Si desea contactar con la Revista de Foklore puede hacerlo desde la sección de contacto de la Fundación Joaquín Díaz >

Búsqueda por: autor, título, año o número de revista *
* Es válido cualquier término del nombre/apellido del autor, del título del artículo y del número de revista o año.

Editorial

DIAZ GONZALEZ, Joaquín

Publicado en el año 1995 en la Revista de Folklore número 169.

Esta visualización es solo del texto del artículo.
Puede descargarse el artículo completo en formato PDF desde la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Revista de Folklore número 169 en formato PDF >

Los últimos números de la revista están disponibles en el servidor de la Fundación Joaquín Díaz >


El oficio de afilador, pese a ser uno de los más antiguos y populares de entre los que la tradición nos ha legado, tiene poca literatura. Miguel Gamborino graba a comienzos del siglo pasado en su famosa colección "Los Gritos de Madrid", una preciosa colección de los tipos que, por esas fechas, se veían y escuchaban pregonando sus mercancías por las calles de la capital del reino. El amolador, cómo no, está incluido en ese ramillete y Gamborino nos lo muestra de pie, ante su característica rueda de amolar accionada por pedal sobre la que está cayendo un chorrillo de agua, afilando un cuchillo o una navaja. Dice Ramón Gómez de la Serna que los niños, casi siempre crueles en sus pequeñas obsesiones, perseguían a estos personajes gritándoles: "El carro español y el burro francés ", aludiendo a la tradición de que fuesen originarios de Francia los afiladores. Don Francisco de Quevedo ya hace mención de esta circunstancia cuando en "La Fortuna con seso y la Hora de todos" escribe: "El amolador, que hablaba el castellano menos zabucado de gabacho, dijo: Nosotros somos gentilhombres malcontentos del rey de Francia; hémonos perdido en los rumores, y yo he perdido más por haber hecho tres viajes a España, donde, con este carretoncillo y esta muela sola, he mascado a Castilla mucho y grande número de pístolas, que vosotros llamáis doblones". El español con quien está conversando el afilador se queja a continuación de la escasa calidad de los productos franceses más conocidos de la época (fuelles, ratoneras, alfileres y cuchillos) particularidad que obliga a sus compatriotas a renovar constantemente la mercancía y a comprar a los vendedores ambulantes que vienen del vecino país.

Hay también tradición parece que más reciente de que los afiladores viniesen de Galicia y más concretamente de Orense. Aunque han ido modernizando su impedimenta (de la piedra con pedal al pequeño motorcillo) y adaptándose a los tiempos (carretón, bicicleta, motocicleta, coche) sus escalas características han seguido sonando en las calles de pueblos y ciudades llamando a los usuarios a poner a punto los filos de sus navajas, tijeras y cuchillos.