se negaron y el pequeño, por rescatar a su hermana, se prestó, y como era muy flaco, subió con mucha rapidez, llegando a la puerta del castillo. Al verla abierta, entró. Llegó a la primera estancia y no vio a nadie, pero al internarse más, encontró a su hermana con el dragón que estaba recostado. Y dijo:

-¡Hermana!

La princesa se alegró de verlo, pero le advirtió:

-Ten cuidado, el dragón duerme y ya ves que su cabeza está apoyada en mi rodilla; si se despierta te mata. Vete pronto.

El hermano alzó la porra y le dio al dragón en la cabeza, quien gritó a la princesa:

-¡Ten cuidado con las moscas, que me ha picado una!

Entonces el hermano volvió a darle con la porra, y el dragón, a decir:

-Te he dicho que vigiles, que me están picando las moscas.

Y dijo la princesa al hermano:

-Dale en la nariz que es donde tiene la debilidad.

Y al pegarle con la porra en la nariz, cayó el dragón al suelo y se murió. Ya se marchaban cuando la princesa le dijo al hermano que otras tres princesas estaban también cautivas. Una tejía en un cuarto con hilo de plata. La segunda, en otra habitación, tejía con hilo de oro, y la tercera, en la siguiente, con hilo de perlas. Las tres hacían piezas maravillosas, que tuvieron que abandonar al irse con la hermana y el hermano salvador. Primero bajó por la cuerda de cuero la hermana y después las tres princesas, pero los dos hermanos que esperaban en tierra, tiraron de la soga y dejaron al pequeño arriba. Al cabo de varios días, vino un pájaro a decirle:

-¿Qué haces aquí tan solo?

-Que mis hermanos me han dejado después de haber rescatado a cuatro princesas de las garras del dragón. Yo había pensado que la que hilaba con perlas se casara con mi hermano mayor, la de oro con el segundo, y la de plata, conmigo. Pero, ya ves como estoy.

Y el pájaro le dijo:

-Pues date prisa y ve a impedir las bodas, pues se casa mañana el mayor, pasado, el segundo, y al otro, se casa uno con la princesa de los hilos de plata, pero no eres tú.

Dijo el príncipe:

-Pero, ¿cómo podré ir?

Y le contestó el pájaro:

-Muy sencillo. En la cuadra hay tres caballos, uno blanco, otro rojo y otro negro.

Monta el que quieras y le dices dónde quieres ir, y el caballo te llevará a través de las nubes hasta donde sea.

El príncipe montó el caballo negro y le pidió que lo trasladara al palacio de su padre. Al llegar, se estaba casando su hermano mayor con la princesa que tejía con hilos de perlas. Pero él le dio con su maza y se suspendió la boda. Al día siguiente hizo lo mismo, montó otra vez, voló hasta el palacio del padre, vio a su segundo hermano casándose con la princesa de los hilos de oro, le da con el mazo y suspende la boda. Y después, retornó al castillo de las nubes. Y al tercer día, igual, vuela cabalgando y da con la porra en la cabeza al que se estaba casando con la princesa que tejía con hilos de plata. Y hecho esto, baja del caballo y se presenta ante el rey, su padre, a contarle lo sucedido, pidiéndole que llamara a las cuatro princesas para que lo dijeran. Las princesas habían guardado silencio por miedo a las amenazas de los dos hermanos, pero al verlo le dieron la razón. Y el rey mandó a los dos hijos mayores que se alejaran del reino, y que si no lo hacían los castigaría, dejando el trono al pequeño, que se casó con la princesa que tejía con hilos de plata. Dicen los que lo saben, que durante aquel reinado, prosperó su pueblo como nunca nadie había conocido antes.

Aquí acabó este cuento y ahora este señor se marcha y vosotros a cenar.

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NOTAS

(1) El que podía considerarse cuento número 0 lo publiqué en el número 32 (de 1983) de esta Revista de Folklore, cuando aún no tenía intención de que tuvieran una continuidad. Su título era: “Un cuento del abuelo para despertar (de viva voz)” y estaba recogido en El Gastor, Cádiz, plena Serranía de Ronda, de donde traeré otros a estas páginas en números sucesivos.

(2) Una circunstancia ajena a mí (caso de que las circunstancias que le afectan a uno sean ajenas a uno) me ha hecho perder algunos datos referidos a los cuentos. En este caso, el nombre del informante. Conservo, al menos, el del lugar y la fecha, que doy.