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Editorial

DIAZ GONZALEZ, Joaquín

Publicado en el año 1995 en la Revista de Folklore número 180.

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¿Quiénes eran los Reyes Magos?

En el Evangelio de San Mateo sólo se dice que unos "magos que venían del Oriente se presentaron en Jesuralén diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle". La Tradición cristiana, sin embargo, ha ido incorporando nuevos elementos a esta historia. Por ejemplo, uno de los Evangelios Apócrifos, el Evangelio armenio de la Infancia, cuenta que Dios concedió a Adán, después del nacimiento de su último hijo Seth, una carta firmada de su puño y letra; esta carta fue guardada cuidadosamente de generación en generación basta que los magos, últimos poseedores de ella, la llevaron a Belén. En esa carta se anunciaba que el año 6000 de la creación del mundo, el día sexto a la hora sexta, había de enviar Dios a su único hijo para devolver al hombre su dignidad original. Estos magos, que ya desde los primeros siglos reciben los nombres de Melkón, Baltasar y Gaspar, sólo a partir de Cesáreo de Arlés comenzaron a ser considerados como reyes. Aunque los primeros padres de la Iglesia, siguiendo a san Mateo hablan de los tres presentes que llevan esos magos a Belén -oro, incienso y mirra, por lo cual se pensaba que eran tres los personajes- hay otras tradiciones que hablan de cuatro, seis y hasta doce magos ofreciendo sus regalos al recién nacido. Incluso algunas hablan de tres monedas de oro, y, en concreto una leyenda medieval, de treinta monedas, que después fueron extraviadas por María y José y encontradas posteriormente por un pastor, quien las entregó en el templo, de donde volvieron a salir para pagar a judas su traición. Tal vez la explicación más conocida del significado de los tres dones es la que indica que el oro se le presentó como rey, el incienso como Dios y la mirra como mortal, pero la más curiosa es la que ofrece San Bernardo cuando dice que los Magos ofrendaron a Cristo oro para socorrer la pobreza de la Virgen Santísima, incienso para contrarrestar el mal olor que había en el establo y mirra para ungir con ella al niño, fortalecer sus miembros e impedir que se acercaran a él parásitos e insectos.